Iba a esperar a tener parte del capítulo ocho escrito antes de subir esto, pero el portátil me está diciendo adiós y prefiero actualizar mientras pueda. Intentaré responder a vuestros reviews lo más prontamente posible, pero lo tengo complicado…

Poco que decir esta vez; es un capítulo de transición entre la primera parte, que llegaba hasta el anterior, y la segunda, que irá hasta el final. Por tanto, es mucho más ligero, por no usar otra palabra, que otros.

Espero que os guste~.


Capítulo 7.-Un pacto con el Diablo

{Arthur's pov}

Sopló con suavidad la pólvora que se le había quedado en los dedos tras el disparo. Siempre dejaba cargada una pistola, por si acaso, antes de retirarse a dormir, porque toda precaución, por mucho miedo que infundiera su nombre, era poca. Lo ocurrido era prueba de ello.

—¡¿Capitán, se encuentra bien?! —el golpeteo de unos nudillos sobre su puerta, junto a la voz, cargada de angustia, de uno de sus hombres, un tal Robert, creía recordar, hizo disminuir la tensión de su cuerpo.

Esbozó una sonrisa. Su propia tripulación le tenía tanto respeto que, pese a haber escuchado un disparo en su camarote, no se atrevía a entrar hasta estar segura de que su presencia era requerida.

—Sólo estaba desembarazándome de una rata que ha metido el hocico donde no debía; no hay nada de lo que preocuparse. Disfruta de la celebración —se aseguró de hablar lo bastante fuerte como para que el otro le escuchara y se fuera por donde hubiera venido.

Le agradaba semejante preocupación –aunque quizás fuera algo insultante que se imaginaran un escenario en el que él hubiera recibido aquel tiro-, pero tenía mejores asuntos de los que preocuparse. Al otro lado de la puerta se hizo el silencio, así que supuso que le habría obedecido. No era como si su tripulación necesitara que le repitieran dos veces que se unieran al jolgorio del puerto. Eso, la verdad era que no había esperado llamar la atención de Robert o de cualquier otro porque ni se le había pasado por la cabeza que hubiera alguien cerca para escuchar el disparo. De alguna forma había imaginado que el español se habría deshecho de todas las posibles amenazas, aunque el que no lo hubiera hecho explicaba que no hubiese intentando acabar con su vida con una pistola, que era un método más rápido y más frío. Con un ágil movimiento extrajo la daga que guardaba en su bota y se dedicó a jugar con ella, como si estuviera a punto de lanzarla, sólo por si acaso al idiota del castaño se le ocurría moverse del sitio. Aunque después del disparo que le había pillado desprevenido no parecía estar muy por la labor de hacerlo. Pero al menos podía decir algo, ¿no?

—¿Qué ocurre? —preguntó con voz burlona, cansado de aquel silencio tan extraño— Ni que me hubiera dado tiempo a morderte la lengua…

La posible reacción del otro a aquello se perdió entre la confusión general que se veía en su rostro. Ni siquiera había cambiado de postura. Su mano seguía alzada como cuando estaba empuñando el cuchillo, aunque llevara un tiempo vacía. Sus dedos aún temblaban, intentando atrapar algo más sólido que aire. Un gesto inútil, puesto que aquello a lo que se habían estado aferrando había saltado de su agarre por culpa de su disparo certero. El arma habría acabado en algún rincón del camarote, si es que la bala no la había hecho pedazos.

—No… no me has matado. ¿Por qué?

Buena pregunta. No había sido pura casualidad que su mano se desviara en el último momento y en vez de pegarle un más que merecido tiro en la cabeza se hubiese limitado a acabar con la amenaza más inmediata del cuchillo. Aún cuando su verdadera intención al sacar la pistola había sido congelar su estúpida sonrisa para siempre. Si hasta se había despedido de él…

—¿Sabes? Tu incursión nocturna ha sido tan estrepitosamente patética que me recuerdas a la Invencible… Está claro que hay cosas que no cambian con el tiempo…

Era consciente de que mencionarle aquel evento a cualquier español era sinónimo de obtener una mirada a medias entre molesta y dolida por su parte. No importaba que hubiera ocurrido hacía tanto, aquel asunto seguía escociendo. Y él adoraba echar sal en las heridas ajenas. Aunque el español que tenía entre manos entonces estaba aún asimilando la situación y si llegó a comprender su ataque, no pareció reaccionar ante él. Maravilloso. Una pulla perfecta malgastada.

—¿Por qué no me has matado? —puso los ojos en blanco— Ibas a dispararme…

—Mírate. Tienes un tajo en la garganta, y te estás enfrentando a un hombre armado, hombre que, por casualidad, es uno de los más peligrosos con los que puedas toparte por estos lares, sino el que más. Y te dedicas a exigirle que te responda. Realmente tenéis la idiotez arraigada en vuestra cultura…

Capit-Kirkland —ah, eso estaba mejor. Prefería el desprecio evidente con el que empapaba su apellido que el falso respeto de su título— Deja de besarte el culo a ti mismo.

—No tendría por qué hacerlo si las personas encargadas de ello hicieran bien su trabajo…—la mirada del español no podía reflejar más hartazgo e incomprensión al mismo tiempo— Ah, te complicas tanto… ¿de verdad tiene que haber un motivo? ¿No puedes coger tu tonto rosario y darle las gracias a quien sea por seguir respirando? Aunque en realidad, el único responsable de semejante "milagro" soy yo, por supuesto.

—Odias a los españoles. Me odias a mí. He intentado matarte. Tú mismo dijiste que tenías que acabar conmigo. Nunca has perdonado la vida de los amotinados. ¿Por qué a mí sí? Algo debe de haberte hecho vacilar, algo debes de querer —le hubiera aplaudido de no ser porque supondría un esfuerzo demasiado grande—. O bueno, siempre puede ser que fallaras porque no eres tan bueno como quieres creer.

Su mano sufrió un espasmo al escuchar aquello y acabó cortándose en la palma. Mientras cambiaba el cuchillo a la zurda, para que no se le resbalara, se preguntó si el castaño le estaba provocando para que le matara de verdad. Respiró hondo, tratando de calmarse, aunque sabía que se le iba a terminar hinchando una vena del cuello si aquello seguía así.

