¡Buenas! Resubí este capítulo porqué volví a escribir el final ya que no me gustó como quedó anteriormente. Lamento las molestias.

De nuevo, mil gracias por todos vuestros comentarios. Me encantaría poder responderos uno a uno, pero mi falta de tiempo me lo impide. Me encanta que os esté gustando mi historia. Aquí os dejo otro capítulo, el cual, creo que es más largo.

Ojala lo disfruten.

Leinad


7

La flecha se clavó en el borde de la diana que había hecho, medianamente bien, en un árbol caído.

-¡Mierda!- Solté bufando, contemplando la diana. Una de tres, era penoso. ¿Me había levantado en la madrugada para ser una penosa con el arco?

Suspiré, volviendo a tensar el arco que me había traído Legolas, de madera negra con decorados rojos y dorados, y al final de este, un lobo aullando tallado en la madera. No era común un arco así entre los elfos, él lo había decorado especialmente para mí.

Mi objetivo no estaba muy lejos, a unos 8 o 10 metros de mí, y aún así, apenas una de las flechas había acertado, las otras dos estaban clavadas en el suelo, seguramente si Gimli me estuviese viendo, se estaría partiendo de risa de mí.. Apunté al centro, pero antes de soltar la flecha de plumas rojizas, otra salió disparada hacia la diana, clavándose justamente en medio de esta. Di media vuelta sobre mi eje encontrándome con Legolas, quien caminaba hacia mí mientras se colocaba su arco en la espalda.

-Presumido- Le susurré cuando se puso a mí lado.

Vi como reía levemente, mostrando unos perfectos dientes blancos.

-¿No podías esperar al entrenamiento de esta tarde?- Preguntó sin perder la sonrisa.

Negué con la cabeza.

-Soy algo impaciente para algunas cosas… Además, soy pésima con esto.-

Legolas se acercó más a mí para quedarse justo detrás de mí.

-Tal vez si cogieses bien el arco te iría mejor.- Comentó con un leve tono divertido, poniendo su mano donde la mía sujetaba el arco, indicándome como debería de cogerlo.

El simple tacto de su piel logró que la mía se erizara y que sintiera como una corriente eléctrica recorriese mi cuerpo entero.

-No tenses tanto el arco, y no estés tan rígida- Susurró levemente. "No estés tan rígida" ¡No es fácil si estás tan cerca de mí, orejas picudas!

Su mano, la que antes estaba junto a la mía, ahora recorría mi brazo, acariciándolo suavemente con la yema de sus dedos, para así, acabar poniéndola en mi cintura.

-Cierra un ojos y apunta un poco hacia arriba, tienes la manía de lanzar la flecha contra el suelo.- Su voz sonaba demasiado cerca de mi oído y podía sentir su fresco aliento un poco más arriba de mi cuello. Sentía sus ojos clavados en mí.- Alza la cabeza.- Ordenó con suavidad, empujando mi barbilla ligeramente con su mano, para después volver a ponerla en mi cintura.- Tranquila, lo harás bien-. Solté un suspiro. Creo que nunca antes había estado tan cerca de él.- Dispara-. Lancé la flecha y está se clavó en el centro, justo al lado de la de Legolas.

Lo había logrado. La felicidad me poseyó, me giré sobre si misma para abrazar a Legolas, pero no me di cuenta que mi rostro quedó muy cerca del de él, demasiado cerca, tanto que sin querer nuestros labios se juntaron en un torpe beso. Todos mis sentidos se revolucionaron al sentir los cálidos del elfo, y como mi corazón latía de forma extraña. Legolas apretó sus manos a mi cintura. Aquel beso no duro más de 10 segundos. Mis ojos se desviaron hacia el suelo con las mejillas rojas de la vergüenza. Quería irme, salir corriendo, pero él me seguía abrazando por la cintura. ¿Y ahora qué? Al rato acabó retirando sus manos con suavidad, dejándome libre a la vez que soltaba un suspiro. Me separé de él despacio, soltando también un suspiro. Alcé mis ojos para mirarle, se encontraba con los ojos cerrados, rígido como una estatua y un leve tono rosado teñían sus mejillas.

