Eclipse
Capítulo 7 – La hora más oscura
No hay forma de escapar.
Harry se acurrucó; en ese momento tan confuso, ese único pensamiento era el que impregnaba su mente emocionalmente zarandeada y su cuerpo maltrecho. No hay forma de escapar. Enrollado contra la pared, abrazándose las piernas contra el pecho, todo lo que deseaba era borrar el mundo cruel y doloroso. La cautividad lo había quebrantado más de lo que había pensado y la recuperación, si es que alguna vez se iba a recuperar, iba a llevarle mucho más tiempo de lo que había creído. De tanto en tanto, algún músculo se le contraía por reflejo y volvía a rememorar el tormento del Cruciatus en la mente y en el estómago.
Aparte de esos espasmos ocasionales, Harry no se había movido, no quería que explotara la pequeña burbuja de aislamiento que se había creado. Si su vigilia silente fuera perturbada, su último jirón de cordura desaparecería, y eso era todo lo que le quedaba. Atrapado, sin varita, sin aliados, sin Dios a quien rezarle, la realidad lo había golpeado finalmente con toda contundencia.
No hay forma de escapar.
Harry nunca antes había estado atrapado así. Todas las pulseadas con la muerte, todas las batallas con el peligro, todos los enfrentamientos con Voldemort habían sido encarnizados pero rápidos. No había habido tiempo para la reflexión, no había habido tiempo de considerar un funesto destino. No había tenido que pensar, sólo reaccionar, actuar. Y en retrospectiva, quizá ésa había sido la razón de que sobreviviera en todos los casos. Las cosas, ahora, eran distintas. No había maldiciones volando de un lado al otro, ni gente gritando, ni pánico generalizado. Sólo se trataba de sentarse y esperar. Sentarse y pasar el tiempo pensando en un sino infausto que en todas las ocasiones anteriores había sido únicamente una suerte de concepto abstracto.
Desde el ataque en el Ministerio la primavera anterior, había habido muchas cosas abstractas o indirectas. Vagos rumores sobre el paradero de Voldemort, lecciones adicionales de DCAO que le habían enviado con lechuzas durante el verano, muchas miradas de los amigos para darle ánimos, todo eso entramado en esa red nebulosa que podía llamarse su vida. Eran situaciones muy conocidas que podían estar relacionadas con el terror, la determinación o la esperanza y siempre bajo una sombra de amenaza constante, pero nada de eso parecía adquirir demasiada entidad real. Existía naturalmente la certeza implícita de que al final, de una forma u otra, todo iba a depender de él, pero esa realidad siempre se diluía en el tiempo y el espacio. "Llegado el momento…", "Al final…". Pero nunca se trataba del aquí y el ahora. Nunca habían sonado del todo reales.
La situación en la que se encontraba en ese momento, en cambio, era bien real y era pésima. Harry se había imaginado en muchas oportunidades cómo sería el final. La Orden iba a estar con él para darle apoyo, para asegurarse de que llegara hasta la confrontación definitiva. Iba a haber un enfrentamiento, una batalla, hechizos de un lado y del otro, matar o morir, como en cualquier combate. No se suponía que el final fuera algo parecido a su situación presente.
No hay forma de escapar.
¿Dónde estaba Dumbledore? ¿Dónde estaba Remus? ¿Dónde estaba la bendita Orden que se suponía que tenía que protegerlo? ¿Dónde estaban todos en ese momento en que tanto los necesitaba? Buscándolo, usando todos los recursos de los que disponían. Y preocupándose por él una barbaridad, sin lugar a dudas, aunque eso de poco pudiera servir. Prisionero en una fortaleza imposible de rastrear, imposible de ubicar y que seguramente estaría oculta y defendida por innumerables encantamientos y escudos, las esperanzas de Harry de que Dumbledore pudiera encontrarlo habían ido disminuyendo a cada hora. Al principio había tratado de convencerse de que la ayuda estaba en camino, pero en el momento presente se hacía evidente la dolorosa certeza de que tenía que arreglárselas solo. Por supuesto, él estaba acostumbrado a arreglárselas solo. Había aprendido a lo largo de los años a confiar en sus propias capacidades y a depender de ellas; si bien su intuición no siempre había sido acertada. Al final, la batalla contra Voldemort se suponía que dependería de él. Pero prisionero… sin varita… sin ayuda…
No hay forma de escapar.
Casi había conseguido ayuda. En algún momento, al menos subconscientemente había puesto sus esperanzas de escapar en Malfoy. Habían empezado con las burlas y el antagonismo de siempre pero poco después había pasado a algo más serio: manipulación. No la más loable de las actividades, pero ¿qué otra opción tenía? Quería por lo menos tratar de atravesar la coraza del odioso Slytherin siquiera con una aguja. Tenía que buscar alguna ventaja para que llegara a descuidarse y le abriera alguna posibilidad de escapar. Era una movida de supervivencia, en una tormenta cualquier puerto sirve de refugio. Y al principio todo parecía estar resultando bien. Pero después las cosas habían cambiado. Aparentemente Malfoy había estado ocultando un ser humano dentro de sí. No uno particularmente maravilloso, pero vivo, vulnerable y muy humano. Y fue entonces que Harry había cometido el error fatal: había empezado a creer que Malfoy se preocupaba por algunas cosas más, aparte de él mismo, y había puesto su confianza y su esperanza en su declarado rival.
Soy tan boludo.
Sintió otra vez una constricción en la garganta por el doloroso recuerdo. Un dolor que había ido más allá de lo físico. Harry respiró hondo un par de veces para tratar de recuperar cierta calma que atemperara las sacudidas de su cuerpo. Ya habían pasado horas y seguía con las emociones y los nervios en carne viva por la traición. No debería haber sido una sorpresa, ni tampoco debería considerarlo traición, pero no podía evitar sentirlo así. Los dolores físicos consecuencia de la maldición se mezclaban con frustrante decepción, había comprendido que no sólo había fracasado en su pequeña cruzada para ganarse la ayuda de Malfoy, en realidad nunca había habido posibilidad alguna de ganársela. ¡Qué ingenuidad haber confiado…! No debería haber cometido ese error. Había sido su culpa… pero eso no lo hacía sentir mejor.
Durante años Malfoy había demostrado que no era sino una serpiente cobarde, que abrevaba de los principios que le dictaba su padre y los defendía incuestionablemente, que se amparaba entre los faldones de los poderosos y sólo pensaba en sí mismo. No hacía nada que no fuera en su propio beneficio. E incluso si fuera cierto lo que le había asegurado, que no había querido usar la maldición sobre él, eso no marcaría ninguna diferencia. Malfoy carecía de lo necesario para enfrentarse con su padre. Y ni hablar de desafiar a Voldemort. Malfoy nunca se animaría a ayudarlo a escapar. No, nada de eso tenía por qué sorprenderlo… pero no por eso dejaba de ser muy doloroso.
No hay forma de escapar.
No, no podía confiar en Malfoy, ni ahora, ni nunca. Sólo se tenía a sí mismo, pero no había nada que pudiera hacer. Ninguna opción, ninguna escapatoria. El frío del calabozo no era nada comparado con la helada sensación que sentía en las entrañas cuando pensaba en su inexorable destino.
Esta vez sí que voy a morir.
Por más determinado que estuviera a no entregarse sin pelear, no parecía que hubiera forma alguna de pelear. No había nada que pudiera hacer. Volvió a respirar hondo, las piernas le temblaban contra el pecho, las apretó con más fuerza. La tierra se abría para tragárselo. Alguna vez había creído que todas las historias terminaban bien, quizá una parte de él seguía todavía creyendo en esa ilusión, pero la brasa de la fe se había apagado, fría y sepultada por el cinismo. No tenía sentido seguir abrigando esperanza. La esperanza lo había traicionado demasiadas veces, y en esta última oportunidad bajo la forma de Draco Malfoy. No iba a dejar que le pasara de nuevo.
No hay forma de escapar.
Draco apartó las manos de la cara, había estado frotándose furiosamente los ojos cerrados. Ninguna lágrima. No tenía derecho a llorar. No tenía ganas de llorar. Le habían arrancado ya tantas emociones, probablemente ya no le quedara ninguna. No quería pensar en lo que le había hecho a Harry. El daño ya estaba hecho. Iba a tener que enfrentarse con eso en algún momento, pero no ahora, hubiera sido más de lo que podría soportar. Había estado analizando el mismo problema desde diferentes perspectivas y siempre había llegado a la misma triste conclusión.
No hay forma de escapar.
Podía pintarse una imagen de él saliendo por la puerta del frente. Sí, gracias por la hospitalidad, Lord Voldemort, pero la decoración deja mucho que desear y hay corrientes de aire en mis aposentos. Creo que mejor regreso a Hogwarts. Oh sí, eso resultaría tan bien.
No había una forma sutil de escapar, no una que pudiera avizorar. Primero que nada, Draco desconocía el trazado de los subsuelos, encontrar una vía de escape y usarla sin que lo descubrieran antes, parecía casi imposible. Segundo, incluso en el caso de que pudiera abandonar la fortaleza, Voldemort lo rastrearía y lo recapturaría en un santiamén. Seguro, había formas de esquivar el rastreo, pero Draco no disponía allí de los artefactos mágicos necesarios. Tercero, estaba Harry. ¿Qué con Harry? Después de toda una vida de sólo atender a sus propios intereses Draco estaba barajando la idea, puramente altruista de facilitarle el escape también a Harry. Pero si la escapatoria de él solo parecía casi imposible… ni hablar de llevarse consigo a Harry. Y si la alternativa de escapar era imposible, ¿qué otra cosa podía hacer?
Enviar un mensaje. Pedir ayuda.
Desechó la idea casi tan rápido como se le había ocurrido. Si pudiera mandar un mensaje, ¿qué pondría? Estoy atrapado en una fortaleza imposible de ubicar, a unos ciento cincuenta kilómetros al norte de Hogwarts. No me van a encontrar incluso sabiendo cuál es el lugar, pero por favor, manden auxilio antes de que nos maten. Y eso sin contar la posibilidad cierta de que Voldemort se diera cuenta de la brecha en la seguridad y de que lo matara mucho antes de que sus potenciales rescatadores pudieran siquiera acercarse. No, ese plan había que desecharlo.
Sabotaje.
Draco casi que se rió de considerar tal delirio. Incluso en la improbable instancia de que pudiera engañar a Voldemort y su bandada de mortífagos, algo que de por sí era un disparate, ¿por dónde empezaría? ¿y con el fin de conseguir qué? Era absurdo, como todo lo que había pensado hasta ese momento.
