CAPÍTULO 7 – La decisión correcta
Una mañana John despertó sintiendo como la ropa de su cama estaba especialmente rígida y, al abrir los ojos, lo primero que vio fue el vaho que salía intermitentemente de su boca. Poco tiempo tardó en ser consciente del frío glacial de la habitación y, con mucha pereza, se levantó de la cama, llevándose consigo la colcha para abrigarse, y se acercó al rallador que tenían todas las habitaciones en la pared, bajo la ventana. Este, frío como el hielo, parecía estar riéndose de él cuando, todavía con algo de esperanza, giró la rueda del encendido/apagado hasta que no pudo más. Esperó, pero aquel rayador estaba muerto.
Miró por la ventana y se estremeció al ver el desolador paisaje que esta le mostraba. Las calles de Londres habían pasado de negras, por el asfalto, a blancas, por el manto de nieve que las cubría.
Una imagen bella. Pero a él le pareció horrible.
Soltó un quejido que pareció más un sollozo amargo y recolocó la manta alrededor de su cuerpo, intentando que la menor cantidad de carne posible quedara expuesta.
Echaba de menos el calor del pueblo en el que se había criado y esos inviernos de chaquetón y manga larga donde las temperaturas no bajaban demasiado.
Pero ya era Enero y Londres no perdona.
Su móvil vibró, al poco, sobre el escritorio y el nombre de Erik aparecía en la pantalla.
- ¡¿Qué tal estamos?! – Gritaba alegre Erik al otro lado del auricular. – Ya he llegado a mi casa y he visto en las noticias que nieva en Londres.
- Joder, sí. – Contestó sin dejar de mirar el horrible espectáculo helado.
- Ya es como para que estuvieras acostumbrado.
- A esto no hay dios que se acostumbre. – Se quejó. – Tú es que eres alemán. A vosotros hay que daros de comer a parte.
La risa de Erik sonó demasiado alta.
- Bueno, bueno, abrígate y ya está.
- Erik, si muero congelado, dile a mis padres que los quiero. – Dijo con dramatismo fingido.
- Exagerado. – Rio él. – No te aburras demasiado allí solo.
- Descuida.
Colgó y separó lentamente el teléfono de su oído, todavía mirando aquella ventana con los cristales empapados.
- Joder. – Musitó.
El día estaba siendo muy tranquilo. La residencia estaba realmente abandonada pues prácticamente todo el mundo había regresado a su casa para pasar la navidad con su familia. Casi podía sentarse una persona por mesa en el comedor y en la sala de estudios estaba solo.
-Podríamos traer algo de comida el día de navidad. O ir a comer fuera. – Propuso John mientras rebuscaba entre los libros de una librería cercana a la residencia.
Era una tienda de las de siempre. Con los muebles de madera sin pintar y estanterías altísimas. No solo vendía libros, también material escolar, tenía una sección de regalos en una esquina e incluso vendía papel decorado para forrar lo que te viniera en gana.
- Prefiero traer comida. – Dijo Sherlock. - ¿Qué libro buscabas?
- Bioquímica humana. – Le recordó. – Podríamos probar el Indio este de cerca del supermercado.
- Ya lo he probado, es todo muy intenso. – Dijo mientras sacaba un libro de la estantería para mirarlo mejor. - ¿Es este?
John lo miró.
- Sí. – Cogió el libro y se dirigieron al mostrador. - ¿Cómo que intenso?
- Sí, intenso. Sabores fuertes, muy especiado,… Intenso.
- Ya. – Dijo mientras pagaba. – Pues quiero probarlo.
- ¿Alguna vez has probado la comida árabe?
- No.
- Pues también es muy intensa. Aunque la india más.
Al salir de la tienda ya estaba oscuro y nevaba. Los copos caían, haciendo eses por el camino, y se depositaban en los abrigos de los viandantes, calándolos por completo. John suspiró y maldijo el que ninguno de los dos se hubiera traído paraguas.
Ambos se sumaron a los muchos peatones que corrían buscando cobijo.
