Los miserables pertenece a Victor Hugo. Yo solo mancillo su obra con temor a que su fantasma me vaya a perseguir por tal osadía.


Luz de bengalas y aroma a petardos.

De buena mañana.

Contrario al resto de los días, aquella mañana Joly no tuvo que ir a su primera clase, su profesor se encontraba de seminario de neurociencia fuera de Francia, algo beneficioso para el joven estudiante de medicina, a quien la hora y media de sueño que tuvo le sentó muy bien, puesto que llegó cansado a casa la noche interior a causa del día de huelga.

Iba en el autobús, a media mañana su ruta tenía menos personas en aquel medio que en el metro. Consultaba el correo, leyendo un mensaje de su compañero en el trabajo de las células madres, cuando empezó a recibir un bombardeo de notificaciones a causa del grupo.


LES AMIS DE L'ABC

*Combeferre [10:07]

La policía está revisando las mochilas de los estudiantes en la facultad de derecho.

*Courfeyrac [10:07]

Aunque creo que hoy no terminan, Enjolras se está negando y le han llevado aparte…

*Jehan [10:08]

También han venido a Bellas artes.

*Éponine [10:09]

En letras están entrando en las clases.


Aquello pintaba cada vez más feo a medida que los mensajes le iban llegando. De vez en cuando, Joly alzaba la cabeza para saber más o menos a qué altura estaba. Cuando el autobús entró al Campus pudo vislumbrar el dispositivo policial que se había desplegado. Varios furgones aparcados cerca de la rotonda que separaban las dos zonas del campus, en las puertas de las facultades policías antidisturbios vigilando que nada pudiera escaparse.

El autobús fue parando en las distintas marquesinas. La biblioteca, la facultad de derecho, donde parecía haber más jaleo, por los movimientos que había en la puerta, y Joly pudo intuir el motivo a raíz de los mensajes.

El móvil no dejaba de vibrar en sus manos, aunque no miró ningún mensaje nuevo hasta que no llegó a su parada, en efecto, también había policías. En la escalinata, libre de la visión de éstos, Joly desbloqueó el teléfono y miró los últimos mensajes que había recibido, parándose sólo en uno, que parecía el más importante.


LES AMIS DE L'ABC

*Combeferre [10:19]

Esta tarde, quien pueda, que se acerque al Musain para reunión urgente. Nos reuniremos sobre las cinco.


A pesar de que la cosa pintaba seria, y es que por norma general la policía no solía ir al campus y menos entrar en las facultades, Joly aquella tarde tenía prácticas, por lo que le iba a ser imposible ir. Ya Bossuet le contaría lo que habían estado debatiendo. Escribiendo una escueta respuesta anunciando su imposibilidad para ir, antes de bloquear el teléfono para guardarlo en el bolsillo. No sabía si los inhibidores de frecuencia estaban encendidos, así que quizás podía cruzar las puertas de la facultad y encontrarse con que no tenía cobertura.

Suspiró colocándose la mochila en el hombro y subió la escalinata pasando por delante de un par de policías. Conforme entró en la facultad, otro se le acercó y le anunció que tenía que ponerse a una cola para que pudieran comprobar que no llevaba nada peligroso. Junto a él, entró una chica, que intentó escaquearse alegando llegar tarde a un examen, aquello poco le sirvió y tuvo que ir a guardar cola.

Aquella iba a ser una mañana muy larga.


Cuando dos son multitud

Cerró el portátil una vez este se apagó y lo guardó en la mochila. Por suerte, o por desgracia, la intervención de la policía durante la clase de Literatura anglosajona había logrado que el profesor diera por zanjada la clase antes de tiempo, y Éponine pudo meterse durante casi una hora en la biblioteca para ponerse con el trabajo para la asignatura de fonética.

Casi lo había terminado, pero si quería comer antes de irse a trabajar debía irse ya a la cafetería a comprarse algo, dado que aquella mañana no le había dado tiempo a prepararse la comida.

