Capítulo 7
Aquí estoy
-1-
- ¿Qué sucede? -preguntó Marin.
Su voz sonaba firme y relajada, pero dentro de su pecho, el corazón de la amazona de Águila latía desbocado. La presencia de Shura había incrementado sus temores. ¿Qué tal si algo le había sucedido a Aioria? ¿Acaso fueron descubiertos? ¿Su presencia era orden del Sumo Patriarca o una simple coincidencia? Esas y miles de cuestiones más asaltaron su desgastada mente, sin embargo no estaba dispuesta a mostrarse débil.
Luchando por mantener la calma, se obligó a respirar y a observar con atención los gestos de su contraparte. Por primera vez en mucho tiempo, la máscara de plata que cubría su rostro jugaba a su favor ocultando, tras el frío metal, el rostro desencajado de la amazona.
- Hay algo delicado de lo que tengo que hablarte. -habló con suavidad. Los ojos del Capricornio sondearon con presteza los alrededores, lo mismo que su cosmos que rápidamente se expandió en busca de intrusos.- Es acerca de Aioria.
Ante el repicar de aquella corta pero poderosa frase, su cuerpo se tensó. La afirmación del santo trajo consigo una serie de fuertes sentimientos encontrados para la amazona. Cualquier asunto que involucrara a su león era de gran importancia para ella, sin embargo un solo paso en falso podría arrastrarles a la desgracia. Siendo completamente ajena a la posición del español, tenía que ser en extremo cuidadosa con la respuesta que iba a ofrecerle.
- No veo porque habría de ser de mi incumbencia. -trató de sonar indiferente.
- ¿No lo es? -le preguntó.
- No.
- En tal caso, debo ofrecerte mis disculpas, Águila. No fue mi intención importunarte ni desperdiciar tu tiempo. Siendo la persona más cercana a él, supuse que sería relevante que supieras que Aioria camina sobre hielo muy delgado.
Habiendo dicho todo lo que tenía que decir. El santo de Capricornio giró y se dispuso a desandar el camino que le había guiado a la pelirroja.
Para Marin, las cosas no eran nada simples. Quería saber. Necesitaba saber. El miedo la embargaba, más debía encontrar en él la fuerza que tanta falta le hacía para formular la pregunta. Si Aioria estaba en peligro, entonces era su obligación hacer algo; y si le amaba sacrificaría lo que fuera necesario para asegurar su bienestar.
- ¿Qué clases de peligros son los que le acechan? -la amazona se armó de valor y la pregunta escapó de sus labios.
Él volteó.
- Me temo que esa pregunta no puedo contestarla con certeza, sin embargo una sola cosa puedo asegurarte: Su único punto débil eres tú. -dijo. La dureza de la confesión le robó el aliento a la joven.- Aioria comparte sangre con el hombre cuyo nombre es impronunciable en este lugar, ese es el pecado que tendrá que cargar sobre sus hombros durante el resto de sus días. Más la reputación del joven león es intachable, tú y yo lo sabemos mejor que nadie. A pesar de todo, Arles ha puesto precio a su cabeza y la guerra por la recompensa ha comenzado.
El águila sintió que se ahogaba. No era necesaria una sola palabra más porque la pelirroja sabía lo que seguía. Ella era la piedra de tropiezo, el error más grande que Aioria había cometido nunca.
- ¿Tú piensas que llegarán a él a través de mí? -habló a pesar de que sabía lo cierto que era aquello.
Sus miedos fueron confirmados cuando Shura le ofreció nada más que silencio como respuesta. Detrás de la máscara, Marin sonrió con tristeza. Ingenua, eso es lo que era. Ingenua por pensar que alguna vez podría tenerle, por atreverse a soñar con estar en sus brazos, por buscar una felicidad que no le pertenecía.
- Aioria hará caso omiso de mis advertencias, es por eso que he tenido que recurrir a ti. Espero que al menos te escuche a ti.
