VI.

Suspiro con fuerza mientras cierro la carpeta del último informe.

Estoy agotada. Noto como mis hombros están sobrecargados y como mis piernas tiemblan cuando me levanto después de estar tanto tiempo sentada. Los ojos me arden por haber estado leyendo toda la maldita tarde y tengo que reprimir el bostezo que amenaza con salir de mi boca.

Hace una hora que Arizona y Sally se han marchado de la oficina y con ellas mis esperanzas de acabar con esta tortura. Estaba realmente ilusionada con la idea de ir a cenar esta noche con ellas y agradecerle todo lo que han hecho por mí hoy, pero no ha sido posible.

Malfoy se ha encargado personalmente de que así fuera.

Tras el breve encuentro en mi despacho, todo fue a peor. No dejó de enviarme información sobre los parámetros del congreso, sobre las medidas que acataríamos y sobre el tiempo estipulado que teníamos para conseguirlo. Me había obligado a leer cada uno de los informes, cada uno de los contratos con los inversores que por ahora teníamos y todos aquellos que nos faltaban por conseguir, y no había dejado de enviar más y más carpetas con todo lo que deberíamos tener ya hecho y que me correspondía a mi hacer.

Si antes me quejaba por su reticencia a enseñarme, ahora estoy saturada y aterrada. Es mucha cantidad de trabajo para tan poco tiempo. Necesitaríamos más de tres meses para poder realizar todo eso… No iba a conseguirlo.

Por si fuera poco, a lo largo de la tarde tuve que pedir que los de mantenimiento subieran una pequeña mesa auxiliar y que la pusieran al lado de mi escritorio para poder colocar todos los dosieres. Observo como están apilados unos encima de otros, en varias columnas de diferentes alturas, y no puedo evitar temblar al saber que son los que me quedan todavía por leer y estudiar.

Las ganas de llevarme el trabajo a casa son más fuertes que nunca, así que he decidido meter dentro del bolso un par de carpetas para ojearlas por las noches. Es lo menos que me apetece en estos momentos, pero si quiero adelantar trabajo, tengo que hacerlo.

Me llevo una mano al puente de la nariz y me masajeo ese punto con suavidad intentando relajarme. Quisiera tener el coraje de presentarme en su oficina y exigirle que me despida para así poder regresar a Londres, a la calidez de mi oficina y a la tranquilidad de mi casa, pero no puedo por muchas ganas que tenga de hacerlo.

Nunca he huido las cosas se ponen feas y no pienso hacerlo ahora.

No estoy segura de sí puedo irme todavía, pero hace rato que nadie toca la puerta de mi despacho para traerme más trabajo así que deduzco que mi infierno ya ha acabado. Me giro sobre mi misma para recoger todas mis cosas y no puedo evitar mirar por la ventana y soltar otro suspiro, esta vez de admiración.

Ya es de noche y el cielo oscuro de Manhattan se ha llenado de luces centelleantes de todos los rascacielos que surcan su horizonte. Es tan apabullante y sobrecogedor que no puedo evitar apoyarme en el borde del escritorio y admirar las vistas durante unos minutos más. De pronto, algo ruidoso suena a mis espaldas y yo me giro sobresaltada.

Fulmino con la mirada al pequeño móvil que Ginny me ha dado para mantenernos en contacto. En un principio rechacé la idea, poniendo de argumento mi poco tacto con los aparatos electrónicos, pero ella insistió amenazándome con contárselo a Molly solo porque sabía que a esa mujer nadie podía negarle nada. Además, tenía razón, no podía quedarme incomunicada durante tres meses. Lo cojo dispuesta a parar esa dichosa canción como sea cuando el nombre que aparece en la pantalla me deja paralizada.

Ronald.

La música sigue sonando y soy consciente de que tengo que cogerlo, pero simplemente no sé qué hacer. Nunca nos habíamos llamado tras nuestra ruptura. Si lo hacíamos era por causas mayores y las conversaciones no solían sobrepasar el minuto. Soy consciente de que la llamada está a punto de terminar. Una parte me dice que lo deje estar, que no debería volver a ese punto con él nunca más, la otra me dice que una llamada no tiene por qué significar nada a no ser que algo haya ocurrido.