Bajó las escaleras de la facultad hasta el sótano, donde estaba la cafetería, y entró. Se dirigió directa a la barra y pidió una hamburguesa, que aquel día estaba en oferta y venía con bebida gratis. Mientras esperaba, se volvió hacia el interior del lugar, para ver si había alguien conocido, aunque pronto se volvió para concentrar la mirada al frente. Había visto a Cosette y deseaba que esta no la hubiera visto.

Pero en cuanto llegó su pedido y quiso salir a la terraza para comer se dio cuenta de que no.

— ¡Éponine!

A la rubia no le hacía falta volverse para saber quién la llamaba. Lanzó un suspiro y despacio se dio la vuelta para caminar a la mesa en la que estaba Cosette, aparentemente estaba sola.

—Hola, Cosette. —Intentó sonar simpática, mostrando una leve sonrisa.

— ¿Vas a comer? —Quizás el ver a la joven con un plato en la mano le hizo darse cuenta de lo estúpida que había sido esa pregunta. — ¿Quieres sentarte? Digo, sino estás con nadie.

Le hubiera tentado decirle que no, pero Cosette ya estaba dentro del grupo de les amis y no quería que hubiera malos rollos. Además, tampoco sabía si afuera había sitio para comer, por lo que dejó el plato frente a la chica y la mochila en una de las sillas libres, llevando el portátil le gustaba tenerla cerca y siempre bien vigilada. Ella, mejor que nadie, sabía cuan de rápidas podían llegar a ser algunas manos.

—No, eh, creo que mis compañeros ya se han ido a casa… —Se sentó, llevándose una de las patatas fritas que venía con la hamburguesa a la boca. — ¿A tu clase también ha ido la policía?

—Sí, aunque no pasó nada serio… ¿Cómo le habrán ido a estos?

— ¿No lo has visto por el grupo? A Enjolras casi le detienen por "negarse a cooperar". Por fortuna tenía la mochila limpia… —Puso los ojos en blanco a tiempo que se comía otra patata. — ¿Quieres? —Preguntó ofreciéndole. Siempre le incomodaba comer, mientras el resto no lo estaba haciendo, y Cosette no tenía ningún plato a la vista.

—No, gracias. Mi menú debe estar a punto de llegar. —Miró hacia las cocinas, antes de volverse de nuevo a Éponine. —Y bueno, durante las horas lectivas procuro tener los datos desconectados, para evitar distracciones y esas cosas. —Sonrió, colocándose un mechón de cabello castaño detrás de la oreja.

Éponine miró la hora en el reloj de muñeca. No quería llegar tarde a trabajar por esperar a que a Cosette le llegara el menú.

—Entonces no te habrás enterado que se ha convocado reunión en el Musain para esta tarde.

— ¿El Musain?

Justo en ese momento, uno de los camareros encargados de las mesas durante esas horas, llevó el primer plato del menú de Cosette.

— ¿No conoces el Musain? —Ante la negativa de la joven, Éponine siguió hablando. —Es el lugar donde siempre nos reunimos. Es un bar que está cerca de la Plaza de la República.

—Vaya… —Empezó a comer el risotto que había pedido, mientras pensaba aquello. Le encantaría ir a la reunión, que sería su primera reunión, pero… —Lastima que tenga clases… ¿tú vas a ir?

—Que va, tengo que irme a trabajar…

— ¿Trabajas? —Sonaba sorprendida, como cuando dos amigas se ponían al día después de mucho tiempo sin verse. Sólo que ellas no eran amigas. Quizás conocidas o algo así.

Tamborileó los dedos sobre la mesa, ante la mirada de Cosette, llevándose una patata a la boca antes de responder.

—Sí… Ah. En una cafetería, en Vaugirard.

—No está muy lejos de aquí. —La joven morena meditó unos segundos antes de hablar, calculando donde estaban y donde estaba aquella cafetería.

—No. Aunque sí está algo lejos de casa.

—Seguías viviendo en Vincennes, ¿verdad?

—Sí.