- Quizás esperas demasiado, Shura. -levantó la cabeza para que el rostro de plata le viera directamente.- Según lo veo, lo más que puedo hacer es mantener las distancias.
- No me atrevería a pedirte tal cosa.
- ¿Entonces? -le preguntó.
Esta vez Shura no necesitaba ver su rostro para leer sus pensamientos. La amazona traía la angustia tatuada en la voz. La desesperación de una respuesta que encerrara en ella alguna gota de esperanza, un hilo de ilusión al cual aferrarse con todas fuerzas que poseía, era más que esperada.
- Solo quiero que los dos sean conscientes de que lo que están haciendo. -Marin sintió sus mejillas ardiendo bajo la máscara.- Hay demasiado en juego, quiero que no lo olviden.
- ¿Cómo olvidarlo? -se dijo a si misma en un murmullo.
- Como te dije, no sé mucho respecto a lo que está sucediendo y las certezas en todo este problema son pocas, pero su mayor amenaza no es otro más que Máscara de Muerte. Lo que sea que tenga en mente está respaldado por nadie más que por Arles. Eso lo hace todavía más peligroso.
- Entiendo.
- Necesito que hagas algo más que entender, Marin. Necesito que prometas que tendrán cuidado.
- Haré lo que esté en mi poder.
Shura asintió para después dejar que un denso silencio se ciñera sobre ambos. Acababa de destrozar las reglas al alentar y proteger una relación que era prohibida en su mundo. Cierto, también había confinado a la clandestinidad cualquier sentimiento que existiera entre el águila y el león, pero, si era por el bien de ambos, estaba más que dispuesto a cargar con ello en su consciencia. Él tampoco descansaría. Aún si Aioria lo quería fuera de su vida y de sus asuntos, Shura haría todo lo que estuviera en su poder para brindarle al joven león el resguardo que le fue negado con la muerte de su hermano.
- Confió en ti, Águila.
El vacío en la voz del español le heló la sangre. Sintió pena sin desearlo. Tal sentimiento sería ofensivo para él a pesar de que vivía encerrado en una pesadilla que le condenaba a una eterna miseria. No, no le era desagradable y tampoco causaba repulsión en ella, porque, en el fondo, Marin comprendía que lo que el santo de Capricornio había hecho era nada más que obedecer órdenes, ordenes crueles y descorazonadas que nadie más que el Gran Maestro podía dar.
Lo vio alejarse lentamente mientras la oscuridad de la noche le cobijaba entre sus sombras. Ahí iba. Un hombre muerto en vida, derrotado por la misión de su vida…un individuo cuya existencia terminó el día que asesinó a su mejor amigo.
-2-
Para cuando Aioria emprendió el descenso desde Escorpio estaba más que furioso.
Iba a terminar asesinando al bicho un día de esos, aquello era casi un hecho. Entre sus radicales consejos, las entrometidas apariciones y la fastidiosa manía de meterse en cada aspecto de su vida, Milo se estaba haciendo de un prontuario digno de un condenado a muerte. Ambos santos habían discutido y, decir que el intercambio de palabras fue algo menos que una pelea verbal, sería mentir. El último acto de buena voluntad del escorpión dorado terminó colmando la ya de por sí escasa paciencia del felino a quien poco le faltó para dar el primer golpe. Una cosa era ser invitado a meter las narices en los líos emocionales del santo de Leo, y otra cosa muy diferente era atreverse a enviar a Shura tras los pasos de Marin. El bicho definitivamente había perdido la razón.
Agotado, física y emocionalmente, el castaño había tomado la sabia decisión de abandonar el lugar y no regresar hasta que la cabeza se le enfriara. Por su propio bien, Milo debería mantener su distancia al menos por unas cuantas horas. Sumado a ello, la ausencia de Marin hacía mella en él. No la había visto, no sabía nada de ella y ni siquiera estaba seguro de si la amazona se atrevería a regresar para terminar lo que habían comenzado esa mañana; en tal caso sería él quien acudiera en su encuentro. Pero el león dorado primero tenía que calmarse.
