Cocoon
~Paraíso Unipersonal~
-Capítulo 7-
Disclaimer: Los personajes son propiedad de sus respectivos autores. No busco un fin comercial al usarlos, si no satisfacer un fin meramente ocioso.
Sentado dentro de una popular cafetería en el –ya no tan pequeño– pueblo de Rodorio, se encontraba un joven apuesto, profundamente concentrado en un grueso libro de apariencia relativamente actual.
—¿Cuál es esta vez?
La voz de aquella camarera de mediana edad lo sacó de trance, sonriendo ante aquel delicioso café latte que le estaban sirviendo.
—Esta vez traje "Kyoto Blues". — respondió él, colocándole unos sobrecitos de azúcar a su bebida.
—Oh, no lo conozco… — dijo ella apenada. — ¿De quién es?
—El autor se llama Harumi Murakami, pero si te desagradan los finales abiertos no te lo recomiendo.
—Ciertamente, si tiene final abierto no puedo disfrutarlo. — asintió aquella mujer, de acuerdo con lo que él decía, mientras se alejaba unos pasos para seguir trabajando. —Quería agradecerte por tu sugerencia anterior, realmente me gustó mucho… pero hace ya varios meses que no venías al local y nunca tuve la oportunidad de hacerlo.
Aquel joven se acomodó los lentes con la mano derecha y luego procedió a colocar un señalador en el libro, dejándolo a un costado para que no corra peligro de ensuciarse.
—Sí, me he ausentado por un tiempo… cuestiones de trabajo, ya sabes.
Los ojos de aquella mujer se desviaron hacia la puerta al sentir la misma abriéndose, anunciando la entrada de algún otro comensal.
—Lo siento, debo ir a atender.
—Despreocúpate.
—Realmente, muchas gracias por el libro anterior.
Mientras la camarera se alejaba para continuar trabajando, el joven se acomodó en la silla, tomando la taza entre sus manos y oliéndola, provocando que las lentes de sus anteojos se empañen un poco. Serían sus últimos momentos de paz antes de volver a su rutina diaria y quería sacar lo máximo de ellos.
Tras algunos minutos en los que aprovechó para finalizar su tan amado café latte, finalmente la persona que estaba esperando entró al local, dirigiéndose hacia él con paso rápido.
—Ok Kanon, ¿estás listo? —dijo el nuevo acompañante, acomodando su trasero en la silla frente a él.
—¿Listo para qué? — respondió él con molestia. — Por cierto, ¿Hola no…? No nos vemos hace meses, Milo.
—Saga está viviendo con una mujer. — volvió a arremeter el escorpión, ignorando completamente el reclamo de su amigo.
Al escuchar las palabras que salían de la boca de Milo el menor de los gemelos estalló en una carcajada, quitándose burdamente los anteojos ante la vista de todos los comensales, molestos por el escándalo que estaban montando aquellos dos.
—¿Me estás tomando por estúpido? — dijo limpiándose las lágrimas de los ojos. —Eres idiota si piensas que voy a creer que eso es cierto… Cómo se nota que hace meses que no sales conmigo, ya te has olvidado cómo mentir.
—Ah, ¿no me crees? — Escorpio se sintió ofendido ante la carcajada de su amigo.
—Por supuesto que no imbécil.
El Caballero de Escorpio se mordió el labio inferior, impotente ante la risa de Kanon. Esperó unos segundos para reacomodar su mente antes de responder.
—No hay problema, ya lo verás por ti mismo cuando llegues a la tercera casa. —le contestó Milo, intentando disimular el hecho de que Kanon había herido su orgullo. —Déjame decirte que Saga no es el único…
—¿En serio? ¿Y quién más entonces…? —interrumpió Kanon con sorna. — ¡No me digas que Afrodita!
—No, el otro es Mu. —Milo continuó hablando, tragando saliva de manera molesta ante lo difícil que estaba resultando Géminis menor.
—¿Mu? — dijo Kanon, frunciendo el ceño. —¿No te das cuenta de que no puedo tomarte en serio? Ya ni siquiera es gracioso… Me defraudas.
Kanon observó la expresión odiosa de Milo mientras tomaba su teléfono celular con destreza, sopleteando y quejándose por lo bajo.
—Aquí tienes. — espetó con bronca mientras le mostraba varias fotos de él con Nanako en el Santuario. — ¿Contento?
—¿Qué crees? Por supuesto que mi entrepierna está muy feliz.
—Kanon… No necesitamos otro Caballero vulgar como Máscara. Que no te contagien tus amigos del Inframundo por favor… — Milo lo miró con desaprobación, notando cómo a Kanon le molestó aquella frase. —…Y antes de que puedas decir algo más, sí, yo también soy grosero pero en la cama todo vale mientras a ella le guste.