Una solitaria guitarra empezó a sonar en la pequeña habitación de John, acompañada por una voz masculina hablando en susurros. Una canción preciosa de una leyenda del rock y John miraba la pantalla de su teléfono móvil dudando.
Un pequeño nudo en su garganta lo estaba ahogando y, uno de sus dedos, apretó la tecla verde del aparato.
- ¿Diga?
- Buenos tardes, John. – Saludó Annie. – Feliz navidad.
- Y prospero año nuevo. – Contestó el muchacho, sonriendo solo un poco.
- ¿Qué tal el día? – Preguntó. - ¿Hace mucho frío?
- Sí. Está nevando estos días. Pero me imagino que allí es más de lo mismo.
- Más o menos. – Contestó amable la muchacha.
Hubo un pequeño silencio.
- Solo quería saludar y desearte una feliz navidad. - John no supo que decir. Podría haber cortado el ambiente con un cuchillo. – Bueno, solo eso. Adiós.
- Adiós. – No pudo evitar sonreír amargamente.
- John. – Lo llamó.
- ¿Sí?
- Te quiero. – Su voz sonaba extraña. Ahogada.
- Y yo.
Sí. La quería. Pero, ¿en qué parte del camino había dejado de ser divertido?
Oh, Dios, sus ojos. Eran preciosos. Marrones. Y su pequeño cuerpo cálido. Y su vocecilla cantarina.
Pero, ¿cuándo habían dejado de ser suficiente?
- John. - Lo llamó de pronto Sherlock desde la puerte. - ¿Vamos?
Las calles estaban llenas de grupos de jóvenes y parejas de novios. John y Sherlock caminaban deprisa hacia un restaurante hindú algo lejos de la residencia universitaria. Sherlock caminaba delante.
John se sentía algo desanimado desde hace un tiempo, pero había decidido que esa noche se lo iba a pasar bien. Todo ese tiempo se había esforzado mucho en sus exámenes y no iba a dejar pasar la oportunidad tan fácilmente.
Por Dios, era navidad.
El restaurante no era diferente al resto de restaurantes que podías visitar en la ciudad. Probablemente se habría esperado algún tipo de decoración extravagante como pasaba con los restaurantes asiáticos en general. Entraron y se colocaron en la fila de pedidos.
- ¿Qué puedo pedir? – Preguntó cuando, después de un tiempo, su turno se aproximaba.
- Para mi este plato de aquí… - Dijo señalando un menú plastificado. – son como una especia de rollitos de carne picada con sabor a curry. Este otro pica, bastante, así que no te lo recomiendo y éste es arroz con pollo y especias, básicamente, está bueno. Los demás no los conozco.
John miró la fotografía junto al nombre de los platos.
- Vale, pues pide eso.
Una vez ya les habían servido los platos en bolsas de plástico se dirigieron a la residencia con la misma velocidad con la que se habían ido de ella. Y Sherlock, otra vez, iba por delante.
John pensó que su vida, como la de cualquier otro, debía estar llena de problemas.
¿Quién sabe? El divorcio de sus padres, la muerte de su abuela o baja autoestima, o lo que fuera. Pero solo podía ver una figura que caminaba firme algunos pasos por delante de él. Y tenía la sensación que, del mismo modo que el viento lo rozaba apenas al pasar junto a él, lo asuntos que a otros los hundirían, a él ni le despeinaban. ¿Era el galo a prueba de bombas o estaba más triste de lo que parecía?
Entraron en la habitación de John, que estaba más ordenada, y se quitaron los abrigos.
- Siéntate en el suelo, coge cojines o lo que sea, no quiero manchar la cama. – Dijo mientras sacaba los recipientes con comida y los tenedores de plástico.
- ¿Te gusta James Bond? – Preguntó mientras señalaba un poster en la pared.
- Sí. – Dijo.
- ¿Quién es?
- ¿No sabes quien es James Bond? – Preguntó John sorprendido.
- No, no lo se. ¿Una especie de policía o detective o algo así?
- Algo así: agente secreto. Es el personaje principal de una saga de libros.
