Capítulo 7

Capítulo 7. El Señor de los Sueños.

Una amplia sonrisa se extendió por su rostro nada más percibir la sutil energía maléfica que se adentraba en sus dominios. No le era difícil suponer de quien se trataba, ya que aquella no sería la primera ni última vez que la sentía. Tal vez estaba tratando de huir de algo o simplemente deseaba escapar de la realidad con la misma fuerza con la que un poeta desea contemplar la luna.

-Sesshômaru- dejo escapar de sus labios, nadas más ver la blanca figura perfilándose frente a él, sentado en el trono de los sueños, pero condenado a no dormir jamás. Se miraron el uno al otro: ambos estaban de acuerdo.

Con tranquilidad el demonio se sentó junto a él, en el suelo, al lado del trono. Permanecieron así; el uno junto al otro, durante largo tiempo, viendo desfilar un sinfín de caminantes nocturnos por el palacio de la Medianoche. Ninguno se atrevía a hablar, extasiados por la calma de un lugar en donde todo lo que es importante deja de serlo y aquello a lo que no damos valor se convierte en lo esencial.

Para los dos, esas noches fugaces en las que podían encontrarse eran algo especial. Lejos de su propia esencia maligna y corrupta, podían ser lo que todos allí eran: simples caminantes.

-Byakuka volvió hace un rato- comento por fin el Señor de los Sueños, rompiendo el armonioso silencio- Tal y como pensabas, Cronos estuvo haciendo algo en ese apartamento. No sé con exactitud el qué, pero algo extraño debe haber para que un Dios de su magnitud se haya estado dedicando a distorsionar temporalmente y vigilar un pequeño apartamento.

-Allí solo vivían dos humanas.

Él Dios sonrió con cinismo. Que frías fingían ser las palabras del príncipe y cuanto deseo se escondía tras ellas. A pesar de saber lo inútil de ocultar lo que realmente sentía, en aquel lugar no existían las limitaciones para los sentimientos que marcaban las leyes de la tierra, Sesshômaru no el permitía acceder a su corazón. Aún y así, resultaba obvio que anhelaba a aquellas humanas, o por lo menos a una de ellas.

-Humanas que no sabemos donde se encuentran, humanas que han desaparecido de la noche a la mañana como si jamás hubieran existido. Difícilmente un mortal puede escapar a ser reflejado en los lagos de lava ardiente del infierno, pero es imposible que puedan evitar mis dominios. Y lo hacen. No he sentido la esencia de ninguna de ellas desde hace dos años. Algo está interfiriendo. Algo lo suficientemente poderoso como para incluso ocultarlas de mí. Y Miroku no tiene tanto poder.

-No es de tanto interés- respondió, mostrando una vez más su permanente frialdad. Aquella que tan solo una noche una simple humana pudo haber roto para siempre. Misma que jamás dejo de existir por ese motivo-Pueden haber muerto.

Morfeo no dijo nada está vez. Sí, cabía aquella posibilidad: Que hubieran muerto. Pero no era posible. Estaba seguro de que el demonio habría intentado llevarse el alma de la chica de ser así.

-Midoriko tiene algo que ver en esto, Sesshômaru.

Lo había dicho, por fin se lo había dicho. En seguida el demonio se tensó ante esas palabras y por primera vez lo miró directamente a la cara. Los helados ojos dorados chocaron con el fuego de los escarlatas y una silenciosa batalla por el razonamiento comenzó a librarse entre ellos. Finalmente, el Dios venció.

-Haz lo que quieras- comentó molesto el príncipe, levantándose dispuesto a irse, su tiempo allí ya había pasado y notaba como en el Infierno la corte empezaba a despertar. Comenzó a alejarse, a su alrededor todo se disipaba y diluía en un sueño.

-Búscalas- las palabras se clavaron en su mente, pronunciadas por la voz del Señor- Sabes que hay pocos lugares donde las pueden haber ocultado. Ve al mundo humano.

Y ya no escuchó nada más. Sus ojos se abrieron y se encontró, como siempre, en la cama de su habitación, obligado a comenzar un nuevo día de responsabilidades como heredero al trono del infierno. Titulo por demás inútil, puesto que todos allí eran inmortales.

-Maldito Naraku- Murmuró, mientras se levantaba.

Rin sonrió con malicia y apuntó a l centro exacto de la diana 20metros más allá. Tenso la cuerda y su furia con ella y disparó. Blanco perfecto, en el centro exacto, ni un milímetro más ni uno menos. No era nada nuevo. Lo hacía todos los días desde hacia un año. Por que algún día, pensaba aniquilar demonios con aquellas flechas.

