Aunque la mañana con los constructores había sido un absoluto y total fracaso, Mei sí resultó ser útil para algunas tareas específicas. Los muchachos estaban reparando la techumbre de la Hacienda, pero pesaban demasiado y más que arreglar, hundían cada vez más determinadas zonas. Mei se dedicó a escalar y a ir colocando tablones de madera y haces de paja bajo las atentas instrucciones de Gally, que no le quitaba el ojo de encima
— ¡Para que no clonquees toda la construcción, verducho! —y aún así, Mei se lo pasó bien.
Los muchachos, que al principio le habían parecido temibles por sus tamaños perfectamente doblaban e incluso alguno triplicaba a la chica, la acogieron bien en el grupo, bromeaban constantemente y se metían con su guardián. Mei aprendió a interpretar las cejas de Gally: si alzaba levemente la izquierda es que se había pasado de la raya; si fruncía el ceño es que estaba perdiendo la paciencia… Fueron de las mejores horas de su día y casi olvidó el incidente de la mañana. Casi. Pues tuvo a Minho, que no había salido a correr, perfectamente localizado.
—Ya estás otra vez en las nubes, pingajo —gruñó Gally, y Mei volvía inmediatamente a concentrarse en su tarea
Por la noche, los constructores la invitaron a sentarse en su mesa, entre Gally y Franz, un chico de cara picada y hombros cuadrados. Fritanga había preparado arroz que flotaba en un líquido oscuro y con muchos tropezones flotando. Mei no hizo ascos a la comida y se embutió varias cucharadas de la mezcla.
Pronto todos los clarianos estaban sorbiendo el guiso, charlando alegremente entre ellos. La chica no vio a Newt por ningún lado. Ni a Alby.
— ¿Cuál es el contrario de comida? —le espetó de repente Paul, que estaba sentado frente a ella.
— Eh… pues… ¿hambre?
— ¡Fritanga! —exclamó Franz y le soltó un codazo.
A todos les pareció gracioso aquello y Mei esbozo una sonrisa mientras se frotaba las costillas, dolorida.
Alby y Newt no tardaron en llegar. Fritanga les sirvió una buena ración y fueron a sentarse en una mesa. Cuando el pelo-paja pasó cerca de donde Mei estaba la saludó imperceptiblemente.
— Haz hueco —dijo alguien, y Paul se corrió hacia la izquierda, dejando espacio en el banco.
Mierda.
Era Minho y pretendía sentarse en su mesa, frente a ella. Mei puso cara de perro, pero el chico no se dio cuenta. Parecía haber olvidado totalmente el altercado de aquella mañana.
— Confiesa Minho, ¿ya te has aburrido de los corredores y nos prefieres? —sonrió Franz, mirando al guardián con interés—. No recuerdo última vez que te sentaste con nosotros.
— Bueno —contestó el chico—, de repente me he dado cuenta de que te echaba de menos, Gally querido.
— ¡Idiota! —replicó aquél. Quiso estampar una cucharada de arroz en la cara del corredor, pero tuvo tan mala puntería que el proyectil fue a parar a la nuca de Seb, sentado en una mesa vecina.
— ¿Quién ha sido el gilipullo que…?
Minho señaló con el pulgar a Gally:
— Él es tu hombre.
— He sido yo, cara fuco —las cejas se arquearon cuando Gally sonrió, formando una curva imposible.
Seb se lo pensó dos veces y finalmente se encogió de hombros.
— Da igual, no importa —pero le lanzó una mirada retorcida a la chica. Mei trató de ignorarlo.
— ¿Ese montón de clonc te odia o qué? —Gally habló tan cerca de su oreja que la chica pegó un bote en el asiento.
Meneó la cabeza, nerviosa.
— No sé.
—¿Quieres que le patee bien los huevos?
Mei rechazó tan generosa propuesta y se embutió una cucharada de arroz.
— ¿Qué dices? No te he oído bien: ¿QUE LE PATEE SUS PARTES? —el vozarrón de Gally llamó la atención de todos los clarianos, que se giraron para ver qué estaba sucediendo.
Mei agarró a Gally por el brazo, en un intento inútil de que se callara. Pero el chico tenía ganas de divertirse, y se deshizo de ella con facilidad.
— Siéntate, por favor.
Minho reía.
— Déjale, déjale —y añadió con voz gutural—: ¡Pelea! ¡Pelea!
El corredor cada vez le caía peor.
Los otros constructores empezaron a golpear la mesa con sus cubiertos mientras coreaban también.
— ¿Qué dices a eso, Seb? —invitó Gally— ¿Te atreves conmigo, cara fuco? ¡Constructor fuerte y guapo versus excavador birria!
Los chicos rieron. Seb parecía un cerdo acorralado. Mei se dio cuenta de que no tenía ganas de pelea, y menos con Gally, que en esos momentos flexionaba los brazos presumiendo de músculo.
—Paso, tío
— Venga, Seb, machote, demuestra que los excavadores valemos más que ese montón de clonc —todos se quedaron sorprendidos ante la intervención de Zart, que normalmente estaba callado —. Ese gilipullo de Gally no sabe con quién se está metiendo.
—¿Qué dices a eso Gally? —voceó Minho.
Como respuesta, Gally se golpeó el pecho y esbozó una sonrisa, mientras salía del banco.
— Déjalo correr —pero escuchaba a Mei. En un último y desesperado intento, la chica se dirigó a Minho—: diles que paren, por favor.
Él arrugó la cara, con lo que se suponía que era una mueca graciosa.
— Tienen ganas de pelea —y se abrió paso hacia el descampado donde Gally daba saltitos, intentando entrar en calor. Su contrincante se dirigió allí de mala gana.
Los clarianos olvidaron momentáneamente la cena y rodearon a los chicos. Alby y Newt también estaban allí. La pelea entre los muchachos iba en serio. Mei se unió al resto de los clarianos. Estaba confusa y asustada.
— ¡Pelea! ¡Pelea! —se desgañitaban los chicos.
Gally se golpeaba el pecho y avanzaba en círculos. Seb, con cara de serpiente bífida preparó los puños para golpear. Los excavadores animaban a su luchador, y los constructores rugían por su guardián.
— ¡Vamos Seb!
— ¡Gally cosita bonita! —este había sido Minho.
Idiota. Todo esto es culpa tuya. Una oleada de rabia hacia el corredor la invadió. Era Minho, y sólo él, el responsable de que su relación con Seb se hiciera aún más complicada de lo que ya era. Y este estúpido está disfrutando de la situación.
El puño de Seb fue el primero en volar, pero Gally lo esquivó con facilidad. La voz ronca de Alby cortó el aire:
— Nada de puños, morder también está prohibido.
Entonces Gally agarró a Seb por los hombros y le empujó con todas sus fuerzas hacia atrás. El excavador clavó los pies en el suelo, en un intento vano de no perder el equilibrio. Sin embargo, Gally superaba a su contrincante tanto en altura como en anchura y no tardó ni cinco segundos en derribarlo.
— ¡Arriba Seb!
— ¡Ánimo chavalote!
— ¡Arriba Seb! —canturreó Gally. — Todavía no he terminado contigo. Tenemos toda la noche por delante.
— ¡Cuidado, Gally! —el grito de Mei fue tan agudo que Franz la miró con cara rara y meneó la cabeza
Ahora va a pensar que soy una montaña de clonc.
— ¡Dale más fuerte! —añadió.
Franz la miró con aprobación y Mei sonrió, felicitándose interiormente.