—Por Zeus… Eres terrible. — respondió el menor de los gemelos. —Es cierto, no soy el ser humano más honesto ni el más bueno pero, ¿en serio…? Robarme la novia de mi compañero ya es un nivel de bajeza más profunda que el último de los Infiernos.
Escorpio carraspeó, tomando el vasito con agua que le habían traído a Kanon junto con el café.
—Sólo viven juntos. — explicó Milo mientras se encogía de hombros. —Pero a Aioros le gusta, está enamoradísimo de ella el muy tonto.
—¿En serio? — Kanon mostró interés en aquel dato. —Sólo con verla en fotos puedo darme cuenta que es de la misma especie venenosa que tú.
—Pues claro, y qué especie más buena… — el pecho de Milo se infló orgulloso ante aquella frase de su amigo. —Lástima que desde que salió una vez con él no quiso volver a verme… pero ella se lo pierde.
—Qué culebrón se estuvieron montando en mi ausencia… — Géminis interrumpió la charla para volver a pedir otro café latte igual al anterior. —Veo que Saori estaba aburrida. —agregó en chiste.
—¿Qué dijiste?
—Que Saori seguro estaba muy aburrida. —repitió el geminiano con parsimonia.
—¿Ya lo sabías? ¿Ya lo sabías y te hiciste el tonto? — el escorpión se abalanzó sobre la mesa, sorprendido ante lo que había escuchado de boca de Kanon.
—¿Qué cosa? — preguntó. —Ya, compórtate, me estás haciendo quedar mal.
—Que están apareciendo mujeres en el Santuario con invitaciones de Saori. — Escorpio volvió a acomodarse en la silla, ahora observando divertido cómo el rostro de su amigo se transformaba, sorprendido.
—¿O sea que es en serio?
—Es lo que estoy diciéndote desde que llegué, idiota.
Kanon no podía creer lo que escuchaban sus oídos… ¡Era verdad! Ahora quería saber quién era esa que estaba viviendo en su casa con su hermano Saga.
—Cuéntame más.
—Ah no, no confiaste en mi palabra antes. —dijo Escorpio, dando rienda suelta a su orgullo. — No pienso darte más información.
—Milo no seas así, eres inteligente… —comenzó Kanon, endulzándole el oído a su amigo. — Sabes que parecía una broma. —insistió mientras agradecía nuevamente por la bebida. — O sea, ¿mi hermano viviendo con una mujer…? O incluso peor, ¿Mu? ¿No entiendes lo extraño e insólito que suena eso?
—Ok, sí… si lo dices así, tienes razón. —reconoció Milo, volviendo a manotear el vaso con agua.
—Entonces si entiendes habla rápido.
—Bueno, si tuviera que decir algo importante… —la mente del escorpión hurgó en los recuerdos de aquella vez, buscando la información que más molestaría a Kanon. — Mmmh sí, Saga está muy compenetrado con esta joven… es muy chica, creo que tiene como diecisiete.
—¿¡Diecisiete!? —gritó Kanon, golpeándose la frente con la palma de la mano, indignado. —¿¡En qué diablos está pensando!? ¿¡Es menor…!?
—Sí, eso parece. —continuó Milo, pasando por alto el exabrupto de Géminis. — Y además está hecho un total idiota, desde que ella llegó que no nos llama ni sale más con nosotros. Y lo que es peor, no nos contó nada, la descubrimos a la fuerza el sábado pasado porque nos hicimos presentes en su casa.
¿Qué clase de mujer sería aquella como para robar así el corazón de su hermano? Saga solamente había mostrado ese comportamiento una vez, pero tampoco había sido precisamente "amor", como los adultos conocen; y el sólo imaginarla hacía que Kanon perdiese la cabeza. Tenía que verla, hablar con ella, tocarla… y si le gustaba al menor de los gemelos, no podría evitar querer quedársela para él solo. ¿Qué si eso no podría generarle más cicatrices a Saga…? Sí, posiblemente… Pero no era su problema.
—Ah y no me preguntes por qué, pero a Máscara le encantó…— Milo llamó a la mesera y pidió un café bien fuerte. — Pero en el fondo me da un poco de lástima, ella parece una buena persona y sería un desperdicio que termine enredada con él. Ya sabes que al cangrejito le gusta corromperlas…
—Oh sí, lo sé muy bien. —asintió Kanon mientras dirigía una mirada incómoda hacia el escorpión.
—Pero lo que más me llama la atención es que esta chica no es del tipo que Saga usualmente frecuenta… Ah, ¿Cómo decirlo…? Bueno, no sé, pero a mí tampoco me gusta.