Tras exhalar con fuerza buscó un poco de alivio en el cielo. Sobre su cabeza, las estrellas tintineaban tímidamente cual luciérnagas perdidas en la oscuridad de la noche. A lo lejos, la aldea, Rodorio, podía distinguirse. Un halo de luz amarillenta se divisaba por encima del bosque que dividía al Santuario del pueblo. Ese era el resplandor de las luces que alumbraban las callejuelas del pueblo reflejado como una agonizante luz que se abría paso en medio de las penumbras.
Ni la más mínima ráfaga de viento soplaba. Un ensordecedor silencio reinaba en las doce casas y sus inmediaciones. Incluso el Coliseo, cuya oscura silueta se dibujaba a uno de los costados del serpentino camino de los templos del zodiaco, no daba señales de vida en él. El Santuario estaba convertido en un pueblo fantasma.
Con un perezoso bostezo, Leo se decidió a internarse en su templo. El olor del humo que las ardientes antorchas despedían inundaba el lugar mientras que las bailarinas llamas llenaban el templo con las retorcidas sombras que su caprichosa luz creaba. Prestando ninguna atención al espectáculo de luz y sombra, Aioria se encaminó hasta un rincón apartado dentro del templo. Ahí se encontraba la entrada escondida que guiaba a los aposentos privados de la casa de Leo.
La abrumadora soledad recayó sobre él tan pronto ingresó en sus habitaciones. Desde la muerte de su hermano, Aioria siempre había estado solo. Por años, la soledad había sido su única compañera. Marginado y deshonrado, se había aferrado a la fuerza que el dolor inyectaba en él. ¿Cómo sobrevivió? Nunca lo supo. La única certeza que tenía era que estaba vivo y que, con la obtención de la armadura de Leo, había limpiado el nombre de aquel con el que compartía sangre. Habiendo vivido siempre cobijado bajo la soledad y, habiendo hecho de ella su mejor amiga, todavía le sorprendía lo mucho que le deprimía sentirse solo y olvidado por el mundo.
En una ocasión, durante sus noches en vela, se había puesto a meditar acerca de su pasado. Trató de enumerar a las personas que alguna vez le confiaron su amistad. Con tristeza, tenía que admitir que podía contarlas con una sola mano e, incluso, le sobraría dedos. Por un tiempo les odio a todos. Maldijo en infinidad de ocasiones la saña con la que el destino castigaba día tras día los pecados que nunca cometió. Aborreció al Santuario y a todos los que en él habitaban. Pero entonces llegó ella: La tímida pelirroja que apenas podía pronunciar alguna palabra en griego. La chica extranjera que, al igual que él, era inferior ante los ojos de todos los pobladores del lugar. Y se reflejó en ella.
No necesitaba decirse más. Lo que vino después era historia. Una gran amistad que, con el paso de los años y sin que ninguno de los dos lo notase, se tornó en un amor tan incipiente como imposible, que creció y creció hasta convertirse en un río cuyas aguas, caudalosas y salvajes, amenazaban con desbordarse en cualquier instante. Se rió de sí mismo al encontrarse pensando en semejantes cosas. En serio, ¿desde cuando él, Aioria de Leo, tenía esas cosas en mente? Una cosa era segura, si Milo conseguía acceso a sus pensamientos, jamás se gastaría las constantes burlas de su amigo.
De pronto, dejó todo aquello atrás y su cabeza regresó a sus verdaderas preocupaciones. Quizás estaba exagerando o, a lo mejor, se auto saboteaba, cualquiera que fuese la razón, todo parecía indicar que él mismo deseaba retrasar lo inevitable. Entonces, comprendió que las probabilidades de que Marin compartiera sus miedos eran altas por lo que no podía culparla de desaparecerse.
Siguió con sus divagaciones por unos momentos más hasta que el etéreo sonido de un quejido capturó su atención. Ocultándose en el silencio de su templo, marchó con sigilo hasta el estrecho corredor que unía el diminuto comedor con su habitación.
