Capítulo 6

Todo lo que necesito.


Salió temprano en la mañana sin que ella lo viese, primero que nada, porque tenía que ir a ver a su padre para despedirlo, tenía que decirle a Esme lo mucho que debía cuidarlo aunque no hubiese necesidad mera de hacerlo, ella era prácticamente una enfermera nata. Y segundo, era la costumbre de ocultarse para que ella no temiera ante su mirada. Tomó a Demonio en silencio y juntos, galoparon al amanecer, donde la punta del sol apenas comenzaba a salir. Sintió nostalgia por dejar la casa sola, siempre con Bella en sus pensamientos.

–Espero que esta vez nada te ocurra, Bella.

Cuando llegó, Esteban estaba barriendo las pocas hojas de la entrada. Como siempre, lo saludó de manera respetuosa y tomó el caballo con sumo cuidado, ya que sabía que el animal no era de fiar. A pesar del tiempo que había empleado en tratar de dominarlo, Demonio le tenía un pequeño pero bien guardado respeto al anciano, jamás llegó a tirarlo ni a llevarle la contraria, eso sí, nunca se dejó montar por él.

–Buen día, Esteban.

–Joven Edward, ¿cómo está? – dijo mirándole la frente lastimada.

–Estoy bien, no te preocupes.

–¿Cómo le pasó eso? Parece un golpe fuerte.

Edward se tocó la parte lastimada y se colocó mejor el sombrero, no quería que lo regañaran o molestaran por ello pues, el simplemente hecho de dar explicaciones lo obligaba prácticamente a contar sobre Bella y la única persona a la que había sido capaz de decirle era Esme.

–Fue un accidente – contestó sin mirarlo – dime ¿mi padre aún está en casa?

–Sí, el señor Carlisle no ha salido.

–Bueno, entonces hablamos luego Esteban. Demonio, – dijo acariciando el hocico del animal – pórtate bien.

El caballo relinchó con alegría y bufó levemente. El joven alto, caminó hacia la entrada de la casa, ahí, colocó su sombrero y su saco sobre el perchero y mientras pasaba hacia la pieza de su padre, se abría los botones de la camisa. Tocó la puerta y llamó saludando.

–¿Puedo pasar, padre?

–Pasa, Edward…– dijo débilmente.

Cuando comenzó a caminar lo miró desde el umbral y una pequeña punzada de dolor se instaló en su pecho, el fuerte e indomable Carlisle Cullen se veía tan pálido y frágil, era quizás la sombra del enérgico hombre mandón que alguna vez había sido en su juventud. Parecía que había envejecido años en cuestión de días, la notable demacración en su rostro era triste. Edward se acercó a él y tomó un banco para colocarse a su lado. Al otro extremo de la pieza, donde las empleadas colocaban la ropa limpia, la dulce Esme empacaba lo necesario para el viaje que emprenderían.

–¿Estás listo? – preguntó el hijo tomándole la mano.

–No sé para qué quieres que vaya, Edward. Yo estoy bien.

–No seas testarudo, padre. Es por tu salud.

El hombre rubio sonrió, recordando las primeras veces que se hacía cargo del infante. Cuando el travieso peli cobrizo corría por el lugar después de jugar todo el día en el bosque y no quería tomar una ducha. Eran simplemente las mismas personas y los mismos sentimientos pero diferentes roles.

–Parezco un chiquillo, ¿no es así?

Edward asintió sonriendo.

–Necesito que te recuperes, papá. No quiero verte así.

–Yo sé que no– dijo bajando la cabeza – pero, tampoco quiero incomodar a nadie. Esme– comentó mirando hacia la puerta del otro cuarto – no la quiero inquietar. Pobre mujer, ha trabajado por años conmigo y jamás se ha quejado de nada y ahora – repuso con tristeza – se hará cargo de mí. Me siento una carga.

–No lo eres y sabes que lo hace porque te aprecia.

–Lo sé, Edward. Ella es una buena mujer.

–Es como… Mamá.

Carlisle se turbó pero no dijo nada. Su hijo había encontrado una figura materna en aquella dama que tanto le había ayudado. En lo absoluto le molestaba pero nunca lo había notado. Esme se adentró al lugar donde padre e hijo charlaban. Colocó una valija sobre la mesa enorme donde puso las pertenencias de su señor, con infinita paciencia, se dispuso a hacer su trabajo en silencio.

–Me gustaría acompañarte – comentó Edward – pero no puedo.

–¿Por qué?

–Es que… Es complicado.

–Tal vez yo lo entienda – respondió sonriendo.