De repente un sinfín de preguntas comienza a rondarme. ¿Habrá pasado algo? ¿Y si mis padres…?

Ese último pensamiento hace que la respiración se me corte de golpe y muevo el pulgar sobre la pantalla con tanta rapidez que el móvil casi se me cae de las manos.

—¿Hola? ¿Va todo bien? ¿Ha pasado algo? —odio la desesperación que tiñe mi voz, pero ahora mismo no me importa nada.

—Caray, Hermione. ¿No puedo llamarte sin que ocurra una catástrofe? —su voz suena cálida, incluso cargada con cierto toque de humor.

Dejo escapar todo el aire que he estado conteniendo sin darme cuenta y aliviada me vuelvo a dejar caer sobre el borde de la mesa.

—Lo siento, pensaba que había ocurrido algo... Mis padres, ya sabes. —digo algo avergonzada.

—Ellos están a salvo, tranquila. —me asegura con firmeza—Simplemente tenía ganas de escuchar tu voz, Mione.

Mi vista se pierde en el ventanal de mi despacho, en las luces que parpadean más allá, y el silencio se instala de golpe. Por un momento no sé qué decir. Hubo un tiempo en que esas mismas palabras solían hacerme sonreír e incluso perder un poco el sentido, ahora solo siento confusión y…dolor. A estas alturas no debería sentirme así cada vez que me llama de esa forma. A estas alturas debería darme igual, pero no lo hace. Todavía sigue escociendo todo lo que pasó entre nosotros.

Quiero pensar que las ha dicho sin querer, que ha sido cosa de la costumbre, así que me obligo a hablar para que no note la incomodidad que siento.

—¿Va todo bien? —pregunto y carraspeo para que no note el temblor de mi voz.

Le escucho resoplar con fuerza a través de línea.

—Ha sido un día de mierda. Kingsley puede ser un dolor en el culo cuando se lo propone. —hay frustración y cansancio en su voz, y por un instante me lo puedo imaginar recostado sobre el sofá de su casa, con los zapatos aún puestos y el pelo alborotado.

—Ese dolor en el culo es el responsable de tu sueldo, Ronald. Deberías tenerlo presente. —le recuerdo.

—No es mi culpa que esté insoportable. A este paso va a conseguir que mitad de la plantilla presente su dimisión antes de que acabe el mes.

—¿Ha pasado algo grave? —me aventuro a preguntar, aunque sé de sobra la respuesta.

Pasan varios segundos antes de que Ronald hable de nuevo.

—Sabes que me encantaría contarte todo lo que se cuece por aquí… Pero no puedo.

Lo sabía. Sabía que tanto a él como a Harry les habían obligado a firmar una cláusula de confidencialidad donde se les prohibía contar absolutamente nada de lo que ocurriera en el Departamento de Aurores. Desde que acabó la Guerra, el Ministerio se ha vuelto más inaccesible que nunca con la información que manejaba, sobre todo la que tenía que ver con la seguridad del país. No estaba del todo segura si eso nos beneficiaba en algo, pero tampoco podía culparles por ello.

Simplemente querían evitar los errores del pasado.

—Pero no he llamado para hablar de eso. —ahora su voz suena menos alegre y más preocupada— ¿Malfoy se ha portado bien contigo? Tenemos agentes en todas las partes del mundo… Sólo tienes que decírmelo y monto un operativo.

Reprimo las ganas que tengo de decirle que no, que no lo ha hecho, que ha sido un tirano conmigo desde que salimos de Inglaterra, pero me contengo. Si le digo la verdad acabará hecho un basilisco, y ya tenía suficiente luchando contra el temperamento de Malfoy.

—Va todo bien, Ron. Ha sido un día infernal, pero todo es muy emocionante. —al menos esa última parte no es mentira. Puede que haya estado al borde del colapso, pero no puedo negar que mi trabajo me gusta incluso en estas circunstancias.

—Tu voz no suena precisamente alegre. Te conozco y sé cuándo mientes.

