Nota: Por los comentarios que he leído les va gustando todo esto a pesar del drama. Siguen las sorpresas. De nuevo, muchas gracias por leer.

Capitulo VII

Incertidumbre

Había pasado otra semana en Lima. Para casi todos allí, la tranquilidad de esos días solo fue alterada por una incesante llovizna primaveral... para casi todos, a excepción de Santana. Para ella no fue solo un tiempo literalmente tormentoso en el exterior: también fue horrible en su propio mundo interno. Sobretodo esos últimos dos días, que los pasó en cama, sentía que comenzaba a enfermarse y no solo físicamente.

Desde esa última charla con Quinn, su mente no había descansado. La imagen del rencuentro con Brittany venia una y otra vez a su recuerdo, y no encontraba las suficientes distracciones para que eso dejase de ocurrir. De pronto se descubría a si misma practicando distintas reacciones, o pensando qué haberle dicho, durante el instante en que volvieron a verse. Sabía que todo eso era ilógico e innecesario porque cambiaria nada de lo que ya había ocurrido pero, aun así, no podía parar de pensar en ello.

A veces llegó a imaginar los supuestos 'esfuerzos' de la rubia por volver al país (su escape, su necesidad de pedir monedas para pagar algo tan simple como un boleto de tren, sus viajes, etc.) Pero seguía sin creer que la bailarina intentara comunicarse con ella. Cuando vivía en New York solo le llegaban cartas de impuestos. Y mucho antes, en la casa en la que estaba viviendo nuevamente, tampoco recibió ningún mensaje. La certeza de esto último se debilitó un poco con el paso de los días: en cierto momento estuvo tentada a buscar entre las cosas de su madre - que era la única persona de quien podría sospechar pues solo ella había pasado todos esos años en aquella casa- pero ya la simple idea de hacerlo le parecía grotesca y dolorosa. Además, hacer eso significaría que creía en algo de las palabras de Brittany. Una cosa era pensar escenas imposibles, imaginarias e inconfesables con ella, pero otra muy distinta era ya aceptar algo proveniente de esa mujer.

No quería dudar de su propia madre. No podría preguntarle si durante su ausencia de casi diez años había recibido llamadas o cartas de parte de la única chica que la había hecho llorar al punto de desear no estar viva. Quizás aun tenía algo de temor por lo que esa pregunta podría desencadenar: Santana nunca llegó a contarle a Maribel la verdad de su relación con Brittany. Tras la muerte de su padre- y la previa discusión que tuvieron respecto al tema- a la latina no le quedaron deseos de volver a hablar de su amor por la rubia en público.

Sentía que había cabos sueltos que solo podría atar teniendo la otra versión de los hechos, la real y con pruebas contundentes. Pero, lamentablemente, la única que podía tener las respuestas era la misma persona que se negaba a volver a ver. Suponía que todo eso tendría que parar. En algún momento solo le quedaría una sensación extraña al recordarlo, como cuando se toma un sorbo amargo de algo y todo el sabor lentamente va tornándose en el espectro de lo que fue hasta que- de repente- ya no se puede distinguir su presencia en la boca.

-Dios, esto es horrible. – Santana soltó la cuchara y alejó el tazón de comida que su madre le había traído en una bandeja a su cama.

-No me obligues a darte tu cena en la boca como cuando eras una niña.

-Detesto la sopa, hoy justamente no será el día en que empiece a gustarme. –Maribel le acomodó un poco las almohadas tras su espalda.

-Sin quejas. Es una vieja receta familiar.

-Pues con razón todos nuestros parientes están muertos, los han envenenado con esto...

-¡Santana!

La latina miró de reojo a su madre, que a su vez la miraba expectante con los brazos cruzados, y soltó un suspiro de fastidio. Volvió a beber una cucharada sin cambiar su cara de capricho. A los pocos segundos, empezó a sentir nauseas y se puso totalmente pálida.

-Ay, cariño. –Maribel corrió la bandeja y se sentó junto a ella tanteándole la frente con su mano izquierda. –Esto no me gusta nada...

