Iris de acero


Capítulo 7. Descubriendo mundo


Después de recorrer medio cuartel, había encontrado a Mikasa perdida en la biblioteca. La mocosa buscaba una novela que le habían recomendado unas cadetes para leer. Por desgracia para ella, en la biblioteca del cuartel sólo había libros útiles para los miembros del cuerpo de exploración. Había una gran variedad de ellos: desde militares, que trataban temas sobre estrategias usadas en el campo de batalla, cómo matar titanes o la evolución del equipo de maniobras, hasta historia de la humanidad, pasando por libros de medicina y de botánica. Además, en el fondo de la sala había unos grandes archivadores, que servían para depositar documentos creados por la milicia. Recapitulando, en ninguno caso encontraría novelas para disfrutar.

Este hecho se lo transmití a Mikasa mientras se cambiaba de ropa en mi habitación. No podía ir al pueblo vestida con el uniforme. Así que le había pedido a Marlene, una de las reclutas que había traído Hange, que le prestara un atuendo informal a la mocosa.

— Entonces, ¿dónde puedo encontrar "Sueño contigo"? — preguntó Mikasa mientras se calzaba unos botines de cuero marrón.

— Hay una modesta imprenta en el pueblo. Tal vez tengan la novela que quieres — contesté observándola. Vestía una camiseta azul claro con unos pantalones largos negros —. Aunque por el título, será una historia romántica de príncipes azules y princesas en peligro — dije con un bufido.

— ¿Eso es malo? — consultó Mikasa. Dio un par de saltitos para comprobar si le iban bien los botines. Luego, dio un giro completo con los brazos abiertos. Parecía una niña, aunque no sonreía.

— No. Sencillamente no es de mi gusto — respondí. Me dirigí al escritorio y cogí el monedero, que era una bolsita de cuero, el reloj de bolsillo, las llaves y la lista que me había dado Hange. Los guardé en los bolsillos de los pantalones marrones que vestía.

— ¿Qué te gusta leer, Levi? — Mikasa se colocó detrás de mí.

— No tengo tiempo para leer novelas. Lo único que leo son informes. — Fui hacia la puerta de la habitación. La abrí y la sujeté —. Nos marchamos al pueblo ya, Mikasa.

Con pasos seguros, Mikasa salió de mi cuarto. Cerré la puerta detrás de mí y me dirigí hacia las escaleras. Mikasa me pisaba los talones.

— ¿En qué habitación está el pueblo? — preguntó la mocosa a mitad del pasillo.

Frené en seco y Mikasa topó con mi brazo. La miré sorprendido a los ojos.

— No es un cuarto. Un pueblo es un lugar donde vive gente —. Entonces pensé en el cuartel en el cual vivíamos. Mi definición abarcaba tanto al cuartel como a una población. "Te has lucido, Levi", pensé irónicamente.

— Entonces, ¿la ca...casa también es un pueblo? — cuestionó Mikasa abriendo los brazos para señalar el edificio —. Armin me dijo otro nombre para esta casa, pero no lo recuerdo.

— ¿Castillo? — interrogué arqueando una ceja. Mikasa asintió —. De acuerdo. Vuelvo a probar. Un pueblo está formado por diferentes edificios, como casas y tiendas, donde la gente vive. Este castillo sería una sola casa. ¿Lo comprendes? — Mikasa volvió a asentir —. ¿Armin no te ha mostrado nunca el cuartel?

— No — Mikasa alzó una mano y empezó a contar con los dedos —. Sé dónde está tu habitación, la de Hange, la sala que usamos de estudio, el comedor, la cocina, la enfermería y hoy he descubierto la biblioteca. ¿Por qué?

"Definitivamente, pienso pedirle a Erwin un aumento de sueldo por hacer de niñera", pensé resignado mientras encogía los hombros.

— Tsk, supongo que hoy es un buen día para mostrarte el castillo. No tardaremos mucho y luego nos largaremos.

Me mantuve inmóvil pensando durante unos segundos. En el tercer y último piso, justo donde nos encontrábamos ahora, estaban las habitaciones de los oficiales, la gran mayoría vacías, excepto la de Hange y la mía; y las tres salas de reuniones, una grande y dos pequeñas, una de las cuales había sido invadida por Hange para sus experimentos con Mikasa. De espaldas a la escalera, los dormitorios se situaban a la izquierda y las salas de reuniones a la derecha. Este piso estaba todo visto, así que empezaríamos por visitar el siguiente piso inferior.

— Sígueme, mocosa.

Mikasa se tomó mi orden muy a pecho y cogió la manga de mi camisa blanca, como para no perderse en el castillo durante mi guía. Finalmente, empezamos a descender al piso contiguo. Allí se encontraban las habitaciones de los reclutas, que ya habían abandonado el castillo hacía unas horas para empezar su entrenamiento. Estaba todo en calma. Después de bajar el último escalón, un largo pasadizo avanzaba frente a nosotros, y podíamos ver una hilera de puertas que daban paso a cada uno de los dormitorios.

— En este piso se encuentran las habitaciones de las chicas reclutas — comenté.

Avancé dos pasos a mi izquierda y abrí la primera puerta del pasadizo. Mikasa se asomó detrás de mi espalda para contemplar el interior de la habitación. El viento azotaba a través de la ventana abierta y ésta era abatida contra la pared exterior del castillo a intervalos irregulares. En el interior, tres literas de dos pisos estaban colocadas ordenadamente. Sábanas blancas y sencillas cubrían las camas pulcramente. Al lado de cada litera había una mesilla de noche donde guardar objetos personales. Un único armario y un único escritorio completaban el mobiliario de la habitación.

— Parece ser que han cumplido con sus deberes de la mañana — comenté a Mikasa. Ella me miró con expresión confundida. La limpieza era una parte fundamental y necesaria del entrenamiento de los reclutas. Era una obligación que dejaran sus habitaciones en perfecto orden antes de abandonarlas por la mañana, bajo pena de castigo si se incumplía —. No importa — dije al fin.

Cerré la puerta y guié a Mikasa hasta las duchas comunales, que se encontraban justo el lado opuesto del rellano de la escalera. Había una máquina de madera con remaches de bronce en el interior de los lavabos. Ese aparato captó la atención de Mikasa al instante.