Suspiro con pesadez a la vez que cierro los ojos. Lo menos que me apetece en estos momentos es ponerme a discutir con él. No tengo fuerzas ni ganas.

—Es Malfoy—le respondo, como si fuera lo más evidente del mundo—Me detesta. No va a ponerme las cosas fáciles por aquí, ya lo sabes…

Ronald vuelve a resoplar, aunque esta vez sé que es de enfado.

—No tienes por qué soportarle durante estos tres meses. Siempre puedes volver a casa conmigo. —hay cierto temblor y urgencia en su voz. Creo que se ha dado cuenta de la magnitud que abarcan sus palabras porque a continuación añade: —Con nosotros, con Harry y conmigo, quiero decir. No me refería a mí exclusivamente. Aunque no me importaría… Digo que no me importaría porque somos amigos. Es todo.

Cierro los ojos, otra vez, intentando con todas mis fuerzas no soltar una carcajada por lo estúpido de esta situación.

—Ronald, no voy a regresar cuando prácticamente acabo de llegar. Sería darle un poder a Malfoy que no tiene. —le oigo refunfuñar, pero decido ignorarle por completo—: Además, me gusta mi trabajo. Es una gran oportunidad para mi carrera. No voy a darme por vencida por culpa de un niño rico que juega a ser el jefe de una empresa.

—Te recuerdo que ese niño rico sigue estando en la lista negra del Ministerio, Hermione. Sigue siendo un peligro para la sociedad. Podría hacerte daño... —su voz está teñida de un profundo resentimiento que no pasa desapercibido.

Pongo los ojos en blanco.

—Ya hemos hablado sobre esto, Ronald. ¿Crees, de verdad, que Malfoy nos odie tanto como para matarnos? Y si es así, ¿no crees que ha tenido un sinfín de ocasiones para hacerlo?

Ronald se queda callado.

Sabe que tengo razón, como también sabe que en realidad Malfoy no es tan intimidante como aparentar ser. Puede ser cruel, puede ser mezquino, arrogante y mala persona la mayor parte del tiempo, pero de ahí a querer asesinarme… Me odia, nos odiamos, pero dudaba que nuestro rencor pasara esa línea.

—Estuvo a punto de asesinar a Dumbledore. —me recuerda—No movió ni un solo dedo cuando su tía Bellatrix te torturaba delante de sus narices. Por no hablar de que han masacrado a gente inocente en el sótano de su casa...

En un acto reflejo me llevo los dedos a mi brazo, al relieve de la horrorosa cicatriz. Los recuerdos de aquel día me asaltan. Bellatrix sobre mi cuerpo inmovilizándome, Bellatrix con su pluma escribiendo en mi piel con todo el odio que sentía hacia mí, todo el dolor, el pánico, la ansiedad... Sacudo la cabeza intentando borrar toda esa sensación de angustia. Pero no fue Malfoy, él no me hizo esto... Dudo que hubiera tenido oportunidad alguna de poder ayudarme como también dudaba de que realmente quisiera hacerlo. Lo que había sucedido no era su culpa. Era mezquino pretender que sí lo era.

—Hubo un juicio que determinó que era inocente de la mayor parte de los cargos. ¿Por qué seguir culpándole por un asunto que ya está cerrado?

—¿Y por qué le defiendes? —me pregunta Ron levantando la voz—No puedo creer que precisamente tú le excuses de esa manera.

Me quedo callada durante un segundo. No le estoy defendiendo, simplemente expongo los hechos como son. Analizar las cosas siempre se me ha dado bien. Malfoy fue procesado, fue juzgado, recibió el castigo que merecía... ¿Por qué seguir con la misma historia? No iba a convertirme en su amiga, ni mucho menos iba a excusarle de todo lo que hizo, pero no veía necesario seguir hurgando en este tema cuando ya estaba cerrado. Todos cometíamos errores y a ninguno nos gustaba que nos lo echaran en cara a todas horas.

—No le defiendo, Ronald. Sólo digo que han pasado mucho tiempo desde entonces... Ya no somos unos críos para seguir con estas tonterías.

