SIETE

Durante la semana que estuvieron de viaje, Candy paso todo el tiempo en reunir coraje para hacer lo que tenía que hacer. Y tratando de buscar la manera de como decirle a su ex marido que tenían una hija.

Los días que pasaron con Katie la ayudaron a ver las cosas más claras y darse cuenta de que la niña necesitaba a su padre.

Así que volvió decidida a enfrentarlo.

...

Mientras llegaba a la agencia de Terry, tomó aire, respiro profundamente, como para darse valor.

Había llamado para decirle que iba a verlo porque sabía que cuando se fue con Katie el habia hablado con Anny para saber de ella y esta le habia informado que estaban de viaje y que en una semana llegarian.

Pensó en llamarlo y decirle por teléfono pero no, tenía que hacerlo cara a cara. Era algo muy importante y merecía el respeto.

—Buenos dias—saludo amablemente a la secretaria.

—Buenos días.

—Tengo una cita con el Sr Terrence Grandchester.

—Ud, es...

—Candice White...

—Oh, si. El señor Grandchester la estaba esperando. Tuvo que salir urgente pero pidió que lo esperará. No tardará. Sigame por favor. —la secretaria le indicó por donde dirigirse. Subieron al ascensor. Estaba a punto de darse vuelta y salir corriendo pero si lo hacia nunca más encontraría valor para volver. Ingresaron al lugar.

—En unos minutos llega. ¿Quiere tomar algo?

—No, gracias.

—Bien. Con su permiso.—salio la mujer dejando sola y nerviosa a la rubia.

Suspirando miro su reloj y como si hubiera intuido su presencia se tenso, la puerta del despacho se abrió dando ingreso al castaño. Candy se levanto de sus asiento, abrió los ojos, sentía sus piernas temblar y un frío recorrer su cuerpo.

—Siento que hayas tenido que esperar. Toma asiento, por favor.—dijo amablemente.

—No te preocupes. No hace mucho que llegue.—trato de sonar lo más serena posible— Anny me dijo que querias hablar conmigo. ¿Algun problema con el contrato?

—No, con eso esta todo bien. Es otra cosa...—suspiro.

—Bueno, supongo que debe ser muy importante —empezó a decir ella, cuando estuvieron sentados el uno frente al otro

—Es muy importante, sí.—Silencio.

—¿Y bien?

—Es sobre Katie. Hay una duda que tengo y quiero saberlo. ¿Katie es mi hija?

Todo lo que había ensayado en su casa se fue por la ventana. No podía articular una palabra. Todo se tenso y quedó en silencio hasta que logró hablar.

— S... si. Katie es tu hija, Terry.

—¿Por que no me lo dijiste?

—Pensaba hacerlo cuando volviera. Me odias, ¿verdad?—dijo Candy, viendo la máscara que era el rostro de Terry.

—¿Quién me culparía? —replicó Terry con desprecio cortante—. ¿Por qué lo

hiciste? —se acercó a ella y la tomó por los brazos con furia controlada—.Katie es muy parecida a mi, sus ojos, la boca. Hasta los mismos gestos. Tengo un montón de fotografías que lo demuestran, como si fueran necesarias pruebas —la soltó con tal brusquedad que Candy se tambaleó y tuvo que agarrarse al respaldo de un sillón.

—Lamento que te duela, Terry—dijo ella con tono apagado—. Al menos

demuestra que eres humano.

—¿Humano? ¿De qué demonios estás hablando? ¿Qué lo lamentas? ¡Dios! —

empezó a ir y venir por la alfombra como un tigre enjaulado—. ¿Es todo lo que se te ocurre, que lo lamentas? Tenía derecho a saberlo. Katie tiene cuatro años. ¡Piensa en todo lo que me he perdido! ¿Es que no tienes corazón? Tengo una hija desde hace cuatro años y ni siquiera sabía que existía. No estuve presente en su nacimiento, ni cuando dio sus primeros pasos ni cuando dijo sus primeras palabras. Me he perdido sus cumpleaños. No me has dejado mimarla, ni disfrutar de su amor. ¿Qué pasa contigo? ¿Cómo pudiste hacerme algo así? —se dejó caer en el sofá y, echando la cabeza hacia atrás, se cubrió los ojos con las manos—. ¿En que demonios estabas pensando? Santo Dios, Candy, ¿es que no tienes conciencia?