Miró hacia Esme, quien había escuchado perfectamente lo que ambos hablaban pero por respeto no participaba, le dio una mirada cómplice y una leve sonrisa. Eso le hacía entender a Edward que debía ser honesto con su papá, plantearle las cosas como en realidad era y todo aquella que había vivido al lado de Bella y ahí estaba su mamá para apoyarlo.

–Conocí a alguien – contestó sonriendo – alguien especial.

Especial, repitió el patriarca mentalmente. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Su hijo, el pequeño había decidido salir al mundo en busca de su vida propia, ¿qué futuro le deparaba ahora que había conocida a ese alguien? Una mujer, seguramente. Rogaba en silencio, a un Dios quizás en algún tiempo inexistente para él, que le ayudase y protegiese. Que la vida de su Edward no corriera peligro y no fuera desilusionado. La manera más fácil y evidentemente anónima de conocer a una mujer era en las tabernas. Eso de antemano era prejuicioso ¿y si se equivocaba? Movió la cabeza y sus pensamientos de dirigieron hacia otro lugar, si la chica que él había conocido en realidad solo era una caza fortunas. Pobre Edward.

–Parece que alguien salió al pueblo– comentó el padre.

–Sí – respondió apenado – pero quiero contarte todo, padre.

–Te escucho, hijo.

El chico se sentó mejor en la cama y acomodó su cabello nerviosamente. Sonrió como un niño y aquello asustó más al padre.

¿Qué te han hecho, hijo mío? – pensó.

–Por favor, no me juzgues– pidió – conocí a esta mujer de una manera… – movió a boca con indecisión– de una forma poco ortodoxa.

–No comprendo – habló con voz temblorosa.

–Una noche, salí de casa y me quedé en el bosque. Ese día– continúo recordando las palabras de los aldeanos malos– que me dijeron sobre mamá. Ella se acercó a mí para ayudarme, padre. Me ofreció su pañuelo y fue la única persona que no tuvo miedo de mí– y sus ojos brillaron – yo estaba extasiado por ello. Nunca nadie se había acercado a mí de tal modo que me tocó – y una sublime sonrisa se instaló en su cara– me preguntó cómo estaba –y apenado bajó la vista – le contesté de mala manera. Me arrepiento de ello, en verdad.

–Hijo…

–Espera papá, aún no he terminado – lo interrumpió sonriente.

Carlisle asintió. Estaba levemente feliz por la alegría de su hijo, volvía a ver al niño pequeño que en algún punto de la vida había visto. Sus ojos dorados brillaban con necesidad y eso le dio miedo ¿qué pasaba si ella no lo veía como en realidad Edward describía?

–Una noche – continúo rompiendo el hilo de sus pensamientos – ella huyó de casa. Sus padres le dijeron que la iban a obligarla a casarse con un hombre que no amaba– y la ira inundó su rostro– ese maldito…– susurró – Se perdió en el bosque y la curiosidad me ganó cuando la vi salir de casa.

–¡Edward! – Vociferó el padre– ¿fuiste al pueblo más de una vez? Y ¿encima la seguías?

–Perdóname papá– le pidió – lo hice porque quería verla.

No, hijo– pensó– por favor… No te enamores si no te van a corresponder.

Los ojos dorados se nublaron y bajó la cabeza con tristeza.

–Yo… Quería ver a Bella. La vi sola y estaba perdida y no dudé en ayudarla.

–Es decir que ¿te ha visto?

–Sí – mintió a medias – pero es complicado – y pasó su mano nerviosamente por su nuca.

–No comprendo. Explícame – espetó el padre acomodándose en su lugar.

Esme aun proseguía moviéndose silenciosamente por la pieza. Ahora acomodaba los zapatos y algunos sombreros, era como la sombra de Edward. Si en algún momento su padre lo reprendía, ella saldría en su ayuda sin lugar a dudas, era su hijo.

–Bella– dijo despacio– me ha visto… Solamente en la oscuridad.

–O sea que no te ha visto a la cara – corrigió.

El joven asintió y se ruborizó.

Eso explica muchas cosas – pensó Carlisle sobándose la barbilla.

–¿Y qué piensa de tu anonimato, hijo?

–¡Ni siquiera sabe mi nombre, padre! Estoy aterrado y tampoco tengo idea de por qué.

–¿Cómo es posible que eso sea así, Edward? ¡Por lo menos dile tú nombre! – Lo animó olvidándose al completo de la situación – ella tiene el derecho de…

–Papá, es difícil de explicarlo… Bella es una chica joven, muy lista y sobre todo muy hermosa. Su piel es blanca y tan suave, sus ojos son cafés como el chocolate y su cabello pardo es infinito… Como la seda pura. Yo no sé qué pensar – dijo levantándose de su asiento – es que… No quiero que ella me vea… Cuando Bella se vaya de mi lado– y la voz se le rompió en un quejido agónico.

