Capítulo 7
No es una buena palabra
-¡Ja!, ¡Aficionados!- el grito triunfal de Sota, lleno toda la habitación.
Bankotsu y Miroku compartieron una mirada confusa, mientras sufrían los estragos de la derrota en sus respectivos egos, por décima vez en un par de horas.
-¿Cómo es qué aun no pueden ganarle?- preguntó Sango desde la cocina, en donde se encontraban ella y Kagome limpiando los platos del desayuno.
-Se la pasa jugando eso todos los días- así de sencillo fue explicarles para Hojo.
Después de haber devorado el tocino que prepararon, Sota les propuso jugar un videojuego, en esta ocasión, la elección fue uno de brigadas y misiones militares.
Miroku, Bankotsu y Sota habían estado "luchando" desde hace un rato, con Hojo sentado a un lado observando; Inuyasha y Kaede brillaban por su ausencia. Kagome se preguntó si, la desaparición de su amigo, fue por causa de la escena que tuvieron ayer.
Anoche, después de sacar al hombre (al tal Myoga) Bankotsu lo regresó a su auto, esta vez lo llevó en el asiento de atrás por petición de Kagome, y lo llevó de vuelta de donde sea que lo haya sacado, antes de que despertara y armara un escándalo; Kagome regresó a la casa y se quedó dormida en la habitación que le asignaron en un principio.
Ella y Bankotsu habían tenido suerte de que la vieja Kaede no los descubriera, era una mujer bastante mezquina. Y eso que Kagome siempre había pensado que las mujeres con ese nombre eran especialmente agradables, después de todo, su prima pequeña llevaba el mismo nombre, y era una niña de lo más amistosa.
-Oye Hojo, ¿Por qué no juegas con nosotros?- ofreció Miroku al mayor de los hermanos Higurashi, tendiéndole el control remoto de la consola.
Él acepto y se acercó más a ellos, en realidad era una persona bastante pacífica, y no era muy afecto a jugar esa clase de cosas.
Mientras tanto, Sango preguntó a Kagome si sabía algo de Inuyasha.
-No ha aparecido desde la mañana, ¿crees que este dormido?
-No lo sé, ya sabes como es, tiene un carácter un tanto especial, y tiende a cambiar de humor constantemente.
Pero a su amiga pocas cosas se le escapaban, y seguía dudando de la sinceridad de la otra.
-Por cierto, - habló Kagome, antes de que Sango siguiera haciéndose ideas erróneas, -¿Ayer a qué hora te marchaste?
Sango resopló. –Tarde, no pude despedirme de ti, Miroku se estaba portando algo extraño, ya sabes-.
Kagome asintió. –Debes ser un poco tolerante, después de todo está loco por ti-
Sango rodó los ojos por la insinuación de Kagome. Internamente estaba gozosa de que Miroku sintiera algo por ella, no podía negar que la hacía sentirse alagada, solo que jamás lo confesaría.
-Hojo, me estas disparando-
Dijo Bankotsu desde el otro lado, en la sala.
-¿Eres tú?, pensé que eras del otro bando, lo lamento- a Hojo, se le hundieron los hombros y dejó caer el control en su regazo,- pensándolo mejor, ya no quiero jugar-
Le devolvió el control a Miroku y se marchó, con el rabo entre las patas, probablemente a su habitación.
-¿Y ahora qué le pasa?- Kagome camino apresurada hacia ellos, con las manos aún mojadas y llenas de jabón para platos, de inmediato incriminó a su hermano menor - ¿Sota?-
-Ya sabes cómo es él, a veces se desanima demasiado rápido - Sota continuo pulsando el botón que disparaba la enorme arma que su personaje llevaba sujeta. Al parecer le estaba dando una paliza al personaje de Bankotsu.
-Eso parece, yo no le hice nada- Se quejó a su vez Bankotsu sin siquiera despegar la mirada de la pantalla. Estaba tratando de salvar a su avatar, que estaba siendo golpeado irremediablemente por una ráfaga de balas. Él ya no le prestó atención.
Kagome solo resopló y corrió detrás de su hermano por las escaleras, a sus espaldas escuchaba a Miroku burlarse de la ridícula derrota a la que habían sometido a Bankotsu.
Cuando alcanzó a su hermano, le tocó el hombro para que se volviera hacía ella. Su rostro demostraba lo triste y decepcionado que estaba, decepcionado de sí mismo.
-Hojo…- fue lo único que le dijo, con una voz llena de empatía.