Kanon resbaló unos centímetros de su silla, casi volcando la taza de café peligrosamente cerca de su pecho. No era que su amigo fuese precisamente "facilón" pero el escorpión amaba tanto el sexo que había tenido compañeras ocasionales de prácticamente cualquier tipo y forma… si a Milo no le gustaba, eso significaba que era espantosamente fea. La cara del geminiano se retorció en una mueca de burla al imaginarse a su hermano en aquella situación, no podía dejar pasar esa oportunidad de oro para mofarse de él.
—Kanon. — su amigo le llamó la atención en broma, adivinando lo que estaba pasando por su mente. — Realmente eres una persona horrenda. — dijo riéndose.
—¿Por qué no me dejas divertirme un poco? Vengo de pasar unos cuantos meses en compañía de mi mejor amigo Radamanthys… —respondió Kanon con un tono molesto.
—De todas maneras, ella no es para nada fea… Es sólo que no la conocí en mejores términos, ya podrás imaginarte.
—¿Faltaban unos tragos? Así son más bonitas.
Milo no pudo evitar fruncir el ceño ante lo que acababa de escuchar.
—Sabes que puedo obtener a quien quiera sin una sola gota de alcohol.
—Ahí está, el mismo Escorpión de siempre… Ya me estabas asustando. —Kanon resopló aliviado.
Tras abonar la cuenta ambos amigos se perdieron dentro de las calles nostálgicas de Rodorio, calles que hacía ya bastantes semanas que no recorrían juntos. Los alrededores de día se veían sumamente diferentes a los que usualmente frecuentaban, con jóvenes saliendo de bares y discotecas presos de borracheras, parejas discutiendo y vómitos furtivos.
Al entrar por el Santuario fueron saludados por Mu, quien estaba de guardia aquella tarde; y ya desde allí podían divisar a alguien en la entrada de la casa del joven carnero: Milo sabía bien quién era y no dudó un solo segundo en apurar el paso antes de que lo vea, dejando atrás a Kanon por unos instantes.
—Hola Nanako…
El escorpión se apoyó en una de las columnas de la entrada al jardín, mirando a la joven desde arriba con una sonrisa seductora.
—Ah. — Nanako respondió desganada sin devolverle la mirada: sólo con la voz pudo reconocerlo. —Hola Milo.
—¿Trabajando duro?
Nanako terminó de arrancar aquel trozo de maleza seca que tenía entre sus manos, llenas de tierra al igual que sus rodillas y brazos. La transpiración cubría todo su cuerpo y le hacía picar, especialmente cuando las gotas de sudor resbalaban en su rostro y cuello. Se llevó una mano a la mejilla, tocándola suavemente para aliviar la molestia pero terminó ensuciándose más de tierra… Por Zeus, aquel escorpión metido no podía haber elegido un peor momento para aparecer.
—¿Y a ti qué te parece? —espetó ella de mala manera: odiaba que la vean así de desarreglada.
—Me dejaste atrás idiota…
El menor de los gemelos terminó de subir las escaleras y notó que Milo estaba hablando con una mujer… ¡Era la chica de Mu! Y se veía realmente increíble, aquellas fotografías no le hacían justicia para nada. Kanon se colocó en silencio detrás de Milo, observándola de arriba abajo sin una gota de disimulo: al ver cómo el sudor arremetía sin piedad contra aquel cuerpo trabajado, como si derritiese cada prenda que llevaba puesta, Kanon se volvió loco, era increíble cómo el aura de Nanako emanaba sexo por todos sus poros.
—No esperaba encontrarte aquí en el jardín. — insistió Escorpio. —¿Me estas evitando? Jamás volviste a contactarte conmigo.
"Lástima que desde que salió una vez con él no quiso volver a verme… pero ella se lo pierde." Kanon recordó las palabras de su amigo pocas horas antes en aquella cafetería y se le escapó una risita, que tuvo que contener rápidamente ante los ojos asesinos del escorpiano… Bien sabía él que Milo jamás le concedía a nadie el derecho de rechazarlo.
—No te estoy evitando. — dijo Nanako mientras resoplaba, quitándose el pelo pegoteado del cuello. —Pero por ahora quiero estar sola.
—¿No me vas a presentar…?— Kanon sabía que era momento de hacer acto de presencia.
—Él es Kanon, el hermano gemelo de Saga… actual Caballero de Géminis. —el tono de voz del escorpión mostraba un rencor indisimulable en cada letra que salía de su boca.
—Un gusto conocerte Nanako. —El geminiano se agachó para hacer contacto visual con ella. —Me han hablado muy bien de ti…
—¿Ah sí…? — dijo ella, ahora sí clavando sus ojos en Milo. —Es un gusto conocerte.
—Vamos Kanon, sigamos subiendo.
Milo tomó al gemelo menor del cuello de la camisa y lo tironeó escaleras arriba, sumamente molesto ante toda la situación. ¿Ella rechazarlo a él, Dios del Sexo…? ¿Quién se creía que era?
