Parte 7

Nikolai no podía dormir, aquella sensación de pérdida le carcomía el alma sin darle tregua ni por un segundo, un dolor frio y lento se extendía por él, desde el pecho hasta el resto de su cuerpo, sus ojos ardían por las lágrimas derramadas y las que aún quedaban, su pecho dolía y el aire a su alrededor le zumbaba en los oídos.

Cuando Nikolai había quedado viudo, siendo un hombre joven y con una única hija a su cargo, no había sabido que hacer, criar el solo a una niña no estaba entre sus planes, solo en el mundo y con aquella niña como único familiar había tenido que vivir en Londres, rodeado de la falsa soledad que le devoraba el alma.

Porque Londres era el único lugar donde podía cuidarla en aquel momento, porque a Londres habían sus padres junto a la fortuna de la familia mediante uno de los sirvientes que se habían mantenido fieles a la familia a pesar de los cambios y los gritos de revolución.

Un banco suizo se había encargado de recibir toda su fortuna sin hacer preguntas, y unas amistades de otros tiempos les habían cedido un hogar allí donde habían podido.

Pero un joven Nikolai tenía la mente lejos, muy lejos, se había enamorado de una bailarina del ballet de Bolshoi y la había pedido en matrimonio, se habían casado y continuado viviendo en Londres, pero ella no podía vivir en un lugar como aquel, tan falto de magia y encanto, tan aburrido, ella solo vivía con el miedo y la ansiedad del régimen que gobernaba Rusia y apenas había podido acostumbrarse a Londres.

Había muerto tras darle aquella única hija.

Su dulce Natasha, tan bella como su madre, tan dulce como el tiempo del amor… Y tan rebelde como solo puede serlo una mujer.

Tenía el alma libre y anhelaba conocer Rusia, anhelaba pisar las calles de nieve y bailar en los jardines de los que hablaban sus abuelos en sus diarios.

Nikolai había tratado de contenerla pero... cuando el régimen ya había caído y la nieve blanca ya no era peligrosa y él no podía detenerla más… cuando ese tiempo llego y ambos volvieron a Rusia, en busca de la tierra que antaño había sido de su familia, se asentaron en ella, disfrutaron de levantar de vuelta la mansión familiar y enriquecer los jardines de la familia, disfrutaron de traer árboles frutales que no había cerca y rosas y lirios para el placer de la vista, pero cuando todo estuvo en calma y la casa les agrado a los dos, cuando el dinero estuvo bien colocado y las manos dejaron de temblar por emoción, cuando ella susurro la posibilidad de tener una familia allí, quedarse a vivir para siempre, cuando prometió ser una buena hija, cuando sus sueños estuvieron al alcance de su mano… allí la sangre se les helo a ambos en las venas.

A el por el miedo.

A ella por amor.

Nikolai amaba a su nieto, pero nunca aprobaría lo que su hija había hecho, nunca podría excusar que ella envolviera en sus palabras a aquel hombre de ojos oscuros con una alianza en el dedo anular.

Se opuso… ¡Claro que lo hizo!

Grito y maldijo en voz alta a Natasha, pero Natasha había sido muy parecida a Yuri… rebelde y aun peor: sin ese asomo de lealtad y respeto que le tenía su nieto; era libre, demasiado libre, y estaba enamorada.

O encaprichada.

Era lo mismo.

Ella creía que era amor.

Y lo dio todo a cambio de nada.

Cuando su hija regreso, con el mentón alto, la mirada sombría y unos susurros de venganza dichos entre sus dientes apretados Nikolai la había recibido con los brazos abiertos y no pregunto jamás lo que había pasado.

Estaba embarazada y él la quería lo suficiente para no escandalizarse por ello.

Sería un Plisetsky por encima de todo.

Aun así… aun así

El destino ya había jugado sus cartas.

Tres años después los labios de Natasha habían temblado blancos como la cera en la cama del hospital, mientras luchaba por preguntar el estado de su único hijo… el accidente le había arrebatado toda posibilidad a ella, pero el niño… Nikolai había sollozado entendiendo que no vería un nuevo amanecer.

Nikolai no estaba listo para criar a un niño solo una vez más, pero tal y como había ocurrido con su hija, se dedicó a ello en cuerpo y alma.

Y ahí estaba una vez más, viendo a su sangre irse antes que él.

Viendo delante suyo como la muerte tomaba su aparte y se burlaba de un pobre viejo.

Unas lágrimas le brillaron en los ojos y un sollozo se ahogó en su garganta. Perder a Yuri le destrozaba el alma en más de un sentido.

La soledad parecía extender sus manos hasta él burlona.

Como diciéndole lenta y sin demora.

Que era su único destino.

Un movimiento lento le llamo la atención frente a él y levanto los ojos hasta cruzarlos con unos ojos cálidos y un poco tristes, las arrugas ya le ocupaban parte del rostro debido a que ya debía tener cincuenta años, bajo un poco los ojos notando que ella le había servido una taza de chocolate y unos pasteles.