—Siento decepcionarte, pero faltan unos cuantos años antes de que esté tan decrépito como para errar un tiro a esta distancia —y, lo más probable, jamás llegaría a esa edad—Aunque supongo que prefieres pensar eso a reflexionar acerca de la situación en la que te deja esto. Una situación en la que no sé… ¿te sientes como si me debieras algo? —los ojos del otro se abrieron con horror— Sé que se supone que a pesar de todo intentas ser un hombre de honor y pagar las deudas que contraes…

El castaño arrugó la nariz, seguramente recordando la última vez en la que había dicho eso. Palabras dirigidas a Alfred que habían terminado llegando a sus oídos. Más que nada porque vigilaba atentamente cuando esos dos se juntaban. Por si acaso volvía a ocurrir alguna otra desgracia.

—Siempre pago mis deudas, o intento hacerlo, sí. ¿Pero qué tiene eso que ver?

—No finjas que no lo entiendes, porque está claro que sabes de lo que hablo. Tienes una deuda conmigo, Spaniard. Dos, en realidad. Te salvé de aquel portugués. Y te acabo de perdonar la vida. Eso es más de lo que he hecho por nadie desde que recogí a Alfred. Un honor que desde luego no te mereces, pero no voy a entrar en ese tema ahora.

—Supongamos que acepto que te debo algo… ¿Qué hay de lo que me debes tú a mí, bastardo? — estaba seguro de que, si no estuviera empleando las dos manos para taponar mejor la herida, habría apretado los puños con rabia—¿Qué hay de las vidas que te llevaste? ¿De los días que me has robado? Tu deuda conmigo es mucho mayor de la que podré tener jamás contigo. ¿Por qué tendría que mover un solo dedo por ti?

Mientras hablaba, podía notar cómo el español no le estaba mirando en ningún momento. Pero no porque le estuviera rehuyendo, oh, no, sino porque el muy hijo de perra estaba buscando formas de conseguir un arma, una ruta de escape, o cualquier otra cosa que pudiera invertir las tornas. Que siguiera haciéndolo; su espada no estaba dentro de su alcance, y el resto de armas de fuego, descargadas.

—Porque la otra opción es que te encadene en mi bodega y compruebe cuánto dolor serías capaz de soportar antes de empezar a suplicarme que te mate. ¿Crees que sólo sé ejecutar a las ratas de forma rápida? —avanzó hacia él, haciendo que la luz de la luna danzara sobre el filo de su daga, por si acaso el otro se había olvidado de que estaba armado— Ni te imaginas la cantidad de cosas de las que un cuerpo puede deshacerse antes de fallar… Y por mucha lástima que me diera, lo más probable es que empezara por esos ojos tan llenos de odio con los que me miras —alargó la mano libre para poder acariciar de forma ascendente su mejilla, hasta el párpado. El español no hizo ningún ademán de detenerle, como si se hubiera quedado paralizado ante su sereno tono de voz—. ¿Te gustaría eso? ¿Piensas que lo peor en ese caso sería el dolor cuando te los destrozara? ¿Cuándo los arrancara de tu rostro? Pues te equivocas, lo peor de quedarte ciego es el miedo. Ese miedo terrible al no poder ver el destino que te aguarda, al no saber cuál será la siguiente parte de tu cuerpo con la que decida cebarme. Sólo con este cuchillo sería capaz de hacerte sufrir más de lo que puedes siquiera imaginar y, créeme, tengo instrumentos peores. Instrumentos de tortura de verdad. Quizás no tan elaborados como los de la Inquisición, pero sé perfectamente cómo utilizarlos. Así que hazte un favor por una vez en la vida, piensa, y deja de tentar a tu suerte.

En realidad dudaba en tener algo más aparte de un látigo; no se molestaba en torturar a nadie a menos que le hubieran molestado de forma especialmente insistente, y solía bastarse en esos casos con un simple cuchillo, pero el español no tenía por qué saberlo. La misión de sus palabras era intimidarle. Y creía haberlo conseguido. Ahora le faltaba el último toque.

—Además, piénsalo, es perfecto para ti —se separó de él, aunque empezó a jugar con el cuchillo de nuevo—. Seguirías estando en mi tripulación, así que podrías tener más oportunidades de acabar conmigo, si es que eres capaz de aprovecharlas.

—Sigo sin entenderlo… ¿qué ganas tú con esto? Porque si piensas que eso va a hacer que si veo a un marinero a punto de rajarte la garganta me interponga para protegerte, es que estás más loco de lo que pensaba.

—No es como si fuera una damisela en apuros que necesitase que los demás la estén rescatando continuamente como otros, así que no creo que lleguemos nunca a esa situación —ni se planteaba realmente llegar a estar en la situación de que el castaño o cualquier otra persona tuviera que ayudarle—. Pero ¿sabes? Últimamente las cosas se me hacen insípidas, no hay nada que suponga un reto para mí. Tener a un cabeza hueca honorable al que he obligado a convertirse en asesino de su propia gente y pretende matarme es… estimulante. Me ayudará a no bajar la guardia. Y ahora vete, antes de que me harte de tu cara y decida mandarte con los peces, a los que deberías estar acompañando desde hace tiempo —esbozó la más aterradora de sus sonrisas antes de terminar: —. Recuerda, puedes intentar huir. Puedes intentar esconderte. Pero sólo la muerte puede salvarte de mí, porque hasta que pagues tu deuda… eres mío.

El castaño no esperó a que se lo repitiera. Una vez que se hubo asegurado de que no iba a atacarle por la espalda –como si le fuera a servir, si le quisiera muerto, estaría ya desangrándose a sus pies sin que pudiera hacer nada por evitarlo-, salió de su camarote como alma que llevara el diablo. Arthur sintió que las piernas le empezaban a fallar en cuanto escuchó la puerta cerrarse, y rápidamente se sentó en la cama. Debería estar satisfecho consigo mismo, pero los sentimientos que le invadían eran amargos. Sí que era verdad que aquel español era idiota. Porque de lo contrario habría sido capaz de ver más allá de toda su palabrería, de su estúpido "trato". Habría sido capaz de ver que el motivo por el cual seguía respirando era otro, muy diferente.

Uno que le daba tanta inseguridad de admitir que tenía que ocultarlo tras burdas mentiras.

