Capítulo 6

Los ojos de Bella se ensancharon cuando entró en el teatro de la ópera. Excepto por las ocasiones en las que Carlisle la había llevado al pueblo vecino, era la primera vez que salía del valle en donde había nacido e iba a la ciudad. No podría dejar de mirar a las bellísimas mujeres, con sus ostentosos trajes de noche de seda y raso. Levantó su barbilla desafiante, tratando de fingir que era una de ellas, que pertenecía a ese mundo, su traje era igual de costoso y a la moda. Los zafiros en su garganta eran adecuados para una reina, aun así, no podía evitar sentirse como una criada vestida con las ropas de su señora. Una vez que su temor inicial pasó, se dio cuenta de que las personas los miraban, oyó retazos de conversación mientras Edward la escoltaba hacia su palco privado.

- Es Edward...

- No lo había visto por aquí durante años...

- ... Una nueva amante...

- ... Tan joven...

- Es preciosa...

- ... no es obstáculo... él no se altera... - estaba segura de que sus mejillas sonrojadas de vergüenza cuando llegaron al palco, sentándose, escondió su rostro detrás de su abanico.

- No les hagas caso, dulce Isabella - dijo Edward sentándose a su lado con un gesto de aburrimiento en su cara.

- Hablan de nosotros.

- Déjalos ¿Te dije lo bonita que estas con este traje? - y lo estaba. El terciopelo azul oscuro contrastaba con la suavidad cremosa de su piel y hacia ver aún más hermosa.

Bella inclinó la cabeza, deseando desaparecer. Nunca antes había sido objeto de tantas murmuraciones y especulaciones. No tenía que oír las palabras, para saber que la gente estaba pensando que era la amante de Edward, miró hacia el palco que había enfrente y se echó rápidamente hacia atrás cuando reconoció al hombre alto y moreno. Él había estado en casa de Cotyer la noche en que su padre la subastó al mejor postor.

Él también la había visto, con una sonrisa inclinó la cabeza en su dirección y luego le sopló un beso, oyó a Edward maldecir por lo bajo y luego, para su alivio, se abrió la cortina del escenario y la función comenzó. Bella nunca había visto ni oído nada igual, los trajes, los actores, la música, el baile. Si bien no podía entender el lenguaje, no tuvo ningún problema en seguir la historia que hablaba de un joven rico enamorado de una campesina. En el descanso, Lord Black apareció por su palco, esbozó un saludo en dirección a Edward y luego se inclinó y besó respetuosamente la mano de Bella.

- Buenas noches, querida - dijo y ella noto el asomo de una sonrisa en su voz - se la ve a usted muy bien esta noche.

- Gracias –Jacob Black se sentó en una de las sillas, con sus largas piernas estiradas negligentemente ante él.

- No puedo recordar la última vez que vi a Cullen en la ópera - comentó - usted debe ser una buena influencia para él.

- Yo... - ella negó con la cabeza - fue idea de Lord Cullen, no mía - una sonrisa iluminó su cara - ¿Pero no ha sido maravilloso?

- ¿Entonces está usted disfrutándola?

- Oh, sí, es una obra teatral maravillosa. Nunca he visto nada igual.

Edward se recostó en su silla, con los brazos cruzados sobre su pecho mientras Jacob hablaba con Bella, su desinterés se volvió enojo, al ver como Jacob coqueteaba con ella, elogiando su peinado y sus ojos, observó cómo Bella se ruborizaba, mientras le daba las gracias educadamente. Sus manos se cerraron en puños apretados, el enojo se convirtió en furia al oírla reír suavemente sobre algo que Jacob le había dicho.

- Suficiente - la palabra, dicha suavemente, terminó con los floridos cumplidos de Jacob como si de un cuchillo se tratara.

Con perezosa gracia, Jacob se puso de pie, murmurando una despedida mientras se inclinaba para besar la mano de Bella, luego se dirigió a Edward.

– ¿Le veré después en Cotyer, Su Señoría?

