La semilla del valor
Disclaimer: La saga Harry Potter pertenece a J.K. Rowling. Esta historia se publica sin ánimo de lucro.
CAPÍTULO 7
COMIENZA LA BATALLA
─He sido informado de que Harry Potter se dirigía hacia aquí y, aunque hay ciertas dudas, es posible que haya sido avistado en Hogsmeade. ─La voz de Severus Snape sonaba fría, con una tensión calculada. ─Por eso están ustedes aquí, ─Snape hizo una pausa y dejó que su mirada recorriera la marea de estudiantes de izquierda a derecha ─si alguno de ustedes es lo suficientemente estúpido para esconder a Potter, que le entregue ahora y no sufrirá represalias, al contrario, será recompensado apropiadamente. ─El hechizo sonorus permitía apreciar la tensión creciente en el director del colegio. ─Si por el contrario, descubro que le han dado cobijo a Potter y le han ayudado, los culpables serán entregados al Señor Tenebroso en persona.
Los alumnos reunidos en el Gran Comedor, observaban al su director escuchando con atención su discurso. Muchos de ellos no pudieron contener sonidos de emoción, asombro y, en menor medida, de protesta. Los miembros del ED estaban juntos, rodeando y tapando lo más discretamente posible a Harry, oculto bajo la capucha de la túnica del colegio, aunque ciertamente no llamaba la atención. Muchos de los alumnos llevaban la capucha, aquella noche hacía frío y los numerosos dementores en los alrededores de la escuela bajaban la temperatura al menos doce grados más.
─Traidor.
Harry sólo había dicho una palabra, sin levantar la voz, pero fue suficiente para que el silencio cayera sobre los alumnos de golpe, y los miembros del ED se tensaron en torno a él. El chico apretaba los puños, haciendo palidecer la piel de sus nudillos y enrojeciendo las palmas, mantenía la cabeza gacha bajo la capucha, pero ahora simplemente era una posición de ira contenida, ya no pretendía pasar desapercibido.
─Traidor ─repitió en voz alta. ─¿Cómo te atreves a ocupar su lugar? ¿Cómo te atreves a tomar la posición del hombre al que asesinaste? ¡Él fue el único que creyó en ti! ¡Cómo te...! ¡Cobarde!
El rostro de Snape se había mantenido sereno, sólo arqueó las cejas y sonrió enigmáticamente, brevemente.
─Bienvenido, señor Potter, se ha estado ocultando como una rata durante tanto tiempo que llegué a pensar que había muerto. ─Su cara se tornó aún más seria antes de continuar hablando. ─Creía que al menos sería más listo. ¿Cómo se le ha ocurrido venir solo? ¿Es que la señorita sabelotodo y el señor Weasley le han abandonado?
─¡No está solo! ─gritó una voz entre los estudiantes. ─Estamos nosotros.
Snape no quiso mostrarse intimidado por un grupo de mocosos, pero no pudo aguantar el impulso de agarrar la varita y separar ligeramente el brazo del cuerpo, años de costumbre de prevenir que la túnica obstaculice el movimiento de la varita.
El Ejército de Dumbledore, liderado por Neville Longbotton, se alineó formando una barrera que cubría la retaguardia y los flancos de Harry. De pronto, las puertas del Gran Comedor se abrieron y entraron los miembros de la Orden del Fénix que se encontraban en el castillo, guiados por la profesora McGonagall.
─¡Y nosotros! ─gritaron los gemelos Weasley abriéndose paso y adelantando a la profesora de transformaciones. Continuaron con su rumbo y se colocaron junto a Ron, a la izquierda de Harry.
Los hermanos Carrow se encontraban en uno de los callejones de Hogsmeade, habían sido convocados a la próxima reunión. Snape debía quedarse en Hogwarts, controlar el fuerte y avisar en caso de ataque. Al parecer su Señor tenía sus medios para controlar a Potter que los mortífagos no conocían, porque según lo que habían averiguado, ninguno de ellos estaba al tanto de un posible ataque, ni tenían motivos para pensar que Potter o cualquiera de la Orden tuviera interés o forma de entrar en Hogwarts.
Desde luego sabían que esos puñeteros alumnos rebeldes no se habían marchado del colegio. A veces se dejaban ver, les atacaban en mitad de un castigo o de una clase práctica, y luego corrían y desaparecían antes de que fueran capaces de encontrarles. Cada vez faltaban más, pero sus familias estaban vigiladas y no habían vuelto a casa, así que aún estaban controlados en cierta forma, sabían que seguían allí. Seguramente no habrían hallado la forma de escapar del castillo.
Algunos mortífagos habían recibido la orden de vigilar la taberna Cabeza de Puerco, pero a distancia, sin ser detectados. Sólo debían informar si observaban movimiento, pero no debían intervenir. Pero de todas formas, la puerta no se había abierto en muchas horas, desde que algunos tuvieron que discutir con el viejo tabernero por una rata blanca o algo parecido.
Voldemort se encontraba a muchos kilómetros de allí, cerca del viejo orfanato muggle en el que vivió algunos años. Estaba a punto de comprobar el penúltimo de los horrocruxes que le quedaba. Nagini le acompañaba, enroscada alrededor de su cuerpo, aunque el peso no parecía estorbar a su amo.
Hacía días que bullía de ira, pero pensaba acabar con ese niñato arrogante de cualquier manera. Nagini permanecería con él, y se aseguraría de que estuviera a salvo en todo momento. Y no creía que nadie fuera capaz de encontrar el horrocrux que había escondido en Hogwarts, ni siquiera creía que fuesen capaces de averiguar qué objeto era. Ese mocoso no podría frustrar su plan. Él era Voldemort, él era brillante, y él crío ya poco podría conseguir sin la ayuda del viejo. Sonrió regodeándose en la muerte de Albus Dumbledore.
Con esas ideas se calmó y acarició a la serpiente.
─Vamos, querida, comprobemos cómo de lejos ha llegado Potter. Las barreras para conseguir mi reliquia familiar eran algo... especiales, al fin y al cabo nadie es digno de tocar las joyas de mi antepasado, sólo yo. ¿No crees, Nagini? ─Sonrió seguro de lo que encontraría al entrar en la cueva. Potter no habría sido capaz de sacrificar a nadie para coseguir el guardapelo de Slytherin, y pocos habrían sido capaces de sobrevivir a la tortura que conllevaba extraerlo. No, era imposible.