{Antonio's pov}

Seguía sin tener muy claro lo que había ocurrido en el camarote de Kirkland, aún después de recuperar su espada junto a la puerta y de pasarse por la pequeña sala de enfermería –si es que aquel rincón del barco podía denominarse así- en la que consiguió una tela con la que poder vendarse el cuello y limpiarse las manos. Cuando quiso darse cuenta, sus pasos le hicieron regresar a la taberna donde había estado bebiendo antes. Se vio a sí mismo entregándole varias de esas monedas manchadas de sangre que tanto le quemaban en sus bolsillos al encargado de la barra que le quedaba más cerca, y recibiendo a cambio una jarra que, milagrosamente, estaba más limpia que la anterior. Ni siquiera cuando la bebida mojó sus labios pudo distinguir qué le habían servido; su mente estaba aún tan ocupada procesando que era incapaz de saborear nada.

Si cerraba sus ojos cansados, las imágenes que venían a su memoria casi parecían recordarle a un sueño. O a las escenas que surgían en la mente de uno al escuchar la historia que alguien le contase. Como si no hubiera sido él quien lo hubiera vivido, como si se tratara de la memoria de una tercera persona. Pero el pinchazo de dolor que sentía cada vez que tenía que girar el cuello, para comprobar que ningún pirata se le estaba echando encima, le recordaba que no importaba cuán irreal podía llegar a haber sido su fallido intento de venganza, porque había ocurrido de verdad. Había sido descubierto. Había sido perdonado, aunque sólo por aquella estupidez que se le había ocurrido al pirata. ¿A qué se suponía que estaba jugando? ¿Pretendía marearle, confundirle, engañarle? ¿Cómo aquellos gatos que trataban a los ratones como entretenimiento antes de terminar despedazándolos entre sus zarpas? Y a pesar de todo… A pesar de todo, se sentía aliviado. Porque su cuerpo se estremecía sin control al recordar cuál podría haber sido su otro destino se hubiera negado a la ridícula propuesta. En aquel momento, y por mucho que le doliera reconocerlo, se había sentido aterrorizado. No asustado. Aterrorizado.

Había olvidado que, bajo la casaca que en ese momento Kirkland no había vestido, lo único que se ocultaba era un caprichoso niñato. Había olvidado todo su odio y su rencor. Y sus ganas de enfrentarle, encararle, no habían podido hacer más que encogerse en un rincón, escuchando su voz, que ni siquiera había sido amenazadora. Sólo directa y sincera. Eso era lo que había inspirado más pavor que otra cosa. Se sabía resistente, pero también había terminado convencido de que el inglés sería capaz de quebrar su resistencia si se lo proponía. Y además… muerto no podía vengarse. Gritando de dolor, encadenado a la pared, con algún miembro menos, tampoco.

Sí, por mucho que sus intenciones hubiesen sido reveladas –aunque el otro había dicho que sospechaba de él antes, ¿cierto?, así que tampoco es que la situación hubiera cambiado mucho en ese aspecto-, en realidad aquel era el mejor resultado. Aún podía matarle, tal y como Kirkland había indicado. Pero su razonamiento acerca de que él lo hacía para darle un poco de ritmo a su vida no terminaba de convencerle. Una parte de su mente parecía gritarle que había otra cosa, un motivo verdadero oculto detrás de esa excusa. ¿Pero qué le importaban las razones del rubio? ¿Qué le importaba el rubio, de hecho? Nada. Sólo lo concerniente a cuántas veces más iba a respirar antes de dejar de hacerlo para siempre, ¿verdad?

Tal vez, pero la sensación que le daba en general aquel asunto no dejaba de incomodarle, por más que tratara de distraerse con otras cosas. Porque de alguna forma… sentía como si hubiera firmado un pacto con el Diablo. Y en todas aquellas historias que se contaban, el loco o pobre humano que se atrevía a cometer semejante osadía… jamás terminaba bien parado.

—¿Qué tal lo llevas? —la voz de Francis pareció traerle desde algún lugar muy lejano hasta la realidad; ni tan siquiera se había dado cuenta de que se había sentado junto a él.

Dio un respingo, haciendo que la jarra casi se le escapara de las manos. Temía que en cualquier momento fuera a desenvainar la espada y acabara con él por haber tratado de atentar contra Kirkland, pero en el rostro del otro no había ni un solo rastro de enfado. Su mirada era gentil, como prácticamente siempre.

—¿Cómo? —terminó farfullando, al darse cuenta de que se suponía que tenía que dar una respuesta.

—Ya sabes… esta vida, este mundo… terminan afectándote hasta un punto que ni siquiera puedes imaginar. No debe de ser fácil para ti.

Esbozó una sonrisa amarga, mientras su mano libre buscaba la cruz del rosario bajo la camisa. Claro que no era fácil. Ni robar, ni matar, ni soportar el azote de una tormenta o el ataque de algún compañero.

—Creo que no necesito imaginarlo… Ni siquiera cuando duermo consigo quitarme las cosas de la cabeza…

—¿Pesadillas? —asintió, llevándose la jarra a los labios. Vaya, así que era vino— Yo aún tengo, de vez en cuando. Y llevo hasta el cuello en este cenagal durante mucho tiempo. Aunque dentro de lo que cabe te acabas acostumbrando.

Volvió a percibir aquella sensación que irradiaba Francis, la de un hombre de paz, como él, que, por unas circunstancias u otras, había terminado siendo arrastrado por un destino que, en principio, no les correspondía. Se había preguntado alguna vez si también habría sufrido el ataque de los piratas antaño. Sabía que entre algunas tripulaciones había cierta rivalidad, y que no existía ningún código que impidiera que se atacaran los unos a los otros, a menos que existiera una hermandad o un profundo respeto entre medias. ¿Quizás por eso había terminado con Kirkland, porque sus asaltantes eran enemigos del inglés? Aunque eso le parecía demasiado retorcido para el Francis que había llegado a conocer. Siempre le podía preguntar, la verdad.

—¿Cuánto tiempo es mucho tiempo? —no estaba seguro de si preguntar aquello era demasiado personal o no, pero decidió arriesgarse— Porque… por lo visto, yo no encajo en el Sombra Escarlata, pero, con todo respeto, ni Alfred ni tú tampoco. Lo de él lo entiendo, por su hermano… ¿Pero qué hay de ti? No me digas que es para buscar alguna sirena u otra maravilla que el mundo pueda ofrecerte…

—Ojalá, aunque por muy hermosas que puedan llegar a ser las sirenas, hay una doncella a cuyo lado siempre regresaré… No, estoy aquí porque conozco al capitán desde que era un crío que se sorbía los mocos, con muy poca gracia, debo decir —la sonrisa que bailaba en los labios de Francis se tornó triste y quizás… ¿nostálgica?—. Supongo que entre unas cosas y otras, te dejas arrastrar por la corriente… Y acabas donde crees que debes estar para vigilar que tu amigo no haga demasiadas estupideces.

