"La Familia del Oeste"

CAPITULO VII "TORTURA"

El cielo estaba soleado, sin ninguna nube en el cielo, la brisa del medio día era fresca y lo único que se podía escuchar era el pacífico sonido de la naturaleza…bueno, eso y la constante vocecita infantil de un pequeño hanyō.

-¿Falta mucho?

-No, pronto llegaremos –respondió Kagome. Hacían dos días de que ella, Inuyasha y sus dos niños habían salido de la aldea rumbo al castillo del "Tío" Sesshōmaru. Pero, al igual que la de su padre, la paciencia de Taki no era nunca demasiada.

-¿Falta mucho? –volvió a cuestionar después de unos cinco minutos, mientras se recargaba de uno de los bordes de la carreta que ellos siempre utilizaban cuando viajaban los cuatro fuera de la aldea, así podían llevar provisiones y varios paquetes, además de que el camino se hacía más llevadero.

-No, pronto llegaremos, sé paciente –repitió la sacerdotisa con entereza. Inuyasha frunció el ceño y agitó un par de veces la rienda del caballo para que éste avanzara más rápido.

-¿Falta mucho?

-No Taki, estamos por llegar, seguro mañana a éstas horas estaremos allá –una vez más Kagome contestó y giró su cabeza para ver al chiquillo. Taki ahora se encontraba boca arriba sobre la madera mirando las copas de los árboles con una expresión de total zozobra, mientras que la joven Unmei se la pasaba durmiendo sin importarle los baches de las veredas.

Inuyasha respiró hondo tratando de serenarse. Visitar a su odioso hermano no era precisamente su actividad favorita, y las exasperantes preguntas que su hijo hacía cada tres minutos, no ayudaban a mantenerlo relajado. Pero no había remedio, Kagome y sus vástagos se habían empeñado en convencerlo de ir al cumpleaños de su sobrino como todos los años, además, después de lo que les había mencionado el cuervo Saris en su última ida a la aldea, el joven híbrido supuso que no estaría de más averiguar un poco sobre las supuestas amenazas de guerra que las tierras de su padre habían recibido. Seguro que el idiota de Sesshōmaru se opondría a que él interviniera, pero por Inuyasha, el Inu yōkai se podía ir al diablo.

-¿Falta mucho? –nuevamente escuchó la pregunta. Esta vez no se contuvo. Lo amaba, pero ese niño acabaría destrozándole los nervios.

-¡Con un carajo! –gritó Inuyasha frenando la carreta y echando humo por las orejas –¡Sí, falta mucho Taki, muchísimo! ¿Contento? –el pequeño lo miró y sonrió divertido al ver la cómica reacción de su padre –Ahora guarda silencio enano del...

-Inuyasha, ¡SIENTATE! –Kagome lo mandó al suelo en el acto. Taki abrió sus ojos sorprendido y Unmei despertó.

-¡¿Y ahora qué diablos te pasa, mujer?!

-No tienes por qué gritarle, sólo es un niño –mencionó la sacerdotisa cuando vio a su marido ponerse de pie. Estaba dispuesta a reclamarle y a exigirle como siempre que fuera más paciente con su pequeño, pero antes de hablar de nuevo, observó que el hanyō cambiaba su expresión indignada a una mucho más seria, girando su cuerpo y olfateando el aire a su alrededor –¿Inuyasha?... ¿Pasa algo?

-¿No lo percibes? –le respondió sin bajar la nariz. Kagome se puso en alerta, le indicó a sus hijos que no se movieran y tomó su arco. Cerró los ojos concentrándose en su poder espiritual, tratando de sentir alguna presencia, y sí, efectivamente había algo o alguien rondándolos.

-Ahí –musitó ella señalando con la cabeza hacia unos matorrales a las espaldas de su esposo.

Inuyasha no dudo ni un instante, desenvainó a Tessaiga y envió un poderoso "Viento Cortante" directo hacia tales arbustos.

-¡¿Quién demonios son ustedes?! –gritó él al ver que un par de yōkais murciélagos salía volando a toda velocidad de entre las ramas segundos antes de que la ráfaga de poder los pudiera alcanzar –¡Maldita sea, no huyan, cobardes!

Kagome igualmente lanzó tres de sus flechas sagradas hacia los invasores, pero fue demasiado tarde, pues los demonios ya se encontraban a gran altura y distancia. Luego respiró profundo, recuperándose de la impresión y tomó de la mano a sus dos niños, quienes habían permanecido completamente estáticos sin saber cómo reaccionar.

Inuyasha gruñó en clara frustración y volvió a colocar su espada en la funda, retomó su lugar en la carreta y la hizo avanzar, ésta vez con mayor velocidad. Era sospechoso, no le gustaba para nada lo que había sucedido.

-Debemos llegar al palacio de Sesshoumaru y pronto.


Todo ahí lo molestaba, la humedad excesiva de la cuerva, la evidente oscuridad, el olor nauseabundo y más que nada, la escalofriante vibra que penetraba cada uno de los poros de su piel escamosa. Satoshi jamás había visto antes en persona a la vieja bruja Konoye, mucho menos entrado a su guarida. Había escuchado de ella; en el Este continuamente llegaban los rumores acerca de la maestría que poseía esa yōkai para las artes mágicas, para las oscuras sobre todo. A decir verdad, no le extrañaba que Yasura hubiese acudido a ella en busca de alguna artimaña para perjudicar al enemigo, él también quería lo mismo al fin y al cabo. Pero no podía negar, que ver a esa repulsiva anciana moviéndose con destreza por la fría caverna arrojando todo tipo de cosas asquerosas a un caldero humeante, lo había logrado perturbar más de lo que hubiera supuesto.

-¿Todo éste numerito va a funcionar? –preguntó él con impaciencia. Desde que arribó con Yasura a ese lugar hacía más de tres horas, no había soltado la empuñadura de su espada en ningún momento.

-Por supuesto que sí, Lord Satoshi –le respondió la bruja dedicándole al reptil una sonrisa desdentada. –Ahora tenemos el ingrediente que nos hacía falta.

Konoye se acercó a la mesa de madera que había al centro, y tomó en sus manos el pequeño frasco de porcelana que contenía la sangre de Rin, la misma que Satoshi había conseguido en el par de días anteriores.

-Más vale que así sea, Konoye –exclamó Yasura, taladrando a la hechicera con una mirada demandante. –Ya nos hemos demorado demasiado en comenzar con todo esto, y yo detesto que me hagan esperar.

-Paciencia, mis señores –los reverenció –Les aseguro que el conjuro dará resultado, en menos de lo que se imaginan, la mujer de Lord Sesshōmaru estará perdiendo lentamente su voluntad, sufriendo durante todo el proceso, tal como usted lo quiere, Lady Yasura.

La Tori yōkai dejó escapar una delicada y sutil sonrisa, evidentemente complacida por lo que acababa de escuchar; contrario a su aliado, quien no pudo evitar fruncir el ceño en clara confusión.

-¿A qué te refieres con que perderá su voluntad? –preguntó llamando la atención de Konoye –¿Qué es lo que ocurrirá exactamente?

La vieja hechicera dejó por un momento lo que estaba haciendo y a base de pasos lentos, se acercó al daiyōkai con aire perverso.

-Verá mi Lord, la función de éste hechizo es muy simple en realidad, lo que se busca es crear una lenta agonía hacia determinada víctima, en éste caso, la humana –le sonrió nuevamente, para enseguida retomar sus faenas con el caldero mientras continuaba explicando –Como usted sabe, es mucho más efectivo causar daño a la mente y al corazón de una persona que a su cuerpo, es decir, la tortura mental es mucho más dolorosa y difícil de afrontar que la física.

-¿Y entonces para qué es la sangre? –volvió a cuestionar aún sin lograr que todas las piezas encajaran en su entendimiento. Yasura rodó los ojos exasperada.

-Esta pequeña gota contiene la esencia completa de esa jovencita –razonó Konoye sin perder la paciencia ni por un instante –Al agregarla a éste conjuro, es como si desenvolviéramos una fracción de su alma, podremos ver parte de su pasado y de su presente, sabremos cuáles son sus miedos más profundos, sus ilusiones y sus puntos débiles, e incluso, cuando ella ya se encuentre más vulnerable, podremos controlar su mente por completo.

Los ojos rubíes de la monarca del Norte centellaron de excitación al oír aquellas palabras. Eso precisamente quería ella; acabar lentamente con el cuerpo y la mente de la mujer de Sesshōmaru, apuñalar primero su alma, su conciencia y su corazón.

-Eso me agrada –dijo Yasura ansiosa –¿Qué estás esperando?, agrega la sangre y veamos lo que sucede.

Konoye asintió y con un movimiento de la mano les indicó a ambos lores que se acercaran al caldero. Enseguida, destapó el frasco y con sumo cuidado, vertió lentamente las espesas gotas rojas sobre la candente mezcla ya antes preparada.

Un fuerte estruendo fue lo primero que se escuchó, y como si de una pequeña explosión se tratase, una densa cortina de humo azul invadió las paredes de la cueva. La vieja yōkai se posicionó al centro y produjo una serie de movimientos de brazos, como si con ellos, tratase de controlar la expansión de la humareda.

-Presten atención –Yasura y Satoshi permanecieron callados por unos segundos, expectantes ante cualquier cosa que pudiese suceder, retrocedieron un par de pasos al darse cuenta de que sobre sus cuerpos se formaba una enorme y turbia nube azulina cuya fuente era el todavía efervescente caldero. Pero lo más impresionante fue ver que después de unos cuántos instantes, nítidas imágenes comenzaron a aparecer entre la neblina; tal como si se tratase de un portal que los estuviese transportando en el tiempo y ellos fuesen simples espectadores.

Yasura al verlo, lo comprendió de inmediato. Las imágenes mostraban a una pequeña y asustada niña humana, de cabellos negros y ojos marrones, vestida con un maltratado y sucio kimono.

-Esto es…

-Perfecto, sencillamente perfecto –dijo ella interrumpiendo la frase de su anonadado aliado. Ante los ojos de ambos, un sin número de escenas comenzaron a desfilar una tras otra, todas y cada una protagonizadas por la ahora mujer del Inu daiyōkai; veían muerte, tristeza, soledad y miedo.

Lo que observaban mostraba todo lo que Rin había sufrido desde temprana edad; esas insignificantes gotas de sangre mostraban todo lo que ella tenía guardado aún en su corazón, la muerte de sus padres a manos de unos bandidos, el maltrato al que se vio sometida por parte de los de su misma especie, la angustia constante de tener que sobrevivir sola, el enorme trauma generado por las terribles mordidas que ciertos lobos le propinaron, y finalmente, su milagroso encuentro con Sesshōmaru.