Seguro de sí mismo, se apareció frente a la entrada de la cueva, al pie de los acantilados, con el mar rugiendo y golpeando las rocas con furia, arrojando espuma blanca y salada.
La entrada exhalaba aire frío y húmedo. Se apreciaba una leve luz en un punto distante, que iluminaba suavemente los metros más próximos a ella, y teñía la estancia de un verde extraño y amenazante al tocar el verdín de las paredes y piedras.
Al entrar en la cueva, levemente emocionado al reencontrarse con una parte de sí mismo, sólo le acompañaban los suaves siseos de Nagini oliendo el ambiente y un goteo cuyo origen era difícil de determinar, el eco desdibujaba el sonido y lo expandía.
Con un suave movimiento de varita, intensificó la luz de la cueva y un lago oscuro y profundo, aunque no demasiado extenso, se percibía ahora entre su posición y el punto de donde la luz provenía.
Elevó ambas manos haciendo que una barca, guiada por una cadena que cruzaba dos arandelas en los extremos del bote, emergiera de las profundidades del lago silenciosamente, recibiéndole en la orilla con suavidad. La abordó sintiendo como Nagini se tensaba a su alrededor.
El bote surcó las aguas sin pausa hasta una pequeña isla formada por piedras verdosas. En ella una extraña pila formada por una enorme concha, brotaba de una columna de piedras, justo en el centro.
Lord Voldemort observó, más allá de su incrédulo reflejo serpentino en el líquido, el fondo vacío de la concha. Su guardapelo no estaba.
La ira borboteaba en su interior como una hoguera repentinamente azotada por el viento.
─¡No! ─Fue un grito seco, corto, intenso. Toda la ira expuesta en una sílaba, que el eco de la cueva se encargó de repetir dramáticamente hasta desaparecer en la oscuridad.
Flotó sobre el lago enfurecido, dirigiéndose hasta la entrada de la cueva. Debía poner rumbo a Hogwarts, inmediatamente. Debía acabar con todo esto. Tenía que matar a Harry Potter.
Los rayos surcaban el aire con frenesí entre Minerva McGonagall y Severus Snape.
Potter había levantado la varita y lanzado el primer conjuro hacia Snape, un simple desmaius que el dotado duelista no tuvo problema en bloquear sin apenas parpadear. Pero para sorpresa de todos, antes de el antiguo profesor de pociones tuviera opción a lanzar un ataque, la profesora McGonagall se había colocado entre ambos, con claras intenciones de ser ella quien se batiera en duelo en lugar de Potter.
─Tú eres vital en esto, Potter ─había bramado ─, permíteme a mí.
Harry no tuvo tiempo de contestar antes de que el duelo entre ambos profesores se desatara.
Draco Malfoy, aprovechó la situación mientras todos observaban el duelo en tensión, para deslizarse con su capucha bien calada, hacia los miembros de la casa Slytherin presentes en la sala. Los pequeños parecían tan asustados como cualquier de los otros miembros de primero, segundo y tercero. Los de cuarto parecían alerta, como los de quinto. Había pocos miembros de sexto y séptimo. No tuvo que preguntarse demasiado dónde estaban. Seguramente siendo entrenados o ya convertidos en asesinos, torturadores y violadores.
Entre los presentes de sexto y séptimo se encontraban Theodore Nott, Pansy Parkinson, Blaise Zabini, las hermanas Greengrass, Vincent Crabbe, Gregory Goyle y dos chicas que debían ser de sexto. Sus caras le sonaban, pero no era capaz de ponerles nombre.
Se acercó primero a los que sabía que estarían dispuestos a traicionar al Lord.
─Greengrass, ─le susurró a Daphne, la hermana que pertenecía a su curso ─¿qué estáis haciendo aquí? Tu familia nunca tuvo esos ideales...
Daphne se sobresaltó un poco, pero luego se giró lentamente, sin querer llamar la atención, buscando sus ojos.
─Pensé que estabas muerto ─contestó ignorando la pregunta en un principio. ─Estamos aquí porque nuestra familia no quería llamar la atención de ningún bando sobre nosotros. Y luego simplemente no podíamos irnos.
─¿Queréis la protección de la Orden? ─susurró rápido, sorprendiendo a la chica. ─Sólo tenéis que hechizar la manga de vuestro brazo izquierdo. Dibujad en ella una línea visible y dorada. Ellos lo entenderán. Confiad en mí.
Para mayor sorpresa de Draco, la chica ni siquiera contestó. Sólo sacó su varita y conjuró la línea mostrándosela, buscando su aprobación. Con el asentimiento de Draco, cogió suavemente la mano de su hermana, que la miró sorprendida sin haberse enterado de nada, y le dibujó la misma banda dorada a ella, bajo sus ojos curiosos.
─En cuanto pueda, te explico. ─Astoria asintió una vez y miró a Draco por primera vez, disimulando su sorpresa. Le dibujó una pequeña sonrisa de saludo.
─Daphne, ¿quién más estaría interesado?
─Todos los de séptimo que ves aquí. Todos fueron marcados por voluntad de sus padres excepto mi hermana y yo. A los que fueron marcados, les dieron la opción de volver al colegio, a contribuir con su control, o bien abandonar los estudios y dedicarse a misiones... de campo ─la cara de repulsión que utilizó para explicarse no dejaba lugar a dudas a qué se refería con esas misiones. ─Los que escogieron volver al colegio tenían la esperanza de librarse de tener que torturar o asesinar a nadie, pero no lo han conseguido. ─Detuvo sus susurros y observó sutilmente a Theodore, Pansy y Blaise. ─Mírales, apenas duermen. Algunos de ellos han sufrido cosas horribles, sobre todo Pansy, ella...
No pudo seguir hablando, pero Draco podía apreciar los surcos morados bajo los ojos hundidos de Pansy. Sus pómulos se marcaban de una manera antinatural y podía ver el contorno de cada hueso de su rostro y parte de su clavícula derecha. Había perdido mucho peso y ella siempre había sido delgada. Estaba demacrada.
Draco podía entender a cualquiera de ellos y, aunque no sabía que horrores específicos podría haber sufrido Pansy, lo imaginaba. Era horrible, pero si aquello les había abierto los ojos, aún no estaban condenados. Lo más despacio que pudo y con la cabeza gacha, se abrió paso entre los alumnos sin llamar la atención hasta llegar a ellos.