—No puedes ser tan cruel conmigo. ¿Te olvidas todos lo que me dijiste? Claro ahora soy yo la mala, la que hizo todo mal. La que no tiene corazon. Te recuerdo que fuiste TU el que no quería tener hijos. El que no quería formar una familia—dijo levantando la voz.

—Eso no te dio derecho a ocultarme que estabas embarazada. Que estabas esperando un hijo mio.—se señalo el pecho. De haberlo sabido jamás te habría dejado ir.

—Bien. Ahora ya lo sabes. Katie es tu hija. —dijo furiosa. Se dirigia a la salida.

—Aun no hemos terminado de hablar ¿A qué viene tanta prisa? ¿Acaso ya estás con otro?

Candy lo miró indignada, como si la hubiera abofeteado.

—Eso no es asunto tuyo. Dejaste muy clara tu postura hace unos años, así que sé consecuente.

—Yo no te dije que te fueras —protestó Terry.

—No, pero me fui por tu culpa.

—Te recuerdo que fuiste tú la que hizo las maletas, Candy.

—Porque no me dejaste otra opción—contestó ella con un hilo de voz—. Por favor, terminemos con esto cuanto antes —añadió.

—¿Crees que ha terminado todo? —contestó Terry acercándose y poniéndole las manos en los hombros antes de que a Candy le diera tiempo de distanciarse.

¡Cuánto la había echado de menos!

—Te recuerdo que tú terminaste con nuestra relación hace tiempo—contestó Candy.

—Fuiste tú quien se marchó.

—Y tú me dejaste ir —le espetó Candy mirándolo a los ojos.

—¿Y qué iba a hacer? ¿Atarte a una silla?

Candy se rió con frialdad.

—No, tú jamás harías una cosa así, ¿verdad, Terry? Tú jamás intentarías convencerme para que me quedara. Tú jamás irías a buscarme.

Aquellas palabras lo hirieron, pero no dijo nada. Lo cierto era que no, no había ido a buscarla. El orgullo se lo había impedido. ¿Qué iba a hacer? ¿Suplicarle para que se quedara? ¿Después de que le hubiera dejado claro que, por su parte, su matrimonio había terminado?

No, había preferido dejarla marchar.

Candy se apartó el pelo de la cara.

—Bueno, aquí estamos otra vez, echándonos las culpas el uno al otro, yo gritando y tú imperturbable, con esa cara de estatua que pones, y sin abrir la boca.

—Yo no pongo cara de estatua —se defendió Terry.

—¿Cómo que no? Mírate en el espejo —contestó Candy riéndose e intentando alejarse. Pero Terry no se lo permitió. Candy echó la cabeza hacia atrás y lo miró a los ojos, y Terry no pudo evitar mirar aquellos labios que tanto deseaba besar.

—Siempre que discutíamos, yo era la única que gritaba. Eran discusiones unilaterales. Tú nunca decías nada.

—Lo dices como si gritar fuera algo bueno.

—¡Si hubieras gritado tú también, al menos habría sabido que te importaba lo suficiente como para discutir!

—Pues claro que me importabas —le aseguró Terry—. Lo sabías perfectamente, pero, aun así, te fuiste.

—Porque tú querías que todo se hiciera como a ti te daba la gana. El matrimonio es cosa de dos, no de uno que ordena y otro que obedece —le explicó Candy—. Suéltame, Terry por favor. No he venido para esto.

—Quiero que Katie sepa la verdad.

—¿Puedes asegurarme que no serías tan cruel como para arrebatarme a mi hija?

—También es hija mía, Candy—dijo de manera cortante—. Y quiero reclamarla como mía este mismo día si es posible. Tengo todo el derecho. Quiero recuperar el tiempo perdido. Quiero conocerla más, que me reconozca como su padre que soy.