¿Y qué en cuanto a su padre? Había sopesado la alternativa de recurrir a su padre con cierta esperanza al principio, pronto llegó a la conclusión de que sería un tremendo error. Lucius nunca le permitiría que renunciara. Si el servicio de Lucius para el Señor Oscuro era absoluto, y a Draco no le cabía la menor duda de que así era, entonces nunca le permitiría que tratara de apartarse de su destino.
Si Voldemort le ordenara que me matara, Padre lo haría sin vacilación.
No era un revés emocional para Draco, era el reconocimiento de una realidad que siempre había subconscientemente sabido aunque nunca se hubiera detenido a considerarla. Lucius era así, un Malfoy en estado puro. Lo que Draco siempre había querido ser. Complacer a su padre había su mayor deseo siempre, ese propósito estaba tan arraigado en su ser como su propio nombre. Su necesidad de obtener la aprobación de su padre y la lealtad debida a su apellido –apellido que se había ganado– de esas dos cosas no podía desentenderse con facilidad, eran parte de él, parte de su sangre.
Pero, si quería escapar de Voldemort, no tenía otra opción, Su padre nunca iba a apoyar su deseo de desertar y Draco terminaría transformándose en un riesgo para Lucius. Por más que odiara la idea, por más que lo destruyera interiormente, si quería abandonar todo debería darle la espalda a su padre.
Y estaba la alternativa de quedarse.
Draco frunció el ceño angustiado. Pero era la opción obvia. Y la más segura. Quizá se había estado precipitando con respecto a la noción de escapar. Claro, tenía ciertas reservas sobre transformarse en servidor de Voldemort… serias reservas en realidad… No te engañes, Draco, son reservas descomunales. ¿Pero acaso no era él un Malfoy? Un Malfoy juega según las reglas de la propia supervivencia y traicionar al Señor Oscuro no era precisamente una buena forma de asegurarse de que su cabeza siguiera unida al cuerpo.
Si durante años la idea de transformarse en mortífago lo había conformado, ¿qué necesidad había de cambiar ahora? Era el camino más seguro. Todavía contaba con el favor de Voldemort y el de su padre. Todo lo que hacía falta era que diera un paso al costado, reajustara la programación de su mente y ya. Se había pasado una vida aprendiendo a complacer a los poderosos, a ganarse el favor de las personas adecuadas. Pero no había sido sino una fachada, Draco sólo simpatizaba consigo mismo y las lealtades elegidas habían estado siempre regidas por la propia conveniencia. ¿Por qué no seguir así? ¿Por qué no ahorrarse el dolor, la angustia y posiblemente una muerte con posterior descuartizamiento y avenirse simplemente al destino que venía llamándolo desde hacía años?
Porque tengo miedo.
La respuesta era un grito que no podía acallar ni ignorar. Era cierto. No había forma de negarlo. No después de todo lo que había pasado. Tenía miedo de quedarse, tenía miedo de escapar. Estaba aterrado, atrapado y sin ninguna opción. Ninguna vía segura de escape, ni santuario donde ir a refugiarse. Era demasiado abrumador para un adolescente exhausto.
Se apretó nuevamente los ojos con las manos, en un esfuerzo desesperado para dejar la mente en blanco. Su padre, Harry, Voldemort, las tres imágenes conflictivas giraban en su cabeza. No parecía haber solución posible.
Se apretó aún más los ojos, un mosaico artificial de colores se desplegó bajo sus párpados, se concentró en los diseños espirales y helicoidales creados por la presión sobre el nervio óptico. Supuso que los colores debían de deberse en parte a un efecto del exceso de poción para no dormir, se le cruzó rápidamente la idea de que un uso prolongado de la poción podía ser tóxico a largo plazo. Bueno, si volvía a dormirse en el trabajo, el largo plazo poco importaba.
Volvió a centrarse en las tramas multicolores. Rojos y amarillos dejaban paso a los azules, como el cielo del amanecer. Luego hubo un remolino y todo viró al verde… y fue como si estuviera mirando directo a los ojos de Harry. La imagen lo atrapó, la respiración pareció trabársele, no podía quitar las manos de los ojos, no quería dejar de verlo…
Un crac repentino lo alarmó, casi se cae de la silla, el corazón se le aceleró, tuvo que sostenerse de los brazos de la silla para no caerse.
–¡Biddy! –gritó por lo inesperado de la aparición, luego trató de calmarse– No vuelvas a sobresaltarme de esa forma.
La elfa dio un saltito hacia atrás y le hizo una reverencia temerosa, las manos le temblaban y estuvo a punto de caérsele la bandeja que traía. Chilló asustadiza: –Amo, señor. Biddy lo siente mucho, joven amo, señor. Biddy sólo quería traerle la comida al joven amo, señor. –la elfa lo miraba con sus grandes ojos húmedos.
Draco suspiró, apretó los labios y se pasó las manos por el cabello acomodándolo hacia atrás. Luego de un instante reencontró la calma. –Está bien, no tiene importancia. Dejá la bandeja nomás.
–Sí, joven amo, señor. –ella dejó la bandeja sobre el suelo pero no se fue de inmediato. Se volvió hacia Draco, aventuró un paso al frente, pestañeó y preguntó con cautela: –Amo Malfoy… señor… ¿el joven amo se encuentra bien, señor?
Draco bajó lo ojos y la miró más que asombrado por la audacia.
No, no estoy NADA bien. Todo es un caos mayúsculo. Estoy confraternizando con el enemigo y considerando la posibilidad de traicionar al Señor Oscuro y todo lo que mi padre siempre me enseñó. ¿Te parece que a eso pueda llamársele que estoy bien?
–Sí, Biddy, estoy bien. Gracias.
La despidió con un gesto distraído de la mano. No podía decirle que se sentía agradecido por su preocupación. Un amo nunca debe rebajarse a admitir que precisa de un elfo para nada que no sean sino labores serviles. Lo contrario hubiera sido muy inapropiado.
Biddy apretó los labios muy consternada, no le había creído ni por un segundo y Draco lo sabía. Pero la elfa reasumió el comportamiento que de ella se esperaba. –Sí, como diga el joven amo, señor. –castañeteó y desapareció.
Draco miró la bandeja. Unos lindos sandwichitos, jugo de calabaza, té, manzanas, dos tazas, dos vasos, dos platos. Parecía más el despliegue para un picnic que las raciones para carcelero y cautivo. Pensar en la comida le daba una sensación desagradable en el estómago, igual tenía que darle de comer a Harry. Iba a ser la primera interacción en horas… desde que Draco había usado el Cruciatus. El recuerdo lo hacía sentir sucio.
Sirvió una taza de té, Biddy no se había olvidado de la azucarera, le agregó dos terrones a la taza. Puso dos sándwiches y una manzana en uno de los platos. Ya se iba a poner de pie pero lo pensó mejor y agregó un tercer sándwich. Luego, y con cierta aprensión, se aproximó a la celda.
Harry estaba acurrucado de costado contra la pared. Draco alcanzaba a distinguirle el perfil; tenía los ojos cerrados, como si durmiera, pero todo el cuerpo se le notaba tenso.
–Potter… ¿estás despierto? El almuerzo…
–Andate a la mierda, Malfoy.
Era de esperar, razonó Draco, pero no hacía las cosas más fáciles. Tenía que decir algo, ¿pero qué? Potter no iba a querer oír ningún tipo de disculpa, pero quizá se aviniera al sentido común. Respiró hondo y enderezó los hombros.
–Oíme, Potter, pelear conmigo no nos va a hacer ningún bien a ninguno de los dos. Ya sé que vos estás convencido de que soy un hijo de puta vil y hedonista y vaya uno a saber cuantas cosas más. Probablemente tengas razón. Pero no hagas las cosas más duras de lo que ya están.
–¿Duras? ¿Tan duro como usar el Cruciatus en una víctima desarmada? Me imagino cuán duro te debe de haber resultado, Malfoy.
Draco tragó. –Potter…
–Y resulta que yo terminé siendo tu primera víctima. ¡Qué sorpresa más agradable para vos! Por supuesto que todo por mi culpa, no te vayas a olvidar de eso. ¿Disfrutaste el pasatiempo, Malfoy?
Harry no se había dado vuelta para hablar. No vio la expresión de la cara de Draco. Labios y ojos apretados como si tratara de defenderse del acerbo aguijón del comentario. Sólo pudo replicar con una voz esforzada y ronca. –No, Potter. Aunque nunca me lo creas… y aunque ya no importe… pero no.
Harry abrió los ojos pero no se volvió. La vista clavada en la pared delante de sí. Lo que Draco alcanzaba a verle del perfil no le reveló ninguna emoción que Harry pudiera estar escondiendo, la respuesta vino con un tono igualmente ambiguo. –Puras mentiras.
Frustración. Todo indicaba que no iba a conseguir nada. –Está bien. Como vos digas. Pero como ya te dije… está el almuerzo. Sándwiches.
No hubo respuesta.
Draco sacudió la cabeza. –¡Por Merlín, Potter! No están envenenados.
Harry finalmente se volvió y lo miró. Draco hizo una mueca, preparándose para que los ojos lo desgarraran como otras veces… pero no fue así.
Harry se apoyó contra la pared, con los hombros caídos. Expresión bastante neutra pero dura, desesperanzada quizá. Los ojos se veían apagados como si no lo vieran, como si se hubieran retraído sobre si mismos. Bajo la tela de la remera un músculo se le contrajo como por voluntad propia y un brazo sufrió un breve espasmo, un efecto físico residual de la maldición. Pero los ojos delataban que había sido afectado mucho más hondamente. Estaba en muy mala condición física y emocional y Draco había sido la causa.
–¿Por qué no lo hacés? –preguntó Harry.
–¿Por qué no hago qué?
–Envenenarlos. Estoy seguro de que sería más rápido y mucho menos doloroso.
Draco quería bloquear de inmediato el rumbo que tomaba la conversación. –Potter…
–Pero no lo harías… porque en ese caso no podrías torturarme más… y no podrías alardear ante papá y ante Voldemort…¡ah y me olvidaba!... tenés que mantenerme vivo para tu amo…
Draco apretó los dientes. Esto había pasado de castaño a oscuro… la frustración se había vuelto enloquecedora… –Ahora me vas a tener que escuchar…
–¡No! –interpuso Harry cortante y de pronto parecía que hablaba para consigo– Dicen que sin beber una persona se muere en tres días… ¿es eso cierto, Malfoy?
Draco se sacudió en shock. Era la última cosa que hubiera esperado oír de Harry y definitivamente no la que quería oír… no en ese momento… –Potter, no…
–¿Qué, Malfoy? ¿Arruinaría tus planes? –había determinación y un dejo de diversión en el tono de Harry… había sonado también frío y distante… pero vivo… Se pone cada vez peor, pensó Draco.
–¡Pero vos no querés morirte! –borbotó Draco, como queriendo convencerse más a si mismo que a Harry– Vos dijiste que… –no pudo completar la idea.