-Los rumores eran ciertos –murmuró Satoshi al observar el panorama. Para ese momento, se podía vislumbrar al demonio blanco blandiendo a "Colmillo Sagrado" sobre el inerte cuerpo de la pequeña humana, para que enseguida, ella abriera los ojos.

A partir de ese instante, las imágenes comenzaron a cambiar su giro; ya no se sentía ese sufrimiento y dolor que las primeras denotaban, al contrario, se tornaron esperanzadoras, siempre mostrando y revelando a un daiyōkai protector y preocupado por el bienestar de una niña dulce y alegre, que a pesar de encontrarse en peligro mortal en varias ocasiones, siempre terminaba siendo rescatada por el que se convertiría en su compañero de vida. Este hecho le hizo a Yasura sonreír de manera mordaz. Sí, tal como lo suponía, Rin y Sesshōmaru tenían un vínculo muy especial. Cosa que aprovecharía totalmente hasta el último segundo.

La yōkai continuó mirando todo junto con el reptil, hasta que una escena le hizo estremecerse. La humana había muerto por segunda vez, pero tal como la primera, Sesshōmaru había logrado traerla de vuelta a la vida con ayuda de la piedra Meido que poseía la demoniza Irasue. Un inmenso rencor comenzó a nacer en el corazón de la Lady del Norte, duplicando así el odio que sentía hacia el Inu yōkai. No podía creerlo. ¡Él sí había podido impedir que la persona que amaba sucumbiera ante la muerte!, ella no, Yasura no había podido hacer nada para evitar que su amado muriera, o más bien, no había podido hacer nada por evitar que le fuese arrebatado. ¡No era justo!, Sesshōmaru era un maldito asesino, y aún así era compensado con tener a quién más quería a su lado. Por eso deseaba vengarse. Quería que el Lord del Oeste sintiera en carne propia la misma agonía que Yasura había sentido, ésta vez sin que pudiese hacer nada por traerla de vuelta. Quería verlo arrodillándose ante el cuerpo sin vida de Rin, suplicándole a su asesina por clemencia, tal y como la Tori yōkai le había suplicado a él.

-Con esto es suficiente –habló Yasura, disimulando perfectamente que se sentía incapaz de soportar seguir viendo las escenas.

-¿Qué le parece? –preguntó Konoye haciendo desaparecer todo rastro del humo azul –Puedo crear para ella terribles pesadillas y alucinaciones en base a sus recuerdos, mi Lady…sólo para empezar.

-Hazlo –respondió la yōkai aparentando los dientes, impaciente por comenzar con la tortura.

-Esto es una estupidez –espetó Satoshi encarando a su aliada –Si quieres acabar de una maldita vez con esa mujer, sólo hay que atravesarla con una espada y listo, yo me encargaré personalmente del imbécil de Sesshōmaru, al fin y al cabo ella terminará muerta, al igual que los cachorros ¿o no?.

Yasura lo observó con ojos fríos. Claramente a Satoshi lo único que le importaba era despojar a Sesshōmaru solamente por pura envidia, pisotearlo rápidamente y demostrar su supuesta superioridad sobre él a todos los que lo habían humillado al compararlo con su enemigo. Cosa que a la monarca del Norte le parecía patética e inmadura. Ella no quería simplemente hacer caer al Inu yōkai, ella lo quería ver destruido por completo.

-Ahora entiendo por qué tu padre murió estando tan mortificado de dejarte al frente del reino Satoshi, eres un total incompetente.

-No te atrevas a mencionar a mi padre, Yasura –apretó los puños, recordando el continuo rechazo de su progenitor –Te lo advierto.

-Lo que propones es una tontería, Sesshōmaru acabaría contigo con sólo una estocada –dijo burlándose.

-¿Y qué me dices de ti? –la retó clavándole la mirada –¿Piensas que ese maldito perro se va a quedar cruzado de brazos al saber que tú serás la causante del sufrimiento de su mujer?

-Para eso tengo otro plan, te lo había comentado anteriormente pero parece que tu atención no es mucha, querido –Yasura agitó su rubia cabellera y luego le hizo una seña a Konoye, incitándola a hablar.

-Aquí está, Lord Satoshi –exclamó la bruja mostrándole al dragón un frasco más, cuyo contenido era una especie de mezcla gaseosa y roja –En éstos días he elaborado un veneno potente para bajar las defensas de alguien tan poderoso como Lord Sesshōmaru, igualmente es un encantamiento sencillo, una vez incrustado el tóxico en su organismo, éste actúa inmediatamente de tal manera que a medida que el sujeto utilice sus energías, las va perdiendo de forma lenta y dolorosa, y no las recupera hasta que el veneno salga completamente de su cuerpo, lo cual lleva su tiempo, dejándolo débil y vulnerable ante cualquier ataque, lo suficiente para que ustedes puedan tomar ventaja.

Al escuchar aquello, ambos lores sonrieron con perversidad, encantados de que finalmente habían logrado atar todos los cabos sueltos para poder realizar sus planes de manera definitiva. Pero antes de que cualquiera pudiera decir algo más, dos yōkais murciélagos, sirvientes de Yasura, entraron abruptamente a la cueva captando la atención de todos instantáneamente.

-¡Lady Yasura! –gritó uno de los demonios –¡Alguien más se dirige al Oeste!

-¿Quién es?

-No estamos seguros, mi Lady, pero de acuerdo a lo que vimos, creemos que es el hermano de Lord Sesshōmaru junto con su familia.

-Inuyasha –dijo ella en tono bajo, tensándose ligeramente al construir en su mente el único y vago recuerdo que tenía del hanyō.

-¿Inuyasha? –se extrañó Satoshi, nunca lo había visto en persona, pero sí había oído mucho sobre él –¿El segundo hijo de Inu No Taishō? ¿El híbrido?

-Estaba acompañado de una sacerdotisa y dos hanyōs más jóvenes, su mujer y sus hijos, suponemos.

-Así que Inuyasha también viene a unirse a la batalla –festejó Yasura arrastrando las palabras y levantando una ceja –¡Ja! Creí que Sesshōmaru no soportaba a su hermanito, pero veo que ahora juntos defenderán sus tierras, pobres cachorritos ingenuos… pero en fin, si es lo que quieren…–giró su cuerpo hacia la anciana –Konoye, habrá un ligero cambio de planes, tu veneno no sólo será para debilitar a Sesshōmaru, según los rumores, Inuyasha también es muy fuerte, no podemos arriesgarnos.

-Como usted diga, mi Lady –carraspeó –Pero en cuanto al pago que acordamos por mis servicios…

-Sé paciente, dentro de poco será luna nueva, tiempo ideal para cazar hanyōs ¿verdad? –sonrió de medio lado y una vez más dirigió su mirada rojiza hacia Satoshi, quien a su vez se aproximó a los sirvientes.

-Preparen a los soldados, es momento de atacar.


-¡Me gustarían muchos dulces por todas partes! –la aguda y entusiasmada voz de Teishi podía oírse por todo el salón comedor. No era para menos, pues su emoción se debía a que su cumpleaños estaba a tan sólo veinticuatro horas de distancia –¡Bizcochos de miel, dulces de leche, ah, y esas deliciosas bolas de arroz con azúcar y canela!

Rin sonrió ante la alegría de su pequeño hijo. Desde la mañana, el joven príncipe no hacía más que hablar sobre la celebración que se llevaría a cabo por su aniversario, saltando por todos los salones del palacio, impacientando a los guardias, a Jaken, y claro, a su padre.

-Oigan, ¿creen que la tía Kagome traiga…?

-¡Helado y pastel!, ¡Es verdad! –gritó interrumpiendo la frase de Mayumi, quien igualmente mostró una deslumbrante sonrisa al pensar en aquellos exquisitos y raros postres que su tía sacerdotisa les había dado a probar hacía varios años.

-¿Y qué hay del plato principal?, no debes comer sólo golosinas, príncipe –habló Sora tratando de infringir un poco de disciplina, haciendo que Teishi se cruzara de brazos encaprichado. Rin al verlo, sonrió más, se levantó de su asiento y se acercó al niño inclinándose a su altura.

-¿Teishi, qué te parece…?

-¡Yakitori! –exclamó el chiquillo adivinando lo que su madre estaba por proponerle. Después de todo, ella sabía que las brochetas de pollo y verduras dulces eran el plato favorito del príncipe menor.

-Hmmph –resopló Yorumaru, realizando la misma pose de superioridad de su progenitor –¿Quién come yakitori en un cumpleaños?

-Oh cállate Yorumaru, en el tuyo comimos albóndigas de pulpo y nadie dijo nada.

-Porque yo sí tengo buen gusto.

-¿Buen gusto? ¡Sí, claro!

Rin suspiró ante la pequeña discusión que estaban teniendo sus dos varones y luego se incorporó sin darle importancia para comenzar a dirigirse junto con Sora a las cocinas.

-Creo que tendremos mucho trabajo que hacer si queremos tener todo listo a tiempo para mañana, mi señora –dijo la yōkai sonriéndole.

-Será mejor comenzar antes de que… –la joven señora no pudo terminar la frase pues, de la nada, comenzó a sentir una terrible presión en su pecho, su cabeza comenzó a dolerle como si alguien estuviese martilleándola, y de un momento a otro, todo a su vista se volvió negro, desplomándose en el suelo sin poder evitarlo.


-Deberías agradecer que te esté brindando la oportunidad para explicarte, Saris –Sesshōmaru hablaba con el implacable tono que lo caracterizaba, taladrando al yōkai volador con la mirada. El pobre cuervo sólo podía limitarse a bajar la cabeza y a sostenerse con firmeza sobre el respaldo de una de las sillas que había frente al escritorio de su amo, tenía que tranquilizarse, de lo contrario, sus delgadas patas flaquearían y acabaría por perder el equilibrio.

-Lo sé señor, pero Rin-sama me pidió que…

-Tu deber era informarme inmediatamente sobre la venida de ese miserable en cuanto lo viste acercándose, la seguridad de mis cachorros y mi mujer estuvo en riesgo por no estar yo aquí con ellos para protegerlos –dijo tajante –Vuelve a cometer una falta así nuevamente, y no vivirás para contarlo, ¿me has entendido?

-Si amo, no se repetirá.

-Por supuesto que no se repetirá, de eso puedes estar seguro –mencionó Sesshōmaru prometiéndole con la mirada una reprimenda ejemplar de no seguir sus órdenes. Después de unos instantes, suavizó ligeramente su expresión, volviendo a ser tan estoica como siempre –Supe que Teishi te envió a entregar una carta a la aldea de Inuyasha.

-Así es –dijo Saris alzado la vista –El príncipe invitó a su hermano y a sus sobrinos a venir, supongo que justo ahora deben de estar en camino.