La incomodidad en aquella mesa no dejaba de aumentar. Por fortuna se terminó pronto la hamburguesa y tras beberse el refresco que había pedido, se limpió las manos y recogió sus cosas.

—Bueno, yo me tengo que ir.

Quería salir corriendo de allí cuanto antes. No tenía conversación con Cosette y todo era sumamente incómodo.

— ¡Que te vaya bien!

En especial, cuando Cosette se empeñaba en ser alguien encantador con ella.

A trompicones, Éponine se colgó la mochila en un hombro, casi volcando la silla, y cogió el plato, junto a la lata, para dejarlo en la barra. A continuación se despidió de Cosette con la mano antes de salir por la puerta trasera de la cafetería.


Primer aviso

No sabía cuánto tiempo había pasado allí sentado. Había primero sido llevado hacia el decano. Luego había ido a verle dos tipos de la administración, y posteriormente el propio rector. Todos tenían una idea clara. Le consideraban a él el líder de Les Amis, o "el grupillo ese de la universidad" como lo habían estado denominando, y como líder era con quien querían hablar. Querían que dejaran de hacer aquello. Por qué nunca lo habían llamado por su nombre.

Nunca habían dicho que querían que dejara de defender al alumnado. Que querían que dejaran de ser un alumno problemático. Que dejara de inmiscuirse en los asuntos de la universidad.

—Que siga siendo una oveja más del rebaño. —Concluía siempre, con los brazos cruzados, la pierna cruzada, y mirada desafiante.

Primero frente al decano, el cual intentó disuadirle, que aquello no fuera a más. Sin embargo aquello no era tan sencillo como habían imaginado en un principio. Y tras el decano fueron los tipos de administración, posteriormente el vicerrector y finalmente el rector.

Enjolras pasó por ellos como si nada, ignorando sus palabras, y respondiendo de manera mordaz, sarcástica. Sólo tiempo después pensaría que posiblemente aquella actitud podría haberle acarreado que le expulsasen de la institución. Por fortuna parecían estar demasiado ocupados queriendo detener aquella oleada de revolución que aparentemente cada vez iba a más que pasaron aquella insolencia por alto.

En un vano intento por parte del rector de convencer a Enjolras de que todo aquello era una pérdida de tiempo, acabó recurriendo a su juventud, a hablarle como él, de más joven, había también participado en mayo del 69. Que hacía muchos años de eso. Que ya las cosas no se solucionaban de ese modo. Que en aquel momento tampoco se solucionaban así.

Con el rostro impasible, una mano tamborileando sobre el reposabrazos de madera y una pierna cruzada sobre la otra, Enjolras no quitaba ojo al rector. Que ante el carácter, tan difícil de controlar, no le quedó otra.

—Voy a tener que llamar a la seguridad de la universidad, a ver si ellos te hacen cambiar de opinión.

El rector salió del despacho, cerrando tras de sí la puerta, y por un momento Enjolras se temió lo peor. Como que se saltaran los derechos humanos por el forro y le dieran una paliza hasta que accediera a abandonar aquellas actividades. Antes toparía con sus huesos en un hospital que dejar aquello por lo que creía.

Le hubiera gustado coger el móvil y enviarle un mensaje al grupo, pero se lo habían quitado antes de entrar en el lugar, por lo que no le quedaba otra que esperar a salir de allí. Y que entre los trabajadores de la universidad nadie supiera de desbloquear móviles, ya que de acceder al grupo sus compañeros podrían acabar en graves problemas.

Luego lo meditó mejor. Era mucho pedir que allí alguien cayera en la cuenta de la cantidad de información que se podía sacar de un móvil.

La puerta se abrió y por ella entró un hombre con el uniforme de los de seguridad, pero con porte mucho más regio. Enjolras no le conocía, por lo que en un primer momento pensó que podría ser aquel guardia tocapelotas. Pronto confirmó que así era.