Y ahí la vio.
La encontró sentada, con las rodillas apretadas con su pecho y la cabeza escondida entre ellas. Las mechas de color de fuego caían descuidadamente cubriendo con celosa protección el rostro de su dueña. Un delgado rayo de luz que se colaba por la diminuta ventana de la habitación la bañaba convirtiéndola en una divina visión para sus ojos. Pudo apreciar que su cuerpo temblaba al ritmo de los sollozos que se le escapaban. Estaba llorando. Se veía tan pequeña, tan delicada…tan indefensa.
La rabia que sentía en un principio se convirtió rápidamente en preocupación. Él también estaba asustado, temía por su amazona. Porque así era, era suya; suya y de nadie más.
Caminó despacio hasta ella, un par de pasos a la vez, teniendo cuidado de no sobresaltarla. Consiguió acercarse lo suficiente sin que ella siquiera lo notara, pero entonces, se detuvo. Podía verla. La veía con claridad. Ahí estaba. Justo al lado de Marin, sobre el suelo, yacía la máscara de plata. Y el corazón le dio un brinco.
Fue corto el instante en que las dudas se apoderaron de él. Todo sucedía demasiado rápido, tanto que la situación le asustaba. Pero no, no importaba lo que sucediera de ese punto en adelante, Aioria simplemente no iba a dejar que esa oportunidad de oro se le escabullera de las manos. Esa noche, bajo el encanto de la enorme luna plateada que se veía a través de la pequeña ventana, Marin sabría lo mucho que ella era para él.
Trató de relajarse un poco, sin embargo le resultó lo más difícil que nunca había intentado. Así que, resignado a que no encontraría paz alguna hasta que la tuviera a su lado, tomó la determinación de terminar con ello de una vez por todas. No podía seguir callando sus sentimientos por más tiempo.
- Marin. -el aire se llevó su voz convirtiéndolo en un ronco susurro.
- Estás aquí. -un par de ojos, tan azules como el cielo de la mañana, se clavaron en él.
- Siempre. -respondió.
Había hablado sin pensar, preso del hechizo de aquella mirada de zafiro, pero esa única palabra encerraba más sinceridad de la pudiera expresar. Siempre estaría ahí para ella. Siempre la tendría en su mente. Pensaría en su amazona hasta el último de sus días. Hasta que expirará por última vez, su corazón le pertenecería. Probablemente nunca tendría la libertad de expresar su amor como hubiese querido y, en un mundo oscuro como el suyo, tampoco se atrevería a pronunciar jamás una palabra que la pusiera en peligro; más siempre, en su interior, guardaría en secreto la creencia de que era su destino. El destino de ambos. Uno que compartirían y que sería de nadie más que de ellos. Siempre sería de ella.
La pelirroja sonrió tímidamente al verlo perdido. Le resultaba adorable la incredulidad en los ojos de Aioria. Sus facciones, usualmente reservadas e intrigantes, quedaron atrás dejando nada más que el asombro de un niño que descubre el mundo por vez primera, mientras que el rubor que teñía sus bronceadas mejillas resaltaba el radiante verde de su mirada. Y de pronto, ese mismo sonrojo se apoderó de ella.
Se había olvidado de la máscara. Un imperdonable descuido que acaba de levantar la pregunta más escalofriante de todas: ¿Qué sucederá ahora?
- Yo…Aioria…yo… -balbuceó sin poder hacer nada para evitar que sus mejillas se encendieran. Sus manos, por instinto, viajaron hacia su cara para cubrirla.
- No. No. -el santo se acercó y tomó entre sus manos el rostro de porcelana.- No digas nada. No te arrepientas. Solo…solo déjame verte.
Y así lo hizo. Le dejo mirarla. Se aventuró a perderse en los felinos ojos que parecían incapaces de separarse de los suyos. Si fuese su decisión, ese breve instante duraría una vida. Deseaba poder guardar el cálido toque de Aioria sobre su piel, permanecer protegida por la suavidad de la caricia y embelesada por la devoción de su mirada. Estaba siendo sobrepasada por sus sentimientos, aquellos que tendría que ocultar por siempre.
