"Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquéllos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos."

Quentin Tarantino

7 – A aquéllos que pretendan

Holmes

Cuando la puerta de la sala de estar se hubo cerrado tras la poderosa mole mi hermano, me tomé un momento para serenarme y pensar en todo lo que habíamos descubierto hasta ahora.

Estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di cuenta de que Watson estaba intentando llegar hasta su butaca hasta que le oí ahogar un grito de dolor al chocar con el borde del sofá, agarrándose a la repisa de la chimenea en busca de apoyo.

Me volví hacia él, dispuesto a ayudarle, pero el muy tozudo me rechazó con un gesto y se sentó en su silla con cuidado, procurando no golpearse el brazo herido.

Me preocupaba que estuviera levantado (el hombre había recibido una paliza de muerte hacía menos de veinticuatro horas), pero en una guerra de voluntades no estaba seguro de poder imponerme sobre la obstinada tenacidad de Watson. Había perdido muchas veces frente a él en lo concerniente a mi salud, y dudaba que pudiera ser capaz de obligarle a desistir hasta que cayera exhausto (probablemente de manera literal).

Todas mis dudas se disiparon cuando los movimientos del hombre captaron mi atención: había cogido su pipa de la repisa al sentarse y ahora se disponía a encenderla. Reparó demasiado tarde en que sólo tenía un brazo sano y no podía hacerlo.

Frunció el ceño, con la cara arrebolada de vergüenza. Demasiado orgulloso para pedir ayuda, mi amigo estaba a punto de meterse el problemático objeto en el bolsillo de su batín cuando me acerqué sin ruido y me arrodillé a su lado, ofreciéndole una cerilla.

Aceptó mi oferta con una triste sonrisa agradecida.

Cogí mi propia pipa y me senté frente a él, observándole con atención tras mis párpados entornados, intentando descubrir exactamente cómo se sentía. Sus ojos me dijeron que no tan bien como pretendía, y cada uno de sus atormentados movimientos me provocaba a mí también una punzada de dolor.

Aquellos hombres lo pagarían… y lo pagarían muy caro. Lo juré por todo lo que me era sagrado.

Seguía vigilándole atentamente en busca de signos que reflejasen su condición cuando la señora Hudson llamó a la puerta y entró para decirnos que un hombre deseaba ver al doctor Watson.

—¿A mí, señora Hudson? —preguntó Watson, volviéndose hacia la buena mujer con expresión perpleja.

—Sí, doctor —respondió ella. Y, volviéndose hacia mí, añadió—: Pero no me parece una persona respetable, señor, si me permite decirlo. ¡Creo que traerá problemas!

La señora Hudson era bastante propensa a considerar que cualquier persona que no se limpiara las suelas de los zapatos antes de entrar en casa traería problemas.

Sin embargo, la notable intuición de la mujer había demostrado ser correcta en numerosas ocasiones, y yo había aprendido, a regañadientes, a no subestimarla.

—Hágale subir, señora Hudson —dije, con mi atención centrada en ella ante la entrada.

—Muy bien, señor.

Mis ojos se volvieron hacia Watson a tiempo de ver cómo una expresión de dolor extremo cruzaba su rostro y su mano sana se aferraba convulsivamente al brazo de la silla hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

—¡Watson!

—E-estoy bien, Holmes —resolló—. Só-sólo ha sido un mal movimiento, supongo.

Sabía, sin ninguna duda, que no estaba bien, y mi creciente rabia hacia los dos hombres cuyo rastro había intentado seguir inútilmente esa mañana se hizo diez veces más intensa al ver a mi amigo esforzarse valerosamente por no exteriorizar su sufrimiento.

Intenté controlar el rápido incremento de mi furia al oír los pasos del visitante aproximándose a la sala de estar mientras permanecía junto a la chimenea.

Oí un movimiento a mis espaldas y me volví en el instante en que Watson se incorporaba, tambaleante, apoyándose en la repisa.

—¡Siéntese, Watson!

—Me encuentro perfectamente, Holmes —dijo, mirándome con unos ojos en los que chispeaba una energía que no esperaba que el pobre hombre aún pudiera conservar.

Mis protestas quedaron interrumpidas por la llegada del visitante. Al ver su rostro, la alarma comenzó a sonar inmediatamente en el fondo de mi mente.

George Dickson, conocido en el mundo del hampa como Pequeño Georgie. El hombre no medía más de un metro sesenta, pero su apodo, más que a su estatura, hacía referencia a su bajeza moral.

Era pequeño y mezquino, y una criatura absolutamente repelente, venenoso como una serpiente y listo como una rata, recadero y matón habitual de muchos de los cabecillas de los bajos fondos.

De repente sentí unos intensos deseos de llevar una pistola en el bolsillo, y apoyé una mano en el hombro de Watson en un gesto protector.

Sentí que estaba temblando, pero de debilidad, no de miedo, ya que él no tenía ni idea de quién era aquel hombre.

