Capítulo 7

Llevaba dos meses de viaje y por fin lo había logrado.

Había meditado cada detalle y cada punto de aquel plan. Creo que llevaba pensándolo semanas cuando llegué a aquel campamento lleno de soldados que me miraban como si yo fuera un espíritu maligno. Iba a ser muy complicado. Sabía que la teoría y la práctica eran dos cosas completamente diferentes y ella tenía a grandes hombres a su lado respaldándola. No por nada era la mujer de la que todo el mundo hablaba.

Durante el viaje hasta Tardith, en aquel cochambroso navío, había oído a muchos marineros contar como había sitiado dos de las ciudades más importantes del continente. Como había acabado con cada amo, noble, guardia y emperador que no estaba de acuerdo con sus ideales. Pero, ¿quién no estaría a favor de ellos? Liberar a cada persona de aquel cruel mundo era una completa locura además de una hazaña. Por supuesto yo estaba a favor de aquellas enormes ideas. Quizás era, como hacer realidad el sueño de muchas personas que no sabían cómo salir de su encierro y a mí me fascinaba. Imaginaba a una mujer enorme. Fuerte e imponente. Con grandes músculos y la voz grave. Capaz de romper un cráneo humano con su mano derecha. Me reí de mis conjeturas. Eran demasiado descabelladas.

Pobre de mí en aquel instante, que no sabía a lo que iba a enfrentarme.

Había sido realmente sencillo llegar hasta ese enorme campamento lleno de tiendas de campaña y hombres disciplinados y furiosos. Solo había tenido que seguir su gigantesco rastro de destrucción masiva desde el norte. Suspiré intentando recomponer mis ideas. Debía de tomarme las cosas un poco más enserio. En realidad la misión que me llevaba allí era una auténtica locura y cumplirla sería un terrible error. Si ella caía, sabía que el mundo perdería por completo la esperanza. Nadie, ningún esclavo más seria salvado. El pueblo se alzaría en armas contra reyes que podían masacrarlos en un abrir y cerrar de ojos. Y si no tenían líder al que seguir estaba convencido de que los hombres más arraigados a ella se enfrentarían por un poder sin sentido. Pero, si ella no moría, no podría rescatar nunca a Yuuki de Isgard y la vida de mi hermana valía más que la de toda la humanidad junta. Al menos, para mí.

Avancé aun con más ritmo por el campamento. Me había colado allí como un vulgar ladrón exponiendo mi fervoroso apoyo hacia la señora de Shaéz y su causa. Según mi plan, quería unirme a ella a toda costa. En realidad era sencillo. Todo se basaba en ganarme su confianza en cierto modo y cuando estuviese más vulnerable y sin que se diese cuenta, le daría el golpe de gracia. Pero, si no me mantenía cerca de ella de alguna manera, estaba convencido que no podría cumplir con mi propósito.

Esa era la fantástica y descabellada teoría. Caminé dando vueltas aquí y allá hasta que di con uno de los soldados que parecía tener un rango diferente al de los demás.

-Disculpe.-Hablé. Él se giró hacia mí arqueando una de sus cejas con el ceño fruncido. Parecía estar muy enfadado por algo.-Estoy buscando al Capitán.

-Soy yo.-Contestó seco.- ¿Quién demonios sois?-Sonreí. Aquel peli verde era extremadamente desconfiado y agresivo, tal vez. Eso no me achantó.

-Un gran fan suyo Capitán Zoro.-Bromeé tendiéndole la mano. Él la miró entrecerrando los ojos con cierta sospecha.- ¿No?-Pregunté y él soltó un gruñido.

-No estamos aquí para reírle las gracias a un payaso como vos. No os he visto nunca por el campamento. Decid quién sois.-Se cruzó de brazos. Un par de soldados que había por allí se aproximaron hacia donde nosotros conversábamos. Suspiré. Se acercaban complicaciones.