-Desgraciadamente –resopló y luego se puso de pie, comenzando a rodear el despacho con pasos suaves –¿Notaste algo extraño durante el camino de vuelta? ¿Alguna criatura sospechosa merodeando por mis tierras o alguna esencia fuera de lo común?

-No mi Lord, pero según escuché, el Sur ya está comenzando a recibir ataques por parte de las tropas del Este –Sesshōmaru no se inmutó al oír tal cosa –Lord Kentarō tiene buenas defensas pero aún así, quizá no sea suficiente para resistir demasiado tiempo –continuó diciendo el cuervo, pero entonces, recordó que aún no había mencionado cierto asunto –Amo Sesshōmaru, me parece que después de ésta fuerte llamada de atención que he recibido, no creo que sea muy conveniente para mí decirle esto, pero lo sabrá de cualquier forma.

-Habla entonces.

-Cuando estuve en la aldea del señor Inuyasha –dudó un segundo –Tuve el atrevimiento de pedirle a él y a la señora Kagome que le brindaran su apoyo a usted en éste asunto de los enfrentamientos, en caso de ser necesario.

Sesshōmaru no pudo evitar fruncir olímpicamente el ceño y asesinar a su mensajero con la mirada. Era el colmo lo que estaba escuchando.

-Yo no necesito la ayuda de ese inepto para defender lo que me pertenece.

-Pero…el príncipe Inuyasha también tiene derecho de…

-Basta, no toleraré más insolencias y mucho menos que te atrevas a tomar atribuciones y confianzas que no te corresponden en lo absoluto –habló con voz gélida. Pudiese ser que el cuervo tuviera siglos de servicio en el palacio, pero no por eso le iba a permitir entrometerse en faenas de ese tipo –En el dado caso de que le permita a Inuyasha pelear, no será por tu absurda e inútil intromisión, sino porque yo así lo decidiré.

-Me disculpo señor, yo sólo quería ayudar, no era mi intención causar más problemas –bajó nuevamente la cabeza, avergonzado, pero no del todo arrepentido por lo que había hecho –Supuse que en éstos tiempos difíciles, a su padre le hubiese gustado que usted y su hermano pudieran…

-Silencio Saris, poco me interesan tus excusas –reiteró sin doblegarse –Sólo te repito lo que ya antes he mencionado, ésta fue la última vez que cometes actos de ésta naturaleza, de lo contrario, ya conoces el castigo.

-Si, mi Lord.

Aclarado todo, Saris se incorporó y agitando levemente sus alas, salió del despacho del daiyōkai; dejándolo solo nuevamente. Sesshōmaru se acercó al ventanal y observó el sol ocultándose poco a poco en el horizonte. Como lo suponía, los ataques ya habían comenzado en el Sur, y sólo era cuestión de tiempo para que en el Oeste ocurriera lo mismo.

-¡Amo Sesshōmaru, amo Sesshōmaru! –Sora entró gritando al despacho, sacándolo de sus divagaciones y observándolo con desesperación. Él estuvo a punto de llamarle la atención por el atrevimiento de pasar a la habitación sin previo anuncio, pero lo que ella dijo, lo detuvo en seco –¡Algo le ha ocurrido a Lady Rin, se ha desmayado sin motivo aparente y no hemos logrado hacer que reaccione!

Sesshōmaru ni siquiera lo pensó, al escuchar tal cosa, salió disparado hacia el comedor con una angustiada yōkai pisándole los talones. Lo sabía, algo andaba mal, una desagradable corazonada se lo advertía.

-¡Vamos chiquilla, reacciona! –al primero que vio al llegar al salón fue a Jaken, quien abanicaba insistentemente a la humana con sus huesudas manos mientras le hablaba casi a gritos con la intención de que ella despertara –¡Rin, por favor abre los ojos!

-¡Padre! –exclamó Mayumi al verlo, sus ojos marrones estaban vidriosos –¡Algo le pasó a nuestra madre, por favor haz algo, ayúdala!

-A un lado –mencionó Sesshōmaru con voz calmada, abriéndose paso entre sus angustiados cachorros y comenzándose a inclinar sobre el pequeño sillón donde Rin estaba recostada.

-¡Padre, ella no está…! ¿Verdad que no?

-Cállate Teishi, no lo menciones si quiera –sentenció Yorumaru ante la espantosa especulación de su asustado hermano.

-Obedezcan, apártense –repitió más firmemente, haciendo que los príncipes y los demás presentes retrocedieran varios pasos. Enseguida, colocó ambas manos en las mejillas pálidas de su mujer y la llamó con insistencia –Rin…Rin…

-Mmmm –reaccionó apenas, moviendo la cabeza ligeramente y frunciendo las cejas aún con los ojos cerrados.

-Está ardiendo en fiebre –dijo el daiyōkai al retirarle el flequillo de la frente, luego la alzó en brazos cuidadosamente y llamó a sus subordinados –¿Qué demonios están esperando?, Jaken, ve inmediatamente por un balde de agua fría y tú Sora, prepara el futón, llevaré a Rin a la habitación inmediatamente.

Ante lo dicho, ambos sirvientes acataron la orden lo más rápido que pudieron, dejando a Sesshōmaru encaminarse velozmente hacia la recámara que compartía con Rin. Los tres principies siguieron a su padre en todo momento y lo observaron colocar a su madre en el futón que Sora preparó en un santiamén. El Inu youkai volvió a inclinarse y sujetó de nueva cuenta el rostro de la humana.

-Madre va a estar bien, ¿cierto? –gimoteó una llorosa princesa mientras se refugiaba en los brazos de su hermano mayor.

-Sí, Mayumi –respondió Yorumaru acariciándole el cabello, contemplando la escena y tratando con todas sus fuerzas de mantenerse tranquilo –Madre estará bien, tiene que estar bien.

-¡Aquí está el agua, amo! –exclamó Jaken entrando como loco al aposento, trayendo consigo un gran cubo de madera lleno de agua fría. Sesshōmaru inmediatamente sacó un pañuelo de seda de entre sus ropas, lo sumergió en el líquido y lo pasó por el rostro de Rin.

-No entiendo qué ocurrió –susurró Sora tomando otro pañuelo y repitiendo la acción del yōkai.

Después de unos instantes, la fiebre comenzó a bajar ligeramente, pero aún así, la joven todavía no había abierto los ojos y su expresión reflejaba una clara agonía, como si estuviese sintiendo un dolor imperceptible e inexplicable.

Tantas conjeturas llegaban a la mente de Sesshōmaru desde que se enteró de que Satoshi había herido de alguna manera a su mujer, que ahora ya no le quedaba ninguna duda. Ese desmayo repentino que Rin estaba sufriendo, se debía a ese miserable. Algo estaban realizando el reptil y Yasura para provocarlo. Estaba completamente convencido de que así era, muchas eran las coincidencias para equivocarse.

-Jaken, ve con Kenshi, dile que duplique la guardia de ésta noche y que se mantenga alerta ante cualquier ataque, además, deben vigilar los alrededores, Inuyasha y su mujer llegarán mañana.

-¡Por supuesto, amo bonito! –respondió el pequeño demonio y salió corriendo.

-Sora, acompaña a los cachorros a sus alcobas –volvió a hablar dirigiéndose ahora a la anciana yōkai. Ella asintió, comprendiendo que su amo necesitaba estar a solas con su esposa.

-Pero no quiero irme, padre –murmuró Mayumi hincándose y aferrándose al cuerpo de Rin.

-¡Yo me quedaré aquí con mi madre! –exclamó Teishi cruzándose de brazos, luchando por no dejar salir ni una sola lágrima.

-También yo, padre –dijo el mayor, mirando a su progenitor fijamente y avanzando un paso hacia el futón.

-Su madre debe descansar –Sesshōmaru tomó de la mano a su pequeña hija y la jaló suavemente hacia arriba para que se pusiera de pie, luego le dedicó a cada uno una mirada tranquilizadora y habló utilizando un tono razonable –Yo permaneceré todo el tiempo con ella, mañana en la mañana podrán verla, ahora retírense –exclamó, pero al ver que ninguno se movió de su sitio, endureció ligeramente su gesto –No lo repetiré.

Y ante tal advertencia, a regañadientes comenzaron a acercarse a la salida de las habitaciones, los tres con rostros desbordantes de preocupación.

Al ver a sus cachorros y a Sora cerrar la cancela, Sesshōmaru se recostó de lleno en el futón junto con Rin, constantemente colocándole el pañuelo mojado en su frente. En verdad odiaba cuando ella enfermaba, no sólo porque al ser humana, desconocía los remedios exactos para acabar con sus malestares, sino porque lo hacía sentir impotente y frustrado al ver el grado de fragilidad que los humanos poseían; pero más allá de eso, en esos momentos estaba furioso, colérico y angustiado, atormentándose con la idea de que efectivamente sus enemigos estaban dispuestos a arremeter contra su tesoro más valioso.

-Rin –pronunció su nombre esperando alguna reacción, pero ella se mantuvo quieta –Despierta…despierta…


Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue oscuridad, una oscuridad densa y escalofriante, que junto con una helada ráfaga de viento, la hicieron incorporarse poco a poco de donde estaba tumbada. Perturbada, Rin se llevó una mano a la cabeza e inhaló profundo, aspirando de golpe el fuerte aroma a tierra mojada que desprendía el ambiente.

-¿Dónde…dónde estoy? –preguntó en voz baja para sí misma, incapaz de reconocer el lugar en donde inexplicablemente había aparecido. Se encontraba en un bosque, al menos eso le dijo su sentido común al verse rodeada de vegetación, árboles altos, matorrales, arbustos y demás plantas, todo en medio de la penumbra que otorgaba la luna nueva.

Sin entender qué pasaba, ni mucho menos cómo era que había llegado hasta ahí, Rin se puso de pie complemente; y cuando sintió el frío y húmedo césped bajo sus pies descalzos, se percató con sorpresa de que en lugar de uno de sus muchos largos y elegantísimos kimonos que diariamente vestía, llevaba uno muy viejo, sucio y roto de color rosa pálido, muy parecido al que solía usar cuando era una niña, en la época antes de conocer a Sesshōmaru.

-¿Mi señor? –cuestionó al aire al pensar en él. No comprendía nada, ¿dónde estaba él?, ¿dónde estaban sus hijos?, ¿qué era lo que estaba ocurriendo? –¡Sesshōmaru-sama! -gritó, esperando una respuesta, esperando a que el daiyōkai apareciera y la hiciera sentir segura, tal y como siempre ocurría.

Lo llamó de nuevo, ésta vez con mayor volumen e insistencia, pero la única contestación que obtuvo fue el inquietante silbido del viento moviendo las copas de los árboles. Comenzó a sentirse angustiada, Sesshōmaru acudía sin falta al llamado de Rin sin importar las circunstancias, y en esos momentos no había rastro alguno de él.

