Hola los personajes le pertenecen a Kishimoto-sensei y a la autora original de esta historia Sandra Hill. Sin fines de lucro solo juego con los personajes e historia para que pasen un buen rato. GRACIAS

Capítulo 7

El estruendo del silencio...

A la mañana siguiente, a Sakura se le pegaron las sábanas.

Cuando por fin se despertó, a las nueve, dos horas después de la hora a la que solía levantarse, comprendió que lo que había perturbado su sueño profundo era el silencio. No se oía el tráfico fuera de su edificio de apartamentos. Ni la música del despertador de su mesilla de noche. Ni gritos, ni algarabía de niños.

Más allá de las ventanas solamente se oía el canto de los pájaros.

Y una manada de ratones correteando arriba y abajo por el pasillo, más allá de la puerta de su habitación, y bajando y subiendo por las escaleras... una y otra vez... adelante y atrás... arriba y abajo... Normalmente, aquellos correteos iban acompañados de un « ¡Chist!». Los ratones eran, por supuesto, los niños. Al menos cuatro, supuso Sakura. Debían de estar corriendo de puntillas para no despertarla, sin duda por orden de su abuela y de Kurenai. Pero era, por el contrario, su silencio lo que había traspasado su sueño, junto con el incesante susurro de sus carreras de puntillas, carreras que seguramente eran un indicio de que estaban tramando alguna travesura.

Sakura se desperezó y bostezó con la boca abierta, satisfecha de haber dormido tanto tiempo y tan bien, cosa que rara vez se permitía. Solo entonces, mientras bostezaba y se estiraba, recordó otro placer que había experimentado recientemente.

«Itachi», pensó y gruñó, desanimada, cuando ante sus ojos centelleó el recuerdo del beso con que él le había dado las gracias, sabría Dios por qué. Aquel beso no había sido sólo un beso. No, había sido mucho más que eso. Y ella, normalmente tan precavida, se había dejado llevar por completo.

En realidad, le desagradaban los hombres como Itachi. Era un perfecto irresponsable por haber traído al mundo trece hijos. ¡Y qué absurdo lo del voto de castidad! Debería haberse hecho una vasectomía diez hijos atrás.

¡Y aquel constante numerito suyo! La verdad, ya cansaba. Estaba harta de oír pronunciar mal tantas palabras corrientes.

¡Y esas espadas que Deidara y él habían dejado en el paragüero de cerámica Weller del recibidor!

«¿Necesito que me recuerden diariamente la violencia de la sociedad actual? ¿Es que el 11 de septiembre no me enseñó nada?»

A pesar de todo, había permitido que Itachi la besara. Y, lo que era aún peor, ella también le había besado.

«¿En qué estaría yo pensado?»

«No estabas pensando. Ése es el problema.»

«Puede que a veces sea bueno mandar la lógica al garete. Escuchar al corazón, en vez de al cerebro.»

«Puede que me haya dado un poco por argumentar a toro pasado.»

«Ni siquiera conozco a ese hombre.»

«Hacía dos años que conocía al Merluza cuando me casé con él; así que ese argumento tiene más agujeros que un colador.»

«¿Por qué estoy discutiendo conmigo misma?»

Pasó las manos por su camisón de algodón y se detuvo en sus pechos. Los notaba cargados y tensos, y sus pezones parecían aún enternecidos por las atenciones de Itachi. ¡Ah, las cosas que le había hecho! Ya fuera un granjero, un vikingo o un actor de cine, una cosa era segura: aquel hombre era un amante soberbio. Sabía cómo hacer gozar a una mujer. Si era capaz de proporcionarle tanto placer vestida, qué no conseguiría si hacían el amor de verdad.

Bajó las manos y apoyó la palma sobre su bajo vientre, donde notaba un vacío insatisfecho que no estaba allí veinticuatro horas antes. Comprendió que su encuentro de la noche anterior no había sido suficiente.

La vida loca, no había duda...

