Sobrenatural
Había estado a punto de quedarse inconsciente cuando una sacudida lo regresó a la vigilia, Shion le miraba intensamente, preocupado.
–No te duermas.
Dohko asintió y se puso de pie. Los otros doce también deambulaban, desnudos y helados; todo estaba obscuro y las figuras rojas que les rodeaban no se habían movido. ¿Hacía cuanto tiempo que estaban encerrados en aquel lugar? ¿Cuánto tiempo tardarían los dioses en liberarles o en destruirles?
No lo sabían, quizá eso era parte el castigo. No estaban vivos ni muertos, estando muertos todo hubiera sido más fácil, volver otra vez al ciclo de la reencarnación y continuar; pero en cambio estaban encerrados, sin saber qué era del mundo, de su diosa, ni de sus compañeros. Dohko no sufría, la persona más importante para él se encontraba allí mismo, y confiaba en su discípulo para proteger a Atenea. Pero Shion les había advertido, que si se dormían, quizá fuera para siempre, en aquel lugar nada era seguro.
No hablaban mucho, sólo vigilaban pero no podrían estar así para siempre. Dohko se acercó al cuerpo desnudo de Shion haciéndolo sorprender.
–Dohko – dijo con un suspiro, poniéndose tenso. No estaban a solas, allí era imposible estar a solas. Pero finalmente volvían a tener cuerpos, por más que fueran sólo una proyección de sí mismos, estaban allí y podían tocarse, y el chino no podía aguantar más –¿qué… qué haces?
Porque había bajado sus manos de su espalda y le acariciaba íntimamente. Los demás detuvieron su andar, mirándolos de reojo, francamente impresionados. Hubo un levantamiento de protestas, pero Dohko lo acalló sujetando firmemente a Shion y recostándolo sobre el suelo negro de aquel lugar, que pareció absorberlos por un momento.
El lemuriano fue a decir algo pero fue callado por la boca de Dohko. Los demás se agruparon aparte, dándoles la espalda, pero aún podían escuchar el roce entre las pieles, los suspiros, la humedad.
Quizá eso iba a terminar por volverlos locos, estar allí encerrados sin otra cosa qué hacer, pero no parecía una idea demasiado mala, al menos enloquecer amando. Infectados por una necesidad extraña fueron acercándose unos a otros, hasta que los catorce cuerpos yacieron enredados unos con otros, en un frenesí carnal que no se parecía nada a un castigo.
FIN
