N. de A.
Guau, he pasado varios días sin actualizar y no había caído en la cuenta de que había cortado el último capítulo por lo mejor... Eh, bueno, pero...¿a que os ha subido la emoción? ¿Eh? ¿Eh? ¿EH? Vaaale, perdonad esta pequeña tardanza, pero esta semana ha sido intensa, ¿no? Bueno, al menos en mi ciudad sí (la capital hispalense), y no quería perderme nada. Salí en la televisión, valió la pena actualizar tarde XD Bueno, aquí os dejo el capítulo, ¡hasta la próxima!
-¡¿Una solución?!
-Así es. Como te habías enfadado tanto por lo de las tierras, pedí ayuda a Japón, y me dijo que quizá podría ayudarme. Fui a Alemania, capturé unos cuantos escarabajos y se los envié. Unos días después me llamó y me dijo que había logrado crear una patata mutada genéticamente que era tóxica para los escarabajos.
-¿Una…patata mutada genéticamente? –preguntó España confuso. Siempre invertía mucho dinero en investigación y los científicos del país siempre estaban haciendo avances en el campo genético, pero las verduras eran otro cantar. La gente de España prefería verduras naturales, no modificadas en un laboratorio-. No será tóxica para la gente, ¿verdad?
-¡No, en absoluto! Mira, traigo una de esas patatas para vosotros.
-Ah, ¿sí?
Veneciano se metió una mano en los pantalones, rebuscó durante unos segundos y sacó una patata.
-¡Pero bueno! ¿Qué diablos haces guardándote cosas en los calzoncillos? –exclamó España sonrojado.
-Es para que la probéis, ve~…
-No, gracias, mejor déjala encima de una mesita, ya la enviare a unos laboratorios para que la analicen con detenimiento. –Observó a Romano, que estaba absorto en el tubérculo-. Bien, supongo que si esto funciona, el problema queda resuelto ¿no?
Romano lo observó con el ceño fruncido. Había algo que no le terminaba de convencer en todo ese asunto.
-¿Y por que a Alemania no se le ocurrió esta idea antes? Ese idiota también es amigo de Japón.
-Hum, es verdad –dijo España-. Además, Alemania también tiene laboratorios, ¿por qué no hizo nada al respecto?
-Lo hizo –respondió Veneciano algo cohibido-. Pero los experimentos no salieron como esperaba…
-¿Qué no salieron como esperaba? ¿A qué te refieres? Dijiste que las patatas mutadas son inofensivas para los humanos,
-¡Sí, y lo son! Pero la que hizo Alemania salió mal. Tenía un sabor asqueroso y era morada por dentro. Me sentó mal cuando la comí, ve~…
-Supongo que Alemania pensó que era imposible hacer nada al respecto y por eso decidió cultivar en otro sitio –España se sentó en el sofá e indicó a los hermanos que hicieran lo mismo- En fin, todo esta está arreglado entonces. Solo es cuestión de esperar a que Alemania plante esos tubérculos. ¿Por qué no sacáis una botella de vino y lo celebramos viendo el partido de esta tarde?
Romano, que se estaba acariciando su pelo enroscado, miró el sofá vacilante.
-¿Alemania se irá de mis tierras? –preguntó.
-Claro, ya has oído a tu hermano. Solo hay que plantar esa patata modificada y listo. Ven, siéntate hombre.
-Va bene, pero no me quedaré tranquilo hasta ver mis campos limpios de esa escoria alemana.
España cogió el mando y encendió la televisión. En el canal de deportes estaban retransmitiendo un partido que estaba apunto de acabar.
-Hey, Veneciano, ¿no te vas a sentar? –preguntó España.
-Está bien -El hermano menor de los Italia se sentó en medio de ellos dos. Estaba sonriente-. ¿A que es genial que todo termine así de bien?
-Pues sí –coincidió España. -. Como dicen por aquí, hablando se entiende la gente. Seguro que…
-¿Y cuando vamos a comunicarle esto a Alemania? –preguntó Veneciano, para consternación de España y Romano.
-¡¿Todavía no le has dicho nada a ese maldito de Alemania?! –preguntó Romano agarrando a su hermano por el cuello.
España se escurrió por el sofá y apoyo la cabeza en el reposabrazos. ¿Por qué solo le ocurrían estas cosas a él?