—Dickson, ¿qué haces aquí? —pregunté con voz cortante, sin humor para sus juegos.

—Vamos, señor Holmes, no hace falta ser tan antipático —dijo el hombrecillo, mirándome maliciosamente con sus pequeños ojos brillantes.

—Di qué es lo que quieres, Georgie —exigí. Mi rabia apenas velada comenzaba a filtrarse a través de mi fachada.

—No quiero nada de usted, señor Holmes, sólo estoy aquí para darle un mensaje al doctor —escupió Georgie con voz venenosa, avanzando hacia nosotros y tendiendo a Watson un pequeño sobre.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó Watson con voz cansada, absolutamente confuso.

—Un par de tipos querían que se lo diera —replicó el hombre sonriendo con malicia—. Debo decir que me sorprende bastante verlo levantado, doctor. Por lo que oí, no dio mucha pelea, ¿o sí? Qué pena que no fueran un poco más concienzu… ¡AACK!

Las insolentes palabras del hombre, pronunciadas con aquel sibilino y solapado tono despectivo, hicieron que perdiera finalmente la batalla por conservar mi autocontrol, y me abalancé sobre Dickson presa de una furia ciega, cerrando mis manos en torno al cuello del rufián.

—¡Holmes, deténgase! —oí gritar a Watson, perdida ya la paciencia.

—¡¿Cómo te atreves?! —rugí, ignorando a mi amigo y empujando a la pequeña comadreja hacia la puerta de la sala de estar—. ¡Debería azotarte hasta dejarte medio muerto!

La cara de Dickson se estaba poniendo morada, tanto por el miedo como por la falta de oxígeno.

—¡Holmes! —repitió Watson con voz cansada.

Era demasiado… Agarré al hombre por el abrigo y lo lancé escaleras abajo.

La señora Hudson lanzó un chillido cuando el tipo aterrizó en el vestíbulo, golpeándose contra la pared con un sonoro crujido, y se quedó mirándome con la boca abierta mientras yo gritaba presa de una rabia helada al hombre que se encogía junto a la puerta:

—¡Te lo juro, Dickson, la próxima vez que vuelva a pillarte rondando por Baker Street, te dispararé en el acto! ¡¿Me oyes?! ¡Y ahora, LÁRGATE antes de que baje!

Dickson salió del vestíbulo como un rayo, cerrando la puerta con fuerza tras de sí. El portazo me hizo ser consciente de los violentos temblores que sacudían mi cuerpo y de lo acelerada que era mi respiración. La furia se había apoderado completamente de mí. Y no era la primera vez que ocurría en las últimas veinticuatro horas.

Todo este asunto me alteraba mucho, muchísimo, y no me hacía falta ninguna de mis geniales deducciones para darme cuenta.

Estuve a punto de dar un brinco al sentir el peso de una mano suplicante sobre mis agitados hombros.

—Holmes, vuelva ahí dentro y siéntese —oí susurrar a Watson detrás de mí.

Sentí que su contacto se debilitaba repentinamente y me volví al tiempo que se le doblaban las piernas. Me vi obligado a sujetarle del brazo sano para evitar que se desplomara.

—¡Usted no es el más indicado para decirme que me siente, Watson! —dije con una vehemencia que evidenciaba la rabia que aún sentía.

Intentó replicar débilmente y lo llevé de regreso al sofá, donde se dejó caer pesadamente pero con cuidado, resollando por el esfuerzo.

Antes de volviera a reanudar mi furioso paseo, tiró de mi brazo, obligándome a sentarme junto a él.

—Holmes —dijo, entre roncos resuellos—, ¡debe calmarse!

Ante la seriedad de su voz y sus modales, inspiré profundamente, reteniendo el aire unos segundos antes de dejarlo salir en un lento siseo.

—Eso está… mejor —dijo Watson, recostándose sobre los almohadones. Dejó escapar un leve gemido al sentir otra repentina punzada.

—Watson, lo siento mucho —dije, ahora un poco más tranquilo. En ese momento no era mi rabia lo que más me preocupaba, sino aquella mirada de intenso dolor que veía en sus ojos.

Para mi absoluta sorpresa, empezó a reír suavemente, dando un respingo al sentir el estremecimiento en su maltratado torso.

—¿Qué es exactamente lo que encuentra tan gracioso, doctor? —inquirí con irritado asombro.

—Usted, Holmes —dijo, y por primera vez desde que ayer (¿sólo desde ayer?) diera comienzo todo este asunto, una sonrisa auténtica se dibujó en su rostro al mirarme.

Solté un bufido y él volvió a reír.

—¡De verdad, Watson!

Me levanté y me acerqué a la repisa de la chimenea, donde volví a encender mi pipa; y a través del espejo vi que él me observaba, esperando ver cómo empezaba a reírme de mí mismo ante mi exagerada reacción.