–Por supuesto que no quiero morir… pero es lo que va a pasar de una forma u otra.
–No…
–No lo voy a dejar que gane, Malfoy… Si tengo que morir será en mis términos… incluso si tengo que…
–…hacer que yo te mate. –completó Draco antes con un susurro, Harry lo miró sorprendido– Sí, Potter, me acuerdo. Me acuerdo muy bien.
Harry abrió la boca un poco, lo sorprendía que Draco comprendiera la situación pero también la forma en que estaba reaccionando. Observó a Draco poner el plato sobre el suelo, luego lo vio sacar la varita, en la otra mano sostenía la taza de té. Murmuró un encantamiento y sacudió la muñeca, la taza se elevó en el aire, dirigida por la varita de Draco partió flotando dejando una fina estela de vapor a su paso, cuando llegó a la altura de Harry, descendió y se depositó suavemente sobre el suelo.
–Mucho mejor que en tu TORDO. –dijo Harry.
Draco encogió los hombros. –Estaba distraído.
Harry miró la taza. –¿Tiene azúcar?
Draco se permitió un atisbo de sonrisa. –Dos terrones.
Por un instante pareció que Harry podría haberlo perdonado… pero no duró. Sus ojos se ensombrecieron y los rasgos se tornaron duros. Le dio una patada a la taza y la mandó rodando por el suelo hasta que se quebró y dejó un charco humeante y fragmentos de porcelana desparramados.
Miró a Draco. –La próxima vez, asegurate de que esté envenenado, no azucarado.
Draco sintió un vacío en el estómago. Potter hablaba en serio. Se iba a dejar morir de hambre y sed. El último recurso de un hombre que había decidido que ya no le quedaba otra opción.
El suicidio habría podido parecerles a muchos una forma de rendición. Draco sabía que no era así. Harry Potter no se estaba rindiendo. Para no permitir que fuera Voldemort el que lo matara, Potter elegía el camino del autosacrificio. Moriría desafiando al Señor Oscuro y Voldemort no podría salirse con la suya.
Noble hasta el final. El maldito Gryffindor.
No se molestó en llevarse el plato servido, se alejó de la reja. No podía seguir mirándolo, como si no estuviera todo ya muy enredado… encima eso… Draco no estaba preparado para ver a alguien dejarse morir de hambre delante de sus ojos… ni siquiera a Harry Potter… a Harry Potter menos que a nadie, en realidad.
Si este intento de suicido tiene éxito, –pensó sintiéndose miserable– al menos no voy a tener que ver cómo Voldemort lo mata en un ritual sanguinario. El pensamiento no sirvió para aplacarle las náuseas intensas que lo atacaban. Se sentía completamente desamparado. Débil y desamparado.
Se echó descuidadamente sobre la silla y fijó la mirada al frente, sin mirar nada en particular, no había nada que quisiera ver. Cerrar los ojos no marcaría diferencia y tratar de pensar en otra cosa no serviría de nada, su mente volvería inevitablemente a lo mismo, Harry, tirado sobre el suelo del calabozo muriendo lentamente.
Quizá era mejor así. Si Voldemort lograba despojar a Harry de su poder y sumarlo al suyo se volvería invencible. Draco podía entender por qué Harry lo hacía, no quería facilitarle a Voldemort la victoria. Para Harry, eso sería mucho peor que morir. Draco se encontró pensando que ya que no podían escapar, que sería mejor que al menos Harry tuviera éxito en su grotesca misión suicida. No sería la mejor de las soluciones, pero tampoco sería la peor. Quizá sí era mejor suicidarse que morir a manos de Voldemort.
Quizá haya una forma de escapar.
Apenas el pensamiento cruzó por su cabeza, lo invadió una ola de tristeza. ¿Estaban tan mal las cosas como para que el suicidio terminara siendo una salida favorable? No era una salida que el tomaría, lo sabía.
¿Y por qué no? No es que esté haciendo nada que valga la pena sentado acá.
Se llevó una mano al cuello y con un dedo recorrió la herida, había todavía restos de sangre seca. Morir a manos de Voldemort era el peor escenario imaginable. Pensó en su propia daga, la que había usado para atacar a Harry. Un corte certero en el cuello y todo concluiría de inmediato. Y entonces, ¿por qué no?
Porque soy un maldito cobarde.
Días antes admitir algo tan denigrante sobre sí mismo jamás se le habría cruzado por la cabeza. Se habría pasado horas buscando excusas que justificaran su comportamiento, tal como lo había hecho durante años. Nada de eso le parecía que tuviera objeto, ahora. Estaba cansado de argüir consigo mismo. Tenía que hacer algo. Cualquier cosa. Tenía que pasar a la acción porque la inacción lo estaba empujando al borde del abismo. Pateó el suelo con un pie y se deslizó más abajo en la silla en una posición incluso menos elegante que la que ya había adoptado.
Sentate derecho, Draco. Esa posición es totalmente impropia de un Malfoy. La amonestación de Lucius resonó en su cabeza.
¡Callate, padre!
Sacó la daga de la vaina que colgaba de su cinturón y la sostuvo delante de los ojos. Observó el reflejo de las antorchas en la brillante superficie, fuego sobre metal. Algunas partes de la hoja todavía mostraban restos de sangre seca. Sostuvo la punta entre el pulgar y el índice y la hizo rotar, no como para cortarse sino para observar la danza de las luces sobre el metal que giraba. Era hermoso, hipnótico. No había sonidos, sólo reflejos. No veía únicamente las antorchas, también las paredes y la puerta de madera… y en una de las vueltas alcanzó a ver la imagen de Harry. Harry lo observaba pero Draco estaba totalmente absorto en la sucesión vertiginosa de reflejos.
–Te lo he dicho infinidad de veces, Draco, sentate derecho.
Draco estaba por contestarle que se callara cuando captó la imagen de la cara de su padre sobre la daga. Sobresaltado por la interrupción repentina, se puso de inmediato de pie, la punta afilada se deslizó, le produjo un corte y la daga cayó al suelo.
–Padre, perdón no te oí entrar…
Lucius lo miró severamente haciéndolo callar. –Draco, considerando tu función, habría esperado que estuvieras más alerta, no soñando despierto. Imaginate si fuera el Señor Oscuro el que hubiera entrado y te hubiera encontrado en tal estado.
Draco estuvo a punto de explicar que si ese hubiera sido el caso, la cicatriz lo hubiera alertado a Potter, pero lo pensó mejor y se guardó el comentario. Inclinó la cabeza mostrando una aceptable actitud avergonzada y se disculpó: –Perdón, padre, no volverá a ocurrir.
–Espero que no. –dijo mirándolo con dureza, se agachó y levantó la daga– Y no deberías ser tan descuidado con esto. Te lo di como un arma, no como un juguete, no puedo permitirte que trates a artefactos mágicos como éste con tal negligencia.
Draco estiró la mano automáticamente para que se la devolviera pero Lucius la retiró poniéndola fuera de su alcance. Draco agachó más la cabeza. –Sí, padre.
Lucius hizo un gesto breve de asentimiento pero no parecía del todo satisfecho con la respuesta. Bajó la vista a su lado, hacia una muy temerosa Biddy, que aparentemente había venido con él. –¿Y bien? ¿Qué estas esperando? –le gritó a la elfa– Te dije que juntaras la bandeja y te fueras.
La elfa se apresuró a obedecer.
–Draco, te asigné esta elfa y ni siquiera podés manejarla como se debe. Entre lo de la daga y lo de la elfa estoy empezando a dudar… parecería que no estás bien preparado para el honor que se te ha de conferir. –hizo un gesto hacia Biddy que se sacudía aterrada mientras iba acomodando las cosas en la bandeja– Esta elfa parece haber adquirido criterio propio desde que te la cedí. La muy condenada le contestó hoy dos veces con impertinencia a tu madre y una vez a mí. ¿acaso no te enseñé cómo se debe manejar a los sirvientes?
–Sí, padre. –contestó Draco, sus ojos se fijaron en Biddy, tenía una fea marca de un bastonazo en la cara y temblaba como una hoja mientras juntaba los platos que estaban sin tocar.
Lucius lo observó con atención: –¿Has estado comiendo bien, Draco?
Iba a responderle con un sí automático, pero la prueba en contrario era palmaria. –No tenía demasiado apetito, padre.
–Ah… ¿todavía perturbado por tu reunión con el Señor Oscuro? –cada palabra destilaba desaprobación– Vas a necesitar desarrollar un cuero más duro para afrontar las tareas que te tocarán llevar a cabo en el futuro. Y es preciso que comas bien para mantener las fuerzas.
Draco iba a preguntar a qué tareas estaba haciendo referencia cuando fue interrumpido por un estrépito de porcelana que se rompía, a Biddy se le había caído la bandeja y estaba en medio de un charco de té y rodeada de fragmentos de vajilla.
–¡Biddy, tené más cuidado con…! –empezó a decir Draco pero Lucius lo cortó.
–¡Miserable desgracia de elfa! ¡Qué desempeño más lastimoso! ¡Indigna de servir a los Malfoy! –le dio un violento bastonazo en la espada y la hizo caer al suelo.
Draco miraba toda la escena aturdido, dirigió una rápida mirada hacia la celda, Harry seguía sentado en el mismo lugar ajeno a todo lo que estaba pasando.
–Volvé a la Mansión y castigate como se debe. ¡Te quiero fuera de mi vista ya! –vociferó Lucius, con un chillido agudo y un crac la elfa desapareció.
Lucius hizo desaparecer todo el desquicio con un movimiento de varita y se volvió a su hijo. –Draco, si querés seguir disponiendo de la elfa vas a tener que manejarla como yo te enseñé.
Draco inclinó brevemente la cabeza. –Sí padre.
–Bien. Tengo novedades para vos.
Alzó la cabeza rápidamente, la sonrisa torcida había vuelto a los labios de su padre. –¿Novedades, padre?
Lucius no respondió de inmediato, sacó de su toga un libro que parecía muy antiguo. Estaba encuadernado en cuero de dragón, muy desgastado por el tiempo. Sobre la tapa tenía un grabado que representaba las tres fases visibles de la luna. Por encima del grabado se podía leer el título: Magia Lunar.
Draco miró a su padre. –Éste es de la sección oculta de la biblioteca, creo recordarlo.
Lucius asintió aprobador. –Una observación acertada, Draco. Éste es uno de los libros más antiguos de la colección de los Malfoy. Y es uno de los pocos libros de la sección oculta que no trata exclusivamente de magia oscura.
Draco arrugó los labios. –No lo he leído. ¿De qué trata si no es de magia oscura?
Con una sonrisa intrigante, Lucius le entregó el libro.
–Los encantamientos y pociones de este libro corresponden a las Antiguas Artes.