- Ah. – Dijo con una suave sonrisa.
- ¿Qué pasa? – Preguntó mientras se sentaba junto a Sherlock en el suelo, apoyados en el lado de la cama.
- Nada. No he dicho nada.
- ¿Qué pasa? – Repitió. – Es un agente secreto. Eso mola.
- ¿Mola?
- Es bueno en su trabajo, siendo agente secreto... – Explicó. – Tiene mujeres…
- ¿Tiene mujeres? ¿Mola porque tiene mujeres?
- No tergiverses mis palabras. Es bueno y siempre sale ileso, es un chulo.
- Yo también lo sería.
- ¿Un chulo? Ya lo eres. – Dijo riendo.
- Me refería a lo de ser bueno en todo ese mundo. – Sherlock le dio un codazo a John en el brazo.
- Ya… - Dijo John sonriendo, mientras empezaba a comerse su plato.
- De hecho, seré "detective consultor"
- ¿Eso que es? – Preguntó John dejando de prestar atención a su comida, muy especiada, para mirar a su compañero.
- Que cuando la policía tenga un caso complicado entre manos y esté perdida, me llamarán a mí.
- ¿Eso existe?
- Sí. Lo he inventado yo.
John rio a carcajadas.
- Eso es un disparate. La policía no le pide ayuda a los aficionados.
- Este mismo verano ayudé a resolver un caso en Scotland Yard.
- Imposible.
- Te digo que sí.
John lo miró. Sherlock estaba serio.
- ¿De verdad?
- Sí. – Aseguró.
- Eso es asombroso. – Dijo con los ojos muy abiertos. – Debes de ser muy bueno en eso, entonces, para que la policía te deje participar.
- Lo soy. – Contestó orgulloso.
John rio dejando su recipiente de plástico en el suelo.
- Tan bueno como engreído.
- Es lo que tiene que te digan tantas veces que eres un genio. Al final te lo crees.
- Sherlock Holmes. – Dijo John, mientras se giraba y volvía a coger su plato para seguir comiendo. – El único detective consultor del mundo.
Sherlock rio.
- Suena bien. – Agregó John.
- Suena muy bien.
Ambos rieron y siguieron comiendo.
- John. – Lo llamó. - ¿Te gusta la comida?
- Sí. Es… intensa.
Sherlock asintió sonriendo. John se calló pensativo.
- ¿Tocarías el violín para mí? – Preguntó dejando el plato casi vacío en el suelo. – Me apetece escucharlo.
El muchacho lo miró, asintió y fue a buscarlo a su habitación. Al volver, lo sacó de su fonda con la maestría que otorgan años de experiencia y se le acercó, arrodillándose frente a él.
- ¿Qué quieres que te toque? – Preguntó mientras probaba las cuerdas para ver si se había desafinado.
- Todas las canciones que tocas suenan bien.
- No me refería a eso, pero bueno. - Dijo colocándose el violín en el hombro. John se sonrojó y Sherlock sonrió orgullose en su azaña.
Después empezó a tocar.
La melodía era suave y lenta. Un movimiento de arco que arrancaba notas agudas y alargadas que se desvanecían con suavidad. La música envolvía la habitación y Sherlock cerraba los ojos con suavidad mientras tocaba el instrumento.
A John le encantaba la manera en la que tocaba. Como parecía darlo todo, como si realmente lo amara. Algo tan inútil como la música. Sherlock era capaz de amar cosas como esa y disfrutar de ellas. Quizá así cobraban razón de ser, porque a Sherlock le gustaba tocar. Entonces no se aburría.
Sherlock abrió los ojos y lo miró. Su mirada era intensa, sus rizos negros se movían al compás de su mano, su piel parecía más blanca que nunca. John abrió un poco la boca, siendo incapaz de apartar la mirada de sus ojos ahora casi negros. Era hipnótico.
El muchacho sonrió un poco, con picardía.
