Recuerdo de Spock ubicado después de la crisis del capítulo anterior "Starlight"


Silencio

Tras el ataque romulano la Enterprise permaneció doce horas en alerta de combate tras la aparición de dos nuevas naves enemigas que consiguieron eludir y dejar atrás. Durante todo ese tiempo Jim ocupó su silla y controló todas y cada una de las secciones de la nave con un poder casi omnisciente. En el nuevo cambio de turno el grupo alfa regresó por completo al puente casi al mismo tiempo que una nave enemiga aparecía en los radares. Esta vez el estado de alerta de la Enterprise les permitió actuar antes de ser descubiertos y hundieron la nave sin sufrir ninguna baja.

Con paso ligero Spock acompañó al capitán hasta la cubierta en la que habían sido recluidos los tripulantes romulanos. A pesar de que Jim no dirigió el interrogatorio sí que permaneció atento a cada una de las palabras que sus jefes de seguridad lograban sacar a los presos. Casi tres horas más tarde Jim estuvo satisfecho y regresó al puente junto con Spock.

–Quiero todas las grabaciones de los interrogatorios en mi pad– comenzó a decir el capitán una vez ambos estuvieron en el turboascensor–. Las estudiaré y enviaré el segundo informe a la flota. Revisa las comunicaciones, si las de las últimas dos horas están limpias rebaja la alerta a SIDEF y luego infórmame de cómo están las cosas por enfermería. Bones dijo que no había ninguna baja a pesar de que tras el primer ataque tres de nuestros hombres quedaron en estado crítico. Comprueba su estado.

–Sí señor

La alerta preventiva se prologó durante otras doce horas y, a pesar de que el turno alfa volvió a ser relevado Jim prosiguió sus tareas: mantuvo dos conversaciones con la flota, volvió a realizar un par de interrogatorios, y se interesó personalmente por todos los heridos a los que visitó en la enfermería antes de volver al puente. Aprovechando un momento de tranquilidad Jim fue a la sala de descanso anexa al puente y se dispuso a tomar un café y a comer un sándwich. Veinte minutos después Uhura, seguida por Spock, fueron en busca del capitán para comunicarle una nueva llamada de los almirantes. En los labios de Uhura se formó una sonrisa y el rostro de Spock pareció suavizarse cuando se encontraron al joven durmiendo, con el café en una mano y el sándwich con un único mordisco en la otra.

Con una dulzura que Spock sólo le había mostrar en privado, Uhura despertó a Jim retirándole los alimentos de las manos para evitar que los derramase al sobresaltarse. Antes si quiera de que la mujer le hubiese explicado por que le había despertado Jim ya estaba en pie, sin rastro de sueño en él y saliendo hacia el puente principal.


Casi dos días después del ataque Jim retiró todas las alertas y la Enterprise pasó a navegar con total normalidad.

Desde su puesto, Spock no perdió detalle alguno de los movimientos de su capitán que se habían vuelto cada vez más pesados a lo largo de los turnos. Ahora el joven echaba su cabeza hacia atrás para apoyarla completamente contra el respaldo de su silla, y cerraba momentáneamente los ojos mientras tomaba más aire del normal. El gesto hizo que el pecho de Jim se hinchase creando una curva en su fisionomía que Spock encontró más que fascinante. El Vulcano hubiera permanecido sumido en aquella contemplativa escena pero el capitán volvió a moverse: ayudándose de los reposabrazos se puso en pie en el mismo instante en el que el cambio omega aparecía en el puente. Jim habló para todos:
–Una vez más hemos salido victoriosos de una situación complicada gracias al esfuerzo de todos ustedes. Pueden estar orgullosos de su trabajo. Me siento honrado de poder servir a su lado.

Palabras de agradecimiento se escucharon por todo el puente mientras el capitán se retiraba.

Esperando a Uhura, Spock hizo lo propio.

–¿Cómo estás?– le preguntó la mujer en cuanto las puertas del turboascensor se cerraron.