— ¿Qué es eso? — dijo Mikasa señalándolo.

— Es una bomba de agua que sube el agua desde un pozo subterráneo hasta este piso. Yo tengo una en mi lavabo, pero más pequeña y de hierro. ¿Ahora te parece familiar, verdad? Adelante, enciéndela. — Agarré la mano de Mikasa firmemente y la acompañé hasta la manivela de la bomba. Luego le indiqué que la girara con un movimiento en el aire. Mikasa obedeció y el agua empezó a caer en un cubo de madera desde un grifo unido a la máquina. — Esta agua la usan los reclutas para asearse. Luego el agua se filtra por los desagües de las duchas y vuelve al nivel del suelo — Mikasa asintió, como mostrando que me entendía, aunque eso pudiera ser dudoso —. Cuando te preparo el baño, yo lo hago de la misma manera. Ahora podrás hacerlo tú sola — "aunque puede ser un desastre", pensé imaginando mi precioso baño inundado de agua —. Creo que no hay nada más que enseñar aquí. Vamos.

Volvimos sobre nuestros pasos hasta la escalera y bajamos al siguiente piso.

— Este es el piso donde descansan y se asean los chicos. No tiene nada de nuevo con respecto al piso anterior — "únicamente acostumbra a estar más sucio", pensé recordando algunas de las habitaciones que había tenido la obligación de visitar.

Atravesamos el rellano mientras comentaba este hecho y seguimos bajando hasta llegar a la planta baja. El intenso sol de la mañana nos recibió en el rellano, con sus haces de luz atravesando el portón principal del castillo. Me cubrí los ojos con una mano y Mikasa me imitó. Durante la temporada fría, el sol recorría la región sur de la bóveda celeste y el portón estaba encarado en esa dirección para aprovechar todo su calor. Debido a eso, la luz había desgastado el color del suelo del recibidor con el paso de los años. Cogí la mano libre de Mikasa y la dirigí hacia la izquierda, donde se encontraba la entrada al comedor. Allí la luz se filtraba a través de las persianas, pero el lugar estaba esencialmente a oscuras. En la sombra se encontraban hileras de mesas y bancos. Al fondo y a la derecha de donde nos encontrábamos, una tenue luz anaranjada desvelaba el contorno de una puerta que ocultaba la cocina.

— Levi, ya he estado en el comedor y en la cocina — dijo Mikasa, tirando de mi manga.

— Ya lo sé, mocosa, sólo quería alejarme de la luz hasta que nuestros ojos se adaptasen — le espeté.

Esperamos medio minuto en el umbral del comedor, mirando hacia el portón iluminado, hasta que la luz se hizo soportable. Atravesamos el recibidor hasta llegar a un corto pasadizo con tres puertas repartidas asimétricamente entre las dos paredes. Al fondo, una ventana abierta mostraba el exterior. Un cartel colgaba de la puerta aislada a nuestra izquierda. La palabra "enfermería" estaba grabada en él, junto al símbolo universal de la medicina, una serpiente constriñendo un cáliz. A la derecha, la puerta más alejada daba a la biblioteca, donde Mikasa ya había estado hurgando esa mañana. Me dirigí a la puerta más cercana a nosotros y la abrí para enseñar la habitación a Mikasa. En el interior había una treintena de pupitres de madera y una pizarra de tres metros de ancho. Un trapo emblanquecido pendía de un cubo lleno de agua al lado de la pizarra.

— Esta es la sala de estudios — comenté desde el umbral de la puerta —. Aquí transmitimos la estrategia a los reclutas una vez ha sido elaborada por la cabeza de mando. Usamos esas pizarras para mostrar gráficamente la posición de los grupos de exploradores sobre el campo donde tendrá lugar la acción.

Mikasa se había adentrado para examinar el sitio y ahora me miraba fijamente a los ojos mientras le explicaba. Comprendí, entonces, que no había podido entender nada de aquella jerga militar.

— Cabeza de mando — repitió Mikasa y asintió seguidamente, como si le acabara de desvelar una información de alta importancia.

Yo la miré confundido y le aclaré mi explicación.

— Quiero decir que los reclutas se sientan en esas mesas y les enseñamos cosas. — Zanjé el asunto y le indiqué que volviera a mi lado. — Sigamos.

Volvimos sobre nuestros pasos hasta llegar a la escalera nuevamente y descendimos al sótano. A nuestra espalda la luz se atenuó y nos adentramos en la oscuridad. Una lámpara de aceite colgaba de la pared con su combustible ya exhausto. Frente nosotros una puerta compuesta de tablones nos cerraba el paso y la empujé hasta que cedió torpemente, rascando contra el suelo. Allí un corredor se extendía perpendicularmente ante nosotros y estaba iluminado por una hilera de lámparas de aceite que colgaban de la pared, aunque la mayoría de ellas estaban ya apagadas. Me acerqué a la pared y me puse de puntillas para alcanzar una de las lámparas encendidas. Luego giramos hacia la derecha por el corredor y alcanzamos su extremo, donde se encontraba una sala grande que contenía material gimnástico.

— Esta sala la llamamos gimnasio. Se usa para entrenar el cuerpo — clarifiqué.

Me adelanté con la lámpara para iluminar la habitación oscura. Había sacos de tela colgando del techo, uno de ellos tenía la tela rasgada y la paja del interior estaba al descubierto. También había pesas de acero y esterillas de hilo de paja entrelazada; y en el fondo, panoplias que sujetaban espadas de madera o de acero romo. Cuando Mikasa se hartó de curiosear, volvimos por el corredor hasta alcanzar el lado opuesto. Allí el corredor seguía con un giro hacia la derecha. Mikasa conocía muy bien aquel lugar, ella había dormido las primeras noches en aquel oscuro rincón.

— Celdas — comentó la chica, apuntando con el dedo hacia el fondo.

— Sí — confirmé. Me alegré de que Mikasa compartiera la cama conmigo para evitar ese desagradable y húmedo lugar. Coloqué la mano en la espalda de Mikasa con afecto. Ella me miró sin comprender mis emociones —. Voy a buscar las llaves — conseguí decir al fin.