Con el corazón palpitándole dolorosamente y un tremendo nudo en la garganta, la joven empezó a caminar a pasos lentos sin rumbo fijo por las veredas de la espesa arboleda, gritando constantemente el nombre de su marido sin perder la esperanza de encontrarlo lo más pronto posible.

De la nada, alcanzó a escuchar un ruido a sus espaldas. Giró su cuerpo y se tensó, ansiando con toda su alma que fuera Sesshōmaru quien saliera de entre aquellos frondosos arbustos. Pero lo que vio, hizo que un insoportable escalofrío recorriera su espina dorsal.

-Lobos… –musitó con horror al observar a toda una jauría de esas bestiales criaturas. Todas gruñéndole, enseñándole sus filosas mandíbulas, listas para atacarla en cualquier segundo.

Rin no dudó ni un instante y comenzó a correr lo más rápido que sus piernas le daban. Podía sentir varias ramas de los árboles arañando la piel de sus brazos y piernas, pero aún así no pretendía detenerse por ningún motivo; detrás de ella los lobos aullaban y gruñían. Si la lograban alcanzar, la matarían. Tal como la última vez.

-¡Auxilio!, ¡Por favor auxilio! –exclamaba sin aliento. Terribles recuerdos comenzaron a ahogar su mente, el palpable miedo que le tenía a los lobos, jamás había sido capaz de superarlo, y en esos momentos parecía que ya podía sentir las fauces de esos animales arrancándole la vida nuevamente, con la misma brutalidad y ferocidad que en el pasado.

-¡Sesshōmaru-sama! –gritó desesperada, rogando al cielo que su salvador apareciera. –¡Sesshōmaru-sama!

El agotamiento empezó a invadirla y sus movimientos comenzaron a entorpecerse, además de que la negrura del boscaje no le era de gran ayuda, por lo que, al igual que cuando tenía 8 años, tropezó con la prominente raíz de un roble, cayendo de bruces inevitablemente. Al estar en suelo, Rin cerró los ojos y esperó lo peor. No podía hacer nada, ese iba a ser su fin definitivo, ahora ya no volvería; pensó en sus pequeños, en Sesshōmaru, y no pudo más que soltar un par de lágrimas.

Pero nada sucedió. Temblorosa y aún sin levantarse, giró lentamente su cabeza hacia atrás; no lo entendió, efectivamente los lobos continuaban ahí, a unos escasos metros de ella, únicamente se habían detenido, permanecían quietos, gruñendo y aullando, ignorándola, con sus hostiles miradas fijas en algún punto más adelante.

-¡Madre! –cuando Rin escuchó ese alarido, sintió que su alma abandonaba su cuerpo. –¡Madre, ayúdanos!

Ahí estaban, los tres. Sus tres tesoros. Yorumaru, Mayumi y Teishi. Todos con la apariencia humana que en las noches de luna nueva se veían obligados a portar debido a su naturaleza híbrida. Los tres indefensos ante la amenaza, observando a su madre con miradas llenas de terror. Ella lo comprendió entonces, los lobos los atacarían a ellos, los matarían frente a sus ojos si no hacía algo por evitarlo.

-¡Corran!, ¡Rápidos niños, huyan, corran lo más rápido que puedan! –ordenó con un tono autoritario y a la vez cargado de pánico. Intentó ponerse de pie e ir con ellos, pero por alguna maldita razón, su cuerpo no le respondía, estaba paralizada, rígida en su posición, adherida a la tierra.

-¡Madre! –exclamaron los cachorros al unísono, aferrados unos con otros, muertos de miedo. Rin trataba de levantarse con todas sus fuerzas, pero lo único que podía hacer era gritar.

-¡Olvídense de mí, corran y no miren atrás!

-¡Ayúdanos, madre! ¡Ayúdanos!

Ella no lo comprendía, era como si sus hijos no quisieran escucharla, como si no quisieran salir de ahí para salvarse a pesar de que en sus rostros se reflejara el horror mismo. Y eso no hacía más que frustrarla sobremanera, se sentía impotente, aterrorizada. No podía perder a sus niños, no podía.

-¡Deprisa! –volvió a gritar –¡Váyanse los tres, me oyen!, ¡Yo distraeré a los lobos, corran!

En ese instante, cuando todo parecía perdido, otro sonido se hizo presente. Sesshōmaru había aparecido de entre las tinieblas del bosque, caminando con su habitual parsimonia y elegancia en dirección a donde Rin se encontraba, mirándola con ese mismo gesto frío que tanto lo caracterizaba. Ella al verlo, sintió el más grande de los alivios y la esperanza de sobrevivir volvió a incrementarse.

-¡Sesshōmaru-sama! –dijo con alegría, y haciendo un nuevo intento por mover sus extremidades, estiró pausadamente uno de sus brazos hacia él, alcanzando a tocar apenas parte de sus ropas. –¡Por favor, mi señor!...

El daiyōkai endureció su gesto al verla. Rin se desconcertó, pues el Lord la miraba fijamente sólo a ella, ignorando por completo a sus cachorros, sin darles importancia alguna.

-¡Nuestros hijos están en peligro, sálvelos! –suplicó la joven sintiendo su corazón sobresaltarse nuevamente, esta vez con más angustia que antes –¡Sálvelos!

-Hmmph –resopló Sesshōmaru con desdén, dedicándole una mirada que denotaba desprecio, repugnancia y superioridad –Miserable humana insolente.

Rin palideció.

-¿Mi señor? –preguntó sin dar crédito, con las lágrimas escurriendo de sus ojos. Esas palabras, esa mirada gélida, le habían destrozado el alma. Ese no era su Sesshōmaru, no podía ser, él la amaba, la amaba a ella y sus niños, se los había demostrado en innumerables ocasiones. No podía permitir que murieran, ¡no!. Pero entonces, antes de que ella pudiera decir algo más, el daiyōkai dio media vuelta y se internó en el bosque, dejando a Rin con el corazón en un puño –¡Regrese, se lo suplico, no nos abandone! –rogó con voz quebrada, pero él no volvió –¡No nos abandone!, ¡Señor Sesshōmaru!

-¡Madre! –escuchó de nueva cuenta el alarido frenético de los cachorros, quienes para entonces estaban ya totalmente acorralados por la jauría de lobos. Rin seguía sin conseguir levantarse y sólo pudo ver a Yorumaru colocándose frente a sus dos hermanos menores, tratando inútilmente de protegerlos.

De un momento a otro, los lobos emitieron un último gruñido, y repentinamente se lanzaron sin piedad sobre los tres príncipes del Oeste, matándolos salvajemente uno a uno, justo frente a la atónita mirada de su madre.

-¡NO!, ¡NO, POR FAVOR! –¡Eso no estaba pasando, no podía ser verdad!, Rin lloraba y gritaba, sometiéndose a la peor tortura de todas, sus pequeños le eran arrebatados de la forma más cruel posible, y Sesshōmaru…a él nada le había importado.

En esos momentos, cuando vio la sangre y los cuerpos inertes de las tres personas que ella más amaba en el mundo, lo único que quiso fue morir también, no tenía sentido seguir viviendo si ellos no estaban, así que recargó su cabeza en el césped frío y cerró sus ojos apretándolos con mucha fuerza, dejando que el dolor y la tristeza la consumieran por completo.


-¡NO! –abrió sus ojos de golpe. Incorporándose como un resorte en el amplio futón. De inmediato reconoció que estaba en su alcoba, con la brillante luz de la luna atravesando los ventanales e iluminando la estancia, y aún así, todavía podía sentir su cuerpo temblando y su respiración demasiado agitada.

-Rin –Sesshōmaru estaba ahí, junto a ella. Observándola seriamente, pero con la preocupación desbordando de sus ojos dorados; por un momento Rin lo miró con temor y desconfianza, recordándolo en su recién pesadilla, pero después de un momento, no pudo evitar lanzarse a sus brazos y esconder la cabeza entre su pecho, aferrándose a él con todas las fuerzas que le quedaban.

-Un…un sueño…fue un sueño –repitió más para sí misma que para su esposo, tratando de recuperar el control y sintiendo un profundo alivio al comprobar que todo aquello sólo había sucedido en su imaginación.

-Rin, tranquilízate –mencionó el daiyōkai, separándola un poco de sí para poder verla a la cara –¿Estás bien?

-Mis niños –dijo Rin ignorando la pregunta de Sesshōmaru. Esa espantosa alucinación había sido tan real para ella, tan cargada de agonía y sufrimiento, que necesitaba comprobar que sus hijos verdaderamente estuviesen a salvo –Quiero verlos.

-Cálmate, ellos están bien, se encuentran dormidos –le aseguró, sujetó su rostro con ambas manos y la besó delicadamente en la frente para transmitirle algo de serenidad –Respira hondo, Rin.

-Sesshōmaru-sama…

-Estoy aquí –dijo el Lord con suavidad, permitiendo que ella nuevamente lo abrazara. Se sentía más tranquilo de que Rin hubiese despertado, pero verla tan aterrorizada no le hacía ninguna gracia.

-Yo…no entiendo –susurró contra el pecho del demonio. No recordaba casi nada. En un momento estaba enumerando los preparativos para la fiesta de cumpleaños de uno de sus pequeños, y al otro, todo se había vuelto negro –¿Qué me sucedió?

-Te desmayaste hace unas horas –le explicó mientras le acariciaba su cabello –Tenías fiebre, ¿cómo te sientes ahora?

-Asustada –gimoteó –Tuve una terrible pesadilla.

Rin no pudo más y tal como una magdalena comenzó a llorar, rememorando la angustia y el desconsuelo que hacía unos instantes acababa de sufrir. Le dolía el pecho y la cabeza, aún sentía que todo le daba vueltas y por más que se esforzaba, no conseguía controlar del todo su respiración. Sesshōmaru frunció el ceño al verla en ese estado, el exquisito aroma floral que su mujer normalmente desprendía, ahora estaba corrompido por el olor de un miedo casi palpable; la tenía ahí, hecha un ovillo, aferrada a su torso como si se le fuera la vida en ello y además sollozando en silencio, podía sentir su delgado cuerpo temblando y sus lágrimas mojándole la piel.

-Sólo fue eso, una pesadilla –musitó el daiyōkai apretándola más contra sí –Vuelve a dormir, permaneceré a tu lado toda la noche.

-No se irá, ¿cierto? –dijo ella levanto un poco su cabeza, dedicándole una vidriosa mirada llena de inquietud. Aterrada de que su querido señor se transformara en el cruel Sesshōmaru que había visto en el sueño –¿No nos abandonará nunca?