Su hermano le sonrió, -Descuida Kagome, se supone que yo soy el que debería cuidar de ti, después de todo, eres mi hermanita-
-Hojo, no hagas caso de lo que dicen- dijo Kagome, adivinando la causa del repentino cambio de su hermano.
-¿Por qué no?, tienen razón-
Kagome ya no sabía que decirle, su hermano era una persona demasiado amable, aceptaba todo lo que pasaba, sin importar si era malo o bueno, seguía adelante con una enorme sonrisa. Y cuando alguien le decía que era torpe o lento (solo por ser amable), lo entristecía y se desanimaba mucho.
Así que le sonrió, y él hizo lo mismo; a Hojo le encantaban los abrazos, así que abrió los brazos a su hermana. Kagome, de inmediato abrazo a su pasivo hermano.
-Es muy lindo que los hermanos se quieran- dijo una voz conocida desde el pasillo, -lástima que una de ellos debería estar en otra parte, con cierta personita-
Ambos se volvieron a ver a Kaede, con las manos en jarras y mirando a la chica como si fuera su oponente en un juego de ajedrez, tratando de descubrir su estrategia. Pero Kagome no tenía ninguna.
Hojo sonrió, sabía a qué personita se refería Kaede, solo que no le parecía precisamente pequeño
-Señora Kaede, yo…- comenzó Kagome.
-No quiero escucharte muchacha, ¿En dónde está el otro joven?-
Sin esperar su respuesta, la mujer se encaminó hacía la sala pasándolos de largo, ahí era dónde se encontraban todos los demás. Solo hecho una mirada por todo alrededor en la estancia, cuando pareció encontrar a Bankotsu, sentado y jugando con los otros dos, regresó por el pasillo por dónde había llegado. Kagome quiso explicarse, pero Kaede la ignoró por completo una vez más.
-¡Muere bastardo!- decían Miroku y Bankotsu, mientras ambos disparaban a un soldado contrincante. Y Sota los miraba reacio y sorprendido, encogido en una de las esquinas del mueble tratando de estar lo más lejos posible de ellos con el control como si fuera un escudo.
-¿Y a estos, qué mosca les picó?- preguntó a sus hermanos, por encima del respaldo del sofá.
Ellos se encogieron de hombros. Entonces el niño se volvió a ver a Sango con la esperanza de que ella supiera darle una explicación. Pero Sango, quien acababa de abandonar la cocina y se aproximaba a ellos, negó mientras comía una cucharada de helado de Vainilla con una enorme etiqueta que decía Bankotsu en él envase.
-Es sencillo, Sota. Lo que pasa es que son unos inmaduros-
Miroku y Bankotsu se dejaron caer rendidos cuando por fin terminaron con su oponente, habían pasado a otro nivel y el juego se pausó mostrando sus avances. En cuanto el dueño del postre vio a Sango, se puso de pie y camino hacia ella.
-Me parece que eso es mío- Bankotsu le sacó la cuchara de la boca y se llevó el bote consigo.
Sango se cruzó de brazos y miró a Sota, -Como ya te dije, Sota: inmaduros-
-Y me parece que esto también te pertenece- La voz de Kaede se hizo presente y también su regordete cuerpo, mientras su anciana mano, volvía a colocar el brazalete junto con la cadena en la muñeca de Bankotsu. Él solo rodó los ojos.
Kagome ya llevaba puesto su brazalete en su brazo correspondiente. ¿En qué momento se lo puso a ella? No sabría decirlo.
Unos pasos se oyeron en las escaleras, era obvio quien llegaba y a Kagome la inquietaba un poco. Cuando Inuyasha hizo su aparición, lucía muy desalineado, no enojado o triste, pero tampoco alegre. Llevaba una sudadera oscura y unos pantalones, ambos eran de colores dignos de un funeral.
"Perdóname", pensó Kagome.
Inuyasha alzó la vista y fue hasta ese momento que se percató de una Kagome quieta como estatua, y de un Bankotsu con un hilo de helado amarillo escurriéndole la comisura de los labios, muy tonto. Todos los demás, contemplaban la escena.
-Vaya, - dijo, -Veo que la libertad de ambos duró muy poco, ¿no es así?-
Kagome y Bankotsu se miraron, y al instante ella comenzó a reírse de él.
-¿Pero de qué demonios te ríes?- se quejó el de ojos azules.
Kagome se señaló en su propia cara el lugar de dónde le escurría el líquido, él se percató y de inmediato se limpió con el dorso de la mano. Después se enfurruño y se sentó en el sofá, fue en ese momento cuando alejó su mirada asesina de Kagome. Retomó su lugar junto al niño Higurashi, arrastrando a Kagome consigo unos pasos hacía la dirección que tomó.