—Vaya, eres un pésimo perdedor… —dijo Kanon con sorna, ya habiéndose alejado ambos del Primer Templo.
—Si valoras tus pelotas será mejor que te calles Kanon.
La Casa de Géminis sirvió como punto de separación para ambos y Kanon continuó por aquel sendero arrastrando pesadamente su equipaje. Tomó sus llaves del bolsillo del pantalón y abrió la puerta rápidamente, decepcionándose al notar que no había nadie adentro para recibirlo.
—¿Hola?
La sonrisa de Kanon acaparó su rostro y se llevó una mano a la sien. Oh, si… Indudablemente aquella era la oportunidad perfecta: tenía la casa sólo para él y podía hacer su propia investigación sobre aquella adolescente juguetona con la que se había involucrado Saga. Ambos gemelos contaban con una habitación extra para huéspedes por lo que el menor estaba seguro que allí dormiría ella.
Apenas entró a la pieza Kanon tragó saliva, mirando a su alrededor desesperado.
La habitación de Kaname poco conservaba de la decoración anterior que ambos habían pensado para aquel lugar y lo único que quedaban eran las paredes blancas: el resto había sido reemplazado por accesorios y muebles en color rosa, pero lo que más espantaba a Kanon era la cantidad de cosas con motivo de pegasos que aquella niña tenía... cuadros, peluches, ¡Hasta pantuflas! ¿Milo dijo que tenía diecisiete…? O el escorpión era un perverso de primera, o ella tremendamente infantil… O bien, en realidad, tenía doce años. Ninguna de esas opciones era buena.
—Mi hermano es un pedófilo…— se lamentó, luego de tropezarse con un peluche grande con forma de caballo. Lo tomó entre sus manos y observó que tenía un gran cuerno tornasolado saliendo de la frente. —Ay no, es un pegaso horripilante…— balbuceó compungido.
Algo asqueado ante aquella revelación prosiguió con el armario, revisándolo de punta a punta. No encontró nada fuera de lo común y de hecho no tenía mucha cantidad de ropa, lo que más abundaba en su closet eran polleras, parecían ser su prenda favorita. Kanon se agachó y abrió uno de los cajones, encontrando la ropa interior de ella: en otra ocasión aquello lo hubiera hecho muy feliz, pero considerando que eran las prendas íntimas de una nena no pudo hacer más que cerrar el cajón instintivamente. El geminiano no pudo evitar recordar el comienzo de aquel dicho, tan cierto en ese momento: ojos que no ven…
Kanon salió despavorido de la habitación con su mente acelerándose a mil kilómetros por segundo... ¿Cómo debía enfrentar aquella situación? No era cualquier cosa, era ilegal, había una menor de edad allí en su casa viviendo con su hermano. Al sentir la presencia de Saga acercándose se preparó para molerlo a golpes ni bien cruzase la puerta de su casa.
Apenas aquella puerta se abrió el menor de los gemelos se abalanzó sobre Saga, muy nervioso, con los ojos desencajados.
—¡Por el amor de Zeus Saga…! ¿Te has vuelto loco? — exclamó, prendido a la camisa transpirada del geminiano mayor.
—¿¡Pero qué diablos te pasa!? — forcejeó Saga, sin entender nada. —¿Qué rayos estás diciendo? ¡Ya suéltame!
—¡No me suelto nada, acabo de descubrir que mi hermano es un pedófilo! ¿Cómo quieres que reaccione?
—Por Zeus, Kanon, ¿¡estás loco!?
Alertada por el griterío Kaname aceleró su paso y bajó corriendo los últimos escalones que le quedaban hasta la casa. Y allí lo vió: Kanon, en todo su esplendor, a punto de pelearse a puño limpio contra Saga… Sus ojos se nublaron y se entrecerraron automáticamente, a punto de desbordar.
—¡Y para colmo le gustan los pegasos…! ¿Qué acaso no tienes dignidad Saga?
Ambos gemelos desviaron su mirada hacia ella al sentir el ruido de varias bolsas, llenas de productos, golpeándose secamente contra el piso.
—A-ahh… E-en realidad son unicornios... —dijo ella, con la voz entrecortada por la emoción.
Kanon soltó bruscamente a Saga y posó sus ojos en aquella joven emocionada, que temblaba con una mano tapándose la boca.
—No puede ser…— balbuceó el menor, dando unos pasos hacia ella.
El mundo se le desarmó en un solo instante.
—No, no lo puedo creer... ¿Realmente eres tú? —repitió Kanon mientras ella asentía con el rostro totalmente húmedo. — ¿Kaname?
Escuchar su nombre brotar de los labios de Kanon fue suficiente para que el cuerpo de Kaname salga disparado a estrechar el de él, quien la tomó entre sus brazos y la estrujó en el aire: ninguno de los dos logró emitir palabra alguna ante aquel encuentro totalmente inesperado, en especial para Kanon.