–Edward… ¿Qué sientes por esa niña?

Esme se detuvo y se quedó más callada de lo que estaba. Edward se tensó, ¿qué le debía decir a su padre respecto a sus sentimientos? No podía ocultarlo más, todo ella, los besos, las caricias, las canciones para dormir que tocaba para Bella, todo en sí le gustaba. No deseaba dejarla ir… Aún era pronto para que se marchara pero, no podía retrasar lo inevitable por más peros que le pusiera al asunto.

–Creo que… Creo que la amo.

El hombre rubio se sobresaltó de su cama y colocó sus manos sobre el puente de su nariz.

–¿La amas?

–Sí.

–¿Qué te da ella a cambio, hijo?

–¿A cambio? – Preguntó confundido – no sé a qué te refieres.

–Sí – corroboró – ¿es sexo, Edward? Dime ¿es eso?

Los ojos dorados se abrieron a la par ¿cómo su padre podía decir eso? Bella era la mujer más honorable que había conocido a parte de Esme, ella nunca se le había insinuado de manera morbosa ni mucho menos le había dado a entender cosas que no eran ¿por qué su padre era tan prejuicioso? ¿Por qué le era tan difícil de entender que alguien podía estar con él honestamente? Aquel pensamiento le dolió en lo más profundo.

–¡No! – Gritó – ella no es así.

–Edward… Perdóname – pidió– sé que es difícil de asimilar pero– se aclaró la voz – las mujeres a veces son enviadas por sus propias familias para cazar fortunas. Hay mujeres hermosas por ahí, Dios – O cualquiera que haya sido– sabe que ha creado las más bellas y angelicales criaturas que el ojo varonil pueda ver, pero hay de caras a caras y de corazones a corazones, Edward. Debes tener la mente fría para poder verlo o ¿es acaso tu Bella una mujer desinteresada?

–¡Ella ni siquiera tiene nada! Bella es hija de campesinos, aunque – confesó apenado – sus padres son muy avaros.

–La viva prueba en tus manos ¿qué te hace pensar que ella no es así también?

–No es así – la defendió con seguridad– el hada es buena.

El Hada– repitió mirando lejos de la vista de su hijo– Edward… Edward… No te ilusiones por favor ¿qué pierdes al intentar al menos decirle tu nombre? ¡En cuanto escuche tus apellidos te demostrará amor "sincero"! Te dirá que te ama y mil cosas más. Y cuando obtenga lo que desea se irá.

–Padre, por favor…

–Silencio, hijo mío– y lo miró a la cara – solo velo por ti, eso es todo.

–Lo dices como si no mereciese amor – y las lágrimas amenazaron con salir.

–Edward… No es eso.

–Ya entendí tu punto de vista – y se encaminó hacia la puerta – ¡Nadie puede llegar a amarme con honestidad!

Carlisle se quedó pasmado y miró directamente la cara de Esme quien estaba totalmente petrificada por las palabras del muchacho, Edward asintió al no escuchar nada y se limpió las lágrimas de las mejillas.

–Tu silencio dice más que mil palabras – comentó – está bien, padre. Ya entendí.

–Lo hago por tu bien, Edward… – dijo con voz seria – y te prohíbo volver a verla.

–No… No puedes prohibirme eso – dijo seriamente – ¡ni tú ni nadie! – y salió de la pieza con furia hacia su habitación.

El patriarca se paró como si estuviese completamente recuperado y con la adrenalina del enojo en la sangre, caminó tras su hijo para imponerle aquella regla suya. No debía desobedecerlo, era su padre, solo buscaba su bien pero más allá del amor que le tenía no tenía la más mínima noción de que en realidad lo estaba lastimando, más por ser el único ser en el mundo en el cual solo encontraba apoyo. Esme lo siguió con paso sigiloso, no quería que pelearan, padre e hijo jamás lo habían hecho y ahora, si no si interponía entre los dos, seguramente lo harían.

–¡Ven aquí Edward! – le ordenó.

–¡No! ¿Por qué eres así, padre? ¿Por qué? – Vociferó – ¿es que acaso piensas que este animal no merece amor?

–¡Respétame Edward! ¡Soy tu padre!

–¡Y yo tú hijo! – Dijo mirándolo a los ojos.

–Edward… – intervino Esme – cálmate por favor.

–No te metas, Esme – de pidió de manera brusca.

–Ya te dije, Edward– le impuso al padre – No quiero que la vuelvas a ver, jamás ¿¡Entendiste!?

Edward sonrió con tristeza y la furia lo llevó a los límites. Era su padre, lo sabía pero aquello que le había dicho le había roto el corazón y todo lo que contenía de fortaleza por dentro.