-Lo siento…- Dije en un susurro casi inaudible, para luego caminar rápido hacia donde se encontraban los demás, mordiéndome el labio inferior.

Era media tarde y Sombra estaba visiblemente molesto porque no podía hacer una de sus carreras contra el viento, ahora caminaba a trote lento, al igual que los demás. Gimli había comenzado a hablarme de los enanos, más concretamente de las mujeres enanas, casi indiferenciables de un enano varón. Me hacía reír y distraerme de mis preocupaciones. Legolas y yo no habíamos vuelto a hablar, ni siquiera nos habíamos mirado. Estábamos distantes a pesar de estar al lado el uno del otro. No podía evitar sentir una vacio en mi ser, y tampoco podía evitar el recuerdo de sus brazos rodeándome y de sus labios contra los míos. Miles de sensaciones recorrieron mi cuerpo de arriba abajo en aquel momento, sensaciones que asustaban a la vez que te encantaban. Aquel había sido mi primer beso, ese que nunca se olvida. ¿Legolas habrá sentido lo mismo que yo? ¿Qué estará pasando por su mente elfica?

¿Qué habías hecho conmigo Legolas? Lograbas que esta máscara de indiferencia que me había creado estos años se rompiese en mil pedazos. Me provocabas felicidad y tristeza a la vez. Dolor por estar tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Creo que aunque pasase miles de años el recuerdo de sus sonrisas y el brillo de sus rubios cabellos nunca se borrarían de mi mente. Sus ojos, su voz y el tacto de su piel… Demasiadas cosas.

El tiempo se había vuelto furioso y despeinaba con fuerza mi largo pelo. De un momento a otro escuché el aullido lejano de un lobo en el horizonte, me extraño y maravillo. No sabía que habían lobos por este mundo, ese maravilloso animal que desde pequeña había cautivado mi ser. Miré a los demás, pero estaban como si no estuviesen escuchando nada. El aullido parecía angustiado y preocupado, mi mente se preguntaba por qué. De pronto Arod detuvo su paso y Legolas se quedó mirando el alrededor.

-¿Qué ocurre elfo?- Preguntó el enano.

-Noto una presencia maligna en el aire…Algo se avecina.- Susurró. Todos lo miramos para luego mirar también a nuestro alrededor.- Orcos, montados en Wargos.- Su voz parecía exaltada.

Los cuerpos de Aragorn y del enano se tensaron, así también como el de los propios caballos. ¿Orcos? ¿Wargos? El hombre se acercó a mí.

-Quiero que te mantengas alejada de la batalla…-

-¿Qué? ¿Por qué? Quiero luchar Aragorn, de qué sirve si no el entrenamiento. Tú mismo lo dijiste, soy buena para esto.-

Él lo pensó unos segundos para luego asentir. "Si ves que no puedes con ellos, solo vete" Fue lo último que me dijo con voz sería.

-¿Son muchos?- Preguntó interesado el enano.

-Los suficientes como para entretenernos un buen rato- Contestó Legolas.

-Bien, esta vez yo ganaré orejas picudas- Comentó divertido mientras empuñaba su hacha y Legolas sonreía cómplice

Esperaba impaciente al igual que Sombra que chocaba una de sus patas delanteras contra la tierra y miraba al horizonte con sus ojos de color carbón. Me bajé de su lomo, odiaba luchar encima de un caballo, siempre se llevaba el animal el mayor porcentaje de los golpes de la batalla. Siempre piensas antes en los animales que en los seres humanos. El enano también bajo a tierra firme, contento de dejar el molesto caballo. Mis oídos percibían gruñidos lejanos, agudos y graves, capaces de helar la sangre, pero aunque estaba más que nerviosa, me mantenía firme, levemente emocionada. Tantas veces deseando estar en una batalla, realmente dudaba fuese tan genial a como lo era en mi imaginación. Del horizonte aparecieron sombras de seres deformados y oscuros, no se diferenciaban tanto a como lo planteaban en los cuentos. Los orcos eran seres poco agraciados, demasiado. Iban montados en…¿Hienas? ¿Eso eran los Wargos? Seres parecidos a mis preciados lobos y a las hienas, pero tres veces más grandes y feos, ¿acaso esos aullidos provenían de ellos? Lo dudaba. Por unos momentos creí que los ojos de Legolas estaban puestos en mí, pero cuando lo miré su vista estaba fija en aquellos seres que venían veloces, con rostro serio. Brego empezó a correr hacia ellos al igual que Arod mientras sus jinetes preparaban su espada y arco, Gimli por su parte también empezó a correr, con ganas de cortar unas cuantas cabezas. Y…¿Y yo qué? ¿Dónde estaba la decisión de hace unos segundos? ¿Dónde estaba esa confianza? Sentí como algo me daba un golpe ligero en la cabeza, sacándome de esos pensamientos. Sombra me había golpeado con su morro y había soltado un relincho cuando me giré a verlo. Sonreí levemente.