-Jamás –le confirmó con voz grave mientras le apartaba los cabellos del rostro. Rin sonrió apenas ante el dulce contacto, sabiendo que estando él junto a ella, nada malo podría ocurrirle, así que, ya más tranquila, volvió a cerrar los ojos.

Una vez que su mujer se quedó dormida entre sus brazos, Sesshōmaru comenzó a sacar conclusiones. No era normal lo que estaba ocurriendo, en absoluto. La advertencia que había recibido acerca de la bruja Konoye, la controversial visita del maldito de reptil al palacio, el olor a sangre en la habitación, el desmayo repentino de Rin y esas terribles pesadillas…todo encajaba a la perfección. Su joven humana era el blanco, la estaban torturando desde lejos con algún tipo de miserable artilugio. Pero él no lo iba a permitir. No importaban los estúpidos planes que Yasura y Satoshi tuvieran, Sesshōmaru se encargaría de enviarlos a ambos al mismísimo infierno, los haría pagar con sangre cada lágrima de su esposa. Nadie que hiciera sufrir a Rin tenía el derecho de seguir respirando.

Un pequeño movimiento de ella, lo hizo prestarle atención nuevamente. Una vez más Rin se revolvía entre las sábanas, tenía un gesto de angustia y por su frente resbalaban varias gotas de sudor; clara evidencia de que se encontraba teniendo una nueva pesadilla. Esto no hizo más que avivar la furia y la impotencia del daiyōkai. Un deseo incontenible de ir en ese mismo instante en busca de ese par de escorias y atravesarles el cuello, comenzó a incrementarse en lo más profundo de sus entrañas, pero no podía marcharse y dejar a su familia desprotegida. No otra vez. Así que no le quedó más remedio que ser paciente, ya llegaría el momento de arrancarles la cabeza a sus enemigos, mientras tanto, permaneció recostado junto su mujer, despierto toda la noche velando su sueño, acariciándole el cabello cada vez que se percataba de que algo la estaba perturbando y abrazándola con ligereza. Hasta que finalmente, después de lo que le pareció una eternidad, débiles rayos de sol comenzaron a iluminar la habitación, indicándole el inicio de un nuevo día.

-¿Mi señor? –murmuró ella, pestañeando varias veces para acostumbrarse a la luz del amanecer. Sonrió ilusionada al comprobar que efectivamente, Sesshōmaru había permanecido a su lado todo el tiempo.

-Rin.

-Buenos días –saludó adormilada. La cabeza le dolía aún, pues los malos sueños no la habían dejado descansar.

-Toda la noche estuviste temblando –indicó él incorporándose y colocando una mano sobre la frente de la joven para comprobar que no tuviese fiebre.

-Pesadillas –susurró preocupada, pero al observar el gesto severo del demonio, trató de sonreír un poco más, aparentando indiferencia ante aquello. –Quizá…quizá sólo he estado muy nerviosa por todo lo que ha sucedido últimamente.

Sesshōmaru endureció su expresión al escucharla, sabiendo claramente que las palabras de Rin no eran más que ingenuas excusas para evitar que él se mortificara y le diera demasiada importancia a algo que según ella, era irrelevante. Cosa que obviamente ya había sucedido.

-Descansa un poco más –le ordenó mientras él se levantaba del futón –No has dormido casi nada.

En un principio Rin accedió y se acomodó entre las cobijas. Estaba realmente agotada, pero en cuanto cerró los ojos, los volvió a abrir; miles de imágenes aterradoras volvían a aparecer en su subconsciente, provocándole un miedo irracional a quedarse dormida y experimentar de nueva cuenta esas angustiantes alucinaciones. Por lo tanto, prefirió permanecer despierta, además, ese día era particularmente especial.

-Hoy es el cumpleaños de Teishi –dijo inclinándose hacia adelante –Hay muchas cosas que hacer.

-Sora se encargará, además la celebración comienza hasta medio día…duerme Rin, lo necesitas.

-¡¿Está bromeando?! –gritó Rin con su habitual entusiasmo, poniéndose de pie en un movimiento para después correr a su tocador –¡Jamás en la vida me perdería ni un segundo de un día tan importante como éste!

-Rin –Sesshōmaru la miraba con desaprobación y molestia. Esa humana, tan imprudente como de costumbre. Se veía exhausta, las ligeras ojeras bajo sus ojos marrones eran prueba de ello, él sólo quería lo mejor para ella, ¿tanto le costaba hacer lo que le indicaba?.

-Estoy bien, Sesshōmaru-sama, no se preocupe –le sonrió con dulzura –Como usted bien dijo, sólo fueron malos sueños, prometo mantenerme tranquila –el daiyōkai no tuvo más opción que aceptar, tal vez le haría bien distraerse y el hecho de que ella hubiese recuperado su buen humor, lo reconfortó; claro que estaría vigilándola de cerca –No se hable más, iré a alistarme.

Dicho aquello, ambos continuaron con su rutina mañanera de siempre. Sesshōmaru una vez aseado y perfectamente vestido con su usual armadura, salió de sus habitaciones con dirección al despacho dejando a Rin hacer lo propio.

Al quedarse sola, respiró profundamente y exhaló despacio. Se sentía débil, como si sus fuerzas inexplicablemente estuviesen abandonando su cuerpo de a poco. No lo entendía. Apenas el día anterior se encontraba perfectamente bien y ahora estaba lidiando con ese problema. Pero en esos momentos, no tenía tiempo para enfermarse, seguro que sólo se trataba de algún resfriado, o que realmente se encontraba tan estresada y preocupada por lo que había ocurrido en los días anteriores, que su cuerpo y mente lo habían resentido en exceso…sí, eso debía ser. No quería darle preocupaciones a nadie, menos a sus hijos y a Sesshōmaru, así que tenía que actuar como si todo estuviese bien, porque sí estaba bien ¿cierto?, no tenía sentido angustiar a los demás. Así que tomando una nueva bocanada de aire, se dirigió al cuarto de baño y dejó que el agua refrescara su cuerpo, enseguida cepilló su cabello, se colocó un elegante kimono azul marino y salió calmadamente de la alcoba.

-¡Madre, estás mejor! –apenas deslizó la cancela, sintió el fuerte abrazo de su pequeña Mayumi, quien en compañía de su hermano mayor, Sora y Jaken, se disponían a llamar a la puerta.

Rin sonrió enternecida y abrazó de regreso a la niña, confirmándole que todo había vuelto a la normalidad.

-Mi señora, ¿cómo se siente?, nos tenía preocupados a todos –mencionó Sora en un gesto preocupado.

-Buen día pequeños, buen día Sora, señor Jaken –saludó, para enseguida cerrar completamente la entrada de la recámara y comenzar a caminar por el pasillo junto a los demás –Estoy bien, no tienen de qué angustiarse.

-¿Qué fue lo que te ocurrió, Rin?

-Sí, ¿Por qué te desmayaste, madre? –secundó Yorumaru a Jaken, ofreciéndole el brazo a ella mientras avanzaban en dirección a la alcoba del príncipe menor.

-Seguramente se debió a tantas emociones, creo que he estado algo perturbada estos últimos días.

-Oh Rin-sama, realmente nos dio un buen susto, pero me alegra que se encuentre bien –exclamó la yōkai sinceramente –Prométame que en cuanto llegue a sentirse mal, o mareada o cualquier cosa fuera de lo normal, me lo dirá de inmediato.

-Claro que sí, Sora.

-Seguro fue porque que no te has alimentado bien, chiquilla –pronunció el pequeño demonio verde con su acostumbrado tono de sabelotodo. Él también había estado angustiado, pues a pesar de todo, estimaba mucho a la joven –Desde pequeña siempre has causado preocupaciones.

-Cómo siempre, ya te habías tardado en decir tus majaderías, Jaken. –Sora rodó los ojos y se cruzó de brazos al escucharlo. Nunca había acabado de entender por qué su señora permitía tantas confianzas con ese yōkai maleducado.

-¡Nada más porque soy considerado y no me atrevo a darle su merecido a una anciana como tú Sora, que si no…!

-¡Óyeme! –exclamó colocándose frente a él –¡No te permito que me hables así, sapo de pantano irrespetuoso y grosero!

-¡¿A quién le llamas sapo de pantano, abuela?! –se defendió alzando su báculo en alto. Esa mujer lo tenía harto desde el día en que la había conocido, ¿cómo se atrevía a estar desafiando al Gran Jaken? –¡Yo soy un poderoso demonio de la más alta alcurnia!

-¿La más alta alcurnia? JA...Hasta la sombra de la pulga Myōga tiene más porte que tú, rana.

-¡Tú!...¡Te voy a…!

-¡Basta! –gritó Rin. Parecía que esos dos nunca se iban a llevar bien, siempre compitiendo por ver quién era el mejor sirviente –Por favor, Sora, señor Jaken, si Teishi los escucha, despertará y se arruinará la sorpresa.

Y así, después de unas reverencias de disculpa hacia la joven humana y varias amenazas mudas entre ambos subordinados, todos se dirigieron silenciosamente hacia las habitaciones del príncipe más travieso del palacio. Desde que el primero de los cachorros nació, Rin había implementado esa pequeña tradición en cada uno de sus cumpleaños; ir a sus respectivas habitaciones y despertar al festejado con varias felicitaciones y abrazos. Kagome solía hacer lo mismo para ella y para todos cuando solía vivir en la aldea, ya que según la sacerdotisa, era muy común hacer ese tipo de cosas en la época de donde ella venía, y para Rin resultaba algo muy tierno y divertido.

-¿Listos? –susurró la joven señora una vez que entraron de lleno en la alcoba de Teishi, todos sin hacer ruido y cuidándose de no tropezar con alguno de los muchos juguetes de madera que estaban regados por el piso. La habitación estaba algo oscura, apenas iluminada por los tempraneros rayos del sol, suficientes para poder divisar una montaña de cobijas de donde sobresalían varios mechones plateados y un par de pequeñas orejas caninas –A la cuenta de tres –dijo mientras se acercaban al borde del futón –Uno, dos, tres.

-¡Feliz cumpleaños! –gritaron todos a unísono con voces alegres, ocasionando que la pequeña pila de sábanas cayera al suelo y de ella surgiera un emocionado y enérgico rostro infantil.

-¡Wow! –Teishi se había puesto de pie sobre el futón, dando múltiples saltitos y riendo a carcajadas. Había esperado mucho para ese día, por fin sería un niño grande.