-¡Aah, España, quítame a Romano de encima!
-Espera un segundito, Veneciano –contestó España alargando un brazo para coger el teléfono de la mesita-. Cuando llame a Alemania y evite un conflicto internacional, te atiendo.
-Pero…arghh….
Rápidamente marcó el número de Alemania en el teléfono del salón. Los números alemanes tenían muchísimas cifras y cada minuto lo cobraban a precio de oro, pero era la manera más rápida de ponerse en contacto con otro país.
Cuando terminó de marcar, el tono de llamada apareció por el altavoz durante un largo minuto, hasta que saltó el contestador automático. España colgó el teléfono sin dejar mensaje alguno. Esas cosas no podían decirse así de sopetón por el contestador.
-Alemania no está…-meditó en voz alta mientras los dos hermanos Italia seguían peleándose-. Allí es la misma hora que aquí, que extraño…
-Pu-puede que esté en su de-despacho, ve~…-dijo Veneciano medio ahogado.
-Romano, suéltalo. Ya se llamará mañana. Un día más no importa -Eso espero, pensó-. Vamos, quítales las manos de encima. Veneciano nos va a hacer la cena ¿Verdad?
-¿La cena?
-Sí, y más vale que vayas preparándola ya –España se levantó y le apartó a Romano-. La cocina está frente al salón. Sal y te la encontraras de frente.
-¡Voy!
Veneciano saltó del sofá y salió de salón, dejando solos a España y Romano. El italiano, lejos de estar contento, parecía enfadado.
-Mejora esa cara, hombre –dijo España sacudiéndole el hombro-. Veneciano ha corregido su error, y ya está todo arreglado.
Romano miró a su compañero de reojo y levantó un dedo acusatorio.
-Es que para empezar, Veneciano no debería haber hecho ese error. Es un idiota.
-Siempre estás de malhumor. No entiendo como puedes andar siempre de esa manera.
-Para ti es fácil decirlo. Nadie va tras tus tierras, pero todo el mundo está pendiente de la herencia de mi abuelo.
Aquello fue un duro golpe para España, que se mostró dolido por las palabras de su amigo.
-¿Fácil para mí? Creo que deberías dar un repaso a los libros de historia. ¿Cuántas veces nos peleamos con el resto de países? ¿Acaso has perdido la memoria?
Romano se levantó del sofá bruscamente y le dio la espalda a España.
-Sí, para ti ha sido fácil. Esas peleas te las habías buscado tu solo. Si no hubieras ido por ahí conquistando, no habría pasado eso.
¿De verdad Romano estaba diciendo aquello?
-No puedes hablar en serio.
-Estoy hablando más enserio que nunca.
Dicho aquello, Romano se dirigió a la puerta del salón. España se quedó sentado en el sofá, pero no tardó en levantarse y enfrentarse a su compañero. ¿Qué todo había sido fácil para él por que había sido el conquistador? Bien, él también tenía algo que decir.
-¿Y que me dices de tu abuelo? -Romano se paró en seco-. ¿De donde crees que consiguió esas tierras? Por que te recuerdo que él que tenía toda Europa bajo su dominio. Esta tierra –España señaló con ambas manos el suelo que tenía a sus pies-, ¡fue una de las favoritas de tu abuelo para conquistarla!
Romano miró a España con los ojos muy abiertos y abrió la boca para decir algo, pero al instante se calló. Inmediatamente, España se arrepintió de haber hablado. ¿Cómo había llegado la situación a ese punto? Ahora que todo estaba solucionado, las cosas parecían ponerse peor.
Romano sacudió al cabeza, aturdido, y salió del salón.
-Y también fui de compras con un montón de mujeres bonitas. Fue un buen día.
Veneciano terminó de hablar y se echó a reír.
España cogió con su tenedor un puñado de pasta, pero no se la llevó a la boca, si no que la dejó de nuevo sobre el plato. No tenía ganas de comer, y mucho menos de cenar pasta, pero consiguió tomar un poco para aparentar.
-Ya, ¿y cual elegiste? –preguntó para romper el hielo.
-¿Elegir el qué? –Veneciano parecía confuso.
-De las chicas guapas con las que saliste. Supongo que habría una que te gustaba más que las otras ¿no?
