Disclaimer:

Severus, lamentablemente, no me pertenece, y los demás personajes de la saga HP, tampoco, ya que son de J. K. Rowling. Julia y el resto de personajes nuevos son mis criaturitas y las quiero mucho :)

Muchísimas gracias a Snape's Snake, DrakeMalfoy, Sayuri Hasekura, dulceySnape, Shev666, MoonyMarauderGirl, LilaSnape, Brenkis, GabrielleRickmanSnape, samantha20, AnHi, Bladre MKT, natuky95, Sely Kat, lisbeth snape y BlueMeanie76 por sus amables comentarios :)

Muchas gracias también a todos aquellos que me leéis sin comentar, porque sé que a veces las palabras simplemente no quieren salir.

Y quería por último darle las gracias a R. por hacerme de beta.


Capítulo 7 – Momentos incómodos

Para romper el triste silencio que se produjo después de que te emocionaras tanto al ver al hijo de Tonks, Ginny siguió -¡cómo no!- presentándote a más niños, los hijos de George y Angelina Johnson, mientras los demás reemprendían sus conversaciones poco a poco.

De repente pareciste darte cuenta de algo y echaste una ojeada a la sala como buscando a alguien.

-¿Y Percy no está? –Preguntaste– No le he visto por ningún lado.

-No, no han venido ni él ni su esposa por motivos de trabajo. Sus hijas están pasando unos días en casa de Bill y Fleur, por eso han podido venir a la fiesta –contestó Granger… Weasley… Hermione.

-¿Por qué, querías decirle algo? –Preguntó a su vez la hermana del aludido.

-Uf, no, no. Al contrario, creo que es mejor así, en realidad –confesaste en un susurro–, no sé cómo se hubiera tomado él lo de que haya puesto en práctica el experimento sin permiso del Ministerio…

-Pues mal, seguro que se lo hubiera tomado mal –dijo Ginny con una sonrisa–. Pero no te preocupes, no creo que ninguno de nosotros se lo vaya a decir.

-Eso espero, aunque en realidad, poco podrán hacer contra mí allá donde vamos.

-¿Y dónde vais? –Preguntó Hermione, intrigada.

-A España.

-¡Ah! –Exclamaron Hermione y Ginny a la vez.

-Yo fui una vez a España con mis padres por vacaciones –dijo, cómo no, la señorita sabelotodo–. Fuimos a Mallorca, nos lo pasamos muy bien.

-A mí me gustaría ir a las Islas Canarias –aportó Ginny–. Se lo propuse a Harry para nuestra luna de miel, pero él insistió en que fuéramos a Venecia. Tampoco es que me queje, al final resultó ser muy romántico.

-Nosotros iremos a la península, ya estoy harta de vivir en una isla –comentaste con tono jovial.

-Pero entonces, ¿vais a vivir allí? –Asentiste firmemente y Ginny prosiguió– ¿Y qué haréis con vuestra casa?

Una sombra de tristeza cubrió tu rostro por un instante, pero la disipaste enseguida.

-La hemos vendido. No fue fácil deshacerse de tantos recuerdos… –las dos jóvenes asintieron comprensivamente y continuaste tu explicación– hace dos años vendí también la casa de mi madre, así que tenemos un poco de dinero ahorrado para poder empezar de cero.

Esa fue una de las primeras cosas que me explicaste después de hacerme viajar en el tiempo, cuando todavía estábamos en el laboratorio y acabábamos de darnos cuenta de que el doctor Wassenfelder se había marchado sin hacer ruido para darnos algo de intimidad.

Me contaste que te había llegado una carta del Ministerio diciéndote que tu padre había muerto en algún lugar de Alemania y que no había dejado testamento, por tanto la casa te había quedado como herencia. La pusiste a la venta de inmediato, sin siquiera entrar en ella una última vez. No te interesaba nada de lo que pudiera haber allí.

-Es admirable que hagas esto –dijo Hermione–. Quiero decir, empezar una nueva vida en otro país debe ser duro.

-No es que tenga mucha elección. Además, todo resulta más fácil ahora que no estoy sola, yo… –de pronto pareciste alarmada, al darte cuenta de que te habías olvidado momentáneamente de mí– ¿Severus? ¿Dónde…?

-Estoy aquí –te tranquilicé, te giraste hacia mi voz y una sonrisa aliviada se instaló en tu rostro.

-Ah… Severus, perdona, estaba distraída… no te he estado haciendo mucho caso, ¿verdad? –Dijiste con una pequeña mueca culpable.

Hice un gesto vago con la mano y, como si eso hubiese sido algún tipo de invitación, Hermione se me acercó más para hablar conmigo. Oh, Merlín.