Y agitando su brazo con fuerza, la música se volvió más intensa y más feroz. Y las notas, más graves, salían con fuerza de las cuerdas del Stradivarius. Y saltaban salvajes por la habitación, haciendo casi vibrar los cristales. Y las luces y sombras se movían juguetonas por el cuerpo de Sherlock. Su respiración se unía a la intensa sinfonía, su pulso a cien y a John se le estaba congelando el alma.
Todo quedó a oscuras y la música se paró de golpe. Ambos muchachos miraron a su alrededor sin poder ver nada.
- ¿Qué ha pasado? – Preguntó John algo aturdido, oyendo su corazón saltando dentro de su pecho aún.
- Se debe de haber ido la luz. – Dijo él.
– Voy a coger mi movil.
- ¡Ay! Me has pisado. –Gritó.
- Lo siento; es que no veo nada.
John encontró su móvil tanteando en la oscuridad y lo usó como linterna para llegar hasta su armario y buscar una de verdad. Pero no encontró nada y volvió a sentarse, con el móvil en el suelo frente a ellos.
- Lo que nos faltaba. – Se quejó. – A oscuras.
- Pues solo somos nosotros. – Dijo mirando por la ventana, observando como aún entraba luz de fuera. – Deben de haber saltado los plomos o algo.
- Estupendo.
Sherlock lo miró y apartó los restos de la comida con el pie.
- Pues ahora no tenemos calefacción, tampoco. – Recordó.
- Arg. – John cerró los ojos un segundo y maldijo su mala suerte. – Joder, ya empieza a hacer frío.
Se giró un poco y tiró de la colcha de su cama hasta que calló sobre ellos y se la colocó como buenamente pudo. Tuvo, entonces, que apretar un botón del móvil para que volviera a iluminar, aunque no fuera demasiado.
- Eres muy friolero. – Rio el gabacho.
- Será que en mi pueblo no hacía tanto frío. – Explicó. – Y no acapares toda la manta.
- No lo hago es que estás muy lejos. – Sherlock se acercó a él, quedando sus hombros pegados.
- Esto no funciona. – Se quejó, viendo como una colcha de una cama individual pequeña no podía abarcar a dos persona de su condición. Sherlock bufó y levantó el brazo mientras se pegaba más a él, aún, y lo colocaba sobre su hombro.
John se sonrojó un poco, pero no dijo nada.
- ¿Mejor? – Preguntó él.
- Sí. – Musitó, rígido y sin saber bien como colocarse.
Sherlock giró un poco la cabeza y sus labios tocaron su oído.
- Relájate. – Le susurró.
Quedaron sin moverse un par de minutos esperando que la luz volviera y la pantalla del movil se apagó, pero nadie volvió a encenderla.
John lo miró, entonces. Y todas las luces que iluminaban la calle; edificios, farolas y adornos navideños; entraban por la ventana de la pequeña habitación. Le daban en la cara al gabacho, pintándole brillo en el pelo, en los ojos y en los labios, y dejándole el otro perfil más oscuro. Y el cuello de la camisa estaba desabotonado, dejando al aire su cuello y parte de las clavículas.
Y John pensó que esa imagen era bonita.
- ¿Qué? – Preguntó este, notando que lo observaba.
- No. Nada. – Dijo rápido, mientras se sonrojaba y desviaba la mirada. – Solo… miraba hacia ti.
- Vale. - Sonrió y giró la cabeza para mirarlo por completo.
Pero John no se giró.
Entonces la mano libre de Sherlock se deslizó y lebantó la zona de la colcha donde estaban las manos de John y colocó las suyas sobre las de él, que estaban fías..
Sus largos dedos acariciaban la mano de John, haciendo formas ilegibles por el dorso y la palma, provocándole escalofríos. Metió lentamente un dedo por la manga y acarició la muñeca, contento de poder notar como se le erizaba el vello bajo su toque lento.
John estuvo mirando en todo momento la maniobra, notando la suave caricia en cada centímetro de piel y el suave calor que dejaban tras ésta. Un escalofrío le recorrió la espalda y su corazón iba a toda velocidad.
Era su aliento esa suave brisa caliente que le rozaba el cuello.