–Mi condición es óptima. ¿Y la tuya?

–Un poco de sueño no me vendrá mal– dijo la teniente con una sonrisa–. Ha sido un ataque complicado.

Ambos continuaron conversando en voz baja hasta que llegaron a los cuartos de Uhura. El Vulcano se dispuso a seguirla, pero ella le detuvo.

–Deberías ir a cerciorarte de que Jim está bien– el Vulcano estudio su rostro, pero Uhura hizo un mohín–. Todos estamos preocupados por él, ha pasado dos días liderando la nave y sacándonos de todos los problemas habidos y por haber. Tú también estás preocupado, puedo leerlo en tus ojos.

Una réplica acudió a la boca de Spock, pero se encontró con que sería inútil pues sí que estaba preocupado por Jim.

–¿Estarás bien?– le pregunto a Nyota.

–Por supuesto.

Se despidieron con un beso en los labios que dejó un sabor agridulce en Spock: una parte de él quería quedarse junto a la mujer para observarla dormir, una actividad que había encontrado muy relajante, pero otra le instaba a ir a los cuartos de Jim para confirmar su estado.

Tomando de nuevo el ascensor Spock llegó hasta la cubierta cinco en la que se encontraban las habitaciones de los oficiales superiores y la del capitán. Cuando llegó ante la puerta de Jim vaciló: si llamaba y Jim estaba durmiendo le despertaría, y si empleaba el código de anulación médica, que sólo McCoy podía darle, la entrada quedaría registrada en el diario técnico de la nave y la flota podría preguntar por el motivo de la misma. Estaba en medio de su debate interno cuando se percató de que la luz de la puerta, un minúsculo led situado en el panel de acceso, estaba en verde, lo que significaba que estaba abierta. Aquello extrañó a Spock que entró y cerró la puerta tras él. A primera vista descubrió que el despacho de Jim permanecía iluminado mientras la habitación parecía estar en penumbras.

–Jim, ¿estás ahí?– llamó Spock sin alzar más de lo necesario la voz.

La figura de Bones apareció en el umbral del cuarto del capitán.

–¿Spock? ¿Ha pasado algo?

–Nada doctor, sólo quería comprobar el estado de Jim.

Con un gesto de cabeza Bones le invitó a entrar al cuarto. En el las luces permanecían al veinte por cierto, iluminando tenuemente la estancia. Jim estaba en su cama, tumbado de lado, y aparentemente dormido, pero Spock descubrió una fina apertura entre sus párpados. Sobre la mesita había un pequeño estuche médico abierto y varios cartuchos de hipos usados.

–He tenido que sedarlo– dijo el médico sentándose al lado de Jim–. Migraña.

–El capitán no mostró ningún signo– le informó Spock recordando cómo el único gesto de fatiga de Jim había sido reclinarse en su silla.

–Nunca olvides que tu capitán es un maestro a la hora de esconder lo que piensa o padece. Siempre hay que tener un ojo encima de él– Spock siguió los suaves movimientos de la mano izquierda del doctor que ahora acariciaba con delicadeza la sien de Jim, que emitió algo parecido a un gemido pero mucho más débil–. Tranquilo niño. Duerme.

Los ojos de Jim terminaron de cerrarse. Spock permaneció observando al capitán durante trece minutos hasta que McCoy le informó en voz baja de que el joven se había quedado dormido. Ambos dejaron el cuarto y fueron al despacho en donde McCoy tenía parte de su propio equipo médico desperdigado sobre la mesa.

–Llevo casi ocho horas tratando de alejar al maldito crío de esa silla de capitán– comenzó a explicarle el médico mientras recogía sus cosas–. Finalmente accedió a retirarse tras el turno alfa de hace unos minutos. En cuando lo supe vine hacia aquí sabiendo que estaría hecho mierda. Y así ha sido. Debería dedicarme a la adivinación.

–Cuando me habló de las dolencias de Jim no mencionó las migrañas.

–De hablarte de sus alergias a revelarte parte de su historial médico hay un gran paso– le recordó McCoy.