Draco frunció la frente. –¿Sería algo así como magia folklórica?
Lucius golpeó irritado el suelo con el bastón. –¿Pero es que no has aprendido nada de lo que te he enseñado? ¿Tenés acaso la capacidad mental de un squib?
Draco hizo una mueca por el insulto pero no dijo nada, la vista fija en el libro que tenía en las manos.
–Deshonras la pureza de nuestra herencia mágica comparando las Artes Antiguas con la magia folklórica de los muggles. No son la misma cosa. Deberías saberlo, Draco.
Draco se controló para no replicar. Concedió con leve gesto y esperó a que su padre prosiguiera.
Lucius dio una palmada sobre la tapa del libro. –Las Artes Antiguas son muy distintas de la magia moderna, pero no menos poderosas, y ciertamente no son magia folklórica. Mejor que no cometieras tamaño error frente al Señor Oscuro. Esa basura folklórica es el deplorable intento de los muggles de hacer magia según lo que trataban de copiar de los magos de entonces, antes de que el mundo mágico pasara a ocultarse. En la magia folklórica siempre faltan elementos fundamentales y todo se mezcla con la fútil creencia en deidades a las que se le debe rendir culto. Las Artes Antiguas fueron creadas por verdaderos magos.
Draco sabía todo eso, al menos vagamente y no estaba con ánimos para una clase. Le habían enseñado sobre las Artes Antiguas pero como siempre le había parecido que estaban muy relacionadas con los muggles, nunca les había otorgado demasiada importancia. Pero al parecer implicaban mucho más de lo que traslucía a primera vista. Estaba por preguntarle a su padre por qué no se les daba más importancia, pero no quería irritarlo más, ya demasiado había tenido que aguantar.
–En las Artes Antiguas, –continuó Lucius– había una vasta zona gris entre "magia común" y Artes Oscuras y no había un Ministerio que regulara su uso. Con el tiempo se desarrollaron "mejoras" de la magia común, pero los elementos oscuros fueron eliminados y no se los reemplazó con encantamientos adicionales. El plan del Señor Oscuro para Potter usa aquella magia milenaria.
–Padre, –preguntó Draco con el tono más diplomático posible, –¿podrías explicarme que relevancia para mí tiene todo esto que me estás diciendo?
La expresión de Lucius se ablandó un poco y hasta dejó ver algo que podía confundirse con una sonrisa. –Draco, el señor Oscuro está al tanto de tu pericia en el Arte de las Pociones… cuando te lo propones. Y si bien hay otros que quizá estén mejor calificados para la tarea, ha decidido concederte a vos el honor.
Draco no pudo ocultar su confusión y parpadeó estúpidamente. –¿Qué honor?
–El de asistirlo en la creación de la poción para el deceso de Potter, naturalmente.
Draco sintió como si se le detuviera el corazón, de golpe su caja torácica parecía haber disminuido a la mitad de su tamaño. Le palpitaban las sienes y le atronaban los oídos.
–Vos capturaste al mocoso insufrible y tu iniciación tendrá lugar justo después de su muerte. Ésta es una prueba final para que demuestres que sos digno de sumarte a las filas de los mortífagos.
¡Merlín, no! –pensó Draco– ¡Por favor, no! Pero se puso la más neutra de las máscaras y asintió. –¿Qué es lo que debo hacer, padre?
–El Señor Oscuro te dará instrucciones adicionales más adelante, pero por ahora tenés que aprender todos los aspectos relacionados con la preparación de esta poción. –Lucius abrió el libro en una página ubicada por el medio– Teoría, ritual y preparación; dado que se trata de Arte Antigua, muchos detalles serán distintos de lo usual, hará falta adaptar cosas, seguramente. Como ya había dicho, hay otros que están más capacitados, pero el Señor Oscuro te ha dispensado este honor a vos. Es una oportunidad que no debes desperdiciar. –le posó una mano sobre el hombro con orgullo, si bien algo reservado– Harás honor a tu apellido, Draco. Preparate bien. No fracases.
La mano de su padre se sentía pesadísima. Sólo había una forma de responder. –Sí, padre.
–Muy bien. –dijo Lucius retirando la mano– Buena suerte. Y asegurate de no estar otra vez soñando despierto mientras cumplís tus funciones, no sea que venga el Señor Oscuro y te encuentre distraído. Sería algo que ciertamente no lo complacería.
–Sí, padre.
Lucius extendió la otra mano con la daga presentada por el mango, Draco la tomó y lo miró, las duras facciones, tan parecidas a las suyas y tan diferentes, no presentaban ningún rastro de sentimiento paternal.
–Y mantené siempre una postura erguida. –y habiéndole recordado eso dio media vuelta y se marchó. –Draco se quedó quieto escuchando los pasos que se alejaban y finalmente el ruido de la puerta de los subsuelos que se cerró. Con la mirada en blanco trataba de convencerse de que toda la escena no había sido sino una alucinación debida al extremo cansancio. Era incomprensible, el Señor Oscuro no podía asignar a un novato para una ceremonia tan fundamental. ¡Imposible! Sentía la boca seca.
A menos que se trate de una prueba.
Miró el libro que sostenía. Había una mancha roja bajo su pulgar, fue cuando recordó que se había cortado. Dejó el libro sobre la silla y sacó un pañuelo del bolsillo. Iba a limpiarse pero se detuvo, alzó la mano y la observó, el corte ya casi no sangraba pero tenía sangre a medias seca a lo largo del dedo y en la palma. Decidió que no había nada bello en la sangre. Ni nobleza ni bravura en el derramamiento de sangre. Siempre se había sentido tan orgulloso de su sangre: la pura e ilustre sangre de Malfoy. Había estado convencido siempre de que era distinta de las sangres "inferiores", pero tenía el mismo horrible tono de rojo Gryffindor que las otras. El mismo que la de Harry.
Miró hacia la celda, Harry lo observaba con atención, con oscura curiosidad.
–¿Se te perdió algo, Potter?
–No.
Draco levantó una ceja. –Qué raro, se diría que sí por la atención con la que me mirás.
La réplica de Harry fue directa. –Debés estar muy ansioso de que llegue el momento. Para vos esto va seguir siendo algo personal hasta lo último.
Draco apretó los dientes e inhaló con un sonido sibilante. No quería meterse en otra discusión sin sentido. Desvió la vista y se dedicó a envolverse el pulgar con el pañuelo.
–Parece que vas a ser vos nomás el que me mate. –lo provocó Harry– Esto es, si es que todavía estoy vivo para entonces, para que vos puedas darte el gusto. Eso no sería nada bueno. ¿Cómo se lo vas a explicar a tu amo si resulta que ya estoy muerto antes del "gran final"?
Draco estaba muy tenso y no le quedaba paciencia, optó por lo más simple, una sonrisa desdeñosa. –Quedate con las ganas de saberlo, Potter.
Le dio la espalda. Podía discutir toda la tarde con Potter pero para lo que iba a servir… Apartó a Potter de su mente y miró el libro sobre la silla con la mancha roja en la tapa. Usó un encantamiento para limpiarlo y luego otro para curarse el dedo. Luego se sentó con el libro sobre la falda.
No que estuviera ansioso de aprender sobre esa magia antigua, y ciertamente no quería usar esa poción con Harry, pero por el momento no había otra cosa que hacer. Su padre volvería para interrogarlo sobre lo que había estudiado, ya tenía demasiados problemas no quería otro más.
Además, la lectura lo distraería y aplacaría la vorágine de pensamientos que se obstinaban en rondarle por la cabeza. Y tenía que admitir que sentía cierta curiosidad. Su padre siempre le había dicho que el conocimiento era poder. Aprender sobre los planes de Voldemort podía resultar ventajoso… y era su obligación de todos modos. Abrió el libro en la hoja señalada.
El pergamino estaba muy desgastado y opacado por el polvo, la tinta se había borrado en algunas partes, en una esquina había una gran mancha seca, quizá de alguna poción volcada siglos antes. Pero el texto era legible. En uno de los márgenes había símbolos arcaicos, alguno parecían muy oscuros, y también dibujos de la luna, una secuencia de ocultamiento durante un eclipse.
No estaba escrito en inglés medio, lo cual era raro siendo que se trataba de un volumen tan antiguo. Seguramente su padre había usado un encantamiento de traducción. Soltó una risita para sus adentros. Su madre podía leer ingles medio e inglés antiguo, pero su padre nunca se había tomado el trabajo de aprender. Estaba siempre muy ocupado con otras cosas más importantes, entretejiendo relaciones para aumentar su influencia política y sirviendo al Señor Oscuro.
Se envolvió con la manta y se dispuso a aprender todo sobre la poción Eclipse del alma. Se trataba de una poción muy simple como casi todas las del Arte Antigua. El encantamiento y la poción habían sido creados en una era donde el duelo no era una cuestión más bien deportiva, los magos rivales se enfrentaban en batalla acompañados por un pequeño ejército. La idea era que si un mago podía capturar a su rival con vida, podía despojarlo de sus poderes y absorberlos para sí. La conquista total, completa. Sin duda lo que Voldemort quería para el chico que se le había escapado una y otra vez de las manos. Tendría un significado efectivo y simbólico de victoria absoluta sobre Harry y lo transformaría en el mago más poderoso de la época.
Los ingredientes eran hierbas básicas, en su mayoría muy fáciles de conseguir. Raíz de cálamo, artemisia, espinas de majuelo, violeta del asno –denominación antigua de la vincapervinca–, muérdago, semilla de membrillo y ramitas de tejo.
La raíz de cálamo y la artemisia ataban el poder del mago conquistado a la fase lunar, el eclipse propiamente dicho actuaba como catalizador de la transición de poderes del vencido al vencedor. La vinca y el majuelo actuaban permitiendo que se pudiera extraer el espíritu de la víctima de su cuerpo. El tejo –relacionado en muchos mitos con la reencarnación– impedía que el espíritu del muerto descendiera al mundo subterráneo de las almas.
Extraño, pensó Draco, los muggles suelen plantar tejo en sus cementerios, a pesar del miedo obsesivo que les tienen a los fantasmas.
La semilla de membrillo establecía un vínculo entre el conquistado y el conquistador y abría un canal unidireccional para el flujo del poder del primero hacia el segundo. El muérdago servía sólo como un intensificador de la potencia del filtro. La elegancia de la técnica era admirable, era una pena –pensó Draco– que algunos de los elementos más poéticos de las Artes Antiguas se hubieran perdido para la magia moderna. Eran realmente un arte y despertaban al esteta en Draco.
