Como me daba pena terminarla así sin más,

he añadido un capítulo más.

Espero que os guste,

para todos vosotros por vuestro apoyo.


Los grandes reyes nunca se midieron por su altura

Vale, aquella frase era muy bonita y daba esperanzas pero la realidad era que, por mucho que se esforzara, Eustace seguía siendo demasiado pequeño para alcanzar aquella gran mesa donde debía reunirse con los gigantes.

¡Demonios! ¿Y quién no era pequeño en comparación con aquella mesa?

Por mucho que el hombre viniera del mono, él no había heredado la habilidad para escalar, lo cual le parecía una completa injusticia ya que su vida hubiera sido más fácil de poseerla.

Soltando un suspiro decidió que debía dejar de intentarlo por aquella tarde, de manera que abandonó la sala no sin antes echarle una última mirada a aquella gran silla y se aventuró a recorrer los pasillos de Cair Paravel.

Aún no se sabía el palacio de memoria y todavía era capaz de perderse, y sin embargo era algo de lo que en ocasiones se aprovechaba. Eustace comenzaba en el vestíbulo, y a partir de ahí comenzaba a tomar pasillo por pasillo hasta que terminaba en algún lugar que no conocía… Le servía para estar solo cuando necesitaba silencio para pensar, para pensar y recordar lo que había dejado atrás.

Había pasado cinco largos meses, cinco meses en los que había tenido que acostumbrarse a un estilo de vida completamente diferente al que frecuentaba en Cambrige.

Ojo, no se estaba quejando, vivir en Cair Paravel era mucho mejor de manera que era bastante consciente de la diferencia.

Por suerte para su inexperiencia, Caspian había dejado (aunque sin saberlo) un país en paz en sus manos, así que aún no había tenido que acudir a ninguna batalla y solo se había tenido que hacer cargo de algunos documentos (los cuales debía leer más de una vez para entenderlos, eran más complicados que sus libros de mecánica e ingeniería) del estado.

Pero de una manera u otra sí había un lugar al que sabía llegar perfectamente, la Sala de los Cuatro Tronos, donde se pasaba largas horas sentado delante del cuadro de su último viaje junto a sus primos.

No podía evitar preguntarse si al final Lucy y Caspian se habían encontrado y él había recordado todo, o por el contrario el sacrificio no había servido para nada y cada uno llevaba vidas separadas… Pero aquello nunca lo sabría.

- ¡Majestad! ¡Majestad! – un ratón que le recordaba mucho a Reepeecheep apareció apresurado por la gran puerta, él se volvió para mirarlo, aún no se acostumbraba a que lo llamaran de aquella manera.

- ¿Qué sucede, honorable Oreepeech? – le preguntó, mientras se acercaba a él y con una sonrisa esperaba con tranquilidad la respuesta del asfixiado ratón.

- Verá, Majestad, nos han llegado mensajes de las fronteras de Narnia – aquello lo alarmó, ¿una guerra? ¡No por favor! - Nuestros hombres aseguran que han encontrado a una jovencita muy extraña que asegura ser del mismo lugar del que proviene usted, su Alteza.

Cuando Oreepeech terminó de hablar las palabras penetraron con lentitud en la mente del rubio inglés, quien una vez procesadas tan solo pudo pensar en la existencia de una persona.

- Pero eso no puede ser… - trató de convencerse a sí mismo con una sonrisita nerviosa.

- ¿El qué no puede ser, Alteza?

- ¿Os llegaron datos de la descripción de esa joven? – respondió con otra pregunta, sin haber escuchado la del ratón ya que estaba perdido en sus pensamientos.

- Pues ahora que lo menciona, la verdad es que no…

Pero cuando Oreepeech había terminado de hablar, Eustace ya se encontraba corriendo por los pasillos de Cair Paravel camino a los establos para encontrar a su caballo… Cuando de repente se detuvo en seco…

- Yo no tengo ni la menor idea de a qué frontera se referían… - soltó un suspiro, dispuesto a volver sobre sus pasos recorridos para ir a por Oreepeech.

- Yo le guiaré, Majestad – dijo el ratón desde su espalda.

- ¿Cuándo te has subido a ahí? – le espetó el chico mientras volvía a correr.

- Oh, espero que a su Majestad no le importe, pero es que ya me imaginaba que no sabríais a dónde tendríais que ir – respondió divertido el ratón mientras llegaban a las afueras del palacio y se dirigían a los establos.

Eustace sonrió, Oreepeech le recordaba muchísimo a Reepeecheep lo cual le hacía sentirse seguro y emocionado al mismo tiempo.

Llegaron a las cuadras y se dirigió hacia donde descansaba su semental negro, Yamii le recibió con un lametón amistoso en la mejilla y se dispuso a montarlo.