Adiós a sus buenas intenciones. Adiós a su acuerdo de no repetir aquel jugueteo sexual. El caso era que ella le deseaba..., aún más esa mañana que la víspera... y eso era mucho decir. ¿Cómo podía haber estado tan ciega respecto a lo que estaba sucediendo?

Con claridad cristalina admitió ante sí misma: «Me siento atraída por un hombre que dice ser vikingo y granjero. Y que tiene once hijos».

¡Santo Dios! ¿Podían complicársele aún más las cosas?

La casa estaba vacía cuando Sakura acabó de ducharse y se puso la ropa que solía usar en el Dragón Azul: unos vaqueros, unas zapatillas de deporte y una camiseta..., una camiseta elástica, en la que se leía: ¡VINIFÍCATE!

Oyó un suave canturreo procedente de la cocina. Era Kurenai, que estaba cantando La vida loca. Así pues, la casa no estaba del todo vacía, a fin de cuentas.

La cocina del Dragón Azul era enorme y tenía electrodomésticos modernos y una mesa de pedestal, hecha de roble que medía más de tres metros y ocupaba el centro de la estancia. En aquella mesa se habían preparado todas las comidas para invitados que en otro tiempo se habían celebrado en la finca.

Al entrar en la cocina, Sakura tuvo que mirar dos veces a la cocinera. Kurenai —que era una mujer bajita, robusta y entrada en años— se movía del fogón al fregadero y viceversa mientras bailaba un chachachá y cantaba aquella vieja canción de Ricky Martin.

Su público era Konan, que se reía alegremente encaramada a una trona de madera que la abuela debía de haber sacado del desván. La niña seguía el ritmo de la canción y del baile de Kurenai golpeando con una cuchara la bandeja de madera, sobre la que reposaba un plato de papilla de plátano a medio comer; La otra mitad de la papilla se hallaba en su barbilla cubierta de baba

—Guu —dijo Konan al notar su llegada.

—Buenos días, cielo. —Sakura se inclinó para besarla en la coronilla. Enseguida se acercó a la cafetera y se sirvió una taza de café—. Buenos días, Kurenai.

—Buenos días —contestó la cocinera jovialmente, y dejó de bailar el chachachá... un momento, al menos—. Voy a prepararte un buen desayuno, como cuando eras pequeña. ¿Okey?

—Que no sea muy grande —protestó ella.

—¡Okey, Mackey!

«¿Okey, Mackey? ¡Madre mía!»

—Un desayuno pequeño, entonces —dijo Kurenai, y se las ingenió para preparar en cuestión de minutos una tortilla francesa, una tostada de pan integral, patatas fritas caseras, tomates frescos picados y un zumo de naranja. Sakura se lo comió todo.

Entre bocado y bocado, algunos de los cuales acabaron en la boca de Konan, preguntó:

—¿Dónde se ha metido todo el mundo?

—Bueno, Itachi se levantó a las cuatro...

—¡A las cuatro! ¿Estás de broma? —Los hombres que Sakura conocía, sobre todo los de Hollywood, dormían hasta mediodía y se pasaban la noche de fiesta o hablando de negocios.

—No, no estoy de broma. A las cuatro estaba en pie y a las cinco, cuando Asuma y yo nos levantamos, estaba ya en el huerto de tu abuela, cavando con la azada y quitando las malas hierbas. El perro estaba con él. Ese hombre sabe mucho de campo, de eso no hay duda. Pero es muy raro, porque no sabía lo que era un tomate. Ni una patata. Todo el mundo conoce los tomates y las patatas. Pero él sabía a qué matas había que quitarles los chupones y a cuáles no, qué plantas necesitaban un transplante para que les diera más el sol o la sombra, cuáles tenían demasiado abono... Esa clase de cosas. Toma más café, cariño.

Sakura acercó su taza para que Kurenai volviera a llenársela, lo cual animó a Konan a levantar su vaso involcable para que a ella también se lo llenaran.

—¿Dónde está ahora?