- ¿Qué es esto, Aioria? -su voz tembló mientras las lágrimas amenazaban con desbordarse.
- Amor.
No pudo más. Se abalanzó sobre el santo para refugiarse en su abrazo. Necesitaba sentir los brazos de Aioria cerrándose a su alrededor. Anhelaba tocarlo, sentir el reconfortante calor de su cuerpo contra el suyo, disfrutar de su aroma…deseaba saberlo suyo, aunque fuese tan solo por un efímero instante. Por eso se aferró a él con desesperación. Perdió el rostro en su pecho para, así, dar rienda suelta a sus lágrimas. Lloraba de emoción. Lloraba de alegría. Pero también de rabia y de impotencia. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué era todo tan difícil? A nadie hacían daño y no había ofensa alguna en su amor. Sin embargo, ahí estaban. Perdidos el uno en el otro, unidos por un amor condenado a florecer en la más absoluta oscuridad.
La mano de Aioria se deslizó sobre los cabellos de fuego de la amazona. El susurro de su entrecortada respiración, ahogada a causa del llanto, le desconcertaba. ¿Había dicho algo mal? Porque no creía haberse equivocado. Nada de eso se sentía como un error y, sin embargo, estaba repleto de dudas. No quiso seguir hablando por temor a asustarla más. Comprendía que estuviera confundida, que los eventos estuvieran excediendo sus límites; lo comprendía porque él mismo se sentía así.
Nunca supo cuanto tiempo pasó acariciando los rizos color rojo. Nunca lo sabría. Para Aioria el tiempo se había detenido. Desde el momento en que sus ojos verdes coincidieron con los de Marin, todo había dejado de existir menos ella. Si habían sido tan solo un par de minutos o varias horas, al león dorado no le importaba, lo único que le interesaba era que la tenía en sus brazos. Por fin la tenía para él.
Se mantuvieron abrazados, acurrucados en el frío y húmedo rincón del oscuro corredor, pero no parecía molestarles. Mientras pudieran estar juntos, uno al lado del otro, lo demás venía sobrando.
- Te amo. -Aioria confesó. La sintió agazaparse todavía más en sus brazos mientras guardaba el rostro en su cuello.
El breve lapso de tiempo que Marin estuvo callada, le pareció eterno. Podía sentir la cálida caricia de su respiración contra la piel de su cuello; su cuerpo encajaba perfecto en el suyo, como si hubiesen sido creados para estar juntos. Se sentía tan bien. Cuando ella alzó la mirada y le regaló una tímida sonrisa, no pudo evitar sonreírle de regreso.
- Y yo te amo a ti. -declaró con la voz en un hilo mientras sus mejillas volvían a encenderse de un rojo carmesí. Pero, casi de inmediato, el candor de su sonrisa se transformó en una dolorosa tristeza.
- ¿Qué te sucede? -el león trató de consolarla.
- ¿Recuerdas cuando nos conocimos? -su semblante se tornó nostálgico.
Aioria asintió.
- Ese día, mi vida era un infierno… -continuó la amazona de Águila.- Lo había perdido todo; a mi familia, mi pasado, a mi misma. Y, de repente, apareciste. Escuché tu voz sonando en medio de aquel deplorable silencio lleno de interrogantes y de palabras que no podía comprender. Fue como si una luz se encendiera en esa oscuridad... "Si me necesitas estaré aquí" dijiste.
- Y, aquí sigo, Marin. -el santo depositó un beso sobre sus cabellos de fuego.- Aunque no me veas a tu lado, aquí estaré.
La amazona midió con cuidado lo que respondería, porque cada palabra que abandonara su boca tendría la dura capacidad de destrozarles el corazón a ambos.