Kagome se volvió hacía Inuyasha, aun con la sonrisa adornándole la cara, él se la devolvió y metió sus manos dentro de los bolsillos de su sudadera. Después caminó y pasó junto a ella, le colocó una mano sobre el hombro a manera de saludo y también tomó asiento en el enorme mueble.
-¿Y bien?, - preguntó a nadie en concreto, -¿Sota ya les partió el trasero?-
-¡No me vieron ni el polvo Inuyasha!- Exclamó el niño, alegre y triunfal; de inmediato se puso de pie y se cambió de lugar, se sentó junto al recién llegado.
Pero Miroku replicó: -Cuestión de tiempo, niño, ya verás dentro de un par de días-
-Imposible, Miroku, Hojo y yo llevamos bastante tiempo tratando de ganarle, y todo ha sido en vano, ¿Cierto Kagome?-
Ella asintió, aun sonriendo.
Bankotsu vio solo por un segundo el comportamiento de la chica. ¡Cielos!, el niñato de Inuyasha se había aparecido y como por arte de magia ella entro en un extraño estado de tranquilidad, como si fuera un gran alivio el que estuviera ahí; y es que Bankotsu había pensado que probablemente estaba enfermo o muerto al no haber estado presente durante toda la mañana.
Kagome era totalmente ajena a la mirada y a los pensamientos de Bankotsu, ella solo prestaba atención al hecho de que Inuyasha no estuviera resentido por haberlo rechazado (por segunda vez), y que siguieran siendo los amigos que siempre habían sido. Sí, ellos seguían igual, siendo amigos, tal y como Kagome lo prefería.
OoO
¿Cuánto tiempo más tendría que esperar?, y no es que hubieran pasado más de treinta minutos, tres eran lo máximo que había esperado. Pero le molestaba el hecho de que ella se hubiera encerrado en el baño para ponerse su ropa de dormir, ¿Qué había de malo en que se cambiara frente a él?
Dio dos golpes en la puerta con los nudillos, por la estrecha abertura de abajo se colaba la luz del interior de la habitación.
-¿Quieres apresurarte?-
-Ya casi término- replicó la molesta voz de ella desde el interior.
Casi en seguida, la puerta se abrió.
En ese momento, Bankotsu descubrió algo nuevo: a Kagome le gustaban los camisones. Lo dedujo porque el día en el que llegó llevaba un camisón (el cual recordó con gran aprecio), y ahora llevaba puesto otro de color rosado. La miró de arriba abajo y luego de regreso, ella hizo como que no lo noto y lo pasó de largo. Una vez estando de espaldas a él, agradeció haber elegido un camisón discreto y de tela un poco gruesa.
-Y… ¿En dónde dormirás tú?- le preguntó ella, mientras él se lavaba los dientes.
Después de mucho insistir, la anciana Kaede había logrado que Kagome finalmente accediera a dormir en la habitación de Bankotsu, pues era parte del castigo que les había impuesto, y ahí se encontraban ahora.
-En mi cama, por supuesto- Kagome se dio cuenta de que parecía más un castigo para ella que para él.
Kagome se preocupó por la respuesta de Bankotsu, -No estarás hablando enserio-
Bankotsu caminó hacia el lado derecho del mueble mencionado, mientras se retiraba la camiseta por la cabeza. Al parecer, había surgido un pequeño inconveniente respecto a la situación de vestirse y desvestirse. Ya que las prendas terminaban colgando de la cadena; Kaede le había permitido a Bankotsu retirarse la atadura para que ambos pudieran cambiarse, además de que ambos necesitaban de su privacidad para hacerlo; bueno, en realidad solo Kagome. Kaede se encontraba afuera de la habitación, esperándolos para volver a atarlos.
-Por supuesto que sí, esta es mi habitación, y dentro de ella, mando yo- el alivió de Kagome regresó en una pequeña porción, cuando Bankotsu se puso una camisa sin mangas, -Por cierto, ¿Sabes qué hora es?-
Kagome lo pensó un momento, antes de responder, -Supongo que son las diez y media, más o menos, ¿Por qué preguntas?-
Pero él ni siquiera pareció haberla escuchado, caminó hacía una mesita de noche y murmuró algo sobre no saber si ya estaba cerrado. Después, Kagome lo vio tomando su teléfono y marcar un número. Lo vio esperando a que contestaran antes de hablar con su interlocutor.
