"¡Quisiera poder compartirme a mí mismo, no solamente un disfraz que se hace pasar por mí, escondiéndome de tus ojos!" (Peter Rosen)

REMUS:

El primer día de clases se despertó temprano para poder entrar y salir de la ducha antes de que los demás se levantaran. Definitivamente no quería que ninguno viera su golpeado cuerpo lleno de cicatrices.

Revolvió su baúl tan silenciosamente como fue posible buscando ropa y cosas que necesitaba y salió de la cama. La emoción de estar en Hogwarts, en vez de calmarse, aumentó cuando entró al baño. El lugar era enorme, más grande que toda la casa de los Lupin. Era una brillante vista de piedra gris y mármol blanco.

Remus fue a uno de los cubículos y cerró la cortina. Se desvistió, colgando su pijama en un gancho en la pared junto con su uniforme, se metió a la ducha y abrió la canilla.

El dolor fue repentino y terrible. Lo reconoció de inmediato, las canillas estaban hechas de plata. Miró su mano que, a pesar de apenas haber tocado la plata, estaba roja y tenía ampollas. Era tan tonto. ¿Por qué no había prestado atención? Un error como ese cuando alguien estuviera cerca podría hacer que se descubriera su secreto. Agradeció que los cubiertos que habían usado la noche anterior habían estado hechos de acero inoxidable.

Agarró un trapo con su mano sana y lo usó para girar la canilla. El agua empezó a salir cálida y calmante, así que se lavó torpemente, tratando de ignorar el ardor de la quemadura. Se vistió rápido, saliendo justo cuando Potter iba para el baño, desarreglado y medio dormido. Lo miró burlonamente sin muchas ganas cuando se lo cruzó.

Remus suspiró y fue hasta su cama, guardando su pijama y buscando las pociones sanadoras que tenía en su baúl. Sacó la que podía calmar la quemadura y quitó la tapa, aunque le costó un poco. Ya estaba medio vacío. Después de escuchar lo de Hogwarts su padre había sido un poco más liberal con sus castigos. Su cuerpo todavía estaba un poco marcado con redondas quemaduras, ocasionadas por la cuchara de plata que John Lupin había presionado contra su piel.

Eso era lo bueno de estar en Hogwarts, pensó mientras empezaba a ponerse la poción en sus dedos y palma. Incluso si no tenía amigos, dudaba que alguna persona fuera a lastimarlo físicamente como su padre. E incluso si le pegaban, era mucho mejor que el ardor de la plata.-

-¿Qué le hiciste a tu mano?

Remus dio un salto ante la voz y levantó la vista para encontrarse con Sirius Black parado cerca del pie de la cama, mirándolo con expresión curiosa.-

-Este... eh... la quemé. El agua. Estaba caliente.

Tonto, tonto. ¿Cuándo vas a empezar a pensar? Dejaste que viera...

-Ah.

Hubo un largo silencio, entonces Black abrió la boca como si fuera a decir algo más, pero la puerta del baño se abrió y salió Potter.-

-¡Buenos días! -Le dijo a Black, parecía mucho más felíz después de su ducha.- Toma una ducha. El agua está caliente, pero escuché que se acaba rápido.

Remus vio que sus ojos se dirigían nuevamente a la quemadura en su mano, la que cerró a pesar del dolor que causaba. Entonces levantó los hombros y miró a Potter, frunciendo.-

-¿Tienes que estar tan asquerosamente contento en la mañana? -Se quejó Black- Me hace tener ganas de vomitar y me pone de mal humor.

Potter se rió.- Suenas como mi madre. Si te apuras te esperaré para que podamos ir al comedor.

Él se quejó y arrugó la naríz.- Bien. Despierta a Peter, ¿quieres? Ni siquiera abrió los ojos.

Remus guardó sus cosas, asegurándose de que su baúl estuviera cerrado antes de salir, sin ser notado por los demás.

El comedor estaba lleno de conversaciones cuando llegó. Se sentó en un lugar cerca del final de la mesa y miró los platos de comida. Los cubiertos podían estar hechos de acero, pero las bandejas estaban definitivamente hechas de plata. Podía sentir el calor contra su mano cuando la pasó por encima de la bandeja más cercana.

Se preguntó cómo no se había dado cuenta la noche anterior, y entonces recordó que había estado bastante molesto en ese momento. Agradeció, de alguna forma, haber podido evitar tocarlas cuando se había servido comida.

Miró a los otros Gryffindors. Hasta los que se veían tan felices como Black por estar levantados a esa hora parecían comer como para un ejército. Le dieron ganas de vomitar al pensar en comer tanto. Su padre nunca le había dado más que una tostada para el desayuno, y no se podía imaginar comiendo todo eso.

Se acercó y sacó cuidadosamente una tostada de la bandeja de plata en frente suyo.-

-¿Remus Lupin?

Levantó la vista para ver a Charlotte, la prefecta de sexto año, mirándolo.-

-¿Sí?

-Tus horarios.

Le pasó un pedazo de pergamino y siguió caminando para hablar con Lily Evans, cuando lo miró le empezó a latir más fuerte el corazón. Por fin iba a aprender magia de verdad. No podía esperar hasta poder mover su varita hacia algo y hacer que lo que quería pasara. Se preguntó que hubiera dicho su madre si pudiera verlo ahora, sentado en la mesa de Gryffindor como una persona de verdad, leyendo un horario como un alumno común.- Que tiene que evitar tocar la fuente por miedo a quemarse, -pensó una parte cruel de sí mismo. Estaba demasiado contento como para prestarle atención.