-Profesor Snape, quería darle las gracias por todo lo que hizo por nosotros y pedirle disculpas por haber pensado que había traicionado al profesor Dumbledore. Fue increíblemente valiente al espiar a Voldemort durante tantos años –me preparé para sentir un escalofrío ante la mención de ese nombre pero, curiosamente, no se produjo ninguno–, y no puedo ni imaginar todo por lo que debió pasar para ayudarnos a ganar la guerra.

No podía creer que me estuviera diciendo eso, fue realmente muy incómodo. ¿Qué se suponía que debía contestarle? Y para empeorarlo más todavía, justo en ese momento se acercó Potter con una sonrisa de oreja a oreja.

-Estoy totalmente de acuerdo con Hermione, profesor –dijo–. No hubiéramos podido vencer a Voldemort sin usted –el escalofrío tampoco llegó esta vez–, y por eso quería darle también las gracias por todo. Sé que no nos hemos llevado muy bien en el pasado, pero ahora entiendo todo lo que ha hecho por mí y por salvar al mundo mágico de la tiranía, comprendo que siempre ha estado trabajando para Dumbledore desde… bueno, desde que se unió a él hace ya tanto tiempo, y quería disculparme también por haber desconfiado de usted y por…

No pude resistirlo más, estaba empezando a notar un extraño nudo en la garganta y necesitaba evitarlo a toda costa, de modo que me puse en pie y atajé sus explicaciones levantando una mano.

-Está bien. Ya entiendo lo que quiere decir, no hace falta que siga –y de pronto, no sé qué me impulsó a hacerlo, pero me encontré extendiendo mi mano para estrechar la del insoportable chico que salvó el mundo, y no sólo eso, sino que acabé añadiendo con convicción–, y ahora que es adulto y he dejado de ser su maestro, creo que ya puede tratarme de tú.

Su sonrisa se ensanchó aún más, por increíble que esto pareciera, y dio un rápido asentimiento de cabeza.

-Lo mismo digo –contestó.

Por un terrible momento temí que fuera a ser tan imprudente como para abrazarme, porque abrió los brazos hacia mí, pero afortunadamente fuimos interrumpidos.

-Profesor –una voz femenina me hizo dar la vuelta y me encontré con Ginny Weasley, que ahora estaba acompañada de Luna Lovegood y Neville Longbottom. "Esto va a ser bueno", pensé. Parecían competir por ver cuál de ellos ponía la expresión más contrita–, queríamos disculparnos por haberle complicado tanto las cosas durante su año como director en el colegio.

-Sí –dijeron a coro Lovegood y Longbottom, agitando sus cabezas al unísono en señal de asentimiento–, así es.

-Yo además –comentó Lovegood muy afligida– quería decirle que cuando Julia me concedió la entrevista hace un mes y me explicó todo lo sucedido, me sentí fatal por todas las veces que habíamos hablado mal de usted; y me gustaría pedirle perdón por eso y por haber utilizado durante un tiempo una foto suya como fondo para la jaula del mercack austríaco que me regaló mi padre.

Me la quedé mirando pasmado durante varios segundos, sin estar seguro de haberla entendido bien.

-Disculpe, ¿cómo ha dicho? –Logré articular al fin.

-Mercock austríaco –repitió–, es una criatura que...

-No, me refiero a lo de poner una foto mía en la jaula.

-Sí, ya sabe, recorté su foto del diario para ponerla en el fondo y que el mercock pudiera hacer sus necesi...

-Vale, ya lo capto –la corté, furioso. No me hacía ninguna ilusión imaginarme mi foto acribillada con las manchas orgánicas de lo que quiera que fuera ese mercock austríaco del demonio.

-Erm... –se apresuró a intervenir Longbottom, al parecer, percibiendo mi malestar– también queríamos disculparnos por intentar robar la espada de Gryffindor.

Esto me distrajo un poco de mi enfado, levanté la mano quitándole importancia a la cosa y, recordando lo último que había oído de aquel joven, comenté, intentando no parecer demasiado impresionado:

-Me han dicho que mató usted a Nagini, señor Longbottom.

Su cara se iluminó en una entusiasta sonrisa.

-Sí, lo hice, la maté.

-¿Usted solo? –Pregunté, arqueando una ceja con escepticismo.

Su sonrisa vaciló un tanto y tragó saliva, nervioso.

-S-sí –tartamudeó–, yo solo.

Extrañamente, su expresión incómoda, en vez de proporcionarme una sensación de triunfo, en ese momento logró ablandarme un poco, cosa que nunca había sucedido durante los años en que fui su profesor. Pensé que quizás estaba perdiendo facultades, pero decidí no darle importancia, esbocé una sonrisa conciliadora y dije:

-Felicidades, entonces. Supongo que podría decirse que usted vengó mi "muerte", ¿no?

Su rostro volvió a iluminarse y asintió de una seca cabezada.