-Soy un emisario.-Dije al fin poniéndome más serio de lo normal.-Vengo del Reino de Goa. Necesito hablar con vuestra Señora o con vuestra Reina, ¿cómo la llamáis?-Le miré pensativo.

-Da igual como la llamemos siempre que sea respetuosamente.-Dijo el otro sin más.

-Por supuesto.-Asentí.

-¿Cómo sé que estáis diciendo la verdad?-Volvió a mirarme interrogante y lleno de expectación.

-Tengo esto.-Le enseñé un perfecto sobre que había preparado con el símbolo de mi familia. Era una carta firmada del puño y letra del Rey de Ávalon. Aunque en realidad, estaba escrita por mí y con una fantástica y perfecta firma falsificada.-Vuestra señora debe saber qué está ocurriendo en Menithez. Traigo muchas noticias de allí que imagino, le interesaran.-Afirmé.

El Capitán Zoro me analizó de arriba abajo imperturbable.

-No parece que sea un tipo amenazador.-Comentó uno de los soldados con una sonrisa socarrona en los labios.

-Ni siquiera lleva armas.-Dijo el otro.-Es posible que solo sea un enclenque que ha tenido la suerte de llegar hasta aquí sin que lo maten.-Rió.

-Sí, deberíais de darle esa cartita,-se burló unos segundos,-a nuestra Señora, Capitán. Estoy convencido de que si dice la verdad estará realmente interesada en saber que ocurre en su continente.-Propuso de nuevo el primero.

-Está bien. Se la daré.-El peli verde me arrebató el sobre con fastidio,-esperad aquí y no hagáis nada raro o estúpido.-Me ordenó y simplemente se fue seguido de aquellos dos soldados.

-A sus órdenes Capitán.-Solté una larga bocanada de aire. Mi primer paso estaba dado. Ahora solo esperaba que se creyera el contenido de la carta para poder tener algún tipo de audiencia con ella.

Siempre fui muy convincente y sabía, que si jugaba bien mis cartas, no podía negarse a ese pequeño cebo. Podía darle demasiada información. Ella sabía que necesitaba conocer qué estaba pasando al otro lado del mundo si su idea era conquistarlo. Cada entresijo de sus guerras y conflictos o alianzas. Todas esas cosas, yo se las podía ofrecer a cambio de que me dejase guiarla hasta cruzar el mar. Era un trato realmente convincente. Sonreí. Me encantaba elaborar ese tipo de estrategias.

Cuando ya llevaba casi una hora esperando, el Capitán "gruñón", apareció con esa expresión molesta en la cara. Suspiré. No sabía si eran buenas noticias o no. Ese hombre era increíble. No había forma humana de desvelarle información.

-Podéis acompañarme. Os recibirá.-Dijo simplemente. Yo asentí con presteza y le seguí por entre las tiendas hasta llegar a la más grande donde dos guardias esperaban en la puerta hablando sobre sus cosas.-Las armas.-Zoro se giró hacia mí antes de entrar.-Es obligatorio.-Uno de los soldados se acercó a mí y yo, obediente, le di lo que llevaba, el puñal que tenía enfundado en la cintura y una especie de cilindro como cinco palmas de grande, muy decorado, redondeado y hueco. El hombre lo observó realmente curioso.

-Cuidado.-Le dije.-Es un arma mortal.-Sonreí divertido al ver su cara desconcertada analizarlo con más ímpetu.

-¿Nada más?-Negué. Pero aun así, el otro me registró.

Cuando se quedaron conformes el Capitán me hizo una señal con la cabeza y yo avancé internándome en la gigantesca y bien provista tienda.

-Mis señores,-habló el peli verde,-este es el emisario.-Me presentó. En ese momento, salí tras su espalda con la intención de decir algo ingenioso pero mis labios se quedaron entrecerrados y mis ojos, se abrieron de par en par al contemplarla.

Esa fue la absurda reacción que tuve nada más verla por primera vez.

Un silencio tenso se alzó en la sala. El Capitán se esfumó y tanto ella como el hombre castaño y extravagante que había a su lado, me miraron expectantes al ver que yo no decía ni una palabra.