No les dirigió la palabra, suavemente, agarró la mano izquierda de Pansy y la apretó un poco. La chica se giró y reprimió el impulso de abrazar a su mejor amigo, a quien creía muerto, y sólo ahogó un sollozo, enterrándolo en la manga izquierda de su túnica. Nadie lo oyó.
De pronto, el duelo entre los profesores capturó de nuevo su atención. Él no tenía muy claro lo que estaba pasando con Snape. Conocía a su padrino, en parte, había sido entrenado por él. Sabía que Severus era mucho mejor duelista de lo que allí estaba mostrando. Tuvo la esperanza de que sus sospechas sobre las lealtades de su padrino fueran ciertas. Pero la profesora McGonagall seguía atacando con fervor y, de pronto, su padrino saltó por las vidrieras más cercanas a su espalda, y escapando entre el sonido de cristales rotos, el brillo de los colores de la vidriera rota y humo negro que desaparecía mientras Snape abandonaba el lugar.
Los vítores llenaron el lugar excepto por los tensos slytherins, que no tenían muy claro qué pasaría ahora con ellos.
Y de pronto, Harry Potter, estaba de nuevo en el suelo con la mirada desenfocada y las manos en la frente. Ron y Hermione le sujetaban por los hombros y brazos evitando que se golpeara. Cuando el chico volvió en sí, se hizo un silencio que la voz de Harry quebró.
─Ya viene. Voldemort ya viene. ─Cuando pudo levantarse, recordó algo que Luna le había dicho antes en la sala de los menesteres, cuando les instruyó sobre lo que debían buscar. Tenía que hablar con el fantasma de Helena Ravenclaw ahora mismo, sólo ella podría ayudarles. Con una mirada a Ron y Hermione, salió corriendo del lugar.
Hermione trató de llamarle, pero Harry sólo le dijo entre gritos que regresaría, que aquello debía hacerlo solo.
Tras la salida abrupta de Harry, que todos habían presenciado en silencio, rápidamente se hizo el caos y los gritos empezaron a llenar el lugar, sobre todo de los más pequeños, que lloraban desconsolados y otros sollozaban asustados.
La voz de la profesora McGonagall se alzó con un sonorus.
─Rápido, Remus, convoca a los miembros de la Orden que faltan, hazles llegar por la red flu del despacho del director, tenemos que tener esa chimenea controlada y cerrar la red una vez estén todos aquí. ─Se giró buscando a alguien más con la mandíbula tensa ─Flitwick, tenemos que levantar todas las barreras protectoras posibles, Hogwarts no caerá. Convoque al resto de profesores y que le presten sus varitas.
Señor Filch, ¡Señor Filch! ¿Dónde está el puñetero conserje?
─Aquí, profesora McGonagall ─el conserje se veía aún más viejo de lo habitual. Seguramente tampoco habría sido tratado con decencia por los mortífagos profesores, sólo era un squib para ellos, una vergüenza para la magia.
─Lleve a la casa Slytherin a las mazmorras. Tonks, acompáñale y asegúrate de que no puedan salir. Y...
─Espere, profesora McGonagall, hay algunos que quieren unirse a nosotros, que quieren combatir. ─Draco Malfoy venía acompañado de los slytherins más mayores que quedaban en el castillo, y ahora todos lucían la banda dorada para que la Orden les identificara. Estaba sorprendida, lo cierto es que no creía que ninguno de ellos quisiera enfrentarse a los ideales de sus familias, es algo difícil hasta para un adulto hecho y derecho.
─De acuerdo, señor Malfoy, vaya con sus compañeros y asegúrense de que los alumnos de primero a sexto, vayan a sus casas comunes y se encierren en su seguridad. Los mayores de edad pueden decidir lo que deben hacer. ¡Prefectos de Gryffindor, Ravenclaw y Hufflepuff, acompañen al señor Malfoy y sigan sus instrucciones! Tonks, vaya a contribuir con la barrera con los profesores Flitwick y Slughorn. ─De pronto la profesora McGonagall abrió mucho los ojos y susurró para sí misma ─Merlín, nunca creí decir una frase semejante...
Neville y Seamus se acercaron hasta la profesora McGonagall, preocupados.
─Profesora, el túnel hasta el Cabeza de Puerco sigue abierto. Deberíamos decirle a Aberforth que venga aquí y bloquear el túnel.
─¡Pues a qué esperan! ¡Vayan! ─Por dentro, Minerva McGonagall no podría estar más orgullosa de aquella generación, se habían convertido en todo unos luchadores, tenían fuertes valores y utilizaban el sentido común. Incluso los slytherins, por quienes comenzó a temer años atrás con la vuelta del Señor Tenebroso, habían demostrado ser mejores de lo que fueron sus padres. ─¡Espere Finnegan! ─De pronto había recordado algo. ─Vaya y explote el puente sur de acceso. ─Ante la cara asombrada de Seamus repitió ─Sí, bum, vaya y explótelo, sé que se le da extraordinariamente bien hacer estallar cosas. Llévese a los gemelos Weasley y al señor Jordan si está por aquí, creo que le serán de utilidad.
Miró a su alrededor. Una vez los niños habían sido sacados de allí, sólo quedaban miradas serias de concentración, el sonido de los hechizos y encantamientos que creaban barreras protectoras y las órdenes de unos y otros miembros de la Orden organizando a los alumnos que querían luchar.
Se dirigió hacia la entrada principal del castillo, por las puertas abiertas pudo ver a la profesora Sprout, a lo lejos, en los terrenos, colocando plantas carnívoras y mandrágoras estratégicamente. Al parecer estaba instruyendo a algunos alumnos sobre como usarlas como arma, mientras les repartía guantes y orejeras.
─Piertotum locomotor ─pronunció la profesora McGonagall observando maravillada como las estatuas armadas de piedra que adornaban la entrada se transformaban en guardias que protegerían la entrada. Su niña interior rebosaba emoción y satisfacción de pronto ─Siempre quise usar ese hechizo ─, se dijo feliz mirando como marchaba el batallón de estatuas.
Cuando Hermione y Ron estaban preguntándose a dónde había ido Harry y qué tenía que hacer solo, cayeron en la cuenta de que aunque Harry consiguiera encontrar el horrocrux perteneciente a Ravenclaw, seguían sin tener nada con qué destruirlo. Ya no tenían la espada, ni a Dumbledore. ¿Con qué destruyó Harry el primero?