—Todo el mundo desayunó a las siete..., y no una birria de desayuno, como tú, sino salchichas con panceta y huevos revueltos, y sofrito de carne adobada, y gofres con arándanos. Y avena y cereales, además. ¡Ay, señor, señor!, gasté tres hogazas de pan hecho en casa. Creo que tendré que cocer otra tanda esta tarde..., un tanda doble. —Kurenai sonrió, radiante. Saltaba a la vista que se hallaba en el paraíso de los cocineros, con tantas bocas que sabían apreciar su comida—. Después de comer, el chico mayor, Deidara, y Rafael, el que cojea, se fueron con su padre y con Asuma a trabajar a los campos. Llevan fuera cerca de dos horas.

—¿Y los demás?

—Las dos niñas y uno de los niños, el que anoche miraba su plato achicando los ojos, se han ido al centro comercial con tu abuela. Tu abuela cree que el crío necesita gafas. Él ni siquiera sabía lo que eran, ¿te lo puedes creer? Itachi le dio a tu abuela un montón de dinero y le dijo que comprara ropa para sus hijos y para él. Me parece que eran tres mil dólares. Vaqueros, camisetas, zapatillas..., todas esas cosas. Y desodorante. Tiene obsesión por el desodorante. Tu abuela tomó medidas a todos antes de irse..., y hasta dibujó las siluetas de sus pies en hojas de papel. Me extraña que no oyeras las risas.

Sakura parpadeó mientras observaba, perpleja, el parloteo de Kurenai.

Ésta respiró hondo y prosiguió:

—Los demás niños están en el estanque, pescando y jugando con ese viejo columpio. Me parece que dentro de nada tendré que ponerme a hacer la comida.

Sakura no recordaba haber visto nunca a Kurenai tan contenta. Y todo porque de pronto tenía muchísimo trabajo y la casa estaba llena de niños. Sakura supuso que su abuela estaría igual.

El problema era que podían acostumbrarse demasiado a tanta compañía. Tendría que recordarles que Itachi y sus hijos solo estaban de paso. Pronto tendrían que marcharse.

Y también tendría que recordárselo a sí misma.

Konan sonrió y dijo:

—Guu.

Seguramente era su forma de decir con su lengua de trapo «¿A quién quieres engañar?».

Kurenai se había puesto otra vez a bailar por la cocina mientras cantaba La vida loca.

«La vida loca —pensó Sakura—. ¡Y tanto!»

El granjero y la cañada...digo, el viñedo...

El sol brillaba radiante en el cielo cuando Sakura recorrió a pie la distancia de cerca de un kilómetro que separaba la casa de los campos del sur, donde esperaba encontrar a su vikingo desaparecido. Era un agradable paseo entre los pasillos que formaban los «hombrecillos con los brazos estirados». Así era como pensaba de niña en las vides, y aquella imagen había permanecido con ella.

Entre las suaves y redondeadas colinas del Dragón Azul había 90 hectáreas de viñedo (una cantidad modesta comparada con la extensión de la mayoría de las bodegas), en las que se cultivaban doce variedades de uva. Cuando fabricaban su propio vino, las uvas se convertían en mezclas muy apreciadas de charrdonay, cabernet sauvignon, sauvignon blanco, pinot noir y zinfandel. Ahora, se las vendían a otros bodegueros.

En los campos del sur cultivaban sus uvas sangiovese, una variedad importada de Italia cuyos orígenes se remontaban a la época de los etruscos. Su abuelo adoraba aquella uva en particular, a pesar de que no producía su vino más popular. Seguramente sentía afecto por ella porque era originaria de su patria. O tal vez porque aquella uva tenía «huella», lo que normalmente quería decir que dejaba una traza de sabor a cereza o a bayas en sus diversas combinaciones.

—Hola a todos —dijo alzando la voz cuando vio a Itachi, a Asuma y a los dos chicos.

Deidara y Rafael se hallaban de rodillas en el siguiente pasillo, junto a varios de los doce trabajadores del Dragón Azul. Estaban aligerando los racimos de uvas con pequeños cuchillos curvos, para impedir que crecieran demasiados. Aquello aceleraba el proceso de maduración e impedía que se debilitaran las vides.