Con la lámpara delante de mi pecho, los barrotes de las celdas proyectaban sombras que parecían bailar a mi alrededor. Mikasa se mantuvo en su posición mientras yo me alejaba. Al fin alcancé las llaves, que se encontraban en un cuarto enfrente de las celdas, y cogí la que abría el almacén. Luego retorné con Mikasa y abrí la puerta que se encontraba a su lado, indicándole que se apartara.

— Aquí guardamos los alimentos que comemos durante el día — le expliqué.

Mikasa apoyó su mano en el marco de la puerta e introdujo su cabeza en el interior. Había varias cajas de madera herméticas que contenían pescado envuelto en montañas de sal. También había sacos de harina que habíamos comprado en la ciudad y que usábamos para preparar pan. Otros sacos contenían diferentes tipos de legumbres, arroz y pasta. Sólo podíamos almacenar alimentos que se pudieran conservar de forma natural. Las frutas que recolectábamos en el bosque completaban la alimentación del cuerpo de exploración.

— Aquí acaba el recorrido. Es hora de que partamos hacia el pueblo — declaré satisfecho.

Mikasa asintió y nos dirigimos hacia el exterior del castillo. Pude deducir, por la posición del sol, que faltaban un par de horas para la comida. Tendríamos tiempo de llegar al pueblo y comer allí. Recorrimos el patio interior y Mikasa me tiró de la manga mientras nos acercábamos al establo de los caballos.

— ¿Qué es aquello, Levi? — Preguntó, y señaló hacia una estructura de madera, con diversos compartimentos y puertas, apoyada contra la muralla del castillo.

— Ah, bueno, eso... — Dudé por un instante —. Son las letrinas, parecidas a lavabos —. Por algún motivo que desconocía, me avergonzaba describirle a Mikasa el uso que se les daban. "¿Qué me pasaba? ¿Me había vuelto un blandengue?", me recriminé. Aún así, ella pareció satisfecha con aquella corta aclaración. Desde que la trajimos, le había permitido usar el lavabo privado de mi habitación y ella nunca había tenido la necesidad usar las letrinas.

El establo era un edificio de madera construido cerca de la puerta de acceso a la muralla. Al contrario que las letrinas, había sido levantado durante la construcción del castillo, hacía alrededor de 100 años. La madera que componía el establo era de tablones lisos manufacturados en alguna fábrica de la época. Un techo de tejas de arcilla completaba la construcción. Entramos en el recinto y los relinchos de los caballos, acompañados de su fuerte olor, nos recibieron. Un recluta muy joven, cuyo nombre desconocía, estaba limpiando el lomo de un caballo castaño y nos saludamos cuando notó nuestra presencia. Una yegua de pelaje oscuro atrajo la atención de Mikasa nada más entrar y ella se acercó para acariciarle el hocico.

— ¿Quieres montar en ésta? — Inquirí. Ella asintió.

— Me gusta — respondió.

Amarré unas riendas al animal y luego desplacé el cerrojo para desbloquear la puerta que le encerraba. Guié a la yegua fuera del establo y le coloqué una silla. Ayudé a Mikasa a subirse y se puso confortable una vez arriba. Para mí, escogí un caballo de pelaje castaño y con topos de color beis que conjuntaban con su crin y cola del mismo tono. Mientras preparaba mi caballo, Mikasa había dado un par de vueltas por el patio del castillo para familiarizarse con su montura. Durante la última semana había estado practicando la equitación con Eren y Armin y ahora parecía poder montar de forma efectiva, aunque torpe. Cuando todo estuvo preparado, nos despedimos del mocoso que estaba cuidando a los animales y atravesamos la puerta al trote mientras el sol estaba llegando a su cénit.

(...)

Media hora más tarde después de nuestra partida, llegamos a Edelhess, la población más cercana al cuartel. El pueblo estaba formado por varios cientos de casas de piedra en tonos grises o marrones, con tejados de pizarra o laja, establecimientos por doquier y un gran mercado cerca de la plaza principal. Durante el camino por el bosque, Mikasa había controlado correctamente a la yegua que montaba. No obstante, en las calles había más obstáculos, como niños y adultos despistados, y podía ocurrir cualquier percance. Así que acerqué mi caballo al de Mikasa y sujeté sus riendas. Disminuí la velocidad y nos dirigimos hacia un establo para dejar las monturas.

El mozo de cuadra salió a nuestro encuentro al vernos. Era un muchacho de unos doce o trece años, de cabello castaño, piel pálida y escuálido. Vestía una camiseta gris, unos pantalones marrones y unas botas del mismo color llenas de barro. Bajé de mi caballo y le tendí las riendas al joven, que las cogió rápidamente. Me acerqué a la yegua para ayudar a desmontar a Mikasa. Estiré mis manos hacia ella con la intención de sujetarla por la cintura. Mikasa se cogió a mis brazos y se deslizó con gracilidad del animal hasta tocar con los pies en el suelo. La solté y busqué en mi monedero el dinero para pagar el cuidado de los caballos. Le entregué las monedas al chico, el cual asintió conforme y se llevó ambos caballos a la cuadra. Mikasa no le había quitado el ojo de encima al mocoso, pero no dijo nada.

Le di un toque en la mano para obtener su atención y comenzamos a andar rumbo a la consulta del médico. Era la parada más cercana. Caminamos por la calle adoquinada en silencio. Mikasa, al igual que durante el recorrido por el castillo, se cogía de la manga de mi camisa blanca para no extraviarse. La mocosa examinaba el paisaje a su alrededor sin perderse ni un detalle.

Giramos una esquina y llegamos a una plaza menor. A nuestra izquierda, había un grupo de críos que jugaban con una pelota. Se la pasaban entre ellos, entre risas y empujones. Mikasa se quedó clavada y observó los niños con detenimiento.

— Vamos — dije, instándola a moverse.

Ella pareció volver al presente con un pestañeo. Me miró y empezó a caminar otra vez. Seguimos nuestro camino hacia la consulta del médico. Volvió a mirar a los niños y los señaló.

— Levi, son más bajitos que tu — dijo seriamente.

— Por supuesto que son más bajos que yo. Son niños — contesté ligeramente molesto. Nunca había tenido problemas con mi estatura, pero me mosqueó el comentario de Mikasa.