–¿Cuánto tiempo le tomará al capitán recuperarse?

–El sedante que le he dado es uno de los pocos que puede tomar pero también uno de los más fuertes. Le mantendrá fuera de combate un par de horas.

–¿Sólo?– preguntó con extrañeza el Vulcano.

–Sí, los niveles de adrenalina de Jim están demasiado altos y no quiero arriesgarme a hacer nada más mientras sufre una migraña. De momento le he retirado del servicio por las próximas treinta y seis horas.

–¿Sus migrañas se extienden tanto en el tiempo?

–Si no tuviésemos sus medicamentos podrían durarle hasta una semana– aseveró Bones–. Para nuestra fortuna Jim dispone de un buen tratamiento que en unas diez horas le aliviará. Pero lleva demasiado sin descansar y no quiero un capitán casi adolescente y agotado correteando por los pasillos del buque insignia de la flota estelar.

–Creo que entiendo su punto de vista– dijo Spock imaginándose la escena que el médico acababa de relatar–. Si me lo permite me gustaría quedarme con el capitán para asegurar su estado hasta que usted regrese.

–¿No estás cansado?

–Apenas, y ya sabe que puedo meditar mientras vigilo el estado del capitán.

–Está bien– dijo el médico alzando el dedo índice de su mano derecha hacia él–. Pero tienes que tener muy claras tres cosas: primera, en cuanto Jim despierte has de llamarme. Segunda, va a despertar muy desorientado, no te debes de preocupar si no responde a lo que le digas. Tercera, en cuanto pueda reaccionar, y si yo no he llegado, debes administrarle el hipo verde, es para aliviar la presión del dolor en el cráneo.

–Entendido doctor.

–Más te vale– dijo entre dientes McCoy yendo hacia la puerta, pero antes de salir se volvió hacia Spock–. Recuerda: avíseme en cuanto despierte.

La quietud en los aposentos del capitán era total: Jim dormía en su cama y Spock le observaba sentado en una silla a su lado ya que, aunque el sofá estaba frente al lateral de la cama, Spock había sentido la necesidad de estar más cerca del capitán. Desde su posición podía ver los casi inapreciables movimientos que el cuerpo de Jim hacía al respirar, incluso oía cómo el aire entraba en su cuerpo. La forma en la que Jim parecía desmayado sobre la cama, unida a la joven imagen que ofrecía su relajado rostro, hizo que Spock recayese en la debilidad humana, en la fragilidad de los cuerpos de los hombres. El primer oficial ya había apreciado aquello cuando había contemplado el sueño de Nyota, pero la sensación ante ambas imágenes era muy distinta, y Spock no sabía explicar la razón.


Jim comenzó a despertar hora y media después. Lo primero que sorprendió al vulcano fue el aspecto vidrioso de sus ojos, ahora de un pálido azul que los hacía parecer grises.

–¿Cómo te sientes, Jim?

Parpadeando, Jim intentó enfocar su mirada en el Vulcano.

–¿S… Spock?

–Sí Jim, soy yo.

–¿Y… Bo…nes?

–Ahora mismo le avisaré– contestó el Vulcano marcando el número de su intercomunicador. La conversación con el médico sólo duró unos segundos, pero cuando Spock guardó su comunicador Jim trataba de ubicarse mirando a su alrededor.

Viendo el grado de confusión de Jim, Spock recordó las palabras del doctor diciéndole que hipo debía administrarle. Iba a acercarse a la mesita cuando Jim se adelantó: con movimientos lentos el rubio cogió el cartucho que debía tomar y lo cargó para inyectárselo en la base del cuello. Spock tomó de sus temblorosas manos el pequeño artilugio médico y lo deposito en la mesita.

–¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?– preguntó el Vulcano.

Jim intentó decir algo, pero parecía demasiado exhausto hasta para hablar. Con esfuerzo Spock logró discernir la palabra "agua" entre los balbuceos inconexos de joven. Le tomó sólo unos segundos replicar un vaso y acercárselo al capitán que dio dos tragos antes de volver a acostarse.

