Kagome ahogó un gemido cuando sintió la picazón en su mejilla.
Obligó a que su rostro no mostrara reacción alguna e hizo lo imposible para que las lágrimas no se escaparan. No lloraría. Debía ser fuerte.
—¡¿Cómo has podido hacerlo?!— bramó, la ira tiñendo cada una de sus palabras.
Cuando la joven no contestó, la cogió del brazo y empezó a zarandearla con fuerzas.
—¡Contesta, maldita!
Ella no lo hizo. Gruñendo, su prometido la estampó contra una de las paredes de su habitación y una sonrisa siniestra surcó sus labios cuando la escuchó gemir. Por encima del dolor en la parte de atrás de su cabeza y la espalda, Kagome sintió sus piernas temblar en el momento que sitió la mano de él ascendiendo por su cuello, colocando sus dedos peligrosamente cercano a él, rodeándolo. Seguro que si apretaba un poco, solo un poco, ella moriría asfixiada.
InuYasha... susurró una trémula voz en su cabeza.
—Eres una cualquiera— siseó sobre su rostro, sus ojos negros letales como un cuchillo— ¿Cómo has sido capaz de estar con un puto medio demonio? Mañana serás mi esposa y jamás toleraré un trato como este. Eres mía, solamente mía y jamás te compartiré. Y mucho menos con ese maldito medio demonio, ¿me oyes?
La joven tan solo pudo cabecear levemente, su pecho convulsionándose por los sollozos. Iba a morir, ese hombre iba a matarla, lo presentía, y ni si quiera podría despedirse de su amado InuYasha.
—¡Responde!— alzó la voz e (¿inconscientemente?) sus dedos se apretaron a su alrededor.
Abrió la boca, intentando conseguir el aire que estaba empezando a faltarle, y sintió como las lágrimas corrían ya como ríos por sus pómulos. No, no, no...
—S-s-sí— gaznó.
El agarre se aflojó y un suspiro tembloroso salió de sus labios. Quería a InuYasha, quería que él viniera y la salvara como tantas veces había hecho desde que era pequeña, pero... él...
—Eres hermosa. Eres una muchachita muy hermosa, ¿lo sabías?— su mano fue ascendiendo por su mentón, sus húmedas mejillas hasta llegar a sus cabellos. Enredó un mechón entre uno de sus dedos— No estuve nada disgustado cuando tu padre hizo la oferta. Con tu piel delicada, tus rasgos dulces... Aunque tengo que decirte que si hay algo que me ha gustado desde siempre, es ver destruido lo que no me interesa ni me sirva— pasó el mechón por detrás de su oreja en una tierna caricia— Tú me interesabas, jovencita. Te quería para mi...— de pronto, su mano se aferró a su pelo y un gemido salió de los labios de ella cuando tiró con fuerzas— Pero ahora estás mancillada. Esa abominación te ha tocado y ha ensuciado tu hermoso cuerpo. Ya no te quiero.
Tiró de su pelo y la estampó contra el suelo. Kagome soltó una quejido de dolor, pero no se levantó del lugar. Su cuerpo temblaba, su cabeza daba vueltas y ella sentía la histeria escalando por su interior.
Este es el fin, este es el fin...
—Sin embargo, también tengo que velar por mis intereses y matarte ahora mismo no me vendría nada bien— lo escuchaba caminar a su alrededor como lo haría un cazador acechando a su presa— Así que mañana nos casaremos. Necesito a tu padre de mi lado pues es un hombre muy poderoso y por desgracia la única manera en la que pueda ocurrir sería contrayendo nupcias contigo— sus pasos se detuvieron, muy cerca de ella, demasiado cerca. Un gemido se escapó entre el llanto de la joven, esperando el siguiente movimiento—. Pero no creas ni por un momento que no habrá consecuencias por esto que has hecho. Todo llegará a su propio tiempo, tranquila. Disfrutaré de tu miedo en cada día que pase, esperando a lo que ocurrirá...
Y entonces, Kagome sintió como el aire era expulsado de sus pulmones. Sus ojos se abrieron, el dolor recorrió todo su abdomen y sollozando, se encogió sobre si misma, rodeando su barriga.