— Entonces, ¿tú eres casi un niño? — preguntó ella.

— No, joder. ¿Cómo cojones voy a ser un crío? — le reproché mirándola a los ojos. Como siempre, su rostro no mostraba ninguna emoción, no obstante, la confusión se podía leer en su mirada. En aquel momento me di cuenta de que Mikasa nunca había visto un niño. Sólo había estado en el cuartel, rodeada de reclutas. —. Eso son niños. Yo soy un adulto. La estatura no importa. ¿Comprendes?

— Más o menos — respondió echándoles un vistazo — ¿Qué diferencia hay entre un adulto y un niño? Y yo, ¿qué soy?

— Tú eres una adulta. Los niños son pequeños. No, olvida eso. Los niños son personas que se convertirán en adultos. Con los años, crecerán, adquirirán experiencia y se harán grandes. ¿Lo entiendes? — pregunté dudoso. "¿Cómo demonios se le explica a alguien de menos de un mes de vida qué es un crío?", pensé frustrado. Mikasa rotó la mano sobre sí misma, igual que hacía Armin, para indicar que más o menos lo comprendía —. A ver, físicamente los niños tienen caras redondas, con cuerpos pequeños y son blandos. Mentalmente, les cuesta razonar y cometen errores al hablar. Cuantos más años tiene, o sea, a medida que crece, aprende a comunicarse con los demás y el cuerpo cambia.

— Por lo tanto, ¿yo soy casi una adulta? Quiero decir que yo aún cometo errores al hablar. Pero no soy pequeña, de estatura — explicó Mikasa.

— Tu caso es diferente. Tu cuerpo ha crecido mientras estabas dormida, pero tu mente no lo ha hecho. A pesar de todo, aprendes rápidamente — dije disminuyendo mi velocidad hasta llegar a la puerta de la consulta médica —. Hemos llegado. Luego continuamos hablando, ¿de acuerdo?

Mikasa asintió. Di dos pasos al frente y toqué la puerta de madera de roble con los nudillos. La casa del médico, que también la usaba de consulta, era parecida al resto de hogares del pueblo: un edificio de roca gris con dos pisos, un tejado de laja y ventanas con portones de madera oscura. Unos segundos más tarde, nos abrió la puerta un niño de cabello negro, ojos marrones, bien vestido y limpio.

— ¿Buscáis a papá? — preguntó el mocoso.

— Sí — contesté secamente.

El crío se giró y se metió dentro la casa a la vez que gritaba "¡Papá, visitas!". Traspasé el umbral de la puerta y lo seguí. Oí a Mikasa murmurar la palabra papá mientras cruzábamos un pequeño pasillo. Llegamos a una habitación que hacía la función de cocina y comedor. El mocoso se paró frente a una puerta cerrada a la izquierda del comedor y la abrió.

— Papá, hay un señor y una señora que te buscan — dijo el niño.

— ¿No te tengo dicho que llames antes de abrir la puerta? — reprendió el padre al niño desde dentro —. Hazlos pasar, anda.

El mocoso nos aguantó la puerta y nos indicó con la mano que entráramos dentro de la consulta.

El suelo de la habitación estaba formado por tablones de madera clara de pino. Las paredes habían sido enyesadas previamente y luego pintadas de un blanco crudo. Había un par de cuadros colgados. En el centro de la estancia, había un escritorio de madera oscura con tres sillas, una de las cuales la ocupaba el doctor. A mi derecha había una camilla, mesitas de hierro con instrumental quirúrgico, una vitrina llena de botellas de productos medicinales y una máquina para medir la altura y el peso. A mi izquierda, había más vitrinas llenas de utensilios, una pica de lavabo y un armario blanco.

— Buenos días. Siéntense, por favor — dijo el doctor, indicando las sillas frente al escritorio con la mano.

Nos dirigimos hacia ellas y nos sentamos. El médico se colocó correctamente las gafas en el puente de la nariz, entrecruzó los dedos y apoyó las manos unidas encima del escritorio.

— ¿En qué puedo ayudarles? — preguntó con una sonrisa afable.

— Soy el sargento Levi, del cuerpo de exploración. Normalmente viene una de mis compañeras, Hange Zoë, a pedirle las visitas — dije a modo de saludo. El médico sonrió mientras asentía. Se acordaba de la loca —. Recientemente, han trasladado a una soldado con una fractura en el pie. Necesita una revisión — respondí.

— De acuerdo. Déjeme mirar cuándo puedo pasarme — comentó. Abrió un cajón del escritorio y sacó una agenda. Buscó el día de hoy y miró los días siguientes —. Dentro de tres días puedo pasarme por la mañana, hacia las once. ¿Le parece bien? —. Cogió un bolígrafo para apuntar.

Asentí con la cabeza y el médico escribió la fecha en su agenda con letra ilegible. Me levanté de la silla y Mikasa imitó mi movimiento. El doctor nos ofreció su mano para estrecharla: primero a mí y, luego, a Mikasa.

— Que tengan un buen día — se despidió el médico sonriendo.

— Igualmente — respondí. Después, me dirigí a la puerta.

Mikasa inclinó la cabeza y siguió mis pasos. Salimos de la consulta y entramos en el comedor. El hijo del médico estaba jugando con unos caballitos de madera y un oso de peluche que, probablemente, no era suyo. Los caballitos derribaron al oso al grito de: "¡Vas a morir!" para, luego, acompañarlo con sonidos de cortes producidos por espadas. "¡Zas! ¡Zas!", decía el niño. Mikasa se lo había quedado mirando. "Le deben parecer curiosos los mocosos", pensé. Le palmeé el brazo buscando su atención y le señalé la puerta. Una vez en la calle, puse rumbo hacia nuestra segunda dirección: la botica.

El camino más rápido para llegar a nuestro destino consistía en pasar por en medio del mercado que, a estas horas, estaría lleno de gente. Era un absoluto fastidio abrirse paso entre la multitud. Si escogía un camino que no pasara por el mercado, tardaríamos el doble de tiempo. "Tendremos hambre cuando lleguemos a la botica. La mocosa se quejará y querrá irse. Tal vez podríamos comer antes y así podré disfrutar de los productos de limpieza sin su incordio", cavilé.

