Disclaimer: Yu-Gi-Oh! y sus personajes le pertenecen a Kazuki Takahashi. Tampoco son de mi autoría las referencias hechas a través de la historia.
7
"I will walk, with my hands bound
I will walk, with my face blood
I will walk, with my shadow flag
Into your garden
Garden of stone"
…
Una suave brisa murmuraba en las copas de los árboles vestidos de otoño. La luz de los últimos rayos del sol crepuscular se colaba entre las hojas rojizas, ondulándose en las ramas y dorando los troncos. El canto libre de las aves viajaba en el viento y el tiempo como un eco perdido en el susurro de los álamos y, en el cielo, un dramático estallido de ocres y bermellones se derramaba en las nubes y en las flores del césped como un oleoso bálsamo de colores.
Por el ancho y largo sendero gris que surcaba la alameda principal del Parque Central de Dominó, una pequeña niña conducía su triciclo con torpeza y, a la vez, tierna determinación, siempre bajo la atenta mirada de su sonriente abuelo. El chirrido que emitía el mecanismo del vehículo de tres ruedas cada vez que la infante pedaleaba, hería con timidez la atmósfera tranquila del parque cual agudo sonido de un viejo columpio.
—Vamos pequeña mía, tú puedes lograrlo —decía el abuelo, con su sonrisa perenne, caminando despacio a un costado de su nieta—. Un pasito a la vez.
—Es difíchil —refunfuñaba la niña, de brillantes coletas rubias y mirada turquesa—. Me da miedo.
—No tengas miedo, querida mía. Yo te protegeré.
La rubia niña tenía la vista fija en el movimiento lento y errático de sus diminutos zapatitos de cuero con tres corazones en la punta, apoyados con firmeza en los pedales de metal. Sus gruesas medias blancas estaban algo sucias en la zona de la rodilla y su abrigo café estilo británico lucía completamente desarreglado. Seguramente, su madre pondría el grito en el cielo, pero era lo que menos le importaba: todo lo que quería hacer era lograr a toda costa dominar el misterioso arte de aprender a andar en triciclo, para que su abuelito estuviese orgulloso de ella…
Pero Arthur jamás había dejado de estar orgulloso de su pequeña nieta. Ella, "la niña de sus ojos" era el orgullo de sus orgullos. El aliciente de su vida. La única razón por la cual todos los días le pedía al Universo vivir hasta verla convertida en la bella y sabia mujer que su corazón había intuido. El hombre había sido capaz de ver la magnificencia del conocimiento en el brillo curioso de aquel par de ojitos infantiles de mirada tenaz. Un vibrante deseo por conocer el mundo y entender los misterios de la realidad sensible residía en aquellos grandes esmeraldas. Pronto supo él que todos los libros de su biblioteca serían devorados por esos luceros inquietos; que su estudio se convertiría en el lugar predilecto de aquella inocente ciclista y su rubia cabecita sería capaz de aprender todos los secretos del Duelo de Monstruos en menos de lo que canta un gallo. Haría lo que estuviese en sus manos por convertirla en la mujer que ella eligiese ser; en una mujer libre, amante de la vida y del conocimiento. En una mujer feliz. En la mujer más feliz del mundo.
—¡Lo logré, abuelito, lo logré! —chillaba, alegre, la niña de cabellos dorados. Arthur la miró pedalear con fluidez por el sendero del parque y sonrió satisfecho, como tantas otras veces lo había hecho. La contempló alejarse por el camino sembrado de hojas caídas durante largos minutos, como si quisiese grabar el momento en el fondo de su corazón.
—¡Muy bien, mi Rebecca! ¡Sabía que lo lograrías! ¡Solo ten cuidado!
Que tuviese cuidado, le decía el abuelito. Pero, ¡qué maravilloso se sentía la caricia veloz del viento en sus mejillas! Era la niña más feliz del mundo. Porque ella era Rebecca Hawkins, y había aprendido a andar en un triciclo. Su abuelito estaba orgulloso de ella y así lo estarían, también, sus padres cuando lo supieran. ¡Qué feliz se pondrían! Y lo estarían aún más si lograba ir más rápido. Más rápido que la bicicleta de mamá; más rápido que el auto de papá. Más rápido que un avión, una estrella, ¡un cometa! ¡Ella era el cometa! Se veía surcando los cielos para conocer miles de planetas, millares de galaxias y centenares de soles. ¡Podría volar por los cielos, como las aves del parque! ¡Mira, abuelito: ya puedo volar!
El tenue fulgor crepuscular se derramaba en el claro de un bosque. El tímido brillo de las primeras estrellas comenzaba a aparecer en la inmensidad del firmamento. El viento había empezado a perder su calidez otoñal, para convertirse en una fría brisa nocturna. Grandes sauces lloraban su verde pena en la superficie de un enorme lago y, en el horizonte, la silueta gris de las montañas recortaba el cielo agonizante de luz solar. Los colores del paisaje se habían diluido en un inquietante hechizo ocre, como si hubiesen sido víctima de una espesa veladura. Los ojos esmeraldas de Rebecca se movieron por el lugar buscando un árbol, arbusto o sendero conocido, mas nada de lo que veía le resultaba familiar. Todo era mustio, ajeno y extraño. Entonces, una idea tan perturbadora como el paisaje que tenía ante sus ojos gritó en el fondo de su cerebro, paralizándole la garganta y los músculos de su cuerpo.
Se había extraviado.
Quiso llorar, pero sus ojos resistieron las lágrimas. Debía buscar una solución y no portarse como una niña pequeña. Su abuelito, de seguro, la estaría esperando un par de metros más allá, junto al lago. Solo debía caminar hasta allá si no quería perecer bajo las rarezas de un solitario bosque sin luz. El canto de los pájaros había cesado y los perros habían comenzado a ladrar en la lejanía. Pronto, la noche cubriría todo lo visible con su oscuro manto de estrellas, y todo lo invisible e imaginario cobraría una inusitada vida.
Debía apresurarse.
Despacio, bajó de su bicicleta y la dejó junto al tronco de un roble. Agradeció el calor de su abrigo color salmón y de su pantalón de mezclilla: había empezado a hacer frío. El viento agitó sus largos cabellos rubios con fuerza, amenazando con llevarse consigo su querida bufanda amarilla, recuerdo de una infancia feliz. Sintiendo el ruido de las hojas secas quebrándose bajo el peso de sus botas café, caminó lentos pasos hasta aproximarse al borde del extenso lago de aguas mansas. Enfocó la vista hacia el horizonte, hasta dar con una silueta oscura que emergía de la superficie acuosa apenas iluminada. Con un dedo índice, acomodó sus lentes de media luna y comprobó que se trataba de una figura humana cubierta hasta la cintura por el agua. Percibiendo el cosquilleo de la angustia en el fondo de su pecho, hundió sus botas en la quietud del lago y comenzó a caminar con temor e incertidumbre. Sus ojos se contrajeron de ansiedad al comprobar, tras unos instantes de marcha, que se trataba de la delgada silueta de su querido abuelito. Llorando de tristeza, corrió para intentar alcanzarlo, pero la distancia entre ambos crecía a cada paso que daba. Con el agua hasta cuello y ya sin poder tocar fondo, extendió sus brazos y gritó con desesperación:
—¡Abuelo!
Fue cuando se dio cuenta de que su voz ya no era la de una niña.