─¡Eso es! ─Hermione escuchó atenta, a ver qué estúpida epifanía tendría ahora su amigo. ─¡La Cámara de los Secretos, Hermione!
Hermione le miró sin entender.
─El basilisco, ─explicó Ron ─está muerto, pero sigue estando allí. Sus muy venenosos colmillos siguen allí.
─¡Genial, Ron! ─Entendió Hermione finalmente. ─¿Pero cómo la abrimos?
─Bah, un bombarda a los lavabos será suficiente para desbloquear el túnel, y de todas formas no es que tuviésemos tiempo de pararnos a cerrar la puerta de la cámara cuando salimos de allí. Supongo que seguirá abierta. ─Viendo la mirada desconfiada de Hermione, añadió con una sonrisa ─improvisaremos algo si no.
Remus Lupin y Arthur Weasley estaban apostados en la torre de Astronomía, lanzando hechizos protectores reforzando las barreras de Hogwarts y algunos patronus para mantener a los dementores fuera de la cúpula protectora recién creada. Pudieron ver como mortífagos y carroñeros empezaban a alinear frente a los límites creados por las barreras. Remus también podía oler a algunos de los suyos, licántropos. Ya habían sido convocados todos allí para el ataque. Si en el colegio no hubieran reaccionado tan rápido tras la marcha de Snape, quizá ya habrían entrado en el castillo. Remus reservaba una parte de sus pensamientos sólo para su pequeño hijo, su Teddy estaría en brazos de su abuela Andrómeda en ese momento, a salvo y protegido. Aunque nadie le quitaría el miedo por su esposa, que estaba en el mismo peligro que él de no volver a casa, de no volver con su pequeño.
Arthur de vez en cuando lanzaba miradas nerviosas hacia el puente sur de acceso a Hogwarts, había visto las cabezas pelirrojas de sus gemelos ir en aquella dirección con otros dos chicos. Al parecer alguien les había encargado defender aquella zona. Sabía que ya no eran niños, pero siempre serían sus niños. No podía dejar de pensar que casi toda su familia estaba ya allí, sólo faltaban Charlie, Bill y Fleur por llegar, y en cualquier momento estarían allí por red flu si les era posible llegar.
De pronto se escuchó una voz fría y afilada retumbando en la noche. Provenía desde una de las colinas frente a la entrada norte del castillo, más allá del lago.
─¡Mosmordre! ─conjuró la voz. Una calavera se formó en el cielo sobre el castillo de Hogwarts con un resplandor verde, por encima de la cúpula protectora. De la boca de la imagen fantasmal, emergió una serpiente que se enroscaba alrededor de la calavera, entre volutas de humo gris.
─Ya está aquí, ─sentenció Lupin ─la batalla final comienza.
A Draco y los slytherin les había costado al menos media hora, incluso con la ayuda de los prefectos de las otras casas, que dicho sea de paso, no es que confiaran en ellos. Pero poco a poco, viendo que los niños simplemente estaban asustados en general y se agarraban a Parkinson o Greengrass con la misma determinación que a su propia madre, se dieron cuenta de que esos niños nunca habían sido verdaderamente torturados ni castigados por aquellos alumnos que sabían que eran mortífagos. Seguramente también habían fingido, como todos aquellos que carecían del valor que habían tenido Neville y los demás para enfrentarse a los Carrow abiertamente.
Ahora los prefectos y los mortífagos desertores caminaban por los pasillos con paso rápido, preparados para la nueva tarea que les fuera asignada o para luchar si era necesario. Y lo sería, todos lo sabían.
Las marcas de los jóvenes comenzaron a arder y mientras todos se agarraban la manga que ahora estaba adornada por una banda dorada, los prefectos les observaron alarmados.
─¿Qué ocurre? ─preguntó la prefecta de Ravenclaw.
─Nos llaman, ─contestó Blaise con los dientes apretados por el dolor y soltando su propia marca para tenderle la mano a Pansy ─nos están convocando a todos. Él debe estar ya aquí.
Los prefectos se tensaron, pero ya no desconfiaron más de aquellos jóvenes slytherin, y cuando éstos echaron a correr desenfrenadamente hacia la entrada principal, les siguieron sin dudarlo.
Una vez en los escalones principales, miraron al cielo. Observaron allí la marca tenebrosa y luego giraron mecánicamente sus cabezas hacia las lindes de la barrera protectora. Sus corazones se aceleraron al observar al ejército negro que allí aguardaba. Podían percibir el brillo de sus máscaras plateadas. Pudieron ver, sobre la colina más elevada, a una figura alta, acompañada de otra más menuda. De la segunda figura destacaba lo que parecía una melena salvaje al viento.
─Hola, tía Bella ─susurró Draco sombríamente.
De pronto las varitas se alzaron y comenzaron a atacar la barrera. No era muy efectivo aún, pero eso no evitó que los ocupantes del castillo se tensaran. Y la voz de Voldemort llegó de nuevo hasta ellos. Esta vez directamente dentro de sus cabezas.
Ron y Hermione corrían por los pasillos con los brazos cargados de colmillos de basilisco, no sabían cuántos necesitarían, así que decidieron llevar al menos ocho, cuatro cada uno, los que podían llevar sin arriesgarse a herirse con ellos.
De pronto Ron, se paró en seco.
─¡Demonios! ─exclamó con el ceño fruncido.
─¿Qué pasa, Ron? ─preguntó Hermione preocupada. Ya no subestimaría más a Ron, al menos no ese día.
─¡Los elfos! ¿Qué pasa con los elfos de las cocinas? ─Iba a decir algo más, pero de pronto los colmillos que Hermione cargaba estaban todos en el suelo y ella se había arrojado a sus brazos. El beso que siguió a aquel acto, selló muchas cosas. El perdón que Hermione aparentemente le otorgaba, la confirmación de sentimientos compartidos, él sentimiento de tener algo más por lo que luchar, un motivo nuevo que se añadía a los que ya tenía antes.
─Sé que no es el momento, Ron, pero quizá no haya más momentos.
Ron seguía sin habla, sólo pudo regalarle una brillante sonrisa y un corto beso en los labios.
Harry apareció en aquel momento frente a ellos. En una mano tenía el mapa del merodeador, en la otra, la varita siempre preparada. Guardó el mapa y tras ignorar, deliberadamente las manos unidas de sus amigos, observó los colmillos desconcertado un segundo, y emocionado al siguiente.