-Tranquila... –Santana se recostó relamiéndose apenas los labios. Tenia que evitar que su madre hiciera preguntas.- Oímos en las noticias que hay un virus suelto, quizás me contagie cuando salí...

-Pero si hace días que no sales de la casa.

-Entonces, con mayor razón, tú y Axel deberían mantenerse alejados de este cuarto.

-No. Con mayor razón, tú deberías ir al medico.

-Af... –La morena giró los ojos pero sabía que su madre- como siempre- estaba en lo correcto. – Bien. Prometo que mañana iré al hospital.

Maribel no dejaba de mirarla con aire de duda, secretamente intuía que algo no estaba bien. Con fingida calma, se paró, tomó la bandeja y apagó la lámpara. En la puerta del cuarto, se volteó a ver su hija que mantenía los ojos cerrados y un gesto de malestar general en sus facciones.

-Por favor, que no sea lo que estoy pensando... –Susurró mirando un segundo hacia el techo. Seguidamente, se fue a ver a su nieto.

A la mañana siguiente, Santana se sentía como nueva (como si no se hubiese desvelado por varias noches entre pensamientos, nauseas, nervios y vómitos) Pasó buena parte del día junto a Axel, que aun no iba a la guardería y gozaba de los beneficios que implicaban ser cuidado por su propia abuela. Esa fue la primer tarde soleada luego de varios días. Maribel quiso aprovecharla saliendo con su único y querido nieto, lo que le daría cierta libertad a su hija para arreglar algunos de sus asuntos.

Santana sabia que tenia que ir al medico pero, como no sentía malestar y en verdad no quería pisar el hospital, decidió salir a tomar un poco de aire. Podía ser que el encierro no fuera la mejor opción para calmar sus pensamientos. Mientras conducía, notaba que ya había perdido esa especie de temor que la mantuvo tan quieta en su casa (Ese "temor" a volver a encontrarse con Brittany). Los caminos la guiaron hasta su primera parada. El lugar elegido no era reconfortante, pero creía que ya era hora de visitar a su padre en el cementerio.

Le costó un poco ubicar el sitio, por lo cual tuvo que deambular a pie durante un largo rato. La lapida empezaba a estar gastada por los años, unas flores secas yacían sobre la hierba, el nombre de Carlos Lopez se distinguía en la loza. Santana releía la escritura ya resignada, ya no se sentía culpable, fue la mala fortuna la que había jugado los dados aquella vez...

-Flashback-

Ella lloraba con la cabeza gacha, sentada en la silla del estudio. Su padre golpeaba contra las paredes y maldecía en español. Él soñaba que su hija fuera una mujer con un futuro brillante y lo hiciera sentir orgulloso. Pero, por el contrario, Santana ni siquiera tenía una carrera en mente. Eso, sumado a la verdad que se había atrevido a confesarle: amaba a Brittany Pierce y solo soñaba un futuro a su lado.

-¿En que nos equivocamos con tu madre...? Te dimos todo, Santana. Todos los caprichos, las mejores cosas, todo lo que pedías…

-No me culpes por mi elección, quiero seguir mis sueños, solo que aun no sé cuáles son…

-Tus sueños. -Aplaudió sarcásticamente Carlos.- ¿Y salir con una mujer también es un sueño? ¿O una fantasía?

- No. Amo a Brittany y ella a mí. Es tan simple como eso, no estamos cometiendo ningún crimen.

-¡Pero no es algo bien visto en este pueblo! ¡No es natural, por lo menos no en nuestra familia!

-¡No me interesan los demás! ¡¿Alguien de ellos está aquí ahora?! ¡No! – Santana se paró de su asiento y tomó por el hombro a su padre que se giró a verla.- ¿No puedes entender que esto es lo que me hace feliz...? –Murmuró.

-No seas mal agradecida. –Gruñó Carlos volteando la cara. -Siempre puse tu felicidad por sobre mi, no puedes negarlo. Pero esperaba que retribuyeras eso positivamente. Ahora ni siquiera puedo verte a los ojos…

- Papá, no te avergüences de mi, solo intento expresar lo que realmente soy. Sigo siendo tu niña, con la que siempre hablaste, a quien siempre incitaste a ser valiente.

