El otoño del año 2017, se adelantó y el día 1 de septiembre trajo consigo una mañana tersa y dorada en el Valle de Godric. Rose no fue la única que se levantó pronto ese día, Hugo también. De hecho debido a la marcha de su hermana a Hogwarts, Hugo le pidió que si podía dormir con ella como cuando eran pequeños, igual que en las épocas con tormentas en el valle, petición que la chica pelirroja aceptó encantada.

Dado que se levantaron horas antes de la hora prevista, Hugo le pidió otro favor a Rose, echar una partida de ajedrez mágico, que terminó de forma fulminante y trágica cuando la reina blanca de Hugo remató al rey de su hermana en pocos movimientos. La verdad que el ajedrez mágico en ocasiones podía resultar algo violento para niños de esa edad. De esa forma se los encontraron a las seis de la mañana Ron y Hermione, los cuales les observaron en silencio durante unos minutos ya que después de ese día y durante los próximos nueves años, podrían disfrutar de momentos como estos con sus hijos.

Tras acercarse a los niños, la casa era un verdadero bullicio, a pesar de que Rose ya tenía preparado el baúl desde hacía días pero no paraba de repasar una y otra vez la lista por si le faltaba alguna cosa y de subir y bajar las escaleras seguida de Ron y apremiándola, hasta su mujer intervino:

- ¡RON! - exclamó Hermione lo suficientemente alto como para despertar al vecino más próximo - deja de perseguir a la niña y empieza a meter cosas en el coche porque sino, no vamos a llegar - respiró hondo varias veces, miró el reloj y se dio cuenta de que eran casi las siete de la mañana. Iban a llegar justos como no se dieran prisa por lo que añadió - venga, daos prisa todos. Aún tenemos muchas horas de viaje por delante.

Dicho esto, tardaron poco más de 15 minutos en estar subidos al coche y rumbo a la estación de King's Cross donde la locomotora escarlata llevaría a la primogénita de la familia Weasley-Granger a su primer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. En el coche, Rose sujetaba a su mascota nueva Llama, un kneazle de color canela atigrado y al mismo tiempo iba repasando de nuevo la lista de cosas que había sacado de su bolsito morado de cuentas, que desde que se lo había regalado su madre, la acompañaba a todas partes. Era sumamente práctico.

El camino hacia la estación fue relativamente largo, por lo que los niños aprovecharon para quedarse dormidos y durante el tiempo que duró, Hermione no podía dejar de pensar, al igual que Ron, que no creía que por fin este día hubiese llegado. Su hija Rose se marchaba a Hogwarts. Esperaban haberla preparado lo suficientemente bien como para afrontar toda la responsabilidad que tenía en este momento de ser la hija de dos de los componentes del Trío de Oro, aunque sabían que pasara lo que pasase, se marchaba con su mejor amigo, por lo que nunca se sentiría sola.

Por otro lado, en el centro de Londres una pequeña familia cruzaba corriendo la ruidosa calle hacia la enorme y tiznada estación de King's Cross; los gases que emanaban de los tubos de escape y el aliento de los peatones relucían como telarañas en la fría atmósfera.

Dentro de la estación, en lo alto de los dos cargados carritos que empujaban los padres, un hombre adulto de pelo negro y ojos verdes ocultos tras unas gafas redondas y una atractiva pelirroja de ojos avellana, se tambaleaban dos grandes jaulas con sendas lechuzas que ululaban indignadas. Una llorosa niña pelirroja con los ojos del mismo color que su madre y con la tez blanca salpicada de pecas iba detrás de sus hermanos, aferrándose al brazo de su padre.

- Dentro de poco tú también irás - la consoló Harry.

- Faltan dos años - gimoteó Lily - ¡Yo quiero ir ahora! - exclamó sumamente triste y compungida.

La gente que había en esos momentos dentro de la estación lanzaba miradas de curiosidad a las lechuzas enjauladas que reposaban sobre los baúles. Mientras la familia zigzagueaba hacia la barrera que separaba los andenes nueve y diez. La voz del segundo hijo de la familia, Albus alcanzó a Harry por encima del bullicio que los rodeaba; sus dos hijos varones reanudaban la discusión que habían iniciado en el coche y que se llevaba repitiendo desde que había llegado la carta de Hogwarts a casa durante el verano.

