Que tal chicas como están, como cada semana les dejo un nuevo capítulo de esta historia veamos que les espera a Darien y Serena en este capítulo.
Capítulo Siete
—Es la siguiente salida a la derecha —instruyó Serena—. Se ve la granja desde la carretera.
Darien la miró de reojo, intentando imaginarla viviendo en una granja. Su curiosidad le valió que el coche entrara en un bache y se desviara, aunque lo estabilizó al instante.
—¿En Pennsylvania no hay dinero para asfalto? —se quejó.
—Eso dice mi abuelo. Claro que también dice que los comunistas han ganado la guerra fría y están distribuyendo la riqueza nacional vía impuestos.
Darien se echó a reír.
—¿Qué cultiva?
—Ahora sólo flores y tiene una huerta. Cuando se retiro dio todas las tierras fértiles a mi tío Artemis.
—¿Nunca has vivido en la granja? —preguntó Darien que sentía una gran curiosidad por todos los aspectos de su vida.
—No. Nací en casa de mamá y nunca viví en otro sitio hasta que me fui a la universidad. Aquí —hizo un gesto señalando el camino que se abría entre los árboles—. Nuestro camino —añadió mientras Darien giraba.
—Parece que todo el mundo ha llegado —Darien observó varios grupos distribuidos por el enorme porche delantero. Procuró ignorar su temor de que el día fuera una repetición de la noche anterior en que todo se había conciliado para demostrarle a Serena que él no pertenecía a su mundo. Que era diferente.
Aparcó detrás de una camioneta y salió para abrir la puerta a Serena.
—¡Qué coche tan bonito llevas, Darien! —exclamó uno de los señores que había conocido la noche anterior y cuyo nombre no recordaba.
Darien aprovechó la entrada para conversar:
—Y se conduce bien.
—Siempre he querido uno de esos Mercedes —siguió el tío Jedite—, ¿Te molesta decirme cuánto te ha costado?
—No lo sé. Es alquilado. No tengo coche propio —respondió Darien.
—¡No tienes coche! —cada uno de los varones reunidos se volvió hacia Darien mirándolo con una combinación de incredulidad, horror y conmiseración.
—Pero hombre, es absurdo gastar todo el dinero en comprar anillos para impresionar a una mujer —le explicó Jedite.
Darien guiñó los ojos, asombrado por el efecto de sus palabras. Pensaban que estaba en la ruina puesto que no tenía coche. Y que había gastado sus pocos ahorros para impresionar a Serena. La miró y se quedó fascinado por la forma en que sus ojos brillaban de risa contenida.
Reconoció que en el fondo tenían razón. No sólo se gastaría hasta el último penique en Serena, sino que comprometería todo su futuro por ella.
—No salgo tan cara, tío Jedite —dijo Serena—, Y además no tenéis ni idea. Nadie quiere tener un coche en Nueva York. Es mucho mejor usar los taxis.
—Serena, deja de cotillear ahí fuera y entra a presentar a Darien a tu abuela —dijo Ikuko desde el interior de la casa.
Tomando aire, Darien la siguió al amplio vestíbulo, diciéndose para animarse que el día no duraría para siempre. Tarde o temprano volverían a la intimidad de su dormitorio y podría hacer el amor con Serena. O al menos eso esperaba.
Miró a la mujer, encantado con la forma en que su cabello dorado rozaba sus mejillas cremosas. Recordó una vez más la sensación de ese pelo sobre su pecho, mientras lo besaba.
Nunca se había dado cuenta de lo provocativa que era su melena, porque en la oficina siempre lo llevaba recogido.
Sintiendo que su cuerpo reaccionaba ante las fantasías, cambió de ideas, y se puso a mirar un hermoso ramo de dalias dispuestas en un jarrón sobre un piano.
—¿Así que este es el hombre con el que vas a sentar la cabeza, Serena? —una mujer muy mayor y delicada se dirigió a ellos desde un sofá que parecía engullir su frágil figura.
Serena besó a su abuela en la mejilla.
—Te eché de menos anoche, abuela. Éste es Darien Chiba. Darien, te presento a mi abuela Jun.
—¿Cómo está usted? —dijo Darien, incómodo por la forma en que la señora le recordaba a Rubeus por su penetrante mirada.
—Ikuko me ha dicho que trabajas en Nueva York, como Serena —dijo la abuela—. ¿Estás seguro de que ganas lo suficiente para mantener una familia? Nueva York es capaz de arruinar a cualquiera.