—¡Rebecca! —la llamó el hombre, con lágrimas en sus ojos, desde su distancia—. Rebecca… Te dije que tuvieses cuidado, hija mía…
—¡Ayúdame, abuelo, por favor! —sollozaba la rubia, luchando por mantenerse a flote—. ¡Dame tu mano! ¡Llévame contigo!
—No puedo hacerlo, querida Becky, no puedo hacerlo… —dijo Arthur, esta vez, al borde del llanto.
—¡Ayúdame! ¡Ayuda!
—No puedo ayudarte, hermosa niña de mis ojos… Esta vez, no puedo hacerlo… —lloraba el hombre—. Tendrás que salvarte a ti misma… ¡Nada hasta la orilla, Becky! ¡Nada! ¡Aun estás a tiempo de volver!
—¡No quiero volver! ¡Llévame contigo!
—¡Vuelve a la orilla, hija, vuelve! Debes volver… Hazlo… Antes que ya sea muy tarde… ¡Por amor a Dios, hazlo!
—¡Abuelo!
—¡Vuelve a la orilla, Becky!
—¡Rebecca!
De pronto, una voz distinta a la de su querido abuelo la llamó desde lo alto de una piedra que emergía del lago, a escasos metros de donde Rebecca sucumbía, lentamente, en las profundidades de la gran masa de agua. Los ojos esmeraldas de la joven lograron captar la inconfundible figura del hombre de su vida arrodillado sobre el risco, con uno de sus brazos extendidos en su ayuda. La sombra del pánico surcaba la extrema belleza de sus facciones y una aguda desesperación reemplazaba la serenidad de su voz.
Darling. Amor. Vida mía. ¡Sálvame!
—¡Yugi! —bramó la rubia, antes de desaparecer bajo el agua, arrastrada por el peso de sus ropas.
Estaba completamente oscuro. No había aire y, pronto, sus pulmones comenzaron a colapsar. Cerró los ojos. Todos sus sentidos empezaron a morir. Solo una voz perdida en el fondo de su mente resonó en sus oídos como el eco lejano de la existencia que se le iba en el fondo del lago:
"Recuérdame… Recuerda lo nuestro… Nuestra pequeña familia… Cariño; no olvides que aquí te espero… para que estemos juntos… para siempre… Vuelve, mi amor… Vuelve conmigo."
18 de junio, 2018
Hospital de Dominó
20:45
Una suave penumbra azulada invadía los rincones del largo corredor hospitalario. La débil luz proveniente de algún lugar en aquel amplio espacio se proyectaba en las formas desdibujadas por la oscuridad. Una puerta cerrándose a lo lejos, el eco aislado de una voz y el chirrido metálico de algún carro médico siendo trasladado por el pasillo se perdían en el silencio apagado de la lúgubre estancia.
Procuró que el ruido seco del tacón de sus zapatos no hiriese demasiado la fría sacralidad médica de aquel sitio. El ritmo acelerado de su corazón golpeaba su pecho y retumbaba en sus sienes, víctima de una ansiedad sin límites. Sus músculos aun temblaban a causa del pavor y la tristeza, haciendo su marcha más lenta y agonizante. Su garganta se comprimió en un duro nudo de angustia una vez sus azules ojos fijaron el destino de su andar. Apretó el tirante de su bolso de finísimo cuero y se detuvo a escasos centímetros de él.
Estaba sentado en una de las sillas ubicadas junto a la pared izquierda del corredor. Sus codos reposaban en sus rodillas y sus manos se cerraban en torno a algo que, desde su posición, no podía identificar. Estaba cabizbajo y su cabellera ensombrecía su rostro. La mujer no podría decir si lloraba o, simplemente, meditaba; solo podría atreverse a asegurar que una suerte de aura oscura y desolada rodeaba su figura, poniendo en extrema duda sus intenciones de acercársele e iniciar una conversación aplazada por años de injustificado silencio y brutales malentendidos. Sin embargo, había llegado hasta allí con la idea de intentar arreglar las cosas, y expiar la culpa de la cual se había vuelto consciente desde la huida de Richard y la visita del extraño joven de mirada intensa y discurso firme. Sus deseos de retroceder el tiempo y atentar contra la vida de su esposo habían adquirido la intensidad de la rabia y el peso de la angustia, una vez enterada del actual estado de su única hija. La figura inerte de su primogénita, ahora, conectada a ventilación mecánica, le devolvía en la cara la magnitud de los hechos como un golpe de furia. Luego de su estancia en la fatídica 307, se vio obligada a ahogar su ira contra el mundo en la soledad de un baño para visitas, a fin de serenarse lo suficiente para tener el valor de ver a su nieta, momentos después. Una comprensiva y triste Sakura Muto le había permitido cargarla durante unos instantes; lo suficiente como para apreciar la prematura belleza de aquel pequeño y frágil ser. Con una sonrisa amplia de emoción, logró reconocer la nariz de muñeca de su hija y unas bellas orbes amatistas en el diminuto rostro del bebé. Lloró de alegría, culpa y angustia, al sentir el modo en el que su dedo índice era estrechado por uno de sus minúsculos puños. Ahogada en sus propias emociones y con la sensación de que jamás tendría derecho sobre aquel paquetito de amor, depositó a Hikari en los brazos de Sakura más pronto de lo que ella hubiese querido; no podía permitir que sus brazos sucios de remordimiento continuaran sosteniendo aquel regalo del cielo. No se sentía digna de recibir tamaña felicidad. No, hasta que buscara un modo de obtener la absolución. Solo entonces podría dejar de sentirse como un ser indigno y abrazar a su nieta con el alma limpia de deudas. Haría lo que fuese necesario para lograrlo. Haría las cosas bien desde ahora.
Tragó saliva con dificultad y forzó sus pies a avanzar dos pasos. Aguardó unos instantes, helada en su sitio, temerosa de cualquier reacción que pudiese venir de la silente figura cabizbaja. Sus labios dejaron ir un casi inaudible suspiro de alivio al comprobar la total ausencia de movimiento por parte de la persona que tenía enfrente, y armándose de valor, tomó asiento a su lado, dejando una silla vacía entre ambos. Tímidamente, y de soslayo, examinó la porción de piel visible entre las mangas recogidas de su camisa y los brazaletes negros que acostumbraba usar en torno a sus muñecas. Notó, con asombro, una marca violácea con forma de mano en torno a su antebrazo izquierdo e intuyó la causa de ello. Continuó paseando su vista por los dedos estilizados y fuertes del muchacho, y advirtió, entre ellos, el objeto que, antes, no había podido ver con claridad. Lo reconoció de inmediato: ese artículo no encarnaba otra cosa que la promesa de amor que Rebecca deseaba ocultar de su padre y que ella —so cobarde— había tenido el privilegio de conocer secretamente.
—Es un hermoso anillo —dijo de pronto, sin pensar.
Las manos de Yugi se cerraron en torno a la alianza, como impulsado por un celoso reflejo. Susan apretó los ojos, dispuesta a recibir, de él, lo que fuera, pero nada ocurrió: el duelista no había movido un solo músculo, ni tampoco pronunciado palabra alguna. La mujer aguardó unos instantes más antes de develar su vista para, luego, enfocar sus pupilas contraídas en el piso, resignada a oír cualquier cosa que su desafortunado yerno quisiese espetarle. Sin embargo, un pesado silencio se instaló, implacable, entre ambos y amenazaba con extenderse indefinidamente.