–¡Ella es todo lo que necesito! – Y la vena de su frente se inflamó con furia mientras veía al padre – ¡Y nada la apartará de mi lado así muera en el intento!

–¡No sabes lo que dices! – Gritó con furia – Edward… Ella no te conviene, hijo.

–¿¡Y tú como lo sabes!? Ni siquiera la conoces.

–Eso es cierto pero…

–¡Nada! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Bella me querrá yo lo sé! ¡Yo lo sé!– le gritó cerrando la puerta de su pieza con furia.

Carlisle se desvaneció en el suelo. Esme corrió hacia él con lágrimas en los ojos, nunca en su tiempo de trabajo, Edward se había comportado de esa forma frente a su padre.

–¡Señor! ¡Señor! ¿Está usted bien?

–¿Esme? – preguntó cerrando los ojos con debilidad desde el suelo.

–Aquí estoy… – respondió llorando.

–Edward… Edward saldrá lastimado y tengo miedo…

–Su hijo solo está ilusionado, señor.

–¿Qué tengo… qué hacer para que no lo hieran?

–Creer – respondió.

El hombre de ojos azules la miró con un tono de burla. No podía creer lo que escuchaba, no podía creer incluso en la gente a su alrededor, ¿cómo era posible que le dijera que tuviese fe en alguien que posiblemente tenía la vida de su hijo entre sus manos?

–No te burles, Esme. Creer es para ilusos, yo creí en Dios y me arrebató a mi esposa, yo creí en las personas y se burlaron de mi hijo, yo creí ¡En mí! Y fallé.

–No diga eso – le rogó – Edward está perfectamente bien a pesar de las cosas que sucedieron, él es un hombre fuerte y totalmente capaz de hacer cualquier cosa por las personas que ama –y lo ayudó a pararse lentamente – sé que haría cualquier cosa por usted.

–Mi hijo solo está ilusionado– comentó caminando lentamente sobre el hombre de la mujer.

–¿Y es un delito estarlo? Señor – se disculpó – es necesario que lo entienda, Edward algún día tenía que enamorarse y me parece mal que usted no lo apoye.

–¿Apoyarlo? ¡Claro que lo hago! Solo temo por él ¿qué pasa si ella lo rechaza? Nadie podrá curar esa herida en su corazón.

La mujer acomodó a Carlisle en su lecho, lo arropó entre las sábanas y lo miró con cierta tristeza, ¿qué podía decirle? Meterse en la pelea era lo menos indicado para una empleada más en la familia, ni siquiera le correspondía el derecho de opinar, pero estaban hablando de Edward, su prácticamente hijo. No podía girar la vista hacia otro lado y fingir que nada había ocurrido, su muchacho estaba sufriendo y si podía hacer algo, lo haría. Desde que él le había confiado todo aquel amor que nacía en su sincero corazón, las cosas para Esme habían sido momentáneamente más felices. La sonrisa diaria de su hijo le daba un toque especial a su vida, le recordaba que los milagros existían y que pese a todo, alguien de aquel hogar era feliz.

El carruaje llegó a las puertas de la mansión. Esteban abrió completamente las puertas para que este se instalara a la entrada del gran umbral. La empleada que estaba en el patio regando las pocas flores que habían, entró corriendo hacia la pieza de su patrón para anunciar que el cochero estaba listo para partir. Carlisle se levantó para acomodarse las botas por sí solo, se sentía débil por la pelea y su enfermedad pero con la suficiente fuerza como para levantarse. Mientras se acomodaba los zapatos, pensó seriamente en renunciar a su salud y cuidar a su hijo lo que le restase de vida, pero prohibirle salir para que no viese a la muchacha que lo mantenía ilusionado, podía ser el punto clave para que su hijo enfermase y muriera de amor, aunque eso no sabía si era posible.

–Creo que es mejor que no vaya.

–¿Señor?

–Esme ¿qué pasará con mi hijo en mi ausencia?

–Confíe en Edward, él solo quiere ser feliz.

–Sí – dijo con melancolía – Pero ¿A qué precio?

–Creo que antes de querer darle una zurra, debería usted ser un poco más consciente y pensar en su salud. Si usted no está sano, no podrá cuidarlo ni aunque se quede.

–Está bien – aceptó al fin dándole la razón – vámonos, hablaré con las criadas y Esteban.

–Sí, señor – contestó asintiendo y llevándose una pequeña valija.