- No - Jacob miró a Edward con una sonrisa burlona - ciertamente esa fue una tonta pregunta – dijo - buenas noches, Su Señoría.

- Black.

Bella se abanicó, sin querer mirar a Edward, no le pasó desapercibido el indicio de enojo en su voz, aunque no entendía la razón, cuando la obra continuo, se sintió agradecida, Edward había visto la ópera muchas veces y era el rostro de Bella lo que observó durante los últimos momentos de la función. Tal como había sospechado, ella lloró cuando la protagonista se suicidó en vez de continuar viviendo sin el héroe, sin embargo el por qué una mujer podía llegar a amar a un hombre tan débil de carácter como el héroe, era algo que estaba más allá de su comprensión, cuando bajó el telón, le ofreció su pañuelo.

- Sécate los ojos, dulce Isabella, después de todo, solo es ficción.

- Pero es tan triste, ¡Se amaban tanto!

- ¡Pamplinas! Si él la hubiese amado, habría desobedecido a su padre y se hubiera casado con ella en lugar de con otra mujer a la que no amaba.

- Sí - dijo Bella - Supongo que debería haberlo hecho - levantándose, Edward puso su capa sobre sus hombros.

– ¿Lista? - asintiendo, Bella se puso de pie y le tendió la mano. Con la cabeza en alto abandonó el palco y salió al exterior.

Era una noche iluminada por la luna llena. Una luna blanca brillaba sobre el cielo infinito, caminaba al lado de Edward, consciente de la gente a su alrededor, sus miradas de curiosidad, sus palabras conjeturando sobre su relación con el oscuro Lord del castillo. Se sintió aliviada al ver llegar a Carlisle con el carruaje.

Cuando Edward la ayudó a subir, notó su mano en su brazo, su toque era firme y fresco; esparció sus faldas mientras él entraba por la otra puerta y se sentaba a su lado, había algo muy íntimo en estar a solas con un hombre en un carruaje cerrado. El duro muslo de Edward rozó el suyo, mientras cambiaba de posición en su asiento. El olor de su colonia invadió el aire, dio un golpe en el techo, y el carruaje arrancó. Permanecieron en silencio Bella miraba por la ventana, admirando el campo iluminado por la luna.

- Black te encuentra muy atractiva, mi dulce – Bella giró su cabeza para mirarlo, asombrada por su comentario.

- ¿Su Señoría?

- No te hagas la tímida conmigo muchacha, vi cómo te miraba y cómo tú lo mirabas.

- No sé lo que quiere decir.

- ¿No lo sabes? - Bella le devolvió la mirada, sorprendida por la cólera en sus ojos y los celos en su voz.

- Si tienes algún plan para verte con él a escondidas, olvídalo.

- ¡Su Señoría, usted me juzga mal! - Bella exclamó, horrorizada de que él pensara eso.

- No tengo ningún interés en ese hombre.

- ¿No?

- No.

- Discúlpame, dulce Isabella - se quejó, asombrado por su reacción al pensar en ella con otro hombre, nunca había sido posesivo con las mujeres que traía a casa, pero antes ninguna había sido tan preciosa o tan inocente como Isabella Swan.

- Por favor no este enfadado conmigo, Su Señoría.

Edward soltó de golpe el aliento y cogió sus manos besándolas una a una. "Nunca puedo estar furioso contigo, ni con Black supongo, no puedo culparlo por sentirse atraído hacia ti". Él besó de nuevo el dorso de su mano derecha, y muy lentamente, le sacó el guante, inclinó su cabeza y lamió su palma Bella se quedó sin aliento mientras un calor abrasador ascendía por su brazo, su corazón latía alocadamente, lo miró a los ojos, sintiendo que el fuego que ardía en ellos la engullía.

- Su Señoría...

Lenta e inexorablemente, la atrajo hacia sus brazos hasta que su cara ocupó su campo de visión, la besó, sus dientes raspando sus labios, su lengua explorando hasta que ella jadeó, casi mareada por las emociones que formaban remolinos en su interior. Su piel estaba tensa, notando cada uno de sus terminaciones nerviosas. Apenas consciente de lo que estaba haciendo, con un suave gemido se apoyó en él, apretando sus pechos contra su torso masculino.