Nerviosa, la rubia decidió hablar.
—…Recuerdo cuando Rebecca me lo mostró por primera vez —. Su voz semejaba un hilo extendido: vacilante y tenso, a punto de romperse—. Nunca antes la había visto tan feliz en su vida... Me dijo que ustedes se casarían apenas ella cumpliese la mayoría de edad… —. Tomó una pausa y sonrió discretamente, con aire de nostalgia—. Todos los días me decía que su edad se había transformado en un maldito dolor en el trasero… "A fucking pain in the ass" —musitó, meneando la cabeza—. Qué boquita tenía de vez en cuando... Qué carácter el suyo… El mismo de su abuelo Arthur: impulsivo, carismático, libre, espontáneo… La hubieses conocido cuando era una niña pequeña. ¡Aprendió a leer a los tres años de edad! ¡Con qué pasión escuchaba las conversaciones de los grandes! Leía todo lo que caía en sus manos; preguntaba todo lo que se le ocurría… Mientras el resto de las niñitas jugaba con bebés de goma, ella inventaba experimentos con tubos de ensayo de plástico. Le gustaba ponerse el delantal blanco de Arthur y manipular sus instrumentos de estudio… Le encantaba ir de pesca con su abuelo al lago y pasar horas leyendo a su lado… De noche, en casa, solía mirar el cielo por largos instantes, para memorizar las constelaciones y observar planetas desde un telescopio que Richard y yo compramos para ella… Para Arthur era la niña de sus ojos y su más grande orgullo…
Susan se percató de que lloraba cuando vio el broche de oro de su bolso empapado de lágrimas. Con manos trémulas, lo abrió y extrajo, de su interior, un pañuelo desechable. Lo llevó a sus ojos para secarlos con la delicadeza propia de una mujer de clase alta y lo arrugó dentro de sus manos.
—Siempre fue nuestro orgullo; siempre. Nunca ha dejado de serlo. Mi pequeña niña… Jamás pensamos que un día, ella…
Calló de súbito. Había detenido su discurso justo antes de decir algo que, con toda seguridad, cambiaría el curso de las cosas.
"Que ella, un día, terminaría enamorándose de un hombre que la conduciría a este destino."
La mujer apretó el trozo de papel entre sus manos y miró, de reojo, a su silencioso interlocutor. De no ser por el movimiento ausente de sus dedos en torno al anillo, podría jurar que el muchacho no era otra cosa que una estatua. Sin embargo, algo críptico se escondía en su aura y Susan podría jurar que, de un momento a otro, el joven reaccionaría de un modo inesperado. Y aunque sabía que no era un chico violento, tenía miedo del efecto de los últimos acontecimientos en su temperamento, usualmente, tranquilo. A pesar de ello, decidió interpretar su persistente mutismo como una extraña actitud receptiva y continuó su triste monólogo.
—He visto a tu hija —dijo, con voz llorosa—. A Hikari… Mi nieta… Pude conocer a mi nieta… Ella…heredó el color de tus ojos…
Yugi se puso de pie. Una congelada Susan lo vio caminar unos pasos lejos de ella y detenerse frente a la muralla contraria, siempre dándole la espalda. Notó que colocaba las manos en su cintura y bajaba la cabeza, en un claro gesto de exasperación.
La mujer apretó los labios; tenía la sensación de que todo acabaría mal. Y no podía permitirlo.
—Yugi… —clamó Susan con angustia, poniéndose de pie también. Alargó la mano con la intención de tocarle el hombro, pero se arrepintió en el acto al escucharlo hablar por primera vez en largos minutos.
—Qué es lo quiere de mí, Sra. Hawkins.
La voz cargada de dolor y tristeza del duelista prodigio paralizó a la aludida. Sus ojos se clavaron en la figura esbelta del padre de su nieta, como si hubiese visto un fantasma. Luchó, durante algunos instantes, contra el nudo en su garganta que le impedía hablar, hasta que, finalmente, soltó las palabras que le laceraban el alma:
—Yo… ¡Yo nunca quise que esto terminara así! ¡Yo nunca quise que Richard te tratara como lo hizo siempre! Yo nunca… —sollozó—. ¡Yo nunca te agradecí nada! Cuidaste de mi hija cuando ninguno de nosotros estuvo allí con ella… Le diste la felicidad que ella buscaba; la animaste a cumplir sus sueños… Y, encima… ¡Oh, Dios mío! Y encima me diste una nieta… Pude haber intercedido por ti y no lo hice. Pude haber apoyado a mi hija hasta el final y no lo hice… Tenía miedo… ¡Tanto miedo! ¡Siempre tuve miedo! ¡Siempre…!
Por unos instantes, Susan fue incapaz de continuar. Había bajado la vista y apretado los puños contra su boca, en un vano intento por ahogar los descontrolados sollozos que agitaban su cuerpo. Sentía que la angustia la estrangulaba lentamente y que, pronto, terminaría muriendo de pena, culpa y vergüenza. No obstante, su corazón herido la obligó a continuar hablando, como si aquella fuese la última oportunidad para intentar limpiar su consciencia.
—Yo… Yo no merezco a Hikari… Ni siquiera merezco llamarme su abuela…, ni tampoco la madre de mi propia hija… Todo lo que hice fue tratar de hacer de ella una mujer que nunca quiso ser… Por favor, Yugi… Por favor… Perdóname… Por lo que más ames… Perdóname…
Con la esperanza de que su petición hubiese sido acogida por una posible mirada compasiva, la mujer se arriesgó a levantar la vista. Pero sus ojos nublados por el llanto no registraron otra cosa que la espalda rígida de su yerno y su cabeza hundida entre sus manos. ¿Tendría que darse por vencida? ¿Aquello era todo? ¿No había posibilidad de perdón para ella? ¿Tan mal había obrado que, ahora, era flagelada por la indiferencia del hombre que había posibilitado la creación de un ser que, con tanto anhelo, deseaba cargar en sus brazos sin culpa?
"Esto es injusto", pensó, amargamente, sintiendo la desesperación brotar del fondo de su corazón. "¡Esto es injusto!"
—Sra. Hawkins —dijo Yugi, de pronto. Susan pudo notar, con toda claridad, un inconmensurable agotamiento espiritual en aquellas palabras que él parecía arrastrar en contra de su voluntad—. Debo pedirle… que me deje solo…
—Yugi…
—Por favor… —insistió el muchacho, esta vez, con la voz quebrada—. Déjeme en paz… Se lo ruego…
—…Pero.
Con un golpe seco, el muchacho dejó caer sus manos sobre una baranda de madera adosada a la muralla y apretó, con fuerza, la dura superficie. Susan lo oyó dar un profundo suspiro e, inmediatamente, supo que él había empezado a perder el control. Asustada de lo que podría ocurrir, apretó el tirante de su bolso con la mano izquierda, cubrió su boca con el pañuelo y emprendió una apresurada marcha lejos del lugar y de la situación.
Anzu caminaba en sentido contrario por el pasillo cuando se topó con la mujer. La castaña pudo reconocer su rostro a pesar de su cabeza gacha y su andar veloz —como alma que lleva el diablo—. La norteamericana esquivó a la muchacha murmurando un apresurado "Excuse me" y desapareció, rauda, por el corredor.