Una a una, cada maleta fue llevada hasta el coche de caballos, todas llevadas por los pocos empleados varones que había en el lugar y que raramente entraban a la casa. Carlisle mandó a llamar a todos sus empleados a la sala y ahí comenzó a hablar con ellos. Le hizo miles y miles de recomendaciones, entre ellas las más básicas y sobre todo, su hijo. Les pidió que estuviesen al tanto de él, no como sus niñeras, si no como sus empleados. Las cosas se tornarían difíciles en su ausencia, eso lo sabía de antemano pero si ordenaba que Edward fuese encerrado, se sentiría como el peor de los animales. No estaba ni siquiera encaminado a esa opción con su hijo, lo menos que quería era verlo sufrir y mucho menos por su propia mano. Cuando las instrucciones fueron dadas, las pocas empleadas que ahí había, le llevaron unos presentes de despedida a su jefe y amiga. Ramilletes de flores silvestres, fruta fresca para el camino, una canasta de comida para que ambos comieran y hasta colchas bordadas por ellas mismas para que no tuviesen frío.

Sí, las pocas empleadas leales al esposo de Elizabeth Masen, lo apreciaban mucho, y sobre todo a Esme.

Cuando por fin fueron dadas las ordenes, Carlisle se encaminó hacia la habitación de su hijo. Edward estaba encerrado en su pieza, llorando en silencio como niño pequeño, estaba atormentado y se sentía solo y traicionado, las palabras de su padre resonaban huecamente en su cabeza, era como un cuchillo que cortaba de dos tajos su alma y era ofrecida cual carnero hacia el infierno. Caminó hacia su escritorio, pero en lugar de sentarse para escribir, se sentó en el suelo con la espalda recargada en la cama y su tintero y diario en mano.


Bella:

El mundo me lastima ¿por qué no estás aquí conmigo? Pensé que la persona que más amo y admiro en el mundo me apoyaría, pero no desea mi felicidad. Por un momento comencé a creer que era digno del amor y de ti, pero él me ha dicho que no debo ilusionarme contigo porque no llegarás a quererme como yo comencé a amarte a ti. Dice que preferirás mil veces más mi dinero antes que mi corazón y cuando tengas mi corazón al completo lo tirarás como hoja seca al viento. ¿Debo tener miedo al amarte? No sé qué pasaría conmigo si eso ocurriese, tengo temor porque quizás sea verdad, pero algo me dice que tú no eres así, Bella. Me besaste, lo sentí con la fuerza de miles de caballos galopando en mi alma, fue hermoso, divino y sé que completamente real. Tal vez me esté haciendo ilusiones el hecho de que me buscas porque jamás me has visto a la cara.

Debo probarle a mi padre, aunque realmente no lo necesito, que eres una mujer diferente, hada.

El proceso de llegar hasta donde estás será largo y cansado, quizás lleno de muchas dificultades pero, estoy dispuesto a atravesar el mundo por ti si es necesario. El lúgubre mundo en el que me tocó vivir es incierto, ayer vivía en un lugar oscuro más nunca me había quejado. Más cuando te conocí a ti, cuando vislumbre la luz en mi vida, ya no pude vivir sin ella. Dicen que no tienes derecho a cortar la rosa si no tocas la espina ¿será cierto? Mi corazón me grita por dentro que lo intente, que me entregue ciegamente a ti y lo haré de eso no cabe duda.

Si tanto amas las rosas rojas, solo porque te amo, estoy tan dispuesto a derramar mi sangre sobre ellas, solo para darles color…

E.C.


Cerró su diario lentamente y una lágrima le escurrió por la mejilla. Sacrificar su alma, su cuerpo, todo lo que poseyese lo haría por Bella, de eso no le cabía duda. Era tan importante para él su ángel, que habría de enfrentar a su padre una y otra vez como lo había hecho.

–Edward – lo llamó a la puerta– soy yo. Sal por favor.

Los ojos dorados se elevaron hacia la puerta y dudando un poco se paró. Colocó su libro en su escritorio y caminó a la puerta no sin antes serenarse y limpiarse de la cara los rastros de tristeza. A pesar de todo lo que había dicho y pensado, era su padre y lo amaba. El grado de abatimiento lo sobrepasaba, pero no podía negarse a verlo. Abrió lentamente la puerta y lo miró con el rostro sombrío y levemente húmedo por el llanto.

–Hijo… – sollozó al verlo así – perdóname.

–¿Qué deseas, padre? – se refirió con frialdad.

–Tu indiferencia me lastima, lo sabes.

–Tus palabras también– respondió.

–Es que tengo miedo, Edward ¿no lo entiendes?

–¿Crees que yo no? – Y levantó la mirada hacia él – ¿crees que tampoco lo tengo? Estoy aterrado, padre.

–¿Por qué hijo? – preguntó colocando su mano sobre su hombro derecho.