— Oye, Mikasa, ¿tienes hambre? — le pregunté mirándola.

— Un poco — contestó ella. —. ¿Ya volvemos?

— No — respondí —. Vamos a buscar un lugar para comer. — Justo después del mercado había una taberna que servían un buen estofado de ternera.

— Levi, ¿qué es "papá"?

— "Papá" es el hombre que ha tenido hijos — respondí. Mikasa me miraba con sus ojos inexpresivos. — ¿Lo entiendes?

— No — contestó secamente.

— El médico es el padre, el papá, de ese niño. Y ese niño es su hijo. Ese hombre, con su mujer, ha tenido ese niño. Lo ha engendrado. Son una familia. Sangre de su sangre. — Una pequeña parte de mí esperaba que Mikasa comprendiera alguna de las frases que había usado. No obstante, Mikasa mantenía la misma expresión en su rostro. Era impresionante cómo un concepto tan obvio para nosotros, ella no lo comprendía. Aunque era lógico. Mikasa nunca había tenido una familia, ni unos padres. Sólo conocía el cuerpo de exploración —. Digamos que son los adultos que se encargan de cuidar niños, ¿de acuerdo?

— Sí — contestó afirmativamente. Mikasa miró a su alrededor y luego volvió a dirigir su mirada a mi cara — ¿Tú tienes papás, Levi, o los adultos ya no tienen papás?

— Todas las personas tienen padres, Mikasa — le dije. Después miré al frente. — Todo ser humano proviene de la unión de un hombre y una mujer. No obstante, a veces no conoces a tus padres o estos ya no existen en este mundo —. En mi mente apareció el rostro levemente borroso de mi madre. Cada vez me costaba más recordarlo. O, mejor dicho, superponía mis rasgos con los suyos y transformaba su cara. — Yo nunca conocí a mi padre. Desconozco quién es — le conté. La miré otra vez —. Mi madre me crió sola hasta que murió de una enfermedad.

— ¿Qué es murió? — preguntó con un tono indeciso. "Palabra nueva para su vocabulario", pensé.

— Dejó de existir. Cerró los ojos para no abrirlos nunca más. Dejó de respirar. Su corazón dejó de latir — "Nunca más escucharía su voz llamándome" —. Eso es morir.

— No me gusta — expresó Mikasa con disgusto apartando su mirada de mí. Caminó a mi lado sin decir ni una palabra más. Todos los sentimientos que no expresaba con su rostro se reflejaban en sus ojos. Pasaron del disgusto, o un cierto enfado, a la duda y a la reflexión. — Levi, entonces, ¿quién es mi madre? ¿Hange? Porque mi padre eres tú. Por lo tanto, mi madre tiene que ser...

— ¡Espera! — exclamé cogiéndola del brazo —. Te equivocas. Yo no soy tu padre y Hange ni de coña es tu madre.

— Tú has dicho que los adultos que cuidan de los niños son los padres y que todos tenemos padres — comenzó a explicar Mikasa —. Y yo soy casi una adulta. Así que vosotros sois mis padres... — terminó la frase mientras gesticulaba con las manos —. Si no, ¿quiénes son? — preguntó mientras clavaba sus pupilas grises fijamente en mis ojos.

"La jodida loca cuatro ojos ha dado en el clavo", pensé maldiciendo a Hange. La loca había previsto esta situación. Mikasa, curiosa, vería niños y acabaría preguntado por la familia. Por supuesto, me ha dejado el marrón a mí. "¿Qué demonios tenía que contestarle? ¿La verdad? ¿Que fue arrancada de los brazos de sus padres y que ahora están muertos?", reflexioné. Mikasa esperaba una respuesta mientras seguía caminando. No pensaba mentirle. No iba con mi personalidad.

— Tus padres murieron en una estúpida misión para recuperar el Muro de María — dije sin pausa —. El gobierno decidió que los ciudadanos refugiados lucharan contra los titanes. Muy probablemente tus padres acabaron en el estómago de algún titán. Esto es todo lo que sé sobre ellos — finalicé apartando la mirada.

Mikasa observó el camino pavimentado sin mediar palabra. Me preguntaba qué estaría pensando. No obstante, era incapaz de interpretar los sentimientos que ocultaban sus ojos. Aunque yo no había causado la muerte de sus padres, sentía la culpabilidad recorriendo mi cuerpo. Repasé mentalmente qué le había dicho. Me mosqueé conmigo mismo. "Definitivamente, la sutileza no es una de mis virtudes", me regañé. Había sido demasiado brusco al contarle el destino de sus padres. Coloqué mi mano en la parte baja de su espalda y se la froté suavemente en un vano intento de reconfortarla. Mikasa pestañeó y me miró con la duda en sus ojos.

— ¿Qué haces? — cuestionó.

— Estoy intentando consolarte — le aclaré —. El contacto entre personas alivia las penas.

— ¿Por qué me consuelas? ¿Crees que estoy triste? — preguntó Mikasa. Yo asentí con la cabeza —. Estoy bien. ¿Por qué debería estar ... — apretó sus labios y los humedeció con la lengua. Buscaba una palabra en concreto. — ¿aflorida?

— ¿"Afligida"?

— Sí, afligida. Es como estar triste. Pues, ¿por qué?

— Por la muerte de tus padres — comenté secamente.

— No — murmuró negando con la cabeza —. No sé quiénes son. No los conozco. ¿Debería estar triste?

— No. Mejor así.

Entendía el razonamiento de Mikasa. Para ella, eran desconocidos que habían muerto. No tenía ningún vínculo sentimental con ellos. "Además, es probable que no acabe de comprender el concepto de la muerte ni el de los padres", pensé. Aún así, mantuve mi mano pegada a su espalda durante todo el camino. A Mikasa no parecía molestarle el contacto.

Finalmente, llegamos al restaurante situado cerca del mercado. La fachada del edificio había sido construida con piedras de tonos rojizos y marrones y el tejado era de pizarra negra como la noche. Las puertas y las ventanas eran de madera oscura: nogal, probablemente. El cartel del local era una olla con un cucharón.