—Demonios… —musitó Mazaki, contemplando la figura alta y flaca de la Sra. Hawkins entrando en un ascensor. Parpadeó, perpleja, preguntándose la causa de tan extraña actitud, y giró para continuar hacia su destino. Sus grandes zafiros no demoraron en registrar la silueta de su mejor amigo de su infancia, recargada con pesar en el pasamanos de la muralla e, inmediatamente, ató cabos.
—¡Yugi! —exclamó.
Movida por un profundo sentido protector que se había gestado en los albores de su infancia —cuando, en la primaria, ella misma se encargaba de patearles el culo a los agresores de su amigo—, echó a correr hacia el tricolor, con intenciones de abrazarlo, llorar con él y, tal vez, planear juntos una venganza terrible. Sin embargo, algo inexplicable hizo que se detuviera a tan solo pasos de él, con sus intenciones atoradas en la inmovilidad de sus extremidades. Jadeante y con el corazón en la boca, la castaña clavó su mirada en las venas ingurgitadas de las manos del duelista y la blancura extrema de sus nudillos. Notó que temblaba de pies a cabeza y respiraba agitadamente, como si intentara contenerse de explotar de algo que la bailarina no podía identificar con claridad. Con la mayor de las prudencias y la seguridad que le daban años de convivencia con ese chico de corazón noble, rozó sus dedos contra la piel húmeda de la mano de su amigo y esperó, con cierta aprensión, una posible reacción de su parte.
No pasaron unos segundos cuando el firme agarre del tricolor sobre el barandal terminó por ceder bajo el suave tacto de la castaña. Cansado, derrotado, aplastado por el peso del presente, apoyó su frente con la pared y suspiró largamente. Anzu apretó los labios, conmovida, y llevó su mano hacia la espalda su amigo para darle una suave caricia de contención.
—Estoy bien… —murmuró Yugi, bajo su flequillo.
—No lo estás… —disintió Anzu, en voz baja—. Vamos, ven conmigo.
15 de marzo, 2017
IV Seminario Internacional de Ciencias Aplicadas, Física y Astronomía.
Ceremonia abierta de premiación
Auditorio de la Universidad de Dominó
El barullo apagado de los presentes permeaba en los rincones del amplio espacio, sin llegar a herir la solemnidad académica de la atmósfera. La iluminación del recinto se concentraba, con calculada potencia e intención, en el área del proscenio, y mermaba su intensidad al cernirse sobre la gran masa de oyentes. El aroma polvoriento de las butacas se mezclaba con el eco timpánico de algún micrófono mal ajustado, el sonido áspero de una garganta buscando aclararse y el siseo perpetuo de una conversación en un intrincado dialecto científico. La templada algarabía universitaria de la platea alta se diluía progresivamente en el recato y moderación del diálogo egregio de investigadores y académicos, todos convenientemente sentados en una extensa platea baja. Una marcada diferencia de energía y movimiento parecía separar ambos tipos de audiencia, como si el frescor del murmullo universitario y la densidad del discurso erudito perteneciesen a dos mundos completamente distintos y aislados. Entre ambos tipos concurrencias, y cual Muro de Berlín, una larga fila de asientos reservados con aguda exclusividad para los acompañantes de cada expositor, se extendía a lo ancho del inmenso auditorio. En aquella no menos excelsa platea media reinaba un silencio timorato, posible resultado de la relativa cercanía con la tropa de cerebros andantes de origen nacional e internacional. Sin embargo, la imponente sabiduría que emanaba del conjunto de relicarios humanos y jóvenes mentes prodigio no parecía molestarle en absoluto a Richard Hawkins. Con una extraña sonrisa que mostraba, a la misma vez, un inmenso júbilo y una mordaz suficiencia, contemplaba la cabeza dorada de su primogénita en medio de la masa de cabellos canos, rojizos, castaños y, por supuesto, brillantes calvicies eruditas.
—El orgullo de nuestra familia —comentó el hombre, enfundado en su impecable traje de gala, ladeando el rostro hacia el de su radiante esposa.
—Así es —sonrió Susan, observando a su hija compartir la risa con uno de sus colegas—. Un brillante futuro le espera.
—Exacto, querida —rió el hombre, moderando su tono. Siempre con la sonrisa de oreja a oreja, enlazó sus dedos de grosor alemán con los finísimos de su esposa—. No puedes haberlo dicho de mejor manera: un brillante mañana le aguarda a nuestra Rebecca. Y lo será aún más cuando se una al hombre indicado.
Susan apretó los dedos de su esposo.
—¿Qué quieres decir?
—No todo es negocio entre los Hockley y los Hawkins, cielo. Pronto, ambas familias compartirán más que acciones.
El significado de las palabras de Richard tensionó los músculos de la mujer y contrajo sus pupilas. Un potente escalofrío recorrió su espalda al pensar en la reacción de Rebecca una vez se enterase de los planes de su padre para ella.
—Imagino que ya se lo habrás dicho… —insinuó, con sutil ironía.
—¡Ja, ja, ja! Ni de coña —rió el hombre, haciendo gala de su vasto conocimiento en improperios extranjeros—. Aún no. Que disfrute. Que haga lo que quiera con quien quiera hasta la mayoría de edad. Una vez cumpla dieciocho, las cosas serán distintas.
—Richard… ¿Quieres decir que vas traicionar tus ideales modernos para incurrir en una práctica perdida en las costumbres de antaño? —. Susan también tenía de qué enorgullecerse y presumir: su rico lenguaje de experimentada escritora.
—No me malinterpretes, cielo —contestó Richard, con aire cínico—. Nunca he dicho que Rebecca deba vivir el resto de su vida con el chico Hockley. No es necesario. Solo pensemos en los beneficios del enlace. Nada más.
—Richard… Rebecca no quiere casarse ni tener hijos con hombre alguno. El amor de su vida es la ciencia —mintió Susan, con descaro.
—¡Bah, lo sé, lo sé, y no tiene que tener críos si no quiere! No es necesario. ¡Todo es muy simple, querida! ¿Has oído de gente que se casa para obtener los beneficios de una nacionalidad adquirida? ¡Es solo eso! Vamos, no te pongas tontita… —volvió a ironizar el hombre—. Solo casemos a nuestra princesa con el príncipe correcto; eso es todo… Por ahora, puede hacer lo que le dé la gana con quien se le antoje. Me da igual.
—De modo que no tendrás problemas con que se relacione con…
—¡Ah, por favor, Susan, no seas tonta! Cualquier patán menos ese. Solo mira a lo que se dedica. ¡A jugar! Por todos los cielos, ¿crees que quiero a MI hija con un tipo que solo sabe jugar? Qué ridiculez. Es solo un niño bonito que no sabe usar la cabeza… ¿Acaso no te has preguntado si con la cara de modelito que tiene no lo habrán confundido con una chica? Tal vez debería dedicarse a ser puto…
—Santo Cielo, Richard… —murmuró Susan, absolutamente superada, llevándose los dedos índice y pulgar al entrecejo. Estaba a punto de espetarle algo más a su sonriente esposo cuando el intenso barullo de la audiencia comenzó a menguar. Con las mejillas aun sonrosadas por la furia contenida, levantó la vista hacia el podio ubicado en el proscenio: allí vio al famoso "perro", como Rebecca le había dicho que sus alumnos llamaban al Rector. Decidió ignorar la risita burlona con la que su marido celebraba su propio chiste y concentrarse en la ceremonia.