—¿Y le has soportado durante diez… quince años? Creo que el nombre de Santo te queda mejor a mí que a ti.

—Sí, bueno… No puedo negar que más de una vez me han dado ganas de arrojarle al mar de una patada, pero no ha sido tan duro como imaginas. Antes no era así. Quiero decir, siempre ha sido orgulloso, y… cerrado… No escuchaba a los demás y era competitivo en cierta manera—por un momento había intentado imaginar al inglés como alguien normal, sin aquella soberbia, sin aquella prestancia, sin aquel olor a sangre que, aunque realmente no estuviera allí, se parecía palpar en el aire a su alrededor… Y había sido incapaz. Para él, el rostro de Kirkland siempre estaría asociado a los sentimientos que le había producido la primera vez que sus miradas se cruzaron—. No obstante… imagínate lo diferente que era antaño, si realmente, a pesar de proceder de una familia de piratas, no estaba seguro de si hacerse a la mar. Quiso renunciar a ello, incluso. Pero pocas veces los planes salen como deseas… Y aparte de la vida pirata, o la guerra, como quieras verlo, existe otra cosa con el poder de cambiar tanto a un hombre…

—¿La avaricia? —preguntó, pensando en el brillo de los ojos del inglés cuando vaciaban la bodega del infeliz navío abordado sobre la cubierta del Sombra Escarlata.

—El amor —¿El amor? Si se suponía fuente de dicha y de días luminosos… Aunque suponía que eso conllevaba también otras cosas, como el dolor al perder aquello que se amaba—. Porque uno no controla de qué o quién se enamora. Y ese es el camino más directo a la perdición —Francis dio un largo suspiro, antes de bajar la mirada—. Ah, y deberías ponerte otra venda al cuello si no quieres terminar con toda la ropa manchada de sangre —se llevo la mano instintivamente a la garganta que, curiosamente, no le había dolido durante la conversación; sería cosa del alcohol—. Espero que valiera la pena.

—¿Perdón?

Intentó que el pavor no se contagiara a su voz. ¿Acaso se equivocaba y Francis sí estaba al tanto de lo ocurrido?

—Ya sabes… has entrado en la taberna agitado, ropas revueltas… —empezó a entender por dónde transcurría su línea de pensamiento, y suspiró de alivio, tratando de que no se notara mucho— No es raro que la gente se pelee por una, hmmm, mujer especial, aunque la verdad, tu contrincante debía ser un hueso duro de roer —"Ni te imaginas cuánto", pensó con amargura—. Aunque al final lo que importa es si mereció la pena o no…

—El… encuentro podría haber salido mejor.

Diciendo aquello era a la vez sincero y no levantaba sospechas de lo que realmente había estado haciendo. Porque sabía que si Francis se enterase de sus intenciones –cosa que tarde o temprano tenía que terminar ocurriendo, a menos que por alguna razón inexplicable Kirkland decidiera guardarlo en secreto-, no se dedicaría a hablar animadamente junto a la barra de una taberna de temas triviales. Y lamentaría perder su amistad, al fin y al cabo.

—Ah, lo entiendo… Pueden escucharse verdaderos portentos acerca de una mujer y, cuando la ves en persona, sentirte como si estuvieras contemplando una estatua. Tal vez bella, pero muerta… Y no consigue llenarte tanto como quizás una doncella menos agraciada físicamente —tal vez guiado por el alcohol, o porque fuera un tema que le emocionara, el rubio gesticulaba más de lo normal—. Sobre gustos no hay nada escrito. Y eso me recuerda que a pesar del tiempo que ya llevas en el Sombra Escarlata, nunca te he preguntado por los tuyos.

—¿De verdad quieres saberlo?

—¿Para qué están los amigos si no es para hablar de mujeres con una jarra de… a saber qué mejunje en la mano? —hizo brindar los dos recipientes antes de dar un trago— Bueno, o de hombres, aunque no es un tema en el que esté muy versado.

—¿De hombres? ¿De verdad? Debes de haber bebido mucho si crees que soy uno de… bueno, de esos…

—Como he dicho, sobre gustos no hay nada escrito —apuró los restos de bebida y se incorporó—. Y ya sabes lo que dicen: hay que probar todas las frutas del árbol antes de decidir cuál es la que más te satisface…

—Eso te lo acabas de inventar —repuso con una sonrisa.

—De acuerdo, tal vez sí, pero es algo que recomiendo a todo el mundo. Créeme, no se llega a ninguna parte siendo muy cerrado de mente. A veces eso hasta puede alejarte de lo que realmente quieres.

Francis le dio una palmadita en el hombro antes de dirigirse hacia la salida del atestado local. Él estuvo a punto de hacer lo mismo, pero en su lugar se quedó sentado, mirando el fondo de la jarra, como si pudiera leer la respuesta a todas sus preguntas allí. Las palabras del rubio le hacían pensar en las de otro de cabellos de similar color, unas que retumbaban como un eco en el fondo de su mente.

Eres mío.

Dejó escapar un jadeo. Sabía por qué Kirkland las había pronunciado. Sabía qué sentido había querido darles. Sin embargo…

No dejaba de pensar en que sonaban a lo que le diría al infortunado que acabara en su cama.

Y le aterraba el hecho de que aquello no le produjera todo el rechazo que debiera.

{Arthur's pov}

—Ahí tienes una lista con los gastos del último avituallamiento —Francis le tendió un papel repleto de su cuidada y elegante caligrafía en tinta negra. Sabía que se reservaba la azul, su favorita, para las cartas que de tanto en cuanto le escribía a Jeanne—. Aunque supongo que si hubiéramos permanecido atracados más tiempo hubiéramos conseguido más barriles de agua. ¿Tenias prisa por partir o algo? ¿Hay algún motivo especial que debiera saber?

"Evitar que si ese español cambiara de idea pudiera escabullirse como una rata." Su mente pareció espetar, aunque sólo se limitó a encogerse de hombros mientras suspiraba. Aquello debiera bastar para que el otro pensara que sólo se trataba de algún extraño e inexplicable capricho y se olvidara del tema. Y, tal y como cabía esperar, funcionó. Su segundo de a bordo farfulló algo para sus adentros, dando media vuelta para marcharse.

—Ah, por cierto, Francis, antes de que se me olvide… —en realidad había esperado el momento más oportuno para sacar aquella conversación, por más que pareciera abordarlo de forma casual— Debo decir que buscando gente para alistar a mi barco eres el mejor. Continúa así y dentro de poco tendré a mi cargo a la mejor tripulación que jamás ha visto el Caribe.