De lo poco que Draco sabía de las Artes Antiguas, la utilización de los fenómenos astronómicos era también algo muy típico. Los rituales relacionados con el sol y la luna habían sido las primeras prácticas mágicas de las que se tuviera noticia. Casi toda la magia primitiva estaba relacionada con alguno de los dos astros. Había pociones que debían prepararse durante una fase precisa del ciclo lunar, encantamientos que debían usarse a la salida del sol, rituales propios de los solsticios y hechizos que sólo eran efectivos a la medianoche. La poción en cuestión era de lo más simple y predecible, en cuanto a elementos.
Sin embargo, la simplicidad terminaba allí. En los rituales de Arte Antigua, campeaba siempre un elemento emocional. La poción servía para abrir una conexión entre los dos magos, el eclipse forzaba una transición, pero el elemento clave que aseguraba el éxito era emocional. El odio crudo y primigenio. Actuaba como un vacío que atrae todo hacia él. El vencedor drenaba por completo el poder del vencido. El ritual y la poción sólo resultaban efectivos con el peor y más odiado de los enemigos. En el caso de Voldemort y Harry era ideal.
Adecuado sin lugar a dudas, pero a Draco se le antojaba también como una especie de broma grotesca y enfermiza. Alguien que presumiblemente era incuestionable y absolutamente poderoso necesitaba sin embargo quitarle el poder a un adolescente para volverse invencible y subyugar por completo al mundo mágico. Era enfermante pensar en Voldemort vaciando, despojando a Harry hasta secarlo. Se sentía como algo tan… mal.
Cerró los ojos, quería bloquear el pensamiento, pero las ideas e imágenes se tornaban más vívidas. Podía ver a Harry atado y amordazado como cuando Voldemort lo había torturado, pero apenas se resistía, se volvía cada vez más débil y los ojos se le nublaban. Finalmente, sin ninguna pompa ni fanfarria se marchitaba en sus ataduras y el movimiento de respiración de su pecho cesaba por completo. Y luego se alzaba la risa aguda y cruel de Voldemort y el crudo sonido hacía crepitar todo el aire, el nuevo poder absorbido no sólo se había adicionado, había multiplicado el poder de Voldemort. No se lo veía pero Draco podía percibir su helada presencia llenándolo todo. Era odio frío y duro que todo lo toma y no devuelve nada a cambio. Voldemort había sido terrible ya antes, pero después de matar a Harry, era avasallante. Hogwarts caería, Gran Bretaña se derrumbaría y no se detendría allí. Nunca se detendría.
Un estruendo lo trajo de vuelta a la realidad. Miró alrededor de inmediato temiendo que hubiera vuelto Lucius, pero sólo vio a Harry que, al parecer, estaba profundamente dormido. Cuando miró al suelo descubrió la causa del ruido, el libro se le había caído. Otra vez había estado soñando despierto y ya lo habían recriminado una vez por eso ese mismo día. Mal pintaba el asunto si seguía así… bueno… por lo menos esta vez estaba sentado erguido. Se inclinó para levantar el libro, notó que la mano le temblaba… en realidad todo él temblaba y su respiración era corta y jadeante, la ensoñación lo había perturbado como una pesadilla. Iba de mal en peor, no podía permitírselo… no podía permitirse perder el control y verse afectado tan seriamente.
Depositó el libro en la falda y se tomó unos minutos para calmarse. Tenía mucho que aprender todavía sobre el ritual. Su padre o el Señor Oscuro podían venir de un momento al otro para tomarle examen. Más le valía estudiarse bien todo. La marca se le había perdido, maldijo por lo bajo y fue recorriendo rápidamente las páginas: Proemio, Principios básicos de magia lunar, Técnicas de contraataque, Hierbas lunares, Cálculo de los ciclos lunares, Astrología lunar, Maldiciones…
–¡Crac! –un nuevo susto.
–¡Biddy! –gritó sorprendido, el libro se le había caído otra vez– Ya te había dicho que no me sobresaltaras así.
La elfa retrocedió unos pasos, la bandeja que llevaba en las manos temblaba. Chilló lastimosamente. –¡Biddy lo siente muchísimo, joven amo, señor! ¡Biddy no lo volverá a hacer, joven amo! ¡Por favor, joven amo, no castigue a Biddy! ¡Biddy sólo quería traerle el té al joven amo, señor! –hizo una marcada reverencia, la porcelana tintineaba sobre la bandeja y dos terrones de azúcar cayeron al suelo.
Draco parpadeó un par de veces, la elfa había vuelto a la actitud asustadiza de antes, pudo observar que tenía más marcas de golpes en la cara, los brazos y las piernas. Seguramente eran del bastón de su padre. Lucius debía de haberse ocupado de recordarle comportarse como era debido.
–No te voy a castigar, Biddy. No tengo tiempo para eso y todo indica que ya te han castigado más que suficiente por hoy.
La elfa depositó la bandeja sobre el suelo con mucha torpeza y todavía sacudiéndose de pavor. Algo de té se derramó de la tetera. Torció un labio con expresión culpable y los ojos llorosos.
Draco suspiró y dejó ver una especie de melancólica sonrisa. –No te inquietes, Biddy. Sos mía, no de mi padre. Y yo no creo que merezcas castigo por un pequeño error.
Las lágrimas brotaron a raudales de los ojos de la elfa. –¡Oh, joven amo! ¡Biddy no merece un amo tan generoso como Ud., señor! ¡Cualquier cosa que el joven amo necesite… cualquier cosa… el joven amo sólo tiene que pedirlo, señor!
La elfa se sonó las narices con una punta de la funda que la cubría. Draco hizo una mueca de disgusto –qué poco higiénico–, pero de inmediato cambió a una expresión neutra. Había cosas más importantes que atender.
–¡Biddy, shhhh…! No querrás que venga mi padre… ¡Silencio! –Draco no quería que el escándalo atrajera a su padre, si por casualidad estaba en los cuarteles, lo último que quería era otra filípica sobre cómo manejar a los elfos domésticos.
Biddy hizo silencio de inmediato, se mordió un labio y asintió vigorosamente. Draco aguardó nervioso unos momentos, nadie se hizo presente y Harry seguía durmiendo en la celda. Suspiró aliviado.
–Así está mejor, Biddy. Volvé dentro de un rato para retirar la bandeja. Hay cosas que tengo que hacer.
Biddy volvió a asentir y susurró: –Sí, joven amo, señor. Si el joven amo necesita cualquier cosa…
Draco la interrumpió algo impaciente: –Andá nomás, Biddy… –y de pronto se detuvo en medio de la oración, miró a la elfa como si la hubiera visto por primera vez– … ¡esperá!
Biddy replicó inquisitiva: –¿Sí?, joven amo, señor.
Se le había ocurrido una idea repentina. –Biddy, ¿dijiste que harías cualquier cosa que yo te pidiera?
Biddy asintió lentamente.
Draco se había llenado de excitación pero se esforzó en usar un tono pausado y calmo. –Y mi padre te asignó a mí… por tanto tu lealtad hacía mí está antes que la lealtad hacia cualquier otra persona… ¿correcto?
–Sí, joven amo, señor. –contestó confundida.
Draco se sentía pleno de ansiedad… se le abría todo un universo de posibilidades. Iba a tener que confiar en una elfa doméstica… pero las opciones hasta momentos antes eran casi nulas… y ahora… Se inclinó hacia delante y le hizo una seña a Biddy para que se le acercara. Ella miró temerosa hacia los dos lados pero se apresuró a obedecer.
Draco se agachó aun más y susurró con tono conspirador: –Biddy, lo que voy a pedirte no tenés que decírselo a mi padre… ni a nadie… y por ninguna razón… ¿me entendés?
La elfa dilató los ojos y asintió entusiasta.
–Bien. Escuchame con mucha atención. Voy a necesitar que busques y me traigas dos artefactos que están en la Mansión. Deben de estar guardados entre los objetos personales de mi padre… vas a tener que buscar minuciosamente y sin que te noten… el primero es un colgante que se parece a una brújula… ¿sabés lo que es una brújula?
Biddy asintió sin pronunciar sonido.
–Perfecto. Lo otro… son dos cristales que tienen forma de pirámide, del tamaño de mi puño, más o menos. –cerró un puño delante de ella para demostrar, la elfa no pudo evitar un movimiento preventivo de retroceso, Draco sacudió levemente la cabeza y suspiró. –Ah… y esto es muy importante… los cristales no tenés que traerlos acá, Voldemort los detectaría como una violación de la seguridad.
Biddy lo miró dubitativa. –¿Y qué debe hacer Biddy cuando encuentre los cristales?
Draco reflexionó un momento. –Antes de que busques los objetos… necesito que explores los subsuelos aquí en la fortaleza… necesito que encuentres una vía de salida… un viejo túnel, un pasadizo secreto… algo que nos permita ir más allá de las defensas sin que nos descubran. Sin una forma de escape así, los objetos serían inútiles. Después, cuando encuentres la brújula… tenés que traérmela. Cuando encuentres los cristales, poné uno afuera de la fortaleza, cerca de la boca de escape. El otro… necesito que lo lleves a Hogwarts. Si podés dárselo a Dumbledore… mejor que mejor. Decile… decile que lo guarde… y que se lo mandé yo… y que con suerte Harry Potter y yo volveríamos a la escuela pronto. ¿Podés hacer todo eso?
–Sí, joven amo, señor. –contestó con voz aguda. Había empezado a temblar otra vez.
Draco arrugó los labios. No podía arriesgarse a que la elfa se asustara y lo delatara. –Oíme, Biddy… si vos pensás que no podés hacer esto o que estás obligada a decírselo a mi padre… decímelo ya y cancelo todo lo que te pedí que hagas… mi padre no debe saberlo.
La elfa lo miró perpleja… no era usual que a un elfo se le dieran opciones, mucho menos a un elfo de los Malfoy.
Draco apretó los dientes. Odiaba tener que admitir en voz alta ante un elfo lo que iba a decir, pero no le quedaba alternativa. –Biddy, vos dijiste que si necesitaba algo, cualquier cosa, no tenía más que pedírtelo. En mi vida he necesitado algo tanto como necesito esto. Y sin vos no puedo conseguirlo… ¿lo vas a hacer… por mí?
La expresión de la elfa cambió de inmediato de la duda a la determinación. –Joven amo, Biddy cumplirá la promesa que le hizo al joven amo, señor. Biddy hará todo lo que el gentil amo le pide. Biddy encontrará una salida. Biddy buscará los objetos. Biddy guardará el secreto del joven amo, señor.
Draco le sonrió. –Gracias, Biddy. Y ahora date prisa… no hay ni un segundo que perder.
Mostrando una actitud de confianza que Draco no había visto jamás en un elfo, Biddy asintió, retrocedió un paso y desapareció con un agudo crac.