—Habrán pasado muchos años, pero las personas como Malfoy nunca cambian. Tiene diversas razones para acabar con nosotros, contigo…

—Ronald, ¡basta ya! Lo menos que necesito ahora es que te comportes como un auténtico lunático. —le corto en seco—Soy totalmente capaz de defenderme yo sola si pasara algo, como también soy capaz de lidiar con Draco Malfoy. No hace falta que te preocupes por mí.

—Claro que me preocupo. Siempre lo hago—suena indignado e incluso puedo intuir que algo dolido—Mi responsabilidad es cuidar de ti.

—¿Cómo dices? ¿ responsabilidad? —pregunto incrédula y la rabia se apodera de mi de golpe—Dejé de ser tú responsabilidad cuando decidiste mandar a la mierda todo lo que teníamos. No soy nada tuyo, Ronald. No quiero ni necesito que cuides de mí.

Nos quedamos en silencio varios segundos.

Soy consciente que me he pasado, que no debería haber sacado ese tema a relucir. Sé que estábamos intentando ser amigos de nuevo, que lo estábamos llevando medianamente bien… Pero no puedo seguir fingiendo que todo va sobre ruedas cuando no es así. El daño que nos hicimos todavía sigue presente, todavía está la herida abierta y que él se comporte así de protector como cuando estábamos juntos no me ayuda a sanar.

—Sé que cometí un error…—su voz es trémula, casi un susurro. —Pero nunca voy a dejar de preocuparme por ti, Hermione. No me pidas que haga lo contrario. Sigues siendo parte de mi vida y tampoco quiero que dejes de serlo. No podría soportarlo.

Me llevo el dorso de la mano a la frente y me apoyo en ella mientras cabeceo. De repente estoy agotada, pero es un tipo de cansancio diferente. Me pesan los hombros y un vacío se ha asentado en mi estómago que no me deja respirar.

—Es tarde, Ronald. —murmuro decidida a acabar con todo esto.

—Mione, lo siento. Yo no quería...

—Estoy agotada y tú también. —le corto en seco de nuevo. No quiero que diga nada más— No es el mejor momento para tener esta conversación.

Aunque no puedo verle sé que está asintiendo. El silencio que precede a mis palabras me asusta. Temo haber llegado demasiado lejos.

—Está bien. —dice al fin con resignación—¿Hablamos otro día?

No puedo evitar darme cuenta de la desesperación que tiñe su voz y eso hace que mi corazón se encoja. Hubo un tiempo que quería verlo sufrir como sufrí yo, que sintiera lo que yo sentí cuando me engañó de aquella manera, pero no podía negar que no me gustaba la idea de causarle dolor alguno. Yo no era así. Me aterraba la idea de perderle de alguna forma, de perder a su familia…. De perder lo único que me quedaba.

—Claro. —le aseguro y puedo escuchar como sopla de alivio.

Estoy a punto de terminar la llamada cuando su voz vuelve a sonar a través del aparato.

—¿Hermione?

—¿Si?

—Por favor, ten cuidado. —y cuelga antes de darme oportunidad de añadir nada más.

Aparto el móvil y me quedo mirándolo en silencio. Intento calmar mi respiración agitada tras varias respiraciones profundas. Odio las discusiones y más cuando se trata de gente tan importante para mí. No quiero que esto vuelva a repetirse, pero tengo la certeza de que no será la última vez que acabemos de esta forma. Me froto los ojos con rabia, deseando abrir un hueco en la tierra y quedarme allí para siempre.

Cuando dejo de compadecerme de mí misma, atravieso la habitación hacia el perchero que hay justo al lado de la puerta para recoger todas mis cosas. Me pongo la chaqueta y agarro mi bolso con fuerza y salgo al exterior. La oficina está en silencio, pero todavía quedan algunas personas rezagadas en su puesto de trabajo. Comienzo a caminar entre las mesas desperdigadas y no puedo evitar que mi mirada se centre en el despacho de Malfoy.

La puerta está cerrada, pero por la luz que se filtra por debajo así que deduzco que todavía sigue allí metido.