-Para espantar el miedo –susurro ella, sin dar mayor explicación que esa y el asintió, el dolor era sordo y le devoraba el alma… pero ya había pasado la hora de irse a dormir.

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Su nombre era Ayshane y había sido una de las mujeres más hermosas del pueblo en el pasado.

En aquellos momentos rondaba los cincuenta años, pero aún era una mujer extremadamente hermosa, de dulces ojos color miel y cabello del color del trigo cuando llega la hora de trillarlo.

Había conocido a Nikolai al poco de cumplir veinticuatro… o veinticinco años… Nunca estaría segura… en esa época su edad le importaba poco, se había casado cuatro años antes y ya tenía un hijo de su esposo… era solo una mujer con un niño esperando el regreso de su esposo de un viaje a la ciudad.

En ese entonces había quedado sorprendida al ver llegar a aquel hombre que se parecía tanto al del cuadro principal de la casa, ese que el régimen no se había llevado vaya uno a saber la razón, recordaba haberlo visto llegar con una muchacha de ojos azules y cabellos dorados como rayos de sol reflejándose en el agua, recordaba sus palabras rápidas y acento elegante, ese modo de hablar ruso tan dulce y delicado la había dejado tan encantada que se había detenido un rato para verle, ignorando por primera y única vez a su hijo preguntarle cómo se llamaba la flor que crecía al lado de las rocas.

Conocedora de que su familia le había servido en el pasado, había corrido detrás de él, mirándolo con curiosidad e ignorando la mirada amenazante de su hija, el hombre solo le había sonreído lentamente y cuando sus miradas se cruzaron, Ayshane había entendido muchas cosas.

Que se habían conocido antes, hacía mucho, mucho tiempo.

Que se conocerían después.

Que estaba destinados el uno al otro y un día estarían juntos.

Pero que ese día no llegaría en esa vida.

Nunca en esa vida y antes de que sus mejillas se encendieran en carmín se permitió decir su nombre y preguntar el de la señorita que le acompañaba.

Natasha.

Tan bella como solo puede serlo una Plisetsky.

La preciosa hija de Nikolai Plisetsky la había odiado casi de inmediato y cuando él le había dicho que podían continuar viviendo en las tierras, aun cuando él las había comprado la hermosa joven había declarado una silenciosa guerra contra Ayshane, sus ojos brillaban rojos cuando veía a la sirvienta de la casa acercarse, y cuando sus manos se detenían cerca de las de su padre saltaba como un animal listo para atacar.

Pero Ayshane no la había resentido nunca, entendiendo el miedo de la muchacha a perder a su padre, se había mantenido un poco apartada y cuando su esposo volvió se lo presento a Natasha con la idea de calmarla; un modo de decirle que ella también estaba ocupada en esa vida.

Cuanto se arrepintió de haber hecho aquello.

Su esposo no había vuelto solo.

Había vuelto en compañía de un rico y ambicioso hombre de negocios con una marca negra en el hombro izquierdo, y una alianza en el dedo anular.

Natasha había elevado los ojos y el hombre los había bajado para verla, se habían visto y había visto el mismo cruce en sus miradas que un tiempo atrás había ocurrido entre Nikolai y ella, solo que Natasha era joven y menos… consciente que su padre y la mujer que le servía el desayuno.

La idea de esperar a otra vida no se le pasó por la mente, seguro porque no creía en ello.

La idea de que aquel hombre cuyos ojos se habían quedado prendados en los suyos no fuera para ella ni se le había pasado por la cabeza y cuando Ayshana había susurrado palabras suaves para ella Natasha simplemente había sacudido al cabeza y susurrado: "¿Es que acaso tú no lo harías si tuvieras la oportunidad? ¿Si mi padre te lo pidiera acaso no irías con él?"

Ayshana había suspirado y la había visto irse con él, sabiendo que aquello decepcionaría a Nikolai, le era difícil poner en palabras para una muchacha como aquella lo que ella sabía.

Que el tiempo es un ente amable.

Que llegado el momento todo, absolutamente todo estará en su lugar.

Un día, si no en esta si en otra vida, en otra época, ella estaría donde tuviera que estar.

Ese no era el momento, se habían cruzado por coincidencia, un reconocimiento rápido, esa sensación de haberse cruzado en el momento equivocado con la persona correcta.

Ayshana, no podía explicarle en palabras, eso que ella ya sabía y a lo que esperaría para la próxima vez.

No podía y no se lo dijo.

Aunque su frente se llenó de malos presagios al verla irse.

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Dejo la taza de chocolate y las galletas frente a Nikolai sin decir más palabras que aquellas que susurrará para él, consciente de que el dolor de Nikolai era grande y no podía ser espantado con rapidez.

A ella también le dolía.

Yuri había sido un niño precioso, incluso más hermoso que su madre y que su abuelo, al mirarlo a los ojos sabías que cuando llegará a la edad indicada sería una tentación para cuantos lo vieran y ella lo había querido de un modo especial.