Estiré la puerta principal y entramos en el recinto. Nos recibió un calor agradable y el olor a pan recién hecho y a carne cociéndose que nos inundó las fosas nasales. Los suelos estaban recubiertos de la misma madera oscura que las puertas y las ventanas. Las paredes, en su parte inferior, estaban recubiertas de un friso de pino y, en su parte superior, pintadas de color crema. De las vigas del techo colgaban lámparas de araña plateadas. A nuestra izquierda estaba la barra del local, donde había un hombre limpiando unos vasos. Detrás de él, había una enorme estantería llena de botellas de licores y vinos. A nuestra derecha, estaban las mesas y las sillas, de madera oscura y recubiertas con un mantel blanco. Al fondo de la sala, había una chimenea de piedra gris que iluminaba y daba calor al local.

Me dirigí hacia el final, en una mesa apartada de los pocos clientes que había. Aún no era la hora punta para almorzar. Escogí una mesa arrinconada para tener más intimidad y nos sentamos el uno frente al otro.

La camarera, una muchacha joven de cabello castaño recogido en una coleta, con un vestido gris y un delantal blanco, se apresuró a atendernos con una amplia sonrisa. Nos colocó los cubiertos, los vasos, el pan y la mantequilla mientras recitaba el menú del día: sopa de verduras y pollo y estofado de ternera. Pedí dos menús y agua para beber. La camarera me ofreció vino pero lo decliné. Nos sonrió otra vez y se marchó con andares coquetos.

Durante los siguientes minutos, Mikasa se dedicó a observar el restaurante. Luego, cogió una rodaja de pan y la untó con mantequilla para comérsela. La camarera apareció en aquellos instantes con una jarra de agua y los dos platos de sopa. Con otra sonrisa nos deseó buen provecho y se marchó con andares iguales a los de su llegada. Cogí la cuchara y probé la sopa. Estaba caliente, tenía un sabor suave y una textura cremosa. Mikasa, al igual que yo, había decidido dar cuenta de su sopa y comía en silencio. Terminamos en pocos minutos y la camarera nos trajo el segundo plato: el estofado de ternera acompañado con patatas hervidas y zanahorias en su jugo. Cogí un trozo de carne con el tenedor. Estaba tierna y un poco dulce. No obstante, ninguno de los dos nos quejamos. En el cuartel pocas veces al mes podíamos comer carne, dado su elevado precio en el mercado y las poca existencia de animales salvajes. Terminé antes que Mikasa y la observé comer. Estaba rebañando su plato con el pan. Un par de gotas de salsa le mancharon los labios y la mocosa se los relamió con la lengua. Cogió otro pedazo de pan, lo partió en dos y lo mojó en la salsa para comerlo. La mocosa tenía los dedos pringosos del jugo. Se los miró y decidió que era una buena idea lamérselos. Su boca succionó sus dedos uno detrás del otro y, luego, se relamió las puntas con la lengua. Ante aquella morbosa escena, no pude evitar que una punzada de excitación recorriera mi cuerpo. "!Puñetera mocosa!", pensé al verla meter el dedo índice en su boca.

— Estate quieta — le solté a la vez que cogía su muñeca y tiraba su mano sucia hacia mí. Usé la servilleta para limpiarle la mano atrapada en mi agarre —. Acepto que limpies el plato con el pan aunque, personalmente, lo considero una guarrada. Pero, no te consiento que te lamas los dedos en la mesa, y menos frente a mí. Es una asquerosidad. ¿Queda claro?

— Sí, Levi. — Mikasa me ofreció la otra mano y se la limpié —. Estaba delicioso.

— Eso no es excusa para ser una guarra en la mesa — le recriminé.

— ¿Estás molesto? — preguntó. Luego levantó su mirada hacia mí —. Jean siempre dice que eres un maniático con la limpieza y que por eso siempre estás enfadado — "El mocoso caracaballo va a pasar un tiempo viviendo con sus congéneres", pensé molesto. Mikasa prosiguió — Te has irritado porque me he manchado las manos.

— Me disgusta la suciedad, eso es todo. Pero, una vez vayas al baño a enjabonarte las manos y vuelvas limpia, estaré contento.

Mikasa se levantó sin pensarlo dos veces y se dirigió al baño. Su reacción me provocó una sonrisa. Alcé la mano para pedir la cuenta y la camarera se acercó rápidamente a mí. Recogió los platos a la vez que intentaba entablar conversación conmigo. Me preguntó si estábamos satisfechos con la comida y si queríamos tomar alguna cosa más. Negué y le di las monedas pertinentes. "Quédese con el cambio" comenté. La chica sonrió, me dio las gracias y se fue con aquellos andares provocadores que, seguramente, le hacían ganar una gran cantidad de propinas.

Me levanté y me dirigí al baño a lavarme las manos. Me topé con Mikasa y le indiqué que me esperase un momento. Un minuto más tarde, salíamos del restaurante con el estómago lleno camino a la botica.

Teníamos que cruzar el mercado y, a pesar de no ser hora punta, aún había demasiada gente para mi gusto. Cogí la mano de Mikasa para no perderla y nos sumergimos entre la multitud. La mocosa se distraía con cualquier sonido, visión u olor nuevo. A cada grito de los vendedores, estiraba la cabeza por encima del gentío para observar los puestos. De vez en cuando, miraba las personas a su alrededor y se olvidaba de caminar. Una vendedora de velas perfumadas anunciaba sus productos y le ofreció una a Mikasa para que la oliera. El perfume a lavanda consiguió deslizarse hasta mi nariz. Mikasa apretó la vela entre sus manos y me miró ferozmente con aquellos iris de acero. Se negó a soltarla.

Al final, Mikasa salió del mercado con una muñeca de trapo con un vestido púrpura, una cajita de madera tallada recubierta de cuencas de diferentes colores y dos velas perfumadas: una con olor a lavanda y la otra a vainilla. Yo salí de aquel lugar irritado y molesto. "Jodida mocosa". Cuando volviéramos al cuartel, pensaba reclamarle a Erwin el dinero de todos aquellos gastos innecesarios.