El hombre caminó con paso firme por el despacho hasta llegar al sillón que se encontraba al otro lado de la mesa, justo enfrente de Enjolras, y tomó asiento. Salvo la primera mirada, el resto del tiempo el rubio se dedicó a mirarle de reojo, quitándole todo lo alto cargo y todo el respeto que le pudiera tener por su cargo. Un perro del gobierno no tenía derecho al respeto.

—Así que tú eres de ese rojerío que va correteando ahora por la universidad. —El guardia apoyó los codos sobre la mesa, ocupando espacio.

—Así que tú eres ese que ha venido a incordiarnos un poco solo porque decimos cuatro verdades.

Aquel comentario le sacó una risa, que pareció más una mueca, sino fuera por el sonido que salió de sus labios. Enjolras, ante aquel gesto, alzó una ceja.

—Enjolras, ¿verdad? —No le dejó decir nada, puesto que conforme soltó aquella pregunta, siguió hablando. —Sí. Un historial interesante. Detenido por la policía hace un par de años. Tengo entendido que no te pueden volver a detener o irás directo a la cárcel.

—Que yo sepa no estoy detenido. —Ni había motivos para que le detuvieran.

—Cierto, pero eso puede cambiar muy rápido. —Por un instante, Enjolras sintió que el hombre iba a sacar unas esposas de un bolsillo y se las iba a poner allí mismo, pero los simples guardias no tenían aquel poder, ¿no? —Dime, ¿qué lleva a un joven de buena familia, buena educación, un gran futuro, a tirarlo por la borda de esa manera viéndose relacionado con actividades propias de un bala perdida?

Esta vez, fue el rubio quien hizo una mueca a modo de respuesta, mientras se encogía de hombros, deshaciendo el cruce de piernas, para apoyar los codos sobre las rodillas, y mirar muy fijamente al hombre al otro lado de la mesa.

—Dime, ¿qué lleva a alguien a querer entrar en un cuerpo que sólo defiende leyes injustas para la mayoría?

Le estaba provocando, y Enjolras podía verlo en su rostro, en sus gestos, en sus leves gestos, como esa ceja que se estremecía, como en una especie de tic.

—Eres más obstinado de lo que pareces. Voy a estar expectante ante la llegada de ese día en el que te detengan y des con tu cuerpo en la cárcel. Tanto tú, como el resto de tu grupito. Ni el nieto del conde, ni el hijo del ministro se librarán.

—Pero por el momento me marcho. Que tenga un buen día, —Enjolras se fijó en la placa de identidad que llevaba el hombre enganchada en el bolsillo de la camisa del uniforme, —Javert.

Sin esperar autorización, se levantó de la silla y salió del despacho, dejando al hombre en el interior, que no apartó la mirada de la puerta cerrada, hasta varios segundos después de que ya el muchacho se hubiera ido.


La ley es poder

Javert se quedó dentro del despacho. Un par de minutos después de que Enjolras hubiera salido, entró el rector de la universidad, el cual empezó a parlotearle sobre los tiempos que corrían y de cómo cada vez era más difícil mantener a los alumnos dentro del redil.

Sin embargo, Javert no le escuchaba. Su pensamiento estaba en el modo en el que iba a atrapar a aquellos delincuentes antes de que fuera demasiado tarde como para poder controlar aquello que estaba empezando a moverse.

Su misión, cuando había llegado a la seguridad, era bien sencilla. Detener a Enjolras y al resto. Evitar que provocaran la caída del sistema. Y por encima de todo, evitar que se dieran cita con el resto de movimiento que se estaba dando en casi todos los sectores del país.

Bien era conocida la idea que había últimamente de unir las luchas y con ellos buscar una mayor fuerza a la hora de luchar. La misión de Javert era evitar que la lucha de la universidad se convirtiera en la lucha de los vagos de París. De esos grupos que sólo sabían destrozar, sin hacer nada provechoso con sus vidas, más que meterse en la ajena. Más que pedir que un país con tanta historia como Francia, se fuera a pique.

Y mientras Javert estuviera vivo y sirviera al estado aquello no ocurriría.