-Esto nada tiene que ver con la valentía y tú ya no eres una niña. Déjate de estupideces…-El hombre se movió bruscamente obligándola a soltarlo. Se paró con las manos tras su espalda, viendo fijamente por la ventana que daba vista hacia la calle. Santana permanecía de espaldas a él, ambos suspiraron abatidos. -Ten bien en claro esto: Me decepcionaste tanto que si pudiese revivir el punto exacto en que me equivoque contigo… Tendría que volver al punto cero. Donde tú, no habías nacido. -Finalizó Carlos hablándole por sobre su hombro.

Santana se tapó la boca para no llorar ante esas dolorosas palabras. No podía comprender la reacción de su padre. Siempre habían sido confidentes, por eso fue a él a quien decidió informarle primero de su relación. Pero si que él no lo aceptara no significaba que eso la detendría, nada lo haría. Tenía la perilla de la puerta en su mano, estaba a punto de marcharse, cuando escuchó un quejido a sus espaldas.

-¿Papá…? ¿Qué te pasa?- Preguntó asustándose cuando vio que Carlos se llevó la mano al pecho y luego se desvanecía cayendo al suelo-¡Papá! –Santana corrió a ayudarlo. Le sujetó la cabeza y lo acomodó sobre sus rodillas, el hombre la miraba con los ojos desorbitados.- ¡No, no, no! ¡A-ayúdenme, por favor! ¡Mamá! ¡Samuel! ¡Alguien...!

-Fin del Flashback-

Santana negaba con la cabeza. Pese a todo, le daba ira no haber hecho más. La ambulancia tardó demasiado y aquel hombre murió camino al hospital. Era un recuerdo amargo ese día, junto a los que le siguieron, pero no podía negar que fueron los tiempos decisivos para que ella fuera lo que es hoy. Sin embargo, cuánto daría por hablar con él una vez más, por que esas palabras dichas en un momento de furia no hubieran sido las últimas que escucharía de su boca. ¿Qué podría haberle dicho?

-¿Santana...? –Repentinamente, una voz masculina tras ella le rozó el oído y la latina se espantó al punto en que soltó un pequeño y agudo gritito. El voltearse, casi sin aliento, se encontró con la cara sonrojada y sorprendida de Finn. –Lo siento, ¿Te asuste?

-¿Eres idiota o lo finges? ¡No puedes hacer eso en un cementerio!

-¿Por qué? ¿Le temes a los fantasmas?

-No. Pero si a los asesinos seriales y violadores de muchachas candentes. –Santana se señaló de arriba a abajo.

Observó a su ex compañero por un instante y recordó que luego de verlo a él fue que se reencontró con Brittany... Finn podía ser la prueba clara de que las probabilidades de encuentro entre ellos eran posibles en ese pueblucho. Puso las manos a la cadera y le hizo un gesto con la barbilla.

- ¿Qué haces aquí? ¿Le traes flores a tu novio el sepulturero...?- Comentó irónicamente, también existía la posibilidad de que Finn Hudson estuviera siguiéndola. El hombre esbozó una leve sonrisa y agachó la mirada.

- En realidad, hoy era nuestro aniversario con mi esposa.- Comentó tímidamente. La latina dejó caer sus brazos sintiéndose de inmediato como una perra insensible: en su afán de querer molestarlo, había olvidado que Finn era viudo. –Mejor te dejo, veo que estabas ocupada…

-No, no, espera... –La morena se paró frente al hombre de alta estatura poniendo una mano en su pecho. Finn levantó una ceja ante esa reacción. Santana cerró los ojos y se relamió los labios -¿Te hago compañía...?- Preguntó en voz baja, haciendo notar que ya no le agradaba estar sola en el campo santo y que quería compensar el error de bromear con el tema de las flores que llevaba en su mano.

