Cuando Sousuke regresó a casa de Makoto, Haru estaba sentado en el comedor, conversando con frases cortas con la madre del castaño. Aunque la mujer no parecía molestarse por la actitud que algunos considerarían como cortante, Sousuke no pudo evitar fruncir el ceño.
—¡Doctor Yamazaki! —dijo la mujer, mientras se levantaba y mascullaba algo sobre ir por su esposo para que lo atendiera.
—¿El señor Tachibana está enfermo? —Sousuke escuchó la voz de Haru y lo miró.
Cuando había salido rumbo a la playa con Ran y Nagisa, se había sentido desconfiado de que Makoto se fuera con ese hombre a casa del representante. Había querido abrazar a Makoto y no dejarlo solo en ningún momento, pero Makoto le había sonreído, de esa forma en que lo enloquecía, y se habían marchado cada uno por su camino.
No sabía qué era lo que habían conversado, pero Makoto había sido llamado a la granja y ahora aquel sujeto estaba sentado, bebiendo el té, en casa de su novio.
—No puedo discutir eso contigo. —respondió Sousuke, sin molestarse siquiera en mirarlo. Había alcanzado a mirar de reojo a Makoto, mientras hablaba con uno de los ayudantes de la granja, si Makoto se percató de su llegada no dio muestras de ello y él sólo pudo sentir como su nariz se arrugaba.
—También soy médico. —respondió Haruka. —y me preocupa el señor Tachibana. —Sousuke se dio el lujo de enarcar una ceja, incrédulo ante la afirmación del otro.
—Yamazaki. —escuchó entonces la voz del padre de Makoto, sin que pudiera llegar a formular una respuesta que probablemente hubiese sido cortante.
—Si me disculpas. —masculló, saliendo de la habitación a la que luego entró la madre de Makoto. Una vez que estuvo a solas con el otro hombre, se dedicó a la rutinaria revisión y una vez terminó, al notar la insistente y fija mirada del señor Tachibana, le miró de vuelta.
—Ha sido un buen año. —murmuró el hombre. Sousuke parpadeó un par de veces y después asintió en acuerdo y fue cuando cayó en cuenta.
Había estado tan absorto en su relación con Makoto que había perdido la cuenta de los meses para que finalizara el contrato que tenía en el pueblo. Además de que su profesor le había ofrecido una lugar en un programa de becas en especialidades que antes jamás habría considerado y que el hombre (con el que hablaba ocasionalmente por correo electrónico) le había dicho que con seguridad le servirían en el nuevo rumbo que estaba adquiriendo su vida.
Cuando entró nuevamente a la estancia de los Tachibana, el señor Kashima estaba también ahí.
—El problema, Haruka, es que la casa que era de tu abuelo no está desocupada, el doctor Yamazaki vive ahí. No puedes instalarte ahí. —Sousuke sintió su espalda tensarse ante ello.
—Haru puede quedarse aquí. A papá no le molestará. —escuchó la voz de la señora Tachibana. Primero muerto. Pensó Sousuke.
—No me importa si se queda en la clínica. —las palabras salieron de la boca de Sousuke sin que las meditara en realidad. Los ojos de todos se fijaron en él. —Hay una habitación libre, después de todo.
Así fue como Haruka terminó instalándose en la habitación libre de la casa que anteriormente era suya.
Cuando Makoto se presentó al otro día por la mañana con el desayuno, Sousuke sintió como se tensaba cuando lo sujetó del brazo justo como lo hacía todos los días antes de tirar de él para abrazarlo y besarlo.
Pero se limitó a acercar sus labios a la frente del otro y lo soltó.
—Haru me pidió que lo acompañara al pueblo hoy. —Sousuke sintió un nudo en su garganta. Se acercó hasta Makoto quien había estado fregando los platos. Era temprano aún y Haru estaba todavía en su habitación. Lo sujetó y lo hizo girar para encararlo.
—No diré que no me importa que vayas. —comenzó, sus manos se deslizaron extendidas por los brazos de Makoto, hasta que llegaron a su cuello, subieron un poco más hasta acunar sus mejillas. —Estoy aquí, y podría parecer que no me importa nada, pero muero de celos. Quiero golpearlo. —susurró la última frase.
Ambos sonrieron con un poco de vergüenza, Makoto levantó sus manos y se aferró a la camisa de Sousuke.
