Dave se encontraba acurrucando en el suelo de aquella celda, el suelo esta frío y apenas había espacio. En condiciones normales debería haber estado en una cama, pero en un campo de prisioneros tan abarrotado era una misión casi imposible. Enderezó su cuerpo y apoyó la espada contra la dura pared de roca, cuando un pequeño ataque de tos le arremetió. Le ardía el pecho, haciendo que un punzante dolor subiera por su garganta y hasta la boca. Luchando por dejar que un soplo de aire atravesara sus pulmones, finalmente logró respirar. Gamzee le había golpeado en la espalda con fuerza, esperando que así el rubio frenara aquella insoportable tos.
Una brisa fría atravesó la estancia, aunque Dave apenas lo notó. Su cuerpo estaba caliente, probablemente por la fiebre de aquella pulmonía que había empezado poco después de ser capturado. Eran prisioneros políticos, no merecían cuidados médicos.
El Strider dejó escapar una risotada que poco a poco se transformó en más de aquella condenada tos. Notaba su boca completamente reseca, pastosa como cuando tenía resaca, y el moco se acumulaba en su garganta casi impidiéndole hablar. Resultaba irónico que La Unión luchara por los derechos de los negros y a él, por ser un confederado, le dejaran morir de aquel modo, solo y tirado en el suelo. Era indigno hasta para un perro.
"Si al menos pudiera despedirme de Jade" se dijo, mientras la recordaba con aquel vestido de color verde sentada en el porche de la plantación de los Egbert. La última vez que se habían visto ella estaba allí, con las manos apoyadas en sus sonrojadas mejillas y sus negras cortinas de pelo a los lados, recordando a cualquiera que pudiera verla que la belleza existía. Le estaba esperando a él, mirando al horizonte para verle llegar sobre su caballo. ¿Estaría Jade pasando hambre? ¿Se habría casado ya con Karkat? No tenía ni idea de dónde podían estar sus amigos o su hermano… Solo sabía que iba a morir en aquel lugar.
De golpe un codazo lo despertó de sus estúpidos pensamientos. Había sido Gamzee otra vez, el único que aún se molestaba en comprobar si seguía con vida.
—Tus gachas, hermano — dijo con su peculiar voz. Gamzee era el hijo bastardo de un señor adinerado, que a pesar de su piel oscura había luchado por los estados del sur.— Si te duermes te prometo que me las comeré yo hasta que...
—No me voy a dormir todavía — contestó Dave cortante y agarrando su plato de gachas. Un plato asqueroso en algunas circunstancias, pero que el hambre convertía en un manjar de dioses. Por supuesto "dormir" era la palabra que se decían para no asumir la realidad de que muy pocos iban a salir de aquel lugar con vida.
Se llevó el plato a la boca y dejó caer la pequeña ración de comida en el interior de esta. Aquella miseria terminaba siendo más dolorosa que no haber probado bocado. Tiró el plato al suelo, como solían hacer todos, y cerró los ojos apoyando la cabeza contra la pared. En aquel mundo solo le quedaba soñar. No había armas con las que luchar, o eso se decía día a día para no pensar en que tal vez se había rendido.
—No quiero que te vayas a la guerra, no quiero perderte — le había dicho la morena parando sus pasos en seco mientras él trataba de avanzar entre los árboles. Dave se había girado a mirarla, firme y quieta, con la mirada baja y con las manos apretadas en su regazo.
El Strider se acercó despacio y la agarró por los hombros. Fijó sus rojizos ojos en los de ella y tragó saliva antes de hablar.
— Si me quedase, solo estaría dándole la razón a todos los hombres del norte — dijo, para atreverse a abrazarla después. — Estaría demostrándoles que me escondo detrás de los esclavos y que no soy capaz de cuidar de ti.
—Sé cuidar de mi misma — contestó Jade levantando la mirada y se separó de él, casi desafínate en el gesto.
—No se trata de que no sepas hacerlo, pequeña — sonrió el rubio pasando su mano por la mejilla de la muchacha, mientras dibujaba una leve sonrisa. Amaba aquella parte tan fiera de Jade casi tanto como la casta y dulce, odiaba que Karkat fuera a quedarse lo que él consideraba ya suyo. — Se trata de que no quiero que tengas que hacerlo.
La chica sonrió confusa, a pesar de todo ella le amaba a él. Entrecerró los ojos abanicando con sus largas pestañas sus ojos, si no había forma de hacer que Dave se quedara, ella quería reclamar al menos un beso con el que recordarle.
El rubio se mordió el labio inferior y miró a su alrededor. Lo correcto era no robar aquel beso de despedida que debería permitirle tener a Karkat… Aunque en parte, si alguien los pillaba, si el Vantas la repudiaba por aquello, podría casarse con ella. La moralidad se tornaba un concepto tan relativo cuando se trataba de dominar sus pasiones, en especial cuando se trataba de la pequeña de los Egbert.
La atrajo contra su cuerpo, escuchó el crujir del vestido y notó como los brazos de Jade se apoyaron contra su pecho, arrugando ligeramente su camisa. Sus labios eran mullidos y suaves, su cuerpo escuálido por aquel ridículo corsé parecía tan frágil como si fuera a romperse y su piel era sutil y delicada.
— ¿Puedes prometerme que volverás al menos?— preguntó la morena al separarse de aquel beso.
Él había contestado que sí, que por supuesto que volvería. Una pequeña mentira ahora que se encontraba a las puertas de la muerte, pero también lo había sido antes. No era que no hubiera tenido la intención de volver a Derse, la plantación de los Strider, pero no estaba seguro de querer volver a verla. No, si terminaba casándose con Vantas.