—¡Madre! —exclamó Ikuko—. No se puede preguntar a alguien cuánto gana.
—Pues acabo de hacerlo.
—No necesito que un hombre me mantenga —intervino Serena—. Me mantengo yo sola.
—Puedo permitírmelo —sonrió Darien. La señora le recordaba también a Serena en su gesto decidido—. Puedo mantenerla a usted también, si hiciera falta.
—Si lo que he leído sobre la bancarrota de las pensiones es verdad, podría ser —replicó la abuela Jun y volvió al ataque—. ¿No serás de esos hombres modernos que no quieren tener hijos, verdad?
Darien pensó cómo responder a esa pregunta sin mentir. Le gustaban los niños, en abstracto.
Pero tenía problemas cuando trataba con uno de verdad. La mera idea de ser responsable de la conversión de un pequeño Rubeus en un adulto civilizado le llenaba de espanto. Si resultaba que Serena quería hijos, él no sabría qué hacer.
Serena lo estaba mirando, intrigada por su expresión de susto. De nuevo, la invadió el temor al recordar lo rígido que se había mostrado Darien con Rubeus. ¿Tendría razón Mina en su apreciación de que a Darien no le gustaban los niños? La imagen de un niño con el cabello negro como Darien y su sonrisa maliciosa flotó en su mente. Seguro que acababa gustándole.
De nuevo, Serena tuvo que gritarle a su imaginación desbocada que no estaba casada con Darien y que no tenía por qué preocuparse por el asunto de los hijos. Primero tenía que convencerlo de que se casara con ella.
—No es que me gusten o no los niños —dijo Darien por fin—. Es que no tengo mucha experiencia con ellos.
—¿Eres hijo único? —preguntó la abuela Jun con simpatía.
—No lo sé —dijo Darien—. Me dejaron en una puerta recién nacido. Me crié en un orfelinato.
¡Un orfanato! Serena lo miró al borde del desmayo. ¿Darien no provenía de una familia sofisticada? ¿Ni siquiera tenía familia? De pronto sintió el deseo de abrazarlo y protegerlo. ¿De qué? Se burló de su propio impulso. Era un hombre con una carrera brillante, dinero, amigos...
No la necesitaba.
—¡Pobre niño! —exclamó Ikuko—. Qué cosa tan triste.
Serena miró a su madre con simpatía. No sabía qué decir ante la revelación completamente inesperada de Darien. Lo mejor era callar, decidió. Si decía algo, Darien podría pensar que le importaba que fuera huérfano. Y le daba igual su pasado. Sólo le importaba él.
—No importa, hijo —la abuela dio un golpecito a Darien en la mano—. Tendrás a toda la familia de Serena una vez que te cases. ¿Cuándo va a ser, por cierto?
—Abuela, acabamos de comprometernos —dijo Serena—. Tenemos que conocernos mejor.
—Los novios se conocen demasiado bien en estos tiempos —replicó secamente la abuela.
—Le prometo que será la primera en conocer la fecha —dijo Darien.
—Sí, pero... —se interrumpió al escuchar un pitido—. ¿Qué ha sido eso?
—El busca de Darien —explicó Serena mientras éste lo sacaba de su bolsillo.
—Dice que tengo que llamar a Nueva York —murmuró—. No reconozco el número, ¿y tú?
—No —dijo Serena mirándolo.
—Eso es terrible —comentó Ikuko—. Molestar a un hombre el sábado.
—Es el trabajo de Darien —señaló Serena—. Tiene su propio negocio y tiene que estar disponible para sus clientes, aunque sea molesto.
—Tu padre nunca trabajó en fines de semana —dijo Ikuko con pesar.
—Cada trabajo tiene sus problemas —comentó la abuela Jun—. Darien, es mejor que llames desde nuestro dormitorio. No habrá nadie allí. Serena, acompáñalo.
—Gracias —dijo Darien, contento de tener una excusa para escapar un rato de la curiosidad general. Odiaba la piedad que todos habían expresado cuando había mencionado su infancia.
Aunque Serena no se había inmutado ante su revelación. Una sensación de alivio y esperanza llenó su pecho mientras la seguía por la casa llena de parientes.
—Aquí —Serena señaló el teléfono junto a la cama.