Ayshana se había callado que tanta belleza terminaría por ser mala, la gente muy hermosa tiende a sufrir si no se vuelve cruel llegado el momento.

Y ahora estaba muerto.

Muerto como aquel hombre de ojos crueles que había robado a Natasha con la complicidad de su esposo y su silencio, muerto pero al menos no estaba enterrado bajo aquel árbol donde el hermoso rubio solía practicar tiro al blanco.

Muerto como su madre y encerrado su cuerpo igual que el de ella en el mausoleo reparado de la familia.

Ojos claros y voz de plata.

Se asomó a la puerta y miro a lo lejos.

Casi podía escuchar a los fantasmas gritar.

Abrazando el chal se envolvió con él sin tomar en cuenta que su esposo la esperaba en casa, había sido él quién había enterrado el cuerpo del hombre cuando Natasha le había cruzado el pecho a cuchilladas.

Era una mujer hermosa.

Tenía el orgullo de generaciones en las venas y el odio que ese hombre había ganado a grandes pasos en los años que ambos habían estado juntos antes de que ella le abandonara por no haber sido elegida por encima de todo lo demás… había visto los ojos de él, y había acallado un grito para no llamar la atención de otras personas al ver a aquel hombre agonizante suplicar, elevar la mano hasta el rostro de la hermosa rubia y suplicar a media voz, jurando un amor que ella ya no deseaba para sí.

Ayshana lo había visto y se había acercado para posar la mano en el hombro de la dama, había sentido su estremecimiento y como se había echado en sus brazos.

"mi padre no puede saberlo nunca"

Y nunca lo había sabido, Ayshana había llamado a su esposo y le había señalado el cadáver con un gesto seco y una orden insensible, nadie lo buscaría en esa tierra, no donde un hombre viejo vivía con su hija y su nieto y una familia de sirvientes al más puro estilo de un boyardo de tiempos pasados.

Se habían mirado y su esposo había asentido comprendiendo que solo si hacía eso sería aceptado de nuevo en su vida.

Ahora volvían a sufrir y ella no podía evitar culparlo.

Si él no hubiera traído a ese hombre aquella vez.

Natasha no habría muerto, habría conocido a alguien más y el viejo Nikolai no sufriría tanto.

Habría tenido más de un nieto.

No uno cuya sangre le exigiría ser igual de alocado y arrogante que su madre.

Los ojos verdes que solo una rusalkha tendría, los labios rosa brillando y la piel de alabastro se lo habían dicho casi de inmediato.

Ella conocía las leyendas del pasado, esas que hablaban de la veela que un Plisetsky había traído para sí hacía muchos años, las había escuchado cuando niña y siendo más joven y madura había entendido esas cosas que nunca se dicen en voz alta, bastaba extender sus manos en las noches de luna para ver el reflejo callado, cuando joven habían bastado un par de susurros para que dos hombres se suicidaran… esa había sido la razón de que aceptara casarse con el tercero que le pidió matrimonio.

Había tenido miedo.

Y siendo ahora una mujer adulta, casi vieja, le era muy claro cuando veía al niño avanzar por entre la gente sin mirarlos y con la frente blanca siempre mirando al frente… Tenía sangre de hada y estaría dormido mientras su capricho fuese siempre cumplido.

Ayshana se había encargado personalmente de que aquellos caprichos fuesen cumplidos, de que mientras el niño estuviera cerca suyo pudiese obtener lo que quisiera sin problemas y sin temor, pero nunca mostrándose más excesiva de lo necesario.

Todo había estado bien hasta aquel día.

Ella también lo había visto.

Sentada en la quinta fila en compañía de su marido y sus hijos había visto como el nuevo sacerdote se congelaba mirando un punto delante.

Y luego Yuri había llegado a la casa con la mirada enfebrecida y expresión de haberse perdido para siempre.

Había tenido esperanzas en que el muchacho entendiera las cosas y se detuviera, porque lo vio luchar por controlar sus emociones.

Pero no había podido, eso era claro.

Y había elegido la muerte antes que la deshonra.

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Y ahora estaba ella allí, detenida en el portón de la casa, tras haberse asegurado de que Nikolai Plisetsky durmiera en su cama tranquila, pensando en alguna pócima para calmar el dolor.

Sus ojos se detuvieron en la lejanía.

Vio las luces de un auto acercarse y su sangre se helo en las venas.

Un mal presentimiento se apodero de ella y sus dedos se cerraron como garras alrededor de la madera de la entrada… los labios le temblaron solo un poco antes de descubrir, cuando el auto se detuvo frente a ella, que de él bajaba el sacerdote del pueblo.

Aquel hombre… aquel que sin razón se había ganado su rencor eterno, cruzaron miradas y ella la bajo casi enseguida sorprendida por el ramalazo de odio que había sentido ante la llegada del extranjero, y se dijo en voz baja que debía controlarse, que ninguna culpa tenía él de lo que había sucedido… pero Nikolai sufría… y eso también le dolía a ella.