-Kanna, ¿Ya cerró el museo?- ni siquiera un saludo a la tal Kanna, -Entiendo, ya vamos para allá-
¿Vamos? ¿Quiénes? "¡Oh no!", Kagome ya se retorcía los dedos de las manos cuando él volvió a mirarla, de arriba abajo. Sin duda tenía que agradecer a la tienda dónde compró ese camisón.
Él caminó hacia ella, y a mitad de camino se agachó para recoger el otro brazalete, el que le correspondía a él y que Kagome había estado arrastrando a su paso.
En cuanto lo sostuvo, Bankotsu abrió puerta. Kaede estaba recargada en el muro de enfrente. Él se colocó el brazalete en frente de Kaede; en cuanto la mujer comprobó que estaba bien sujeto, cerró la puerta y se marchó.
Una vez solos, Bankotsu abrió la ventana de la habitación, se acercó a una silla, tomo una chaqueta que había estado arrumbada sobre la cama y se la arrojó a los brazos de Kagome, todo eso arrastrándola tras sus pasos gracias a la cadena que aprisionaba sus muñecas.
Después, él se subió al marco de la ventana y le tendió la mano.
-Vamos-
-¿A dónde?-
-Créeme, te gustará-
Dudó un poco, ¿qué tenía planeado?, quería ir, su curiosidad la empujaba e incitaba a que tomará su mano, pero era prudente y esa faceta suya la alejaba de él; pero quería ir.
-Se me está cansando la mano, Higurashi-
Ella lo miró, sus ojos azules, malditos fueran, ambos le susurraban: "Confía en mí".
Lo tomó de la mano, y él la ayudó a bajar por el muro. De todos modos estaba, literalmente, condenada a seguirlo a dónde él fuera.
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Después de bajar por el muro de la mansión de Inuyasha, Bankotsu guio a Kagome hasta su auto, estacionado fuera de la casa.
Dentro del vehículo llevaba una caja de metal debajo del asiento del acompañante en la parte delantera, cuando la abrió, extrajo de ella un pequeño destornillador y se quitó el brazalete.
-¿Cómo es que lo haces?-, preguntó Kagome asombrada por el poco tiempo que tardó en liberarse.
-Práctica, - respondió él, - si así lo quieres, podría enseñarte- le sonrió mientras le pasaba la pequeña caja para que ella la devolviera debajo del asiento que estaba ocupando. Poco después, cuando habían salido de la calle principal, se percató de que solo se había liberado a sí mismo, y ¿ella qué?
-¿A dónde vamos?-, preguntó Kagome después de un momento.
-Debo enseñarte algunas cosas, pensé que te interesaba- respondió Bankotsu, mientras la volteaba a ver, aprovechando la luz roja; pero Kagome no sabía a qué se refería y se estaba poniendo nerviosa, y a él no le convenía que se pusiera histérica o algo parecido, - Vamos al museo de historia y cultura-
-¿Qué podríamos ir a hacer ahí?, a esta hora ya está cerrado- Kagome, se entretenía mirando su brazalete mientras Bankotsu conducía.
-Así es, no podemos trabajar a gusto durante el día, hay demasiados turistas. En cambio, durante la noche solo se encuentra el velador, y es un anciano distraído que siempre se queda dormido-
Kagome ya había estado con anterioridad en ese lugar, durante una visita del colegio y otra con su familia.
En eso pensaba Kagome, cuando se distrajo al ver la manera de conducir de Bankotsu. La verdad era que lo hacía de un modo que daba a entender que era un experto o que llevaba mucho tiempo haciéndolo. Recodó la noche en la que llegó a recogerlas, a Sango y a ella en "La Cenicienta"; en ese momento el auto se había acercado peligrosamente a ella, pero después de pasarse la luz roja derrapó y quedó estacionado de lado en frente de ella.
Bankotsu conducía como lo hacían los actores en esas películas de acción o de espionaje, daba hábiles giros con el volante y no despegaba la vista de la calle, manejaba la máquina con un solo brazo bien extendido. De quedarse viendo su manera de flexionar los dedos sobre el volante y la forma en la que sus rodillas se flexionaban cada que pisaba el freno o el acelerador, no se dio cuenta de que también se pasaba todas las luces rojas que aparecían y que además se metía peligrosamente entre los autos, lo hacía tan rápido que los otros conductores no tenían ni tiempo de hacer sonar la bocina.
Después de un tiempo, demasiado corto al parecer de Kagome, llegaron al museo, el cual estaba efectivamente cerrado.
Bankotsu aparcó por una calle lateral al museo, al lado de un edificio que lucía abandonado. Kagome llevaba puesta su camisón y unas zapatillas de peluche también color rosado, había logrado tomar un suave y delgado suéter blanco antes de salir con él.