Draco se quedó mirando el punto que había ocupado la elfa un segundo antes. Había puesto a rodar algo y no estaba seguro de que fuera muy sensato haberlo hecho. No era un plan magnífico… ni de lejos. Estaba poniendo su destino en manos de una elfa doméstica. No obstante… por extraño que pareciera… sentía que podía confiar en ella. No tanto porque fuera su servidora… que cumpliría cualquier orden que él le diera… sentía que ella realmente quería ayudarlo. No era sino una elfa doméstica… una triste elfa doméstica… pero quizá lo lograra… quizá…
Hay una forma de escapar.
Algo mareado por ese repentino rayo de esperanza, Draco se recostó cómodamente sobre el respaldo de la silla. Una amplia sonrisa se le había desplegado en los labios, no se preocupó en ocultarla. De repente se incorporó y abrió grandes los ojos, volvió la vista hacia la celda. Harry seguía acurrucado en su lugar, durmiendo.
¡Potter! ¡Tengo que decírselo a Potter!
Saltó del asiento y dio dos zancadas hacia la reja… y se detuvo en seco. Su padre toda la vida le había dicho que revelar los planes era siempre una jugada riesgosa. Bastaba que se lo dijeras a una persona para que dejara de ser un secreto. Hacías eso y perdías el control de todo. A veces, Lucius tenía razón.
Harry se encontraba, por ponerlo de un modo suave, de un talante inestable. Impredecible, dispuesto a oponerse a todo, beligerante. Difícil era anticipar cómo iría a reaccionar. Era posible que se negara a creerle o que el enojo que se había adueñado de él le nublara la percepción. O podía volverse temerario, dado que poco era lo que podía perder, y dejar escapar algún indicio como una forma de desafiar a Lucius o al Señor Oscuro. Decírselo a Harry podía constituir un serio riesgo para el plan… y para la supervivencia de Draco. No… no podía decírselo… era la única posibilidad que tenían y ponerla en peligro equivalía al suicidio.
Suicidio.
Le volvió la desagradable sensación en el estómago. Cuanto más se prolongara la huelga de hambre, mayores eran las probabilidades de que tuviera éxito en su intento de suicidio. Lo miró acurrucado sobre el suelo del calabozo, dormido. No daba la imagen del héroe tenaz e indestructible que Draco había aborrecido durante tanto tiempo sino la de un chico muy vulnerable al que le había tocado soportar demasiadas cosas. Era terrible pensarlo, e incluso peor verlo. No podía dejar que siguiera así… tenía que decirle…
Volvió a dudar… ¿y si el plan no resultaba?
No era un gran plan; por más que lo asustara el pensamiento tenía que reconocer que las probabilidades de que saliera mal eran altas. ¿Y si Harry se confiaba y el plan terminaba fracasando? Voldemort dispondría de una víctima saludable para satisfacer sus abyectos propósitos… Harry era del tipo de los que se jugaban todo a la mínima esperanza… y en este caso eso podría constituir su total y completa perdición.
Draco se mordió el labio y pateó el suelo con frustración. No podía hacerle eso a Harry, no podía darle falsas esperanzas… sería una nueva forma de traición. Sería más cruel dejarlo morir a manos de Voldemort que dejarlo morir de hambre.
Preferiría que vos me mataras.
Las palabras le volvieron a la mente. Si el plan de escape se frustraba, y el del suicidio también… Harry sería capaz de pedirle ese espantoso favor. La idea de traicionarlo era terrible, pero eso sería incluso peor… Draco sabía que era algo que nunca podría hacer.
No decírselo… decírselo. Una mala opción… otra peor. Y sin embargo sólo había una opción, por muy grande que fuera el riesgo, valía la pena correrlo, no podía permitir que la condición de Harry se deteriorara hasta un punto irreversible.
Dio media vuelta, levantó el libro y volvió a sentarse en la silla. Se sentía tan solo, pero era algo que podía soportar. No se iba a prolongar durante mucho tiempo. Faltaban poco más de dos semanas para el eclipse. O se escaparían, o se transformaría en un mortífago o moriría.
Al día siguiente, Biddy trajo algo más que comida. Durante esas veinticuatro horas, Draco había memorizado las páginas que describían la poción Eclipse del alma, había averiguado su signo lunar (Luna en Virgo), había aprendido catorce hechizos nuevos que el Ministerio no podría detectar y cuatro pociones que podían usarse como afrodisíacos. Dentro de todo no había sido tiempo perdido, filosofó. Había sido mejor que quedarse mirando la pared… o a Harry. Harry sólo se había levantado una vez para orinar. Ya se le empezaban a notar signos de deshidratación. Draco se había sentido tentado otra vez a contarle del plan. Pero seguía dudando… contarle podía ser más cruel… prefirió seguir esperando…
La primera novedad positiva vino traída por la voz aguda de la elfa. Biddy se había pasado horas explorando los subsuelos y había encontrado finalmente un pasaje libre, que no estaba bloqueado por barrotes, ni por hechizos, ni por derrumbes. Tenía aproximadamente un kilómetro de largo y desembocaba en una cueva natural que se abría a los bosques externos a las defensas.
Una vez afuera, estarían solos y expuestos. Para esa parte, Draco confiaba en los artefactos.
La brújula no servía para orientarse, era un deslocalizador, creaba alrededor del que lo llevara puesto un área de veinte metros de diámetro que bloqueaba cualquier tipo de detección mágica. Lo había usado para el secuestro, ahora iba a ser clave para que pudieran escapar. Neutralizaba la detección pero no los protegería de que los apresaran físicamente. Pero les permitiría contar con buena ventaja hasta que se dieran cuenta de la evasión.
Luego venía la cuestión de que iban a quedar a la buena de Dios en los bosques, lejos de cualquier auxilio, lejos de Hogwarts. Ahí era donde les iban a resultar de utilidad los cristales. Eran una variedad de traslador. Cuando se activaba uno, trasportaba al que lo asiera al lugar donde se encontraba el otro. Dado que no estaban preparados para un lugar en particular, eran indetectables para el Ministerio. Muy prácticos, por cierto. Muy ilegales también. Pero no se podían introducir en la fortaleza de Voldemort, originarían una alerta de violación de las defensas. Pero si Biddy lograba ubicar uno en Hogwarts, una vez que hubieran dejado atrás las defensas podrían usar el restante para transportarse a la escuela.
Simple, pero muy astuto. Tenía que dar resultado, él, Draco Malfoy era el que lo había ideado.
Bueno, daría resultado si conseguían las pirámides. Si no era así… ya tendrían que buscar una alternativa para arreglárselas. Por lo pronto lo único seguro era la palabra de una elfa de que había encontrado una vía de escape. No era mucho.
Con un suspiro de frustración, dejó distraídamente el libro a un costado. Lo que le hubiera gustado en ese momento era poder hablar con alguien. Lamentablemente, su única posibilidad de audiencia no parecía estar muy conversador. Además, de lo que Draco quería hablar, era algo que no podía contárselo a nadie. Ni siquiera a Harry. Miró en dirección a Harry. Seguía en el mismo sitio, ojos cerrados, se lo notaba menos tenso, dormía probablemente. No era de extrañar después de todo lo que le había pasado. Draco se mordió un labio.
–¿Potter? –susurró tentativamente. No obtuvo respuesta.
Probó con voz un poco más alta. –¿Potter?
Harry gruñó y se removió en sueños. Siguió roncando suavemente.
Draco apretó los labios. Ésa podía ser la única oportunidad que tendría de comentárselo, incluso si Harry seguía dormido y no se enteraba de nada. Suspiró y respiró hondo.
–Potter, probablemente a vos no te importe un comino lo que voy a decirte, y seguro que ni siquiera me estás oyendo. Quizá si logramos salir de acá vivos, voy a poder contártelo todo en serio. Y si no lo logramos… igual no va a importar. –Draco hizo una pausa y abrió los ojos, Harry seguía roncando, suspiró y se miró las manos cruzadas sobre la falda.
–No sé si agradecértelo… o matarte antes de avadakadavrarme yo mismo. Me cagaste mi gran oportunidad. Yo ya creía que la alcanzaba… y vos me la cagaste. Pero era de esperar… vos siempre me cagaste todo. ¿Por qué tenías que hacerlo? ¡Mierda! ¿CÓMO pudiste hacerlo? Ni siquiera sé qué es lo que hiciste, pero no me cabe duda de que todo es tu culpa. Vos me dijiste que te eche la culpa de todo… así que es lo que hago. Vos me arrancaste de todas mis seguridades, me desarraigaste y me dejaste colgando en el aire como a las mandrágoras de la profesora Sprout. Ahora entiendo por qué gritan tan fuerte.
Sacudió la cabeza sintiéndose deplorable por las incoherencias y los rezongos. –Merlín, Potter no sé ni lo que estoy diciendo. Ni sé lo que estoy pensando. Te odio por este lío en que me metiste. Te he odiado por cada una de las putas cosas que siempre hiciste para cagarme la vida. Aunque al final… sea lo que sea que nos pase… quiero que sepas que por alguna extraña razón, que no puedo explicarme… lo lamento… realmente lo lamento… y si bien no alcanzo a entender por qué… espero poder probártelo de algún modo. Lo que no sé es si voy a poder.
Harry seguía roncando.
Draco pestañeó. Una lágrima cálida le bajaba por la mejilla. No se molestó en enjugarla.
Pasó otro día o quizá más. Draco no llevaba bien la cuenta. Biddy había seguido trayendo comida pero ninguna novedad… y tampoco el colgante. Como si no fuera suficientemente deprimente que la elfa viniera sin noticias positivas… estaba además Potter… observarlo era peor. Ahora se pasaba prácticamente todo el tiempo durmiendo o aparentando que dormía. Cada tanto Draco se acercaba a la reja para constatar que seguía vivo. Por el momento seguía respirando.
Lucius lo había visitado una vez, no para ver cómo le iba sino para tomarle una prueba sobre la poción. Draco no llevaba cuenta exacta del tiempo pero sabía que faltarían unas dos semanas para el eclipse.
Padre debe de querer asegurarse de que no vaya a defraudarlo, pensaba Draco mientras contestaba las preguntas, describió la teoría, mencionó los ingredientes y citó paso a paso todo el procedimiento con calma y manteniendo una actitud confiada, tal como la que era apropiada para un Malfoy. Una vez que Lucius se hubo sentido conforme con sus conocimientos, se retiró dejándolo a solas con el prisionero durmiente. Aparte de esa visita sólo se había hecho presente la elfa, que venía siempre muy trastornada y al borde de las lágrimas porque no había podido encontrar los artefactos.
La vez siguiente que oyó el crac habitual, levantó la vista del libro y la saludó con una sonrisa cansada.
–Hola, Biddy. ¿Me trajiste algo bueno para comer? ¿Langosta? ¿Trufas? ¿Arsénico?