Elevo los ojos de vuelta antes de bajar las gradas rápidamente para recibir al hombre y preguntar la razón de su visita, si era posible impediría que entrara a la casa, Nikolai y ella sabían aunque ninguno lo hubiese dicho en voz alta lo que aquel hombre había significado para Yurakcha.

-Señor… -susurro y se congelo al final de las gradas de piedra pulida cuando vio a la otra figura, esbelto como una vara y de elegante porte, alto al nivel del extranjero y al volverse….

"De cabellos rubios y ojos ardiendo en fuego esmeralda"

Se congelo unos segundos mirándole el rostro, lucía pálido en la noche, callado ante la sombra del sacerdote y oh… sintió como la sangre se le helaba en las venas y los huesos se le volvían cristal tintineante dentro del cuerpo, sintió incluso como el estar parada era ya todo un logro.

Yuri… su hermosa joya dorada, los ojos de su abuelo y la mirada clara de su madre la primera vez… las manos pálidas y…

-Yurakcha –susurro y avanzo un tentativo paso hasta él y sus ojos se cruzaron, ella sentía que el tiempo dejaba de importar, porque ya no tenía el significado de otras épocas, lo supo, lo comprendió, y como las personas que viven con ello sin más temor que el que se permiten sentir, lo acepto.

-Ayshana –la reconoció él permitiéndose una sonrisa titubeante y avanzando un par de pasos lejos del hombre que le ayudaba a salir del auto -Aysha... -la mujer lo envolvió en sus brazos sin permitir que el hermoso rubio dijera nada más.

-Yura… eres tú… mi hermoso niño –se separó y tomo sus mejillas, viendo aquella palidez blanca de la muerte, los ojos verdes y aquella grieta que existía en su mirada, su corazón dolió un poco pero se obligó a sonreír –eres tú… precioso, precioso niño… tu abuelo y yo… -se detuvo y se separó –él debe saberlo, iré a decírselo… voy enseguida, -aparto la vista del muchacho y miro al sacerdote que los observaba –gracias, gracias por traerlo de vuelta –dijo en un impulso, y si hubiese tenido más tiempo se habría arrodillado y le habría besado la mano, pero su prisa era urgente, no había tiempo…

Se volvió a casi corriendo ingreso al interior de la casa dejando la puerta abierta.

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Yuri vio a Ayshana ingresar corriendo al interior de la casa y frunció el ceño, de repente sintió miedo… ¡su abuelo!... una sensación rara, algo llamado remordimiento, le toco el corazón, y sus labios se apretaron contra sí.

-¿Cree que sea una buena idea pensar en llamar al médico? –preguntó volviéndose a ver a Jean, pensando en la salud de su abuelo, el mismo hombre en el que había procurado no pensar debido a que conocía muy bien el egoísmo de su accionar.

¡Dios!

Pensaba en ello y la vergüenza casi le obligaba a escarbar en la tierra para enterrarse de lo abochornado que se sentía, conocer la profundidad de su decisión y a cuantas personas habría afectado su perdida –las que le importaban… es decir, su abuelo y Jean, y a veces aquella mujer de mirada amable que siempre había estado desde que el recordaba- y algo parecido a la pena le oprimía el corazón.

Pensar en su abuelo le afectaba en cierto modo, había estado dispuesto a abandonarlo sin mayor culpa debido a lo dolido que estaba por el rechazo del hombre que ahora le acompañaba de vuelta a su hogar… no había pensado en el peso de su decisión sino hasta que despertó rodeado por el terciopelo del ataúd, y había adivinado la piedra al removerse para quitarse de encima la tapa de madera… había sido una de las pocas veces en su vida que había sentido miedo de verdad, una sensación de terror le había atrapado y no había podido evitar gritar.

Gritar porque era lo único en que pensó, debido a que por segundos le había faltado fuerzas para quitar la piedra, gritar y sin poder evitarlo lo había nombrado… y Jean le había contestado…

No, debía sacudirse ese enamoramiento o terminaría echándole los brazos al cuello y aunque ya era suyo ¡al fin! Yuri sabía que no podía abrazarle en la entrada de su casa.

-Sería buena idea, es necesario que te traten Yuri… no es normal haber… -el rubio muchacho abrió los ojos y miro de vuelta a Jean asustado… repentinamente consciente de que despertar en una tumba así esta sea de piedra, no es muy normal y por supuesto seguir "vivo" tras tantas horas no iba a ser muy normal…

-Yo… hablaba de mi abuelo… no quiero que le dé ningún susto –contesto con la voz temblándole un poco y mirando un poco afectado al canadiense.

Sus ojos se detuvieron en los de Leroy y tuvo que hacer un esfuerzo por no sonreír, la situación no era dable para ir sonriendo ligeramente, había un abuelo que lo esperaba allí dentro de la casa y él no debería demorarse en admirar el atractivo de un hombre que dadas las circunstancias iba a tener de todos modos, no debería demorarse en su puerta viendo con admiración sus ojos, el perfil de su nariz ni dejar que este le tocara con inquietante delicadeza la mejilla.