Para cuando sus compañeros aparecieron ya casi era el final del desayuno. Potter entró luciendo felíz y despeinado, seguido por Pettigrew que miraba alrededor con gran interés, y Black que parecía solamente estar interesado en volver a dormir.

Tan pronto como lo vieron, Remus se levantó de la mesa, listo para ir a su primera clase de Encantamientos. De veras que no quería verlos tan temprano en la mañana en su primer día de escuela.

Pero no tuvo suerte, porque tan pronto como Potter lo vio, su cara felíz se transformó en una enojada y lo miró venenosamente.- ¿Te vas tan pronto, Loco Lupin?

Hizo una mueca por el nombre y retrocedió un poco.-

-James... -le dijo Black medio dormido.- Busquemos algo para comer, ¡Tengo hambre!

Él miró a su amigo, levantó los hombros y fue hasta la mesa, aparentemente olvidándose de Remus que aprovechó para irse, aliviado. Encontró de nuevo a la prefecta Charlotte, hablando con un chico de segundo cerca de la puerta y se le acercó.-

-¿Puedes decirme cómo llegar a mi clase de Encantamientos, por favor?

-Claro.

Y así terminó siendo el primero en aparecer a la clase esa mañana, se quedó parado contra la pared mientras esperaba que los demás llegaran.

Cuando los dejaron entrar, se alejó lo más posible de Potter y sus amigos. Terminó sentado en el medio con Frank Longbottom.

El maestro era bajito y se llamaba profesor Flitwick, les sonrió y aplaudió para que le prestaran atención.-

-Hoy, -chilló- aprenderemos el encantamiento de levitación. Wingardium Leviosa.

Demostró el movimiento de varita usando una piña que se levantó de la canasta encima de su escritorio y salió flotando. Los alumnos murmuraron su aprobación, apretando las varitas, listos para intentarlo.

Cuando el profesor asintió, la clase se puso a trabajar. Su mano izquierda le dolía, pero no le importó. Pensar que podía hacer eso lo hacía sentirse mareado por la anticipación.-

-Y si lo haces bien, -le dijo una voz a la que siempre se refería como su merodeador interno.- Quizás puedas hacerlo muy rápido en el pantalón de Potter para hacerle calzón chino. Eso sí que sería entretenido.

Trató de ignorar la voz. Siempre lo metía en problemas y le había ganado cientos de quemaduras de plata de su padre. En los pasados dos años se había dado cuenta de que era porque cuando obedecía la voz y hacía travesuras se parecía más a su madre. Ella había sido la que le había puesto "merodeador interno" a la voz después de que Remus, a los cinco años, le dijo que no había querido hacer su poción explotar tirándole una serpiente muerta, pero la voz le había dicho que lo hiciera. Ella se había reído porque él, igual que ella, tenía un merodeador interno que lo hacía hacer ese tipo de cosas.

Cualquier cosa que le recordara a su padre de su madre era suficiente para ganarle, además de una golpiza, tres semanas en su habitación en el sótano.-

-¿Estás bien? -Le preguntó Frank, mirándolo preocupado. Remus parpadeó y lo miró.-

-Eh... sí. ¿Por qué?

-Has tenido tu varita levantada y la boca abierta como por diez minutos y no has dicho nada. Me pareció que podías estar descompuesto o algo.

-Eh... no. -Sintió que se le calentaban un poco las mejillas.-

-No puede evitarlo. Está loco, -le dijo Black, mientras iba al frente de la clase para buscar otra piña. Pettigrew había vuelto cenizas su piña y la de su compañero pinchándolas con su varita.-

Remus frunció y Black levantó una ceja.- ¿Qué, ahora lo niegas?

-Déjalo tranquilo, Black, -interrupió Longbottom.- Si está loco o no, no es asunto tuyo.

-Trata de decir eso cuando tengas que compartir habitación con él por los próximos siete años.

-Ay, lárgate, -le dijo, levantando su varita.- De todas formas creo que Pettigrew le quemó un agujero a tu mochila.

Black se dio vuelta y miró al fondo del aula, en donde Peter estaba sentado, luciendo culpable, rodeado por una nube de humo negro.-

-¡Pete! -Gritó.- Te dije que no hicieras nada hasta que volviera. James, ¿por qué no lo vigilaste?

-¿Qué soy yo, su madre? -Potter parecía encontrar la situación bastante graciosa.-

-Chicos, siéntense, -les dijo Flitwick desde el frente de la clase.

Black se fue al frente, tomó un par de piñas y corrió hasta su asiento para evitar más desastres.-

-Entonces, ¿de verdad estás loco? -Le preguntó Frank a Remus con interés.- Nunca conocí a ningún loco.

-Eh... -Estaba demasiado sorprendido por el hecho de que a Frank parecía no molestarle su aparente inestabilidad mental como para pensar una buena respuesta.- Sólo estaba... eh... juntado mi magia. -Explicó, en un momento de inspiración.-

-¿En serio? -Frank se veía dudoso.- ¿Entonces puedes hacerlo?

Miró a la piña y recordó la demostración y el libro de Encantamientos que había leído durante el verano en las tres semanas que se las había pasado encerrado en su habitación. Si había algo que sí tenía a su favor, era que le gustaban los libros y tenía una muy buena memoria.-

-¡Wingardium Leviosa!

La piña se movió, y entonces empezó a levantarse, volviéndose más firme mientras más confianza tenía, hasta que estaba flotando encima de ellos.-

-¡Genial! -exclamó Frank- ¿Puedes enseñarme a juntar mi magia?