Itachi escuchaba con gran atención las explicaciones de Asuma. Tenía las rodillas flexionadas para ponerse a la altura del capataz y miraba a través de una lupa que Asuma sostenía sobre una vid. Seguramente estaban buscando rastros de moho o de alguna plaga. Inspeccionar las vides era un quehacer diario de todo buen viticultor.

Itachi levantó la mirada al oír su saludo y se irguió en toda su imponente y arbórea estatura. Luego sonrió.

¡Y, ah, qué sonrisa! Parecía darle la bienvenida, pero había también en ella una petulancia puramente masculina y una intensa sensualidad. Y, más que cualquier otra cosa, había conciencia de la intimidad que habían compartido la noche anterior. Era una sonrisa sensual, una sonrisa que derretía los huesos, e iba dirigida a ella.

¿Qué mujer no se habría sentido halagada?

Itachi hizo entonces algo de lo más sorprendente. Se acercó, se inclinó y la besó ligeramente en los labios.

—Buenos días, dormilona —dijo en voz baja.

«¡Me ha besado! ¡Como si tuviera todo el derecho del mundo! Será mejor que me ande con ojo, o con tanto encanto acabarán por caérseme las bragas..., es un decir, claro. ¡Ay, Dios!»

—Eh...—«Vaya, ésa sí que ha sido una respuesta brillante.»

Itachi sonrió aún más, como si supiera lo que estaba pensando.

Pero no podía saberlo. ¿O sí?

Tras él, Asuma se reía por lo bajo. Por todas partes los trabajadores del viñedo se sonreían. A su derecha, Deidara le dijo a Rafael algo tan alto que pudieron oírlo todos:

—¡Guau! Nuestro padre ha vuelto a cogerle el tranquillo.

—¿A qué has vuelto a cogerle el tranquillo? —le preguntó a Itachi.

—No tengo ni idea —repuso él, y le lanzó a Deidara una mirada enojada.

Antes de que Sakura tuviera oportunidad de insistir, Asuma distrajo su atención.

—Itachi es un alumno excelente, Sakura. Hace muchas preguntas. Pronto sabrá más de viñas que yo —dijo el capataz riendo jovialmente.

Sus, el perro, estaba echado, observando trabajar a los niños y levantó tranquilamente la cabeza. Acababa de abandonar la ardua tarea de perseguir a los demás niños, que jugaban junto al estanque, y de intentar pescar algún pez.

Sakura recorrió las hileras de vides con Asuma y Itachi, inspeccionando las plantas. Había sensores que medían el grado de humedad de las vides, pero no había nada más eficaz que un examen manual.

—En Noruega, donde vivo, no se dan bien las uvas —dijo Itachi tranquilamente mientras caminaban—. Hace demasiado frío en invierno y el verano es muy corto. Aun así, yo dejo que entre mis frutales crezcan vides silvestres.

—En Francia todavía hay algunos viñedos pequeños que lo hacen así, a la manera antigua —dijo Asuma.

—Asuma y yo hemos estado hablando de los parecidos entre el cultivo de la uva y el simple trabajo de las tierras de labor —le informó Itachi, y entrelazó sus dedos con los de Sakura. Ella estaba tan perpleja por su audacia que no apartó la mano. Demonios, ¿a quién pretendía engañar? No quería apartarla. Aquello era muy agradable.

—Pero cada uno tiene su propia experiencia y trabaja la tierra a su modo. Y cada hombre es distinto. Aquí tenéis muchas máquinas sin caballos y otras maravillas que aligeran vuestro trabajo... —Itachi abarcó con un ademán los tractores y aireadores que había junto a los campos—, pero, al final, es la mano del hombre la que marca la diferencia. Sin sus manos, el campo no produce nada.

Sakura le miró las manos, la que tenía libre y la otra, con la que cogía la suya. Eran grandes. Y toscas. Y encallecidas. Sus uñas eran cortas. Esa mañana las tenía sucias de trabajar..., manchadas de una suciedad honesta, como habría dicho su abuelo.