La cólera y el miedo bullían en el fondo de los verdes ojos de la rubia.

—¡Te recuerdo que también es mi hija. ¿Cuándo crees que podrías llevártela? Vamos, dímelo. ¿Y qué pasa conmigo? ¿De verdad crees que me quedaré de brazos cruzados mientras me quitas a Katie? Tendrás que matarme primero.

La expresión de Terry, al contrario que la de Candy, permanecía imperturbable. La agarró de la muñeca y dejó que sintiera sólo un poco de su fuerza muy superior a la de ella.

—No me hace falta matarte, Candy —dijo arrastrando las palabras—. Volver a casarme contigo me agradaría más.

Candy, pensó por un momento que se iba a desmayar.

—¿Por qué tengo a tu hija? —exclamo—. No era lo bastante buena para ti antes —se zafó de él violentamente y se frotó la muñeca—. Jamás funcionaría el matrimonio entre los dos.

Candy se dejó caer nuevamente en el sillón. Terry se puso en cuclillas delante de ella.

—Escúchame bien —dijo en voz baja, aunque su actitud demostraba su férrea

determinación—. Quiero que mi hija se críe adecuadamente. No quiero que lo haga en un hogar roto. Quiero que tenga una madre y un padre. Esos somos nosotros. Estoy decidido a conseguir la custodia de Katie. No creo que un tribunal le vea con muy buenos ojos después de tu engaño.

Candy mantuvo la cabeza gacha, sin atreverse a mirar aquellos cautivadores ojos.

Era dolorosamente consiente de lo cerca que estaban sus rostros.

—Katie tiene una madre y ahora sabra de su padre. Pero no puedes venir a imponerme esto, Terry. Tu y yo terminamos con nuestro matrimonio hace tiempo. No creó que sea necesario llegar a tanto, Katie sabrá que eres su padre. Podrás pasar tiempo con ella para que te conozca. No quiero que mi hija tenga que sufrir, ni pase malos momentos por esto.

—Tienes razón. Tampoco quiero que Katie sufra. Pero quiero que lleve mi apellido.

—Esta bien, lo haremos. No te voy a negar eso. Eres su padre.—tomo su bolso para retirarse.—Mañana vendremos para comenzar con las grabaciones.

—Espera. Quiero verla antes. Y también quiero que hablemos con ella.

— Pero debes ser paciente. Es muy chiquita aun ...¿quieres ir esta misma tarde a casa?—le extendió una tarjeta con su dirección y número telefónico.

—Lo haré, ten por seguro.

—Nos vemos en la tarde.— se giro para salir del lugar.

...

Cuando le contó a su nana que su ex marido había reaparecido, la mujer no pudo contenerse.

—¿Qué quiere esta vez? —preguntó con tono ferozmente protector, como

siempre.

Pero hasta Pony se había quedado sin palabras cuando Candy le dijo que Terry

quería volver casarse con ella.

—¿Aún lo amas?

—No lo se nani. Es todo tan complicado—dijo Candy. De nada servía ocultárselo a su nana.

—¿Cuando se lo dirás a Katie?

—Quedo en venir esta tarde.

—Katie es una niña inteligente, cariño. Sabrá tomarlo con calma.

—Ella ya lo conoce, nana. Y le cayó muy bien.

—Pero ...¿como?

—Es el dueño de la agencia para la cual Katie hará el comercial.

—¡Dios! Que jugada te hizo el destino. Puso a tu hija en manos de su padre.

—Lo se nana. Iré a ver a mi bebé y luego tomaré un baño.—mientras subía los escalones.

—¿Vas a almorzar?

—No. Ya lo hice con Albert. Pase antes por su consultorio para contarle y salimos a comer.

—¿Sabe que vendra?

—Si.

—Le diré a Norma que prepare una rica tarta para la merienda.

—La preferida de Katie.

—Y la tuya también.

—Gracias Nanita.—bajo corriendo a darle un abrazo a la mujer.

—Ve, descansa un rato que te hará bien.—le dio palmaditas en la espalda y un beso en la frente.

—Si. Esta mañana fue muy fuerte para mi.

Continuará...