Parpadeo sintiendo la caricia, deseando poder cerrar los ojos para disfrutarla más y aun así forzándose a mantenerlos abiertos para no perderse ni un solo gesto del rostro del sacerdote.

-Tu abuelo estará bien… se sentirá feliz de que estés bien Yuri –prometió –además… tengo conocimientos de primeros auxilios, entremos adentro ¿está bien? –Pidió –no hay nada que temer –dijo y Yuri Plisetsky asintió temblando por dentro.

Había mucho porque temer.

En esa cercanía, con esa conexión… había sentido como la sangre latía bajo la piel de Jean, había adivinado la calidez de aquel líquido vital corriendo por las venas de… le echo los brazos al cuello y se abrazó a él tratando de controlarse, sintió como le correspondía el abrazo, con fuerza y algo parecido a la posesividad, cerró los ojos y apretó los dientes, tenía sed… demasiada sed y allí estaba…

La razón por la que no debería haber gritado cuando despertó en la tumba.

La sed.

Los muertos solo pueden vivir arrebatándoles la vida a los vivos.

-Yuri… -susurro suavemente Jean y las ganas de llorar vinieron junto a un sentimiento de desolación.

Yuri le amaba, le amaba tanto… que el simple hecho de saber que podría dañarle le destrozaba, le daban ganas de abrazarse a él y susurrar suavemente lo que pasaba, pedirle por favor que esperará un poco mientras él iba a…

¿A qué Yuri? ¿A qué?

Se preguntó a sí mismo y todas sus naturalezas se quedaron calladas ante la atribulada verdad.

-vamos dentro –dijo lento separándose de Jean tan rápido como le había abrazo, cruzo sus brazos para no ceder una vez más y controlo su sed diciéndose con brusquedad que iría más tarde en busca de comida… solo debía recordar lo que el visitante de la otra noche había dicho sobre su naturaleza.

Adivino a Jean asentir y sus labios temblaron un poco, deseaba abrazarse contra él, dejar que le besara, besarle incluso… pero debía controlarse, su simple cercanía le recordaba su sangre latiendo con fuerza en sus venas… si se quedaba demasiado tiempo con él… no podría controlarse.

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Nikolai bajo tras Ayshana sin entender una sola palabra de todas las apuradas que ella había dicho, había escuchado dos veces el nombre de su nieto y elevado una ceja preguntándose si el dolor no la habría enloquecido, quiso detenerse para preguntarle una cosa pero ella lo jalaba sin atender a sus preguntas.

Llegaron a la sala y lo vio.

Creyó estar soñando.

Su nieto, su hermoso, orgulloso y encantador Yurakcha estaba parado en medio de la sala en compañía de Jean-Jacques Leroy.

Estaba extremadamente pálido, era verdad, y sus labios parecían extrañamente rojos aquella noche, lo que contrastaba con la palidez de sus pómulos y mejillas y ese algo sombrío alrededor de sus ojos, pero era él.

Era Yuri.

(Vestido con el mismo traje blanco con que lo habían enterrado, aunque llevaba un abrigo color negro encima)

-Yuri –dijo, con lentitud, dejando a un lado los fúnebres pensamientos acerca de su nieto y las cosa que habían pasado en los últimos días, ni siquiera se atrevió a preguntarse porque Leroy estaba ahí.

Solo extendió los brazos a su nieto Y este se unió a él casi enseguida.

¡Qué frio estaba!

Sintió el hielo en la mejilla del muchacho y en sus labios cuando le dio aquel rápido beso en la mejilla, un toque de escarcha que le estremeció un poco.

Por un segundo pensó que abrazaba a un muerto.

Pero luego Yuri se separó un poco y el miro, aquellos ojos asustados también tenían vida y cariño, un afecto tan real como el que había visto cada vez que mirara a Yuri y se relajó enseguida.

-¿Yuri? –preguntó suavemente, solo por aclararse, si estaba enloqueciendo, estaba claro que lo haría junto con los otros dos que estaban en la casa.

Le pareció que los ojos de su nieto brillaban, casi como si quisiera llorar, pero no pasó nada.

Solo escucho su voz.

-Sí, soy yo… soy yo abuelo –contesto y Nikolai sonrió, era él, si… era él.

No pudo ver como detrás suyo Ayshana ponía una sombría mirada mientras los veía abrazarse.

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Estuvieron hablando por media hora, Jean un poco turbado bajo la escrutadora mirada del anciano, había relatado a grandes rasgos que había ido a caminar cerca del mausoleo familiar de los Plisetsky, no se había atrevido a decir que había ido a ver a Yuri por pudor, así como en medio de su paseo había escuchado los gritos ahogados en el interior al acercarse más a la edificación de mármol blanco.

Nikolai se había estremecido un poco y había tomado la aun fría mano de su nieto a modo de consuelo para este y para sí mismo escuchando el relato del sacerdote, fijaba sus ojos en Leroy y sentía un agradecimiento eterno hacía él, luego los fijaba en su nieto y veía las miradas que ambos, Yuri y Jean, compartían entre si y sentía algo parecido al pesar.