Y ese día podría perdonar por fin a Kagome. Se liberaría de la pesaba carga que era vivir con los recuerdos y el dolor. Y dejaría su odio atrás. Lo deseaba, deseaba hacerlo. A ella le hubiera encantado olvidarlo todo y correr para abrazar a su prima, pedirle disculpas por todos sus cometarios mordaces, reírse como antaño y ser las mejores amigas.

Pero no podía. Le era imposible. Su interior estaba frío, era incapaz de sentir nada que no fuera el odio o la agonía. Un odio profundo y visceral contra Inuyasha y su maldito hermano, que había seducido y engañado a la tonta de Kagome.

"Son demonios, Rin. No sois más que simples juguetes para ellos"

Lo sabía. Jamás se permitiría olvidar aquellas palabras. De la misma forma que nunca perdonaría a Kagome por haberla dejado vivir. Por estar a su lado y hacerle sentir que tenía que continuar por ella, que debía hacerlo para liberarla de un engaño cruel como le habían dicho. Y eso haría. Le devolvería el favor por haber cuidado de ella y luego moriría. Tenía muy claro que tras morir, no volvería a tener que soportar nada similar jamás.

La muerte la lideraría de todo y de todos.

-Rin, se te ha caído el arco al suelo- se rió Sango, su compañera de practicas, indicándole dónde estaba con la mano- Deberías bajar de la Luna ya tender un poco los asuntos terrestres.

"Los asuntos terrestres son lo que menos me importa ahora" pensó para sus adentros, tomando con rapidez el arco y volviendo a colocar una flecha "Lo único que importa ahora…" tensó el arco "…es acabar con esos malditos demonios" disparó. La flecha acertó de nuevo y, por el camino, desintegró la otra que ya estaba clavada en el centro.

Sango la miró impresionada, peor no asombrada. Hacía ya tiempo que tenía conocimiento de los poderes espirituales de Rin y Kagome, aunque está última jamás los había puesto en práctica delante de nadie, al menos. Cuando Rin tomó otra flecha, suspiro resignada. Aquellas primas no se parecían en nada, aunque mirando las fotos de antaño, Sango hubiera jurado que eran como dos almas gemelas. ¿Qué era lo que les había pasado?

Inuyasha estaba preocupado. Y eso no solía pasarle muy a menudo. Normalmente se dejaba llevar por la vida del infierno y disfrutaba cometiendo tantas maldades como le era posible. Torturar a los condenados era entretenido, pero demasiado habitual. Destrozar a alguno de los demonios inferiores le parecía más apetecible. No había nadie a quien debiera rendirle cuentas. No había nadie que pudiera pedirle explicaciones. Y no había nadie tan peligroso como Sesshômaru para él.

Le quedó muy claro el día en que hace dos años su hermano casi lo mató. Inutashio, Diablo y Señor del Infierno, apenas si logró con toda su fuerza salvarle la vida al menor de los príncipes. Y le advirtió a su vez que nunca jamás volviera a provocar de esa manera a su hermano.

Éste lo había obedecido, pero no por gusto. Las marcas en su piel y el dolor habían tardado muchísimo en sanar y en su mente quedó gravada a fuego la seguridad de que la próxima vez lo mataría. Y nadie podría impedirlo.

Por eso estaba preocupado. Desde unos días atrás, su hermano estaba más solitario que nunca. Jamás fue un demonio muy sociable, pero ya ni a las reuniones infernales asistía. Había comenzado a desaparecer durante largos periodo de tiempo. Y no detectaba su energía por ninguna parte del Infierno.

Lo cual solo el dejaba una opción: El mundo humano. Esa idea iba directamente enlazada a otra que le producía extrañas emociones: Rin. La joven y dulce humana con la que se divirtió la última vez que estuvo allí. No la había vuelto a ver. Al día siguiente de haber jugando regresó para explicarle algunas cosas, pero las dos humanas ya no estaban allí.

No le dio más importancia, ni se tomó la molestia de buscarlas: Probablemente Sesshômaru se las había llevado a otra parte. Al regresar al Infierno ese mismo día, su hermano le propino la paliza de su vida, torturas incluidas. Después y siguiendo las órdenes de su padre, no había vuelto a meterse en los asuntos del Heredero al Trono.

Cuándo empezó a ver que Sesshômaru ya no iba de visita al mundo terrenal, pensó que ya se habría cansado, pero al parecer no había sido así. Y eso lo inquietaba.

Dispuesto a averiguar que era lo que había ocurrido, consultó los lagos de lava, pero por más que sondeo con su mente y su poder, no las halló. Se habían esfumado. Aquel pensamiento lo preocupó aún más y decidió comenzar a buscarlas.