─¡Brillante! ─Exclamó entendiendo la idea. ─Vamos al Gran Comedor, veamos cómo va todo y después tenemos que ir a la sala de los menesteres.
─¿A la sala? Pero Neville fue a encargarse de que Aberforth entrara y bloqueara el túnel.
─No nos vamos, Ron. Tenemos que entrar en la sala, en la que va todo lo que se pierde o quiere esconderse. Creo que la diadema de Ravenclaw está allí, y es el horrocrux que nos falta además de Nagini. Helena Ravenclaw me lo ha confirmado.
Nada más entrar al Gran Comedor, el dolor que golpeó a Harry en su cicatriz, se expandió a todos los lugares de su cabeza, era horrible, insoportable. De pronto los demás comenzaron también a gritar agarrando sus cabeza. Se hizo el silencio, sólo roto por algún gemido de pánico y la voz de Voldemort, llenó sus cabezas.
─Amigos, amigos, ─les habló con su voz suave y peligrosa ─aprecio mucho cada gota de sangre mágica y no quiero derramar ni una más. Sólo entregadme a Harry Potter y nadie más tendrá que morir, tendréis mi piedad y os permitiré arrodillaros ante mí sin más sufrimiento. Entregádmelo y sobrevivid o protegedle y morid. Tenéis hasta la media noche.
Faltaba menos de media hora para la media noche. Las miradas de unos a otros se sucedieron cargadas de temor, algunas se dirigían hacia Harry, evaluando la posibilidad de entregarle, escuchando a la voz de su instinto de supervivencia, aunque sabían que no era lo correcto.
De pronto la voz volvió.
─Ahora te hablo directamente a ti, Harry Potter. ¿No te parece que ya han muerto demasiadas personas por tu causa? ¿No preferirías reencontrarte con todos los que ya se han sacrificado por ti? ¿O prefieres que siga sufriendo y muriendo gente en tu nombre? No seas cobarde, Potter, no seas egoísta y quizá deje vivir a tus defensores después de haberte entregado. Vamos, Potter, se valiente, como lo fue tu madre la sangresucia.
Aunque Harry sabía qué era lo que Voldemort pretendía, le habían afectado todas y cada una de sus palabras, era difícil negar la verdad en ellas, y cuando casi le tenía, cuando estaba decidido a correr y entregarse, la última frase le devolvió todo el odio hacia a aquel monstruo, todo el amor y el dolor por su madre y toda la sed de terminar con la vida de aquel asesino narcisista.
Débil, se recordó a sí mismo, Voldemort era débil y cobarde, temeroso de la muerte desde que no era más que un crío.
Se puso en pie y le lanzó una mirada a Ron y Hermione. Tenían que destruir el siguiente horrocrux cuanto antes. Los tres corrieron sin pausa hasta la sala de los menesteres. La puerta se materializó ante ellos sin pensar nada, así que entraron y descubrieron el refugio de Neville y el ED. Ginny y Luna estaban allí, al parecer obligadas por Molly Weasley, que había llegado hacía apenas cuarenta minutos. El túnel ya estaba bloqueado, y a Molly le pareció el lugar más seguro para dejar a la menor de sus hijas y a su vecina Luna. Sólo eran niñas, dijo. No debían entrar en batalla.
─Chicas, necesitamos que salgáis durante unos minutos, ─informó Harry con mirada preocupada ─lo sentimos, ─añadió ─luego volveréis a estar a salvo aquí dentro.
─¡Bien! ─exclamó Ginny ─Sólo necesitaba una excusa para salir de aquí. ¡No puedo quedarme aquí tan tranquila mientras mi familia al completo y mis amigos arriesgan sus vidas fuera! ─Luna asintió mostrando su acuerdo.
Harry y Ron se miraron preocupados mientras las chicas salían de la sala para que ellos pudieran entrar en la que necesitaban. Hermione lanzó un bufido, Ginny y Luna eran apenas un año menores que ellos y habían demostrado ser unas duelistas excepcionales desde quinto año.
Eran jóvenes, sí, y ellos también. Y no habían permitido que nadie les parara los pies.
Pasearon frente a la sala tres veces y la habitación llena de artefactos variados, de techos altos y de final inalcanzable se abrió ante ellos.
Harry se dejó guiar por los latidos malignos que sentía. Los sentía como golpecitos en su cicatriz, como un palpitar siniestro que sentía en su cuerpo pero no le pertenecía.
Pronto apreció frente a un busto femenino al que le habían colocado una horrenda peluca. Y sobre ésta, se erguía la antiquísima diadema de Rowena Ravenclaw.
Hermione pensó que era realmente horrible que tuvieran que destruir aquella valiosa antigüedad, y más después de encontrarla tras siglos de haber estado desaparecida. Era hermosa, de lo que parecía oro blanco y adornada con zafiros de diferentes tamaños. Realmente una obra de arte. Pero la obra de arte palpitaba un alma maligna dentro de sí. Y ahora, estaban tan cerca que no sólo Harry percibía lo que había en ella.
Harry la colocó en el suelo, no iban a perder más tiempo. Miró a sus amigos dándoles la oportunidad de ser ellos quienes destruyeran el objeto, pero al parecer ninguno se sentía con ánimos para ello. Alcanzó uno de los colmillos de los brazos de Hermione y sin pensarlo más, le asestó un golpe a la corona, clavando la punta del colmillo en ella. Una onda de fuerza los impulsó a los tres tirándolos de espalda. Él polvo de lugar comenzó a elevarse y girar sobre sí mismo, formando repentinamente una cara humana de rasgos serpentinos. El enorme rostro de polvo, emitió un grito desgarrador y se lanzó hacia la nada desapareciendo en un aullido.
Los chicos respiraron aliviados al comprobar que efectivamente, la diadema parecía ahora quemada por varios puntos y ya no sentían el latido viniendo de ella.
Los slytherin y los prefectos, apostados en los terrenos, cerca de la entrada, pudieron escuchar el bramido de dolor y odio que Voldemort soltó. El viento les arrastró el aullido y no entendieron por qué, pero lo percibieron tanto desde dentro como desde fuera del colegio.