—¿En serio? —el francés enarcó una ceja, suspicaz, dado que no era habitual recibir halagos de su parte.

—Supongo que si obviamos a los idiotas que intentaron amotinarse la primera noche, o a todos los idiotas anteriores, y al español que ha intentado matarme mientras dormía, se podría decir que sí.

—¿Que Antonio qué? —no se molestó en repetirlo, porque sabía que acabaría asimilándolo, y acabaría con la siguiente pregunta lógica—¿Y cómo es que no está en el fondo del mar?

—Le he perdonado la vida —los ojos de Francis se abrieron más que la primera vez que había visto a Jeanne—. Así tiene una deuda conmigo, y nunca se sabe cuándo vas a necesitar que te devuelvan un favor. Además, realmente no es una amenaza, sus patéticos intentos de asesinato no van a llegar a ninguna parte. Me divierte verle sufrir.

—Arthur…

Cómo lo había sabido. El español era fácil de engañar, pero Francis… Francis era capaz de ver que todo eso era simple aire, una maniobra de distracción. Suspiró. Aunque pudiera ocurrírsele una mentira mejor en los siguientes dos segundos, cosa poco probable, tenía más que claro que el otro no abandonaría su camarote hasta conocer la verdad. Y era alguien más paciente que él.

—Iba a meterle un tiro entre ceja y ceja, ¿de acuerdo? Iba a dejarlo tieso en el sitio, como debí hacer el día en el que decidiste que era una buena idea meterlo en mi barco. O el día que me encontré con él en A magyar boldog y se atrevió a llamarme niñato cobarde. O el día que-

—Ya, y yo iba a ser un mujeriego empedernido y aquí estamos —su segundo le interrumpió, moviendo la mano de un lado a otro, viendo que se iba a explayar con aquello—. Yo con Jeanne y Antonio aún respirando mientras se pasea por la cubierta. ¿Qué pasó exactamente?

—Saqué la pistola, y apunté hacia él. Y… y… ¡maldita sea, Francis, fui incapaz de matarle! —decirlo en voz alta lo hacía parecer aún peor de lo que había sido— Me incordia como pocas personas han logrado conseguir, está aquí por su estúpida misión de venganza, es un jodido español, tiene los malditos ojos de esa zorra… Y…—su voz se negó a seguir obedeciéndole, y se mordió el labio inferior. Maldita sea… ¿qué demonios le pasaba? ¿Acaso se le había pegado la estupidez del castaño? — … fui incapaz de acabar con todo porque lo único en lo que pude pensar justo antes de apretar el gatillo fue que no podía acabar así. Aún no. No hasta que…

Su mirada debió de ser lo bastante significativa –o simplemente el francés ya le conocía demasiado bien-, porque no necesitó que terminara aquello para que el otro supiera qué quería decir.

—¿Hasta que te acuestes con él? —arrugó el ceño. Escuchar aquello, pese a que fuera lo que pensaba, lo volvía casi obsceno— ¿Qué se supone que me estás queriendo decir? ¿Qué sigue vivo sólo porque te atrae? ¿Y entonces qué? ¿Cuándo lo hayas conseguido lo vas a arrojar por la borda hecho pedazos? —se encogió de hombros. Quizás fuera una buena idea— Pues permíteme decir que esa forma de tratar al amante es de un gusto más que pésimo. Sólo a un inglés podría ocurrírsele semejante espanto.

Por favor, adónde iba a parar…

—¿Y cómo debería tratarlo, según tú? ¿Regalándole flores hechas de piedras preciosas? ¿Llevándole a las mejores islas del Caribe, apartadas del bullicio y con esas maravillosas playas de arena blanca? Lo único que quiere ese hijo de perra es matarme.

—Y seguro que tiene unas razones más que sólidas para ello… No es como si fueras una hermanita de la caridad, mon ami.

—Ah, ¿así que es eso? ¿Le has cogido cariño? ¿Le tenías cariño de antes y por eso decidiste alistarlo? —ni se dio cuenta de que iba subiendo el tono a medida que hablaba— ¿Debo esperar que la próxima vez que venga a apuñalarme quizás sea tu mano la que lleve el arma y no la suya?

No había ni cerrado la boca tras terminar de decir aquello cuando Francis le agarró del cuello de la camisa, obligándole a alzar el rostro, dado que le superaba en altura.

—Sí, le he cogido cariño. Y me entristecería verle morir. Pero no te atrevas, jamás, a dudar de mi lealtad —cualquier otro tal vez estaría gritando en esa situación. Pero la voz del francés, pese a todo, estaba tranquila. Templada con furia, ciertamente, pero tranquila—. Sabes que yo no tendría por qué estar aquí. Sabes que en principio, tendría que haber sido el segundo de a bordo de otro capitán. Y sabes que si me quedé en el Sombra Escarlata fue únicamente porque me lo pediste. No he estado cuatro años soportando a tu maloliente tripulación, tu ceño fruncido y tu instinto suicida para que pienses, como remota posibilidad siquiera, que puedo llegar a traicionarte.

—Lo siento… —aquellas palabras, medio atragantadas porque no era capaz de hablar en condiciones debido al agarre del otro y a la sorpresa, parecieron bastar para serenarle y soltar su camisa. Suspiró, aliviado. Lo único que le faltaba ahora era provocar un enfado a su amigo por culpa, de acuerdo, de sus palabras, pero dichas sin pensar— De verdad, Francis… No soy capaz de pensar con claridad. No sé lo que me pasa…

Se sentó en el borde de la mesa, llevándose las manos al rostro. Por supuesto que confiaba en él, aunque jamás lo dijera. Nunca le había fallado. Realmente sabía que si había entablado amistad con el español, era porque poseían ciertas características comunes y era obvio que tendrían que acabar congeniando en un espacio tan pequeño como era un barco, por mucho que le pareciera mal. No podía culparle por ser una persona que necesitara el contacto humano mucho más que él. Estaba dejando escapar toda la rabia y toda la confusión que le revolvían las entrañas, salpicando a la única persona que estaba a su alrededor en esos momentos. Y, por una vez, se estaba dando cuenta de lo injusto de sus acciones.