Por un momento puedo imaginármelo sentado en su asiento de magnate empresarial, con la cabeza agachada, con la mirada fija en algún documento y la camisa remangada hasta los codos. En mi mente también me lo imagino ojeroso, pálido e incluso también algo agotado. Ha sido una larga jornada, no puedo creer que siga trabajando…

Estaba dirigiéndome hacia el ascensor para irme a mi pequeño pero modesto piso en pleno SoHo, cuando cambio de rumbo. De repente me encuentro delante de la puerta de su despacho con el puño en alto dispuesta a tocar y preguntarle si necesita algo antes de que me vaya. No sé porque lo hago cuando él no ha hecho nada más que amargarme la existencia las últimas doce horas.

Pensándolo bien, ya no me parece tan buena idea… No ha hecho nada que merezca mi amabilidad, pero a la misma vez está esa condenada voz en mi mente que no deja de gritarme que tal vez si le tiendo la mano pueda ver que estoy de su parte y no del bando contrario. Puede que si intento acercarme a él, si intento ayudarlo y mostrarle que ya no somos enemigos podríamos trabajar mejor y todo sería más fácil para ambos.

Estoy a punto de bajar la mano, consciente de la gilipollez que estoy pensando, cuando la puerta se abre de golpe. Abro los ojos sorprendida ante la certeza de que me ha pillado allí, de pie, con la mano alzada como una imbécil. No tengo tiempo a reaccionar cuando alguien pasa por mi lado a gran velocidad no sin antes proferirme un fuerte empujón. Choco contra el marco de la puerta y me agarro a él como puedo para evitar comerme el suelo.

Indignada me giro para gritarle que es un capullo sin modales cuando me doy cuenta de que no ha sido Malfoy.

Dos pares de ojos verdes me fulminan con enfado y rencor. Es una mujer con una espectacular cabellera color caoba que cae en cascada sobre uno de sus hombros. Tiene los rasgos finos y delicados y es condenadamente atractiva. Está impecable de los pies a la cabeza, pasando desde los tacones de quince centímetros a las lujosas joyas que lleva haciendo juego con su vestido de marca. Cuando repara en mi presencia me dedica una mueca de asco como quien mira a un cubo de basura. Se coloca la melena de nuevo en su sitio y sus ojos se clavan en los míos como si fueran dagas.

Pero ¿de qué va esta tiparraca?

Pienso que va a decirme algo porque sus labios rojos se abren un par de veces, pero luego los cierra en una fina línea. Vuelve a mirarme de la misma forma, arrugando la nariz como si apestara, pero entonces se gira de nuevo hacia la puerta del despacho. Sigo su mirada y reparo en Draco, que está sentado tras la mesa de su despacho con las manos cerradas en puños encima de la mesa de cristal. Sus ojos ni siquiera reparan en mí, están fijos en la mujer que está de pie a mi lado.

No sabría describir lo que leo en su mirada. Es una mezcla de odio, resentimiento, rabia…aunque también deduzco que hay algo de melancolía en la forma en que recorre su rostro. Tiene la mandíbula fuertemente apretada, como si se estuviera conteniendo, y su pecho sube y baja con rapidez.

No hay que ser demasiado inteligente para saber que aquí se cuece algo más que una reunión de negocios. Es tanta la intimidad que se emana entre ambos que siento que no existo. Estoy a punto de irme, porque soy consciente de que he llegado en un mal momento, cuando una voz me sobresalta.

—Haré que sufras cada segundo de tu vida, Draco Malfoy. —dice la mujer e incluso su voz suena perfecta— Haré que sufras todo lo que me hiciste sufrir a mí desde aquel día.

Ni siquiera la miro. Draco tiene toda mi atención. Ha palidecido notablemente ante esas palabras.

—No vayas por ahí Bárbara…—dice él en tono amenazante. Su voz suena tan fría que no puedo evitar que un escalofrío me recorra la espalda.

— Entonces no empieces una guerra que no puedas ganar, Draco. Tienes dos días, ni uno más.