- John. – Susurró su voz grave.
Y solo tragó saliva.
- John.
Cerró los ojos.
- John. – Susurró otra vez cerca de su oído.
Y se giró apenas, mirándolo por el rabillo del ojo.
- Feliz navidad. – Dijo con una suave curva en sus labios.
Quedaron así, ambos, mirándose en la oscuridad de la pequeña habitación, y estando demasiado cerca.
- Feliz navidad. – Repitió.
La mano salió de la manga y subió con lentitud, como pidiendo permiso, por el brazo hasta llegar a la zona del pecho. Ambos siguieron el recorrido de la mano y luego Sherlock lo miró a él.
- ¿Tienes frío? – Aquella voz en un susurro le hizo estremecerse, tan profunda como era.
- No. – Dijo, fijando sus ojos en algún punto de la habitación. – Estoy… bien.
Hubo un silencio.
- Pero estás frío. – Sus dedos, fríos y juguetones, metieron la punta bajo el cuello de su camiseta.
Y John siguió sin girar la cabeza del todo.
- Estoy bien. – La voz se le cortó ligeramente.
Su cuerpo era cálido, pegado al suyo, y el pelo de Sherlock le acariciaba deliberadamente en el cuello, haciéndole cosquillas. Sus labios rozaron las mejillas de John, haciendo que pegara un minúsculo salto, sobresaltado.
- Ssssh.
La mano subió lentamente por el cuello, rozándolo apenas.
- Tranquilo. – Susurró mientras llagaba hasta la mandíbula. O un poco más arriba, bajo la oreja y a mitad de camino de la mejilla. – No te voy a morder.
John tragó saliva y giró la cabeza para mirarlo, encontrándose con los ojos de Sherlock increíblemente cerca. Y sus labios se rozaron.
Se quedaron ambos en silencio.
- John. – Lo llamó, mirándolo directamente a los ojos. - ¿Puedo besarte?
Bajó John la mirada hasta los labios de su compañero y se escuchaba a sí mismo respirar con dificultad. Tragó saliva y un "sí" casi inaudible escapó de entre sus dientes y Sherlock pudo notar al aliento cálido chocar contra él y recortó el par de milímetros que separaban sus bocas.
Sherlock lo besaba con calma; mordiendo con suavidad y moviendo la lengua deliciosamente.
John respondió al beso cerrando suavemente los ojos y acompasando sus movimientos a los de él. Notaba como su cara empezaba a arder y el vello se le erizaba cuando Sherlock bajó la mano hasta su cuello y acarició su nuca. Despacio. Muy despacio.
Un par de gemidos roncos sonaron en la habitación al separarse y ambos se miraron.
Y probablemente John ya era capaz de darse cuenta de cómo eran las cosas en aquel momento.
No quería a Annie.
Annie era la imagen de lo correcto, la imagen del tipo de persona que sus padres le habían enseñado a amar. Lo que la sociedad le había enseñado a amar. Era el trabajo estable, la casa en las afueras y el coche familiar lleno de críos. Lo que tenía que hacer si, de forma sumisa, obedecía los patrones que le habían impuesto.
Y era guapa y era buena. Pero no la amaba.
Y Sherlock, Oh. Él era un torbellino. Moviéndose con nerviosismo, destrozando toda idea previa, todo esquema ya montado, todo lo que estaba bien, para dar su propia versión de cualquier cosa, única y alocada, y conseguir que sea aceptada. O no.
Pero era la libertad, la gracia y el descontrol.
La aventura.
Era, quizá, la decisión correcta.
Vale, se que ya van dos veces que os hago pensar que va a haber sexo y no lo hay, pero vendrá y espero qeu cuando eso pase me encuentre un montón de comentarios... no quiero ser pesada y lo estoy siendo, lo siento.
Gracias por leerme y esas cosas y gracias a todos lo que me comentan (Blann, tú también aunque no pueda contestarte porque no tienes cuenta)
Espero que hos haya gustado y eso. Hasta el próximo jueves :)