El "perro" —hombre pelado, de lentes de marco grueso y negro, gran barriga y nariz rechoncha—, carraspeó unos instantes, con la idea de que los presentes —sobre todo, los "molestos" estudiantes— guardaran silencio para comenzar su discurso de una vez por todas. Con los ojos brillantes de emoción, apoyó ambas manos en los costados del podio y se acercó al micrófono para comenzar a hablar.
—Admirados próceres de la ciencia nacional e internacional; destacados académicos e investigadores de nuestra ilustre Universidad; querida comunidad universitaria; respetados estudiantes, familiares, amigos… —resonó la voz potente del docente—. Esta tarde nos reunimos para celebrar uno de los hitos más importantes de la historia de nuestra Universidad, que sin duda ha enorgullecido por largos años a nuestra ciudad Dominó y a la nación nipona: la Ceremonia de Premiación a aquellas mentes brillantes que, con su empeño y talento, han contribuido al desarrollo de la ciencia mundial mediante el incansable estudio de enigmas científicos tan entrañables como la misma incógnita de la vida y de la muerte…
Rebecca bajó la cabeza unos instantes y contempló sus manos entrelazadas. Movió los pulgares para distraerse y, de pronto, sintió que el nivel de ansiedad comenzaba a superarla. Si dos días antes no cabía en su felicidad al recibir la noticia de que su teoría expuesta en el Seminario había sido la mejor de todas, en esos momentos solo deseaba que todo terminara. Estaba cansada. Estaba exhausta. El brutal estrés de los meses anteriores había acabado con sus energías y, por poco, con su salud. Pasaba los días y las noches metida en el estudio, ausente del mundo y de sus propias necesidades; comía poco, dormía lo justo, se bañaba rápido, devoraba kilos de chocolate y bebía toneladas de cafeína. Una desafortunada fiebre le había subido durante los primeros días de febrero, a causa de su descuidada alimentación, las noches en vela y el intenso cansancio mental. Como siempre, sus padres se encontraban fuera de Japón y un dulce y solícito Yugi había cuidado de ella en aquellos días de enfermedad. Por momentos, pensó en rendirse y entregar los avances de su casi completa investigación a las momias sabiondas, pero su amado duelista no lo permitió. Armándose de una paciencia que —según Rebecca— solo él tenía, el joven se ocupó de dar todo de sí para que su obstinada novia no enfermara otra vez. El determinado muchacho se convirtió en su silencioso compañero nocturno, cocinero, almohada de descanso, masajista y, claro, terapeuta de cama. Solo así, Rebecca pudo dar la pelea hasta el final. Solo de ese modo, logró presentar su tesis y sorprender a la comunidad científica al grado de hacerla merecedora de una total admiración.
La rubia científica apretó los labios y perdió su vista en el vaso de agua que el "perro" tenía a su alcance. Tenía consciencia de que el discurso del académico se había alargado bastante. Intentó mirar hacia atrás para localizar a su querido grupo de amigos en la platea alta, pero apenas logró hacerlo: el aburrido monólogo del Rector había concluido y todo el auditorio aplaudía sus palabras —o el término de ellas— con fervor.
—Gracias, Sr. Rector —pronunció un regio académico de barba roja y cabello gris tomando el sitio que el perro acababa de abandonar. Cubrió su boca con el puño para toser con discreción y bajó la vista hacia el papel que, seguramente, contenía una guía de los actos de la ceremonia—. Luego de las palabras de nuestro respetado rector, procederemos a dar inicio a la premiación de los investigadores más destacados de nuestro campus. Invitamos al estrado al Doctor en Filosofía de las Ciencias y Magíster en Biotecnología y Ciencias de la Vida Sr. Hideki Hanagata, quien tendrá el honor de hacer entrega de los emblemas.
Las últimas palabras del decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Dominó se diluyeron en el eco de los aplausos de la audiencia. Rebecca observó a la eminencia andante subir, con elegancia, los cinco escalones que llevaban a la zona en donde convergían todas las miradas del público. Su corazón se saltó un latido cuando el hombre —que había sido su mentor— le guiñó un ojo desde el podio. La muchacha, ruborizada, no atinó a hacer otra cosa que a sonreír con timidez.
—Muchas gracias —comenzó el apuesto científico, intentando ignorar los tímidos cartelitos que algunas universitarias le enseñaban desde la platea alta. Frases como "Lo amamos, profesor" y "Enséñemelo todo" lograron sacarle una sutil sonrisa. Su discurso liviano y, sin embargo, no exento de prolijidad, refrescó las mentes y los oídos de los oyentes del habla pesada y monótona de los anteriores expositores. Rebecca lo escuchaba con atención, sin poder evitar asociar —como tantas otras veces— su voz seria y profunda con la de Atem, el faraón preferido de Anzu. Con la vista perdida en los gestos de énfasis del hombre, se preguntó si acaso su amiga castaña estaría pensando en lo mismo. Sonrió para sí misma: ya tendría tiempo de averiguarlo. Luego de la ceremonia, le esperaba una agradable celebración en la casa de la ex-reina del baile, junto a sus amados amigos. Sus padres no habían puesto reparo; las cosas habían cambiado.
Para bien o para mal, habían cambiado.
La figura pelirroja de una de sus colegas recibiendo el premio de Química distrajo sus pensamientos. Rebecca miró su vestido café hasta poco más arriba de las pantorrillas, su rostro enjuto y sus inmensos lentes de marco azul. Malim era agradable; nerd, agradable y sincera. Por eso no le importó haberle cedido algunos trabajos para que avanzara en su investigación. Le gustó verla sonreír ante la avalancha de flashes y deseó, con el corazón, poder darle un abrazo de felicitaciones al terminar la velada. Opuesta era la situación de Hina, otra de sus colegas. La ladrona Hina. La tipa que había sorprendido en su estudio con las narices metidas en sus documentos. El jefe de investigación estuvo a punto de expulsarla del comité por su persistente falta de escrúpulo y honestidad. ¿Cómo es que se había hecho con un premio? Rebecca notó el largo de su falda, el beso jugoso de parte de una de las momias sabiondas al entregarle el diploma y supo la respuesta.
Los calurosos aplausos desaparecieron progresivamente para ceder su protagonismo a la voz intensa y jovial de Hideki. Richard apretó la mano de su esposa, y Susan olvidó todo: para ellos, aquel era el momento más importante de la ceremonia.
—La juventud es, sin duda, un regalo. Un regalo que el ser humano recibe solo una vez en vida. En nuestras manos, pues, está la decisión de recibirlo con entereza, responsabilidad y visión de futuro. En la juventud se gesta el deseo de vivir con intensidad y se potencia la sed de aprendizaje que todos tenemos en nuestros corazones. Es en aquella etapa donde, entonces, iniciamos el viaje hacia nosotros mismos; a conectarnos con nosotros mismos. A decidir qué es lo que nos gusta y nos hace sentido. Solo así, podremos construir un futuro sólido y feliz. Distinguidos invitados de la escena mundial científica, distinguido cuerpo docente… Respetados asistentes. Quiero que conozcan a una mujer ejemplar. Una mujer que ha burlado los obstáculos de su enfermedad para luchar por lo que quiere; una mujer luchadora, de mente brillante, ejemplo para cada uno de nosotros aquí presentes. Con solo dieciséis años de edad, ha desarrollado la investigación más compleja que nuestra Universidad haya recibido en decenios; su nombre pasará a los anales de esta casa de estudios y su trabajo está siendo, ahora mismo, reconocido por todo el mundo. Invitamos a subir a nuestro estrado a la autora de siete trabajos relacionados con la Teoría de las Cuerdas y la Expresión y Regulación Genética; Doctora en Biología Molecular, Biotecnología, Física Cuántica y, ahora, Especialista en Astrofísica y estudiante de Astronomía. Recibamos con un cálido aplauso a la PhD Srta. Rebecca Valerie Hawkins.