Por encima de todo, oyó pasos alejándose y, por fin, se quedó a solas en la habitación. Él se había ido.
—InuYasha...
Y cayó en el abismo de dolor y llanto que amenazaba por consumirla desde que todo explotó.
·
—¡Despierta, basura!
La conciencia volvió al medio demonio cuando algo húmedo impactó contra su rostro. Sus ojos dorados observaron confusos y perdidos en un primer segundo, pero cuando todo empezó a cobrar sentido, un gruñido salió desde lo más profundo de su pecho.
—¡Kagome!— profirió con voz gutural. Rápidamente se levantó y se estampó contra los barrotes de la celda, lugar donde lo habían encerrado. Sintió una vaga satisfacción al advertir el miedo en el soldado que lo despertó— ¡¿Dónde está Kagome?! ¡¿Qué habéis hecho con ella?! ¡Si le habéis tocado un solo pelo, os juro que os mataré!
—Tranquilo, medio demonio, ella está bien.
El soldado no había hablado, InuYasha pensaba que no tenía suficientes agallas, así que desvió su mirada hasta el otro hombre que se encontraba allí, solo que a unos pasos más atrás.
Supo quién era por su mirada, por su porte regio, por su ropa. Maldita sea, no lo había visto cara a cara antes, ni si quiera le dejó entrar en el castillo cuando llegaron, pero ahora que lo tenía delante... InuYasha sintió la sangre hervir y la imagen de él despedazándolo vivo, haciéndolo sufrir, se le hacía demasiado apetecible.
—¿Donde está ella?— rugió, aunque en un tono más comedido.
El hombre sonrió bajo una espesa barba en la que se le podían apreciar sus primeras canas.
—En mi habitación, en nuestra habitación, a partir de mañana.
¿Eso significaba que...? InuYasha se quedó paralizado. La boda seguía adelante, ella se casaría con otro, pero lo quería a él... Kagome lo amaba, se lo había dicho, él lo había sentido, sin embargo ahora...
Ahora que había probado como era el que ella lo quisiera, después de tantos años negándolo y rechazándolo, no podía dejar que se la arrebataran. Kagome era su vida, su todo.
—Si quieres— siguió diciendo el hombre acercándose un paso a la celda— puedo decirte cada una de las palabras que dijo, implorando mi perdón.
Una bola se formó en el estómago del medio demonio, escuchando sus palabras. Kagome, su Kagome...
El hombre le sostuvo la mirada, una mirada firme e impenetrable, que fue recompensado por el más absoluto odio y desdén.
—Ella juró que no hizo nada, que tú lo obligaste. Me contó que cuando estaba en su habitación, tú entraste a ella y la sacaste de allí en volandas. Mi prometida intentó luchar contra ti, pedir ayuda, pero fue imposible. Me juró que siempre me fue fiel.
Conforme lo iba escuchando, un extraño sentimiento empezó a formarse en el pecho de InuYasha. Durante un ínfimo segundo, una latigazo de traición quemó su corazón, porque ella lo acusara a él, pero entonces su cabeza comenzó a pensar y todo él supo que nada de lo que salía de esa boca era verdad.
Kagome nunca diría algo así.
Aún si con ello se salvaba y lo condenaba a él.
¿A qué estaba jugando ese hombre? ¿Por qué mentía de esa manera?
Entonces, lo supo. De pronto, todo tuvo sentido.
El señor Takana sabía quién era él. Sabía que su señor, el padre de Kagome, lo tenía en gran alta estima. Y sabía también que si lo mataba lo que conseguiría sería a un enemigo muy poderoso.
Debía aliarse con su señor, por lo que el matrimonio seguía en pie a pesar de todo, pero debía deshacerse de él a toca costa. ¿Y qué mejor que ponerlo como que había tenido la intención de abusar a su inocente y tranquila hija? Siendo él un demonio, no habría nada por lo que extrañarse. Daba igual que lo hubiera criado, que hubiera estado desde siempre a su servicio.
Los demonios son seres crueles y retorcidos, seres creados para hacer el mal. Y un medio demonio estaba contaminado de su sangre.
A su señor le dolería la perdida como quién pierde un poderoso batallón.