Saga sabía que jamás iba a poder olvidar esa escena cargada de sentimiento, de la cual nunca sería parte; cada segundo que pasaba observándolos se tallaba en cada nervio y célula de su cuerpo, sobre estimulándolos de tal manera que ya no podía sentir enojo, sólo dolor… y cerró los ojos.
Nanako suspiró profundamente mientras se dejaba caer sobre su cama desordenada... a la mañana no la había tendido, pero eso no le resultaba molesto para nada. Al fin se encontraba cómoda y satisfecha: había podido darse una ducha caliente y tuvo la chance de disfrutar de su plato favorito en aquella cena… Sin duda alguna agradeció sentirse así luego del encontronazo con Milo, que ciertamente la había dejado bastante molesta. ¿Qué le estaba pasando…? Ella normalmente jamás habría rechazado una insinuación de ese estilo, pero reconocía que después de lo que había pasado con Aioros no se sentía precisamente cómoda al respecto.
Lo que la llevaba a pensar… ¿cuánto tiempo había pasado ya? ¿Una semana, dos semanas acaso? Su mente estaba borrosa y no podía pensar bien al respecto. Nanako frunció los labios levemente, llevándose una mano hacia ellos: los acarició con suavidad, reconociendo en su tacto el rastro de aquellos besos llenos de amor que le había dado Aioros. ¿Cómo definir el efecto que habían generado en ella aquellos ojos verde-azulados…? Aquel infinito expandido en su interior gracias a ese par de lunas inquietas, que abrían sus cicatrices tan fácilmente como si de un bisturí se tratasen; diseminando veneno y a la vez desinfectándola a la fuerza, de manera egoísta pero sin maldad alguna. Mientras sonreía, Nanako no pudo evitar pensar qué galaxias podría observar a través de los ojos de otras personas.
La luz amarilla de la lámpara de techo se filtraba entre los dedos de su mano izquierda y por un instante, en el que el corazón de ella se detuvo, reflejó un anillo en el dedo anular. Nanako sintió un fuerte impulso de desnudarse y verse frente al espejo, pero el recuerdo de las manos de Aioros acariciándola le provocó frenarse: ya sabía qué era lo que iba a encontrar, ¿realmente tenía necesidad de exponerse a eso otra vez? Pensó nuevamente en los ojos de él, concentrándose en cómo la atravesaban y la dejaban en evidencia. Suspiró de manera profunda y pensó en Mu, en aquel día que llegó a aquella casa y entendió todo al instante.
¿A qué mundo lo habría transportado cuando lo forzó a posar sus ojos en los de ella?
Carcomida por la intriga Nanako se escabulló dentro de la habitación de Mu, sentándose al lado de su cama lo más silenciosamente que pudo. Aries dormía plácidamente de espaldas a ella, tapado con una fina sábana, y el único ruido que inundaba el ambiente era el de ambas respiraciones.
—¿Estás despierto?
—Mmm…. —la voz de Mu brotó suavemente de sus labios, mientras se giraba sobre sí mismo en la dirección desde la cual provenía aquella pregunta. —Veo que te gusta acercarte a la gente mientras duerme. —agregó él sonriendo, aunque ella difícilmente podía verlo por la oscuridad de la habitación.
—Supongo. —Nanako prefirió obviar aquel comentario, ya no quería pensar más en Aioros.
—¿Qué pasa Nanako?
—Nada importante. —respondió ella sin darle mucha relevancia.
—¿Estás segura? Porque nunca hablamos. — enfatizó el carnero. — No creo que hayas venido a verme porque sí.
—Es cierto Mu.
Nanako se levantó del piso con lentitud y despacio se escurrió, con cuidado, dentro de la cama de Aries, quien resopló resignado ante aquella acción.
—Eres bastante egoísta. —Mu no se movió un solo centímetro: ahora le daba la espalda. No pensaba enfrentarla bajo ningún concepto.
—Lo sé. — dijo sin remordimiento, mientras ella se acurrucaba detrás de él con los ojos clavados en el techo. — ¿Qué sientes ahora Mu?
—¿Conoces el concepto de incomodidad? — Mu se corrió lo más que aquella cama se lo permitió.
—¿Por qué dices eso? ¿Yo te incomodo?
El carnero frunció el ceño ante la pregunta, a su criterio ridícula y falsa, que profería la joven que tenía a su lado. ¿Qué diablos estaba diciendo? ¿Era en serio…? ¿Acaso no se acordaba de nada? Mu estaba comenzando a perder la paciencia.
—Me rechazaste aquel día… — hizo una pausa de unos segundos antes de continuar, tomando aire para calmarse un poco. — Creo que es normal que esté incómodo.