-Quiero que te alejes de aquí, intenta que nada te pase renacuajo.- Le susurré y este capto la orden alejándose a trote de allí.

Renacuajo

Si estaba aquí, con la mano en el mango de mi espada, dispuesta a luchar y dar mi vida, era por mi hermano. Estaba dispuesta a pasar por todo esto para al menos verle una vez más. Escuché unos pasos a unos metros detrás de mí. Miré de reojo, viendo a un Wargo agazapado, caminando lentamente y su jinete sonreía con sorna, como si estuviesen seguros de que yo sería presa fácil. Quizás tenían razón. De un momento a otro, el wargo empezó a correr a por mí. Uno, dos, tres… Me giré, desenvainando mi espada para clavársela a aquella bestia entre los ojos. Saqué mi arma de aquel cuerpo ahora inerte. Nunca creía que mataría a un animal, si a eso se le podía considerar así. Nunca creí que mataría. Al orco se le había borrado la sonrisa y ahora preparaba su arma. Varios ataques y varios choques de espada, para luego, en un movimiento atravesar su cuerpo por el abdomen. Mi espada quedó manchada de sangre negra. Me sentía ágil, habilidosa. Mis ojos veían con total claridad, y mis oídos percibían sus pasos a distancia, el sonido de las flechas ir contra el viento para al final clavarse en la carne de su oponente, el ruido de las espadas y hacha chocar con otras armas, los gritos de aquellos seres, lo gruñidos de los Wargos, las respiraciones de mis compañeros. Orcos sin montura se lanzaron contra mí, dos de ellos cayeron a la tierra, abatidos por dos flechas. ¿Legolas estaba preocupado por mí cuando él tenía que lidiar con otros asuntos? Un sonrisa se formó en mis labios. Mi espada detuvo el ataque de uno de aquellos orcos, pelear con 3 a la vez era algo nuevo para mí. Mis sentidos estaban en todas partes, me sentía agobiada. Le lancé una pata a uno de ellos, logrando que su dejara de tomarme atención y se preocupase del dolor en uno de sus costados, aproveché la ocasión para pasar el filo de la espada por su cuello. La espada negra de unos de los que me quedaban pasaron por al lado de mi rostro, dejando a su paso un pequeño recuerdo, un corte en mi mejilla que dejó caer un hilo de oscura sangre. Un codazo contra su casco y una patada en la barriga, para después centrarme en el otro, esquivando sus ataques, ataqué yo, en uno de los brazos descubiertos de la armadura. Su gritó agudo sonó y mi espada atravesándolo lo calló. Seguidamente volví con el último que me quedaba cerca, que recién se recuperaba de mi última patada. No le di oportunidad y le rajé varias veces el abdomen y los lugares que veía desprotegidos. Me sentía poderosa, que podía con cualquier cosa. Estaba segura de mí misma y hacía años que no me había sentido así. Estaba cansada, había recibido varios golpes y pequeños cortes que, aunque escocían, me acabaría olvidando de su existencia. Miré a mis compañeros, escuchaba a Gimli y a Legolas contar los orcos y Wargos que iban matando a su paso. El elfo ganaba por ahora, pero el enano no tardaría en darle alcance. A Aragorn consiguieron tirarlo del caballo, y ahora demasiados orcos se le echaban encima, pero él aguantaba con todo, se movía con agilidad y acababa con ellos con gran rapidez, al igual que Legolas. El elfo disparaba varias flechas a la vez y no fallaba en ningún objetivo, él con su arco era mortal. También en tierra firme, se movía con total agilidad entre las altas y grandes piedras, acabando con cada quien se acercase a él… O incluso a mí. Cada vez que veía que un wargo lo elegía como su presa, sentía una gran presión en mi ser, pero Legolas siempre salí victorioso. Escuché el gruñido de un wargo que corría veloz hacia mí, y poco más y no me hubiese dado tiempo a esquivarlo. Ese bicho frenó, derrapando para poder darse la