Darien no pudo evitar mirar la cama con el deseo de tumbarla sobre ella y besarla hasta que no pudiera pensar en otra cosa que en él. Una carcajada se oyó por la ventana abierta y Darien cambió de idea. No era un sitio apropiado para dar rienda suelta a sus deseos.
Después de llamar sugeriría un paseo por el bosque. El bosque sombrío y solitario. Quizás encontraran un claro agradable para sentarse y quizás, allí... Debía controlar sus pensamientos eróticos. El propósito del paseo era sonsacar información a Serena. Descubrir si deseaba tener hijos, por ejemplo. Ojalá no fuera así, porque eso le daría muchas oportunidades de presentar su candidatura como marido. Pero lo primero era la llamada.
—Soy Darien Chiba —dijo cuando le contestaron.
Serena lo observó mientras se mordía el labio inferior, una costumbre que tenia cuando estaba concentrado.
—Le agradezco mucho su confianza en nuestra agencia, pero... Sí, pero... Eso es perfecto. Estupendo, buenos días —Darien colgó y miró unos segundos el auricular.
—¿Problemas? —preguntó Serena.
—No —dijo Darien—. Es más bien halagador. Era la diputada en persona para convencernos de que nos encarguemos de su campaña. ¿Recuerdas los anuncios que hicimos el año pasado para la empresa de informática?
—Sí, eran bastante buenos, aunque esté mal que lo diga.
—Resulta que el dueño de la empresa apoya a la diputada y nos recomendó. Me llamaba para decirme que nos dejará la vía libre para inventar su campaña y creo que puede convenirnos... —dijo Darien como si pensara en voz alta.
—Hmm —murmuró Serena sin comprometerse. No tenía ganas de pensar en contratos y trabajos futuros. Miró a Darien con los ojos entornados. El sol que entraba por la ventana rodeaba su figura con un halo dorado que le hacía parecer un místico en una pintura religiosa. O más bien un patriarca.
Volvió a mirarlo, intentando representarlo como patriarca. Era muy fácil. Darien era inteligente, paciente, cariñoso. Sería perfecto como padre. Una vez que superara su rigidez o timidez con los niños. Si es que su actitud algo tensa con Rubeus era sólo falta de costumbre y no algo más profundo.
Pero en Darien no parecía haber ningún rencor oculto, o dificultad de trato. No tenía por qué dudar de él. Lo más probable era que su extrañeza con los niños fuera una consecuencia de su propia infancia. En cuanto conociera a unos cuantos niños, se comportaría con naturalidad, estaba segura.
Aunque, quizás se engañaba a sí misma. A lo mejor Darien no se había casado porque no le gustaban los niños o porque odiaba la responsabilidad y el compromiso. O quizás quería trabajar primero antes de buscar una esposa. Quizás sus comentarios contra el matrimonio no tuvieran otro fin que desalentar a las posibles candidatas hasta que apareciera la mujer adecuada. La ira la invadió al imaginar a Darien llevando al altar a otra mujer.
Con desesperación, quiso escapar a aquella imagen, pero siguió atormentándola. Debía saber que el hecho de haberse acostado con Darien no le daba ningún derecho sobre él, pero su mente no aceptaba la idea. Se sentía enormemente posesiva. De una forma que la asustaba. Como si la pasión entre ellos los hubiera comprometido de alguna manera. Intelectualmente, Serena reconocía que no había habido entre ellos una sola promesa o palabra de compromiso. Pero sus emociones no entendían de razones.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Darien mirándola con intensidad.
—¿Por qué no iba a estarlo? —respondió Serena con una involuntaria tensión.
—Porque me miras como si quisieras pegar a alguien —respondió con humor Darien—. Si no fuera mucho más grande que tú, estaría asustado.
Serena lo miró con desprecio.
—¿No has oído hablar de David y Goliath?
—He oído muchas cosas, pero no me las creo todas.
—Pero puedes creer que el tamaño no lo es todo.
—Bah, banalidades aparte, ¿qué hace falta para convencerte de que no tienes nada que hacer en un encuentro físico?
Serena miró sus ojos llenos de humor y se sintió invadida por la excitación y el deseo de mostrarle que no debía subestimarla. La escena matutina en la cama le había demostrado que no podía ganarle por la fuerza, pero también que era bastante divertido intentarlo. Además, la victoria no era siempre para el fuerte. Casi siempre ganaba la astucia.
Serena se volvió como si pensara marcharse y entonces, en un gesto veloz, se abalanzó sobre él, queriendo sorprenderlo y robarle un beso antes de retirarse.