Finn sonrió de lado y aceptó. Santana le dio una última mirada a la tumba de su padre y comenzó a caminar junto a él. Casi no hablaron. De vez en cuando sus miradas chocaban y, con velocidad, las corrían hacia otro punto. En cuestión de unos minutos, llegaron a la tumba de la esposa de Finn. Santana leyó la inscripción de la lapida que le pertenecía a Mia Nicolle O' Neil, que murió –según las fechas escritas- a los 23 años. Sobre el nombre y el mensaje ("Por siempre en nuestros corazones") que a Santana le pareció sumamente cursi, había una fotografía de a una muchacha joven, de cabello castaño oscuro, ojos vivaces, y humilde sonrisa.

Le fue inevitable pensar que: la tal Mía tenia cierto aire a Rachel, a su amiga de New York, quien en su momento fue novia de Finn; que Mía murió siendo muy joven y tras dar a luz, lo que indicaba que la juventud no era símbolo- ni seguro- de vida; y que –quizás- ella misma no tendría ya nunca a alguien como Finn que le llevara rosas a la tumba en el día en que deberían festejar su aniversario de bodas. Lo último fue lo que más entristeció a Santana, pero de todas formas respetó el momento en que su ex compañero regalaba las flores a su mujer fallecida.

-Ella amaba las rosas.- Dijo el castaño con melancolía. Santana sintió ternura y nerviosismo: ella también las adoraba y era incomodo tener algo en común con una persona muerta pues sentía que eso -de alguna forma- podía aproximarla un poco hacia el más allá.

-No fue fácil ¿Verdad? –Indagó unos pasos más atrás de Finn, con los brazos cruzados.

-Pensé que iba a enloquecer. –Suspiraba el hombre. -Nada me aliviaba. Rogaba que el tiempo se reiniciara para que ella no se embarazara y muriera. No sé cómo es la muerte, Santana, pero si podía averiguar en qué consistía la vida. Comencé a entender que este era nuestro destino. Fuimos felices lo poco que estuvimos juntos. No éramos culpables de lo que ya estaba escrito…

-Eso fue porque no había vuelta atrás, no tenías modo de arreglar las cosas...

-Es cierto. Pero todo lo del pasado se puede arreglar de alguna forma; bueno, salvo por la muerte. Yo... Sé que no puedo ver ni tocar a Mía, pero si creer que ella nos cuida desde algún lugar. Lo demás, siempre se pueden remediar. Nunca es tarde para arrepentirse.

El hombre se volteó a verla con tranquilidad. Santana tragó saliva y desvío la mirada. La verdad era que Finn le parecía un buen consejero. Lo poco que habían hablado le hizo pensar muchas cosas. La morena se preguntaba si ese tipo de respuestas y la capacidad de mantener la calma era algo que el ex mariscal de campo había adquirido con el tiempo, en realidad quería por saber más de él si tenia la oportunidad.

Al salir del cementerio, decidieron ir a una pequeña cafetería que Finn conocía. Con el paso de los minutos, las palabras empezaron a salir cada vez con más fluidez. Hablaron de sus hijos, de sus vidas. Santana supo que Finn trabajaba como vendedor de bienes raíces, y admitió que le parecía interesante (sobretodo porque ella quería comprar una casa), pero Finn no podía creer que Santana fuera psicóloga... No sabría definir qué hacían los psicólogos, pero esa seria la ultima carrera que imaginaria para alguien de tanto carácter y ambición como aquella morena. Al final establecieron que el trabajo no tiene por qué representar a una persona.

Pidieron otra taza de café mientras Finn le contaba lo que sabia de los ex miembros de New Directions, el inolvidable club del coro en el que participaron en la adolescencia. Noah Puckerman (el mejor amigo de Finn, que mantenía un pasado peculiar con Quinn) se había ido a Los Angeles con Sam Evans, un rubio de labios grandes, y ambos eran socios de un negocio. Mercedes Jones, sin dudas una de las mejores voces de su generación, era en la actualidad una cantante consagrada y reconocida. Artie Abrams, el chico de silla de ruedas, tenía una tienda de música en Lima; de Tina y Mike no sabia nada (ni recordaba sus apellidos pero eran una pareja de asiáticos) quizás fueron raptados por alienígenas. Finalmente, hablaron de personas que Santana había tratado más:

-¿No tienes problema en saber que Quinn está con la que fue tu novia...?- Preguntó la latina.

