Capítulo VI: Olvidar o no

Sus ojos afilados y fieros estaban clavados en la fogata, el humo ondeaba reflejándose en su iris y calentando sus pupilas. Procesar la historia que acababa de escuchar era el trago más amargo de su vida. Kagome había vuelto y no se había molestado en ir a verle si quiera. Él estaba casado, ese hecho no lo iba a olvidar y Kami sabía que respetaba a su esposa por encima de todo, pero no podía evitar que su corazón latiera con fuerza ante la mención de la sacerdotisa. Nunca le había importado sentir lo que sentía por Kagome; al contrario, lo había gritado a los cuatro vientos, pero ahora maldecía esa debilidad.

—Y ese estúpido perro la hirió...

Shippo buscó la mirada de Miroku, el cual comía con tranquilidad el pescado que había atrapado aquella tarde.

—En realidad no era el mismo estúpido perro de siempre... Era el perro malo. —Abrió la boca señalando sus colmillos. Inuyasha daba realmente miedo cuando estaba en ese estado, incluso mucho más que cuando tenía hambre. Su mal carácter se incrementaba, su violencia y sus grandes colmillos que le daban escalofríos.

—¡No importa! Cuando un demonio crea la unión debe proteger a su hembra, no herirla. ¿Qué estaba pensando? ¡Cuándo lo atrape le haré pedazos!

El demonio zorro se levantó soltando su pescado.

—No puedes hacer eso. No debes subestimar a Inuyasha y menos cuando está transformado en un demonio.

—Shippo tiene razón —añadió Miroku tirando un trozo de espina —. Ya no es el demonio con el que puedes meterte, no dudará en matarte.

—Nunca ha dudado en matarme.

—Pero esta vez lo hará de la forma más lenta y sanguinaria posible, te arrancará tus partes y te las harás comer. —No pudo evitar hacer una mueca de asco cuando la imagen asaltó su mente —. Esta vez no dejará que te acerques a Kagome, porque es ella la que te ha traído hasta aquí, ¿o me equivoco?

Koga no contestó, no hacía falta. Siempre había sido transparente, Kagome era su punto débil y no podía hacer nada ni para evitarlo ni para ocultarlo. Por más que quisiera sentir la ardiente pasión que sentía por la sacerdotisa por Ayame no lo hacía, lo había intentado, había luchado por hacerla feliz y la quería muchísimo, ella era la parte más importante de su vida, pero Kagome era la luna que opacaba las estrellas. Y aunque esos dos le advirtieran de lo peligroso que era Inuyasha, él no iba a permitir que hiciera lo que quisiese con ella. La había herido con esas garras y él se encargaría de que sintiese el mismo dolor que había sentido Kagome.

—Los aldeanos dicen que una sacerdotisa siguió a un mercenario que llevaba una vieja espada oxidada. Si dices que el olor a la sangre de Kagome esta en este bosque el mercenario no debe estar lejos. Creo que la mejor opción es esperar a que amanezca y partir en busca del mercenario. Enfrentarnos a Inuyasha es un suicidio y tengo muchos hijos a mi cargo para morir, además, soy guapo y joven y he de procrear más.

El mocoso sacudió la cabeza.

—Pobre Sango.

—Vosotros seguid hablando de este tema que seguro que lleváis días diciendo lo mismo o dormir, como prefiráis, yo antes de nada quiero ver a Kagome —dijo levantándose y sacudió las pieles de su falda —. Volveré antes de que amanezca y partiremos en busca de ese capullo.

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Sabía que lo más sensato era quedarse en el futón y reposar, había pasado dos días desde que despertó y aún así el dolor estaba instalado en cada fibra de su ser. Le dolía al respirar y no tenía humor para hablar. La pulga Shoga la visitaba en ocasiones y le contaba los últimos cotilleos de la aldea, gente que no conocía ni le importaba.

Un sentimiento de amargura la acompañaba esos días echado sobre sus hombros como una lapa. Inuyasha no había vuelto a visitarla pero se había prometido a sí misma que eso no iba a importarle más, ella era fuerte, merecía que la trataran bien, durante muchos años había soportado con paciencia el difícil carácter de su esposo y siempre había estado a su lado, ahora quería recibir algo de compensación.