—Está claro. Por primera vez en mucho tiempo, no controlas la situación. Y eso te aterra porque te recuerda a lo que pasó con Isa… con ella. Pero esta vez no es igual. Antonio ya no puede pillarte desprevenido, y además ahora sólo se trata de atracción física. Porque sólo es atracción física, ¿verdad? —apartó la mirada, como si de pronto se sintiera incómodo por sus ojos celestes—… ¿Arthur?

La voz del vigía, amortiguada como el resto de los sonidos del exterior, le ahorró el tener siquiera que pensar en la respuesta.

—¡Barco a la vista! ¡Barco a la vista! —apenas había terminado la segunda oración cuando él ya, intentando evitar a toda costa a Francis, se dirigió rápidamente cubierta— ¡Y es demasiado pronto para asegurarlo, pero juraría que viene en nuestra dirección!

Alzó una ceja, sorprendido. Ellos no habían marcado ningún rumbo fijo, así que no era probable que estuvieran siguiendo su misma ruta. Y teniendo en cuenta lo amplio que era el océano… ¿qué probabilidades había de que se estuvieran dirigiendo hacia el Sombra Escarlata? Porque los navíos con los que se topaban normalmente intentaban huir, aún cuando no hubiera enarbolado su estandarte. Porque ningún marinero con dos dedos de frente se acercaría a otra embarcación que no tuviera su misma bandera… Estrategia que sabía que otros piratas utilizaban, el usar un emblema de algún país, para sorprender a sus víctimas, aunque él nunca la había empleado. Sería como esconderse. Y no necesitaba esconderse. Era el Azote del mar Caribe. Eran los demás los que debían encogerse de miedo a su paso… ¿Y entonces…? ¿Qué demonios le pasaba a aquel barco? A menos que se tratara de…

—¿Posibilidad de que sea la avanzada de una flotilla inglesa? —sabía que en esas aguas era más probable encontrase navíos británicos que españoles, aunque cosas más extrañas se habían visto.

Quizás la Marina Real estuviera intentándole dar caza. Otra vez.

—¡Ninguna, capitán! Parece ser un solo barco. Y está enarbolando su bandera ahora, así que no puede tratarse de un navío oficial.

Aquello sólo le dejaba la posibilidad de que fuera otro pirata. Lo cual podía traer algunas complicaciones, dependiendo de cuánto llevara la otra tripulación sin catar tesoros o pisar tierra. No es que se acobardara, por supuesto, porque si no se achantaba ante dos naos portuguesas, temer a un navío de menor categoría era estúpido. Porque gracias a su posición conocía muchos de los barcos de sus "camaradas" de oficio en aquellas aguas, y sabía que el Sombra Escarlata era superior a ellos en varios sentidos. Además, imponía respeto, como la figura de un rey si hubiera algo parecido entre bucaneros. Y a pesar de que su bandera no estuviera ondeando en el palo mayor, la dama de proa sería suficiente distintivo como para que cualquier otro pirata supiera quién era. Y que no debía meterse en su camino con malas intenciones. Pero aun así, tenía curiosidad por saber quién era el idiota que se les estaba acercando, y por qué.

—Descríbeme la bandera de nuestro, hmmm… invitado —escuchó algunas risas de su tripulación. Seguramente estarían pensando que si se trataba de un barco de poca monta incluso podían abordarlo. Pero dentro de lo que cabía, evitaba esas prácticas, a menos que sus hombres y él mismo necesitaran con desesperación un asalto.

—No parece diferente a la Jolly Roger de cualquier otro barco, capitán, lo lamento… —uno de tantos, entonces, nada de lo que preocuparse—Ah, ¡espere! No son tibias cruzadas lo que lleva debajo de la calavera… son… ¿dos cardos?

A la mención de aquello, Arthur sintió cómo su rostro perdía color. No podía ser… Tenía que haber escuchado mal. Sus ojos buscaron rápidamente entre la multitud de cubierta hasta dar con Francis, que le estaba mirando directamente a él. La mueca, a medias entra la sorpresa y la preocupación que se dibujaba en su rostro, le indicó que sus oídos no le habían engañado. Porque el otro también había reconocido la bandera. Y ambos sabían quién era el capitán de aquel navío…

—¿Podríamos evitarles? —preguntó una vez que se sintió con fuerzas suficientes como para que la voz no le temblara.

Aquellos que estaban a su alrededor se giraron hacia él, y no necesitó apartar la mirada del vigía para notar que la incredulidad sería lo que más se dejara ver en sus ojos. Lo que había dicho no dejaba de sonar como si estuviera huyendo. Pero no era cierto. No estaba huyendo… ¿verdad? Percibió a su lado la presencia de Alfred, aunque sabía que era lo bastante listo como para no preguntar por el otro barco mientras estuvieran en cubierta, por mucho miedo o incomprensión que sintiera. Bueno, ya eran dos, aunque lo que le embargaba en ese momento no era miedo… exactamente.

El timonel, por suerte más avispado que el resto de aquella panda de inútiles con la boca abierta de la que de pronto se veía rodeado, interpretó su pregunta como una orden, e intentó hacer virar el barco. Ni siquiera aquella sacudida hizo reaccionar a la tripulación; Arthur mismo seguía asimilando el hecho de que él estuviera allí. En sus aguas.

—El viento parece ir a su favor, y es un navío más ligero por lo que parece —la respuesta del vigía casi ni le pilló por sorpresa, pero eso no hizo que su angustia disminuyera—Acabarán dándonos caza tarde o temprano.

No podía eludir aquello y además había mostrado cierta debilidad ante sus hombres. O suponía que lo interpretarían como tal. Los mismos hombres que intentaban recuperarse de la sorpresa de que hubiera algún barco en el Mar Caribe al que Arthur Kirkland quisiera evitar. Y los mismos que estaban esperando órdenes de alguna clase para saber cómo actuar ante la situación en la que jamás hubieran pensado encontrarse.

—¿Pero bueno, qué es esto, una tripulación de pasmarotes? ¿Acaso queréis hacer quedar mal al capitán por vuestra holgazanería? —la voz de Francis hizo que todos salieran de aquella extraña atmósfera, incluido él mismo, que había estado pensando sin resultado cómo distender el ambiente— ¡Sacad brillo a la cubierta, limpiad todas vuestras literas, vamos, vamos!