-Bueno…
-No puedes quedar por ahí con todas. ¿Qué va a pasar cuando varias de ellas te pidan una cita?
-Las acompaño a todas -contestó Veneciano con una sonrisa.
España suspiró y tomó un trago de vino de su vaso. ¿Cómo podía ser Veneciano tan despreocupado?
-¿Y no te preocupa que se peleen por ti? Todas querrán que te enamores de ellas.
-Ah, eso no me preocupa mucho.
-¿No?
-No, no quiero tener novia.
Por algún motivo, España sospechó que aquella conversación iba a resultar demasiado interesante.
-¿Y eso?
-No me gusta enamorarme de mujeres –respondió Veneciano con naturalidad.
Romano, que estaba a su lado, se envaró en su asiento.
Demasiada información, pensó España mientras tragaba la comida.
Tras aquello, el comedor se quedó en silencio. España observó de reojo a Romano, que procuraba comer con la mirada fija en el mantel de la mesa, intentando que sus miradas no se cruzaran. Le dolía verle así, y más aún sabiendo que aquello era culpa suya, por haberle hablado de esa manera sobre su abuelo, pero, al fin y al cabo, había dicho la verdad. Nadie había sido un santo.
Cuando terminaron de cenar, Veneciano se adelantó y recogió los platos para llevárselos al fregadero. España se colocó a su lado para ayudarle en la tarea, y de paso, decirle lo que tenía planeado para mañana.
-Oye, mañana vas a coger el primer vuelo que sale para Berlín con esa patata tuya y se la enseñarás a Alemania, ¿de acuerdo? –dijo España mientras secaba los platos limpios.
-De acuerdo.
-Le explicas que la verdura es inofensiva para las personas y que el propio Japón lo ha comprobado.
-Está bien, España.
Tras terminar aquella tarea, se despidió del italiano y subió a su habitación. Quería darle las buenas noches a Romano, pero este se había ido a su dormitorio en cuanto habían cenado.
Se colocó su pijama y se tumbó sobre la cama, pero no consiguió coger el sueño de inmediato. No podía dejar de pensar en Romano y en lo que había ocurrido esa tarde. ¿Por qué las cosas eran tan complicadas entre ellos dos? Eran buenos amigos, pero Romano solía cambiar rápidamente de humor cuando algo no le convenía. No podía andar así por la vida, de esa manera solo iba a conseguir quedarse sin ningún amigo salvo su hermano. E incluso con él andaba casi siempre peleándose.
-Tiene que cambiar… -murmuró en la oscuridad.
Dio media vuelta y se acomodó en la almohada. Tenía que dejar de pensar en aquello o no podría coger el sueño. Mientras trataba de dormir, unos ruidos se escucharon a fuera, en el pasillo.
España abrió los ojos y prestó atención al sonido. Podía ser Veneciano, que estaba buscando su habitación, o Romano, que había ido al servicio.
Los ruidos se prolongaron varios minutos, hasta que España, mosqueado, decidió averiguar quien era.
Abrió la puerta de su habitación y salió al pasillo. Allí no había nadie, por lo que el ruido debía de proceder de la primera planta. Bajó las escaleras, y descubrió que la habitación de Romano estaba encendida.
-¿Qué estará haciendo ese tan tarde? –masculló mientras se acercaba a la puerta. Inclinó la cabeza y escudriñó el interior. Dentro, Romano estaba buscando ropa en el armario. No tenía puesto el pijama, si no que estaba semidesnudo, con unos pantalones de vestir puestos. ¿Acaso pensaba irse? No podía ser verdad.
-¿Romano? –dijo en voz baja.
El italiano se asustó y lo miró sorprendido.
-¡Merda! Sal de aquí ahora mismo.
-¿Qué diablos haces? –preguntó atónito España-. ¿Te vas?
-Sí, a mi casa. Llevo demasiado tiempo fuera.
-No, espera –España se acercó rápidamente al armario y lo cerró-. No puedes irte. Lo de esta tarde… no lo dije en serio. Estaba enfadado.
-Esto no tiene nada que ver con eso, idiota. Me voy a mi casa y punto. Para eso tengo una.
-Claro, y te vas por la noche sin decirnos nada ¿no?
Romano no le contestó, si no que se limitó a volver a abrir el armario y a buscar ropa.