-Es un emisario, ¿mudo?-Cuestionó divertido dirigiéndose hacia ella.

-No lo tengo claro.-Sus ojos verdes se entrecerraron en una expresión sospechosa. La vi arrugar esa pequeña nariz que tenía sobre su piel dorada. Y de repente, sentí un fuerte vuelco en el corazón.

Genial, pensé. Esa mujer no era un ogro, ni nada que se pudiese parecer. Mucho menos tenía gigantismo. Esa chica era todo lo contrario y yo me había quedado boquiabierto sin saber por qué. Seguramente en ese momento parecía realmente absurdo.

-Disculpad, ¿estáis bien?-Me preguntó el hombre.

-Sí,-sonreí al fin negando con el rostro para intentar centrarme,-disculpadme. Ha sido impresionante ver al fin a…-de repente un rugido me sobresaltó. A mi derecha pude observar cómo se acercaba un enorme tigre gris con pasos lentos y sinuosos. Y yo, volví a quedarme completamente sorprendido. Sabía perfectamente que clase de criatura era aquel ser.- ¿Ese es…?

-Se llama Byakko.-La oí. Vi cómo se acercaba al tigre con una preciosa sonrisa. Yo empecé a calmarme un poco.-Era un cachorro cuando lo encontré en Eldar.-Dijo acariciándole el pelaje.-Calma. Es un amigo.-La oí susurrar en la lengua materna de los Isgardianos. Sonreí.

-Pensaba que el símbolo de la magia de Isgard había desaparecido.-Me acerqué un tanto a aquel ser legendario y le acaricié un poco el envés. Él simplemente se dejó. Tenía el pelo más suave que había tocado jamás.

-Su madre sí. Pero él no. Sobrevivió y yo, le rescaté de su destino. Los dos nos ayudamos mutuamente desde entonces, ¿a qué sí?-Vi de reojo como se mordía el labio con una bonita sonrisa mientras le rascaba la oreja al animal. Por un momento, volví a sentirme terriblemente nervioso.

Y en ese instante, ella me miró a los ojos descubriéndome de lleno. Aunque no le aparté la vista. Al contrario, quise mantenérsela un poco más al darme cuenta de que su verde brillante era terriblemente singular.

Tenía los ojos más hermosos que había visto a lo largo de toda mi vida.

-Eso es increíble.-Susurré.

-Me llamo Nerumi. Y has venido a vernos,-se volvió hacia el hombre que observaba prudente cada uno de mis movimientos atento por si hacia cualquier cosa que fuese contra ella,-¿qué deseas?

-¿Es su guardaespaldas?-Lo señalé sin avergonzarme. Él frunció el ceño y ella rió un tanto. Su armoniosa y melodiosa risa me sacó otro vuelco al corazón. ¿Qué diantres me estaba pasando?, me pregunté aturdido intentando recomponerme.

-No, es Thatch. Mi marido.-Confirmó. Yo asentí realmente atónito. No esperaba que hubiese un esposo con ella vigilándola a todas horas. Por desgracia no había contado con ese pequeño e incómodo detalle.

-Disculpe mi atrevimiento entonces.-Me incline un tanto y el castaño pareció relajarse aunque no lo suficiente.

-¿Por qué no nos decís también vuestro nombre Don emisario? Será un honor escucharlo.-Cuestionó Thatch sin dejar de arrugar la nariz.

-Me llamo Monkey D. Sabo. Vengo del Reino de Goa. De la ciudad de Blarem.-Comenté más firme dándole a mi presencia cierto aire importante. Si no me lo tomaba enserio, no me creerían jamás.

-Hace años que no sé nada de Goa.-Confirmó Nerumi.- ¿Queréis sentaros y me explicáis algo más?