El auditorio explotó en aplausos y alegres silbidos. Shizuka cogió su cámara profesional y se concentró en captar la radiante figura de Rebecca subiendo las escaleras del proscenio, para luego caminar, con la elegancia y cuidado que exigen unos tacones altos, al encuentro de su bien merecido reconocimiento. Anzu abrazó a Atem, emocionada y Honda imitaba a su eterno crush sacando fotos con su celular. En la platea media, Richard Hawkins aplaudía orgulloso y Susan lloraba de emoción.
—¡VIVA NUESTRA NIÑA GENIO! —gritó Jonouchi desde atrás, sin ningún escrúpulo.
—¡Cállate! —gruñó Honda, a su lado, hundiendo el codo en las costillas del rubio.
—Déjalo —sonrió Atem, con su habitual paternalismo.
Con los ojos llorosos y un hermoso ramo de flores en su regazo, cortesía de Hideki —quien había bajado del podio para felicitarla—, divisó al alegre rubio entre la multitud y, junto a él, todos sus amigos. Levantó la mano para agitarla en señal de saludo, en medio de los aplausos y su propia inconmensurable emoción. No fue realmente consciente de la situación hasta que Hideki la abrazó con cariño y orgullo.
—Siempre fuiste una alumna muy querida para mí, Rebecca. Felicidades —le dijo el científico al oído.
—Gracias, profesor… —dijo la chica, secándose algunas lágrimas.
—De profesor, nada; colega…
Rebecca asintió con suavidad y se giró para sonreír ante las cámaras fotográficas, junto a su mentor. Sus ojos registraron la figura imponente de su padre y la estilizada de su madre, ambos concentrados en el acto de inmortalizar el momento en sus celulares. El flash de la cámara de Shizuka, a lo lejos, hizo que su vista se desviara hacia su grupo de amigos. Aun en la distancia, logró notar la alegría de Honda y Jonouchi, el amoroso abrazo de Atem y Anzu y, junto a ellos, la actitud aparentemente distante del hombre gracias al cual se hallaba recibiendo el premio más codiciado de la academia. Su corazón dio un vuelco cuando logró identificar su inconfundible silueta entre la multitud.
Cómo deseaba correr a abrazarlo.
—Aibou, ¿te encuentras bien? —preguntó Atem, con recato.
Sin despegar la vista llorosa de la silueta perfecta de la rubia, Yugi esbozó una sonrisa.
—Sí, mou hitori no boku. Lo estoy.
Atem sonrió emocionado y pasó uno de sus brazos sobre los hombros de su compañero, para confortarlo. Sabía que debajo de esa coraza de chico fuerte que la vida le había forzado a construir, se escondía un corazón sumamente sensible y frágil.
—Oye, viejo, déjate de llorar y tómale una foto a tu mujer. ¡Mira nada más lo guapa que está en ese vestido! —exclamó Jonouchi alargando el cuello, de modo que sus palabras las oyese el tricolor menor.
—L-Lo siento… —murmuró Yugi, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—¡Nada de que lo sientes, amigazo, mejor apúrate y grábale el discurso! —lo animó Honda.
Con un atropellado "Sí, claro", el antiguo dueño del Rompecabezas del Milenio extrajo su móvil del bolsillo de su traje y encuadró la imagen esbelta de Rebecca ubicada detrás del podio. Tragó saliva, incrédulo de cómo es que tan bella e inteligente mujer había llegado a ser su novia y futura esposa, y se dispuso a grabar.
—Gracias… —sonó la melodiosa voz de la rubia, observando a la multitud con ojos brillantes de emoción. Echó un pequeño vistazo a su ayuda memorias sobre la superficie del podio y se concentró en su discurso. —Muchas gracias a todos. Seguramente, mis palabras no le harán justicia suficiente a mi profunda gratitud. Sin embargo, voy a insistir en el lenguaje para intentar hablarles con el corazón y decirles que me siento afortunada de lo que he vivido y de las personas que tengo a mi lado. Insisto en las palabras con porfía y pasión. Porque el lenguaje es un don. Es algo mucho más profundo que un sistema de códigos; es el instrumento de elección del ser humano para transmitir emociones y construir realidad. Sin él, nada de lo que creamos, sentimos y conocemos sortearía las barreras de nuestra propia mente. No podríamos trascendernos a nosotros mismos. No podríamos darnos a nosotros mismos. Es por ello que creo firmemente que el lenguaje nos entrega la capacidad de dar; de tender hacia el prójimo. Ir hacia el otro es, siempre, un acto de dar y el entregar no es, amigos míos, otra cosa que amar… Es por ello que el conocimiento jamás puede evitar ser compartido. Como el amor, el conocimiento crece y beneficia al ser humano… Se acerca a la verdad, tiende al acto de abrazar las cosas tal como son... Y conocer la verdad de nuestra hermosa realidad es amarla. El conocimiento no puede ser solo poder, como dice Francis Bacon. No puede estar encerrado únicamente en una noción material incapaz de trascender el ego de quien conoce…
—No entiendo nada —susurró Jonouchi a Anzu, con cara de sufrimiento.
—Ella habla de renunciar al ego, amigo —explicó la mujer, fijando sus grandes ojos azules en los marrón de su interlocutor—. Habla del error de las momias sabiondas: el egoísmo de los que quieren saber cada vez más, únicamente para ostentar poder y oprimir a los demás…
—Sí, sí, pero, ¿es que no lo puede decir más simplecito?
—Idiota, tiene que expresarse a la altura de una científica de renombre; además, si escuchas con atención, vas a entenderlo —intervino Honda, orgulloso, guardándose la verdad de que tampoco había entendido ni jota.
—No lo ofendas, Honda —dijo Atem, a su vez—. Rebecca está tratando de transmitir un poderoso mensaje a todos, incluyendo a sus colegas de mente cerrada. Debe expresarse de tal manera que ellos logren leer entre líneas.
—Bueno, por eso es que es tan "niña genio". ¿Cómo lo haces para entenderle, Yug?
El buen Jono quedó con su pregunta en el aire al comprobar que el Rey de los Juegos contemplaba, absorto, la figura de la mujer de su vida encuadrada en la pantalla de su teléfono móvil. El tricolor estaba tan concentrado en el discurso de la rubia como si pensara en una estrategia para ganar un duelo. No obstante, su semblante estaba lejos de expresar tensión o apremio; sus ojos brillaban de emoción y en sus labios se dibujaba una discreta sonrisa de orgullo. El rubio suspiró, resignado a no obtener respuesta, pensando en cómo es que el ex enano había terminado enamorado hasta las trancas de la rubiecita del Teddy Bear. "El amor está en todas partes; hasta en las cartas", decía Sugoroku, a veces.
Cuánta razón llevaba el viejo.