A ella le parecieron preciosas.

Itachi se quedó mirando a los lejos, como atrapado por un viejo recuerdo. Seguramente estaba pensando en sus campos de labor en Noruega.

Asuma se empinó y susurró al oído de Sakura, como había hecho la noche anterior:

—Esta vez has elegido bien, niña.

Ella quiso decirle de nuevo que estaba en un error. Pero no lo hizo.

La calma antes de la tormenta...

Itachi no se había sentido tan a gusto en toda su vida. Ni más inquieto.

Estaba sentado en un extremo de la gran mesa de la cocina, al otro lado de la cual se hallaba la abuela Tsunade. Kurenai y Asuma, su marido, se habían sentado en los largos bancos el uno frente al otro, junto a la abuela. Sakura estaba a su derecha. Entre medias se hallaban todos sus hijos, menos Konan, que estaba sentada en su trona, en la esquina, entre Sakura y él.

Acababan de comer unos deliciosos rigatoni cubiertos de una salsa roja y acompañados de grandes albóndigas de carne; una ensalada de hojas verdes con aceite y vinagre, no tan deliciosa (¿dónde se había visto comer hierbas y cizañas?); pan caliente, recién salido del horno, con ajo y mantequilla; y dos tartas con doble capa de chocolate, que sus hijos y él habían devorado hasta la última migaja.

Se recostó en la silla, satisfecho, y miró a su alrededor. Todo el mundo parecía hablar al mismo tiempo, pero amablemente.

Shikamaru estaba loco de contento con el adorno de cristal para los ojos que le había comprado la abuela Tsunade, tras hacerle examinar por un sanador de ojos en el centro comercial, que era un mercado cerrado y muy grande. Aquel adminículo, que se encajaba en la nariz y se enganchaba tras las orejas, recibía el nombre de «gafas» y Shikamaru aseguraba que era milagroso.

Decía que no le importaba la pinta que tuviera con él. Su vista había mejorado mucho de cerca, y eso era lo único que le interesaba.

La abuela Tsunade le había comprado, además, unos botes de pintura, así que ahora también podía pintar sus tallas de madera. Lucy, por su parte, había recibido un estuche de pinturas al agua, y ya mostraba algún talento usándolas. Kirsten se había comprado una paleta de colores para la cara, cosa que a Itachi no le había hecho ninguna gracia.

—Yo no estoy educando a una golfa —había aseverado.

Pero Sakura le había explicado que aquellas pinturas eran sólo brillos de labios muy claros, adecuados para una chica de su edad. Por lo menos Kirsten no había vuelto a casa con un tatuaje o uno de aquellos anillos que se prendían al cuerpo.

—¿Sabías que en este país los niños van al colegio desde los seis años, o incluso antes, hasta los dieciocho? Y también las niñas —comentó Kirsten.

—¡Eso no! —exclamó Itachi, incrédulo—. ¿Qué hay que aprender durante... —hizo un rápido cálculo mental—... doce años?

—A leer, a escribir, y también historia, matemáticas, ciencias... y muchas más cosas —le dijo Sakura con el ceño fruncido por la sorpresa—. Seguro que en Noruega la educación es muy parecida. ¿No?

—No —contestó él, malhumorado—. A diferencia de algunos hombres, yo no me opongo a que las mujeres aprendan, incluso que aprendan a leer y escribir, pero... —Itachi notó que no sólo Sakura, sino también la abuela Tsunade, Kurenai y Asuma lo miraban con incredulidad.

—Esperemos que Carmen no se pase por aquí de visita —dijo Kurenai, riendo entre dientes.

—Le haría pedazos con su manual de feminismo —añadió la abuela Tsunade, que también se reía por lo bajo.

Itachi prosiguió, a pesar del evidente desdén de los demás por su opinión sobre aquel asunto.