-Os lo explicaré absolutamente todo pero, dejad que os diga algo antes.-La castaña clavó sus ojos en mí, intrigada.-No estoy aquí solo para ofreceros información. Estoy aquí para ofreceros mis servicios. Soy un gran luchador y un ambicioso estratega. Vuestra causa es admirable y, me gustaría participar en ella. Siento que…este mundo…-pensé en Yuu unos instantes,-necesita una limpieza a fondo de seres oscuros, amos y reyes dictatoriales. Dejad que os ayude y os prometo que os daré toda la información que necesitéis.

Vi como miraba a Thatch y luego volvió sus ojos hacia mí.

-Por desgracia eres del continente que me marcó como esclava y tendréis que demostrar eso que decís.-Dijo firme. Era dura de pelar.

-Decidme como.

-Un combate. Así podréis demostrar esa fuerza de la que habláis y todas esas habilidades. Has pedido ser guardia personal de la Señora de Shaéz. Eso no es sencillo.-Sugirió su marido.-Será con nuestro mejor soldado.

-¿El Capitán?-Señalé hacia fuera.

-Por supuesto.-Confirmó él.

-Si ganáis os creeré y os daré una oportunidad.-Afirmó Nerumi con una sonrisa.- ¿Estáis de acuerdo?

-Sin duda.-Sonreí altivo.

El duelo parecía que sería realmente simple y sencillo. El primero que saliera fuera del círculo que se había dibujado, que cayese inconsciente o que se rindiera perdería. Hasta ahí todo correcto. Podíamos usar nuestras armas con la condición de no ir más lejos de los simples arañazos. Es decir, no podía haber ningún muerto al acabar el encuentro.

Algunos soldados, los más curiosos, se reunieron allí alrededor nuestra evidentemente animando a mi contrincante. Vi al frente a Nerumi y a Thatch sentarse en unos bancos de cuero con bastante interés en lo que iba a pasar en aquel momento. Sonreí. Era el momento de darlo absolutamente todo. De demostrar todo lo que había aprendido a lo largo de los años y lo que era capaz de hacer.

-Así que el Capitán Zoro es el hombre más fuerte de este ejército.-Solté despreocupado de brazos cruzados con mi pequeño tuvo metálico en la mano derecha y mi puñal enfundado a mi izquierda en la cintura. Él frunció el ceño.

-¿Quién te creías que era?-Soltó cogiendo un par de espadas que empuñó decidido. Me miró desafiante.

-Eso suena muy arrogante.-El peli verde sonrió ante mi comentario.

-¿Qué vas hacer con ese juguete?-Inquirió arrugando aún más la nariz.

-Divertirme.-Respondí devolviéndole la sonrisa.

En ese instante, el peli verde avanzó hacia donde yo estaba a una velocidad que fue casi imperceptible para mis ojos. Eso me dejó bastante sorprendido pero yo no baje la guardia, cuando alzo el par de espadas contra mí, me deslicé por debajo de él dando una vuelta sobre mí mismo para esquivarlas pero el campo de maniobra era muy reducido sobre todo cuando Zoro se giró, saltó y atacó con todas sus fuerzas. En ese momento, active mi bastón que se hizo más grande que antes y frené el golpe en seco agarrando el arma con las dos manos. El sonido metálico de ambas armas chocándose sobresalió entre los gritos de los soldados que jaleaban la pelea. Casi me había arrancado un mechón de pelo de la cabeza. Eso había sido peligroso, me dije.

Tenía que tomarme todo aquello mucho más enserio.

En ese momento, sonreí, me deslicé un tanto deshaciéndome del contacto de sus espadas, le di una patada baja para intentar derribarlo pero él fue más rápido y me esquivó. Giré sobre mí mismo y esta vez le ataqué yo con mi barra de acero ejerciendo toda la fuerza del mundo. Él paró el golpe con una de las espadas aunque yo le empujé un tanto hacia atrás y tuvo que despegarse de mí volviéndose sobre sus botas para recomponerse del enfrentamiento. Esos dos movimientos habías sido realmente dignos del Capitán de un ejército como aquel. Suspiré impresionado.