- ¡No, señor! - exclamó Albus testarudo - ¡No van a ponerme en Slytherin!

- ¿Quieres parar ya, James? - dijo Ginny. Estaba ya un poco cansada del tema.

- Sólo he dicho que podrían ponerlo en Slytherin - se defendió James, sonriendo con burla a su hermano pequeño - ¿Qué tiene eso de malo? Es verdad que a lo mejor lo ponen en esa casa…

Pero James detectó la severa mirada de su madre y se calló. La familia Potter había llegado frente a la barrera y James miró a su hermano pequeño por encima del hombro, con cierta chulería; luego cogió el carrito que conducía su madre y echó a correr. Un instante más tarde había desaparecido.

- Me escribiréis, ¿verdad? - preguntó Albus a sus padres, aprovechando la momentánea ausencia de su hermano.

- Claro que sí, cielo. Todos los días, si quieres - respondió Ginny con una sonrisa.

- No, todos los días no - se apresuró a decir Albus - James dice que la mayoría de los alumnos sólo reciben cartas una vez al mes, más o menos.

- Pues para que lo sepas, el año pasado le escribíamos tres veces por semana - afirmó Ginny. Desde luego su hijo James no tenía remedio y según crecía era peor.

- Y no te creas todo lo que tu hermano te cuente sobre Hogwarts - intervino Harry - Ya sabes que es muy bromista. Es casi más conveniente que le hagas caso a Rose, se sabe el libro de la historia de Hogwarts casi tan bien como su madre.

Juntos, empujaron el otro carrito en dirección a la barrera. Albus hizo una mueca de dolor, pero no se produjo ninguna colisión, tal y como se hubiese esperado para un simple mortal. La familia apareció en el andén 9 ¾, desdibujado por el denso y blanco vapor que salía de la escarlata locomotora del expreso de Hogwarts. Unas figuras indistintas pululaban por la neblina en que James ya se había perdido.

- ¿Dónde están? - preguntó Albus con inquietud, observando atentamente todas las borrosas siluetas junto a las que pasaban mientras recorrían el andén.

- Ya los encontraremos - lo tranquilizó Ginny. Daba gracias todos los días de que su hijo pequeño se fuese al colegio con su mejor amiga.

Pero el vapor era muy denso y no resultaba fácil distinguir las caras de la gente. Separadas de sus dueños, las voces sonaban con una potencia exagerada. A Harry le pareció oír a Percy disertando en voz alta sobre la normativa que regulaba el uso de escobas, y se alegró de tener una excusa para no detenerse y saludarlo… de lo contrario nunca encontraría a sus mejores amigos y a los hijos de estos

- ¡Mira! - dijo su madre dirigiéndose al niño moreno - Creo que están ahí, Al - comentó Ginny.

Un grupo de cuatro personas surgió entre la niebla, junto al último vagón. Harry, Ginny, Lily y Albus no lograron distinguir sus caras hasta que estuvieron a su lado.

- ¡Hola! - dijo Albus con claramente alivio.

Rose, que ya llevaba puesta su túnica nueva de Hogwarts, miró sonriente a su primo y mejor amigo y lo saludó con el mismo entusiasmo tras darle un abrazo.

- ¿Has podido aparcar bien? - le preguntó Ron a Harry - Yo sí. Hermione nunca confió en que aprobara el examen de conducir de muggles, ¿verdad que no? Creía que tendría que confundir al examinador.

- Eso no es cierto - replicó Hermione ofendida - Confiaba plenamente en ti.

Ron miró hacia los lados para comprobar que sus respectivas mujeres no los escuchaban y añadió:

- La verdad es que lo confundí -le confesó Ron a Harry al oído cuando, entre los dos, subieron el baúl y la lechuza de Albus al tren - Sólo se me olvidó mirar por el retrovisor lateral y ya por ello me quería suspender pero… qué quieres que te diga, para eso puedo utilizar un encantamiento supersensorial.

De nuevo en el andén, encontraron a Lily y Hugo, el hermano pelirrojo de Rose, charlando animadamente mientras trataban de adivinar en qué casa los pondrían cuando fueran a Hogwarts.