Pero como muchos de sus planes relativos a Darien, no salió como esperaba. Se tiró sobre él, desde luego, pero no consiguió tumbarlo en la cama, sino que el hombre no se movió ni un milímetro y ella acabo aplastada contra su pecho y con la nariz hundida en su cuello. Se permitió el lujo de relajarse y aspirar la fragancia deliciosa de su cuerpo. Le encantaba su olor y sería perfectamente feliz si pudiera seguir allí para siempre. Oliéndolo y notando cómo su calor iba entrando en su propio cuerpo, dejando que la excitación creciera en ella hasta invadirla...
—Bueno, preguntaré, ¿Qué estás haciendo? —dijo Darien, rompiendo su ensoñación.
—Estaba comprobando si lo de esta mañana fue pura suerte —murmuró Serena dejando un beso en su garganta mientras hablaba.
—¡Espero que no! —su tono sexy la hizo pensar que no hablaban de lo mismo.
—A lo mejor necesito distraerte —siguió Serena, echándose hacia atrás. Al hacerlo apretó los senos contra el pecho de Darien y sintió con placer su tensión.
—Pues esto no basta —dijo Darien y la tomó por las caderas, colocándola con delicadeza sobre su regazo. Una acción que la hizo sentirse deliciosamente manipulada. Una postura muy sumisa, pero de innegable efecto sobre el deseo que iba aumentando entre sus piernas hasta hacerle perder la cabeza.
—Esto no es buena idea —dijo entonces, intentando recuperar el control de la situación; su humor había pasado de un erotismo burlón a una necesidad urgente y ansiosa que exigía satisfacción. Y estaban en el dormitorio de sus abuelos.
—No podemos hacerlo —dijo con frustración.
—Claro que sí —dijo Darien sujetándola con más fuerza.
—Ya sé que podemos, pero no deberíamos —explicó Serena. Por algún motivo, el hecho de sentir el deseo de Darien y su entrega la ayudó a recuperar el control de sus emociones—. Alguien podría entrar y...
—Descubrir los misterios de la vida —la voz de Darien se rompió por la frustración, pero la dejó ir y se separó con un suspiro mientras añadía con ironía—. Y seguro que el que entra es Rubeus. Dime, ¿todos los críos son unos mirones o es único?
Serena rió.
—Simplemente los niños son más sinceros en su curiosidad. Anda ven, te voy a presentar a...
Dejó de hablar al darse cuenta de que había adquirido la peligrosa costumbre de pensar en Darien como si realmente fuera su novio. Su farsa se había complicado y le costaba distinguir entre la realidad y la ficción. Y no quería que Darien descubriera que estaba enamorada de él. Se sonrojó al pensar en la vergüenza que pasaría si llegaba a comprenderlo. Y Darien empezaría a sentirse incómodo. Y eso la llevaría quizás a dejar la agencia. Un escalofrío de horror la hizo estremecerse.
—¿Por qué pareces asustada? —preguntó Darien—. ¿Tienes otros parientes sorpresa esperándome en los bosques?
Serena sonrió ante su expresión.
—Tranquilo. Son casi normales. Casi todos —añadió ante su expresión escéptica—. Ven, vamos a saludar a mis primos.
—Prefiero dar un paseo por el bosque. Hace tan bueno —Darien tenía un plan oculto y para su alegría, Serena asintió.
—Buena idea —Serena también se alegraba de tenerlo para ella sola, apartado de las curiosas miradas de los parientes—. Es verdad que el día es precioso —añadió mientras se dirigían a la puerta, haciéndose la sorda ante la llamada de una de sus tías.
Una vez que se encontraron a salvo en el bosque, Serena respiró hondo para captar el seco aroma del otoño.
—¿No es una maravilla? —preguntó.
—¿Echas de menos todo esto en Nueva York? —Darien aprovechó para retomar su encuesta sobre las costumbres y deseos de Serena.
—Claro —admitió Serena—. Y si estoy aquí más de una semana echo de menos Nueva York.
—¿No te has planteado volver aquí? —siguió Darien.
Serena negó con un gesto.
—No. Mi trabajo está en la ciudad y puedo venir aquí siempre que quiera.
Darien se relajó imperceptiblemente al eliminar un problema. Ya podía pensar en el resto de los potenciales conflictos. Se mordió el labio intentando encontrar una forma de interrogarla sobre los hijos sin levantar sospechas.