Reuniendo las pocas fuerzas que tenía se incorporó en el futón y enseguida se arrepintió, el dolor en su estómago era insoportable. Con una arcada se volvió a acostar y cogió aire con lentitud. Lo difícil era levantarse, una vez que estuviera en pie todo sería más fácil y no dolería tanto.

Esperó a que la intensidad del dolor menguara y volvió a incorporarse esta vez con más lentitud. Sentada en el futón dobló la rodilla y se levantó con esfuerzo. Dio un traspié, mareada y pegó la espalda en la pared.

¿Quién la mandaba seguir a ese bandido? Había estado cerca de conseguir a Colmillo de Hierro pero ahora estaba de nuevo en paradero desconocido, y la frustración era mayor. Sabía que estaba ahí fuera, en algún lugar en manos de un indeseable.

Caminó hacia la puerta y al abrirla se encontró cara a cara con Inuyasha, que tenía la mano alzada hacia la puerta y la miraba con los ojos muy abiertos.

—¿Qué haces levantada?

—¿Ahora te preocupas por mí?

Él ignoró sus protestas cuando la cogió y la dejó de nuevo en el futón. Odiaba que hiciera eso, le había costado horrores levantarse. Lo miro con furia y él le devolvió la mirada, no hacía falta palabras en ese momento, era un duelo en toda regla. Por mucho que amara a Inuyasha, estaba demasiado enfadada con él para pensar en otra cosa que no fuese tirarle de esas orejas que un tiempo no muy atrás acariciaba para quedarse dormida.

—Y pensar que las acariciaba, ahora quiero arrancártelas —le dijo con un gruñido molesto.

Él la miró de hito a hito y dejó escapar un suspiro. Esos recuerdos lo perseguían noche y día a pesar de que quería deshacerse de ellos, pero asaltaban su mente sin previo aviso. La lucha por alejarse de ella y su necesidad de tenerla cerca. La odiaba a la vez que la amaba.

Llevaba días sin verla aunque conocía su estado de salud de primera mano, y ahora, aunque su cabeza le gritase que se dejara de tonterías, había sucumbido a su deseo de ir a verla. No tenía ganas de hablar, tampoco de pelear con ella ni de escuchar su voz aguda chillándole, sólo quería permanecer allí sentado disfrutando del olor a jazmines que ella emanaba.

Pasó la mano por su frente dejando escapar el aire por la nariz.

—Tú me enfadas —admitió él.

Kagome alzó una de sus negras cejas.

—¿Perdona? No tienes ningún derecho a decir eso.

—Sí que tengo derecho, eres mi hembra.

—¿Ahora soy tu hembra? Mira Inuyasha, he pasado mucho para estar contigo. Lo pasé realmente mal en antaño, nuestro inicio no fue sencillo, estuvimos separados durante tres años y cuando conseguimos estar juntos te pasa esto. Es como si el destino estuviese en contra de que estuviésemos juntos y no sé que hacer. ¿Tiro la toalla? —Lo encaró, mirándolo con los ojos llameantes — Dime, Inuyasha, porque te aseguro que no soy un trapo que puedes tirar cuando se te antoje.

Los ojos rojizos se clavaron en ella y volvían a mirarla de esa manera que sentía que podía traspasar su ropa y verla desnuda, pequeña e indefensa ante él. Ya estaba cansada, ella tenía su orgullo y no pensaba dejar que nadie la pisoteara, nunca había permitido que el carácter dominante y brusco de Inuyasha la afectase, se había ganado el respeto y su miedo a base de 'abajos', y si él había cambiado y su actitud había empeorado ella no estaba dispuesta a aguantarle ninguna tontería más.

Daba pena verla, herida tanto física como mentalmente. Desvió la mirada hacia la ventana ante el mutismo de él.

—Vete.

—No quiero irme.

Ella le enfrentó con sus ojos coléricos cubiertos de lágrimas.

—¡Basta! ¿Es qué vas a hacer lo que se te antoje? Nunca pensé que diría esto, pero empiezo a odiar esta parte de ti, Inuyasha.

