Sake 7
Chizuru se marchó más temprano que de costumbre hacia la casa del té. Según le había informado Kimigiku-san a la entrada, probablemente Kazama no se presentaría aquella noche, por lo que sus labores consistirían únicamente en auxiliar a las geishas.
En el cuarto de vestuario notó la presencia de kimonos nuevos a los que admiró con detenimiento. Entonces vio como los rayos carmesí del atardecer de colaban por las ventanas y decidió buscar el kimono que se había convertido prácticamente en su uniforme. Buscó en el cajón donde siempre lo guardaba y solo encontró unos pétalos de sakura al fondo. Preocupada emprendió la búsqueda por todos los rincones en los que frecuentaba dejar la ropa y el resultado fue el mismo.
—No lo vas a encontrar querida. Me he deshecho de él.
— ¿Eh? Pero era un kimono hermoso.
—Tu danna pidió que nos deshiciéramos de tu viejo vestuario y mandó hacer todos los kimonos que ves aquí especialmente para ti. Siéntete libre de usarlos cuando gustes —Rió la mayor, cubriendo sus labios carmín con la manga de su kimono—A partir de ahora solo atenderás a Kazama-han.
— ¿No iba a ayudar a las demás chicas?
—Esa fue una pequeña mentira piadosa—La mayor pasó a un tono informal—Kazama-san quería que se mantuviera la velada de hoy como un secreto.
— ¿Velada?
— ¿No te resultó extraño que no hubiese nadie en la entrada?
Repentinamente, la oni sintió como si un balde de agua fría se derramase sobre su cabeza y la emparara hasta los pies. Lo vació y pulcro del lugar no había sido mera casualidad.
—El kimono que está a tu espalda va a ser exclusivo de esta noche. Procura no mancharlo, sería una lástima tirarlo.
—Vaya trato. Dos días esperando a que la nueva geisha me sirviera sake y para colmo llega tarde—Habló desde un rincón de la habitación.
—Lo siento, Kazama-san—Cerró la puerta a su espalda. Sus manos tenían un ligero temblor que le complicaba realizar hasta las labores más sencillas. Se levantó de sus rodillas para caminar hasta el rubio y depositar una bandeja con alimentos exóticos frente a él.
—Sabía que luciría bien en ti. El color realza el rubor de tus mejillas. El cumplido atrajo un tono carmín a su rostro. Ahora no había forma de esconder su vergüenza —Mi futura esposa.
Antes de que sus ojos saliesen de orbita del susto, la puerta frente a ellos se abrió. Chizuru se escondió instintivamente tras la espalda del rubio quien sonrió con complacencia ante su reacción. La castaña se aferraba a la tela de su vestimenta con fuerza, tal como un felino asustado lo hace al estar atrapado en la copa de un árbol.
—Chizuru, hoy te escoltaré hasta los cuarteles—Habló el peliazabache, buscando alrededor a la castaña.
Entonces lo inevitable llegó.
— ¿Cómo te atreves a mostrarte aquí? —Gritó Hijikata, desfundando su espada. El filo frente a la piel del oni le permitió ver su reflejo sin inmutarse en absoluto. Incluso, sonrió. Su gesto fue el indicio de una declaración de guerra.
—Tengo todo el derecho de hacer lo que se me antoja, después de todo…
Poco antes de que la bomba fuese arrojada, Chizuru se apresuró a cubrir la boca de su danna.
—Hijikata-san en un momento traeré un poco de sake. Por favor, aguarde un momento— dijo formalmente. La oni tomó al rubio de la muñeca y lo arrastró consigo. Poco después, ambos desaparecieron tras la puerta corrediza.
Chizuru sintió como el ritmo desorbitante de su corazón sonaba como un tambor. A su espalda el rubio decidió detenerse y soltarse de su agarre. La castaña giró la vista, dispuesta a encarar a un furioso danna. Sin embargo, lo que encontró en cambio, fue una sonrisa divertida a punto de soltar una carcajada. No entendía nada de lo que estaba aconteciendo en aquel instante.
—Kazama-san, ¿sucede algo?
—Ese hombre no está dispuesto a ceder —Pausó, cortando la distancia entre ambos. La cercanía ocasionó que un escalofrío azotase el cuerpo de Chizuru de pies a cabeza. El mayor acarició sus mejillas con el pulgar, como si fuese una frágil muñeca de porcelana.
— ¿Qué tratas de decir, Kazama-san? —fingió demencia.
El rubio tomó sus manos blanquecinas entre las suyas. La calidez transmitida por la piel áspera del rubio era casi como sentir la brisa cálida del verano rozando sus manos. El aroma que desprendería en cuerpo del mayor era embriagante como un perfume venenoso que se clavaba en sus sentidos y los enloquecía.
—Esto.
De pronto sus labios quedaron prisioneros bajo los suyos. Sabía que lo que estaba aconteciendo no era lo correcto, sin embargo no pudo desprenderse del hechizo enigmático que se expandía por todo su cuerpo.
—Chizuru, ¿qué demonios está sucedie…—Habló el vice comandante sin poder completar su frase. La chispa fiera dentro de sus ojos se convirtió en una llamarada amatista que incineraba todo a su paso.
El beso del rubio se volvió más apasionado tras la llegada del vice comandante. Al parecer al oni le gustaba la idea de agregar más combustible al fuego y jugar con él. Chizuru trató de escapar de su prisión a toda costa, pero la fuerza ejercida sobre sus muñecas le impedía alejarse del rubio.
— ¡Aléjate de ella! —Gritó Hijikata, su carta ultimátum al aire.
—Soy el danna de Chizuru. A partir de ahora tú no tienes más autoridad sobre ella mientras yo esté a su lado.
La castaña pensó en alguna ocasión que tener a dos hombres peleando por ella sería bastante romántico. Pero a diferencia de la realidad, en su imaginación no existían espadas, deudas ni guerras de por medio. Estaba a la mitad de los campos en batalla e indefensa ante cualquier acción de ambos. Nada podría salir peor, o al menos, era lo que pensaba antes de que Kimigiku-san y el resto de los miembros del Shinsengumi aparecieran.
Estaba frita.
Les juro que todo el día he andado ocupada entre limpieza, comida y fanfiction. Finalmente pude cumplir mis propósitos antes de que el 2012 fuera pasado. Espero les haya gustado, ¡feliz 2013!