—Es así que el conocimiento, como el amor, tiende a la integridad. A un todo —continuó Rebecca, suspendida en el éxtasis de hablar con fluidez y claridad—. Algunos me han preguntado por qué abandoné mis estudios acerca del microcosmos para adentrarme en los misterios del macrocosmos. Por qué abandoné la célula y volé a las alturas del universo. La verdad, amigos, es que jamás he abandonado nada. Únicamente, me fui de viaje. Un viaje hacia el cosmos. Tal vez retorne, tal vez no… No lo sé. Solo sé que, un día, quise moverme de un sitio a otro dentro del mismo territorio. Nada más que eso. Y es que no existe algo que escinda una realidad de otra, amigos míos. El universo es uno solo; todos aquí presentes somos partes de un todo. Un todo armónico que se mueve, se conecta, se desarrolla, ama… conoce… Mis estudios sobre Biología Molecular y Biotecnología no son otra cosa que los capítulos de un libro. Un libro que hable de la maravillosa transición de lo existente, desde su dimensión más pequeña hasta la grandeza del universo en expansión… Un libro humildemente escrito para ustedes. Para la comunidad científica; para toda la gente… Porque el conocimiento está allá afuera, a disposición de todos; no está en posesión de nadie. Solo debemos conectarnos con nuestra curiosidad infantil y atrevernos a formular preguntas. A cuestionar la realidad. A querer conocerla y amarla tal cual es. Solo debemos mirar a nuestro alrededor y la magia se hará ante vuestros ojos. Muchas gracias.
Un potente escalofrío recorrió la espalda de la joven científica al ver cómo las momias sabiondas se ponían de pie para aplaudirla. Al calor de la emoción y de la intensidad del momento, no podía saber a ciencia cierta si aquella inesperada muestra de admiración pública escondía, aún, resabios de una vieja envidia que, poco a poco, comenzaba a esfumarse en el pasado. En cambio, sí estaba segura de que los relicarios vivientes habían decidido bajar la guardia —al menos por aquella velada— y mostrar, libremente, simpatía por la colega más joven que habían tenido en años de carrera. De pronto, todas las desgracias de su vida le parecieron parte de una lejana pesadilla; una suerte de hipótesis errada susceptible de reformularse; un cuento de terror ahogado en la lucidez de la vigilia. Bajó del estrado con lentitud, suspendida en aquella nube de júbilo, receptiva a más abrazos, fotografías y saludos. Su mente estaba lejos de registrar la confusión temporal que produjo el proceso de salida del auditorio, y el movimiento lento y pesado de la masa de gente en dirección al gran jardín del edificio, en donde atentas y anónimas manos habían dispuesto la fastuosa recepción. Aun atrapada en una animada conversación con una de sus colegas, se vio, repentinamente, envuelta en el abrazo aromático de su madre y el orgulloso de su padre.
—Felicidades, hija mía —sonó la voz grave de Richard junto a la sien de la chica—. Estoy orgulloso de ti.
—Gracias, papá… —retrucó Rebecca, en voz baja. Una vez liberada de los gruesos brazos de Richard, la científica le dedicó una sonrisa tenue. Era un día feliz: había que guardar las apariencias.
—¡Hija mía! —exclamó Susan, rodeando el cuerpo delgado de su hija con sus brazos, una vez más—. Eres tan grande… Te amo tanto…
—Mamá… —sonrió la chica Hawkins, sorprendida de la explosión de emotividad de su, habitualmente, controlada madre—. Te lo agradezco mucho.
Richard aceptó una copa de aperitivo ofrecida por un elegante camarero y contempló a su hija de pies a cabeza, en tanto hablaba con su madre. La imaginó más adulta, casada con el hijo de su millonario compadre, enfundada en dólares, títulos y poder. Imaginó su propia riqueza y lo que haría con ella, una vez que el enlace Hockley – Hawkins se concretara. "No tendrás que preocuparte por trabajar, querida hija. Tú solo sigue con tus investigaciones. Podrás estudiar todo lo que quieras. Solo cásate con quien yo digo y todos seremos felices", pensó, dándole un sorbo a su trago.
—Mamá, creo que iré con mis amigos unos instantes… —anunció Rebecca, notando que Jonouchi y Honda agitaban sus manos en señal de que fuese con ellos.
—Claro… Ve con ellos. Es TU día —dijo Susan, mirando de reojo a su esposo.
Richard rodó los ojos, fastidiado.
—Los amiguitos…
—Papá…
—Me da igual.
—¿Por qué tienes que fastidiarme hoy?
—No he fastidiado a nadie. Solo dije que me da igual.
Rebecca frunció los labios y miró a su padre con ira.
—Te da igual porque sabes que ahora solo somos amigos.
El rubio Hawkins alzó una ceja.
—Lucky me.
—Richard… —intervino Susan.
—De acuerdo, de acuerdo. Ve. No pierdas tiempo —finalizó el rubio moviendo la mano que sostenía el trago en un ademán de que la rubia saliese de su vista de una vez.
La joven científica murmuró un "Con permiso" desganado y caminó, entre la multitud, hacia el sitio en donde sus amigos se hallaban reunidos. Los chicos divisaron a la rubia coger, con aire de frustración, un amaretto sour de la bandeja ofrecida por un mozo y caminar hacia ellos con paso resuelto.
—Lamento la tardanza, chicos —suspiró, una vez junto al grupo.
—Tranquila; sabemos cómo son tus padres —sonrió Shizuka, con su aperitivo en la mano.
—Un dolor en el trasero —opinó Jono.
—Un anuncio de RedTube —acotó Honda.
—Un… ¿un anuncio de qué? —preguntó un curioso Atem.
Todos se rieron. Atem miró a Anzu con una ceja levantada y la castaña no pudo evitar explotar de risa. Ante la hilarante confusión del faraón, la ojiazul optó por acercar su rostro al oído del joven y susurrarle un amoroso —y sugerente— "Te lo explicaré después".
—Como sea, ¡salud por la niña genio! —exclamó Honda, alegremente.
—¡Salud!
Rebecca se permitió olvidar el desacuerdo que había tenido anteriormente con sus padres y se limitó a brindar. Su mirada chocó con los violetas del amor de su vida y sus labios se curvaron en una irresistible sonrisa. Yugi imitó su gesto, sosteniendo la copa en su mano derecha, y movió sus labios para dedicarle un silente y sexy "Te amo".
"Dios, no, por favor, no me hagas esto", pensó la rubia con las mejillas ardiendo. En un intento por mantener la cordura y velar por la decencia de sus pensamientos, apretó los labios y desvió la vista.
—Oigan, no olviden estar a las ocho en mi casa hoy, ¿sí? Lleven ropa para quedarse —decía Anzu, con las mejillas sonrosadas. A la artista le gustaba beber. Con mesura, pero le gustaba. De modo que, para ese entonces, ya iba en su segunda copa.
—¡Sí, jefa! —exclamó Honda.
—Yo llevaré películas —acotó Shizuka.
—¡Y yo, el desmadre!
—¡Hermano!
—Jono, procura no correr desnudo por la azotea esta vez, ¿de acuerdo? —zanjó Atem.
—Sí, su Alteza Real.
Yugi aprovechó el feliz intercambio de palabras entre sus amigos para acercarse a Rebecca y hablarle por primera vez en toda la jornada.
—Te ves preciosa —le dijo, en voz baja, con su acostumbrada dulzura.
Quiero abrazarte.
—Y tú me estás matando con esas pintas —retrucó la rubia, con picardía— ¿Quién te crees?
—Lo siento mucho. No creí que te gustara vestido de esta forma.