vuelta y encararme de nuevo. Me alejé unos pasos de él, tomando distancia segura. Pero lo que no predije ni mis sentidos me avisaron fue de la flecha de oscuras negras que volaba hacía mi, clavándose finalmente en mi espalda, a la altura de mi hombro. Solté un ligero grito de dolor a la vez que el gesto del sufrimiento aparecía en mi rostro. Mi cuerpo entero tembló, y sentí como el brazo que sujetaba la espada se quedaba débil, sin fuerzas. Mis compañeros, mis amigos pusieron sus ojos en mi, sentí su preocupación y desesperación, sobretodo de Legolas, que trataba llegar hasta mí, pero los orcos se lo impedían, no iban a dejar que ayudasen a la presa. Mi vista se nublo por unos segundos antes de dirigirla a aquel wargo y su jinete, que se preparaban para poner fin a mi sufrimiento. Me niego rotundamente a que lo hagan, esto no acaba aquí. Cogí el arco de un orco que yacía muerto en el suelo. Mi mano temblorosa cogió la flecha que tenía clavada en mi carne, para arrancarla de un tirón ganándome otro grito contenido de dolor. La sangre empezó a brotar de mi herida. Me puse en posición, intentando ignorar el dolor, apunté, suspiré y solté la flecha con mi sangre a la misma vez que aquella bestia empezaba a correr hasta mí. La flecha llegó a su objetivo, clavándose en el cráneo del orco que cayó de cruces al suelo. Pero el wargo seguí corriendo hacia mí despreocupado por la muerte de su jinete. Yo solo esperé, con un brazo inservible por el dolor de la herida, poco podría hacer. Solté un suspiro cansado, esperando. Pero aquella bestia peluda nunca llegó a alcanzarme, un caballo negro se interpuso en su camino para darle una coz en todo el morro que lo mandó a unos metros de distancia. Sombra se acercó a mí para acariciar mi mejilla sana con su morro. Acaricié su frente, agradeciéndole su ayuda para luego subirme a su lomo lo mejor que pude. Galopó subiendo una colina, esquivando los cuerpos de orcos tirados en el suelo, alejándonos un poco de la batalla. Mi respiración era agitada y mi cuerpo temblaba, muchas cosas en tan poco tiempo. El brazo estaba como dormido, aunque podía moverlo eso me provocaba una descarga de dolor por todo el cuerpo. Mis ojos se posaron en la batalla, pocos eran los enemigos que quedaban. Los ojos de Legolas seguían mirándome, cruzándose con los míos. Había extrañado que me mirase, aunque ahora solo lo hiciese con preocupación, en cambio parecía que los míos no reflejaban nada, solo cansancio. El viento acarició mi rostro, era frío y traía con él susurros que lograron ponerme la piel de gallina. La mirada de Legolas se volvió más preocupante y sus músculos se tensaban más de lo que ya estaban. El viento se volvió furioso y fuerte, enredando mis cabellos y la crin de Sombra, parecía como si quisiera advertirnos de algo. Sombra se había puesto notablemente nervioso, supuse que era por los gruñidos y gritos de los pocos orcos y Wargos que deban en pie… O ¿quizás era por otra cosa? Una punzada de dolor apareció de repente en mi cabeza, y junto a él vino a mi memoria aquel bosque oscuro, aquella espada contra mi cuello y el grito de mi hermano. De pronto, mi potrillo se alzó sobre sus patas traseras para así salir corriendo como alma que lleva el diablo, sin ninguna dirección en especial. Estaba demasiado nervioso y pronto descubrí el por qué. Los relinchos furiosos de otros caballos sonaron detrás de nosotros. Los jinetes negros volvían a pisarnos los talones, pero esta vez, yo estaba completamente sola. Sus malditos chillidos me taladraban la cabeza, como si se tratase del graznido de los negros cuervos. En la oscuridad de aquel momento que cerré los ojos para parpadear, vi aquel tipo de mis sueños, aquel que me había arrebatado a Darren. Se estaba riendo.