Y aunque eso lo sabía, siempre había estado consciente de ese hecho, el pensarlo no lo hacía menos horrible.
Estaba solo en un mundo que lo odiaba y lo despreciaba... con tan solo su pequeña...
—¿Es cierto?
InuYasha no contestó. Dorado y negro, fundiéndose en una sola mirada.
Si desmentía, pondría a Kagome en grave peligro, mientras que si lo apoyaba, sería como dar carta blanca a su muerte.
En realidad, no había nada que pensar.
Siempre, siempre, estaría ella por delante.
—Sí.
·
—Está hermosa, señorita.
Kagome no mostró respuesta alguna de haber escuchado el comentario. Sus ojos seguían fijos en la pared de enfrente, con la mente desconectada totalmente de su cuerpo.
Su corazón doliendo por cada latido que estaba obligado a dar.
"Lástima que no hubieras podido despedirte de ese sucio demonio, ¿verdad?", le había dicho su futuro marido esa mañana cuando había ido a visitarla. Ella no había entendido sus palabras al principio, no había querido hacerlo, pero cuando empezó a tomar conciencia, no pudo más que sacudir la cabeza con la palabra "no" saliendo de sus labios y las lágrimas desbordándose.
InuYasha, su amado InuYasha, estaba...
Ni si quiera podía pensar la palabra antes de ponerse a llorar como una loca.
A su memoria venían una y otra vez, los recuerdos de ellos juntos. Todos y cada uno de los momentos a su lado. Él cogiéndola en brazos, abrazándola, diciéndole lo importante que era, simplemente acurrucada en sus brazos... Y el beso. Ese último beso que le supo a amor, a deseo, a esperanza, a gloria.
Un beso que jamás volvería a repetirse. Porque él estaba...
¿Por qué tuvo que ir esa noche a verlo?, se había chillado mil veces. ¿Por qué no pudo retener su deseo y permanecer donde estaba? Si hubiera sido así, no los habrían pillado. Nada habría pasado. Y aunque ella no hubiera sabido nunca que sus sentimientos eran correspondido, si con ello él estaba a salvo, le daba igual no haberse enterado.
Porque aunque fueron los mejores y más maravillosos minutos de su vida sintiéndose amada y segura en sus brazos, ahora todo su alrededor, todo su mundo, había sido extirpado y reducido a cenizas.
Estaba sola.
Nunca más volvería a verlo, nunca más él la observaría con esa mirada cargada de ternura y protección, nunca se sentiría como en casa en sus brazos, nunca más él la escucharía al contarle sus problemas como si fuera lo más importante del universo, nunca más escucharía su voz, nunca más...
Una lista interminable.
Nunca más.
A eso se reducía todo.
—Señorita, va siendo hora de que salga.
Una dulce voz junto con un toque en su hombro fue lo que consiguió sacarla de su estupor. Se sentía entumecida. Había tanto dolor en su corazón que apenas podía sentir nada más.
Sin decir palabra alguna se levantó, su cuerpo resistiéndose un poco por la paliza de ayer, y escuchando algunos reclamos a su espalda, se dirigió al armario para coger aquello que anhelaba tener. Cuando lo tuvo entre sus manos, se lo llevó a los labios y una solitaria lágrima descendió por su rostro.
InuYasha, te amo y siempre te amaré..., susurró su corazón, un grito en el vacío.
—Señorita...
—Un momento— su voz sonó rota, pero no le importó. Cerró los ojos levemente antes de guardarse la perla en el pecho, lo más cerca posible de su corazón— Siempre estarás en mi corazón— susurró para ella.
Y ya sí, se dio la vuelta con la cabeza en alto, dispuesta a enfrentarse a lo que fuera que pasara.
—Vamos, señorita— con una inclinación de cabeza, la mujer que la había adecentado, la instó a caminar, adecuándose a su paso después.
Salieron de la habitación y por los pasillos que pasaban, los criados se detenían y bajaban la cabeza en señal de sumisión. Ella no les echó una segunda mirada. En otro momento, puede que incluso les hubiera sonreído, pero cuando una ya no siente nada, lo único que hace el tiempo es pasar sin que llegara a prestar atención a nada más.