–Estoy enamorándome de una bella mujer, la más bella que he visto en mi vida – dijo con seriedad – y espero con todas las ansias que cada día amanezca para poder verla, aunque ella no me vea a mí en la plenitud de la luz. Quiero decirle que la quiero, padre. Deseo con todo mi corazón pedirle que me acompañe en la vida y robarle uno que otro beso – dijo recordando la noche anterior a media sonrisa – pero te lo cuento a ti y prácticamente me dices que no tengo ninguna oportunidad de ser amado, ¿cómo quieres que me sienta?

–Edward… Mereces ser amado por alguien más y amar sobre todo… Pero no deseo que te lastimen, temo por ti.

–Entonces ¿Cómo lo descubriré?

–¿Qué deseas entonces?

–Que me apoyes –pidió.

Los ojos azules y dorados se encontraron por un momento, uno eterno quizás. Entendió que su pequeño Edward, había crecido. Era un hombre ya, un hombre capaz y totalmente consciente de sus actos, de aquellos que le darían una o no oportunidad en su futuro. Pensaba en su decadente salud y aquellas recaídas, a ese paso ni siquiera vería a su hijo hecho un hombre al completo. La posibilidad se le iría entre las manos y tenía que recuperarse, sanar. Edward lo necesitaba, era como un águila real tratando de volar, su tiempo en el nido se estaba terminando, era tiempo de abrir las alas y volar para soñar, enamorarse y caer cuantas veces fuesen necesarias.

–¿Qué pasará si sales lastimado?

–No lo sé, pero ¿qué te hace pensar que así será?

–La vida no es dulce, Edward, lo sabes de antemano. La crueldad de la gente sobrepasa límites y corazones ¿es que acaso no te das cuenta?

–Eso no te lo discuto pero, ella es diferente – repuso con ternura– Bella es mi ángel y mi ángel es bueno– y sonrió.

–Si te pido que no la veas, no me obedecerás ¿verdad?

–No deseo mentirte padre, así que sabes la respuesta.

–¿Qué haré contigo Anthony Masen? – expresó sonriendo a medias.

Edward entendió que ese era el de su padre que le brindaba apoyo, cuando lo llamaba de esa forma lo hacía como si le hablase a su madre, Elizabeth Masen, una mujer tan dulce pero a la vez tan testaruda como de buen corazón. Carlisle podía pasar horas persuadiéndola con algo y si ella no quería, no había poder mortal que la hiciese cambiar de parecer, al final el esposo aceptaba cualquier cosa con tal de verla feliz y sonreír.

–Gracias papá– dijo abrazándolo fuertemente – no sabes cuánto aprecio tu apoyo.

–Por favor, Edward, no hagas que me arrepienta. Cuídate hijo, volveré tan pronto como pueda.

–Te estaré esperando– contestó sonriente.

–Y por favor – dijo despegándose de él con seriedad – hazme el bendito favor decirle cómo te llamas… Sí ella es la mujer que quieres enamorar, por lo menos que sepa cómo se llama el hombre que la corteja – y le guiñó un ojo cómplice.

Edward le sonrió y así, ambos se encaminaron hacía la puerta. El joven le pidió disculpas a Esme por su actitud y le brindó un beso en ambas mejillas, le pidió miles de veces que se cuidaran y que escribieran de vez en cuando. Esme lloró de felicidad al ver que su pequeño se había reconciliado con su padre.

–Promete que te cuidarás, Edward.

–Lo haré buena mujer – le sonrió – Tu debes hacer lo mismo.

–Lo haré y a tu padre también.

Ambos se besaron dulcemente en las mejillas y sonrieron. Carlisle abrazó fuertemente a su hijo de nuevo y así, la carreta partió con rumbo a París.

Por favor, Edward. No permitas que nadie te rompa el corazón– pensó el padre mientras veía como la figura de su hijo se hacía pequeña en el horizonte, mientras se despedía diciendo adiós con la mano.


Todos entraron a la mansión para comenzar a hacer sus labores correspondientes. Edward como niño pequeño emocionado, se dirigió hacia su habitación para poder tomar un baño, agradecido de que padre no hubiese visto la herida que tenía en la frente y así, no lo reprimiera más allá de lo que lo había hecho. Se la curó, se cambió y vistió con un tarje rústico y no muy elegante. A las pocas horas, después de haberle pedido de favor a la cocinera que preparase un pastel de chocolate y alguna rica comida – siempre en una canasta para llevar – salió al establo para sacar a Demonio.

El animal estaba entusiasmado. De antemano, sabía que saldrían, pues aquella costumbre le encantaba. Salir a pasear al bosque con su amo era una de las cosas que le encantaban al cuadrúpedo y la hermosa y amable chica que lo acariciaba y que le encantaba ver. Edward le amarró la canasta en las zancas y lo tomó del freno en silencio. Esteban lo alcanzó a ver y pronto comenzó a abrir la gran puerta.