La tal Bárbara alza una ceja de forma condescendiente mientras sus ojos verdes destilan odio y maldad por todas partes. No le da tiempo a que Draco responda porque se gira dispuesta a irse. Antes de hacerlo, su mirada vuelve a centrarse en mí con tanta rabia que hace que tenga ganas de partirle la cara allí mismo. Alzo el mentón, dispuesta a no ceder ante su escrutinio, pero ella ya se ha dado la vuelta y se aleja contoneando sus caderas hasta perderse en la lejanía.

Solo cuando la pierdo de vista es cuando me atrevo a volver a mirarlo. Draco está en la misma posición que antes, pero esta vez esta recostado en su asiento, con las manos clavadas en el reposabrazos y los nudillos completamente blancos. Por un momento parece sumido en sus pensamientos y observo como sus hombros se hunden y como la tensión acumulada se reduce notablemente pero aún sigue ahí. Le conozco lo suficiente como para saber que está a punto de estallar como también sé que debería marcharme y hacer como que no he visto nada.

Pero parece tan perdido en ese momento, que verlo en ese estado de debilidad hace que me decida a tocar la puerta con los nudillos. Puede que esta sea mi oportunidad de hacerle ver que en realidad quiero ayudarle, que no tenemos por qué ser una amenaza el uno para el otro al menos hasta que todo esto acabe.

Sus ojos siguen clavados en el mismo punto donde antes estaba aquella mujer, pero al escuchar el ruido de mi mano sobre la madera se dirigen hacia mí. Parece que acaba de reparar en que he estado aquí todo este tiempo porque la sorpresa invade su rostro momentáneamente. Pero tan rápido como aparece, vuelve a desaparecer. De pronto es como si se hubiera puesto la máscara de nuevo, como si toda esa dureza, ese mal genio, esa frialdad aparecieran de golpe. Ahora me mira con odio, con rabia, como si yo fuera la culpable de todos sus males.

Le veo coger aire y luego alza sus cejas preguntándome en silencio que demonios hago aquí. Lucho con las ganas que tengo de darme la vuelta e irme como tenía que haber hecho desde un principio, pero al final me armo de valor.

—¿Estás bien? — mi voz es un murmuro. No era eso precisamente lo que venía a preguntar, pero intuyo que es lo que necesita en estos instantes.

Él no dice nada. Sigue quieto, sin moverse un ápice, lo que me hace sentir patética. Pasan varios segundos cuando se levanta despacio, abrochándose la chaqueta del traje en un gesto muy masculino y sin apartar la mirada de mí se acerca hacia donde estoy yo. Sus pasos son rápidos y acorta rápidamente la distancia que hay entre su escritorio y la puerta, lugar donde me encuentro parada desde que llegué aquí. Ahora está justo delante de mis narices y tengo que alzar la cabeza para poder mirarle a la cara.

Sin apartarse, apoya las manos en el marco de la puerta, a ambos extremos de mi cabeza, y se inclina en mi dirección acorralándome entre su cuerpo y la salida. Sus ojos grises me observan con frialdad desde su imponente altura y no puedo evitar que el corazón me lata con fuerza por su cercanía. Creo que va a decir algo, pero sus labios se curvan en una sonrisa burlona. Por el rabillo del ojo observo como una de sus manos se mueve con rapidez y lo siguiente que noto es como la madera de la puerta se cierra de golpe en mi cara.

No me atrevo a pestañear siquiera mientras mi mente intenta analizar lo que acaba de ocurrir. No puedo creer lo que acababa de hacer…

Siento un sinfín de cosas mientras sigo aquí parada, justo delante de su puerta, con la madera pegada a la punta de mi nariz. Siento rabia por creer que alguien como él necesitaba ayuda, también siento vergüenza por creer que podía intentar acercarme a él de otra manera, pero sobre todas las cosas me siento tan humillada que no puedo evitar que los ojos se me llenen de lágrimas.

Por un momento me odio a mí misma por atreverme a pensar siquiera que alguien como Draco Malfoy pudiera ser compresivo y amable por al menos unos segundos. Me doy la vuelta y corro hacia el ascensor intentando recoger como puedo todos los pedacitos de dignidad que han quedado esparcidos por el suelo.