Manuela supo que algo andaba mal con solo inhalar.
Un perfume dulzón invadió su sentido de olfato por completo, arrugando la nariz mientras se preguntaba dónde había quedado ese olor a papel de impresora y a gente aburrida de oficina.
Apretó "P", pausando el Pinball que prometía una Alta Puntuación, antes de alzar la cabeza, buscando el humanoide causante del perfume con aroma a andá a saber que mierda. A ella no le interesaba.
Se topó con unos ojos brillantes de color verde, remarcados por delineador y otros componentes de maquillaje que la chilena apenas usaba. El pelo rubio caía como cascadas doradas, tapándole los hombros y parte del cuerpo al estar inclinada sobre el escritorio. Del pelo lacio perfecto resaltaba un mechón salvaje, extrañamente separado y medio saltarín que le daba un aspecto adorable y simpático, hasta carismático. A pesar de la camisa y la pollera negra que pintaban formalidad, la onda hippona de la chica resaltaba en el pañuelo colorido que recogía su flequillo y en sus aros, y quizá un poco en sus sandalias primaverescas.
-¿Qué necesitas? –preguntó amablemente Manuela, tocándose su cabello corto y rebelde que hacía juego con sus ojos.
-Soy tu nueva compa de trabajo –dijo con voz un poco molesta mientras rodeaba el escritorio y la empujaba con el culo para que le dejara un lugar en el asiento.
-Hay sillas por allá –se quejó la chilena.
-Parece que no sos muy trabajadora, ¿Eh?
Manuela se había olvidado de minimizar el juego, y se sonrojó un poco, avergonzada.
-No, lo que ocurre es que…
-Tendremos un gran campeonato de Pinball, mi querida compañera –rió la rubia y sus ojos se encendieron con un brillo especial al reírse, dejando a la chica que tenía al lado un poco atontada.
-Soy Manuela –se presentó la chilena –la que te ganará tantas veces en este juego que tendrás que renunciar para no verme la cara de la vergüenza –se burló la morocha, con una sonrisa más animada.
-Y yo soy Martina, mucho gusto –contestó la argentina –futura mejor amiga y novia de la cual te apiadarás, ¿No?
Manuela enrojeció, sin saber por qué estaba asintiendo.
-Bien, entonces seguí con ese juego, la ganadora elije donde comemos en nuestra primera cita –rió Martina, decidida a quedarse para ella sola la mujer bonita que la había flechado en cuanto puso un pie dentro de la oficina.
Manuela, encandilada y todo, frunció el ceño. No era así de fácil, por supuesto que no.
Y aun así ya andaba pensando en donde comerían esta noche.