Con el rabillo del ojo, Rebecca miró por encima de su hombro, en dirección hacia el lugar en donde se encontraban sus padres. Richard se carcajeaba con un tipo alto que ella jamás había visto, en tanto que Susan parecía sostener una animada conversación con la madre de Malim. Ninguno de los dos parecía tener los ojos puestos en ella. Sin moros en la costa, entonces, aprovechó para acercarse al rostro del joven Muto y hablarle muy cerca de sus labios.
—No salgo con duelistas.
—¿No?
—No —declaró Rebecca, tratando de mantenerse lo más seria posible. Luego, bajó la vista hacia la corbata borgoña de Yugi, para luego perderse en su intrigada mirada amatista y susurrarle—: Solo duro y salvaje sexo.
El dulce joven rió discretamente. Pensó en llevarse a la rubia a algún lugar solitario y concretar lo que ella le había sugerido, pero no podía hacerlo. No, ahora. No, hasta que estuviesen solos, sin el fantasma del padre de Rebecca acechándolos a cada instante. Además, la niña genio tenía razón: después de todo, solo eran amigos.
—Disculpen…
Yugi y Rebecca se apartaron rápidamente, como si hubiesen sido sorprendidos —realmente— con las manos en la masa. Ambos pares de ojos se fijaron en el chico colorín que había hablado a espaldas suyas, interrumpiendo su acalorada y secreta conversación. Rebecca tardó unos segundos en reconocer a su alumno más aventajado y sonrió alegremente.
—Hey, Kenji, ¿cómo estás?
—B-Bien, profesora Hawkins —saludó el joven con extrema timidez, con las manos detrás de la espalda, inclinando la cabeza ante la rubia. Luego, fijó sus ojos en el rostro afable de Yugi y repitió el gesto—. Yugi sempai.
El duelista sonrió incómodo y se rascó la nuca con su mano libre. Con la otra aun sostenía una copa de vino.
—Hola, Kenji... Oye, no es necesario que me digas…
—Yugi sempai —interrumpió el pelirrojo—. No sabe lo ansioso que estoy de poder tener un duelo con usted la próxima semana. He estado armando mi baraja según lo que me dijo. Espero tener el honor de darle pelea.
—Claro… Desde luego —volvió a sonreír, amablemente, el Rey de los Juegos.
La rubia apretó la copa entre sus dedos, presa de una inexplicable avalancha de celos. Miró a Kenji de pies a cabeza, como una vez lo haría Vivian Wong con ella misma y, aunque sabía que era profundamente ridículo sentirse así, deseó increpar al estudiante:
—¿Y qué es lo que exactamente haces aquí?
Kenji abrió los ojos como platos, aturdido por la inesperada violencia de las palabras de la científica. Víctima de una oleada de nervios, comenzó a temblar y, solo entonces, Rebecca sintió lástima por él.
—S-S-Solo… —tartamudeó el joven—. Q-Quer-ría… f-felicitarla… Dra. Hawkins.
"¡Por Dios, qué grosera soy!", pensó la rubia, dándose de frente con las verdaderas intenciones del pelirrojo. Iba a disculparse sinceramente por su mal talante, alegando cansancio, estrés, o lo que fuera, pero lo que vio a continuación la dejó de piedra.
Lentamente, el atribulado científico movió sus manos de su espalda para poner, ante la vista de una pasmada Rebecca, un enorme, colorido y pomposo ramo de flores.
Jonouchi fijó sus ojos en la escena y se atragantó con algo de vino. Sin salir de su sorpresa, Honda se apresuró a darle golpecitos en la espalda, para aliviarlo. Atem observaba al colorín con suspicacia, en tanto que Anzu y Shizuka se habían cubierto la boca con la mano, impresionadas.
—Kenji… —musitó Rebecca, mirando fijamente al chico. No podía creerlo.
Yugi estaba mudo.
—S-Son para usted. Por favor…, r-recíbalas —insistió Kenji, cabizbajo, sintiendo que explotaría de pura ansiedad.
Rebecca miró a Yugi, en busca de consejo o lo que fuera, pero éste apartó la vista, serio. Sintiéndose completamente sola en aquella incómoda situación, alargó la mano para coger el ramo de rosas rojas que su nervioso admirador le ofrecía, y lo acomodó en su regazo con delicadeza, cuidando no estropearlo. Un grave silencio se instaló en los presentes, hasta que el vozarrón alemán de Richard irrumpió en la escena.
—Qué tal, jóvenes —saludó el hombre, arrastrando la palabra "jóvenes" con ironía. Pasó un brazo por sobre los hombros de su hija y miró al grupo con displicencia—. Si me disculpan, debo llevar a Rebecca a su casa para que se cambie y cene con nosotros antes de que se reúna con… ustedes. —Luego, fijó sus intensos ojos verdes en el chico pelirrojo y sonrió de medio lado—. Ah, con que un nuevo integrante… ¿Quieres presentármelo, Rebecca?
Antes de contestarle a su padre, la rubia tuvo la mala idea de fijar su vista en el hombre que amaba. Sus esmeraldas captaron el cambio que se había operado en el rostro que adoraba y temió por lo que podría suceder. Su ceño fruncido y su mirada predatoria fue todo lo que la científica necesitó ver para adivinar que el joven pensaba llevar la situación a otro nivel. Con dificultad, logró hacer contacto visual con el duelista y negó con la cabeza, intentando transmitirle que no hiciese nada, que se tranquilizara…
Pero la voz suave de Kenji esfumó todo amague de peligro.
—Y-Yo soy Kenji, Sr. Hawkins. Me disculpo por mi atrevimiento. Yo solo quería…
—¡Bah, déjate de estupideces! Te felicito, Kenji, danke. Lindas flores. ¿No, Becca?
—Sí, padre. Lo son —musitó la joven, ausente.
—Wie schön! Nos vemos pronto, estimados… jovencitos. Vamos, Rebecca —dijo, por último, Richard llevándose a la chica consigo.
El grupo de amigos quedó en completo silencio.
...
N/A:
Y esto se va a descontrolaaar...
:/
Muchas gracias a quienes han dedicado su tiempo a leer esta historia. Un abrazo especial para mi amiga y excelente escritora Cote Dark Dangerous Love y la linda izanami1019. Gracias por la inspiración y el apoyo, queridas.
Unas cuantas notitas antes de decir "adiós, hasta pronto":
1. El párrafo centrado que aparece al inicio del capítulo corresponde a una parte de la canción "Garden", de la mítica banda Pearl Jam. La atmósfera nostálgica del tema me trae reminiscencias de un día de otoño perdido en la infancia, no sé si mía o de alguien más. Es curioso. Cada vez que escucho esa canción —ya habrán adivinado mi amor por la música, en especial el rock—, se me viene a la mente una imagen como la que describo en las primeras líneas de esta actualización. Tal vez la pinte algún día. :)
2. La frase "como alma que lleva el diablo" es una expresión chilena que se refiere a huir precipitadamente de algún lugar o situación, tal y como lo hizo Susan Hawkins. Me gusta usar ciertos chilenismos en mis historias; creo que es parte de ser yo misma en el relato. :)
Eso es todo por ahora, estimados. Ha sido un capítulo corto, como de transición, pero importante para lo que viene después: un desmadre ejemplar. ¡Muahahahaha! Ni se imaginan. Actualizaciones hay para rato. ;)
Nuevamente, muchas gracias por leer.
Un abrazo,
Liz
