Capítulo VI: "Mundo" (Parte II)

Len casi me hablaba de su travesía como un fanático religioso, por lo que decidí relajarme un rato, tomé el folio con el bolígrafo, y me dispuse a escucharlo lo más pacientemente que pude mientras relataba sus experiencias.

La tercera parada fue en un gran contenedor cristalino lleno de documentos y otras cuestiones amontonados por ahí, además de que un gran incinerador ocupaba gran parte del espacio. Fue una visita corta, según dijo mi acompañante, pero que lo sobrecogió de gran manera.

Recorriendo todo el lugar, se dio cuenta que sólo habitaba un muchacho de ojos y cabellos castaños que vestía completamente de rojo, apilando las cosas según peso, tamaño y fecha. El principito se sorprendió de tal orden, por lo que decidió hablar un rato con el joven para sacar sus conclusiones.

—Buenos días, ¿cómo te llamas?— pronunció, recordando precavidamente las enseñanzas del tutorial.

—Hola, soy Meito— dijo a secas su interlocutor, repasando algunos datos en una libreta que portaba —.Vaya, que raro ver a alguien por aquí...—

— ¿Qué es todo esto?— preguntó, mirando el lugar de pies a cabeza.

—Aquí se apilan las cosas que se quieren desechar— explicó tranquilo mientras ordenaba una nueva pila de documentos recién llegados.

— ¿Qué es desechar?— indagó Len, interesado por esa nueva palabra.

—Desechar, suprimir, eliminar, todo es lo mismo. La cuestión es que aquí se apilan estos objetos que no se quieren, hasta que suena la señal, y se termina de ejecutar la acción— aclaró sin mirar al rubio, mientras le mostraba un pequeño ejemplo: una foto de una pareja abrazados y sonriendo felizmente a la cámara.

—Pero... ¿por qué alguien querría desechar esto?— El principito no entendía nada de lo planteado por Meito. La imagen era muy bonita, ¿qué tenía de malo para que se quisiera desechar?

—Para olvidar... Hay personas que piensan que borrando cualquier cosa que lo ate a un recuerdo que ya no quieren tener, será más fácil sacarlo de sus cabezas— El castaño suspiró ante sus palabras, siguiendo con su trabajo.

Len se quedó helado por unos segundos, con un mal presentimiento: Él no tenía ningún objeto que le recordara a Rin... ¿eso significaba que la olvidaría un día de estos? ¡No, el no quería hacerlo! La chica era muy importante para su persona, demasiado como para olvidarla, ¡y recién en ese momento se daba cuenta! Iba a preguntarle a Meito sobre sus inquietudes, pero de pronto, una fuerte alarma sonó por todo el lugar, alertando al pequeño en el acto. Su acompañante, sin embargo, sólo miró al cielo y bufó por lo bajo.

— ¿Qué es eso?—gritó, un poco alterado.

—La señal. Ya es hora—

Dicho esto, el castaño tomó una gran pila de documentos y las colocó en una cinta transportadora que terminaba en la gran boca del incinerador. Este, al recibir la carga, acrecentó su fuego, como un monstruo deleitándose de su cena. Meito tomó la foto de las manos del principito y la dejó en la cinta para que acompañara a las demás en su destino. Acto seguido, tomó una botella llena de sake y comenzó a beber con ahínco.

— ¿Por qué tomas eso?— preguntó el rubio con curiosidad.

—Cada uno tiene sus propias formas de olvidar...— dijo mientras le ofrecía la botella al chico, que rechazó algo abatido; no quería tomar nada que pudiera hacerle olvidar a Rin.

Decidió que ya había estado demasiado tiempo en el lugar, por lo que saludó cordialmente al muchacho, que seguía tomando el sake, y buscó la salida más cercana. Cuando el pequeño estaba ya fuera del contenedor, miró a su interior para contemplar, algo acomplejado, al bebedor incansable; pensando qué era lo que trataba de sacar de su mente. Vino a su memoria la imagen de su amada, recordando cada momento vivido con ella sintiéndose mal por no tener nada material para recordarla. No quería ni pensar que, si lo que decía Meito era vedad, podría olvidarla sin darse cuenta al no poseer ningún objeto de ella; trató de volver a reproducir en su cabeza la sonrisa de la chica, su corto pero hermoso cabello corto, sus puros ojos azules, su vestuario...