Una vez que abandonaron al galope la seguridad de Cair Paravel, Eustace pudo sentir el viento en la cara y los potentes rayos del sol narniano en la piel. Estaban en verano y era una estación realmente agradable.

Siempre, por más que lo viera, se maravillaba con la visión de los campos verdes y los árboles que le susurraban saludos cuando pasaba al lado de ellos mientras que los animales le daban ánimos y le tiraban flores… Después de llevar dos meses allí, se atrevía a jurar que no podría volver a la vieja Inglaterra por más que le intentaran convencer de ello… Narnia era una tierra impredecible, cada día algo nuevo, había peligros… Sí, pero… Allí realmente se sentía como en casa.

Empezó a divisar a un grupo de centauros liderados por un minotauro que se encontraban en un prado debajo de un árbol, eran hombres de su ejército por lo que empezó a detener a su caballo cuando se iban acercando.

- Fenrireeh, ¿qué ha pasado? – le preguntó al minotauro cuando terminó de llegar a la altura de sus hombres.

- Su Majestad, es esta chica que… - se quitó de delante y le dejó paso para que viera a la joven que se escondía detrás de él.

El corazón de Eustace dio un salto en su pecho al reconocer los rubios y cortos cabellos que enmarcaban el rostro de una ahora, sucia y parecía que incluso lastimada, Jill Pole.

- ¡Jill! – Bajó del caballo lo más rápido que pudo y fue hasta ella, quien subió los cansados ojos hasta su rostro y le dedicó una débil sonrisa.- Pero, ¿qué te ha pasado? ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¡Jill!

- Ya, ya… No hace falta que grites, Eus, estás aumentando mi dolor de cabeza…

Se viró hacia sus hombres mientras acunaba a Jill en sus brazos, ellos no podían haberle hecho aquello, de eso estaba completamente seguro, de manera que les pidió una explicación con los ojos.

- Lo siento, Majestad, cuando nosotros llegamos ella estaba siendo acosada por un grupo de ladrones… De manera que cuando pudimos espantarlos, ella ya estaba así – le explicó uno de los centauros.

Soltó un suspiro de alivio, sabía que podía confiar en los hombres de su ejército.

- Jill, ¿segura que estás bien? – le preguntó mientras la cargaba en sus brazos y la ayudaba a subir a su caballo.

- Sí, no te preocupes por mí – la joven se acomodó en el pecho de Eustace, aspirando su aroma.- No sabes cuánto te he echado de menos, Eus… - fue tan solo un susurro dicho antes de quedarse profundamente dormida en sus brazos.

Soltó otro suspiro, el más profundo de toda su vida, y se viró hacia los centauros y Fenrireeh.

- ¿Qué ha pasado con los hombres que estaban con ella?

- Se han dado a la fuga, podríamos haberles seguido pero consideramos que la seguridad de una joven que decía ser del mismo lugar que usted era más importante – respondió el minotauro.

- Bien hecho, Fenrireeh – le felicitó, mientras incitaba a Yami para que empezara a galopar.

- ¡Majestad! ¿Qué debemos hacer? ¿Vamos tras ellos?

Eustace se detuvo a pensar.

- Id, pero si a la noche no habéis obtenido resultados volved a Cair Paravel, si son ladrones serán arrestados por otros delitos.

Tras una reverencia por parte de los soldados, echó a galopar con rumbo a la pequeña fortaleza que era su hogar, sintiendo que su corazón latía con una fuerza increíble en su pecho al sentir la cálida respiración de Jill en su cuello.

Se obligó a concentrarse en el camino que le quedaba aún para llegar a Cair Paravel.

Algunas horas más tarde se encontraba delante de la habitación en la que había dejado a Jill para que las jóvenes de la servidumbre de Cair Paravel se encargaran de ella, aunque… Pensó que, en ocasiones, aquellas pequeñas telmarinas podían resultar completamente impredecibles… De repente dudó de su decisión de dejarles a Jill.

Pero como él no podía hacer nada más simplemente se dejó caer sobre uno de los mullidos sillones que se encontraban flanqueando la puerta.

Perdido en las líneas del techo, Eustace pensó en Jill, el día que la había conocido quedaba ya bastante lejano…

Había sucedido al comenzar el nuevo trimestre en la Escuela Experimental cuando aquel grupo de matones y matonas la habían estado molestando, Jill Pole estaba llorando detrás del gimnasio y él, por cosas de la vida, se había topado con ella… Y le había hablado de Narnia.

Él se había convertido en un joven diferente, con un carácter completamente nuevo de manera que ella se dejó llevar por aquel nuevo chico durante los meses antes de que volviera a quedarse en Narnia por su propia decisión.

Se había olvidado completamente de ella al hacerlo… ¿o su mente se había obligado a no recordarla pues podía haberse arrepentido de la decisión tomada por el bien de su tan querida prima Lucy? Fuera cual fuera la respuesta, lo que estaba claro es que ella estaba allí, en Narnia, como habían soñado cada una de las tardes que habían compartido después de aquel encuentro tras el gimnasio.