-Entraremos por la puerta trasera, es más sencilla de abrir y así Kanna no nos verá por las cámaras frontales- dijo Bankotsu mientras sacaba una mochila negra de la parte de atrás del auto.
Kagome, que había estado mirando el museo, se volvió de prisa hacía él. -¿Cómo dices?, ¿qué cámaras?, ¿y quién es Kanna?-
Bankotsu cerró la puerta trasera y después pulsó un botón en las llaves para cerrar por completo el auto. Le sonrió a Kagome mientras se colgaba la mochila a la espalda, - Descuida, entre Kanna y yo no hay nada y nada habrá, no tienes por qué estar celosa-
-No estoy celosa, ni de chiste, es solo que no tengo ni idea de que es lo que quieres hacer-
Pero Bankotsu siguió andando por delante de ella, por la calle que estaba al lado del edificio abandonado, con dirección hacía la parte trasera del museo.
-Kagome la celosa, no suena nada mal, ¿cierto?-
Kagome lo seguía de cerca, mientras lo llamaba cretino y le repetía que se callara.
Lo siguió hasta que llegaron a una enorme puerta de color gris, estaba cerrada por un candado bastante grande. Se preguntó si Bankotsu tenía llaves para abrirlo, pero su respuesta se dio sola cuando él sacó un fierro con forma de palanca y forzó la cerradura del candado para abrirlo por la fuerza. Entonces Kagome se dio cuenta de que, al no tener Bankotsu llaves para entrar, estaban irrumpiendo ilegalmente en el recinto.
-Oye, ¿qué planeas hacer aquí?-, Kagome retrocedió cuando él le hizo un gesto para que entrara a su lado.
-¿Qué pasa Kagome? No me digas que te da miedo-
-No es eso, pero hasta ahora no me has explicado nada acerca de que estamos haciendo o para que venimos, no puedo evitar pensar que estas tras de algo muy sucio-
-Tranquila, solo estamos sacando algo, no hay ningún problema. Pero si nos tardamos se complicarán las cosas, tú solo sígueme-
Y desapareció tras la puerta.
Kagome pudo haberse quedado parada ahí afuera, esperando a que saliera; también pudo subir a un taxi y regresar a casa para dejarlo solo con su extraña tarea. Recordó lo que le preguntó antes de salir. "¿Confías en mí?", eso había dicho él. Entonces, ¿confiaba en él?, si se ponía a pensarlo la verdad era que no, pero aun así lo seguía si él se lo pedía, lo siguió hasta ahí cuando pudo haberse quedado en casa tranquilamente dormida. No podía evitar acompañarlo, sabía que no estaba bien que lo hiciera pero sus ansias de aventura le habían ganado y ahora estaba ahí, escabulléndose en un museo a casi media noche para quien sabe que, bueno, Bankotsu lo sabía pero se lo callaba.
Se encogió de hombros y, sin más se internó en la oscuridad tras la puerta. De todos modos, no encontraría ningún taxi a media noche.
Una luz diminuta se encontraba danzando frente a ella, dedujo que era el chico que la arrastro hasta ese lugar y caminó para acercarse a ella. En efecto, Bankotsu se encontraba en el pasillo principal; con la linterna apuntaba a varios lugares, en cuanto Kagome estuvo a su lado, él le pasó la linterna y le pidió que apuntara a una parte del techo.
-¿Ves eso que está en esa esquina?-
Era sencillo notar la parpadeante luz roja de la cámara de vigilancia estando a oscuras, probablemente pasaría desapercibida a plena luz del día. Kagome asintió, haciendo que la luz de la linterna bailara un poco.
Bankotsu le dio la espalda y caminó hasta el aparato. –Saluda a Kanna, Kagome-
-¿Dónde?- preguntó ella, mientras miraba hacia todos lados para encontrar a la tal Kanna sin encontrar más que oscuros pasillos.
-A la cámara, ella está viéndonos. ¿No es así?- dijo volteando al aparto. Después subió por unas escaleras de mantenimiento que de pura casualidad estaban cerca de él, se aproximó a la cámara por detrás y saco un pequeño objeto de su interior.
-¿Qué hiciste?, ¡La rompiste!- dijo Kagome desde el suelo.
-Descuida, solo le quite la memoria- le pasó el objeto mientras bajaba de las escaleras, -más tarde Kanna se encargará de resetearla y se lo pondremos de nuevo-
Bankotsu le quitó la lámpara y caminó hacia uno de los pasillos. Parecía que habían entrado por una de las puertas de evacuación, ahora caminaban en la dirección contraria a la ruta de escape, internándose dentro de las salas del museo.