- Isabella, ah, Isabella - él gimió suavemente – ¿Sabes lo que me estás haciendo? - sus manos se deslizaron por su espalda, erráticas como los latidos de su corazón.

La abrazó más fuerte, más cerca, su boca derramando besos en sus ojos, en su nariz, en la curva de su mejilla, su lengua lamió su cuello, sus dientes mordisquearon su lóbulo, un gemido retumbó profundo en su garganta y luego, abruptamente, la apartó a la fuerza, deslumbrada, ella le esquivó y se acercó a él, queriendo que la besara otra vez, para continuar con la extraña magia que su toque aportaba a sus sentidos.

- No hagas eso - el tono de su voz la golpeó como una bofetada.

Con un gemido, se apartó hasta la esquina del asiento, su corazón golpeando salvajemente, no con deseo, sino con temor. ¿Qué había hecho? ¿Por qué la estaba mirando así, sus ojos eran fríos como el acero? El resto del viaje pasó en silencio, Bella cabizbaja, abatida, con sus manos apretadas en su regazo. Cuando llegaron a casa, Edward prácticamente salió volando del carruaje. Ella lo siguió con la mirada, deseando pedirle que volviera, pero él desapareció en la oscuridad. Carlisle la ayudó a bajar del carruaje y entro al castillo, iluminando las lámparas de los cuartos de abajo.

- ¿Le apetecería tomar una taza de té, señorita? – preguntó - ¿O quizás un poco de chocolate?

- Chocolate, por favor. Tráigamelo al saloncito.

- Como usted desee, señorita.

Quitándose la capa y los guantes, Bella entró al saloncito y se sentó en el sofá, intentando comprender que había sucedido antes, era una novata en cuanto al deseo, pero no se equivocada al pensar que Edward la deseaba, ella también lo había deseado, y le habría entregado su virtud allí, dentro el carruaje, si él se lo hubiera pedido. Había hecho algo que le había disgustado, pero ¿Qué?

- ¿Desea que encienda el fuego, señorita? - le preguntó Carlisle mientras le entregaba su taza de chocolate caliente.

- Sí, por favor. Hace mucho frío aquí dentro – Carlisle asintió, y encendió el fuego.

- ¿Ha regresado ya Lord Cullen?

- No, señorita. Yo si fuera usted no le esperaría.

- ¿Sabe usted a dónde ha ido? Carlisle vacilo.

- No, señorita. ¿Desea alguna otra cosa, señorita?

- No, Carlisle, muchas gracias.

- Buenas noches, entonces.

- Buenas noches.

Mirando fijamente el fuego Bella bebió el chocolate, sintiéndose más relajada. Pensando, le había dado miedo venir a este lugar, alejarse de su casa, asustada de Edward, pero todos sus miedos habían sido infundados. No había nada de lo que temer en el castillo. Estaba bien alimentada y tenía bellas ropas, había aprendido a leer y escribir, a apreciar la poesía, a tocar el piano, a pintar. Incluso le había temido a Edward y apenas y lo había visto. Algunas veces, parecía como si fuera él quien la temiera.

Apartando la taza, ocultó los pies bajo su falda. ¿Por qué la había traído Edward aquí? ¿Si no la deseaba como amante o criada, para qué la quería? Hasta ahora, no había hecho nada que justificase el dinero que había pagado para ella. ¿Por qué no estaba casado? Era rico. Era guapo. Ni la cicatriz en su mejilla podía restarle encanto a su apariencia. El recordar lo atractivo que era la hizo cobrar vida, calentó su sangre e hizo temblar su estómago con anhelo. Seguramente no podría ser tan malo acostarse con él a pesar de lo que su madre le había advertido sobre estas cosas...