Seguimos nuestro camino, enfilando una calle perpendicular al mercado. Mikasa caminaba con las manos llenas de los objetos que le había comprado. Olfateó el perfume de vainilla y luego toqueteó el cabello castaño de la muñeca con las puntas de los dedos. Si movía demasiado los brazos, se le caerían los trastos que llevaba. Decidí quitarle la cajita, meter las dos velas dentro y llevarlo yo. Mikasa me miró y sus ojos sonrieron. Abrazó la muñeca contra su pecho y caminó segura y contenta.

La fachada de la botica se confundía entre los tonos homogéneos de los hogares. A pesar de ello, un cartel de hierro forjado distinguía el edificio, mostrando una copa envuelta en una serpiente y un fondo de hierbas. Empujé la puerta y entramos.

La tienda tenía brillantes suelos de madera clara y paredes blancas llenas de estanterías. El olor a lejía con un toque de limón nos recibió. En el centro de la sala había más estanterías y una mesa con unos cuantos libros recién salidos de imprenta, papeles en blanco y tinta negra. Aunque el establecimiento estaba lleno de mercancías, los productos estaban bien organizados en campos temáticos. Los productos de limpieza, como la lejía, los jabones, las escobas, las fregonas y los cubos, se hallaban a nuestra izquierda. En aquella zona, también se podía encontrar veneno para diversos tipos de alimañas, como las ratas. En las estanterías centrales había libros, nuevos o usados, de temática variable. Podían tratar sobre cómo curar una enfermedad o cómo librarse de huéspedes indeseados de cuatro o más patas. También había diferentes colores de tinta, libretas para escribir y plumas de todo tipo. A nuestra derecha estaba la sección medicinal: las estanterías estaban repletas de botellas y vasijas llenas de especias y hierbas debidamente etiquetadas. Además, había algunos animales, o partes de ellos, muertos o disecados, como ratones, serpientes y arañas, que se usaban para fabricar cataplasmas o polvos para sanar algunas dolencias.

Al final de la estancia había un mostrador de madera donde Diana, sentada sobre un taburete, escribía sobre un libro de cuentas. Era una mujer de cabello largo y castaño, de ojos del mismo color, labios gruesos y llena de curvas. Detrás de las cortinas que separaban el almacén de la tienda, apareció un chico que se secaba las manos con un trapo.

— ¡Buenas tardes! — Saludó el joven animadamente —. ¿Necesitan ayuda?

— Buenas tardes — contesté buscando en mi bolsillo la nota que me había dado Hange. Le tendí el papel al chico —. Necesito todo lo que hay en la lista.

— ¡Ahora mismo! — exclamó y se puso a leer en voz baja el papel.

La mujer alzó la mirada de su lectura, me reconoció y cerró el libro.

— ¡Vaya, dichosos los ojos que lo ven, sargento Levi! — me saludó Diana. Luego, miró al muchacho, que se había quedado estupefacto —. ¡Vamos, Tom, espabila con el pedido! — El chico se fue precipitadamente dentro del almacén mientras Diana sonreía.

— ¿Tu hermano? — Pregunté debido a su parecido, a pesar de que nunca lo hubiera visto. Deposité en el mostrador la cajita de Mikasa con las velas en su interior para que no me molestara.

— En efecto. Mi padre ha decidido que ya es mayor para ayudar en la botica —. Señaló a Mikasa —. ¿Y la chica? ¿Tu novia? — Preguntó con una sonrisilla.

— No. Es Mikasa, una nueva recluta — dije mientras Mikasa saludaba asintiendo con la cabeza.

— Oh, vaya — expresó enroscándose un mechón de cabello entre los dedos —. ¿Y desde cuándo compras muñecas a las nuevas reclutas, eh, Levi? — preguntó socarronamente.

Mikasa apretó la muñeca fuertemente entre sus brazos. Sus ojos danzaron alternativamente entre Diana y yo. Sus músculos tensos y su actitud defensiva comunicaban que defendería su muñeca hasta las últimas consecuencias. Después de unos largos segundos, Diana se rió a carcajada limpia. Se levantó del taburete, se alisó la falda verde y salió de detrás del mostrador.

— Tranquila, pequeña. Nadie va robarte tu preciosa muñeca — dijo guiñándole un ojo. Señaló la zona llena de productos de limpieza —. Ven, Levi, tienes que ver y oler el nuevo limpia ventanas que me ha llegado. Te vas a enamorar. Y, luego, te enseño un nuevo modelo de jabón para la ropa. Los hay con diferentes olores florales, así puedes adquirir el que más te guste.

Seguí a Diana, que no dejó de hablar, hasta la estantería. Cogió una botella, la destapó y la olió. Me la entregó y yo hice lo mismo. No parecía tener ninguna diferencia respecto al jabón original. Aún así, ella siguió charlando de las nuevas propiedades y de la duración del producto. Hablaba de una manera grandilocuente mientras acompañaba sus palabras con sus manos. Parecía que te estaba vendiendo la inmortalidad y no un producto de limpieza corriente. Sonrió y me indicó que la siguiera. Me enseñó unos cuantos jabones para la ropa. Los olfateé y toqué. Tenían diferentes texturas y diferentes olores. Sin aviso previo, Diana cogió mi mano y la puso encima de su blusa, justo debajo del pecho.

— ¿Lo notas? — preguntó frotando mi mano contra su cintura —. Deja la ropa increíblemente suave al tacto. ¿Y te has fijado en lo blanca que está? Parece nueva, ¡y eso que tiene varios años! Es absolutamente genial. Fa-bu-lo-so — dijo remarcando cada una de las sílabas. Extendió su antebrazo hasta debajo de mi nariz —. Huele la ropa. Me la he puesto esta mañana y la lavé hace varios días. Y aún conserva el olor del jazmín — dejó de prestarme atención y habló por encima de mi hombro —. Oh, tesoro, ¿tú también quieres verlos? Ven, ven — dijo gesticulando con la mano para que Mikasa se acercara.

Mikasa se aproximó sin soltar su adorada muñeca. Diana le mostró diversos jabones. Dejaba que Mikasa tocara y oliera todo lo que quería. Me alejé un poco y busqué aquello que necesitaba: jabón de avena para el cuerpo; un limpiador especial para la madera, aún recordaba la charla que me dio Diana sobre su composición y cómo lo fabrican; y jabón para la ropa. No obstante, no cogí esto último ya que tenía la ligera sospecha de que Diana conseguiría engatusar a Mikasa eficazmente y acabaríamos comprando la mitad de jabones que había en la tienda.