Cuando la figura de Voldemort volvió a colocarse en pie sobre la colina, pudieron ver como alzaba el brazo. De la punta de su varita un rayo blanco comenzó a azotar la barrera protectora con una fuerza mucho mayor que todas las anteriores, y pudieron ver como la cúpula ahora cedía, resquebrajándose como cristal estallado.
Los chicos se pusieron alerta, en posición de combate y ya no tenían motivos para sentir culpa ni remordimiento alguno en usar su varita para atacar. Ya no tenían que usarla contra niños, ahora la usarían contra asesinos crueles y torturadores, contra locos elitistas y licántropos desalmados. Ahora los slytherin podrían hacer verdadero uso de su entrenamiento de mortífago y podrían vengarse de lo sufrido en su propia carne. Los prefectos de las otras casas, observaron sus miradas de determinación y dejaron que su propio miedo se evaporara, contagiados de la fiereza de sus compañeros. Se prepararon para el inminente ataque colocándose en posición de defensa.
Voldemort sentía la ira inflamando cada parte de su cuerpo, habían destruido otro pedazo de su alma, Potter iba a pagar por todo aquello, pero veía con satisfacción como la barrera cedía ante él. Ya no tendrían tregua, ahora todos conocerían su ira.
No le duró demasiado ese pensamiento. La barrera estaba cediendo, sí. En cualquier momento sus mortífagos podrían atacar, pero también la varita empezaba a vibrar, amenazando con romperse. Empezó a resquebrajarse desde la punta hacia el mango. Algo fallaba. Aquella no podía ser la varita más poderosa del mundo.
Debía tener unas palabritas con Severus. Si el problema era que fue su vasallo quien mató a Dumbledore, quizá sólo tenía que matar a Snape y la varita le respondería apropiadamente al conseguir su lealtad. Era una lástima, le había servido bien, pero nada podía aportarle ya Severus que no pudiera conseguir el mismo. Era un sacrificio necesario.
Neville y Seamus, estaban con los gemelos Weasley y Lee Jordan en el puente sur. Habían decidido no explotar el puente hasta el último momento. Si podían, aprovecharían para matar algunos mortífagos de paso. Tenían que usar cada oportunidad para crear bajas en las filas enemigas.
El resto del ED se había reunido con Harry, Ron y Hermione, y ahora todos caminaban tensos para encontrarse con los slytherin y los prefectos en los terrenos de entrada al castillo.
Harry fue el primero en lanzar su patronus. Los huecos que se estaban creando en la parte superior de la barrera no alentaban a los mortífagos a pasar aún, pero sí a los dementores que se guiaban puramente por instinto. El resto del Ejército de Dumbledore, siguió su ejemplo y pronto un ejército de animales plateados de distintos tamaños empezaron a correr por los terrenos manteniendo a los dementores a raya.
En el puente sur, las barreras acababan de caer y mientras los mortífagos comenzaron a correr tras Seamus y Neville por el puente en dirección al castillo, los gemelos Weasley y Lee Jordan comenzaron a lanzar hechizos bombarda maxima apuntando al suelo, tras las espaldas de Seamus y Neville. Y los hechizos hicieron su efecto. Los gritos de los mortífagos cayendo al vacío provocaron una sonrisa siniestra en los cinco chicos que acababan de bloquear la entrada sur destruyendo el puente.
En los terrenos de entrada al castillo, donde los slytherin, los prefectos y los alumnos preparados por la profesora Sprout junto con el ED aguardaban, el estruendo de la caída del puente casi fue ahogado por los gritos de guerra de mortífagos y carroñeros sumados a los espeluznantes aullidos de los licántropos. De pronto aquella masa negra de enemigos comenzó a correr en ataque hacia el castillo. La barrera había caído definitivamente.
Pronto la mayor parte de la Orden estaba allí con los chicos, tenían que conseguir mantener a los mortífagos fuera del castillo el mayor tiempo posible.
Kingsley Shacklebolt, el nuevo líder de la Orden del Fénix, por fin había podido llegar, ahora aullaba órdenes codo con codo con la profesora McGonagall, tratando de prevenir daños.
─Los de Slytherin, sois nuestra mayor sorpresa contra ellos, esperarán que luchéis de su lado en cuanto os vean, así que tratad que no os vean las caras hasta el último momento posible, cubríos las cabezas. ─Los jóvenes exmortífagos asintieron y se pusieron las capuchas sobre las cabezas. ─Ejército de Dumbledore, habéis demostrado más de una vez que no sois sólo niños con varita, pero muchos de ellos no os conocen, aprovechadlo como ventaja, probablemente os subestimen. Combatid en grupos de tres como mínimo y que nadie se haga el héroe, ya lo sois sólo por estar aquí hoy.
La profesora McGonagall, sin apartar la vista de los mortífagos que venían en camino pero aún estaban a cierta distancia tomó la palabra. ─No os mováis aún, no se han dado cuenta de las filas de Sprout, observad su señal y tapaos los oídos en cuanto nos avise. Está usando mandrágoras adultas, recordad que el llanto es letal, no son como las que habéis usado en clase.
─Por último, ─dijo Kingsley con tono un tanto lúgubre ─comprendemos lo que supone, pero no temáis matar, son sus vidas o las vuestras, no dudéis porque ellos no lo harán.
Los chicos allí reunidos, tensos y expectantes, asintieron sin apartar la vista del negro panorama que tenían por delante. En unos segundos, estarían en plena batalla.
Antes de lo que esperaban, la profesora Sprout levantó su brazo derecho con la varita iluminada. A su señal, una fila de unos quince alumnos de diferentes casas y las profesoras Trelawney y Véctor, sacaron de un tirón las mandrágoras que ya tenían agarradas. Todos cubrieron sus oídos a la señal de Sprout, pero fue tarde para la primera línea de unos veinte mortífagos y licántropos, que cayeron al instante agonizando, demasiado cerca de las mandrágoras como para que taparse los oídos fueran suficiente.
De pronto, los siguientes mortífagos comenzaron a lanzar incendios y depulsos hacia las mandrágoras, cuyos llantos se extinguían entre las poderosas llamas. Los alumnos alineados con Sprout comenzaron a correr hacia el castillo, lanzando desmaius, depulsos y flipendos a sus espaldas, tratando de ganar tiempo hasta llegar a una zona más segura.
La voz de Kingsley sirvió de disparo de salida ─¡Vamos!