-Si, de hecho, llegué tarde para interrumpir su boda. -Bromeó Finn, recordando que Rachel lo dejó ni bien la rubia se recuperó de su accidente. - Fue duro, recuerda que con Rachel hasta quisimos casarnos, pero hoy me parece bien que estén juntas. Amor es amor. Podría haber vivido pensando en que ella me engañó bastante con Quinn, pero entonces nunca la habría olvidado y no me hubiera fijado en Mía. Lo mejor que se puede hacer para esas cosas del pasado, es perdonar y dejarlas ir.- Santana escuchaba con atención.

-Pero… ¿Qué pasa si no puedes perdonar alguna de esas cosas?

-Yo me sentiría atrapado, sin salida. Es como volver una y otra vez al punto de partida y el único modo de avanzar rápido es liberar la carga. -Finn notó en la mirada de la morena unas cuantas lágrimas contenidas. Seguramente, para ella no era tan fácil pues era muy orgullosa. –O al menos uno puede intentarlo, a algunos les lleva más y a otros menos, pero si no quieren vivir con una "tortura espiritual" es mejor afrontarlo...

-¿Y por qué...? Es decir... ¿Cómo pides perdón si pasó mucho tiempo?

-Eso depende de cada uno. Yo lo hago con un café. - Finn levantó su taza inclinándose de hombros. La latina se cruzó de cejas, eso ya no concordaba con las respuestas tan profundas que le estaba dando su ex compañero. A la vez, empezaba a sentirse algo mal, volver a tomar café no fue una buena idea. -No me mires así: un café es una buena excusa para verse y hablar, como nosotros ahora. ¿Qué mejor...?- Alegaba el castaño sorbiendo un buen trago de capuchino.

Se separaron cuando Finn advirtió que ya era hora de ir a buscar Kim a la guardería. Santana había sentido que esa charla le daba nuevas fuerzas. Además, se había pasado el teléfono con Finn para encontrarse en algún rato libre. El chico comenzaba a caerle bien, era más maduro y cuerdo, seria bueno contar con alguien así.

Caminaba a su auto cuando sintió de nuevo esas horribles nauseas que tuvo la noche anterior. Logró acomodarse en el asiento del conductor y apoyó la frente en el volante, tenía las manos frías y temblorosas. Temía desmayarse, temía morir, temía que ya nadie le llevara flores a su tumba pero -desde hacia una semana- temía que esos síntomas fueran el principio de algo que podría desequilibrar aun más sus planes inconclusos para su imprevisible futuro. Vio sus ojos reflejados en el espejo retrovisor y fue como la entrada al pasado donde ella, dos meses antes, se miraba frente al espejo de su cuarto con Blaine vistiéndose un poco más atrás. Luego él dejó olvidado y tirado su saco en el suelo, y ella lo recogió encontrando unos boletos a Paris, y empezaría una batalla campal de gritos y platos rotos. Pero antes de eso, si su memoria no fallaba, ya había ocurrido una penúltima gran guerra entre ellos: solo que... en la cama.

Mientras conduce, reza, reza con fervor y niega con la cabeza. Tiene que empezar a descartar posibilidades. Su mente ahora solo se concentra en ella, en dominar un poco la incertidumbre para no entrar en pánico. El hospital está al otro lado de la ciudad, así que estaciona enfrente de una pequeña y vieja farmacia. Hace fila, juega con sus manos con un nerviosismo que intenta ocultar tras su cara de indiferencia, espera que toda la gente se vaya y queda frente al mostrador.

-Escuche... –Dice y tiembla. El farmacéutico la mira con expectante curiosidad. Santana agacha la cabeza. –...Necesito un test de embarazo.