Antes de que sus hombres se desperdigaran para cumplir con sus tareas, pudo distinguir una sonrisa entre tanta cara confusa. Una sonrisa satisfecha, al haber conseguido verle lo más asustado que nadie le había llegado a ver en mucho tiempo. Maldito español. Ni siquiera comprobar cómo llevaba aquella venda en el cuello, y cómo tendría que seguir con ella hasta que la herida que le había hecho cicatrizara, disminuía la sensación de derrota que aquello le producía. Porque no sólo había parecido cobarde ante sus hombres, sino ante el castaño. Y eso era algo que no toleraba. Menos cuando seguía sonriendo sólo por su estúpida flaqueza. Sólo porque tenía debilidad por los ojos verdes. Sólo porque le deseaba.

Mientras dudaba en si no sería mejor pegarle un tiro allí mismo y terminar con todo, Francis se acercó a él de dos zancadas. Sentía que le fallaban las piernas. ¿Por qué todo lo que le recordaba su pasado parecía haberse puesto de acuerdo para aparecer de nuevo en su vida al mismo tiempo? ¿Era acaso una burda treta del destino en el que nunca había creído? Cuatro años atrás, en una noche iluminada por la luna roja de llamas y sangre, había creído que sus caminos jamás volverían a cruzarse de nuevo. ¿Por qué habrían de hacerlo? El otro solía navegar por mares más septentrionales, por la zona de las colonias inglesas en Norteamérica, y pocas veces descendía a las cálidas aguas del Caribe. Y sin embargo…

—¿Por qué está aquí? —le preguntó a su segundo, aunque supiera que no tenía más idea que él, observando cómo la distancia entre ambos barcos parecía acortarse con increíble rapidez— ¿Y cómo me ha encontrado?

—No lo sé, pero sí sé que te puede traer… algunos problemas —la mirada del francés se desvió hacia algún punto a su espalda, y antes siquiera de girarse, sabía perfectamente a quién estaba mirando.

Alfred.

{Alfred's pov}

Había algo en aquel barco, aparecido de la nada, emergido de las profundidades a imitación del Holandés Errante de las leyendas, que le causaba una horrible sensación de ansiedad. Aparentemente no tenía ningún motivo para ello; no había nada que indicara que fuera una tripulación más agresiva de lo normal, y el navío, adornado con un unicornio en su proa, tampoco parecía especialmente amenazador. Eso hacía que, al tiempo que se terminaba de acercar al Sombra Escarlata, su desazón aumentaba. Y claro, eso no ayudaba con la inquietud que además producía el haber visto a su hermano reaccionar de aquella manera tan impropia ante la mera mención de la otra bandera. Si bien él mismo no podía ni mucho menos declararse un experto en la materia de emblemas y pabellones, Francis, con el paso de los años, había ido instruyéndole en los puntos más relevantes del asunto. Muy en contra de los deseos del Capitán, obvio, porque no dejaba de ser un paso más hacia el corazón del mundo del que tanto le había instado a alejarse. Pero no lo había hecho para contrariarle, o por sentirse más en sintonía con la vida pirata. Había sido para satisfacer esa curiosidad que, cuando le picaba, era poco menos que imposible acallar hasta ser atendida. Y en ninguna de sus lecciones el francés le había mencionado flores de cardo o algo similar. ¿Así que quién demonios, sin tener un emblema merecedor de un puesto en aquellas clases acerca de piratas famosos, era capaz de hacer que su hermano pareciera, por unos instantes acorralado?

Ciertamente temeroso –aunque se había jurado tratar de mantener aquel sentimiento a raya- de la clase de monstruo que podía capitanear el navío, cuyo mascarón era de todo menos terrorífico, irónicamente, retrocedió unos cuantos pasos. Hasta regresar al rincón junto a la borda donde antes del aviso del vigía se había sentado. Johan, el hombre con el que había estado practicando nudos marineros no se había movido del sitio. Era uno de los miembros más veteranos de la tripulación, un holandés a cuyo pelo rubio se empezaba a asomar algún que otro cabello plateado. No había reaccionado ante la descripción de la bandera como el Capitán o Francis, que también la reconocía al parecer, pero en cuanto aquel portentoso unicornio que adornaba el navío se hizo claramente visible, le escuchó murmurar algo que sonaba a "El hijo pródigo vuelve al hogar". Frunció el ceño. ¿El hijo pródigo? ¿El hijo de quién? Porque en su momento, logrando que sus sueños fueran inquietantes durante días, le habían explicado de dónde surgían los niños. Y, que él supiera, el Capitán no había yacido con ninguna mujer en mucho tiempo… Descontando a la tal Isabel, claro, pero aun así era imposible que tuviera un hijo lo bastante mayor como para manejar un barco…

Sumido en aquellos pensamientos, meditando acerca de si debería preguntarle a Johan o esperar que alguien más le explicara la situación que no era capaz de comprender, no se dio cuenta de que una pasarela -mucho más estable que aquellas que debían mal aparatar durante los abordajes- había sido debidamente colocada y que un hombre la había cruzado. Uno solo, que ahora se alzaba en la cubierta del Sombra Escarlata con una arrogancia y una seguridad en sí mismo con las que sólo recordaba haber visto al Capitán pasear sobre aquellas maderas. A primera vista, cualquiera diría que el desconocido se sentía dueño del barco. Algo dentro de él le gruñó. Aunque estaba claro que no se trataba de un cualquiera, puesto que su mera presencia imponía, nada le daba derecho a actuar así.

¿Quién se suponía que era?

Así a ojo le calculaba una edad parecida a la de Francis, por debajo de la treintena. Sus cabellos, de un insólito color rojo, se escapaban por debajo del ala del sombrero negro con el que coronaba un rostro de piel pecosa y rasgos marcados con cierto aire severo, una sonrisa que se le antojaba cargada de diversión y malicia, ojos tan verdes como los de su hermano y una barba más incipiente que la del francés, pero igual de cuidada. Fuera quien fuese aquel hombre, que le sacaría una cabeza si llegara a situarse a su lado, estaba claro que se preocupaba por su apariencia. Al igual que no había un pelo de más o mal recortado en su barba, no se veía ni una sola mancha en su atuendo. Una casaca verde profundo, bajo la cual se veían una camisa bordada con detalles dorados, unos pantalones oscuros, un fajín de extraño patrón –cuadros verdes y negros, con varias tonalidades-, sujeto por un cinturón tan negro como sus botas. Un sable a la derecha y una daga a la izquierda. Todo impoluto. Uno diría que hasta demasiado, para tratarse de un hombre de mar. Era casi como si hubiera restregado aquellos ropajes para eliminar hasta el más mísero rastro de suciedad específicamente para aquel encuentro, como… como si hubiera venido a buscarles desde algún punto remoto del mundo…