De un momento a otro, sus hermanos lo rodearon y comenzaron las felicitaciones. Mayumi no dudó en lanzarse hacia él, tumbándolo de vuelta en el colchón y llenándolo de empalagosos besos en las mejillas, los cuales Teishi limpió apenas los recibió, después le entregó su regalo; una bonita pintura que ella misma había realizado en una fina hoja de pergamino, en la que se podía apreciar un buen ángulo del bosque del Oeste, ya que sabía que a su hermano le encantaba observar dicho panorama desde su propia recámara. Yorumaru en cambio, no fue tan expresivo; únicamente le deseó feliz aniversario con una media sonrisa y le revolvió el cabello ligeramente en un gesto de cariño fraternal, en seguida le acercó su obsequio, el cual propició que el niño hiciera una pequeña mueca de aburrimiento, pues se trataba de un antiguo pero valioso libro. El adolescente rodó los ojos al ver dicha reacción, resignado a que Teishi nunca maduraría.

Sora y Jaken igualmente acudieron y brindaron sus respetos hacia el menor de los príncipes, quien no estuvo más feliz al escuchar que por parte de la yōkai recibiría una deliciosa merienda especial, y en cuanto al demonio verde le esperaba un día de total obediencia sin importar lo ridículas que fuesen a ser las peticiones.

Rin fue la última en acercarse, pues quería esperar el mejor momento para ir y abrazar a su pequeño con todo el amor que tenía guardado para él. Teishi al ver a su querida madre, no dudó en abrazarla de regreso con fuerza, rodeándola por el cuello y aspirando su delicado aroma floral.

-¡Madre, estás bien! –exclamó el cachorro aún sin soltarla, aliviando así todo el miedo que había sentido la noche anterior al verla sin reaccionar –¡No te pasó nada malo!

-Por supuesto que no, Teishi –lo separó de ella un momento y le acarició el rostro –No podía permitirme estar enferma en tu cumpleaños por nada del mundo…Que éste sea un hermoso día para ti, mi pequeño.

Sin más lo acercó de nuevo hacia sí y lo besó en la frente con adoración, agradeciendo mentalmente el nuevo año de vida que se le estaba otorgando a su hijo más joven. Ella también le tenía preparada una sorpresa, pero necesitaba la ayuda de Kagome para poder llevarla a cabo.

-Es mejor que te des prisa, príncipe, hoy es tu gran día –dijo Sora después de unas cuántas risas más, incitando a todos a incorporarse. Pero antes de que alguien pudiera retirarse o decir alguna palabra, la imponente presencia de Sesshōmaru apareció justo en el marco de la puerta.

-Teishi –habló y miró fija y exclusivamente al aludido –En cuanto estés listo, te espero en mi despacho.

-¡Sí, padre! –el cachorro respondió en automático, y en cuanto su progenitor dio la media vuelta, en menos de un minuto corrió hacia el cuarto de baño. Los demás sencillamente se vieron los unos a los otros y poco a poco comenzaron a marchar rumbo a sus respectivas actividades. Yorumaru y Mayumi sonrieron, pues sabían lo que le esperaba a su travieso hermanito; en cuanto a Rin, no perdió más tiempo y se dirigió junto con Sora a las cocinas.


-¡Padre, padre! –Teishi, una vez aseado y preparado, entró hecho un torbellino al estudio de Sesshōmaru. Era tanta su expectación y alegría, que ni siquiera se molestó en llamar a la puerta –¡Ya estoy aquí!, ¡Dime qué es lo que sucede!

-Teishi, compórtate. –dijo el daiyōkai, esforzándose al máximo por ser paciente, pero cuando se trataba de ese cachorro, la paciencia nunca era suficiente.

Teishi asintió y por instinto bajó sus orejas ante la llamada de atención, pero es que realmente estaba emocionado. Cuando su padre los llamaba a su despacho el día de sus cumpleaños, significaba que un grandioso obsequio les aguardaba. Pero al ver a Sesshōmaru extraer una rara llave de cobre de uno de los cajones del escritorio, en lugar de un regalo, se extrañó un poco. Y más se sorprendió en el instante en el que el demonio corrió la larga cortina que cubría parte de los ventanales, revelando así una sutil puerta de madera tallada que Teishi jamás había notado hasta ese momento.

-Vaya… –musitó asombrado, observando a su padre introducir la llave en el picaporte y abrir por completo dicho pórtico –¿Qué hay dentro?

-Sígueme y lo sabrás –Sesshōmaru giró su cabeza para ver a su cachorro e indicarle que lo acompañara, el chiquillo así lo hizo, y no pudo más que agrandar como platos sus ojos dorados al percatarse que tal abertura conducía hacia un pasadizo secreto del palacio, iluminado a lo largo con varias antorchas y lo suficientemente estrecho como para que lo atravesara una persona a la vez.

-¡Vamos! –gritó el niño, desbordando una tremenda emoción en su voz al internarse en tal sitio. El Lord sonrió para sus adentros pese a que no dejó ver ninguna emoción en su rostro, le agradó ver que su heredero no reflejaba ningún atisbo de temor o indecisión al cruzar por aquel oscuro pasillo, al contrario, se mostraba curioso, impaciente y entusiasmado por averiguar qué era lo que les esperaba al final del camino –¿Y a dónde llega?, ¿Qué hay al fondo? ¿Cruzaremos todo el castillo por debajo hasta llegar al otro extremo? –quizá demasiado entusiasmo… Sesshōmaru se mantenía callado, al frente guiando el sendero, caminando con parsimonia, y de vez en cuando, volteando hacia atrás para dedicarle una mirada significativa para que se mantuviera en silencio, pero claro que para Teishi eso era mucho pedir.

Aunque no tuvo que esperar tanto, pues después de pocos minutos, el largo pasillo llegó a su fin, terminando en un gran salón subterráneo, el cual, igualmente alumbrado por antorchas de mayor tamaño, revelaba un magnífico y amplio aposento repleto de una cantidad exuberante de armas de todo tipo, colgadas de las paredes de piedra y algunas más acomodadas en amplias mesas de metal, todas con una antigüedad inimaginable, con una historia y poder únicos. Teishi al verlo, se quedó totalmente perplejo, admirando cada rincón de aquella legendaria cámara, en donde además, se exhibían varios retratos pintados a mano de todos y cada uno de los monarcas que el Reino del Oeste había tenido hasta la fecha.

-¡Es increíble! –exclamó el pequeño hanyō adentrándose de lleno en la habitación, siguiendo a su progenitor hasta el centro de la misma –¡Mira cuántas espadas y alabardas!, ¿Todas son tuyas, padre?

-Lo fueron alguna vez –le respondió sin darle importancia, después de todo, casi todas esas armas eran heredadas y habían pasado de generación en generación. Algunas habían pertenecido incluso a sus ancestros, antes de que él mismo pudiera hacerse de su propia espada.

-¿Por qué no me habías traído aquí antes? –preguntó sin poder apartar su mirada de todo lo que lo rodeaba,aspirando el aroma del acero y de la madera.

-Eras aún demasiado joven.

-¿Yorumaru y Mayumi han estado aquí?

-Al igual que a ti, traje a cada uno al cumplir su primera década.

-¡¿En serio?! –lo miró y luego se cruzó de brazos, indignado –Esos tontos, ¿por qué no me dijeron nada?

-Yo se los pedí –sentenció, acercándose al cachorro y clavando una rodilla al piso para poder estar a su altura y verlo a los ojos –Pocas personas conocen la existencia de ésta habitación… así que Teishi, sé discreto también.

-¿Eso quiere decir que no puedo contarle a Taki y al tío Inuyasha que tenemos un salón lleno de espadas?

-Precisamente.

-¿Y por qué? –se alzó de hombros y torció la boca, sin comprender del todo la razón para guardar un secreto tan genial. Moriría por verle la cara a su primo si se lo dijera.

-Estás armas son milenarias –se incorporó el yōkai, lo miró desde arriba y después comenzó a caminar por el cuarto lentamente, recorriéndolo con elegancia –Únicamente los herederos legítimos del reino del Oeste tienen derecho a entrar en éste cuarto.

-Entonces el tío Inuyasha sí ha entrado también. –concluyó el niño con obviedad.

-No, Inuyasha no conoció a mi padre y por lo tanto desconoce éste lugar.

Al parecer esa frase calmó un poco la palabrería del joven híbrido, pues se mantuvo en silencio por los siguientes instantes, merodeando por el lugar entero, dándole la oportunidad Sesshōmaru para acercarse a una de las metálicas mesas y tomar un pequeño estuche de terciopelo negro, cuyo contenido había reservado y atesorado durante esas últimas semanas.

-¡No puedo creerlo! –el agudo grito de Teishi lo hizo girar su cabeza hacia su dirección y prestarle atención nuevamente. Su cachorro se encontraba observando con rotundo detenimiento uno de los muchos cuadros que decoraban la estancia –Ese es un retrato de mi abuelo, ¿cierto?

-Así es –confirmó el daiyōkai aproximándose de nueva cuenta, mirando igualmente la pintura que reflejaba la imagen de su padre. Inu no Taishō se encontraba de pie, posando de frente a uno de los muchos jardines del palacio. Estaba tal como lo recordaba, con su armadura impecable, su figura imponente y esa combinación de determinación y osadía en la mirada.

Como siempre Tenseiga vibró. Ahora que él tenía una familia, podía entender tantas cosas…Justo después, Sesshōmaru miró a Teishi, quien permanecía muy quieto con un gesto pasivo y solemne, sin quitar sus ojos del cuadro. Fue ahí cuando lo confirmó. Mismo perfil, mismo mirar, misma esencia y mismo espíritu aguerrido. En efecto, su hijo menor tenía mucho parecido con su abuelo.

-¡Mira!, lleva consigo a Tessaiga y a Tenseiga –dijo el chiquillo reconociendo tales armas, acercando sus dedos al lienzo –¿Y esa otra?

-So'unga, otra un alabarda muy poderosa.

Al escuchar eso, Teishi dejó escapar un largo suspiro de admiración. Sabía, al igual que sus hermanos, la historia de Colmillo Sagrado y Colmillo de Acero a grandes rasgos, pero aquella nueva espada le resultaba desconocida, ya que ni siquiera se encontraba entre las demás armas de la habitación; hubiera querido bombardear a su padre con diversas preguntas sobre el tema, pero prefirió no hacerlo en esos momentos, pues Sesshōmaru permanecía con un semblante algo severo. Aunque el sentimiento de orgullo y honor que estaba sintiendo en sus adentros por saberse miembro de la poderosa dinastía del Oeste, nadie se lo quitaría nunca. No podía sentirse más contento, su padre, su abuelo y sus demás ancestros eran y habían sido legendarios Inu yōkais, y sin duda él también lograría grandes cosas al ser mayor; un día su retrato también estaría colgado en ese salón, junto al de su progenitor y al de sus hermanos.

-¿Yo podré tener una espada como esas, o como Bakusaiga? –preguntó de la nada, dejando escapar parte de sus pensamientos.