Ya es de noche en Paris, es un horario totalmente distinto, y Blaine se duchaba cantando con tranquilidad. Habían vuelto hacía un rato de una fiesta. Le encantaba andar por las calles junto a su nueva pareja. Amaba que él haya comprado un departamento tan cerca de la enigmática y maravillosa torre Eiffel. Sentía más que nunca que ese país era el lugar del amor. La convivencia entre ellos iba muy bien. Todos los días iban al club donde estaba unido Kurt, cabalgaban, jugaban al tenis, vivían la buena vida. Blaine aun no trabajaba, tenia el tiempo totalmente ocupado en su pareja, a quien en cada oportunidad besaba y demostraba cuánto le gustaba estar a su lado.

Esa noche habían tenido la cena en donde el diseñador anunciaba los detalles de su próximo desfile a sus empleados; noticia que se hizo publica rápidamente por toda la prensa francesa, seguidora activa del hombre.

Mientras su amado se duchaba alegre por lo influencia del champagne, Kurt realizaba su ritual de limpieza y humectación facial. Su piel era blanca y suave, según Blaine era "casi moldeada por los mismos ángeles" Tenia unos ojos penetrantemente azules, que ahora examinaban la habitación con cuidado. El tiempo lo había vuelto un fanático del orden: todo en su vida debía estar organizado, sin margen de error.

Buscaba en su gran armario un pijama para ya disponerse a descansar, cuando se topó con una de las valijas que Blaine había traído de América y que no había acomodado.

-¡Cuántas veces tengo que decirle que estas cosas van en el otro closet! - Se quejaba en voz baja mientras movía la maleta.

Un ruido dentro de ella hizo que el muchacho de pelo castaño se detuviera en seco. La abrió suponiendo que aun quedaban algunos objetos del contador que faltaban acomodar: vio un celular, un par de libros y unos discos. El objeto electrónico llamó la atención inmediata del diseñador. Intentó encenderlo, aunque suponía que no tendría batería suficiente. Estaba equivocado. El aparato instantáneamente emitió una luz, vibró, y mostró el menú de inicio. Quiso volver a apagarlo, pero la curiosidad lo invadió con fuerza y comenzó a indagar las llamadas y los mensajes. El historial estaba limpio, solo quedaba registrada la última llamada que tuvieron horas antes de que Blaine partiera al aeropuerto rumbo a Paris. Kurt ya no dudaba de él, se esmeraba en no hacerlo, pero ver todo eso lo dejaba más tranquilo aun. Seguidamente, curioseo entre los documentos guardados en la memoria. Una infinidad de fotos se desplegó en la pantalla, Blaine se había olvidado de borrarlas... O, tal vez, no tuvo el valor de hacerlo. Kurt comenzó a ver las imágenes deslizándolas una a una: la gran mayoría eran de un pequeño niño.

-Así que este es tu primogénito, Blaine…- Comentó con un poco de ironía, mientras continuaba corriendo fotografías; todas eran del niño, en algunas aparecía su padre sosteniéndolo con una gran, hermosa, e idéntica sonrisa. -Apuesto a que eras el mejor papá del mundo. –Sonrió el ojos azules al ver la cara de su hombre en la pantalla.

Ya no escuchaba a su pareja cantando en la ducha, por lo que pensó que mejor dejaba el móvil.

Examinó la carpeta de los videos de forma fugaz: solo había un archivo. Se veía claramente que el niño de las fotografías era el que ahora jugaba con la cámara, balbuceaba algunas cosas y Blaine le contestaba como entendiendo lo que decía. Finalmente, el hombre tomaba la cámara y filmaba cómo su hijo caminaba por el pasillo de su departamento en pañales, sin parar de reír. Kurt miraba hipnotizado.

-Ax, ¿Dónde...? Ou...

-Blaine, siempre haces lo mismo, se va a resfriar si lo dejas caminar descalzo. –A Kurt se le erizó la piel pues le resultó conocida aquella voz, por más que hacia años que no veía a esa mujer. La cámara enfocaba a Santana, que sostenía al niño y cerraba la puerta de la entrada.

-¿Qué se supone que hacen...?