Aunque agradecía profundamente tener de vuelta a su nieto y que este no hubiese sufrido el padecimiento de una muerte bajo la fría losa –pocos se aventuraban a esos lugares- no podía menos que sentir terror de aquello que podría ahora pasar entre su nieto y el sacerdote, ahora que sus miradas parecían conectarse y sus almas hablar a un mismo ritmo.

Como si se hubieran entendido tras aquello.

-Gracias padre por lo que ha hecho –dijo al final, sin soltar a Yuri que parecía incapaz de apartar la mirada del canadiense –usted sabe cuánto quiero a mi nieto –termino.

-No hay de que señor Plisetsky –contesto Jean, un poco abochornado por haber sido cogido mientras miraba a Yuri –a mí me ha aliviado bastante, y me siento feliz de tener de vuelta a Yuri, junto a usted –aseguro, pero Nikolai ya era viejo y entendía el doble significado tras las palabras… no había que ser muy viejo para ver la adoración en los ojos del sacerdote, adoración que por otro lado no había visto hasta esa noche.

La mirada del canadiense hablaba como loca, si antes le había parecido que esos ojos podían comunicar muchas cosas en aquel momento lo comprobaba con estupefacción, los ojos le brillaban de un modo extraño y parecía embriagado por un loco contento.

-Estoy seguro de que así es –murmuro, tenía un cierto gramo de temor de que todo fuera un mal sueño, pero ya se había pellizcado un par de veces y le había dolido por lo que no era un sueño, ahora sentía miedo delo que pudiese pasar con su nieto bajo el mismo techo que Jean, las leyes de hospitalidad le ordenaban invitarlo, y dadas las horas de la noche…

-Bueno, ya es tarde –sonrió Jean de un modo extraño, dando la impresión de levantarse del sillón donde había estado acomodado –Creo que es hora de que vuelva al pueblo – las palabras cayeron pesadas y la obligación lo mismo que la cortesía que le era natural le impelían a hacer su parte.

Además, Leroy no era un hombre malvado.

Quién le preocupaba era Yuri y su actuar alocado, no le era difícil sospechar que ambos debían de haberse confesado cosas innombrables al salir su nieto de la tumba, conociendo el ardiente carácter de Yuri y lo emocional que debía ser Jean…

Tomo aire.

-Por favor no, usted ha traído a mi nieto permítame agradecérselo padre Leroy, quédese esta noche a descansar… -pidió observando con algo de agrado como el hombre más joven titubeaba en la decisión –no acepto un no por respuesta, es demasiado tarde para que usted vaya por ahí –concluyo, su tono era aquel que había utilizado a veces cuando Natasha siendo joven no le obedecía, aún era autoritario cuando quería serlo.

Jean-Jacques Leroy pareció sorprendido unos segundos antes de formar una sonrisa tan cortes que debería haber avergonzado a cualquiera que pensara mal de él, y asintió.

-Se lo agradezco, señor Plisetsky –contestó bajando los ojos un segundo antes de mirar de reojo a Yuri.

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Yuri tenía sed, una sed enfermiza que le exigía ir a beber cuanto antes, sentía como dentro suyo se revolvía en instinto y le gritaba, le exigía… reconcomía con voz ardiente y escandalosa que fuera y se alimentara.

Sentía como dentro suyo la memoria le recordaba con fuerza que aquella vida a medias y condenada tenía un coste que él había aceptado en toda su forma.

"sangre"

Tomo aire, aun sin necesitarlo porque respirar ya no le era necesario, y mirando al techo de su habitación trato de no pensar a Jean durmiendo en la habitación frente a la suya, la idea de ir y encontrarse con él en el interior de la misma le saltaba por la mente casi tanto como la sed le reclamaba ir a buscar algo de tomar…

Un cuello delicado, blanco… un cuerpo lleno de sangre, roja… brillante…

Solo… un poco.

Un poco para calmar su sed.

-¡Señorito!

El grito le sobresalto, obligándole a mirar al frente y ver a Ayshana frente suyo.

-Ayshana… ¿Qué haces aquí? –preguntó sorprendido, ¿Qué hacía aquella mujer en su habitación? La miro y entonces lo noto.

Era él quién tenía la mano alrededor de la muñeca de la mujer mayor que le observaba con los ojos abiertos de par en par… la soltó enseguida, un poco asustado.

¿Tanto se había perdido?

-Lo siento… yo –la miro a los ojos, y de repente recordó cuantas leyendas le había contado ella cuando él era un niño –lo siento –se disculpó de vuelta, viéndola acariciarse la muñeca, allí donde se podía ver la piel brillante y roja por la presión que él debía de haber ejercido.

Se miraron a los ojos y ella asintió.

-Está bien –Yuri sentía ganas de retirarse, de irse hacia atrás… volver sobre sus pasos, solo podía pensar en cuanta sangre tendría aquel cuerpo frente a sus ojos y no era tan fácil contenerse.