Alcé mis ojos hacia Nerumi que observaba cada detalle de mis movimientos con una sonrisa llena de curiosidad y satisfacción. Al instante, regresé al ataque. Los dos empezamos a chocar nuestras armas y a defendernos de cada golpe con unas habilidades excepcionales. Sin embargo, yo me basaba más en los movimientos de mi cuerpo mientras que Zoro se movía por su propia fuerza.

En una de esas, tuvo la genial idea de atacarme con una de las espadas que yo logré frenar por poco con el puñal que había sacado en un ágil movimiento de mi cintura. Mi otra mano estaba demasiado ocupada en intentar no ser degollado por su otro filo.

-He de reconocer que eres bueno.-Sonrió. Parecía que estaba disfrutando de la pelea.

-Gracias.-Asentí, me agaché y esta vez, perdió el equilibrio nada más darle un buen golpe con el bastón en los gemelos. El capitán calló al suelo. Yo aproveché esa ventaja para volverme sobre mis pies, girar el metal entre mis dedos a toda velocidad y atacarle pero él ya se había levantado. Sentí, de repente, un enérgico impacto en mi estómago que me echó dos pasos hacia atrás y en cuanto me recompuse, vi como el Capitán ya estaba prácticamente encima de mí. Lo esquivé a duras penas porque noté un corte limpio en mi mejilla derecha. No lo suficientemente profundo pero sí bastante desagradable.

La pelea estaba más igualada de lo que pensaba.

Retrocedí un tanto, chisté con la lengua y fruncí el ceño avanzando está vez hacia él con ímpetu. Golpeaba cada uno de sus puntos flacos o abiertos y él intentaba esquivarme cada vez con más dificultad. Mis movimientos se volvieron más rápidos, mis manos deslizaban mi arma con más destreza. Él paraba cada golpe aunque pude darle más de una vez.

Y en una de esas, le asesté uno con todas mis fuerzas en el costado izquierdo, noté como le había partido un par de costillas. Él se quejó de dolor pero aguantó de pie sin inmutarse. Sabía que estaba cada vez más cansado y yo aprovechaba esa ventaja con ganas. La idea era que él perdiese cada vez más reflejos al esquivar y así, yo pudiera aprovechar la oportunidad para lanzarlo fuera del círculo trazado sobre la arena bajo nuestros pies.

Y tras varios encontronazos donde yo también me agotaba por momentos aunque llevando una clara ventaja, pude al fin, derribarle contra el suelo deshaciéndome de sus espadas. Le rodeé orgulloso de mi hazaña mientras intentaba recomponer el aliento.

-Parece que se ha acabado.-Dije volviendo a reducir mi arma de metal hasta aquel pequeño cilindro.

Sin embargo, Zoro me pilló en ese momento lo suficientemente desprevenido como para darme un enérgico impacto sobre mis tobillos haciéndome caer al suelo. Antes de que pudiese hacer nada más, me apresó contra el polvo del suelo, sacó un cuchillo y lo clavó en mi garganta apretando un poco más de la cuenta.

-No estés tan seguro.-Soltó sonriente.-Nunca debes bajar la guardia de esa manera, aficionado.

-¡Ya está bien!-Oí de fondo al señor de Shaéz gritar.-Parece que ya tenemos a un ganador. Intenté desenvolverme de su agarre pero no pude. Resoplé cerrando los ojos. No podía creer que un despiste como aquel me hubiese hecho perder de una forma tan absurda. Sin duda, las peleas de casa no tenían nada que ver con una lucha cuerpo a cuerpo real.- ¡Démosle la enhorabuena al Capitán y festejemos su victoria con una buena cerveza!-Alzó la voz. Todos los soldados festejaron esa noticia.

Zoro se levantó dejándome libre y me tendió la mano. Yo la agarré y me incorporé. Me revolví el pelo y aparté la sangre de mi labio.

-Ha sido un fantástico encuentro.-Me felicitó el peli verde y muchos gritaron jaleando ese hecho. Se habían dado cuenta de que era capaz de igual e incluso de aventajar a alguien tan fuerte como él.