–Gracias– dijo Jim con voz más clara.

–No hay de qué, Jim.

Sin llamar, Bones entró en la habitación y pareció satisfecho al ver a Jim tumbado en la cama.

–Al menos la premisa del reposo la estás cumpliendo Jimmy.

–Pocas cosas podrían sacarme ahora de esta cama– musitó el capitán con una tenue sonrisa–. ¿Cómo están los heridos?

–Mejor que tú– sentenció Bones comenzando a escanearle con su tricorder–. Sólo hay un alférez que continua en la enfermería, el resto de lesiones han sanado y todos los pacientes han sido dados de alta.

–Buena noticia.

–¿Cómo está el capitán?– preguntó Spock viendo como Jim volvía a entrecerrar sus ojos y el médico se quedaba estudiando las lecturas del tricorder.

–Agotado y algo desnutrido. Por el contrario su migraña está mejorando a buen ritmo.

Tomando su hipo Bones dejó tres inyecciones en el cuello de Jim y comenzó a hablarle aún cuando el rubio parecía más cerca del mundo de los sueños que del de la consciencia.

–Cuando vuelvas a despertar hay que intentar tomar un poco de sopa, o un batido, niño.

–Un batido– susurró Jim acomodándose en la cama–. Prefiero… un… batido.

–Claro que sí– dijo Bones ajustando las mantas entorno al cuello del capitán–. Y de fresa con nata y caramelo por encima, lo sé.

La familiar forma en la que Bones trataba a Jim era siempre desconcertante para Spock que si bien escuchaba el mordaz tono del médico no podía dejar de apreciar cómo parecía conocer todos los gustos y preferencias del capitán y sus manos le acariciaban con una desmedida suavidad, cómo si temiese que el contacto fuese a dañarlo.

–Listo– dijo Bones indicándole a Spock que le siguiese fuera del cuarto–. He vuelto a sedarle, esta vez podrá dormir más ya que la migraña está remitiendo y no será despertado por el dolor.

Tanto Bones cómo Spock dejaron la habitación.

–¿Estará bien el capitán solo?– pregunto Spock

Su preocupación no pasó desapercibida para el médico que le miró alzando una ceja.

–¿Estás preocupado por él?

–La salud del capitán y su bienestar es la máxima de cualquier primer oficial.

–Pues yo tengo algún recuerdo en el que estabas ahogándole.

–Si se refiere al incidente acontecido en el puente de la nave hace cinco meses le recuerdo que en ese momento el capitán en funciones era yo y Jim el primer oficial.

–Cierto, pero aún así…– Bones resopló–. Olvídalo. No temas por Jim, la próxima vez que despierte será mucho más coherente, incluso puede que trate de huir.

–Lo dice cómo si eso fuera bueno.

–En cierto modo lo es, Jim se esfuerza por huir y ponerme de los nervios cuando ya está suficientemente bien cómo para pasar sin mis cuidados médicos.

Spock tomó en consideración aquellas palabras, guardándolas para futuras experiencias, y asintió.

–Está bien doctor. Me retiraré al puente y regresaré al final de mi turno. Pero si sucediese algo con el capitán durante alfa me gustaría saberlo.

–Te informaré si su estado cambia– prometió Bones.


Al terminar su turno Spock, y tal y cómo había dicho, regresó a los aposentos del capitán que esta vez no dormía; la habitación aún seguía tenuemente iluminada pero la intensidad de la luz era mayor, Jim estaba sentado en su cama, mirando hacia el ventanal desde el que podía contemplar las estrellas que le rodeaban.

–No tenías por qué regresar, Spock. No voy a salir corriendo para escaparme– dijo Jim con una sonrisa pero en voz muy baja–. Principalmente por que estoy en una nave espacial y tarde o temprano Bones acabaría encontrándome y su venganza sería terrible.

–No tengo miedo de que te escapes. Quería comprobar tu estado por mi mismo.