La curiosidad se impuso casi inmediatamente al temeroso respeto y volvió a abandonar a Johan para acercarse lo más posible sin llamar la atención. Así que, mientras el pelirrojo daba un vistazo a su alrededor, sin dejar de avanzar hacia su hermano, que parecía de todo menos contento por verle allí, terminó de asimilar los últimos detalles del extraño. Una pipa lacada con esmalte blanco y ámbar, que se llevó a la boca un par de veces durante su intervención; y una cicatriz, que transcurría desde un poco más arriba de la ceja izquierda a la mejilla de ese mismo lado, aunque el ojo no hubiera sido afectado por el golpe, afortunadamente para él. Y ahora que se fijaba más, esas cejas…

—No creí que el gran e increíble Arthur Kirkland tratara de huir de mí como una rata cobarde, escondiéndose en las alcantarillas —el pelirrojo se hacía escuchar por encima de los murmullos de la tripulación, que trataba de identificar al extraño, como él. Y sin mucho éxito, por lo que parecía—. Una mancha deshonrosa en tus historias repletas de pillaje y violencia. Esto es decepcionante, vas a echar a perder tu bien amada reputación…

—No finjas que te preocupa mi reputación, Alistair —sabía ver que el Capitán estaba tenso, como si tuviera que obligarse a permanecer quieto en aquel lugar y no salir corriendo—. Pero igualmente, si con esto consigues dormir mejor, no estaba huyendo. Te estaba evitando. Creo que es evidente que no quiero verte —entrecerró los ojos, retadores—. No sé por qué pensaba que eso nos había quedado claro a los dos la última vez.

—Ah, hieres mis sentimientos —se acercó hasta él para pasarle un brazo por los hombros, haciendo que se estremeciera. Alfred estuvo de lanzarse para apartarle, pero de alguna forma, logró contener su impulsividad—. Me recibes con tanta agresividad… Nada de un reencuentro emocionado o un "¡Cuánto tiempo! ¿Cómo te ha ido todo?"... Lástima. Con lo mucho que yo te he echado de menos, hermanito…

Su mente intentaba comprender la situación cuando la palabra "hermanito" se escapó de la boca del extraño, envuelta en algo que no se sabía si se trataba de ironía o no. Parpadeó confuso. ¿El Capitán tenía hermanos? ¿Hermanos de verdad? Aunque quitando las cejas y los ojos, no era como si se parecieran mucho. Aunque tal vez solo fuera que, habitualmente, los hermanos no tenían por qué ser tan similares como habían sido Matthew y él. O quizás era sólo un mero título nominal, sin relación consanguínea. Y aun así…

El Capitán jamás había mencionado a ningún Alistair.

"Tampoco a ninguna Isabel." Se recordó, dolido. Podía fingir conocer a su hermano todo lo que quisiera, pero la verdad no dejaba de ser dura: Arthur guardaba mucho de sí mismo detrás de una robusta puerta, y jamás le había ofrecido la llave para abrirla. Ni siquiera había sido invitado a echar un vistazo rápido por la mirilla. Y respetaba la decisión de su hermano, pero… ¿de verdad había tanto que esconder? ¿Y de quién exactamente lo estaba ocultando? ¿Del mundo? ¿De él? O quizás… quizás lo mantenía tan en secreto porque Arthur mismo no soportaba verlo…

—Me alegra ver que, a pesar de tus misiones de abordaje suicidas, el Morgaine sigue intacto —la voz de Alistair, grave pero no áspera al oído, le trajo de regreso a cubierta—. Y en muy buen estado, además. Padre estaría orgulloso.

Padre… así que si se trataba de hermanos de verdad… ¿Y Morgaine? ¿Qué era aquello?

—Ya no se llama así —pudo notar cómo el Capitán apretaba la mandíbula al escuchar aquel nombre refiriéndose a su navío—. Es el Sombra Escarlata. Y es ahora mi barco. Harías bien en recordarlo.

—Claro que lo recuerdo. ¿Cómo olvidar que tú te quedaste con él cuando debería haber sido para mí?… —una nota oscura vibró en su voz, a pesar de que la sonrisa no abandonara su rostro— Aunque soy terrible para los nombres, ya lo sabes. Y hablando de nombres, creo que debería presentarme a tu tripulación; veo tantas caras desconocidas que me miran como si fuera un perro del infierno…—se quitó el sombrero para hacer una reverencia burlona—. Alistair Kirkland, caballeros. Capitán del Morgause, apodado El Escocés en las aguas que navego. Y cómo no, hermano mayor de vuestro querido capitán…

—Hermanastro —corrigió éste molesto, aunque Alfred realmente no llegó a escucharlo.

Su mente se había quedado bloqueada en algo que había dicho el pelirrojo, y se aferraba a ello pese a que quemara como el hierro candente. Porque podía haber desconocido su bandera o su barco. Podía haber desconocido su aspecto o su nombre. Pero aquel apodo brillaba con el fulgor de las llamas en su memoria.

Porque era el del bastardo que había asaltado su pueblo, y por el cual ahora Matthew estaba muerto.


Sí, el OC que anuncié hace como eones era Escocia. El cardo es la flor nacional escocesa, por eso quise ponerlo en su bandera, y el unicornio es el animal nacional –por eso el escudo del Reino Unido está rodeado por un unicornio, y un león, de Inglaterra. Desde que decidiera qué nombre usar para él hace dos años y pico, he visto muchas variantes, pero al final opté por seguir manteniendo mi idea original. Que, por cierto, significa "defensor de la humanidad". Como nota aparte, el antiguo nombre del Sombra Escarlata y del navío de Alistair van a juego: Morgaine –o Morgana, en su escritura más conocida- y Morgause, hermanas hechiceras y antagónicas del Rey Arturo en las versiones más extensas y famosas de la leyenda.

Acerca de la camaradería entre piratas… bien es cierto que muchas veces, varios capitanes formaban alianzas para poder asaltar mejor otros barcos, pero no era raro que se abordaran entre ellos, sobretodo a aquellos "menores" y que no se encontraban en ninguna hermandad. En esta historia Arthur no está dentro de ninguna alianza, si bien su "posición" hace que los demás no se atrevieran a atacarle, en la vida real seguramente hubiera tenido que formar parte de algún pacto para mantener su estatus, o lo más probable es que los demás se hubieran acabado alzando contra él. Como indica el dicho, "no hay honor entre ladrones".

¡Hasta el siguiente capítulo!