Salieron al jardín, donde una multitud se encontraba reunida, donde Kagome ni siquiera conocía a mitad de los presentes. Es más, podría contarlos con los dedos de una mano perfectamente.
Un estremecimiento la recorrió entera cuando los fríos y calculadores ojos del señor Takana se clavaron en ella, más no dio muestra de ello alguna al exterior.
¿Cuántas veces había soñado que el día de su boda estaría esperándola el hombre que amaba? ¿Que sería IuYasha el que la miraría fijamente, la dulzura y el amor brillando en sus ojos? ¿Qué el le cogería la mano, firme pero también delicadamente, tan solo como él sabía hacerlo? ¿Que la haría sentirse la mujer más dichosa y perfecta del universo?
¿Cómo pudo acabar todo de esa manera?
—Querida...—habló él extendiendo una de sus manos a ella.
Kagome la miró por unos instantes, sin pensar muy bien lo que estaba ocurriendo a su alrededor, y cuando le pareció ver los dedos de él crisparse y su ceño fruncirse, rápidamente levantó al suya.
Sus manos eran ásperas y la apretaban mucho. Casi parecía que iba a rompérsela de un momento a otro.
—Estás muy bonita hoy. Espléndida casi diría.
Ella le contestó con el silencio.
No tenía nada que decir. Mas bien, ella ya no era nada. Tan solo una carcasa vacía desprovista de cualquier emoción y sentimiento.
Anhelando el momento en el que ambos se reencontrarían.
Desde ese momento, la joven se convirtió en un autómata. Creyó notar como la hacían caminar, pero no sabía a donde, una voz hablaba a lo lejos, diciendo unas palabras que no tenían sentido para ella, la mano permanecía sobre la de ella y sus piernas conseguían sostenerla por algún milagro divino.
Todo había acabado.
InuYasha no estaba. InuYasha no volvería. InuYasha la había dejado.
Y todo había sido culpa de ella.
—¡Cuidado!
Unos brazos se aferraron a su cuerpo.
Kagome volvió en sí, su mente bajó al mundo terrenal en el momento justo que los chillidos y gritos de horror penetraron por sus oídos. Parpadeó y la situación llegó a ella.
Todo el mundo corría de un lado a otro huyendo. El señor Tanaka se encontraba paralizado a su lado, su pupilas clavada en algo delante de él, y una de las criadas tiraba de ella para que ellas también escaparan de allí.
Pero se escuchaba otra cosa: chillidos. Gruñidos guturales, letales y malvados.
Eran demonios. Un grupo de enormes demonios estaban atacando la boda, acabando con cualquier que se cruzase por su camino.
Y uno de ellos, un gigantesco minotauro, la miró con sus ojos púrpuras y la señaló.
—¡Ahí esta!— rugió eufórico— ¡Ella es quien la tiene! ¡La siento!
Ni si quiera tuvo tiempo de moverse. En menos de un parpadeo, de pronto, otro de los demonios se había materializado frente a ella. Este se era idéntico al que la atacó en el camino al castillo y una punzada asoló su pecho cuando recordó el momento.
Kagome vio la mujer-serpiente reptar hacia ella a gran velocidad y en el segundo en el que su corazón dejó de latir, el demonio abrió sus fauces mostrando sus puntiagudos dientes.
—¡Es mía!
Y Kagome sintió el impacto. Fue como si millones de cuchillas se hubieran inyectado en su costado derecho. Abrió la boca, el dolor ahogándola, y un grito de puro horror fue lo único que salió de sus labios cuando sintió como vapuleaban su cuerpo. Se vio en el aire, volando, y ni si quiera pensó en el daño que podría ser la caída a gran altura, ni la herida que le habían abierto y dolía muchísimo.
De pronto, sus ojos captaron un leve destello violeta e incrédula observó como una pequeña esfera volaba junto a ella.
Y ella supo que eso había salido de su interior.
Uh, y con esto yo me voy retirando...
¿Qué os parecer? ¿Os lo esperábais?
Por cierto, quedan dos capítulos para acabar con ella. Otra historia más que se va, snif, snif... ¿Cómo creéis que terminará todo esto?
Próximo capítulo: Pulsión.