Nanako escuchó con claridad lo que Mu reprochaba, con un objetivo fijo en su mente: ¿Qué galaxia era…? Quería verla. Quería hundirse.
Los ojos del ariano se entrecerraron instintivamente ante la repentina luz que los invadía, dado que ella había estirado un brazo hacia la ventana que estaba situada junto a ellos, corriendo la cortina de la misma a un costado. La noche reposaba, inamovible.
—¿Qué pretendes? —preguntó Mu al sentir la mano de ella posarse sobre el hombro que sobresalía.
—Muéstrame.
La voluntad de Mu se desarmó por completo al encontrarse con los ojos de Nanako mirándolo fijamente, casi como si quisiera comerse su alma. Con la misma mano que había tocado su hombro lo giró sobre sí, forzándolo a sostener todo el peso de su cuerpo en aquella articulación. Otra vez volvían a estar cerca pero hoy la lejanía se hacía presente instintivamente: Mu se sentía totalmente expuesto.
—¿Qué sentiste cuando llegué? —aquella pregunta inevitable escapó de los labios de ella.
Aries tragó saliva.
—Estaba curioso… No sabía quién eras, ni qué venías a hacer. —dijo el carnero. —Pero cuando vi que eras una mujer ya no sabía qué hacer ni cómo reaccionar… Me descolocó por completo.
Los ojos de Nanako continuaban sobre él, derritiéndose en aquel iris verde esmeralda, fundiéndose con la luz de la luna que se abría paso por la ventana.
Todo se movía rápidamente.
Todo comenzaba a tomar sentido.
—Es que me pareciste muy atractiva desde la primera vez en que te vi. — confesó con voz débil. —Pero todo se desestabilizó rápidamente, hiciste que descubriese una parte mía que creía dormida. Y para serte sincero, debería odiarte por eso.
—¿Qué sientes por mí?
Todavía faltaba.
Debía zambullirse más profundo.
—Maldición, Nanako… —se quejó él, cerrando los ojos por unos segundos. Ya le había dado mucha información, pero sabía que no había vuelta atrás ahora. —No dejas de tentarme en ningún maldito segundo.
Aquel joven vulnerable apretó los puños con fuerza.
—La verdad es que te detesto profundamente.
—Me lo han dicho en otras ocasiones. —respondió ella con una sonrisa: ahí estaba. Había llegado.
Pero sabía que faltaba más. Había otra parte que aún debía colonizar, a riesgo de exponerse ella nuevamente.
—Nunca me habían hecho sentir más humillado. —Aries sonaba crudo y profundo, acorde a aquellos sentimientos que brotaban de su interior. —No sé quién crees que eres, utilizando a los hombres a tu placer… Aioros me da muchísima lástima. — hizo una pausa. —Y sé que no fuiste tú quien rompió mi adorno.
—¿Todavía te parece que los utilizo…? Más bien diría que lo que hago es de común acuerdo, Mu. — dijo ella levemente molesta por la mención del sagitariano. — Aparte sí, devuelvo el favor. —agregó Nanako por lo bajo, pero rápidamente se arrepintió.
—Así que, en otras palabras, ¿En el pasado te usaron y ahora te dedicas a hacer lo mismo con otros hombres?
Nanako creía tener todo bajo control pero en aquel instante reconoció que la conversación estaba yendo hacia un lado que no quería ni debía tocar. Ya había tenido suficiente con Aioros, pero sabía que Mu no iba a ser tan compasivo: quizás en otras áreas no se notase, pero él era más astuto de lo que ella había calculado.
Sin dejar de apoyarse sobre el hombro de Mu deslizó su otra mano hacia el rostro del carnero y lo tomó levemente del mentón, presionando su dedo pulgar contra los labios de él.
—Mu… no sabía que podías ser tan orgulloso. —susurró ella.
—Ya me rechazaste una vez, no pienses que vas a jugar conmigo de vuelta. — arremetió Mu mientras corría con brusquedad la mano de Nanako de su cara.
—¿Cuánto tiempo más piensas seguir con esta farsa? Hablas mucho pero allí abajo no pareces tan decidido.
El miembro de Mu había estado erecto desde el momento en que ella puso pie en su habitación… Y Nanako había ganado otra vez.
—Maldición…— Mu se retorció bajo ella, tratando de tapar lo inevitable. —Maldición, realmente me enfureces…
—¿Por qué? ¿Yo tengo la culpa de que estés frustrado por no haber podido hacerlo? Eso no fue mi culpa, tú te negaste.
—¡Estaba tranquilo hasta que tú llegaste! —gritó él, tomándola bruscamente de los hombros. —Si no hubieras aparecido…
—Mu por favor, hubiese sucedido lo mismo con cualquier otra persona. Admítelo.
—Si hubiese sido una persona a la cual amase, si hubiese sido alguien que me ame… Pero por tu culpa ahora siento que todo eso da igual.