Todos corrieron en dirección hacia los compañeros que huían superados en números. Al ver la ayuda en camino, comenzaron a pararse y girarse sobre sí mismos para enfrentar a los atacantes.
Se organizaron en aleatorios grupos de tres y cuatro personas.
Hermione trataba de no perder de vista a Harry, que era la pieza clave en todo aquello, pero tenía que salvar su propia nuca si quería ser de ayuda para él de alguna forma. Trataba de seguirle pero una luz verde pasó rozando cerca de su cara, y el tirón en la parte trasera de su sudadera verde fue lo que la salvó, se giró para agradecer a Ron, pero encontró a Pansy Parkinson demasiado ocupada hechizando a su atacante como para mirarla. Siguieron luchando espalda con espalda, protegiéndose mutuamente sin hablarse, hasta que Blaise y Ron se unieron a ellas.
─¡Protego! ¡Depulso! ─Hermione no daba tregua ─¡Desmaius! ¡Sectumsempra! ¡Cuidado, Pansy!
─¡Bombarda máxima! ─Pansy se había girado justo a tiempo para rechazar un licántropo que se avalanzaba sobre ella ─¡Gracias, Granger! ¡Depulso!
─¡Tarantallegra! ─Ron había dejado a un mortífago bailando a unos metros de allí y Blaise divertido, remató la jugada con un depulso.
─Buena esa, Weasley, nunca había visto a un mortífago con tanto ritmo.
─Si te digo la verdad, no era eso lo que pretendía, pero es lo primero que me ha salido por la boca. ¡Flipendo! ─Observó satisfecho al carroñero inconsciente tras haber volado y golpeado su cabeza contra un tronco. ─Eso esta mejor.
De pronto la tensión de todos aumentó, unas manchas negras se aproximaban con velocidad hacia ellos que en seguida identificaron como acromántulas. Al parecer toda la familia de Aragog había decidido sumarse a la fiesta. Y en contra de ellos.
─¡Ay, no, joder! Ellas otra vez no.
Las voces de Harry y Draco se escuchaban unos metros más allá. Estaban muy alterados y parecían cansados. Cuando los localizaron, les descubrieron combatiendo con los Lestrange y los Carrow.
Corrieron hasta ellos lanzando hechizos a diestra y siniestra.
─¡Expelliarmus! ¡Depulso! ¡Levicorpus! ¡Sectumsempra! ─Harry no dejaba de atacar a la asesina de su padrino mientras esquivaba los ataques de Alecto Carrow. A su espalda, Draco combatía con Rodolphus Lestrange y Amycus Carrow.
─¡Protego! ¡Crucio! ¡Depulso! ¡Bombarda! ─Draco tampoco daba tregua, sudaba y le costaba respirar, pero no dejaba de preguntarse por su madre y al mismo tiempo, tenía que proteger a Potter, el cararrajada tenía que vencer, si no, estaban todos perdidos.
Para alivio de ambos, las voces de sus amigos llegaron hasta ellos entre hechizos protectores lanzados hacia ellos y algunos ataques hacia sus enemigos.
─¡Protego maxima! ─el hechizo protector de Hermione les dio un par de segundos para respirar.
─¡Diffindo! ¡Incarcerous! ¡Expelliarmus! ¡Petrificus totallus! ─La combinación de hechizos por parte de Ron y Blaise, desarmaron e inmovilizaron a los atacantes de Draco, quedando ambos tirados en el suelo inconscientes y desarmados. Draco, con una sonrisa siniestra, pateó el cuerpo de Rodolphus Lestrange, apreciando que el diffindo de Blaise le había seccionado el cuello y su sangre oscurecía la hierba. Sabía que conseguiría la atención de Bellatrix.
─¡Rodolphus! ─Al parecer Bellatrix por fin se había dado cuenta del destino de su marido. Al fijarse en la cara de aquel que pateaba su cadáver, descubrió con ira a su sobrino desaparecido.
─¡Vaya, sobrinito! Así que has decidido convertirte en una vergüenza para la familia... Me encargaré de borrarte de la existencia, muerto el perro se acabó la rabia. ─Ninguno tenía ganas de escuchar a la bruja loca, pero su discursito les había ofrecido el respiro que necesitaban. Ahora Harry sólo combatía a Alecto, que parecía haber perdido tenacidad al observar a su hermano tirado e inconsciente, atrapado entre las cuerdas de un incarcerous.
Draco le lanzó una sonrisa sádica a su tía, que reanudó el ataque centrándose en su sobrino, pero sin perder de vista los múltiples ataques de Blaise y Hermione, que cubrían las espaldas de Draco.
Pansy y Ron, habían corrido a situarse junto a Harry, y entre los tres, se deshicieron de Alecto, que había muerto deformada por las heridas golpeando su cabeza contra un árbol, tras la efectiva combinación de un confringo de Pansy y un depulso de Harry.
A algunos metros de allí, cerca de la linde del Bosque Oscuro, Luna, Ginny y Lavender Brown combatían con Fenrir Greyback. Las tres chicas parecían tener la situación controlada hasta que Antonin Dolohov se unió al licántropo, el único de su especie que manejaba una varita y se mantenía siempre semitransformado. En un principio habían ido allí con algunos más a combatir a las acromántulas, pero aquellas se habían alejado en dirección al castillo y ellas habían quedado atrapadas con Greyback.
─¡Petrificus totallus! ─Luna y Lavender no tuvieron más remedio que seguir peleando, ahora tratando de proteger a Ginny al mismo tiempo, cada vez lo tenían peor. ─Esa mata de pelo rojo y esa cara me resultan conocidas ─Dolohov, quien había petrificado a Ginny, la observaba tirada en el suelo. ─¡Incarcerous! ─Unas cuerdas ataron a la benjamina de los Weasley, y antes de que Lavender o Luna tuvieran tiempo de reaccionar, el mortífago atrajo su cuerpo hasta sus brazos con floreo de varita y se lanzó hacia el Bosque Oscuro envuelto en volutas de humo negras.
Lavender y Luna, ahora airadas por el secuestro de Ginny, eran ahora más rápidas y fieras. La usualmente suave y delicada Luna apuntó a Greyback con toda la furia que pudo reunir.
─¡Reducto! ─El hechizo tomó a Greyback desprevenido, ocupado con Lavender, que no le daba tregua. El licántropo fue golpeado por el hechizo y, perdiendo la varita en el proceso, salió despedido varios metros chocando contra un árbol ahogando un rugido de dolor, que sonó como un gorgoteo profundo. Pero esquivando el siguiente hechizo de Luna, se levantó y huyó hacia el interior del bosque prohibido.