Aquellas palabras se clavaron directo a su corazón, notó como el músculo se contraía, como escondiéndose del dolor que le había producido. No sabía lo que quería, no quería estar atado a una hembra, quería demostrar que era un demonio fuerte, llenar sus manos de sangre... Y era incapaz de moverse de aquel sitio, al lado de esa morena que lo miraba con rencor y odio.

Ella lo había mirado con enfado muchas veces pero era la primera vez que veía esa mirada en sus ojos.

—Creo que empiezo a perderte.

—Tú me dejas ir. No soy ningún saco de boxeo para que me golpees cuando te de la gana.

—¿Saco de boxeo?

—Es un saco que se utiliza para diversos deportes, se golpea una y otra vez para entrenar. Tú estás entrenando conmigo.

Inuyasha arrugó el ceño. Estaba seguro que se había perdido en algún punto de la conversación.

—¿Para qué iba a entrenar con un humano?

—¡No entiendes nada! En eso no has cambiado, sigues siendo el mismo tonto de siempre.

Él chasqueó la lengua y se levantó, la miró desde arriba como si fuese un mero insecto que se había cruzado en su camino.

—No tengo nada más que hablar contigo. Por lo que he podido comprobar te encuentras mejor. Descansa.

No le dio tiempo a contestar cuando él ya había salido de la habitación. La dejó sola y rabiosa. Él no era el Inuyasha del que se enamoró, él nunca había sido tan cruel con ella ni la había despreciado de esa manera, y eso que cuando lo conoció decía odiarla. Ella amaba el recuerdo de Inuyasha, quería recuperarlo a toda costa y ahorcar con sus propias manos al demonio en que se había convertido.

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—Amo Inuyasha, ¿no cree que su actitud con su señora es inapropiada?

Inuyasha miró hacia la pulga.

—Tú no te metas.

—No me meto, sólo pregunto lo que no es de mi asunto. No soy la más adecuada para dar consejos de amor, mi prometido va huyendo de mí por el mundo como si tuviera la peste, pero de una cosa si estoy segura: cuando tratas más a la persona que amas, la vida te lo hace pagar.

La vena de la frente latía con fuerza y aspiró ensanchando sus fosas nasales. No necesitaba que nadie le diera consejos sobre Kagome y él, ellos dos no eran nada aunque la marca les uniese. Tenía que poner distancia entre ellos dos, sus sentimientos no se podían confundir ahora que estaba tan cerca de alcanzar su sueño. Desde que era un niño había deseado ser un demonio completo, ahora sentía el poder latir dentro de sus venas y quería demostrarle al prepotente de su hermano que no era un mediocre como él creía.

—No me interesa lo que la vida me va a hacer pagar. Tengo otros planes mejores.

—¿Entonces porqué susurra su nombre mientras duerme? —La pulga escondió sus manos en las mangas de su kimono —. No hay nada peor que se niegue el amor, él golpeará con más fuerza. Deje de ser tan cabezota y huir de lo que siente, si usted es más fuerte ahora es por la sangre que corre por sus venas, ésta es la que ha cambiado no su corazón.

Iba a aplastar a la maldita pulgar cuando ésta desapareció de su vista.

Maldición, deshacerse de los sentimientos que tenía por ella era más complicado de lo que pensaba. Sabía que tenía que hacer para dejar de sentir por ella, de alejar la dulce tentación de él, pero no era capaz de hacerlo. Pensar en estar lejos de ella le producía una sensación de pánico y agobio. Era débi la misma vez fuerte cuando estaba a su lado.

Harto, golpeó la pared con el puño.

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Las medicinas eran increíbles, cada día que pasaba las cicatrices estaban mucho mejor.

Dejó escapar un suspiro apoyando la nuca en el borde de la tina. Era la primera vez que podía darse un baño, aún tenía sangre seca pegada a su estómago pero no se atrevía a darse con fuerza en esa zona.

En cuanto se recuperase iba a abandonar ese tétrico lugar e iba a ir en busca del bandido que tenía a Colmillo de Hierro. Su paciencia había llegado a su límite, no quería perder más los estribos ni irritarse con él, era hora de que cada uno fuese por su lado. Si él deseaba convertirse en un demonio fuerte que lo hiciera, ella no hacía nada quedándose en esa casa, ganaba mucho más si buscaba la espada.