Le contestó con un chillidito agudo. No lloraba, daba saltitos plena de excitación. Le tendió la mano en la que traía una pequeña caja. Draco abrió grandes los ojos y se inclinó hacia delante para agarrar la caja. –¡Lo encontraste! –susurró casi sin aliento– ¿Dónde estaba?
–Joven amo, señor. Biddy estaba buscando en la biblioteca, señor, cuando Giddy vio a Biddy y le preguntó a Biddy: "Biddy, ¿qué estás buscando entre las cosas del amo?" Y Biddy le dijo a Giddy que estaba buscando el pendiente para el joven amo, señor. Y Biddy le dijo a Giddy cómo era el pendiente que estaba buscando, señor. Y Giddy le dijo a Biddy que había visto el pendiente en la habitación del amo Malfoy, señor.
Draco se echó hacia atrás sobre el respaldo conteniendo una exclamación. –¡Lo sacaste de la habitación de mi padre?
El entusiasmo de Biddy se aplacó de inmediato y empezó a temblar. –Sí, joven amo, señor. Biddy tenía que hacerlo, señor. Y cuando descubran a Biddy, Biddy será duramente castigada… pero el joven amo es importante para Biddy, señor. Biddy tenía que ayudar al joven amo, señor. Biddy quiere que el joven amo esté feliz, señor.
Draco abrió la boca para decir algo pero las palabras se le atragantaron. Por una ofensa como ésa, sacar algo de la habitación de su padre, incluso a él mismo lo castigarían físicamente. Para Biddy… muy probablemente significaría la muerte…
Draco abrió la caja, el pendiente que semejaba una brújula, parecía tan insignificante, el segundo elemento clave de su plan… el segundo de los tres necesarios para escapar.
–Biddy… gracias… no sabés cuánto te lo agradezco… eh… tené cuidado, todavía necesitamos…
Lo interrumpió el ruido de la puerta de los subsuelos que se había abierto. Hubo un sonido de gran dolor que había venido de la celda. Draco miró a Harry, se había despertado y tenía la mano pegada a la frente.
Voldemort.
Draco se puso de pie de inmediato y se guardó la caja en un bolsillo. –¡Biddy! ¡Andate, ya! –susurró con voz ronca, Biddy desapareció al instante y un segundo después apareció Voldemort, seguido de Lucius y Wormtail.
Draco se hincó sobre una rodilla. –Mi señor.
Voldemort se detuvo a poco más de un metro de distancia. –Malfoy, su padre me ha informado que está bien versado en la preparación de la poción Eclipse del alma.
Draco mantuvo la vista baja. ¿Por qué se lo estaba preguntando? Todavía faltaban dos semanas para el eclipse. Contestó con voz neutra: –Sí, mi señor.
–Muy bien. –las puntas de las botas de Voldemort giraron.
Draco levantó la vista con cautela, Lucius le hizo una seña, ya podía ponerse de pie. Así lo hizo, Voldemort se había detenido a dos pasos de la reja, brazos cruzados sobre el pecho, la vista desdeñosa baja mirando a Harry. Draco se preparó para otra confrontación épica.
No se produjo, Harry seguía sentado sobre el suelo mirando a Voldemort con ojos fríos, desafiantes.
–¿Qué es esto, Potter? – dijo burlón– ¿No va a bailar para mi entretenimiento hoy? ¿Ya perdió las ganas de pelear? ¡Qué aburrido!
Harry no respondió enseguida, se tomó unos segundos. –No pienso darte el gusto.
Voldemort dio otro paso hacia adelante. Harry hizo una mueca, el dolor en la frente se le había agudizado. –¿Estamos en protesta pasiva? No establece ninguna diferencia. Perdió, Potter. Dumbledore, perdió. –una sonrisa maligna le extendió los labios; desde su ángulo, Draco alcanzó a verle un colmillo en la boca entreabierta.
–Soy el dueño de su vida, Potter. Y pronto… de mucho más.
Harry sonrió, una sonrisa enfermiza, malevolente. No era la reacción que Voldemort había esperado, la mirada se le oscureció de furia.
Wormtail dio un corto paso al frente. –Mi señor… creo que el chico Potter ha enloquecido.
–No es por su mente que he venido. –silbó Voldemort– Sino por su sangre.
Antes de que Draco pudiera siquiera pestañear, Voldemort sacudió la varita. Harry fue forzado a incorporarse, de pie. Empezó a gritar protestando pero una mordaza lo hizo callar bloqueándole la boca. Fue proyectado violentamente contra la pared del fondo y los grilletes que colgaban de ella le capturaron muñecas y tobillos. Los grilletes estaban mucho más separados que los de la Mansión, lo fijaron contra la pared con los miembros estirados al máximo, no le permitían el mínimo movimiento.
Voldemort hizo una mueca aprobadora. –Malfoy, abra la celda.
Draco esperó a que su padre se adelantara, pero Lucius no se había movido. Con confusión y pánico se dio cuenta de que era a él al que le tocaba moverse. Sacó la llave de un bolsillo y fue a abrir.
¿Qué está pasando? ¡No puede venir por Potter ahora! ¡Es demasiado pronto!
Abrió la reja y se hizo a un lado. Inclinó la cabeza respetuosamente cuando el Señor Oscuro pasó a su lado y entró. Wormtail también entró detrás de su señor, pero Lucius permaneció afuera y le hizo una breve seña a Draco para que viniera a ubicarse a su lado.
Draco se desplazó obedeciendo pero no apartó en ningún momento los ojos de Harry. Harry no forcejeaba como la vez anterior. Tenía las mandíbulas tensas, el dolor de la cicatriz debía de ser terrible, su mirada estaba fija, era oscura y desafiante.
Voldemort rió. –¿El arrojo de los Gryffindors otra vez? Ud nunca aprendió a distinguir valentía de estupidez. Bueno… sus padres tampoco.
Harry se estremeció apenas pero siguió con su mirada dura y calma. Si Draco no hubiera estado tratando de controlar el pánico por el inesperado giro que tomaban los sucesos, se hubiera sentido muy impresionado. Pero en ese momento estaba muy ocupado tratando de volver a pensar racionalmente, volvía a decirse una y otra vez que no era posible que Voldemort hubiera venido por Potter tan pronto. Faltaban muchos días para el eclipse.
Seguramente había venido a jugar un rato. A divertirse. Fue entonces que Wormtail sacó una daga ritual de un bolsillo y se la pasó al Señor Oscuro. Los ojos de Voldemort centellaron como sangre cristalizada cuando la tomó sin siquiera desviar la vista hacia Wormtail. Toda la cara se le deformó de perverso placer, con la punta de la hoja le cortó la manga de la remera.
Harry se tensó entero como reacción ante el filo tan próximo a la piel. Perlas de sudor le cubrían la frente y los párpados le temblaban espasmódicos por el dolor de la cicatriz. Pero no interrumpió el contacto visual, no se acobardó.
Draco sentía el sudor bajándole por el cuello. De repente el aire en los subsuelos se había vuelto caliente y pesado, sofocante.
No se suponía que pasara esto. ¡No ahora! No estoy listo todavía. ¿Cómo nadie me dijo nada? Merlín… Harry.
Voldemort hundió la daga e hizo un corte profundo en la parte más gruesa del antebrazo. Harry apretó los dientes contra la mordaza y un grito nació y se le ahogó en la garganta. La sangre brotaba por la herida y le corría por el brazo empapándole el género de los restos de la manga.
Voldemort desnudó los dientes, triunfante. E hizo una seña con la mano. –Wormtail.
Peter Pettigrew sacó un frasco de un bolsillo y dio unos pasos aproximándose. Harry le dirigió acusador la misma mirada de odio que reservaba sólo para Voldemort. Wormtail titubeó un segundo.
–¡Muévase, Wormtail! –siseó Voldemort– Es inaceptable que un sirviente mío abrigue este tipo de culpa. No le debe Ud. nada, si persiste en ese error terminará pagándolo con su vida.
Wormtail se apresuró a obedecer, se acercó a Harry, con los ojos clavados en el suelo; con mucha torpeza llenó el frasco, lo tapó y retrocedió.
–¡Qué lastima! –dijo Voldemort despreciativo– Me hubiera encantado que se resistiera, Potter, pero ya perdió la oportunidad. –acercó la cara a la de Harry. Harry apretó los ojos y los músculos del cuello y del rostro se le tensaron, Voldemort se le rió suavemente en la cara y luego le susurró: –Todo se terminó, Potter. Usted muere. Hogwarts cae y luego toda la Gran Bretaña seguirá el mismo camino. No voy a torturarlo esta noche, Potter. Prefiero dejarlo consciente para que piense en cómo voy a torturar a sus amigos sangresucias. Estoy seguro de que lo disfrutará mucho.
Con evidente gran esfuerzo, Harry abrió los ojos y lo miró, las caras estaban apenas a centímetros de distancia. La expresión de dolor desapareció de su expresión gradualmente e incluso con la mordaza fue reemplazada por una sonrisa acerba y extrañamente confiada.
En algún lugar de su cerebro Draco registró el hecho de que probablemente estaba viendo a los dos magos más poderosos del mundo frente a frente. El resto de su cerebro estaba luchando desesperadamente para mantenerlo en pie. Las rodillas le temblaban frenéticas. Se sentía mareado, todo a su alrededor parecía desdibujarse. Entre la niebla que intentaba colarse en su entendimiento vio a Voldemort salir de celda, seguido de cerca por Wormtail. Instintivamente se adelantó para cerrar la reja. Al dar vuelta la llave sus ojos se cruzaron con los verdes de Harry por primera vez en varios días.
Los grilletes se abrieron, pero Harry no se desplomó, cayó parado y se quedó mirándolos fijo, como un hombre enajenado enfrentando al pelotón de fusilamiento. Los brazos a los costados, el izquierdo goteando sangre, pero no hizo ningún movimiento para parar tratar de parar la hemorragia. Había un brillo maníaco en su mirada, y Draco creyó saber por qué. Harry todavía esperaba morir antes del eclipse, era como si le estuviera jugando una broma perversa a Voldemort. Se apoyó finalmente contra la pared y fue deslizándose hasta quedar sentado sobre el suelo igual que antes de la llegada de Voldemort. En todo momento siguió con los ojos fijos en Draco.
–Joven Malfoy. –lo interpeló Voldemort, Draco se dio vuelta rápidamente e hizo una respetuosa reverencia. –¿Sí, mi señor?
–Espero que redoble la atención durante la guardia de Potter. Parece convencido de que ha encontrado algún modo de escapar. Un disparate sin fundamento, indudablemente, pero mejor no correr riesgos. Estoy seguro de que Ud. no le permitiría nada por el estilo… pero considérese aconsejado a ese respecto.
¿Sospechaba algo el Señor Oscuro? No… no era posible. Calma, Draco, no es momento para un traspié. –Sí, mi señor.