Con un gesto ausente, observó a una ardilla de lustroso pelo rojizo escalar un haya cercana y desaparecer entre las hojas igualmente rojas. Necesitaba una forma leve y frívola de iniciar el tema. Pero no se le ocurría nada. No podía llegar y preguntarle sin más si deseaba tener hijos.
Era demasiado personal, demasiado revelador de sus intenciones.
Darien le dedicó una mirada de soslayo y la descubrió entre dos troncos oscuros, con la cabeza levemente ladeada como si escuchara un sonido lejano.
—¡Ven! —en ese momento, la joven le tomó por la mano y lo llevó tras un árbol.
—¿Qué... —Darien iba a preguntar qué hacía cuando oyó un crujido y una risa aguda, seguida por un parloteo infantil.
—Shh —susurró Serena haciéndole penetrar más profundamente en el bosque.
Darien la siguió sin protestar, encantado de huir de lo que debía ser un grupo de primos.
—Creo que ya se han ido —dijo Serena cuando las voces se perdieron en la distancia—. Siéntate aquí —dijo, señalando un tronco caído.
Darien obedeció de buen grado.
—¿Por qué te escondes de ellos? —preguntó.
Serena arrugó la nariz por toda respuesta y Darien deseó tomarla en sus brazos y besarla. Pero debía ocuparse de su investigación ante todo.
—¿No te caen bien? —insistió.
—Me caen muy bien, pero no quiero estar todo el tiempo con ellos.
—Los niños ocupan mucho tiempo —dijo Darien aprovechando la ocasión.
—Sí —Serena arrancó un trozo de corteza y la tiró a lo lejos—. Y también son caros.
Darien intentó analizar su tono de voz. Había hablado con tono práctico y normal, como si aquellas desventajas nada tuvieran que ver con su decisión de tener o no tener hijos.
—¿Por eso no has tenido un hijo? —Darien soltó la pregunta y se arrepintió al momento de su torpeza. Perfecto como acercamiento sutil, se dijo con disgusto.
Serena lo miró con curiosidad. ¿Era una pregunta frívola u ocultaba un propósito?
—No he tenido hijos porque soy terriblemente convencional —fue su respuesta, dicha en tono ligero.
Darien la miró sin entender de qué hablaba.
—Faltaba el marido —explicó Serena, preguntándose si esa conversación era una buena idea.
Hablar de matrimonio podía ayudarlo a pensar en esos términos. O quizás lo ayudara a reconocer que no deseaba aquella clase de lazos. Ojalá supiera cuál era la forma adecuada de abordar sus prejuicios.
—¿Y una vez que te cases, piensas tener hijos? —preguntó Darien que había decidido lanzarse a por todas.
El tono logró deprimirla. Hablaba como si fuera una información con la que nada tenía que ver personalmente.
—No lo he pensado —dijo Serena poniéndose en pie—. Será mejor que volvamos, pues comeremos pronto.
Buen trabajo, Chiba, se felicitó irónicamente Darien. No sólo no había averiguado nada sino que además había logrado irritarla con su curiosidad.
Quizás debía olvidar aquel tema y concentrarse en convencerla de que siguieran siendo amantes después del fin de semana.
—Serena —un hombre joven y delgado con los ojos de Serena se acercó a ellos cuando entraron en la casa—. Te estaba buscando. La tía Ikuko me ha dicho que te has comprometido con un importante... —se calló al ver a Darien detrás de ella.
—Darien, este es mi primo Seya Tsukino. Seya, mi novio, Darien Chiba —Serena los presentó preguntándose qué estaría contando su madre que apenas sabía nada de Darien. Ikuko no iba a mentir, pero sin duda estaba exagerando un poco la verdad.
—Encantado —dijo Seya con entusiasmo—. ¿Tienes tu propia empresa?
—Sí —dijo Darien con cautela.
—¡Genial! —Seya le sonrió—. Yo estoy pensando en montar un garaje y me preguntaba si podrías contarme algunas cosas sobre los negocios propios...
—Claro —Darien se preguntó por qué motivo Serena parecía tan molesta con la petición de su primo.
Para su alivio, Seya no parecía tener ninguna manía ni rasgo neurótico, o los mantenía bien ocultos. Escuchó los consejos de Darien, hizo preguntas inteligentes que mostraban que ya había investigado por su cuenta el intrincado mundo de la fiscalidad y agradeció efusivamente la ayuda de Darien, asegurando que se había decidido a comprar el negocio.