-Sí, supongo que sí, ¿verdad?

-¡Profesor! –Me llamó otra voz a mi izquierda y vi a George Weasley acercándose a mí con la mano extendida hacia delante, la estreché sin pensar y de inmediato una serie de sonidos de ventosidades empezó a resonar por todo el comedor.

Rodé los ojos con fastidio mientras todos los niños se desternillaban encantados ante la soez diversión que tío George les acababa de proporcionar a mi costa.

-Ja, ja, ja –rió Weasley de su propia broma, y hablando en voz alta para todos los presentes, dijo–, este es el nuevo invento que vamos a comercializar en nuestra tienda, el ungüento "estrechamanos": te frotas un poco en la palma y cada vez que le des la mano a alguien se producen estos sonidos. Ron y yo os hemos traído un tarro para cada uno. Tenemos de sobras, profesor, así que si quiere, también hay uno para usted.

-No, gracias.

George volvió a dirigirse a mí en voz normal mientras todos volvían a sus asuntos.

-En realidad, venía a hablarle de una cosa, profesor. Quería pedirle disculpas por habernos burlado de usted en las emisiones de Potterwatch y...

-¡Está bien! –Ese fue mi turno de alzar la voz en un rugido que acalló todas las conversaciones de la sala, ya estaba empezando a hartarme de eso, veía ante mí una larguísima y tediosa tarde de gente acercándoseme para pedirme disculpas y no me sentía con fuerzas para aguantarlo– A ver, a pesar de vestir siempre de negro riguroso, no soy un sacerdote católico, eso quiere decir que no tenéis que venir a mí para confesaros –nadie rió la broma, supongo que no estaban acostumbrados a oírme gastar una, hasta yo me asombré de mi buen humor–. Sea cual sea la ofensa que creéis que habéis cometido contra mí, estad tranquilos, os perdono, ¿queda claro? –Nadie dijo nada, y aproveché para comentar otro punto– Y una cosa más, ya no soy profesor, así que no tenéis por qué seguir llamándome así.

-¿Cómo prefiere que le llamemos, prof...? –La pequeña de los Weasley se interrumpió a media palabra y sus mejillas se encendieron de golpe, al darse cuenta de que estaba cometiendo de nuevo el mismo error.

-Creo que con señor Snape será suficiente –dije, intentando reprimir una sonrisa burlona.

Todos me miraron con cierto desencanto, y por el rabillo del ojo te vi a ti frunciendo los labios ligeramente. Solté un resoplido divertido y añadí:

-Aunque mis amigos me llaman Severus, de modo que quien quiera considerarse amigo mío puede llamarme así –un murmullo de satisfacción se extendió por la sala, acompañado de múltiples sonrisas y asentimientos entusiastas. Te miré un instante y te vi observándome con cara de felicidad, y en ese momento noté unas palmaditas de aprobación en la espalda que sólo podían provenir de una persona–. Excepto tú, Potter –añadí entonces–. Tú puedes tutearme todo lo que quieras, pero seguirás guardándome el respeto que merezco llamándome por mi apellido.

-¡Qué cabr…! –Empezó a protestar el joven, riéndose, pero se interrumpió, meneó la cabeza y me dio un pequeño puñetazo en el hombro– De acuerdo, Snape, como tú quieras.

Sujetó mi brazo un momento y lo apretó afectuosamente con una cálida sonrisa. A partir de ese momento todos, menos él, me llamaron por mi nombre, y me pareció curioso que de repente aquellos que me habían odiado o despreciado durante tanto tiempo quisieran considerarse amigos míos. Curioso, pero extrañamente agradable.

Sentí de nuevo ese incordiante nudo en la garganta y necesité encontrar un lugar para estar solo unos instantes.

-¿Hay algún baño donde pueda refrescarme un poco? –Pregunté.

Alguien, no recuerdo quién, me señaló un punto de la casa y fui al aseo a tomarme un pequeño respiro.

Una vez allí, ajusté la puerta tras de mí y apoyé la espalda contra la madera, reclinando la cabeza hacia atrás para apoyarla también. Cerré los ojos y me froté los párpados con suavidad, y después el puente de la nariz, deliberando con detenimiento sobre todo lo que había pasado. Desde que había llegado a esa casa nadie me había mirado con odio, nadie parecía guardar ningún rencor hacia mí, sino todo lo contrario, se habían mostrado extremadamente cordiales, me habían hecho sentir como uno más y sólo habían evidenciado el natural asombro de verme vivo cuando me sabían muerto desde hacía más de cinco años. Era extraño sentirse aceptado por los demás. No pude evitarlo, me sentí bien, muy bien; y cuando abrí los ojos y me fijé en el espejo, su superficie me devolvió el reflejo de un rostro algo cansado, pero dotado de una pequeña e inusual sonrisa de felicidad.