Miroku no había tenido éxito en la búsqueda, ni siquiera sabía donde estaba ella. Si encontraba la espada iba a retrasarse en dar con ellos, ella iba un paso porr delante. Encontraría a Inuyasha donde estuviese.

Un ruido en el jardín le alertó, alzó la cabeza buscando que alguna sombra sospechosa se reflejara en la puerta. Arrugó el ceño cuando vio aproximarse a un hombre alto, fornido. Éste descorrió la cortina y ella soló atinó a taparse los senos con las manos y cerrar las piernas.

—¿Koga? —Parpadeó sin dar crédito a lo que veía —. ¿Qué...?

—Kagome —dijo con la cara iluminada de alegría y dio un paso hacia ella. Al percatarse de su desnudez se sonrojó y dio la vuelta —. ¡Lo siento! No he visto nada.

Apresurada aprovechó que él se había girado dándole un poco de intimidad y alargó la mano cogiendo una toalla. Se levantó y tapó su cuerpo desnudo con ella. Desde hacía más de tres años que no veía a Koga, lo último que sabía de él era que había contraído matrimonio con Ayame. Aquella situación no tenía ni pies ni cabeza, él era la última persona que esperaba encontrarse en esos momentos.

—¿Qué haces aquí? —preguntó buscando su yukata.

—Supe que al perro le entró la rabia y lo que te hizo. No puedo permitir que permanezcas ni un minuto más con ese chucho. He venido a llevarte conmigo.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Me encontré con Miroku y Shippo.

—¿Han dado con Colmillo?

—Aún siguen buscándola. —Él se dio la vuelta —. Pero Kagome, no puedes seguir estando aquí. He de ponerte a salvo y cuando lo haga volveré a matar al demonio de pacotilla. ¡Herir a su hembra! Y quiere que le llamen demonio.

Kagome alzó una de sus cejas.

—No es necesario que vengas a salvarme. No quiero que os peleéis... ¿Cómo has sabido que estaba aquí?

—Yo te encontraría en cualquier parte del mundo, Kagome.

Esas palabras unidas a esa mirada llena de sentimientos la puso nerviosa. No iba a negar que era bonito que alguien sintiera por una de esa manera, pero ella deseaba que fuese Inuyasha quien dijera esas palabras. Agarró su yukata.

—Gracias por venir a buscarme... Pero es mejor que te vayas.

—No me iré.

Ella le hizo un gesto para que se volviera y le permitiese colocarse la yukata. Cuando él lo hizo, suspiró aliviada de ponerse algo más que una simple toalla.

—Koga no quiero un enfrentamiento. Sé cuidar de mí y...

Él la encaró y agarró una de sus manos, tiró de ella suavemente acercándola en su cuerpo.

—Puedo oler tu herida desde aquí. No voy a discutir contigo, un lugar al lado de ese chucho nunca ha sido seguro pero ahora lo es menos. No voy a permitir que salga impune de haberte hecho eso.

No había visto la herida, tampoco hacía falta. Su postura y el hedor que emanaba a sangre e hierbas medicinales le hacían ver que no se trataba de un simple arañazo. Estando junto a ella no podía evitar el sentimiento de culpa, era como traicionar a Ayame, sus sentimientos se avivaban a su lado, su razón se perdía y lo único que deseaba era mirar siempre ese mar marrón.

La puerta se abrió e Inuyasha fulminó con la mirada al lobo. Lo había olido desde que entró a sus territorios pero encontrarlo en el cuarto de su mujer y tan cerca de ella le enfureció. Crujió sus garras, mostrándolas amenazante.

—Lobo, abandonas a tu manada para verte con mi mujer... —Negó con la cabeza —. Mal, muy mal.

Continuará...


Quizás algo corto y MUY tardío, lo cual me disculpo. Espero terminar este y el de Caprichoso destino.

Agradezco enormemente a quien se haya molestado en dejarme un review y me alegra que le guste mi historia.