–Estoy mejor.

–¿Has podido comer algo?

–Aún no, el olor de la comida me produce náuseas. En cuanto me tome otra siesta se pasarán.

La forma en la que Jim aseguró aquello interesó al Vulcano.

–¿Es habitual que sufras estos dolores?

–No, pero todos acaban igual: un poco de descanso y un buen plato de comida y cómo nuevo, pero en ese orden– Jim rió–. Cuéntame cómo están las cosas por el puente.

–No me parece oportuno mientras aún te estás recuperando.

–Vamos Spock, suenas cómo Bones.

–Es lógico cuando ambos buscamos su bienestar.

–Está bien– Jim suspiró–. Pero me aburro.

La infantil declaración de Jim logró debilitar las férreas intenciones de Spock.

–Hasta mi llegada parecías muy entretenido mirando a través del ventanal.

–Sí, me gusta mucho poder contemplar las estrellas.

–Una actividad que su rango le permite realizar con frecuencia. ¿Qué ves en las estrellas para observarlas de continuo?

–Supongo que me atrae lo desconocido, saber que hay en ellas, que planetas orbitan a su alrededor, que nuevas culturas podemos conocer– los ojos azules de Jim volvieron a mirar hacia el basto espacio–. Todos los planetas que visitamos son una fuente casi infinita de conocimiento, de vida, de esperanza. Ahí fuera Spock hay tanta esperanza… que cada vez que miro las estrellas puedo olvidarme de todo el sufrimiento que padecemos en la Tierra.

Por un instante el oficial se sintió paralizado. Jim nunca hablaba de su infancia ni adolescencia por lo que saber que hechos le habían marcado era muy difícil, sin embargo en reuniones informales con su tripulación, y estando fuera de servicio cómodamente ubicado en la barra de algún bar, Jim había confesado algún que otro episodio de su niñez y aunque la información estaba sesgada Spock sabía que esta no había sido todo lo buena que un niño se merece. Se preguntó cuanto habría pasado Jim para llegar a estar ahora sentado allí, en medio de la mejor nave de la flota estelar.

–Acompáñame.

Spock se sobresaltó al sentir la voz de Jim pero hizo lo que le pedía: fue hasta la cama y se sentó al lado del capitán, imitando su gesto. Por extraño que pudiera parecer, el estar sentado junto de Jim observando las estrellas fue una actividad más que placentera para Spock que pronto se encontró en un estado similar al que alcanzaba cuando meditaba. Su calma se alteró cuando sintió un peso sobre su hombro derecho: Jim se había quedado dormido y su cuerpo se había desplazado hacia él.

Durante un segundo la mano de Jim rozó la piel de su propia mano y su visión se inundó de una descarga de luces. Retirando la mano, Spock contuvo el aliento, ¿cómo era posible que un contacto tan fugaz hubiera impactado de aquella forma en su mente?

Con la misma suavidad con la que movía el cuerpo de Nyota cuando esta estaba dormida, Spock trató de acomodar al capitán, pero este se despertó.

–Será mejor que vuelvas a dormir.

El rubio asintió y comenzó a moverse con esfuerzo aceptando el apoyo que el oficial le ofrecía.

–Lo siento Spock– musitó Jim–. Sé que no te gusta que te toquen.

–No hay problema Jim– Spock alzó las mantas hasta que estas cubrieron al capitán por los hombros–. Si eres tú no hay problema.

Jim estaba demasiado cansado para entender lo que realmente Spock acababa de decir: con el segundo contacto el Vulcano había podido entrever una entrada hacia la mente de Jim bajo la cual se filtraba una fuerte luz, que hizo a Spock desear saber más acerca de qué secretos se escondía detrás de aquella puerta.


Nota: Lamento no haber podido subir nada esta semana, pero han sido unos días bastante caóticos y no he tenido apenas tiempo para nada. Iré poniendo al día el resto de historias a lo largo de este fin de semana.
Muchas gracias :)