Ni siquiera sabía porque se contenía en realidad, tenía tanta sed…

-el amanecer vendrá pronto –susurró ella en tono sombrío –si está realmente sediento –comento al aire, sin asomo alguno de miedo y con la mirada extrañamente ansiosa –mi hija está en la cocina… pero sea rápido… o no habrá historia que contar sobre usted –sin más que decir la mujer se volvió y Yuri entendió a medias lo escuchado.

Su instinto hablaba.

Su instinto gritaba.

Tenía sed.

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Jean deseaba besar a Yuri en los labios, estrecharle contra sus brazos y susurrarle todas aquellas palabras que se habían callado todos esos meses.

Sentía el corazón saltarle en el pecho, y cuando al despertar vio el techo de la habitación que Plisetsky le había dado casi se ponía a bailar.

El miedo de que todo fuera un sueño le había impedido abrir los ojos durante los primeros minutos, pero no lo era, podía verse en la casa de Nikolai y adivinar a Yuri en su habitación y sentía que podía reír.

¡Cómo lo amaba!

Amaba a Yuri y su corazón, u poco más libre después de aceptar esa realidad y vislumbrar un futuro a su lado sin segundas culpas casi le obligaban a saltar en donde estaba.

Pero no era tonto.

Bastaba haber intercambiado aquella mirada con Nikolai la noche pasada para saber que ignorante el anciano no era, al menos no en el tema que ocupaba la relación entre Yuri y Jean, y el canadiense debía aceptar que sentía algo parecido al pánico.

Nikolai no parecía tan molesto como si preocupado y el futuro exsacerdote lo entendía.

Salió de la habitación preguntándose cuando tendrían una conversación sobre Yuri o si habría modo de tenerla de todas formas, las cosas le resultaban tan raras.

Yuri era menor de edad –algo que a estas alturas no se le iba a olvidar aún- era joven, parecía tener un futuro brillante delante de sus ojos y… Jean quería creer que todas las cosas que le había dicho.

Aquellos "te amo" tan expresivos y vivos.

Eran verdad.

Quería creerlo y lo creía.

Pero era consciente de que era joven, ambos lo eran… y el mundo y las decisiones que tomarán en aquellos momentos podían serles pesadas más adelante.

Un suspiro agotado se le escapó de la boca mientras bajaba las escaleras de madera en dirección al primer piso, un poco avergonzado de no estarse quieto en la habitación, pero él acostumbraba levantarse temprano…

Dio un par de vueltas en la sala… fue entonces que escucho aquella voz, posiblemente la mujer que ayudaba en las cosas de la casa, cantando.

Mis manos están llenas de lirios y jazmines

Pero ay del navegante que me trajo hasta aquí

Un día en la montaña, me dijo un caballero

Que buscaba un hada para hacerla su mujer

Que suceso más extraño contado entre viajeros

Me tembló la mano y perdí el corazón

Vino un caballero en busca de una esposa

Se detuvo a mi frente y me robo el corazón

Me acuerdo de ese día tan extraño,

La estepa estaba lejos de nosotros

Tu amor era sincero como el agua

Y mi amor era tan fuerte como tu Dios.

Me acuerdo de tus besos y promesas

Me acuerdo, Plisetsky, de tu amor

Y los ojos se me llenan de promesas

Un día, amor mío, te arrancare el corazón.

Se sobresaltó por la última frase y avanzo rápido hasta llegar allí de donde venía la canción, si, allí estaba, Ayshana, la mujer que los había recibido la noche pasada apoyada un poco contra la mesa mientras terminaba al parecer de cocinar.

Trato de no hacer ruido, sintiéndose un poco abochornado, aquella canción le resultaba familiar, no con esas letras, pero juraba que la había escuchado cantar en el pueblo.

¿Para qué tomar una veela por esposa?

¿Para qué robarla el bosque y su candor?

Para que aspirar a su belleza,

Si tú no querías su amor

Admirado mi amado compañero

Admirado por todos tus amigos

Admirados los ojos de tu zar

Tenías a tu lado un tesoro del mar

Y… te falto tiempo para extender las manos al dolor

¿Para qué pedirme mil promesas?

¿Para qué jurarme si es que no?

Si tú no querías amarme

¿Para qué hiciste que te amara solo yo?

Era una canción un poco triste, en especial aquella última frase, dicha a medias como una promesa mal hecha, ¿Para qué pedirme mil promesas? ¿Para qué jurarme si es que no? Si tú no querías amarme ¿Para qué hiciste que te amara solo yo?

Apoyo la mano en la puerta de madera, causando un levísimo crujido, ahora recordaba donde había oído la canción… La había cantado aquel muchacho que decían… seguía a Yuri como una sombra.

Claro, eso antes de irse del pueblo… tomo aire para interrumpir la canción.