-Oye, escúchame –España le agarró del brazo y le obligó a mirarlo-. No te vas a ir así por las buenas.
-¿No? ¿Quien diablos me lo impide?
-¡Yo!
-¿Y por que?
-Por que… te quiero.
España lo atrajo hacia él y lo besó, tal como lo habían hecho días atras, pero esta vez el beso fue más prologando y apasionado. Romano, paralizado por la sorpresa, no puso resistencia, aunque tampoco le siguió el juego. España se separó de él y lo observó.
-Eres un estúpido. Siempre estas llamándole a la gente idiota y andando por ahí con un humor de perros, y no te das cuentas de hay personas que te quieren -Romano frunció el ceño, aturdido-. No quiero que te marches. Puede que estemos discutiendo un día sí y otro también, pero al fin y al cabo, solo nos tenemos el uno al otro. Soy tu mejor amigo, aunque tú para mí eres algo más.
Romano negó lentamente con la cabeza y hundió una mano en su pelo castaño. Estaba totalmente confuso con aquella situación, y no sabía que decir. España le cogió la mano suavemente y se la acarició.
-No te vayas. Quédate aquí, al menos esta noche. Ya mañana puedes decidir lo que quieras.
Romano le dio la espalda. España se quedó a su lado en silencio. Lo que quería decir ya estaba dicho. Ahora solo había que escuchar lo que tenía que decir su amigo.
-Tu…-dijo él con un susurró-. Tú no sabes lo que dices.
-Lo sé muy bien.
-Estás loco.
-Puede, pero el que dio primero el beso fuiste tú.
Aquella referencia sobre lo sucedido en el despachó dejó a Romano callado. España abrió los brazos y se colocó delante de él.
-Ya sabes lo que siento por ti, aunque siempre he tratado de demostrártelo. Tú decides por que camino va a seguir esto.
Romano levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Tenía los suyos muy brillantes, casi llorosos, y tenía los labios apretados. España creyó por un momento que se iba a echar a llorar, pero en vez de eso se abalanzó sobre él y lo abrazó con fuerza.
-Eres un idiota –murmuró.
España rió al escuchar aquello.
-Lo sé, me lo has dicho ya un millón de veces.
Al cabo de un rato, se separó de él y le cogió las manos.
-Cuando todo esto termine, iremos juntos a tu casa. Llevamos aquí encerrados mucho tiempo los dos.
-De acuerdo.
España sonrió, lo besó rápidamente y observó la cama, que seguía hecha.
-¿Qué te parece si dormimos juntos?
Romano arrugó el ceño.
-Oye, no vayas tan rápido…
España, ignorando sus palabras, destapó la cama y se metió dentro. Dejó espacio suficiente junto a él e indicó a su compañero que se acostase.
-Esto es vergonzante –dijo Romano, aunque se tumbó a su lado.
-Ah, pero así estamos calentitos ¿no? –dijo España abrazándolo.
-¡Ey, quítate, estamos en verano!
-¿Te has acostado con los pantalones de vestir puestos?
-Yo prefiero dormir solo con los calzoncillos. Ve~…
España y Romano giraron lentamente sus cabezas y observaron el pelo rizado que sobresalía al otro lado de la cama.
-¡¿Qué diablos haces aquí dentro?! –preguntó enfadado España.
¿Cómo se había colado en la habitación?
-Tenía ganas de dormir con vosotros –contestó Veneciano.
-¡No puedes! –gritó su hermano.
-¿Por qué?
-Por que…no pueden dormir más de dos personas en una cama –dijo España esperando que aquello lo convenciera.
-Pero si Japón, Alemania y yo solemos hacerlo.
Demasiada información, pensó de nuevo España.
-Arghhh, está bien, duermes con nosotros, pero solo esta noche. ¿Entendido?
España se separó de Romano y se tumbó boca arriba. Veneciano no tardó en quedarse dormido.
-Que día más raro… -murmuró.
Justo cuando acababa de decir aquello, una potente luz traspasó la ventana y le dio en el rostro.
-¿Qué diablos…? –preguntó Romano protegiéndose los ojos de la luz.
-¡España, estás rodeado, sal sin mostrar resistencia de la casa! Alemania y la Unión Europea tienen que hablar contigo sobre cuestiones internacionales.