Al final del pasillo se encontraba una puerta similar a la que habían usado para ingresar, con la diferencia de que esta era mucho más pequeña.
Bankotsu la abrió y salió, dejándola cerrarse detrás de él. Kagome rodó los ojos, ¿qué acaso un poco de cortesía sería altamente dañina para él?, maldito fuera. Desvió su odio hacia la puerta cuando esta no cedía ni aunque la empujara con todas sus fuerzas; al final, ignoró a su orgullo y le pidió al muchacho que la ayudara desde el otro lado. Bankotsu la abrió de nuevo sin problemas, para Kagome esto solo ayudó a acrecentar su teoría de que Bankotsu era realmente fuerte.
Ella le dio las gracias, a lo que él no respondió.
-Hay que apresurarnos- le dijo con voz firme.
La sala del museo a la que ingresaron esta estaba tenuemente iluminada, un gran domo de vidrio hacía el papel de tacho, por lo que se alcanzaba a colar poca luz de los postes de iluminación de fuera en la ciudad. De día de seguro entraba toda la luz del sol.
Esta parecía ser una de las salas de antiguos pergaminos del periodo sengoku y de inicios de la era meiji de restauración en Japón. Con la poca luz era difícil contemplar abiertamente los dibujos de tinta en los papiros, Kagome se sintió muy interesada por unos acerca de la historia de la princesa Kaguya de la luna, pero no se atrevió a pedirle a Bankotsu que se detuvieran a contemplarlos un momento.
Él iba por delante de ella, caminando seguro entre la oscuridad. Ya habían abandonado la sala de pergaminos y ahora se dirigían a su destino.
Pasaron por un pasillo con varias fotografías e imágenes de personajes importantes de la historia, sus biografías estaban debajo de los rostros.
-Mira Bankotsu-, la voz de Kagome lo hizo detenerse y volverse a mirarla. Estaba en frente de una de las biografías mirando el rostro del hombre que se mostraba recto y serio, seguramente un militar.
-Se parece mucho a ti, ¿no crees?-
Bankotsu se acercó a la imagen. Al principio intuyó que la chica quería hacer una broma comparándolo con un adefesio horrendo para aliviar la tensión y no sentirse tan tristemente ignorada por él. Pero Bankotsu se sorprendió al reconocer que, en efecto, el rostro del hombre era muy similar al suyo.
-¿Quién fue?- preguntó el chico.
-Tal vez un general o algo así de la época de restauración, aquí dice que murió en combate- Kagome achicaba los ojos para ver si lograba descifrar las letras en la oscuridad.
Bankotsu estuvo de acuerdo con ella y la incitó a seguir avanzando, aún por detrás de él.
Para cuando el reloj bilógico de Kagome le indicó la media noche, comenzó a impacientarse un poco.
-Oye, Bankotsu…- las palabras de Kagome se cortaron y se quedó atónita.
En cuanto Bankotsu se dio la vuelta (con su gran cara de fastidio, que claramente decía "calla, camina y deja de molestar"), y apartó la luz de enfrente, una silueta negra se formó entre las sombras.
Al principio Kagome se puso pálida, lo que desconcertó bastante a Bankotsu, pero después se percató de su error y el color le volvió al cuerpo junto con el suspiro de alivio que soltó.
-¿Qué pasa?- pregunto él, ligeramente turbado, sin embargo nunca demostraría que estaba preocupado por ella, antes lamería el suelo.
Kagome ya estaba aburrida y pensó en una buena manera de divertirse un poco y desquitarse con el joven, después de todo ya había soportado bastantes cosas.
-No, nada, es que…- ella avanzó un pasó más,- luces un poco pálido-
Bankotsu se dio cuenta de que se estaba aproximando a él, lo veía de una forma insistente y hasta hambrienta, como precaución por si lo mordía dio varios pasos atrás. Bajó la luz de la linterna al dejar caer sus brazos a los costados, disminuyendo así la iluminación.
-¿Yo?, pero si tú parecías un muerto hasta hace unos momentos- dijo él sin dejar de retroceder mientras ella los avanzaba en su dirección.
-Fue porque tu estado me alarmó- de pronto extendió los brazos hacía él, tratando de sujetarlo de los hombros. Pero Bankotsu siguió retrocediendo sin fijarse lo que había detrás de él.
Kagome lo sujetó de los hombros por fin, deslizó sus manos por sus clavículas y cuello hasta llegar a sus mejillas, a Bankotsu lo sorprendió el hormigueo que le provocó este acto. Sin embargo le gustaba esa Kagome, la que aparecía con la oscuridad; al parecer el no ver nada la volvía más atrevida.