Luna rompió a llorar enfurecida y Lavender corrió a abrazarla. Pero ella no tenía tiempo para abrazos, se deshizo del gesto con suavidad y decisión y la miró a la cara con una expresión de determinación que no encajaba con las lágrimas que bajaban por sus mejillas, mezclándose con algunos mocos a la altura de la boca.
─Tenemos que rescatar a Ginny, ahora mismo.
Lavender aún no estaba cegada por la ira e intentó razonar con ella.
─Luna, si vamos a por ella nosotras solas, puede que no sólo Dolohov nos reciba. Nos serviremos en bandeja. Necesitamos ayuda. Busquemos ayuda y vayamos a por ella, ─la miró suplicante ─por favor, Luna, la traeremos de vuelta. ─Lo cierto era que Lavender pensaba que Ginny no duraría mucho viva. Aunque si los mortífagos eran inteligentes, o al menos Voldemort, tratarían de usarla como cebo para Harry, y eso quizá les daba unas horas para rescatarla.
Draco, Hermione y Blaise atacaban sin piedad a Bellatrix. Era horrible y fascinante contemplarla batallando, era como una bailarina mortal. Tras cada elegante movimiento, un rayo de luz salía disparado. Resultaría hermoso de ver si no fuera por su cara de sádico placer y sed de sangre. Estaba claro que la batalla le excitaba.
─Crucio. Reducto. Depulso. ¡Crucio! ─Apenas susurraba algunos hechizos, otros eran gritos afilados, pero todos estaban acompañados de una sonrisa que mostraba todos los dientes.
─¡Protego! ─Hermione se concentraba en proteger a ambos jóvenes de los maleficios de Bellatrix ─¡Protego diabolica! ─Fue un grito concentrado y decidido. En seguida un aro de fuego azul que formaba una pantalla en su interior se alzó entre ellos y Lestrange.
Blaise y Draco, salieron de su estupefacción en un segundo para aprovechar el momento.
─¡Diffindo! ─Draco ya había comprobado que Blaise era terriblemente preciso con aquel hechizo, le gustaba su elección. Pero lo suyo era personal, el quería aturdirla, incapacitarla y asegurarse de que le dieran el beso del dementor. Quería que sufriera.
─¡Desmaius! ─lanzó Draco.
El desmaius de Draco, alcanzó a Bellatrix y la dejó inconsciente, pero Rabastan Lestrange llegó en ayuda de su cuñada y la protegió del hechizo de Blaise. Pero de pronto, Rabastan, llevando a Bellatrix en brazo sintió su brazo arder, al igual que Draco y Blaise. Por primera vez, para ellos fue una buena señal. Voldemort llamaba a sus tropas, aunque sabían que no debían confiarse.
Voldemort había buscado a Severus Snape por todas partes. Pero no podía hallarlo en aquel caos de luces. Él por supuesto, no había hasta la batalla. Esto no era más que el primer asalto. Una forma simple de reducir bajas. Era un buen momento para llamarlos a todos, traer a Severus de vuelta y acabar lo que tenía que hacer con él, y además podría mostrar su magnanimidad a los pequeños mortífagos que pudieran estar en duda bajo el techo del castillo.
Tocó la marca con su varita y se dispuso a esperar a que todos estuvieran cerca. Después se encargaría de poner a salvo a Nagini y seguir con su plan.
Los primeros cien mortífagos acompañados de unos cincuenta carroñeros y más de treinta licántropos, habían causado estragos en el castillo, pero repentinamente todos habían emprendido la marcha entre volutas de humo o trotando entre los árboles del Bosque Prohibido. Las acromántulas que aún quedaban, que no eran pocas, se retiraron al bosque siguiendo a los mortífagos.
Luna y Lavender por fin llegaron hasta donde se encontraban algunos de sus amigos. Hermione corrió hasta Luna seguida por Harry y Ron. Los slytherins caminaron siguiéndolos pero manteniéndose distante, por si el tema requería cierto tipo de intimidad, pero al mismo tiempo cerca, esperando su invitación a la conversación. La mirada de Luna les recorrió a todos, y esa cara llorosa hizo que todos se sintieran involucrados.
─Ese tal Dolohov se ha llevado a Ginny hacia... ─su voz se quebró y no pudo continuar.
─¡Ginny! ─exclamó Ron horrorizado llevándose las manos a la boca. De pronto sus pupilas se dilataron con un pensamiento fugaz, un recuerdo ─¿Dolohov? ¿Has dicho Dolohov? ─Luna asintió y Lavender lo confirmó.
─Sí, ─afirmó Lavender ─estoy segura. Es uno de los que estuvo en los carteles de búsqueda cuando se produjo el escape masivo de Azkaban, reconocí su rostro de esas fotos.
─Creo que es el mismo cabrón que mató a tío Gideon y tío Fabian. Mamá pone fotos en sus tumbas todos los años. Si no fuera por ese cabrón les habríamos conocido. ─Guardó silencio mientras todos le miraban compadeciéndose de él por la suerte de Ginny, excepto Harry. Harry tenía la mente muy lejos de allí en ese momento. ─¡Y ahora tiene a mi hermana! ¡A mi hermana pequeña! ¡¿Qué cojones van a hacerle a mi hermana?! Tenemos que ir a por ella.
─Tenemos que idear un plan, Ron ─la voz de Harry no dejaba lugar a réplica. Los últimos gritos de Ron le habían devuelto a la presente conversación. Sí, tenían que ir a por Ginny, y tenían que hacerlo bien o todo sería para nada.
Ea, esta ha sido la primera y leve intrusión de los mortígafos, para crear unas cuantas bajas y algo de caos entre las filas de nuestro bando. Espero que os haya gustado y a la vez no.
Lo siento por Ginny, veréis lo que le espera a la pobre. Es más si sois sensibles a ciertas cosas... saltad el siguiente capítulo y esperad al noveno.
Os adelanto que el número 8 se llama Óxido y ceniza.
Muchas gracias a todos por leer y supergracias por el review tan completito que me ha dejado rubenchoellocoxd, muy útil, muchas gracias!
Nos leemos pronto con el siguiente!
Espero vuestros reviews!
Aaadióooos!