Dejando al rector con la palabra en la boca, Javert salió de despacho y del edificio, rebuscando su teléfono móvil en uno de los numerosos bolsillos que tenía entre los pantalones y la camisa. No sabía para qué necesitaría el uniforme tantos bolsillos, más que para perder la cabeza.

Buscó en la agenda el teléfono de uno de los hombres que estaban a su cargo en aquella misión, y le dio al botón de llamada. Esperó dos tonos antes de que le cogieran el teléfono.

—Se acabó el buen rollo. —Ni siquiera permitió que el otro hablara.


El poder pertenece a los que luchan

Aquella misma tarde, reunidos en el Musain, esperaban a que alguien decidiera a tomar una posición de líder. Se encontraban sentados alrededor de una mesa, estaban todos a excepción de Feuilly, que tenía que trabajar, Éponine, quien tenía la misma información, y Cosette, que había comentado por el grupo de mensajería instantánea que tenía clase con esa profesora con la que se salió de clase el día de la huelga.

Y Enjolras. Si la reunión no había empezado todavía era porque Enjolras no había llegado y nadie sabía nada de él. La última noticia que habían tenido, y que Courfeyrac había contado cuando habían llegado todos al local, es que le habían llevado al decanato, le habrán requisado el teléfono, en vista de que no respondía los mensajes, aunque llegados un punto se le había apagado. O eso querían creer.

Tanto él como Ferre habían querido esperarle, pero un par de guardias le echaron de allí, y le advirtieron que no montaran lío sino querían acabar como su amigo.

— ¿Qué creéis que le pasará a Enjolras?

La voz era de Marius. La primera voz que se escuchaba desde que Courfeyrac hubiera terminado el relato. A excepción de algunos comentarios que Grantaire compartía con Mabeuf en la barra del local.

Tras la pregunta, el resto se sumió en un silencio, meditando aquello. Era complicado dictaminar en qué tal lío se había metido Enjolras.

—Bueno, realmente Enjolras sólo ha sido llamado por no querer ser requisado por la policía. No llevaba nada en la mochila, ni pancartas, ni spray, ni carteles… Realmente solo le pueden llamar la atención por cabezón. —Las palabras provenían de Combeferre, mientras se colocaba las gafas sobre el puente de la nariz con un dedo, antes de volver a cruzarse de brazos. —Y sólo se lo han llevado al decanato. Ni siquiera ha intervenido la policía en eso.

—Ahí te equivocas. —Un nuevo, y esperado, llegado. Enjolras cruzó la puerta del Musain. Portaba, además de su mochila, varias bolsas de una papelería cercana al piso que Enjolras compartía con Courfeyrac y Combeferre, donde solían ir a imprimir los carteles y los panfletos por las ofertas que les hacía.

Dejó las bolsas y la mochila encima de la mesa, antes de ocupar la cabecera del Musain. Bossuet y Marius, curiosos por las bolsas, las abrieron para encontrarse con varios carteles con lemas en contra de la entrada de la policía a la universidad, y la protección de la autonomía que esta tenía. A parte de otros carteles que señalaban las irregularidades que la universidad había estado cometiendo con las libertades de sus alumnos. Y una bolsa entera con panfletos de todo aquello.

Parecía que Enjolras se había vuelto loco, o estaba planeando algo importante para hacer.

—Lo primero, ¿alguien tiene un cargador? —El rubio sacó de su bolsillo su teléfono móvil. —Se me ha quedado sin batería mientras estaba dentro del despacho del decano.

Jehan, presto, sacó de su mochila su cargador. Compartía modelo de teléfono con Enjolras. Rápido, conector el cable en uno de los enchufes que había por todo el Musain, y volvió a ocupar su sitio.

— ¿Quieres explicar que ha pasado ahí dentro de una vez? —Esta vez habló Bahorel, sentado a la mesa, con los codos apoyados en esta, y una cerveza a uno de sus lados.

—Me he reunido con el Jefe de la Seguridad del campus. O mejor dicho, un perro del gobierno.