Voldemort hizo una pausa, Draco pudo sentir los llameantes ojos rojos tratando de horadarle el cráneo. –Confío en no haya estado sobreestimando sus conocimientos al aseverar que dominaba la técnica para crear la poción. Mandaré a McNair dentro de una hora para que lo releve en sus funciones de guardia. Asegúrese de estar preparado.
Draco sintió un nudo en el estómago. –Sí, mi señor.
–Póngase erguido. –Draco obedeció. Voldemort estiró una mano hacia su garganta, por un instante de terror pensó que lo iba a estrangular con la mano desnuda. El Señor Oscuro le recorrió con un dedo la marca de la herida de la daga en la base del cuello. El tacto lo quemó como hielo, un escalofrío le bajó por la columna. Pero Voldemort no notó la reacción.
–No la curó con magia. –declaró.
Draco no sabía determinar si eso lo complacía o no. No dijo nada, se limitó a asentir con un gesto.
Voldemort lo consideró unos instantes. –Ostenta Ud. una marca que yo le he puesto con orgullo y no se acobarda ante el dolor. –agregó con satisfacción– Llevará Ud. con dignidad la Marca Oscura.
Voldemort giró seguidamente y enfiló a grandes pasos hacia la salida, Wormtail lo siguió y Lucius estaba por hacer lo propio pero Draco lo retuvo por el borde de la toga.
Lucius lo miró con severa irritación, miró por encima de su hombro para asegurarse de que Voldemort se había alejado lo suficiente y ya no estaba al alcance del oído.
–¿Qué querés, Draco? –gruñó– Tengo varias tareas para esta noche que requieren de mi atención.
–Padre, ¿por qué lo vamos a hacer ahora? Preparar la poción, quiero decir. Faltan dos semanas para el eclipse.
Lucius elevó los ojos al techo sin ocultar su exasperación, se le tensaron los músculos del cuello y apretó los dientes. –Draco, me habías dicho que habías estudiado esta poción minuciosamente. La incompetencia es absolutamente intolerable en la instancia presente.
–Pero, padre… ¡la estudié! –protestó– Memoricé todas las páginas al respecto.
Lucius se adelantó medio paso, claramente no le quedaba ya nada de paciencia. –¿Cuántas veces te lo he dicho? Cuando se estudian los textos mágicos antiguos, es preciso leer todo. Estos no son los inanes libros de recetas que usan en las clases de Pociones de la escuela.
–Pero… pero yo…
–Si hubieras leído la introducción, sabrías que toda poción que involucre magia lunar es mucho más efectiva si se prepara la noche de luna nueva. Como esta noche. El sol se pone dentro de dos horas.
Lucius ablandó un poco la mirada. –Tenés suerte de que el Señor Oscuro no se haya dado cuenta de tu error. No hubieras quedado en buena posición ante sus ojos. ¿Lo entendés, no?
Draco estaba demasiado nervioso para captar las connotaciones sutiles de las palabras de su padre. –Sí, padre.
–Bien, ahora he de ir a atender los preparativos para esta noche. – dio media vuelta para irse pero Draco lo retuvo una vez más. –¿Y ahora qué?
–Padre… la herida del brazo de Potter es bastante grave. El Señor Oscuro podría disgustarse si su premio sangrara demasiado y se le muriera antes del eclipse.
–Draco, es bueno que te muestres precavido. Pero en este caso tus preocupaciones son innecesarias.
Draco pestañeó. –¿Y eso por qué, padre?
–Ah… el Señor Oscuro estaba seguro de que Potter, una vez que se hubiera dado cuenta de lo desesperado de su situación, iba a querer matarse antes de dejar que lo mate él. Fue por eso que él mismo se encargó de encantar esta celda. En tanto Potter esté dentro de ella, puede sangrar hasta quedarse seco, puede arrancarse él mismo el corazón o desnutrirse hasta quedar en los huesos, pero seguirá vivo hasta que llegue el momento en que pueda sacársele provecho.
Draco se sintió a punto de vomitar, no podía seguir hablando en esa condición, se limitó a asentir brevemente.
–Bien, entonces ocupate de prepararte, yo tengo cosas que hacer. –Draco lo observó marcharse y se quedó parado hasta que los pasos se perdieron y poco después, se oyó el ruido de la puerta de los subsuelos cerrándose. El silencio se volvió opresivo. Fue cuando oyó un gemido proveniente de la celda. Se dio vuelta.
Potter ya no tenía la mirada de obcecado desafío. Parecía un muñeco roto que hubieran arrojado contra la pared y que hubiera caído al suelo. Con la mano derecha se apretaba la herida del brazo en un intento inútil de parar el sangrado, seguía escurriéndosele sangre entre los dedos. El rastro de una lágrima le llegaba a la mitad de la mejilla y terminaba en una mancha roja, el punto en el cual se la había enjugado con la mano. Pero lo peor de todo eran los ojos, tras los cristales de las gafas parecían totalmente muertos. Harry Potter se había dado por vencido.
–¡BIDDY! –el alarido de Draco resonó en los subsuelos.
Con un crac, la elfa apareció a su lado. –¿Sí, joven amo, señor?
Draco cayó de rodillas y la tomó de los brazos. –Biddy, ¿los cristales? Decime, ¿encontraste las pirámides de cristal?
Los ojos de Biddy se agrandaron y se estremeció. –Joven amo, señor. Biddy está buscando, noche y día, pero no los ha encontrado, señor.
Draco la miró desesperado unos segundos, luego la soltó y sepultó la cara en las manos.
–Joven amo… ¿qué es lo que pasa, señor?
Después de un largo momento, levantó la cara y la miró desolado.
Había llegado la hora. No tenía tiempo para seguir pensando. No podía vacilar ni un segundo más.
Contaba con el favor de su padre. Todo lo que siempre había querido lo tenía alcance de la mano. Gloria y poder. Si quería podía tenerlos.
Sin los cristales, el viaje hasta lugar seguro iba a ser muy peligroso, mortal incluso, y tedioso y difícil. Quedarse ahí era seguro, ahí su padre lo quería, ahí tenía un futuro. Ahí tenía un lugar, un nombre, una promesa de poder. Pensó en Lucius, el hombre que lo había educado, que le había enseñado tanto, que había hecho de él un Malfoy.
Y también estaba Harry.
–Biddy, nos vamos. Enpacá y reducí de tamaño provisiones para un largo viaje. Y volvé dentro de cinco minutos.
–Sí, joven amo, señor. –dijo y desapareció.
Los músculos del cuerpo se le quejaron cuando se enderezó y se puso de pie. Se volvió hacia la celda. Harry no se había movido pero el charco de sangre había aumentado de tamaño y tenía la cara extremadamente pálida. Con mano temblorosa giró la llave y abrió la reja. Se aproximó a Harry lentamente como si se tratara de un animal herido, pero Harry no parecía tener intenciones de moverse, y quizá no pudiera hacerlo aunque quisiera. Pareció no notar a Draco cuando se le arrodilló al lado, seguía con la vista clavada en suelo delante de él.
Draco lo estudió un instante y a continuación, muy suavemente, estiró la mano y desplazó la de Harry que cubría la herida. Harry gruñó en protesta, pero no tenía fuerzas para oponerse, no se resistió mucho más, levantó los ojos y lo miró. Draco sintió un tremendo dolor opresivo en el pecho.
Draco sacó la varita y la apuntó a la herida. Estaba por pronunciar la fórmula pero Harry gimió y se detuvo.
Harry lo miraba con la frente arrugada de confusión, la voz sonó como a un crepitar. –Pero… tu padre… tu padre dijo…
–¡Al infierno mi padre! –dijo con firme resolución, que contrastaba con el miedo que le bullía internamente.
Harry abrió grandes los ojos… pero volvieron a perder brío de inmediato, apartó la cara a un lado.
Draco lo maldijo en silencio por su empecinamiento, pero se aplicó a los encantamientos de curación. No tenía mucha pericia en ese tipo de magia curativa pero se las arregló para detener el sangrado y sellar la herida. Apreció el resultado. No había quedado muy bien. Iba a quedarle una gran cicatriz, pero tendría que servir hasta que llegaran a Hogwarts. Si es que alguna vez llegaban a Hogwarts.
Lo miró a la cara, Harry estaba abriendo y cerrando la boca. Draco le sonrió.
–Pero ¿por qué…? ¿qué es lo…?
Draco sacudió la cabeza. Metió la mano que sostenía la varita en un bolsillo y cuando la sacó sostenía dos varitas, la suya y la de Harry. Se la tendió. Harry se quedó mirándolo perplejo.
–Bueno… si no la querés… la podría incorporar a mi colección de varitas de magos famosos que he capturado… la tuya sería la única de la colección por ahora.
Todavía sin entender lo que estaba ocurriendo, ¿se trataba acaso de una broma cruel?, Harry estiró la mano y la asió por el mango. Una chispa de vida se le encendió en la cara. Miró la varita con gran asombro, ya se había convencido de que no la vería nunca más. Los ojos se le habían humedecido.
Harry se mojó los labios resecos con la lengua. –¿Por qué hacés esto? –preguntó mirándolo con ojos inquisitivos, ojos que trataban de descubrir los pensamientos, ojos que volvían a encenderse de esperanza.
–Dijiste que no te pidiera disculpas a menos que pudiera probar que lo lamentaba de verdad. –respiró hondo– Perdón, Potter. Lo lamento tanto. Y ahora voy a proceder a probarlo, nos vamos de acá.
Se puso de pie y observó a Potter. Harry miró la varita en su mano durante unos segundos y finalmente se la guardó debajo de la remera. Luego alzó la vista hacia Draco con expresión muy incierta en la cara manchada de sangre.
Draco le tendió una mano como cinco años antes. Susurró: –Date prisa, antes de que cambie de parecer. –Harry tendió su mano y se la estrechó.
oOo
In the ink of an eye, I saw you bleed.
Through the thunder, I could hear you scream.
Solid to the air I breathe, open-eyed and fast asleep.
Falling softly as the rain, no footsteps ringing in your ears.
Ragged down worn to the skin,
Warrior raging, have no fear.
(~Indigo Girls)
Fue un instante, te vi sangrar
por encima del trueno oí tu grito
sólido, tangible, en mi ensoñación.
No oíste los pasos, tenues como el sonar de la lluvia cayendo
aun maltrecho y en carne viva,
¡vamos guerrero indómito, no te rindas!
Nota:
La versión castellana de la estrofa última es, más que una traducción, mi modesta interpretación. El texto en inglés es bastante confuso y ambiguo, juega con el sonido parecido de ciertas palabras (ink/blink/wink) y con significados contrapuestos (ojos abiertos/profundamente dormido) y da pie a un abanico muy amplio de posibilidades interpretativas.