"No puedes escapar" Susurraba.

Mi vista comenzaba a nublarse, y tanto mi cabeza como mis ojos empezaron a arder, obligándome a cerrar los parpados. A cada metro que los Nazgûls se acercaban a nosotros, un recuerdo chocaba contra mi ser. LA sonrisa y la voz de mi madre al darme las buenas noches, mi hermano recién nacido, la sombra de mi padre. El accidente, un día lluvioso en el cementerio, la desaparición de aquel que alguna vez llamé "padre", el llanto de Darren mientras susurraba mi nombre.

"No puedes huir" Volvió a susurrar aquella voz que asustaba ligeramente mi ser.

Un acantilado empezó a formarse a nuestro lado izquierdo. La herida a la altura de mi hombro palpitaba con dolor. Mi camiseta estaba mojada por la sangre y pegada a mi piel. Los Nazgûls pronto nos dieron alcance. Uno de ellos se posó a nuestro lado, entre abrí mis ojos para mirarlo, para enfrentarlo, ahí rodeado de sombras, alargando su mano hacia mi dirección. Sentí miedo, desesperación. Anteriormente, Sombra me había librado de ellos, pero ahora no sería igual, no teníamos escapatoria, estábamos acorralados. Entre el miedo, el dolor y el cansancio que sentía perdí toda concentración y el equilibrio, dejándome caer hacia el lado izquierda. Me agarré como pude a la crin de Sombra, con mis pies tocando el borde del precipicio. Los gritos de los jinetes y la risa de aquel tipo aumentaron.

"Ríndete, no tiene oportunidad"

¿Rendirme? Hacía tiempo que me había prometido no rendirme nunca. No he cumplido jamás esa promesa, demasiado cobarde, demasiado débil. Y ¿ya está? No, estaba sería diferente. Algún día cumpliré esa promesa, bien, este era el momento. Una extraña sensación invadió mi cuerpo, ya no estaba tan cansada, y el dolor de mi hombro se había vuelto soportable. Mi vista había vuelto a la normalidad, incluso había mejorado. Divisé más adelante una roca que sobresalía del precipicio, cuando llegamos a su altura, me apoyé en ella, impulsándome hacia arriba para subirme de nuevo encima de Sombra, no sin antes darle una patada al Nazgûl que perdiendo un poco el equilibrio por el golpe, disminuyó la velocidad de su caballo, dejándonos ganar terreno. Reí a la vez que el potro relinchaba divertido, aumentando su galope y dirigiéndose a campo abierto. Los metros volvieron a separarnos de los antiguos reyes de la Tierra media y eso tranquilizaba. A lo lejos vi un frondoso bosque, y mi caballo puso dirección hasta allí. La otra vez los árboles nos habían ayudado a despistarles, esperaba que hoy también funcionase.

Aquel bosque era digno de ver, con anchos troncos que se alzaban hacia el cielo. Sombra seguía galopando entre los árboles pues aquellos seres seguían siguiendo, ya no los veía pero sus chillidos seguían ahí. Aun que estaba más tranquila por la lejanía que nos separaba de los Nazguls sentía como si alguien estuviese vigilándolos, y al parecer estaba en lo cierto. Una flecha salió disparada entre las ramas de los árboles para clavarse en la piel de Sombra, haciendo que este tropezara y cayésemos los dos de cruces al suelo. Rodé por el suelo provocando un gesto de dolor en mi rostro. Solté un largo suspiro antes de levantarme con lentitud, mis ojos buscaron a Sombra encontrándolo tirado en el suelo, con la flecha clavada en su costado. El miedo me invadió y mis pies corrieron hacia él para agacharme a su lado. La sangre teñía su oscuro pelaje y quejidos de dolor salían de su garganta. Acaricié su cuello con suavidad mientras mis ojos se humedecían. Los chillidos de los Nazgûls sonaban más cercanos, pero no me importaban, ahora solo me preocupaba por Sombra. Mi potrillo intentó levantarse pero el dolor no lo dejaba.