— ¿Policía? —La voz de incredulidad se sucedieron entre los presentes.

Incluso Grantaire, que solo escuchaba, más atento a su cerveza que a la reunión se vio obligado a mirar hacia la figura de Enjolras, que mantenía su semblante serio.

—Eso me ha dado a entender. Llevaba el uniforme de los de seguridad, pero su tono y la forma que tuvo de hablar no eran las de un simple guardia. —Se llevó una mano al mentón, meditando las palabras que le había dedicado. —Viene a detenernos. Me lo ha dejado bien claro. En especial, por Marius y por mí. Somos los que tenemos la advertencia y los que están claro que si nos pasamos de la raya podemos ir a la cárcel.

Aquella afirmación hizo que Marius tragara en seco. Ya había estado una vez tras unas rejas, y aunque solo era una celda provisional, no tenía ganas de quedarse en una para siempre. Ni aunque Enjolras fuera su compañero de prisión.

—Grantaire. —Enjolras siguió hablando, alzando un poco la voz para que llegara perfectamente a la barra. —Al parecer también le parece bastante interesante el detenerte a ti.

Como respuesta, el moreno alzó la cerveza que se estaba bebiendo en aquel instante.

—Pues que lo intente. —Comentó lanzando una carcajada antes de darle un trago a la botella.

— ¿Qué vamos a hacer? —Joly tenía la mirada concentrada en todos los carteles que ahora estaban repartidos por toda la mesa.

—He diseñado estos carteles mientras iba en el autobús. He pensado en hacer una semana intensiva de pegadas de carteles por las facultades y reparto de panfletos por las calles. Si no entramos en las facultades con ellos, no nos pueden decir nada. —Al ver las caras de sus amigos, Enjolras siguió hablando. — Sé que ahora más que nunca pegar carteles nos puede buscar bastantes problemas. Pero no nos podemos quedar de brazos cruzados. No ahora, que les parecemos peligrosos. Que han venido a nosotros a decirnos que nos detengamos.

—Hombre, o nos detenemos o nos detienen ellos. —El comentario salió de Grantaire, que parecía estar hablando con Mabeuf, pese a que este tenía la mirada concentrada en el grupo.

—Grantaire, si no vas a decir nada provechoso, mejor no digas nada. —Enjolras no tardó en responderle, apoyando una mano en la mesa.

—Oh, vamos, sabes que sólo tienes que decirme hora para estar allí pegando carteles. ¿En serio necesitas mi confirmación? —Y volvió a beber, mientras le mirada, con las cejas alzadas.

Y tras Enjolras, poco a poco todos los presentes fueron confirmando su presencia para pegar carteles en aquellas noches y el reparto de panfletos en aquellos días.

—También tengo pensada otra cosa.

— ¿Por qué no me sorprende? —Bahorel estaba leyendo uno de los panfletos cuando se detuvo para escuchar esa nueva idea.

—El último día del cuatrimestre hay un acto en la universidad. Podríamos intervenir a nuestra manera.

—No. No. No. Y no. Por actos así prohibieron este tipo de asociaciones en la universidad. —Combeferre ocupó un lugar al lado de Enjolras, mirándole seriamente.

—Y precisamente por actos como ese se lograron conseguir muchos beneficios para los alumnos. Y además, ya no tenemos nada que perder.

— ¿Nuestra libertad te parece poco?

—La policía no puede entrar en la universidad.

—La policía ya ha entrado en la universidad.

El intercambio de palabras se fue sucediendo, iban tocando distintos puntos, distintos debates en torno a los asuntos en la universidad y relativos a la lucha estudiantil.

— Entonces no lo hacemos.

—No es eso, Enjolras, pero mira cuántos somos. ¿De verdad crees que somos capaces de hacer algo?

—Podemos hablar con la gente que sacamos de la anterior huelga. Quizás están interesados.

Las palabras de Joly le hicieron sacar a Enjolras una leve sonrisa. Por el momento sentía que había ganado aquello.