Me acerqué al mostrador y deposité los productos que quería comprar encima del mueble. Le eché un vistazo a la cajita de madera que se había comprado Mikasa. Las cuencas engarzadas en la madera lanzaban pequeños destellos de luz. "Espero que le encuentre alguna utilidad", pensé. En ese momento, su hermano salió de la trastienda cargado con diversas botellas y tarros llenos de hierbas. Los apiló al lado y leyó la nota en voz alta.

— Aceite de caléndula — recitó señalando una botella de cristal —, gel de aloe vera, poleo menta, manzanilla, passiflora incarnata, yodo y alcohol. Eso es todo — finalizó. Entonces miró nerviosamente la nota y luego a mí —. Ah, señor, aquí abajo pone que le pregunte si quiere un poco de corteza de yohimbe... — acabó murmurando el chico y agachando la cabeza avergonzado.

— ¿Eh? — No entendía nada. ¿Por qué se sonrojaba por un trozo de árbol? ¿Y para qué querría yo una hierba? — Si está en la lista, añádelo — le solté. El muchacho me miró abochornado. "Esto me da mala espina", pensé —. Espera, ¿para qué sirve esa corteza?

— Pues, señor, sirve para... eso... arriba... ya sabe... — contestó incongruentemente.

— Ayuda a tener una buena erección — respondió Diana súbitamente a mi lado. Soltó varios jabones en el mostrador. Se colocó una mano en la cadera y me preguntó de manera divertida —. ¿Necesitas ayuda con tus erecciones, Levi? — arqueó una ceja coquetamente.

— No, gracias — "Te mataré, Hange Zoë", maldije —. Pero tráeme algún veneno para matar una alimaña bien grande que se nos ha colado en el cuartel.

Diana se rió y me palmeó la espalda. Expulsó con la mano a su hermano de detrás del mostrador y se sentó en el taburete.

— Pobre Hange. Sólo quería gastarte una broma. Vamos a hacer cuentas. Tom, ¿has sumado el precio de las hierbas? — El chico negó con la cabeza — ¡Pues, vamos! ¡Espabila! — El muchacho se apresuró a completar su tarea —. Muy bien, hermanito. A tus hierbas le añadimos el jabón de avena, el limpiador de madera, el nuevo limpiador para los cristales, y no rechistes, que te va encantar, Levi. Tu confía en mí — comentó con una sonrisa sin dejarme replicar — ¿Por dónde iba...? ¡Ah!, tres jabones para la ropa, uno de lavanda, otro de almendras y otro de naranja. — Se dirigió a Mikasa — Ya verás qué limpia que quedará tu muñeca. Aunque tú también puedes usarlos, Levi. Por último — dejó la frase inacabada y buscó detrás del mostrador. Sacó un tarro de arcilla y lo dejó al lado de nuestras cosas — té negro. El que más te gusta. ¿Necesitas alguna cosa más?

— Creo que ya me has desplumado suficiente por hoy, Diana — respondí. Su hermano le pasó la cuenta y ella me la tendió. Busqué el dinero y se lo entregué —. Gracias por todo.

— Libro — murmuró Mikasa.

— ¿Quieres un libro, tesoro? — Diana sonrió.

— "Sueño contigo" — Mikasa recitó el título.

— Uff... — Diana sacudió la mano con un gesto de desagrado — aunque lo tengo, no te lo recomiendo para nada. Un momento — se levantó y con el frufrú de la falda fue en busca del libro. Volvió con dos —. Mira, éste es "Sueño contigo" y éste otro te va encantar. Para ti, preciosa — sonrió. Se giró hacia mí —. Por esta vez, no te los cobro. ¿Dónde tenéis los caballos?

— Al otro lado, en el establo, cerca de la plaza menor.

— ¡Qué lejos! — exclamó — Tom, anda, coge el carro de papá y llévalo todo, ¿entendido? ¡No rechistes, que te veo! Obedece a tu hermana mayor.

A Diana le di las gracias y Tom nos acabó llevando hasta los establos. Le entregué una propina y cargamos nuestros caballos con todos los productos que habíamos adquirido. Los montamos y emprendimos juntos nuestro regreso a casa.

A medio camino de nuestro viaje de vuelta, el ocaso envolvió el cielo en color naranja y el frío empezó a helarnos el cuerpo. Sin desmontar y con una mano libre, abrí las alforjas de mi caballo, saqué la capa de repuesto con el símbolo de las alas de la libertad y me envolví el cuerpo con ella. Mikasa me miraba expectante mientras se frotaba las manos frías. Arreé a mi animal y me puse lado a lado con ella. Busqué la capa que llevaba su yegua y se la extendí por encima de los hombros con un diestro movimiento. Ella atrapó la prenda y a punto estuvo de caer, pero pudo recuperar el equilibrio rápidamente. Me miró tímidamente y emitió un leve gemido que yo interpreté como una risa a su propia torpeza. El bufido de los caballos y el trote de sus patas fue el único ruido que nos acompañó a partir de aquel momento hasta llegar a nuestro destino.


¡Feliz año nuevo a todos! Aquí os traigo un nuevo capítulo como regalito de reyes. Supongo que habréis notado que es un poquito más largo que los anteriores (solo el doble aprox, trololololo). Mi intención no era así, pero me lié, Levi me lió y mira... ha quedado así XD Espero que os haya gustado. También, tengo que deciros que ¡me encantan vuestros comentarios! Me animan mucho y me pongo muy contenta cuando decís lo que os gusta o qué parte os ha hecho gracia o cúal os ha parecido tierna o me ayudáis a corregir errores. ¡Ah! antes de que se me olvide, en este capítulo, he descrito un montón de lugares: el cuartel, el pueblo... ¿se ha hecho muy pesado? (I'm sorry si ha sido así T.T) En fin, ¡espero que me digáis qué os ha parecido! Nos vemos en el próximo capítulo! (De verdad, continuaré xDD y ya no habrá tantas descripciones según lo que tengo pensado xDD)

¡Nos leemos!

Txelleta :3