–¿Va a salir, joven Edward?

–Así es, Esteban.

–Cuídese mucho – le dijo sonriendo – su padre nos ha pedido que velemos por usted.

–No tienes de qué preocuparte, yo no les daré problemas.

El caballo relinchó ansioso por salir galopando y se paró en dos patas.

–Parece que Demonio quiere irse ya.

También yo – pensó Edward montándolo.

Y de nuevo comenzó aquel camino que lo llevaría hasta su pequeña pero grandiosa felicidad. El cielo era naranja cuando salió de casa. Demonio estaba extasiado mientras la brisa jugaba con su largo crin y las hojas del bosque crujían bajo el galope de sus patas. Edward estaba decidido, arriesgarse, tomar el animal por los cuernos y no precisamente darle cara a su problema, pero si intentar que ella fuese más cercana a él. Se ganaría su confianza, porque de algún modo Bella ya confiaba en sí, y eso le parecía fascinante. Sus instintos lo tomaban por proceso recordando las duras palabras de su padre, tenía una ciega fe en la compañía de una dama que apenas lo había visto a la luz del día tan solo una vez y hace tanto tiempo. Aquel día en plena infancia cuando tristemente tocaba su piano y sus pequeños dedos se disponían a tocar la sonata que lo hacía sentirse un poco mejor, todo en aquel momento cambió para siempre. Pero ¿a qué grado de alegría llegaría? ¿Cuánto era lo que tenía que pagar por ser feliz? Un extraño presentimiento se instaló en su grueso pecho, con el movimiento del caballo y su cabello al viento, tuvo terror al siquiera pensar en las consecuencias de haberse enamorado de una mujer, tal vez inalcanzable. Cuando llegó a las cercanías de la casa del bosque o de campo como le llamaba su madre, bajó del cuadrúpedo atándolo firmemente donde ya tenía un lugar especial.

Bajó las cosas del caballo y así, mirando hacia afuera con el cuerpo decidido, entró por el umbral para verla. Notó que la casa estaba en silencio y eso lo hizo sentir ansioso.

–¿Bella?

La penumbra de la luz apenas y se asomaba por las ventanas. Estaba oscureciendo, Edward se sintió ansioso para ya fuese de noche y poder entrar a buscarla pero ante su ansiosa preocupación caminó entre la sala buscando una señal de ella y para su alivio, escuchó música del fonógrafo que sonaba levemente a través de la brisa. A tientas y sin dirección ubicó de dónde provenía el sonido y lo llevo hasta el patio trasero de la casa, donde Bella, bailaba sigilosamente sobre la punta de sus pies.

Se quedó viéndola a través de la enorme ventana, no quería perturbarla pero tampoco deseaba dejarla de ver. La agilidad de los pies de Bella era impresionante, su delgada cintura se acomodaba perfectamente a la improvisada falda de ballet que se había hecho con sus propias manos y sus pies descalzos sobre el césped, parecían un poco lastimados y eso no le agradó. El cabello suelto de la chica le daba un aire aural, infinito como él solo, rozaba delicadamente su espalda baja y sus rulos deshechos se contoneaban graciosamente. Era el hada del bosque, el ángel bueno.

–Mi ángel que baila– dijo quedito – baila para mí.

La penumbra por fin venció mientras la música avanzaba lentamente, entonces Claro de Luna de Beethoven se escuchó en el disco enorme. Edward avanzó lentamente a través de los pasillos hasta llegar por fin hacia el bosque y ahí de espalda mientras la niña bailaba y la luna comenzaba a ser su compañera, se paró tras de ella y se mordió los labios.

Bella… Mi dulce Bella.

La tomó de la cintura suavemente mientras la chica se estremecía cerrando los ojos. Ella sabía quién era él y no dejó de bailar aún de espaldas.

–Llegaste – dijo ella – por fin llegaste.

Y entonces los pasos comenzaron a ser de un ballet a un dulce vals, la giró sobre sus propios pies y alzándola en el aire, la tomó de la cintura y su mano derecha para poder encararla.

–¿Me estabas esperando? – preguntó ansioso.

–Sí – contestó– no me gusta estar sola.

–Lo siento – dijo él meciéndose suavemente – tenía que irme con mi padre… Él partió esta mañana hacia la capital.

–¿Está todo bien?

–Sí – mintió.

–Me alegra escuchar eso – respondió meciéndose levemente.

Edward giró despacio una vez más, sosteniendo el cuerpo de su dulce Bella en el aire. Su estrecha cintura lo hizo sentirse demasiado fuerte e imponente, como si fuese a romperla si es que la apretaba más hacia su cuerpo pero no podía evitarlo, su perfume, la textura de su piel y todo aquello que Bella era en sí, lo atraía como un loco. Estaba de alguna manera obsesionado con el olor de su piel. Quería besarla de nuevo.