Kagome se acercó aún más, sus torsos no estaban pegados pero sus rostros solo se encontraban a milímetros; lo miró a los ojos azules.-Sabes, Bankotsu, a las criaturas de la noche les gustan los jóvenes atractivos como tú-, le susurró.
Entonces, él se tropezó con algo a sus espaldas y, antes de caer, fue atrapado por un par de brazos con manos llenas de garras. De prisa se giró col la lámpara en alto, iluminando un rostro desfigurado en una mueca de odio, con un par de enormes colmillos que custodiaban una lengua bífida y azulada.
No gritó, pero sí que se apresuró a alejarse de ese horrendo ser, casi cae pero chocó con Kagome que inconscientemente lo mantuvo en pie mientras se reía a carcajadas de él.
-¿Pero cuál es tu problema?- preguntó él, irritado, después de haber comprobado que el monstruo era solo una figura de cera que se exponía en la sala de mitología y folclor japonés; maldita fuera esa chica.
Kagome seguía riéndose, sujetándose el estómago con las manos, y Bankotsu solo permaneció de pie iluminándola con una fea expresión en el rostro.
-No puede ser, Bankotsu, en serio lucias muy asustado…- habló ella más calmada, después de su inminente ataque de risa.
Él ya no dijo nada, se dio la vuelta y comenzó a caminar retomando su curso, pero dando zancadas más rápido. Kagome apenas tuvo tiempo de seguirlo antes de que desapareciera por completo entre la oscuridad.
Ojalá y no se molestara demasiado, de lo contrario todo eso sería muy incómodo para Kagome, se sentiría terriblemente culpable. Pero… solo había sido una pequeña bromita, no tenía entendido como era que Bankotsu podía ser tan orgulloso. Así como era guapo, era terriblemente orgulloso y gruñón.
Sin embargo, hasta alguien como él podía ser también agradable en ciertos momentos; no podía decir que se arrepentía de haberlo fastidiado, porque la verdad era que lo disfruto.
-Llegamos- escupió él después de haber recorrido un pasillo, ahora habían llegado a una sala nueva, y él seguía claramente molesto.
Kagome pudo percatarse de que esta era en dónde se exponían los artefactos valiosos de las familias de emperadores y de señores feudales importantes.
-¿Qué buscamos aquí?-, Bankotsu había bajado un poco el ritmo de su marcha, por lo que Kagome aprovechó para acercarse a él y caminar por detrás.
-Buscamos un jarrón- él se detuvo de pronto, y se volvió hacía ella,- es redondo, azul y tiene el dibujo de un dragón rojo en el centro- se lo describió gesticulando con las manos, poniéndolas simulando que sostenían el objeto para dar una idea de su tamaño a Kagome.
Ella asintió y, después de que él le diera instrucciones de buscarlo, ella comenzó a pasearse entre las demás gemas y objetos exhibidos.
Todos eran de colores vivos y con dibujos y diseños orientales realmente impresionantes. De la nada, Kagome comenzó a sentirse un poco desilusionado por que a ella realmente le hubiese encantado haber vivido durante esa época, en la que la magia y los peligros aún rondaban.
De pronto, el sonido de cristal haciéndose pedazos la sobresaltó. Llamó a Bankotsu entre la oscuridad, y el corazón volvió a palpitarle en cuanto lo escucho llamándola a su lado; ella siguió su voz hasta llegar a él.
Estaba en medio de un desastre de vidrios, de pie en frente de una de las vitrinas de la exposición metiendo el jarrón que le había descrito en su mochila.
Kagome estaba de acuerdo en ir a ver el jarrón, tal vez sacarlo para poder estudiarlo mejor; pero jamás le dijo que iban a destruir parte de la indumentaria del museo y a robarse otro poco de ella.
Quiso reclamarle y pedirle una explicación, o tan solo pedirle que lo devolviera, pero una alarma comenzó a sonar en la sala.
Bankotsu maldijo mientras se colgaba la mochila en la espalda, ella se quedó quieta mirando cómo se alejaba hacía la salida.
-¿Qué esperas, Higurashi?- le grito Bankotsu, haciéndola despertar del trance en el que había caído.
Ojalá y no lo hubiera hecho, Kagome comenzó a ponerse nerviosa y a temblar; la alarma hacía un ruido estruendoso e insoportable que no le permitía entender que era lo que le gritaba el joven frente a ella.