-Shh… Tranquilo.- Le susurré con voz dulce.- Todo está bien, todo estará bien…- Las lágrimas empezaron a salir, intentando creerme mis propias palabras. Estaba asustada e incapaz de hacer nada. Tenía miedo de perderlos, no quería, ya había perdido suficiente.

Escuché a los caballos oscuros demasiado cerca de mi posición, pero yo solo los ignoraba, al contrario que Sombra, quien comenzó a empujarme con su cabeza, indicándome que me fuese de allí. Me negaba a dejarle ahí solo, pero él insistía, me relinchaba en tono desesperado, impaciente, como si me estuviese ordenando que me fuese. Mi corazón se oprimía con fuerza. No quería irme, no quería nada de esto. Sombra insistía, estaba sufriendo y aún así no dejaba de preocuparse por mi seguridad. Mi respiración era acelerada, estaba nervios y mi ser dolía cada vez que mi potrillo rechazaba mi compañía. Paso un rato hasta que desistí. Le besé la marca blanca de su frente mientras más lágrimas salían de mis ojos. Me levanté lentamente, y me di la vuelta, empezando a caminar para adentrarme en el bosque, conteniendo las ganas de girarme y regresar con Sombra.

No quería esto, nunca lo había querido. Demasiado dolor, demasiado sufrimiento…Demasiada muerte. Estaba harta de todo esto, de mi realidad. Me sentía perdida, rota en mil pedazos.

Aquella voz empezó a reírse en el silencio entre los árboles..

"¿Te das cuenta? Todos los que están a tu alrededor acaban sufriendo. Tus padres, tu hermano, incluso tu caballo…"

Cállate…

Mis puños se cerraron con ira.

"Eres inútil en tu mundo, y en el otro. Estás perdida y destrozada… Solo vales para sufrir y provocar sufrimiento…"

¡Cállate!

"Estás sola"

-¡Basta!- Grité furiosa-¡Estoy harta de todo esto!-

Mi mano cerrada en un puño chocó contra el tronco de un grueso árbol...

-No permitiré más sufrimiento en mi alrededor, no más cobardía. Se acabó el huir. No le tengo miedo a esto ¿oíste? ¡No más! No me rendiré, iré a por mi hermano y lo traeré a salvo. Y en cuanto a ti…Te juro te patearé el trasero cuando nos veamos. Se acabo el ser una niña, las máscaras y los escudos. ¡Todo eso se acabo!- La furia me invadía. Mi límite había sido sobrepasado y sentí como si algo en mi interior se rompiéndose en miles de pedazos, como si de un cristal se tratara. Sentí una gran liberación y todo era diferente, como si todo fuera nuevo a mis ojos.

Me senté contra un árbol, sacando un cuchillo que llevaba colgando en mi cinturón. Todo iba a cambiar. Cogí la melena que caía por mi nuca y lo corté hasta la altura de mis hombros. Era hora de empezar. El pelo tintado de color violín cayó suavemente al suelo lleno de hojas. Ya todo acabó. Mi cabello ahora era largo por delante y corto por detrás. Solté un suspiro y choqué mi cabeza contra el árbol, mirando el cielo que comenzaba a hacerse oscuro entre las ramas del bosque.

Sentí la misma presencia que había herido a Sombra cerca de mí y la furia invadió mi ser. Olía su fétido olor, escuchaba sus pasos acercarse, vi su sombra sobre mí. Entrecerré los ojos, no iba a defenderme, no iba a hacer nada. Basta de huir. Tal vez si me dejaba coger me llevarían a donde estaba Darren, tal vez… Ese ser, que reconocí como un orco, se acercaba cada vez más a la vez que mis parpados se iban cerrando cada vez más, hasta que estos se cerraron por completo.

"El que no arriesga, no gana nada"