—Pero es tu amigo y sé que tienes preguntas de las que sólo él tiene las respuestas. —se inclinó hasta unir sus frentes y cerró sus párpados. —Confió en ti.
Se acercó hasta que sus labios se rozaron apenas en un casto beso.
—Por la noche te esperaré e iremos a caminar. Cerraré la consulta a las siete. ¿Está bien? —Makoto asintió y se soltaron, justo un par de minutos antes de que Haruka entrara y Makoto le dijera que su madre le había mandado algo de desayunar.
Cuando Sousuke salió de la cocina, descubrió a Haruka, lanzándole una mirada entre molesta y reconcorsa.
Los había visto.
Makoto miró a Haru. Había terminado aceptando ir con él a visitar una cafetería en el pueblo vecino, que era más grande y tenía algunos atractivos turísticos. Entre ellos un café muy bonito que estaba en la zona costera, en donde un enorme malecón brindaba una atmósfera agradable que atraía a mucha gente al lugar.
Haru le regaló una sonrisa pequeña en cuanto se sentaron en el autobús que los llevaría a su destino y Makoto le correspondió el gesto, aún recordaba sus días de instituto, sus momentos juntos y eso lo llenaba de alegría.
Sería injusto decir que no lo había echado de menos.
Entraron en el lugar, esperaron un momento a que sus órdenes fuesen atendidas y sin saber qué otra cosa hacer, Makoto le dio un par de tragos a su bebida.
Haru no solía ser un conversador ameno y Makoto era quien llenaba los silencios con conversaciones unilaterales que los reconfortaban a ambos. Makoto no sentía enojo o tristeza al mirar a Haru, pero tampoco el deseo de iniciar él la conversación.
—Creí que estarías viviendo en la casa de mi abuelo. —comenzó su viejo amigo, aunque no parecía muy cómodo con la elección de palabras.
—Hice un fideicomiso. La casa será alquilada a precio preferencial para el médico del pueblo. La herencia de tu abuelo se utilizó para invertir en modernizar la clínica. —Haru le miró, sin esperar toda aquella respuesta. —Te mandé una carta, y un contrato con tu abogado explicándote eso.
Makoto lo miró, por primera vez con cierto resentimiento, lo que Haru sintió como una bofetada.
—Yo no recibí nada de eso. —respondió desconcertado.
—Lo firmaste. —Makoto se encogió de hombros. Haru negó con la cabeza y levantó la mano, pidiendo a Makoto que callara.
—Sí, lo hice, pero no sabía de qué se trataba. Esto no lo discutiremos aquí, por favor. Quiero estar contigo, como antes.
Makoto abrió sus párpados con sorpresa.
—Sólo este momento, por favor Makoto. Después… después responderemos preguntas.
Makoto miró los ojos azules de Haruka y asintió. El tiempo transcurrió tranquilo y aunque Makoto sentía que tenía mucho que decir, se sorprendió al entender que en realidad cualquier explicación no cambiaría en nada la situación que ahora vivían.
Tampoco era alguien rencoroso y aunque sí estaba un poco dolido por toda la situación, mientras estuvieron juntos, pasando la tarde como si no hubiesen tantos años de por medio, descubrió que pese a todo quería muchísimo a Haru.
Al final, caminaron por el malecón, encontrando una banca apartada en donde no había mucha gente, quizá por el día o la hora. Se sentaron, mirando hacia el mar. El color aguamarina que se formaba a lo lejos, le recordó a Makoto la mirada de Sousuke y sonrió. Haru por su parte, miraba un punto fijo, sin observar nada en realidad.
—Me encontré a mi padre en la ciudad. Era el entrenador del equipo de la universidad. —comenzó. —De alguna manera terminó convenciéndome de unirme al equipo de natación. Dijo que yo tenía talento natural, así que sólo tenía que aplicarme más que los demás y pronto tendría un nivel competitivo que sería la envidia de todos.
Makoto lo miró.
—Al poco tiempo me mudé con él. Los gastos eran menores y la beca deportiva que me consiguió me permitieron dedicar un poco más de tiempo a los estudios.
—No escribiste. —Makoto había decidido mantenerse en silencio, escuchando a Haru, pero no pudo evitar que aquel par de palabras brotaran de sus labios. Haru humedeció sus labios y miró hacia otro lado.