-La tendrás –dijo Sesshōmaru con plena seguridad, para después volver a sostener aquel fino estuche de terciopelo y entregárselo a su hijo –Pero por ahora, esto es para ti, por tu décimo aniversario.

El pequeño sonrió y recibió el obsequio con manos ansiosas, en seguida abrió dicha caja rectangular y se encontró nada más y nada menos que con…

-¡Una daga! –gritó con emoción tomando cuidadosamente la pequeña cuchilla. La hoja estaba reluciente, seguramente recién pulida y afilada, con una empuñadura en plata y varios matices dorados –¡Es perfecta, muchas gracias, padre!

-Sé responsable y dale un buen uso.

Sin más, el niño lo abrazó, demostrando cuán encantado estaba con su regalo. El daiyōkai sonrió apenas y le colocó una mano sobre la cabeza, satisfecho de que el presente le hubiese gustado. No por nada, semanas atrás había acudido con el viejo Tōtōsai para ordenarle que fabricara esa daga con uno de sus colmillos, al igual que lo había hecho para sus dos cachorros mayores en sus pasados cumpleaños.

Y así, después de varias exclamaciones más de asombro y emoción por parte de Teishi, ambos regresaron por donde habían venido, retomaron el camino a través del túnel secreto y llegaron nuevamente al despacho del daiyōkai. Él cerró y cubrió muy bien la puerta de madera para enseguida dirigirse junto con el pequeño hacia el comedor, donde sus otros dos chiquillos y su mujer los esperaban para desayunar.

En cuanto vio a sus hermanos, Teishi corrió para mostrarles el fabuloso obsequio que le había hecho su padre. Mayumi y Yorumaru no pudieron más que sonreír, pues ellos también habían recibido algo similar en sus aniversarios anteriores, y ahora se sentían felices de que hubiese llegado el turno del menor.

El daiyōkai como de costumbre, se dedicaba a observar a su familia durante ese momento del día, satisfecho de ver a cada uno crecer poco a poco frente a sus ojos. Y eso no sería lo único. Sesshōmaru ya tenía grandes planes para sus tres hijos y también para sus espadas. Cada uno portaría un arma merecedora de su linaje, poderosa y eminente como ellos mismos, pues los príncipes del Oeste no merecían nada más que lo mejor por el simple hecho de ser herederos suyos, y eso bastaba para ser superiores a cualquiera.

Para empezar, Yorumaru, al ser el siguiente que ocuparía el trono del palacio, sería el futuro portador de la poderosa Bakusaiga, quizá por esa razón el daiyōkai le exigía más que a sus otros cachorros, pues quería que su primogénito tuviese la fuerza y el entrenamiento necesarios para manejar a la perfección su tan preciada espada sin que ésta lo controlara a él. A Teishi en cambio, le aguardaba la legendaria Tenseiga; creía que él era el indicado para llevar dicha alabarda, seguro que las vibraciones pacificadoras de Colmillo Sagrado ayudarían a controlar el intempestivo carácter del cachorro más joven, además, algo le decía que la propia Tenseiga tenía deseos de terminar en manos del descendiente más parecido a su dueño original. Y finalmente, para Mayumi tenía preparado algo especial. A ella contrario a sus hermanos, le mandaría forjar una espada totalmente nueva, con habilidades diferentes pero igual de poderosa, un arma que fuese sólo para ella y que la engrandeciera como la única y verdadera princesa del Oeste. Esos eran sus planes, y los llevaría a cabo cuando el momento llegara, sus cachorros eran aún muy jóvenes, les esperaban aún muchas, muchas décadas de vida, mismas que aprovecharía para enseñarles todo lo que él sabía, entrenarlos, prepararlos y desarrollar su poder al máximo, para nadie tuviera la osadía de siquiera intentar desafiarlos.

-Con su permiso, mis señores –un guardia había entrado al comedor deslizando la cancela lentamente, reflejando en su rostro un gesto extraño, como si estuviera nervioso por lo que estaba a punto decir –Amo Sesshōmaru, en el vestíbulo hay una persona que desea verlo a usted y a los príncipes.

-¿De quién se trata? –preguntó el demonio sin inmutarse, pero por el característico aroma que había traspasado la entrada, creía ya tener una idea, y no le había gustado en absoluto. El soldado tragó saliva.

-De…de su madre mi Lord, Lady Irasue.

Al escuchar aquello, todos los que estaban en el comedor se pusieron de pie como si de resortes se tratara. Los príncipes inmediatamente salieron del salón y a base de pasos rápidos se dirigieron al recibidor del palacio, mientras que Rin y Sesshōmaru se quedaron algo atrás, aunque igualmente comenzaron a encaminarse hacia tal punto. Ella sonreía, pero su esposo…digamos que la noticia de la repentina llegada de su madre no le había causado ninguna gracia.

-¡Abuela Irasue! –gritaron a unísono los tres príncipes en cuanto la vieron de pie entre las dos prominentes columnas del umbral, elegantemente vestida, con la misma expresión estoica de su progenitor.

-Mis queridos cachorros, qué alegría me da verlos –dijo con voz aterciopelada, dedicándoles a cada uno una mirada tranquila –Acérquense, déjenme observarlos.

Ellos sin dudar se aproximaron al sitio donde su abuela aguardaba, entusiasmados de poder verla después de algún tiempo. Para ellos, Irasue era la persona con más porte y distinción que conocían, quizá su padre estaba en segundo lugar, pero como ella no había comparación. El aura de esa yōkai desprendía un extraña mezcla de poder, serenidad, vanidad y altivez que pocos podían igualar. Había tanta elegancia y delicadeza en sus maneras que prácticamente dejaba embelesados a todos los que la rodeaban.

Irasue había esperado tantos siglos para finalmente convertirse en abuela, que no perdería ninguna oportunidad para ir a visitar a sus nietos cada vez que podía, eso era lo único que verdaderamente merecía su tiempo.

-Abuela, me da gusto que hayas venido.

-Pequeña Mayumi, mírate, haz crecido mucho, y no hay duda de que tu belleza ha aumentado –dijo la Inu Kimi inclinándose un poco para apartar el flequillo blanco de la frente de la niña, descubriendo así su característica luna creciente. Tenía que admitirlo, de los tres cachorros de Sesshōmaru, Mayumi era tal vez su favorita, y eso sólo porque había escuchado varios comentarios de sus conocidos e incluso de sus sirvientes, que a pesar de que la princesa era la viva imagen de su madre, tenía ciertos gestos, actitudes y expresiones que pertenecían exclusivamente a Irasue, y después de observarla detenidamente en múltiples ocasiones, se había dado cuenta de que tenían razón –¿Has estado practicando las lecciones de etiqueta? –la pequeña asintió con una sonrisa e hizo los hombros hacia atrás –No lo olvides, espalda recta, cabeza en alto, eso es.

-¿Cómo has estado, abuela Irasue? –el mayor se aceró y reverenció a la daiyōkai con respeto.

-Yorumaru, cada día te pareces más a tu padre –pronunció ella acariciándole el mentón, dedicándole una sonrisa torcida. Era cierto lo que decía, desde la primera vez que lo vio el día de su nacimiento, supo que el adolescente sería una copia al carbón de su propio hijo –Aunque no sé todavía si eso es algo positivo o negativo, querido –Yorumaru se rió un poco ante ese comentario, su abuela suspiró –Menos mal que tú al menos sí sabes cómo sonreír un poco.

-¡¿Y yo, abuela?! ¡¿No te has olvidado de mí o sí?!

-Desde luego que no, querido Teishi –se inclinó a su altura, y por más extraño que pareciese, acarició sutilmente el par de orejitas peludas sobre su cabeza. –Eres un cachorro imposible de ignorar, además es por ti por quien he venido hoy, no creerás que tu abuela se olvidó de tu aniversario.

El niño sonrió y dio un salto, recordándole a Irasue el remolino de energía que tenía en frente.

-Irasue-sama, qué agradable sorpresa –Rin había sido la siguiente en aparecer, aproximándose a donde ella estaba para después realizar una pronunciada reverencia.

-Rin… -dijo la yōkai a modo de saludo. Quizá todavía no alcanzaba a entender el por qué su único hijo, ese que tanta fama se había hecho por ser un demonio cruel, arrogante y prejuicioso, había terminado eligiendo precisamente a una humana como pareja. Desde aquel día en que la trajo de vuelta a la vida con ayuda de la piedra Meido siendo ella una niña, le pareció extraña toda esa preocupación que Sesshōmaru había demostrado, y aún más se impresionó cuando él mismo anunció sus planes de convertir a esa simple jovencita en su esposa.

Ciertamente no lo comprendía, ¿qué tenía esa mujer para haber cautivado el frío corazón de su hijo?, Irasue no tenía nada en contra de los humanos, simplemente le parecían seres vulnerables, complicados y débiles en comparación a los yōkais, y a decir verdad, le eran totalmente indiferentes e insulsos; y aunque ella en persona había tratado de comprometer a Sesshōmaru con hembras de su mismo nivel para finalmente hacerlo sentar cabeza y tener los nietos que injustificablemente deseaba, él nunca le prestó atención a las sugerencias de su madre y continuó por la vida solo, tratando de saciar su sed de poder y dominio…hasta que conoció a Rin.

Tal vez había sido culpa de los genes, pues Inu no Taishō también había sucumbido ante una hembra de esa especie, cosa que en su momento tampoco comprendió. Pero al menos aquella mujer, esa tal Izayoi, pertenecía a una clase alta, era una princesa, humana, pero princesa al fin y al cabo. Incluso sabía que el medio hermano de Sesshōmaru, tenía como compañera a una sacerdotisa con elevados poderes espirituales. El daiyōkai en cambio, había elegido a una mujer simple, de clase baja, huérfana, con un pasado dudoso y sin ninguna educación o habilidad especial. Todo lo contrario a lo que Irasue esperaba para él.

Pero entonces, cuando su hijo llevó a la chiquilla a su palacio y le pidió a su madre impartirle la correcta formación, Irasue se dio cuenta de que Rin estaba destinada a ser la pareja ideal para Sesshōmaru; era inteligente, valiente, agradecida, gentil, dulce y sobretodo muy hermosa, claro que tuvo que enseñarle a controlar su personalidad extrovertida, pero eso era lo de menos. Y cuando ella le dio los preciosos nietos que la yōkai tanto estaba esperando, no pudo si no comenzar a apreciarla realmente.

-¿Cómo te encuentras?, te vez algo pálida, ¿estás enferma, niña? –le preguntó la Inu Kimi con una mirada apacible, percatándose inmediatamente de su semblante pálido y ojeroso.

-No dormí muy bien anoche, eso es todo –le sonrió Rin, restándole importancia.

-Descuidos de Sesshōmaru, supongo.