Ahí estaba.
La había encontrado: los ojos de Mu reflejaban un resentimiento profundo hacia ella pero, lo que era peor, aquello se expandía hacia sí mismo y crecía exponencialmente a medida que pasaba cada día.
Al fin había llegado y sabía cuál era la solución.
—Sólo dejaras de sentirte así cuando lo hagas.
La voz dulce de Nanako en su oído provocó que su cuerpo tiemble de arriba hacia abajo. "Sólo dejaras de sentirte así cuando lo hagas"… "Cuando lo hagas"... Cuánta frustración.
—Nanako… déjame tranquilo. —suplicó Aries con la poca voz que le quedaba.
—Siento mucho haberte confundido aquella vez, no pensé que iba a afectarte así.
Aquella disculpa sorprendió enormemente al carnero dado que lo que esperaba en aquel momento era otra cosa por parte de ella.
—No puedo volver el tiempo atrás… Pero quiero resarcirme.
—¿Con sexo? — preguntó Mu, cansado. Sabía que ella no cambiaría, no importaba cuánto se disculpase. — No me parece una buena idea…
Nanako volvió a clavar sus ojos en los de él y el ariano pudo notar que el ambiente había cambiado de un segundo para el otro.
—Es lo único que se hacer bien.
En sus veinte años de vida Mu jamás había reconocido al odio como parte de sí mismo y de hecho se sentía extremadamente incómodo de pensar siquiera en aquel sentimiento… Nanako tenía mucha razón: la frustración lo había vuelto así, producto de sus propios límites auto-impuestos, y sólo había una manera de solucionarlo. ¿Se arrepentiría luego? No lo sabía, pero era muy consciente de que ya no podía seguir así.
Y aunque se sentía un desgraciado, escuchar las últimas palabras de Nanako lo sumieron en una inmensa tristeza que no supo cómo manejar.
—Aioros no lo cree así. — aquellas palabras fueron las únicas que le salieron.
—¿Por qué hablas de él?
—Porque sé que te está esperando… así que por favor no intentes nada conmigo.
—Ay Mu… —suspiró ella. —Aioros está confundido, pero tú no… no finjas más. ¿Con esa enorme hipocresía crees que puedes resistir?
Los ojos verdes de Mu se presionaron con fuerza al sentir el repentino toque de la mano de Nanako en su erección y no pudo evitar suspirar.
—¿Ya ves? —insistió mientras deslizaba la yema de sus dedos sobre la punta del pene del ariano.
—Nanako, basta… p-por favor, no podemos hacer esto.
—¿Por qué?
El tacto cálido de aquella mano experimentada estaba dificultando las cosas en sobremanera.
—P-porque Aioros te quiere…— balbuceó Aries.
—¿Y eso qué tiene que ver? Yo no soy nada de Aioros y eso él lo sabe muy bien… Él elige esperar y además sé que ustedes dos no son amigos.
Aquellos dedos aumentaron la presión, ahora moviéndose de manera circular.
—No hay nada que te reprima ahora. —susurró Nanako al oído del carnero.
Nanako sintió todos los vasos sanguíneos de su cuerpo confluirse en un solo punto, extasiada ante lo que sucedería ahora. Porque sí, sabía que esta vez iba a suceder, porque sabía que se reconocía mediante aquel acto. Coercionar a Mu, convencerlo, seducirlo… todo aquello la llenaba de placer y la extasiaba incluso más que el acto en sí, incluso más que un orgasmo: ejercer poder sexual sobre alguien más le resultaba fascinante.
El comienzo de todo eso ya había quedado muy atrás, pero ambos sabían que aquella acusación que Mu había esbozado hacía sólo unos minutos era real. Aquello había empezado por despecho, pero gracias a aquel sentimiento llegó a redescubrirse como mujer, encontró una faceta poderosa de sí misma a través del sexo y no quería abandonar eso por nada.
Sin embargo Nanako debía admitir que había llegado el momento de enfrentar aquel recuerdo que la carcomía, que la desangraba; esa abominación que Aioros tuvo el descaro de acariciar en aquellas aguas termales. Pensar que un simple ser humano pueda crear semejante monstruo era increíble.
Mu no podía quitar sus ojos de la mano de Nanako, ver cómo acariciaba su erección le resultaba extremadamente erótico. Finalmente, ahí estaba… tal como lo había deseado desde la primera vez en que ella lo provocó. Tal como lo había soñado cada noche, amaneciendo húmedo, sintiéndose humano y pleno: ya no era un sueño.
Nanako dejó de tocarlo y se colocó a horcajadas sobre él, apoyando completamente su cuerpo en Mu para acercarse y besarlo con decisión. La lengua tibia de aquella joven de cabello marrón forzó su entrada mientras que el carnero se aflojó completamente, dejándose hacer por ella.