—Al principio estaba asustado. —confesó. —Si respondía a tus mensajes, las conversaciones que surgirían me harían anhelar el querer regresar, para estar contigo.
Makoto apretó su mandíbula, Haruka entrelazó sus manos, luego de inclinarse para apoyar sus brazos en las rodillas.
—Mi padre se hacía cargo de todo. Fue más cómodo para mí. Después dejaste de escribir, y cuando llegó la carta sobre mi abuelo, —Haru suspiró —jamás llegó a mis manos. Tampoco la carta del fideicomiso, ni nada relacionado a la herencia. —apretó sus labios. —Habría venido.
Haru giró para mirar a Makoto.
—Si hubiera sabido habría venido, sin importar las competencias, las especializaciones o lo que fuera. Pero me convencía a mí mismo que te habías olvidado de mí. Que todos aquí lo habían hecho y mi vida ya estaba encaminada. —como Makoto se negó a mirarlo de vuelta, Haru regresó su mirada al frente. —No culparé a mi padre, pero él ayudaba a que esas ideas crecieran.
Makoto tragó saliva. Un escalofrío le hizo encogerse un poco.
—Mi padre enfermó hace unos meses. —la voz de Haru sonó un poco amarga. —Una enfermedad terminal que no fue diagnosticada a tiempo. —aspiró profundo. —Me dijo que no se arrepentía de lo que había hecho. Que gracias a eso había podido experimentar el sabor del triunfo al competir, aunque sólo hubiese sido en la universidad. Que ahora fuese un doctor de renombre en uno de los principales hospitales del país. —Haru se rió con amargura. —¿Por qué habría de arrepentirse él? Me pregunté. Murió a los pocos días.
Makoto lo miró por primera vez, sin saber si Haruka había llegado a apreciar con profundidad al padre que lo abandonó, a pesar de haber estado con él por casi diez años luego de que se encontraran de nuevo.
—Me encargué de ordenar sus cosas. Fue cuando encontré todo. Tus cartas, los documentos en los que el abogado me informaba de la muerte de mi abuelo, sobre la herencia. Él me ocultó todo. —se rió, pero a Makoto le sonó más como un lamento. —No me dejó despedirme siquiera de mi abuelo. Y no se arrepentía. ¡No se arrepentía ni aún en su lecho de muerte! ¡Me arrebató lo que quería y él…! —bufó. —simplemente no se arrepentía…
—Eres injusto. —se atrevió a decir Makoto, interrumpiéndolo. —No sólo fue él, ocultándote cosas.
Makoto llevó su mano hasta la de Haru y las apretó con suavidad.
—Fuiste tú, al decidir irte, al olvidarte de tus sueños, de nosotros, confiando en tu padre, el hombre que te abandonó.
Haru giró y miró a Makoto. Makoto le sonreía con resignación, sin ningún atisbo de reclamo en su mirada. Haru era injusto, pero Makoto entendió que había sufrido mucho en esos meses. Haru abrió con sorpresa sus párpados cuando Makoto giró para envolverlo en un cálido abrazo.
—¿Habrías regresado de no haberte enterado de lo que hizo tu padre? —musitó el castaño con voz suave. Haru no se movió. —La vida siguió para todos e hicimos lo mejor que pudimos.
Haru regresó el abrazo y cerró los ojos.
—No estoy enojado. Tú tampoco deberías estarlo. —Haru había esperado que Makoto gritara, que reclamara por haberse marchado por tanto tiempo, sin haber regresado ni llamado ni una solo vez. Pensó incluso que quizá lo golpearía, pero no estaba preparado para aquel amable entendimiento.
—Perdóname. —masculló con voz rota.
—No es a mí a quien debes pedir perdón. —Makoto deslizó una mano por la espalda de Haruka, tratando de reconfortarlo, luego lo soltó. —Vamos…
Cuando Makoto entró en la habitación de Sousuke se sorprendió de encontrarlo mirando unas páginas impresas que hablaban sobre unos cursos de especialización en un hospital escuela en Osaka.
—¿Qué haces? —preguntó sentándose a su lado.
—El contrato terminó hace un par de meses. —respondió Sousuke. —El señor Kashima olvidó renovarlo.
—¿Qué? —preguntó Makoto, parpadeando un par de veces.
—Haruka quiere la clínica de vuelta.