-Muchas gracias. Ha sido un placer.-Le tendí la mano. Él me la estrechó.-Lo mismo digo aunque mis adulaciones carece de sentido si ya todo el mundo sabe algo así.-Él se echó a reír ante mi comentario.

Vi como todos se alejaban para empezar a beber o a festejar o simplemente regresar con sus tareas. En el camino algunos hombres más me dieron la enhorabuena y yo me sentí orgulloso de mi mismo. Sin embargo, no había conseguido mi objetivo principal. Tras soltar un largo suspiro, avancé hacia donde los señores de Shaéz aún estaban sentados. Parecían conversar algo hasta que yo llegué al punto de encuentro frente a ellos.

-Ha sido una auténtica lástima.-Thatch se levantó y nos estrechamos las manos.-Pero es la primera vez que veo a alguien rebatir a ese hombre de una forma tan inteligente. Si pulierais algunas cosas seríais un luchador sensacional.-Yo asentí, le di las gracias y vi cómo se alejó hacia Zoro. Imaginé que quería felicitar también su trabajo.

-El error más estúpido de mi vida.-Me volví hacia ella que se había levantado de su asiento.

-Sin duda. Os ha costado un importante papel.

-Siento haberos defraudado.

-No os conozco. No tenéis potestad para defraudarme.-Me soltó sin más. Parecía realmente decepcionada de que no hubiese conseguido aquello.-Espero volver a encontraros algún día en el campo de batalla con una visión un poco menos confiada de vuestro enemigo.

-Sin duda.

-Buena suerte.-Observé como se alejaba sin más. Asentí decepcionado conmigo mismo. Cómo podía haber tenido un fallo tan estúpido, me preguntaba una y otra vez.

Y así, mi plan fracasó estrepitosamente, de repente.

Aquella noche de luna llena, sentado en uno de los tocones que había alrededor de una fogata apagada, balanceé el puñal entre mis dedos tras un largo suspiro. Después de llegar hasta allí había quedado fatal ante todos esos soldados de risas socarronas y miradas arrogantes. Aunque me hubiesen animado al terminar, sabía que solo sentían lástima por mí. Al final, la práctica había resultado ser catastrófica. Sonreí irónico e intenté pensar en un plan más. No podía irme de allí como ella me había sugerido sin más. Tenía que insistir de alguna forma. Después de todo, no podía marcharme de allí con las manos vacías.

Como podía ser tan hipócrita.

En realidad estaba en ese estúpido lugar para arrancarle la vida. No para reír y divertirme, o para pelear para hacer que ella me eligiera para un papel que no iba a cumplir. Pensé en Yuu y me sentí realmente frustrado al no poder hacer nada más por ella. Culpable, por no estar haciendo algo más rápido para poder liberarla. Era horrible pensar que estaba tan lejos y cerca de salvarla, que dolía. Al final, tal y como había dicho Ace siempre, era un completo desastre. Un perdedor.

-¿No podéis dormir?-De repente, en medio de la noche oí su cálido y bonito tono de voz a mi espalda. Sonreí e inmediatamente enfundé el puñal.

-Supongo que estoy ideando un plan alternativo a este.-Respondí ingeniosamente, vi cómo se acercaba hacia el lugar donde yo estaba y compartía mi asiento. La miré descaradamente mientras se dedicaba a observar las estrellas. Llevaba encima de aquel vestido celeste, una bonita bata oscura de hilo perfecta para cubrirse del frío. Tenía el pelo suelto y revuelto. Una apariencia que no tenía nada que ver con esa tarde, y sus ojos relucían bajo la luz de aquella noche.

Era preciosa.

-¿Y por qué buscáis un plan alternativo? ¿He sido muy dura tal vez?-Me miró cruzándose de brazos con una sonrisa. Mi corazón empezó a latir con presteza sin siquiera darme cuenta.