—¿Qué puede enseñarte un maestro todos esos años que no pueda aprenderse trabajando? Llevando una casa o una granja, luchando en la guerra, construyendo barcos, forjando armas... Decídmelo, porque a mí me parece una gran pérdida de tiempo.

—Estarás de broma —dijo Sakura mientras intentaba limpiar la oleada de salsa roja que Konan estaba vertiendo sobre su cara, la trona, el suelo y todo cuanto la rodeaba—. ¿Tú no fuiste a la universidad?

—Creo que no. ¿Eso está cerca de las tierras de Rus? ¿O de las islas Órficas? Creo haber oído hablar de un sitio llamado así.

Ella exclamó de nuevo:

—¡Estarás de broma!

Antes de que Itachi tuviera ocasión de responder, Deidara sacó a relucir una idea igual de sorprendente.

—¿Sabes qué he aprendido hoy, fadir? Que en este vasto país, sólo tienen un rey al que llaman presa-diente. Y que, aunque hay muchas tropas militares (la marina, la infantería, los marines), todas sirven a un solo jefe, el señor Bush.

—¿Es eso cierto? —le preguntó Itachi a Sakura.

Ella asintió mientras lo miraba como si le hubieran salido dos cabezas.

—¡Y las leyes! ¡No veas! —continuó Deidara—. Uno no puede comprar cerveza, ni vino, hasta que cumple veintiún años, pero en cambio puede conducir por las carreteras a los dieciséis y servir en el ejército a los dieciocho.

—¿Quién te ha dicho esa tontería, Deidara?

—Juan Franklin, uno de los trabajadores del viñedo. Estudia en Los Ángeles. —Mientras hablaba, su hijo se iba bebiendo su tercer vaso de té con hielo, un delicioso brebaje que en aquel país se servía con muchas comidas.

—Pueden morir por su jefe, ¿y no pueden tomarse una cerveza bien fría al final del día? No me cabe en la cabeza tal contrasentido.

Se volvió hacia Sakura, que seguía mirándolo como si le hubieran crecido dos cabezas... o tres, a decir verdad.

—Por cierto, Juan me ha invitado a un concierto la semana que viene en Los Ángeles. ¿Puedo ir?

Itachi estaba harto de tener que preguntar qué significaban ciertas palabras. Kiba, que estaba sentado junto a Deidara, le ahorro el mal trago al preguntar:

—¿Qué es un concierto, mendrugo? —Por lo visto, «mendrugo» era una nueva palabra que su hijo había aprendido, seguramente de ese tal Bart Simpson.

—Una actuación que hacen unos músicos, tarugo —contestó Deidara, dándole a su hermano un amistoso pellizco en el hombro—. En este caso, Sin Duda.

—¿Sin duda qué? —preguntó Itachi.

—Sin Duda es el nombre de los músicos —explicó Lucy—. Los he visto en la em-ti-ví.

—¿Son esos que cantan No hables? —preguntó Kirsten.

Sus hijos estaban viendo demasiado tela-visión.

—Vamos a ver si te he entendido bien, Deidara. ¿Quieres ir a escuchar a unos músicos que se llaman Sin Duda y que quieren sermonearte con una canción cuyo mensaje es «no hables»?

—¡Exactamente! —Deidara sonrió, radiante.

Itachi levantó las manos en señal de rendición.

—Estáis todos chiflados.

Konan levantó las manos, imitándolo, y todos se echaron a reír.

Tendría que andarse con ojo con lo que hacía delante de la pequeñaja.

—Otra cosa —le dijo Deidara. «¡Oh, oh! »—. Me gustaría comprarme una burra.

—¡¿Una burra?! ¡¿Una burra?! Apenas puedo creer lo que estoy oyendo. Debo de tener un tapón de cera en los oídos. ¿No eras tú el que no quería saber nada de las bestias en nuestra granja?

—Vamos, fadir, no es esa clase de burra. A la burra a la que me refiero se la llama también motocicleta. Es un vehículo sin caballo, como un coche, pero tiene sólo dos ruedas, y va a toda pastilla.

—No.