- No quiero que te sientas presionado hijo - dijo Ron - pero si no te ponen en Gryffindor, te desheredo.

- ¡RON! - Hermione por segunda vez a lo largo de la mañana le tuvo que llamar la atención como si fuera un niño.

Lily y Hugo rieron abiertamente, pero Albus y Rose se miraron entre ellos sin querer mostrar ningún síntoma de nerviosismo.

- No lo dice en serio - dijeron Hermione y Ginny a la vez al notar las miradas de sus hijos, pero Ron ya no les prestaba atención. Con mucho disimulo, señaló a unos cincuenta metros de distancia. El vapor blanco se había aclarado momentáneamente, y tres personas resaltaban entre la neblina que se arremolinaba en el andén.

- ¡Mira quiénes han venido! - exclamó Ron con repentino pesar y disimulando mal su desagrado.

Draco Malfoy también se hallaba en la estación con su esposa y su hijo; llevaba un abrigo oscuro abotonado hasta el cuello, y las pronunciadas entradas resaltaban sus angulosas facciones. Su hijo se parecía a Draco tanto como Albus a Harry. Malfoy se dio cuenta de que Harry, Ron, Hermione y Ginny lo miraban; los saludó con una seca cabezada y se dio la vuelta.

- Así que ése es el pequeño Scorpius - murmuró Ron para sí mismos - Asegúrate de superarlo en todos los exámenes, Rosie. Suerte que has heredado la inteligencia de tu madre.

Pero Rose en ese momento se encontraba a muchos kilómetros de allí. En cuanto escuchó el nombre de Scorpius giró bruscamente la cabeza hacia la cabellera rubia que en esos momentos estaba terminando de abrazar a su madre y él también se giró hacia ella.

Durante unos segundos que parecieron interminables, Rose contempló la cara pálida de ese chico. Nadie podría negar que fuese guapo, con las facciones afiladas, el pelo rubio sedoso, la nariz recta, fina y unos labios sonrientes. Lo más impactante eran los ojos: grandes, curiosos y grises. Rose pensó que parecían hechos de mercurio.

Por su parte, el chico también se había quedado observando a esa chica que la devolvía la mirada. Creía recordar que era una de las nietas de la familia Weasley, posiblemente la hija de la amiga 'secreta' de su madre, Hermione Granger. Al contemplarla se quedó anonadado; parecía un ángel, un ángel en llamas. La chica tenía el pelo pelirrojo recogido en una coleta baja, su tez era pálida aunque no tanto como la suya, el rostro lo tenía salpicado de pecas marrones y los ojos… eran hipnóticos: le devolvía la mirada unos grandes ojos azules, pero no azules como el color del cielo no, eran azules como los del océano y parecía que le observaban con cautela pero a la vez con una gran curiosidad.

- Haz el favor, Ron - protestó Hermione, entre severa y divertida, la voz de su madre la hizo salir de su ensoñación - ¡No intentes enemistarlos antes incluso de que haya empezado el curso! - terminó exclamando.

- Tienes razón; perdóname cariño - se disculpó Ron como si fuese un niño pequeño, aunque no pudo evitar añadir - Pero no te hagas demasiado amiga suya, Rosie. El abuelo Weasley jamás te perdonaría si te casaras con un sangre limpia.

- ¡Ey! - la voz provenía del hijo mayor de los Potter.

James había reaparecido; se había librado del baúl, la lechuza y el carrito, y era evidente que tenía un montón de noticias que contarles, ya que parecía que estaba más estimulado de lo habitual.

- Teddy está ahí en la estación - dijo casi sin aliento ya que venía corriendo, señalando hacia atrás - ¡Acabo de verlo! ¿Y sabéis qué estaba haciendo? ¡Darse el lote con Victoire! - miró a los adultos y se sintió decepcionado por su desinteresada reacción - ¡Nuestro Teddy! ¡Teddy Lupin! ¡Estaba dándose el lote con nuestra Victoire! ¡Nuestra prima! Le pregunté a Teddy qué estaba haciendo…

- Un momento - intervino su madre - ¿Los has interrumpido? - preguntó Ginny - ¡Eres igual que Ron! - terminó exclamando y recodando lo impertinente que podía llegar a ser su hermano mayor.