Los dos cuerpos desnudos eran bañados por la luz de la luna, marcando cada poro de sus pieles, erizadas ante el contacto directo del uno sobre el otro. Un Mu sobre estimulado no podía evitar querer deslizar sus manos por todo el cuerpo de ella, pero algo en Nanako no lo dejaba participar: en aquel momento ella ejercía una poderosa fuerza sobre él y sólo podía entregarse completamente a sus pies. Todo ocurriría a la velocidad que ella quisiese, de la forma que se le viniese en ganas.
La erección de Mu se mantenía inamovible en aquel vaivén superficial que ella generaba sobre él, provocando que las caderas del ariano se arqueasen hacia arriba involuntariamente en más de una ocasión; el escaso vello de la vulva de Nanako acariciándolo con suavidad, envolviéndolo en aquel trance frenético del cual jamás quería volver a salir.
Aries jamás olvidaría aquel instante súbito, sin preámbulo alguno, en el que Nanako decidió dejarlo entrar. Aquella estrechez infernal que lo sacudía de arriba hacia abajo, estrujándolo sin piedad… ese calor, esa humedad… Los ojos del carnero se mantenían apretados entre sí y la intimidad de ella le arrancaba gemidos cruelmente con cada penetración, imposibles de contener.
—¿Qué pasa Mu…? —habló ella, respirando agitadamente. —A-abre los ojos… mírala bien, para que no se te olvide más.
Nanako era penetrada en cuclillas, levemente inclinada hacia atrás para poder balancearse más cómodamente, con las piernas bien abiertas para que él pueda observarla entera. Sus pechos se movían de arriba hacia abajo sin piedad y la sola visión de su miembro entrando y saliendo de ella era suficiente para hacerlo acabar. La estimulación visual era insostenible para él y al instante se encontró rogándole que cambie de posición.
—N-no, n-no puedo así… —balbuceó entre gemidos. —C-cierra las pi-piernas…
Sólo recibió una sonrisa torcida por parte de ella, enmarcando su rostro totalmente sonrojado.
Extasiado.
Deformado.
—P-por favor… S-si no voy a…
Aquella era la señal que ella había estado esperando y aumentó el ritmo sólo para él: aquella única vez Mu sería la prioridad. La penetración se volvió más profunda, permitiéndole tocar el fondo de su intimidad con la punta de su erección, estrujándola entera de atrás hacia adelante constantemente, sin parar…
La descarga de Aries llegó tras unos pocos segundos y Nanako observó con lujuria el cuerpo levemente brilloso de aquel hombre que se encontraba rendido en la cama, bajo su total poder y control.
—P-por Zeus… Nanako… — balbuceó el carnero, sin poder calmar su respiración: todo había sucedido tan rápidamente que no le había dado tiempo a procesar nada.
Ahora sí había terminado…
…pero luego quedaba el vacío, alimentando el dolor.
—Bueno… Ya cumplí con mis disculpas Mu. —le dijo ella, sonriendo. Había algo raro en aquella mueca. —Prometo nunca más volver a provocarte ni acercarme de manera dudosa, aunque no entiendo bien qué es eso.
Mu se reincorporó, sentándose sobre la cama, observando a Nanako a los ojos. ¿Qué estaban diciéndole? ¿Qué era aquella tristeza que parecía transmutarse por inercia? Mientras ella se acomodaba en el borde de la cama le devolvió la mirada, con aquella misma sonrisa que su mirada no acompañaba. Definitivamente había algo más.
—¿Crees que soy muy tonta al pensar en que ahora podríamos ser amigos?
¿Cómo no lo había entendido antes? ¿Cómo no lo había visto? Nanako en ese momento era tan transparente como el agua… adentro era turbia como el mar y profunda como el océano. ¿A cuántos hombres les habría hecho aquella pregunta? El corazón de Mu se estrujó como un papel, quemándose de pena al saber la respuesta.
—Me siento sola.
Aquella era la única manera en la que Nanako había aprendido a comunicarse: su existencia se reducía a ser destruida por la misma cosa que la mantenía funcionando. Mu sintió la urgencia de tenderle una mano, sabía que si no lo hacía sucedería algo terrible con ella… sus ojos vacíos lo gritaban, pedían libertad.
—Todavía queda mucho por delante. —le dijo Aries.
—Lo sé… —respondió ella, aceptando aquel gesto de compasión. Ya no estaba en condiciones de rechazarlo.
La mano de Nanako estaba helada y al entrelazarse con la de Mu comenzó a recuperar temperatura lentamente.
—¿Puedes ayudarme…?
Al fin había llegado aquella última vez.
La luz de la luna rodeaba el cuerpo de ella, atravesándola, y de repente la habitación se había transformado en el fondo del mar.