Me juré que no le daría tal satisfacción.

Pero al cabo de unos instantes, cuando me preguntó si realmente había hecho rodar a aquel hombre los diecisiete peldaños de nuestra escalera, no pude contenerme más y me eché a reír con él, comprendiendo que, tal como Mycroft y Watson habían dicho, necesitaba recuperar mi autocontrol.

—De acuerdo, Watson, ya se ha reído —dije—. Ahora debe acostarse un rato.

—Sólo son las tres de la tarde, Holmes —protestó al ver que mi inexorable voluntad entraba en acción.

—Y usted necesita más morfina, mi querido amigo. No, no discuta conmigo, Watson. Ha logrado ocultar su dolor de un modo excepcional, pero yo soy Sherlock Holmes, y estoy entrenado para ver lo que no ven los demás.

Esperaba que el afecto que había bajo mi severidad le ayudase a claudicar con dignidad.

Pero sin duda su sufrimiento debía ser enorme, porque ni siquiera discutió. Los acontecimientos de las últimas horas habían absorbido por completo su energía y su adrenalina.

—De acuerdo, Holmes, pero primero deberíamos leer este… mensaje, ¿no cree?

La rabia me había hecho olvidar por completo el motivo de la visita del Pequeño Georgie. Watson me tendió el sobre y se recostó con cuidado, esperando a oír lo que podía deducir de la misiva.

—Hmm, un sobre blanco, corriente, como los que pueden encontrarse en cualquier escritorio. En el anverso pone "Dr. John Watson", escrito a lápiz con mayúsculas para disimular la escritura. Aunque es una mano fuerte.

—Bastante fuerte —murmuró mi amigo, haciendo un gesto hacia su muñeca dislocada.

El comentario me hizo fruncir el ceño, furioso, pero volví a respirar hondo y me concentré en la razón pura y clara.

—Nada más puede deducirse de este sobre —dije, volviendo a sentarme junto a Watson en el sofá y devolviéndoselo—. Será mejor que lo abra.

El destello de vergüenza que cruzó raudamente por su rostro me hizo darme cuenta de lo irreflexiva que había sido mi petición.

—Lo siento, viejo amigo, lo sigo olvidando —dije, pateándome mentalmente por mi falta de tacto.

Volví a coger la carta y rasgué el sobre con cuidado.

Dentro había una pequeña tarjeta de cartulina con algo escrito en ella… pero no fue eso lo que atrajo mi atención en un principio.

Aparte de la nota, del sobre cayó un objeto muy singular.

Una flor de cardo seca, con una extraña cinta a cuadros atada al tallo.

En nombre del cielo, ¿qué significaba eso?

Le tendí la planta a Watson, que frunció el ceño con una expresión de perplejidad igual a la mía.

—El cardo es la flor nacional de Escocia —me dijo, mirando brevemente mi atento rostro—, y esto es una cinta de tartán. No puedo identificar a qué clan pertenece… ¿Por qué un cardo, Holmes?

Naturalmente, yo era consciente del significado de ambos objetos en la historia de Escocia, pero no tenía ni la menor idea de su conexión con el caso.

Cogí la tarjeta y leí las palabras impresas en letras de molde.

Y sentí que la sangre abandonaba mi ya demacrado rostro.

—¡Holmes! ¿Qué ocurre?

Le tendí la tarjeta, y vi que su rostro reflejaba la misma conmoción que había petrificado el mío.

La nota sólo decía: SABEMOS QUE LO TIENE, DOCTOR. PREPÁRESE PARA ENTREGÁRNOSLO O SUFRIRÁ EL MISMO DESTINO QUE ANDREW.

—¿Que lo tiene? ¿Tener qué? —le pregunté—. ¿Qué es lo que tiene?

—¿De Andrew? Sólo el reloj de nuestro padre y varios libros —dijo—. A él también le gustaba escribir, Holmes —prosiguió mi amigo, mientras el dolor nublaba sus ya atormentados ojos—. Había varios diarios y otros artículos entre sus efectos personales. No le quedaban más parientes vivos, así que tuve que vender todo lo que no fuera personal.

—Entonces puede que ni siquiera tenga ya lo que esos tipos buscan —dije, con el rostro ensombrecido por una pertinaz preocupación—. Puede que lo haya vendido.

—Sí, supongo que sí —respondió, y otro gesto de dolor cruzó su rostro al inclinarse para coger el cardo una vez más.

Pero yo no pensaba en la planta, sino en aquella parte del conciso mensaje de la que, evidentemente, Watson aún no era del todo consciente debido a su confuso estado mental.

"Prepárese para entregárnoslo… o sufrirá el mismo destino que Andrew."

Mi mente sólo podía llegar a una única conclusión lógica.

Andrew Watson no había muerto a causa de la bebida, como había deducido previamente al observar el reloj de Watson.

Había sido asesinado.