- … ¡y me contestó que había venido a despedirse de ella! Y luego me dijo que me largara. ¡Se estaban dando el lote! - añadió James, como si temiera no haberse explicado bien.

- ¡Ay! - exclamó su hermana en voz alta - ¡Sería maravilloso que se casaran! - susurró Lily, extasiada para sí misma - ¡Entonces Teddy sí que formaría parte de la familia!

- Ya viene a cenar unas cuatro veces por semana - terció Harry - ¿Por qué no le proponemos que se quede a vivir con nosotros, y asunto liquidado?

- ¡Eso! - saltó James con entusiasmo - ¡A mí no me importaría compartir la habitación de Sirius con Al!

- Cierto - dijo Albus que hasta el momento no había abierto la boca al igual que su prima y eso era verdaderamente extraño, luego la preguntaría - ¡Teddy puede instalarse en mi dormitorio!

- ¡Ni hablar! - repuso Harry con firmeza - Al y tú compartiréis habitación cuando quiera demoler la casa.- Miró la hora en el abollado y viejo reloj que le regalaron los Weasley por su decimoséptimo cumpleaños y había pertenecido al hermano de Molly, Fabián Prewett - Son casi las once. Será mejor que subáis al tren.

- ¡No te olvides de darle un beso de mi parte a Neville! - le dijo Ginny a James al abrazarlo.

- ¡Mamá! - se quejó James con resignación igual que un niño pequeño - ¡No puedo darle un beso a un profesor!

- Pero si tú lo conoces… - insistió su madre.

James puso los ojos en blanco y los rodó negando con la cabeza. Todos los años con la misma cantinela.

- Fuera del colegio, vale, pero él es el profesor Longbottom, ¿no? y jefe de mi casa, Gryffindor - razonó - No puedo entrar en la clase de Herbología y darle un beso de tu parte.

James sacudió la cabeza ante la ingenuidad de su madre y se desahogó lanzándole otra pulla a Albus:

- Hasta luego, Al. Ya me dirás si has visto a los thestrals.

- Pero ¿no eran invisibles? - su hermano parecía estupefacto tras decirle eso - ¡Me dijiste que eran invisibles!

Claro que son invisibles Albus - intervino Rose que desde hacía tiempo no había abierto a boca - bueno, al menos para casi todo el mundo - terminó diciendo con una sonrisa - luego te lo explicó.

- No tienes por qué temer a los thestrals - le dijo Harry a Albus - Son unas criaturas muy tranquilas y no dan ningún miedo. Además, vosotros no vais a ir al colegio en los carruajes, sino en los botes.

James se limitó a reír; dejó que su madre lo besara, le dio un somero abrazo a su padre y subió de un salto al tren, que se estaba llenando rápidamente. Lo vieron despedirse con la mano y echar a correr por el pasillo en busca de sus amigos. Seguramente su primo Fred, John, Roxanne, Michael, Dominique y los gemelos Scamander lo estuviesen esperando en el compartimento de siempre.

Por otro lado, Hermione estaba abrazando a su hija y susurrándola al oído que no hiciese caso de los comentarios ni de los prejuicios tal y como ya habían hablado en más de una ocasión.

Tras el abrazo y beso de su madre, fue el turno de Ron. La dio tal abrazo que prácticamente se estaba quedando sin respiración y la susurró al oído:

- Te quiero princesa - la miró a los ojos los cuales eran prácticamente iguales a los suyos y añadió - escríbeme pronto; recuerda que has quedado con Hagrid el viernes a tomar el té y no te asustes en los botes cuando veas los tentáculos del Calamar Gigante. Sé que eres inteligente y valiente.

Rose le devolvió el abrazo con gran entusiasmo pero se separó ya que su hermano la estaba tirando de la túnica. Se giró hacia él y el niño la dijo:

- Rose… - estaba un poco nervioso ya que no quería que se le notase que la echaría de menos - ¿me vas a escribir? - Rose pudo ver como su hermano agachaba la mirada y lo atrajo hacia sus brazos. Después se separaron y le dijo:

- Claro que sí, enano. Te escribiré todos los días si eso es lo que quieres - Rose le sonreía de medio lado.