- Pero no puedes, y yo tampoco puedo estar ahí para ti. -sollozó.- No estamos hechos para estar juntos, Aioria. No en este mundo…
- Calla e confía en mí, en nosotros. -el castaño posó delicadamente su dedo sobre los labios de la pelirroja.
Incapaz de apartar su mirada de él e hipnotizada por la seguridad que irradiaban los felinos ojos verdes, Marin deseaba creer en todas y cada una de las palabras de su león. Pero era tan difícil y, por sobre todo, doloroso, pensar en tenerle y después perderlo.
- Esto no acaba aquí, sino todo lo contrario; y, nada de lo que digas, conseguirá alejarme de ti. -centró su mirada verde en la joven.- Porque aunque fueran unos pocos días juntos, es mejor que una eternidad sin tenerte. ¿Podrías intentarlo?
Una lágrima resbaló por el rostro del águila mientras una cálida sensación brotaba dentro de ella. Lo haría. Confiaría en la palabra del hombre al que entregó su amor tiempo atrás.
Su corazón latió desbocado cuando Aioria se aproximó a ella. Sentían la tibieza de sus respiraciones contra sus rostros Centímetro a centímetro, la distancia entre ellos su acortó hasta ser prácticamente nula. Sus labios, ansiosos de encontrarse, se rozaron con timidez para, después, fundirse en un beso, uno tan esperado como deseado, que se prolongó hasta dejarles sin aliento. Sus bocas apretándose la una contra la otra, permitiéndoles degustar el dulce sabor de la persona a la que había anhelado, resistiéndose a dejarse ir.
Al fin, rompieron el contacto, pero les fue imposible separar sus miradas.
- ¿Eso es un sí? -el león dorado apoyó su frente sobre la de ella y, con la punta de la nariz, rozó la suya.
- Sí. -respondió Marin en un murmullo.
-Continuará-
Damn!
Sunny esta trabajando a marchas forzadas y no quería perderme la oportunidad de actualizar este fic xDDD Se las debía ;)
Bueno, como habrán visto, le he puesto ojos azules a Marin, aunque en la mayoría de los casos, le asignan ojos marrones. Sé que el rostro que le fue mostrado a Seiya tenía ojos chocolate pero, ¿cómo podían estar seguros si nunca nadie ha visto la verdadera cara de la amazona? Además, Touma es su hermano y tiene ojos azules, así que ¡yo le pongo ojos de ese mismo color y basta! :P
Hecha la aclaración debo decir: ¡Ufff! Ahí van las provisiones de romanticismo de todo el mes (y la paciencia también) xDDD Tal vez ni siquiera quedó tan romántico como pienso, pero me esforcé. Lo prometo. Hice mi mejor esfuerzo.
Celina, White Lady EF, Koto Miharu, Minelava, Ysabel-Granger, Yupi Yahoo Feliz Happy, Dama de las Estrellas, Tisbe, blerak-princess, Loly-chan, Alondra y Yesy-chan… ¡gracias por sus reviews!
Celina: Espero estés completa y no te haya pasado nada de tanta emoción :P Como ya habrás visto, nuestra linda parejita ha decidido ponerse las pilas en esta relación. Y esta vez, no tarde tanto ;) ¡Abrazos!
Tisbe: ¡Hola, amiga! Te dije antes y te repito: No, no voy a olvidarme de esta historia =D Aunque mi cerebro se consuma a causa de esta historia, seguiré con ella hasta el final. ¡Un beso!
Loly-chan: En serio que nunca fue mi intención que te diera un infarto e_e muchos menos ahora jeje Ya me contarás que te pareció el capi, espero no haberte decepcionado. ¡Abrazos!
Yesy-chan: Pues si, yesy, después de muuucho tiempo lo continúe :P Ojalá el capítulo te guste y, bueno, trataré de tardar menos. ¡Saludos!
Una vez más, gracias por soportar mis constantes atrasos con las actualizaciones. ¡Ojalá les haya gustado! Los reviews siempre son bienvenidos =D
Sunrise Spirit