-Solo jugábamos. Y filmo sus pasos, él será una estrella.- Se escuchaba que respondía Blaine, mientras la latina se reía y se quitaba el abrigo.

-A nadie le gusta una estrella resfriada, será mejor que lo vistas.

-Me encanta eso.

-¿Qué cosa...?

-Verte reír… y así, sosteniendo a Ax.- Se percibía que Blaine se acercaba a la morena.

-No intentes hacerte el romántico cuando te estoy sermoneando. –Santana le entregaba al niño y seguidamente caminaba hacia la cocina. Blaine no dejaba de filmar.

-¡Ey! Yo soy romántico. Axel ¿O no que tu padre es un romántico empedernido...? Tienes que decir que si...- La cámara enfocaba la sonrisa del pequeño mientras los adultos se reían nuevamente. -¿Lo ves? Eso es un "si" confirmado por el mismo Axel Anderson Lopez.

-Como ustedes digan…

-Aguarda, ven aquí. - La cámara apunto directo al piso. Kurt le prestaba atención a los sonidos que se sentían. Eran susurros, que luego finalizaban con un sonoro beso.

El diseñador no pretendía ver más cuando el video llegó a su fin. Se quedó en silencio, sumido en la oscuridad de su habitación, y mirando hacia la nada. Le había resultado incomodo ver u oír a Blaine con su anterior familia. De pronto empezó a molestarle que aun conservara ese recuerdo de su ex mujer. Eso, sin contar que ese video mostraba claramente un coqueteo bien actuado por el dueño del teléfono: en aquel tiempo, ambos ya planeaban vivir juntos y Blaine le aseguraba que ya no sentía nada por Santana. Todo aun era muy reciente, y Kurt advirtió que- por más esfuerzos que hiciera- tal vez nunca podría saber todo lo que Blaine pensaba o recordaba, ni confirmar por completo la veracidad en sus palabras.

-"¿Y si a mi me engaña de igual forma...?"- Fue una pregunta recurrente que pasó por su cabeza.

-Pensé que vendrías a ducharte.- Lo interrumpió el contador entrando a la habitación mientras se secaba la cabeza con una toalla. Kurt se paró rápidamente y ocultó el celular tras su espalda. -¿Qué estabas haciendo...? -Preguntó Blaine al ver la maleta en medio del piso de la habitación. El ojos azules sintió que su pulso se aceleraba, no podía dejar de pensar en todo lo que vio en un par de minutos.

-Oh, eso... yo, yo la llevaba al armario y noté que tenía estas cosas adentro. -Se excusó resguardando cuidadosamente el teléfono en el bolsillo trasero de su pantalón. – Hay unos libros y eso... – Continuaba explicando mientras tomaba lo primero que había en la valija.

-Ah, si. Si quieres puedes dejarlos ahí. No creo que los necesite. -Le contestó el otro castaño sin darle mayor importancia. Kurt lo observó un momento mientras seguía secándose, hasta que se le acercó y lo abrazó por la espalda. Blaine levantó las cejas y sonrío. - ¿Pasa algo...?

-No... ¡Si! Quiero que nos pongamos románticos… ¿Está mal? -Preguntaba Kurt en voz baja, jugando con el cabello mojado de su novio.

-¿Románticos...? No, no está mal. -Respondió Blaine besándolo lentamente mientras lo dirigía a la gran cama matrimonial tras ellos. –No esta nada, nada mal. –Repetía mientras caían sobre el colchón.

El diseñador descartó la idea del pijama por esa noche. Tras una fogosa hora de pasión, ambos se quedaron abrazados. Con Blaine dormido en sus brazos- y la luz blanca de la luna entrando por la ventana e iluminando sus ojos- Kurt aun pensaba en los sonidos de aquel video.

Quería despejar sus dudas, quería creer que eso iba a ser para siempre.

Por su bien, por todo lo que había hecho para que estuvieran juntos, para que no hubiera secuelas ni contratiempos, lo mejor que podía hacer era desaparecer toda evidencia o rastro que hiciera que Blaine recordara a esa familia que abandonó... empezando por ese celular.