- No - añadió su hermano rápidamente - con una vez por semana vale - la dedicó otra sonrisa - nos veremos durante las vacaciones hermanita.

Rose volvió a abrazar a sus padres y a su hermano le revolvió el pelo como de costumbre antes de subirse a la locomotora mientras que la tía Ginny se despedía de su hijo segundo Albus con un beso y diciéndole al oído:

- Nos veremos en Navidad - después esbozó una sonrisa brillante.

- Adiós, Al - dijo Harry al abrazar a su hijo - No olvides que Hagrid te ha invitado a tomar el té el próximo viernes junto con Rose; no te metas con Peeves, y no retes a nadie en duelo hasta que hayas adquirido un poco de experiencia. Ah, y por último, no dejes que James te provoque.

- ¿Y si me ponen en la casa de Slytherin? - susurró en voz baja para que sólo lo oyera su padre, y éste comprendió que sólo la tensión de la partida podría haber obligado a Albus a revelar lo enorme y sincero que era ese temor.

Harry se puso en cuclillas y su cara quedó a la altura de la de Albus. El chico era el único de sus tres hijos que había heredado los ojos de su madre Lily.

- Albus Severus - susurró Harry para que no los oyera nadie más que Ginny, y ella fue lo bastante discreta para fingir que estaba diciéndole adiós con la mano a Rose, que ya había subido al tren - te pusimos los nombres de dos directores de Hogwarts. Uno de ellos era de Slytherin, y seguramente era el hombre más valiente que jamás he conocido.

- Pero sólo dime… - se apresuró a añadir su hijo.

- En ese caso, la casa de Slytherin ganaría un excelente alumno, ¿no? A nosotros no nos importa, Al. Pero si a ti te preocupa, podrás elegir entre Gryffindor y Slytherin. El Sombrero Seleccionador tiene en cuenta tus preferencias - su padre le sonreía abiertamente.

- ¿En serio? - inquirió Al todavía sin poder creerlo.

- Conmigo lo hizo - afirmó fervientemente Harry.

Ese detalle nunca se lo había contado a sus hijos, y Albus puso cara de asombro. Pero las puertas del tren escarlata se estaban cerrando, y las borrosas siluetas de los padres se acercaban a los vagones para darles los últimos besos y las últimas recomendaciones a sus hijos. Albus subió al fin para disponerse a buscar por el pasillo a su prima Rose, y Ginny cerró la puerta tras él. Los alumnos asomaban la cabeza por la ventanilla que tenían más cerca. Muchas caras, tanto en el tren como en el andén, se habían vuelto hacia Harry.

- ¿Por qué te miran todos así? - preguntó Albus, y Rose y él estiraron el cuello para observar a los otros alumnos. Más tarde ambos cayeron en la cuenta.

- No le des importancia - dijo Ron - Es a mí a quien miran, porque soy muy famoso.

Albus, Rose, Hugo y Lily, después de conocer la historia familiar se reían a carcajadas. El tren se puso en marcha y Harry, Ron y Hermione caminaron unos metros a su lado por el andén, contemplando el delgado rostro de Albus encendido ya de emoción y los ojos expectantes ante la novedad. Harry siguió sonriendo y diciendo adiós con la mano, aunque le producía cierto pesar ver alejarse a su hijo… no lo tendría en casa de nuevo por lo menos hasta Navidad.

El último rastro de vapor se esfumó en el cielo otoñal cuando el tren tomó una curva. Harry todavía tenía la mano levantada.

- Ya verás cómo todo le irá bien - murmuró Ginny.

Harry la miró, bajó la mano y, distraídamente, se tocó la cicatriz en forma de rayo de la frente.

- Sí, ya sé que todo le irá bien.

La cicatriz llevaba diecinueve años sin dolerle. No había nada de qué preocuparse, o al menos a día de hoy pensaba eso. Más adelante no sabría lo que les depararía el futuro a sus hijos, por lo que tras ver girar a la locomotora, cogió la mano de su mujer quien a su vez estaba sujetando la de Lily mientras su hija hablaba con su mejor amigo.

Las familias Potter y Weasley-Granger, estaban sumidos en sus pensamientos pero tras dispersarse el vapor blanco y denso de la estación, volvieron a sus hogares por el mismo camino recorrido hacia minutos antes.