Un gruñido fue lo que se pudo oír cuando Irasue terminó de decir aquella última frase. Ella sabía que su hijo la estaba escuchando, y nada le divertía más que hacerlo molestar.

-¿Qué estás haciendo aquí? –cuestionó el demonio con un tono brusco y el ceño fruncido mientras se acercaba.

-Esa no es forma de saludar a tu madre, Sesshōmaru –Irasue sonrió de medio lado, denotando suficiencia y sarcasmo –Me preocupa el mal ejemplo que les estás dando a mis bellos nietos, si no fuera por Rin, seguramente los tres se comportarían con tan poco respeto tal como tú lo haces.

-Sandeces –resopló –¿A qué has venido, madre?

-Ya lo he dicho, he venido a desearle un feliz cumpleaños al pequeño Teishi y a entregarle su obsequio…entre otras cosas.

-¡Un obsequio! –exclamó el pequeño emocionándose otra vez, porque después de los de su padre, los regalos de su abuela eran los mejores –¡¿Qué es abuela, qué es?!

Irasue sonrió ensanchando su enigmático gesto, y ante la expectación de todos en la sala, levantó su mano izquierda haciéndole una señal a uno de los guardias que la acompañaban. Éste entendió y de inmediato le acercó una caja de madera de tamaño mediano, decorada con papel de seda color verde. Luego ella le indicó a Teishi que se aproximara, él al hacerlo, no dudó en abrir dicha urna, de la cual salió un hermoso y pequeño felino de brillante pelaje negro y grandes ojos azul marino. Rin al verlo, inmediatamente le recordó a Kirara, con la diferencia de que éste nuevo gato contaba no con dos, sino con tres largas y peludas colas.

-Es un mononoke, su nombre es Riuky –explicó Irasue sacando al animalito de la caja y entregándoselo de lleno su nuevo dueño –.Creí que te gustaría una mascota, querido…es una criatura muy fiel, te protegerá y acompañará a dónde tú vayas.

Teishi estaba a punto de levantar al minino, cuando éste se escabulló hacia el suelo y en un impresionante movimiento, trasformó su tierna apariencia en un aspecto feroz y salvaje, provocando que de sus patas y colas, brotaran candentes llamaradas azulinas.

-¡Es genial, abuela! –dijo el cumpleañero, acariciando el lomo de la exuberante pantera –¡Me encanta, lo cuidaré muy bien, muchas gracias!

Dicho aquello, los tres príncipes salieron del palacio rumbo a uno de los jardines, impacientes por interactuar con el recién llegado nuevo miembro de la familia, dejando a los adultos haciendo lo propio en el salón.

-No estoy de acuerdo con el obsequio que le has traído a mi hijo –mencionó Sesshōmaru una vez que sus cachorros estuvieron fuera, utilizando un tono rotundo, fulminando a su madre con una mirada hostil –Él y sus hermanos ya tienen a Ah-Un, con él les basta y sobra, no necesitan a ninguna otra bestia.

-Simplemente quise darme el gusto de regalarle a Teishi algo especial ahora que ha cumplido los 10 años –levantó una ceja –Si no mal recuerdo, tu padre te entregó al dragón de dos cabezas a esa misma edad, Sesshōmaru.

-¿Le gustaría una taza de té, Irasue-sama? –habló Rin en un intento por amenizar el ambiente, pero con esos dos volcanes a punto de estallar, era mejor estar lejos.

-Te lo agradezco, Rin.

Ante dicha afirmativa, la joven señora se encaminó hacia las cocinas, dejando solos a ambos demonios en medio del vestíbulo, pues parecía que Irasue tenía un mensaje importante que únicamente su hijo debía escuchar.

-¿No tienes que irte ya, madre? –Sesshōmaru frunció el ceño, mirándola directamente a los ojos, igualmente dorados.

-Pero qué falta de respeto –fingió indignación –No te preocupes hijo, mi visita no pretende ser larga –en ese momento, su gesto sarcástico se evaporó, dejando ver un semblante más serio –Dime una cosa Sesshōmaru, ¿estás preparado para que se desaten los combates en las tierras del Oeste?

-¿Por qué lo preguntas?, ¿Tienes alguna información útil para mí? –dijo endureciendo aún más su mirada, si Irasue sabía algo que él no, más valía que se lo dijera.

-No sé nada más de lo que tú sabes, obviamente estoy enterada de la alianza del Norte y el Este y también de la propuesta de Kentarō que has rechazado, lo que me parece una lástima –suspiró con pesadez y comenzó a caminar por el recibidor –A mí me encantaría ver a uno de mis nietos comprometido en matrimonio con alguien que…

-Eso no es de tu incumbencia –la interrumpió Sesshōmaru de tajo, estaba harto de exigirle a su madre que dejara de meterse en asuntos que no le importaban, más aún si esos asuntos involucraban a sus cachorros. Pero Irasue parecía no querer escuchar, pues a pesar de que definitivamente no tenía madera de madre, como abuela quería desempeñar un mejor papel.

-Claro que sí, todo lo que tenga que ver con ellos me interesa, por eso mismo estoy aquí, Sesshōmaru, sé muy bien cuáles son los motivos que tienen Yasura y Satoshi para declararte la guerra, en especial los de ella –lo volvió a mirar, profundamente; haciendo hincapié en lo que ambos ya sabían –Ambos te odian, te quieren ver destruido, y saben que la única manera de lograrlo es atacando de todas las formas posibles lo que tú más valoras.

El daiyōkai desvió la vista y la clavó en algún punto del suelo, luego cerró fuertemente su mano derecha formando un puño, clara señal de impotencia. Irasue era observadora, perceptiva, y sin duda ya se había dado cuenta de que algo extraño le estaba sucediendo a Rin, lo supo con tan sólo ver su rostro cansado.

-Eso ya lo sé, no es necesario que me lo repitas, madre –mencionó él con un deje de rabia en la voz –Aún así, no necesito de tu ayuda o la de ningún otro.

-Tan orgulloso como siempre –Irasue emitió una sonrisa punzante y luego habló con tranquilidad –Pero déjame decirte algo, no voy a permitir que por tu testarudez, mis nietos corran algún peligro innecesario, y menos cuando dentro de un par de días será luna nueva –Sesshōmaru levantó la cabeza alarmado, había olvidado ese minúsculo detalle. Maldita sea. –Pongo a su disposición mi palacio, ahí te puedo asegurar que Yorumaru, Mayumi y Teishi estarán protegidos y a salvo, Rin también será bienvenida si así tú lo decides.

El daiyōkai la miró seriamente al oír tal cosa, no había considerado esa opción, pero ahora que su madre lo mencionaba y a pesar de que le estaba costando un mundo admitirlo, esa sería un excelente alternativa en el caso de una emergencia, y más ahora que su mujer ya estaba comenzando a ser afectada directamente. Antes jamás habría accedido a recibir apoyo y mucho menos de su madre, pero ya no sólo se traba de él, ahora tenía una familia en quien pensar y proteger, y si con tal de mantenerlos a salvo, tenía que quebrantar su intocable orgullo, lo haría. Además, la maldita luna nueva se acercaba, y todos sabían qué era lo que ocurría en noches así.

De un momento a otro, Rin volvió con una humeante taza de té verde, la cual Irasue agradeció y bebió lentamente, para después comenzar con las despedidas. Decidió que había terminado su visita y que ya no tenía nada más que hacer en el palacio.

-Es tiempo de retirarme. –mencionó ella captando la atención de los cachorros, quienes dejaron por un momento sus juegos con la nueva mascota y se aproximaron a la yōkai.

-¿Tan pronto, abuela? –preguntó Mayumi con voz triste.

-Según entiendo, el medio hermano de Sesshōmaru suele visitarlos en sus respectivos cumpleaños, supongo que no tardará en llegar, por eso es mejor que me vaya, no tengo ninguna intención de protagonizar algún momento incómodo.

-Espero nos visite nuevamente, Irasue-sama. –dijo Rin sonriendo, comprendiendo las razones de su orgullosa suegra.

-Así lo haré Rin, me tiene sin cuidado la opinión de mi hijo –la Inu Kimi se encaminó a la amplia entrada del palacio, para después subir a una elegante carroza que poco a poco comenzó a elevarse, claro que antes de hacerlo, volvió a dirigirse hacia los príncipes, hablándoles con solemnidad y aprecio –Queridos cachorros, espero verlos pronto, y recuerden que son príncipes, así que siempre actúen como tales.

-Hasta luego, abuela Irasue. –realizaron una inclinación, y luego ella miró a su hijo una vez más.

-Sesshōmaru –mencionó a modo de despedida, pronunciando su nombre lentamente, como si quisiera recalcar la pequeña conversación que había tenido con él minutos atrás. Después de aquello, el carruaje desapareció entre las nubes, dejando al daiyōkai con una maraña de pensamientos.

Lo único que pudo hacer fue sujetar con firmeza la mano de Rin y mirar hacia algún punto del cielo con tremenda determinación. Definitivamente no iba a dejar que nada ni nadie se atreviera a dañar lo que él más quería. Primero tendrían que matarlo a él.

FIN DEL CAPÍTULO VII


¡Hola a todos!, lo sé, es casi un milagro que por fin actualizara, pero tienen que creerme, he estado ocupadísima, llego ya a mi casa demasiado cansada y lo único que quiero es lanzarme a la cama y dormir…pero no puedo, no quiero dejar tirada ésta historia, me gusta mucho y todavía tengo en mente varias cosas que quiero que sucedan, así que no se preocupen, me tarde o no, llegaremos al final. Por lo mismo quiero agradecerles su paciencia y el hecho de que continúen leyendo mi fic, y que incluso más personitas se hayan incluido a la lista de seguidores, en verdad significa mucho.

Ahora, pasando al capítulo ¿Qué les pareció?, ha sido largo, demasiado, y espero no haberlos aburrido, pero como pudieron leer, la tortura para la pobre Rin ha comenzado, estén pendientes porque aún le quedan algunas cosas más por sufrir XD ¿y qué me dicen de la abuelita Irasue?, tenía que incluirla, normalmente en varios fics que he leído de Rin/Sessh no cuentan lo que sucede con la suegra y menos en papel de abuela, así que decidí sacarla a ver qué pasaba…espero les haya agradado; Irasue sólo apareció en un capítulo, así que no podemos saber cómo es del todo su personalidad, espero haber hecho un buen trabajo.

En fin, me retiro por ahora. Esperen el siguiente capítulo, prometo que será más emocionante, pero por favor no se desesperen, como dije, no pienso abandonar la historia. Por ahora, NO se vayan sin dejarme un comentario, son excelentes aceleradores de la inspiración, además de que me hace muy feliz conocer sus valiosas opiniones y críticas.

Saludos y gracias nuevamente.

Nabiki-san.