—¿No?

—Ya me has oído, chico. Bastante tuve el año pasado, cuando me convenciste para que te comprara ese potro sarraceno y te rompiste la pierna. No toleraré que vayas por ahí galopando en una motochincheta.

—Nunca consigo lo que quiero.

Itachi levantó las cejas de un modo que parecía decir que no había más que hablar y que, si seguía insistiendo, Deidara perdería lo que ya había conseguido, como ir al concierto de los Sin Duda.

—Si a Deidara le compras una motocicleta, yo quiero unos patines de ruedas —intervino Kiba.

—Yo me conformaría con una bicicleta —dijo Sasori.

—¿Yo puedo tener un poni? —preguntó Lucy.

—¿Ves lo que has hecho, Deidara? Nadie va a tener nada, y se acabó.

Todos los niños miraron a Deidara con enfado, menos Konan, por cuya barbilla chorreaba una baba rojiza.

La abuela Tsunade pareció decidir que era hora de cambiar de tema, porque le preguntó:

—¿Qué te han parecido las compras que he hecho hoy, Itachi?

Él sonrió a la anciana señora, que había sido tan amable con él y con sus hijos desde su llegada.

—Una maravilla. ¿Te di suficiente dinero?

—Oh, sí, aunque puede que dentro de unos días tengamos que hacer otro viajecito.

—¿Puedo ir? ¿Puedo ir? —gritaron todos sus hijos a la vez.

—¿Guu? ¿Guu? —preguntó también Konan con la cara manchada de rojo. La niña tenía, aunque no lo supiera, un maravilloso cochecito nuevo que haría posible tal viaje. Ella iría igual de contenta montada sobre los hombros de su padre.

Todos sus hijos y él lucían ahora calzas vaqueras, y Itachi tenía que admitir que eran muy cómodas. En la parte de arriba su atuendo era más variado, desde camisetas con y sin mangas a jubones de una tela muy suave que se remetían por dentro de las calzas. Konan también iba vestida de vaquera, pero con una cosa llamada «peto». Alrededor del cuello llevaba una toquilla llamada «babero», que recogía todas sus babas y regurgitaciones.

Pero para él lo más asombroso de todo eran los mecanismos que usaban en aquel país para abrocharse la ropa. «Cremalleras» le llamaban. Itachi no creía que fuera capaz de explicar a sus costureras de Noruega cómo funcionaban aquellos chismes. El botón, por otro lado, era un concepto tan simple que le maravillaba que a nadie se le hubiera ocurrido antes y que la noticia de su existencia no hubiera llegado hasta su país. Y ése era el problema.

Aquel país —América— le parecía de lo más extraño. En un rincón de su cabeza había cierto desasosiego que no dejaba de inquietarle. Algo iba mal, y no acertaba a comprender qué era.

Su inquietud no se debía al hecho de haber descubierto un país nuevo y tal vez peligroso. Los vikingos, y los aventureros de otros países, llevaban desde el principio de los tiempos descubriendo nuevas tierras, aunque no creía que las hubieran descubierto ya completamente pobladas. Estaba dispuesto a admitir que se había topado con un país ya colonizado del que nadie había oído hablar. Su barco había perdido el rumbo sin saber cómo y se había internado en territorios nunca vistos.

Pero todos los prodigios que había en aquel país no sólo le aturdían, sino que le resultaban inconcebibles. Imposibles, en realidad.

Itachi nunca había sido un hombre fantasioso. Siempre había desdeñado las viejas leyendas nórdicas acerca de islas encantadas más allá de Groenlandia y de lugares ignotos al norte de las tierras de Rus, pero si aquel país no era una isla encantada, no sabía qué otra cosa podía ser.

Ése era el problema que debía resolver.

¿Sería acaso su viaje un sueño? ¿O era real?

¿Era permanente? ¿O se despertaría de pronto en su galera, frente a las costas de Vinland?

¿Cuál era exactamente su destino?

¿Y dónde encajaba Sakura en aquel disparate?

Ofi Rodriguez