- Pensaba que estarías contento al volver a verla – aquella voz hizo que se incorporara del golpe para encontrarse frente a frente con otro ser que lo había ayudado muchísimo en todo aquel tiempo.

Aslan.

- Pensaba que habías vuelto a desaparecer – dijo con una sonrisa tranquila Eustace mientras observaba como el Gran León se sentaba cerca de él.

- No, tan solo había ido a buscarla – señaló con su majestuosa cabeza la habitación donde las telmarinas se estaban encargando de Jill, cada vez que lo pensaba le causaba escalofríos.- ¿Por qué?

- ¿Realmente quieres saber la razón por la que Jill ha podido venir finalmente a Narnia, Eustace?

Él asintió lentamente.

- Jill te ha estado buscando los dos meses que has estado aquí pero que en Inglaterra tan solo han sido apenas unos escasos días, hasta que finalmente decidió ir a tu casa ys e encontró con una mujer que no recordaba haber tenido un hijo… Si Jill está tan magullada es porque en tu mundo, Jill Pole ha tenido un accidente en el que la han atropellado…

Aquello lo sorprendió y lo asustó, no pudo más que sentirse muy mal ante aquello.

¿Quería decir que Jill estaba muerta?

- Exacto, igual que tú. Ambos estáis muertos en el mundo del que venís.

- Pero estamos aquí… - consiguió decir.

- Sí, porque vuestras almas han alcanzado a Narnia, porque hasta su último suspiro Jill te estuvo llamando.

Era demasiada información de golpe, tuvo que volver a recostarse para lograr que toda penetrara en su cerebro. Al hacerlo, sintió un nudo crecer en su garganta y unas lágrimas saldas y cálidas que se deslizaban con tranquilidad por sus mejillas ante la cruda y cruel realidad a la que estaba sometido.

Pero debía estar agradecido, estaba en un lugar mejor y ahora Jill estaba con él.

Para cuando las doncellas telmarinas salieron de la habitación, Aslan ya había vuelto a desaparecer.

- Majestad, la muchacha ya está lista – le dijo la última mientras entre risas y bromas caminaban por el pasillo camino de las cocinas.

Él no pudo evitar dudar ante lo que se iba a encontrar cuando entrara a la habitación, aunque no hizo falta porque cuando estaba dudando de si entrar o no Jill salió por su propio pie, asomando la cabeza por la puerta mientras lo buscaba con aquellos grandes y expresivos ojos.

- Eustace…

Cuando subió la vista hasta ella, no pudo evitar sonrojarse hasta las orejas y recorrerla entera. Las telmarinas la habían vestido con un vestido, que se pegaba completamente a su cuerpo como una segunda piel, de color celeste y que hacía resaltar los rubios cabellos de la jovencita.

- Vaya… Estás preciosa… - se le escapó, mirándola embobado.

Ella se sonrojó y él le tendió una mano a la que Jill se aferró completamente, temiendo que si la soltara él se fuera de nuevo, Eustace pareció notarlo.

- No voy a irme, Jill – se vio en la obligación de asegurarle.

Pero los ojos de ella reflejaban una mezcla de desconfianza y alivio que lo dejó patinando en hielo, mientras una sonrisa cómplice se formaba en sus labios.

- Eso decías siempre, Eus, y al final te fuiste…

- Lo siento, pero lo cierto es que, ahora que estás aquí, no me arrepiento de haberlo hecho… Porque les di la oportunidad que se merecían.

- ¿Oportunidad? ¿A quiénes? – preguntó, cuando salieron a los patios externos de Cair Paravel se quedó maravillada con la belleza de las flores y el sol, que calentaba cualquier intento del frío por hacer su aparición.

- Es una larga historia, muy pero que muy larga.

- Creo que tengo mucho tiempo para escucharla… - le respondió, con sonrisa soñadora.

Eustace no pudo evitar sentirse más que nunca en casa cuando, en contraste con el sol que estaba detrás de ella, veía la hermosa sonrisa de una Jill con las mejillas completamente sonrojadas.

- ¿De verdad? ¿Quieres escuchar esa y las demás historias aquí, Jill? ¿Junto a mí? – cogió y besó con dulzura cada uno de los nudillos de la femenina y menuda mano.

- Me encantaría, Eustace… Me encantaría formar contigo las historias que aún quedan por contar.

Y, mientras un beso inocente era depositado en la frente del que sería un gran monarca junto a una gran reina, Aslan los observaba satisfecho.

Todos obtienen la puerta para un nuevo capítulo de su historia…


Continuará...

El próximo si es ya el último... T_T

Espero que os haya gustado.

Besos & Abrazos