Darien se volvió hacia Serena una vez que su primo se hubo despedido.
—¿Qué te molesta tanto? —preguntó.
Serena hizo una mueca.
—He tenido que hacer un esfuerzo para no gritar.
—¿Por qué?
—Porque le di a Seya exactamente el mismo consejo hace unas semanas y lo ignoró porque soy una mujer. Tú eres un macho y por lo tanto te cree.
Darien se encogió de hombros.
—Si Seya es lo bastante idiota como para no aprovecharse de tu talento empresarial, peor para él.
Serena miró los rasgos serios de Darien y su gesto de rabia se relajó. Le había molestado enormemente que Seya hiciera caso de un extraño por el hecho de ser hombre, pero la reacción de Darien la había tranquilizado. Lo importante era que Darien conocía sus habilidades profesionales y las valoraba.
—¡Serena, niña! —su abuelo apareció y se puso junto a ellos—. Deja de monopolizar a este chico. Los hombres vamos al salón a ver el partido de rugby.
—Y sin duda a beberos esa cosa que fabricas en tu establo.
—¡Quién, yo! —el aire de inocencia de su abuelo daba una expresión extraña a su arrugado rostro—. ¿Pero no sabes que fabricar alcohol es ilegal?
—Lo que no sabía es si lo sabías tú.
Su abuelo le lanzó una mirada de censura y se volvió hacia Darien.
—¿Eres fan del equipo de Notre Dame?
—Debe serlo, puesto que jugó como delantero durante cuatro años con ellos —explicó Serena con resignación, segura de que su tiempo con Darien había terminado.
—¡Cómo! —el abuelo lo miró con la boca abierta—. ¿En serio has jugado para Notre Dame?
—Sí —admitió Darien, molesto por que Serena hubiera mencionado su pasado deportista. Le aburría contar historias de sus días de jugador y siempre le hacía sentirse como un monstruo en una feria. Aunque dado lo agresivamente irlandeses que parecían todos los miembros de la familia de Serena, el hecho de haber jugado con Notre Dame al menos lo ayudaría a integrarse con el elemento masculino.
—Señor —dijo el hombre como una plegaria—. Pensar que esta familia va a tener un miembro que ha jugado con Notre Dame. Serena, tesoro, retiro todo lo que dije sobre que eras demasiado exigente para casarte. ¡Esto es un orgullo! Espera a que lo cuente —se dio la vuelta antes de decir—. Por cierto, chico, al fútbol no habrás jugado en el colegio.
—Estuve diez años con los Rams —admitió Darien.
—¡Wow! —el abuelo Tsukino sonrió con felicidad y como a dar la noticia.
Serena suspiró.
—No sé por qué me preocupo. Todo lo que he logrado en mi vida no cuenta. Lo único que les importa es que estoy comprometida con un tipo que se pasa los domingos dando palizas legalizadas.
Darien se echó a reír ante su expresión dolida.
—Míralo por el lado bueno. ¿Quizás así olviden mi famosa sugerencia de anoche de que los hombres podrían fregar?
Serena le sonrió.
—Lo siento, pero no creo que ni siquiera haber jugado en Notre Dame sea suficiente para limpiar una metedura de pata de ese calibre.
—Darien, el abuelo nos lo ha contado. Ven a decirnos cómo pasar la pelota —un racimo de primos jóvenes de Serena entró en ese momento en el salón.
Darien los miró con seriedad. De pronto las expresiones graves y admiradas de los niños le habían producido una impresión desconocida. La impresión de pertenecer a algo.
—¡Por favor, Darien! —un chico le tomó por el brazo y lo sacó fuera.
—Me lo devolvéis en el mismo estado en que os lo lleváis —gritó Serena viéndolos salir.
Continuara…
Hasta aquí este capítulo que les pareció, sigue nuestro Darien adaptándose a la vida con la familia política, y que sorpresa que nos resultara todo un deportista retirado con razón esta como quiere el condenado jajaja.
Pues bueno gracias a todas aquellas personitas que dejan sus reviews en especial a aquellas que capitulo a capitulo me dejan sus comentarios y a nuevas personitas que se han animado a dejar un recadito muchas gracias pues demuestran que les gusta lo que leen.
Entonces nos vemos la próxima semana en otro capítulo más de Un jefe muy especial.