"mil promesas no serán suficientes

Mil promesas mi amor se morirá

Júrame que seré yo la única

Y mi amor para ti… será"

Tenía una voz tan hermosa que el aire se le atrapo en la garganta antes de decir nada, no conocía bien aquella versión, la canción era de campesinos, Jean no lo dudaba, pero contaba una leyenda, una que Nikolai le había contado en el pasado.

Algo acerca de un hada y de un noble boyardo.

Si te dije que bastaría para matarme

Una traición sola de tu amor

¿Para qué decir que me equivocaba?

Si el dolor me atravesaba el corazón

Desgarrado mi grito te abandona

Corro al bosque, te abandono mi amor

Solo un hijo de tu sangre es que me llevaba

En mi vientre y para mi… el dolor

Lo sabes y reclamas a los cielos

Exiges lo devuelva hasta tus brazos

Es más mío de lo que será para ti

Soy una hija del bosque mi amado

Tus leyes no son para mí.

A lomos de montura encantada

Huimos para no morir

Moriré cuando su tacto me roce

Y tú mi hijo… gobernaras allí

Mi dulce bien encantado

El único fruto que jamás lamentare

Hijo de una hija del bosque

Hijo de un hijo del hombre

Piel de alabastro se llama, ojos de color esmeralda

Que sus llamas jamás se enciendan

Sé más hombre que hada, hijo mio.

Que la sangre de tu padre hable por los dos.

Que tu belleza tan solo sea clara

Que tus ojos no ardan jamás

Que tus rubios cabellos se queden quietos

Y el viento no les hable al pasar

Nunca dejes que entren a tu pecho

Nunca dejes que rocen tu corazón

El día que tú ames serás preso

Y ese día te arrancaran el corazón.

La canción había terminado, lo mismo que Ayshana la comida, porque se volvió rápida y sus miradas, la de Jean y la mujer se cruzaron.

Jean tuvo que dar un paso hacia atrás por la sorpresa.

Parpadeo y al abrir de nuevo los ojos allí estaba ella, hermosa… y con los ojos color miel.

-¡Padre! Buenos días –saludo ella con una sonrisa cálida y el sacerdote sonrió levemente -¿tiene hambre?

-No, yo… buenos días Ayshana, espero no molestarte, en realidad me preguntaba si irme ahora sería muy descortés no quiero despertar al señor Plisetsky, tuvo demasiadas emociones anoche –comento con tono educado, ella le miro calmada sin el más mínimo rastro de llamas color verde en sus ojos ni aquella diabólica expresión que había creído ver.

-Y usted tiene obligaciones esta mañana –contestó ella con tono comprensivo y apenado a la vez, provocando que él volviera a prestarle atención –lo comprendo pero ¿porque no se queda a desayunar? El señor bajara pronto pero el pequeño Yuri no, está un muy cansado por lo de anoche y seguramente dormirá hasta el mediodía –sonrió con un deje casi maternal acaparándole el gesto.

Jean titubeo un poco ante la invitación, una parte de sí deseaba quedarse y aclararlo todo, actuar detrás de otros de manera traicionera no era lo suyo, pero por otro lado no estaba seguro de que hablar sin Yuri presente fuese muy correcto.

Después de todo, a saber si el muchacho había hablado con su abuelo acerca de lo que pasaba, cuando joven Jean había tenido a sus padres para contestar sus dudas y parte de su ansiedad y temores, pero sabía que no todos eran así y aunque el hermoso rubio parecía tenerle un amor excesivo a su abuelo aquello no quería decir nada cuando al fin y al cabo en realidad su conocimiento del más joven no era tan profundo.

Se sonrojo un poco al pensar en Yuri, en lo bonitos que eran sus ojos… y lo suave que podía ser su mirada, como la noche pasada cuando se habían mirado antes de ingresar cada uno a su habitación.

¡Que hermoso había estado!

Ver su perfil de lado casi devorado por la oscuridad le había hecho saltar el corazón por un momento.

Que bien se había visto.

Que delicado y hermoso había sido.

Por un momento había pensado, de manera casi poética, que parecía un fantasma.

Pero por supuesto que no lo era, Jean se había detenido frente a la habitación del muchacho y lo había visto, desde la puerta, acostado en su cama, dormido… descansando de las emociones de la noche pasada… y por supuesto que no era un fantasma… era la criatura más hermosa que había visto hasta entonces y la que más amaba en todo el mundo… en toda su vida.

Miro al frente y descubrió a Ayshana esperando por una respuesta, sonrió levemente.

Quizás fuera lo mejor.

-Me gustaría mucho, pero tengo un par de cosas que hacer, si es tan buena de decirle al señor Plisetsky que volveré más tarde para hablar con él, yo se lo agradeceré mucho –contestó.

Ella le miro por unos segundos, mostrando cierto gesto de molestia en los labios por un segundo antes de asentir. Supuso que ella esperaba una respuesta afirmativa a su pregunta.

-Se lo diré, y que usted lamenta no poder quedarse –dijo tranquila, miando de reojo la comida sin servir -¿Lo acompaño a la puerta? –preguntó y Jean le sonrió.

-Se lo agradeceré.