El calor que impregnaba sus mejillas por sus caprichosos pensamientos, no tenía nada que ver con el calor producido por las llamas del fuego. Con un suspiro, cerró sus ojos, viéndolo en su imaginación, la frente alta, la nariz perfecta, sus bellos ojos que la hacían arder con una sola una mirada, sus labios llenos... Sintió su cuerpo arder en los lugares que él la había tocado. Si no la hubiera apartado a la fuerza...

Edward estaba de pie al lado del sofá, observándola mientras dormía. Su pelo se había soltado de los alfileres y yacía esparcido por el brazo del sofá como una cortina, suspiraba en sueños, sus labios rosados curvados en una sonrisa dulce y seductora. ¿Qué, o con quién, estaba soñando? Incapaz de evitarlo, se arrodilló a su lado, mirando fijamente el constante pulso en la base de su garganta. Cerró sus ojos y aspiró su perfume. Olía a jabón y a perfume y pudín Yorkshire que había tomado para cenar, a chocolate. Puso la punta de su dedo encima de su pulso, sintió la sangre corriendo a través de sus venas, notó como se le hacía la boca agua al recordar el sabor caliente y dulce de su sangre. Incluso antes de abrir los ojos, supo que ella estaba despierta y le estaba mirando. Percibió el cambio en su respiración, el acelerar de sus latidos.

- Su Señoría – dijo - lo siento si le ofendí en algo.

- ¿Me ofendiste?

- En el carruaje

- No hiciste nada que pudiera ofenderme, dulce Isabella.

- Entonces por qué...

- No quiero lastimarte, Isabella.

- Usted no me estaba lastimando - el rubor llego a sus mejillas - realmente fue al revés, Su Señoría.

- Ah, muchacha - se quejó Edward, acariciando su mejilla - Si tú supieras.

- ¿Saber qué?

- Nada. No te asustaré con mi pasado, ni te aburriré con mi presente.

- No entiendo.

- No hay ninguna necesidad de que me entiendas. Todo lo que necesitas saber es que me gustas mucho.

- ¿Entonces, me besará de nuevo? - vio la negativa en sus ojos y presionó la punta de sus dedos sobre sus labios - sólo un beso, Su Señoría - cogiendo la mano de su boca, besó su palma y cuando la miró había un destello de diversión en sus ojos.

– ¿Te complacería mucho?

- Oh, sí.

- Un beso, y después te irás a la cama.

Ella asintió, cerrando sus ojos cuando sus labios se encontraron, había tanta dulzura en su beso, anhelo, renuente a soltarlo, rodeo su cuello con sus brazos y profundizó el beso, esperando que notara su deseo, la cogió entre sus brazos, la levantó del sofá y la depositó en su regazo, su boca arrasó la de ella de manera dulce. Ella se ahogaba de placer, derritiéndose de deseo, y entonces, en su mente apreció un destello de oscuridad, pero no la que conocía, sino una ausencia total de nada, y en medio de la oscuridad un sentimiento de dolor y angustia tan vívido que lo sintió como si fuera suyo. Se retorció entre sus brazos, sintiendo como la sujetaban fuertemente, trató abrir sus ojos, pero la oscuridad aumentada, y se vio a sí misma absorbida en esa horrible negrura.

- ¿Isabella?

- No. No, no... Por favor.

- Isabella, abre los sus ojos. No hay nada que temer - ella le miró, sintiendo como si acabara de salir de una pesadilla.

- ¿Qué ha sucedido?

- Nada.

- Pero...

- Fue sólo un sueño, mi dulce, nada más.

- ¡Pero estaba despierta!

- No. Te quedaste dormida en mis brazos - la miró con una tensa sonrisa - te llevaré a la cama - dijo, y se levantó con ella en sus brazos como si no pesara absolutamente nada.

- Puedo caminar, Su Señoría.

- No hay ninguna necesidad - sin esfuerzo, la llevó escaleras arriba hasta su cuarto.

- Descansa, mi dulce Isabella.

- Buenas noches, Su Señoría.

Él asintió, luego abandonó el cuarto, su capa negra formando remolinos alrededor de sus tobillos como si fuera humo.