De pronto, el cuerpo de Len se reflejó en el cristal, haciéndole recordar, en cierta forma, a la propia figura de Rin. El chico sonrió inconcientemente mientras tocaba con una mano su imagen en el contenedor. Agradecía en ese momento ser tan parecido a la chica, tal vez así nunca olvidaría, lo quisiera o no. Entonces, con la conciencia y el corazón más tranquilos, buscó al corcel blanco para que lo llevara a una nueva parada...

Sin darse cuenta, ya que la gran mayoría del tiempo estuvo pensando en la muchacha, el principito llegó a una nueva parada. A diferencia de las demás, todo el lugar se encontraba vacío, a excepción de un muchacho con un celular, que apretaba las teclas del aparato con rapidez y concentración. Este individuo parecía no haberse percatado de la intromisión de Len en su mundo, o, simplemente, no le importaba en lo absoluto.

—Hola— saludó, inquietado por el silencio.

Su acompañante no respondió, siguió tecleando con el mismo ritmo, como si estuviera perdido en su propio mundo. De un momento a otro, miró enojado la pantalla y movió el objeto de un lado a otro frenéticamente, como buscando un buen ángulo para posicionar el celular; y cuando logró hacerlo, siguió con lo que lo tenía tan abstraído.

—Dije hola— repitió el rubio, enojado por se ignorado así.

—Ya vamos diez mil ochocientos cuatro. Buenas— susurró el muchacho del celular —.Ahora son diez mil ochocientos treinta...— siguió contando mientras tecleaba.

— ¿Qué cosa?— El pequeño siempre se había caracterizado por ser muy curioso, y en ese instante no haría una excepción.

—Datos—

— ¿Datos? ¿Para qué sirven? ¿Se comen?— Imaginó a uno de esos "datos" cubierto con chocolate, más bien pensando en una banana con esa cobertura.

—Eres un tonto, ¿lo sabías?— bufó su acompañante, irritando un poco a mi amigo —, los datos no se comen, sirven para intercambiar información entre otras personas—

— ¿Información? ¿Algo así como palabras?—

—Exacto. Es más: ahora yo estoy hablando con mi novia— Una muy pequeña sonrisa se escapó de los labios del chico al pronunciar esas palabras.

— ¿Novia? ¿Y qué haces con ella? ¿La abrazas, le acaricias los cabellos? ¿La... besas?— El interrogatorio exhaustivo del pequeño no se hizo esperar, bastante ilusionado por la nueva palabra.

—No, no puedo hacerlo. Ella se encuentra muy lejos ahora; por lo que me limito a leer lo que escribe para saber cada cosa que pasa en su vida— Len se confundió ante lo que decía el chico del celular.

Como siempre, su memoria evocó la sonrisa de Rin. Pensó unos segundos cómo sería llevar el mismo estilo de "relación" del joven y su novia: no poder escuchar su risa en persona, sentir su calidez, ver su cara iluminada por la alegría de compartir un espacio juntos; cumplir un capricho de ella; sólo resignarse a leer palabras que tal no sean la verdad, considerando que su amada era una persona muy mentirosa...

—Eso es inútil— concluyó, bajando la mirada.

— ¿De qué hablas?— Fue el turno del joven del celular el confundirse.

—Lo que haces, hablar con tu novia detrás de una pantalla, es inútil. Una persona que yo también aprecio mucho también está lejos, muy lejos; pero no quiero saber nada de ella si no podré sentirla, tocarla, saber que de verdad está bien, verla con mis propios ojos— Con cada palabra que decía, subía un poco su tono de voz —La distancia duele, mas esa no es razón para tratar de romperla con métodos tan fríos. Eres masoquista— El chico del celular pretendía replicar algo, pero cerró inmediatamente la boca, como si no tuviera nada bueno que decir en su defensa.

Len abandonó el lugar, un poco más triste desde su llegada.

"Extraño, simplemente extraño" Ya me estaba acostumbrando a esa frase...

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Y recuerden: el ocio es malo para la inspiración, también cambiar radicalmente las metáforas de uno de los libros más famosos del mundo. Me escudaré diciendo... que no tenía idea de cómo escribir la metáfora de "el hombre de negocios", así que...

¡Un gran abrazo desde Argentina!

Neko C.