Bankotsu perdió la paciencia, Kagome estaba totalmente paralizada y se quedaría ahí parada como una boba si él no hacía nada al respecto. Volvió a maldecir por lo bajo y caminó a prisa hacía ella, tiro de la mano en donde se había enrollado la cadena de los brazaletes y la arrastró con él hacía la salida.
Ya habían regresado un considerable tramo cuando Bankotsu vio la luz de la linterna del velador acercarse justo en frente de ellos. Apagó la suya y la guardo en un bolsillo lateral de su mochila, aún mantenía sujeta la muñeca de Kagome.
Se arrepintió de haber despedazado el vidrio de la vitrina, pero estaba enojado de que Kagome se hubiera burlado de él, ella solo quería divertirse y no buscar su cercanía, eso aunado a que estaba cansado y fatigado. Había dado un fuerte puñetazo al material.
-Bankotsu, ¿Qué hiciste?-, la voz de Kagome era un atormentado murmuro que apenas había logrado salir del tenso nudo que tenía atorado en la garganta; él se volvió para verla, -¿Acaso robaste eso?-
Él no le respondió, el velador se acercaba y no dejaría que lo atraparan por algo tan ridículo como esa ligera extracción. Miró a su alrededor, había una puerta con la leyenda de "Acceso al techo (Solo a personal autorizado)".
"Estupendo"
Tiró de ella hacia la puerta, esta vez sí la sostuvo abierta para que ella pasara, y la arrastró con él por las escaleras hacía arriba. Estaba seguro, confiaba en que su memoria no le fallaría, y quería jugarle una pequeña venganza a Kagome.
Juntos, ascendieron en la oscuridad por todos los escalones hasta llegar a una puerta similar por la que habían llegado a las escaleras. Bankotsu la abrió de una patada y por fin soltó a Kagome. Ella ya se había recuperado en su mayoría, a fuerte mano de Bankotsu la había mantenido al tanto de la situación, sosteniéndola con fuerza.
-¿Qué hacemos ahora?-, Kagome había visto en dónde estaban y se había dado cuenta de que no había ninguna manera de escapar del museo. Lo miró expectante de una respuesta.
Bankotsu se acercó a ella despacio, la pasó de largo y se asomó por la orilla del edificio. Miró a Kagome después de haber comprobado algo que ella no supo deducir, estaba sonriéndole.
-Ahora solo salta-
Kagome se quedó pensando en la orden por un momento, y cuando se dio cuenta, Bankotsu ya la había empujado hacía el vació.
No supo que pensar, su grito se quedó contenido por lo estupefacta que estaba, se le olvidó como respirar. Poco le importó que él también se lanzara, solo pensaba en que estaban cayendo y que dolería; tenía esa extraña sensación de vértigo que aparece cuando caes de lugares muy altos, solo que esta vez sentía el frio viento de la noche en su espalda y eso ayudaba a contrarrestarla un poco. Cerró los ojos y esperó.
De pronto, algo la atrapo, algo suave. Y después surgió una risa, ella seguía con los ojos cerrados, pero sus oídos la captaron bien. Era fuerte, no estruendosa ni aguda, era muy alegre y tenía un sonido que le pareció increíble, como dulce y sombría a la vez. Era la primera vez que escuchaba a Bankotsu reírse de esa manera, tan relajado y realmente divertido.
Si él le hubiera dicho que al lado del museo estaba una fábrica recicladora de almohadas y colchones, se habría tirado del techo sin problema y no hubiera pasado por esa terrible sensación.
Bankotsu, al verla con los ojos cerrados, los puños apretados y con la cara chueca en una expresión de terror, había estallado en carcajadas al igual que ella ya lo había hecho ese día dos veces.
-¡Vaya, Kagome! Debiste ver tu cara, ¿En serio pensaste que te tiraría de un edificio?, Inocente palomita, eres una tonta-
Kagome ni siquiera se inmutó porque la había llamado tonta, él solía usar los insultos con demasiada ligereza y no le molestaba. De hecho, en vez de ponerse furiosa, la embargó un gran alivio, ya después se ocuparía de él. Por ahora estaba feliz de haber permanecido ilesa durante la noche.
Una sonrisa comenzó a instalarse en el rostro de Kagome, y ella también comenzó a reírse junto a Bankotsu; se quedaron un buen rato así, tendidos sobre pedacería de relleno mirando el cielo.
-No puedo creer que te hayas robado ese jarrón de un museo- dijo ella entre risas, -¿Qué eres? ¿Un ladrón? ¿Un agente secreto?-
-Ninguno de los dos, y no lo robe, no solo-
-No me gusta la palabra robar, Bankotsu-