Solo un beso más, solo uno– pensó – y no volveré a hacerlo – se prometió a si mismo con dolor.

No sabes cuánto odio esta penumbra, ángel – pensó Bella – No sabes cuánto odio que no puedo verte. Este es uno de los pocos momentos románticos que he tenido en mi vida, ojala me besarás… Bésame por favor– pidió mentalmente al ritmo de la música.

Y entonces, el cuerpo de imponente manos, las cuales se deslizaron con mucha ternura hacia su cintura, dejándola en el suelo, le tomó la cara con ternura y suavemente rozó su quijada con su dedo pulgar. La doncella cerró los ojos por aquella caricia suya, se elevó sobre la punta de sus pies como cuando bailaba y tomó las solapas de su camisa con mucha delicadeza. Edward se tensó pero no dijo nada. Suavemente como acto vampírico, se deslizó por su garganta para depositar un suave beso en la zanja de su clavícula. La chica irguió su cabeza hacia atrás de manera lenta y se mordió los labios con un sinfín de sensaciones nuevas en la piel. Las manos blancas y grandes la sostuvieron firmemente en el aire y un camino de besos se fue dando a través de su piel hasta llegar a sus mejillas.

–Es tiempo ya de que sepas algunas cosas de mí – dijo con voz apasionada.

–¿Qué cosas? – preguntó ella con los ojos cerrados.

No hubo tiempo más de palabras. Los labios apasionados y sedientos de Edward se posaron sobre los de la delicada Bella, en un infinito mar de sensaciones. Su boca era húmeda, suave, tierna pero un poco salvaje. La chica acercó más su cara y abrió más sus labios para hacer un movimiento un poco más experto. Edward temblaba bajo el contacto de sus rellenos labios, las manos estaban estáticas sobre su cintura en un principio pero enseguida eso cambio. Los poderosos movimientos del calor entre ambos cuerpos provocaron que aquel joven tímido y primerizo en el amor, deslizaran pasionalmente sus palmas de arriba abajo sobre su espalda y cintura, provocando mayor sensación de aquel beso. Uno a uno, centímetro a centímetro, las manos del joven enamorado recorrieron desde su espalda, su cabello, cintura, cara y manos con devoción. Las bocas de ambos estaban necesitadas.

Has que nunca termine, por favor – pidió internamente Bella.

No puedo separarme de ti – pensó Edward.

Los deseos de ambos se materializaron y la chica comenzó a respirar de manera dificultada, el aire le falta pero no le importó. Edward se sintió libre, feliz con la boca de su ángel sobre la suya, no le hacía falta absolutamente nada con ella… Era capaz de elevarse por el aire y sentirse tan completamente feliz como en su niñez, como si nada en el mundo existiese y así por falta de aire y mera necesidad se despegaron, incluso se separaron.

Un aire frío de agazapó entre sus cuerpos sedientos de más caricias como la que habían experimentado. Bella se acomodó el cabello, de nuevo siendo besada y cuanto le había gustado.

–Lo siento – de nuevo repitió culpable – perdóname pero tenía que hacerlo.

–No… No tienes que decir eso… Yo…

–Tengo algo que decirte, Bella – interrumpió Edward colocándole la mano sobre los labios– es algo importante.

–Dime – contestó preocupada.

–Siento que no estoy haciendo las cosas correctamente contigo. Perdóname por esto, por lo que hice en el ayer… – continúo con tristeza – pero si seguiré estando contigo… Me refiero que– y se puso nervioso – ayudándote, debes saber algunas cosas.

No te arrepientas de los besos – imploró Bella mentalmente – no digas más por favor.

–Mi nombre es Edward Cullen, estoy aquí porque quiero ayudarte y este ha sido el último beso que te doy.


Ya sé, ya sé. Nos va a dar diabetes de tanta miel entre este par xD

Bueno primero que nada GRACIAS POR SEGUIRME LEYENDO.

Yo me encantaría poder expresarles todo lo que en realidad significan sus palabras.

Edward se enfrentó a su padre ¿recuerdan el trailer que hice? Bueno esa escena ocurrió en este capítulo.

SIN MÁS LES PIDO QUE ME DEJEN SUS REVIEWS, NO SABEN CUANTO AMO LEERLOS.

ESPERO SIGAN LEYÉNDOME.

ESTOY PENSANDO QUE EDWARD DEBE IRSE ACERCANDO MÁS A BELLA, PUESTO QUE

O COMO LA AUTORA, ES FRUSTANTE NO VERLOS JUNTOS DE UNA VEZ.

Pero tranquilas; la decisión está tomada:

Edward dará el todo ella.