-Bueno, está claro que he perdido el combate y por lo tanto mi oportunidad para que os fiéis de mí.-Solté despreocupado restándole importancia a ese error garrafal que había cometido.-Siempre he sido un fiasco así que no pasa nada.-Apoyé las manos sobre el tocón mientras dirigía mis ojos hacia el firmamento.

-No sois un fiasco.-Rió.-Y tampoco creo que seáis tan malo como habéis dicho. Me parece que os guardabais algún as en la manga.

-Siento decepcionaros pero no era así.-Negué resignado volviendo a mirarla.

-Ha sido la primera vez que mi Capitán se ha parado a pensar en cómo frenar esa forma tan ingeniosa de luchar que teníais. Creedme, sé que ha sido un reto para él.-Me sonrió.

-Es un gran honor escuchar algo así de vos.-Reconocí.

-Y, si habéis pensado lo contrario, os equivocáis. No he dicho en ningún momento que debáis iros.-Soltó sin más. Abrí los ojos de par en par al oírla.-Tal vez, no seáis el guerrero más fuerte de todo el mundo pero, tenéis otras cosas increíbles. La facilidad con la elaboráis esas estrategias, o la forma en la que pensáis las cosas. O el hecho de no rendiros por muy mal que se ponga el asunto.-Me miró de una manera tan intensa que pensé, durante un segundo, que en cualquier momento sería capaz de cometer alguna extraña locura. Pero no fue así y yo respiré hondo para intentar calmarme quitándome esos extraños pensamientos de la cabeza.-Son unas cualidades impresionantes.-Ella siguió.-Creo que necesitaré a alguien así a mí lado después de todo.-Vi cómo se levantaba.- ¿Qué os parece? Aunque aún no me fio al cien por cien.-Arrugó de nuevo la nariz de esa forma que me ponía tan nervioso.-Pero, esa forma de pensar que tenéis puede ser una ventaja impresionante. Si estáis de acuerdo.-Nada más oírla noté como mi alma se llenaba de alivio. Al final mi plan seguía en pie. Eso era algo estupendo.

-Estoy de acuerdo.-Dije sin pensármelo dos veces.

-Bien pues,-me tendió la mano,-vais a ser mi consejero. Bienvenido a esta aventura.-Yo me fijé en sus bonitos dedos y luego en sus esmeraldas expectantes para bajar a su mano una vez más. La agarré con decisión y sin querer, sin saber por qué exactamente en vez de simplemente estrechársela, nada más tenerla, la acerqué a mí y le besé con dulzura los nudillos.

Noté como ella se tensaba y al levantar la vista le vi los pómulos ligeramente sonrosados. Mi pulso se aceleró.

-Disculpad mi descaro pero, era mi forma de agradeceros el favor.-Aun le sostenía la mano. Algo en mí no quería soltársela.

-No me falléis. Prometédmelo.-Fijó aquellos impresionantes ojos en los míos un poco más seria. Yo dudé unos segundos. Una promesa era algo realmente importante para mí. Era poner en juego mi nombre y mi honor. Y si se lo prometía, la estaría engañando como un condenado. Pero si no lo hacía, la vida de Yuuki peligraría más y ella era más importante. No podía fallar con mi misión por mucho que me pesara.

-Os lo prometo.-Mentí.

Ella me dedicó una magnifica sonrisa llena de confianza. Me había dado la oportunidad que deseaba y yo me sentí el hombre más despreciable y rastrero del mundo. Al momento le aparté la mirada culpable.

-Buenas noches Sabo.-Me nombró antes de marcharse haciéndome sentir un enorme vacío en todo mi ser.

-Buenas noches mi señora.-Le solté la mano suave y cálida que aún tenía cogida. Ella volvió a su tienda y yo la vi alejarse notando como mi estómago se encogía.

No podía cumplir con esa promesa. Debía asesinarla. Debía rescatar a Yuu de las garras de Akainu. No podía fallarle a mi hermana aunque supusiese la pérdida de la libertad para el mundo.

Sin embargo, en ese instante no me di cuenta de que ella sería mi perdición.