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Declaración: La mayoría de los personajes de esta historia pertenecen a Kyoko Mizuki/ Yumiko Igarashi en la historia de "Candy Candy". Otros eventos y situaciones fueron tomados de "Candy Candy Final Story" (CCFS) de Kyoko Mizuki, seudónimo de Keiko Nagita.
QUÉDATE CONMIGO
Por Alexa PQ
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CAPÍTULO 7: Iré a donde vayas.
Los clubs para caballeros eran muy populares en Londres. Además de lugares de ocio y esparcimiento dedicados únicamente al entretenimiento masculino, también eran lugares donde se celebraban importantes reuniones de negocios en un ambiente más distendido y en donde, algunas veces bajo la persuasión del alcohol, se lograban cerrar alianzas y colaboraciones económicas que en otros ambientes hubiera sido imposible. Uno de los clubes más prestigiosos y exclusivos de la ciudad era el "Club Turf" - al que Terrence Grandchester se refería únicamente como: "el Hípico" –, un lugar de ambiente sobrio y eminentemente varonil, con paredes talladas en aromáticas maderas de cedro, exquisitas salas de juego y elegantes sillones de cuero cuyo olor impregnaba el lugar, combinado con la esencia del tabaco y alcohol que circulaba sin restricciones por el lugar.
En ese lugar, varios pares de ojos curiosos observaban a la distancia la conversación que sostenían un par de elegantes y distinguidos caballeros en una de las mesas más exclusivas. Uno de ellos era un asiduo visitante del lugar pues se trataba de el criador de caballos pura sangre más importante de Gran Bretaña, y el otro era un exitoso empresario extranjero que desde hacía poco más de cinco meses ocasionalmente se dejaba ver en varios eventos relevantes de Londres que favorecían a sus empresas.
Alrededor de ellos, los clientes más avispados del Turf disimuladamente prestaban una discreta pero muy cuidadosa atención a los gestos y ademanes de ambos hombres, porque no todos los días se veía charlando privadamente en la misma mesa a uno de los nobles más ricos e influyentes del Reino Unido frente a uno de los magnates más poderosos e importantes de Norteamérica. Con toda seguridad, los beneficios del arreglo económico que seguramente estaban discutiendo debían de ser incuantificables.
Sin embargo, el tema que ambos hombres se traían entre manos era muchísimo más importante que eso. Al menos para ellos.
- No terminamos aquella charla pendiente en Año Nuevo, Albert – decía Terry mientras encendía un cigarrillo. Le ofreció uno a su amigo, pero él declinó – Debo disculparme contigo porque no te busqué después de eso.
- Supongo que necesitabas algo de tiempo, Terry…
El aludido asintió, no demasiado sorprendido por lo acertado de la observación. Albert siempre había sido un hombre muy centrado e intuitivo, incluso desde la época en la que se hacía pasar por un vagabundo sin agenda. Terry lo apreciaba sinceramente por eso y, en cierta forma, lamentaba que el tiempo y las circunstancias lo hubieran alejado de aquel a quien por mucho tiempo consideró su único amigo.
- Tienes razón – asintió el duque apartando el cigarrillo de sus labios, mientras aspiraba el humo - Pero creo que ya ha pasado el tiempo suficiente. Incluso, Candy y yo nos hemos puesto un poco al corriente con nuestras historias…
- Creo que Candy y tú han hecho mucho más que eso.
Terry apenas sonrió, con los labios apretados. Levantó las cejas, y dio otra calada.
- Espero que no te opongas a nuestro compromiso.
- No es a mí a quien corresponde oponerse o no, Terry. Sabes tan bien como yo que Candy siempre ha tomado sus propias decisiones – señaló Albert, sencillamente – Si ella sigue siendo legalmente mi protegida no es porque yo la tutele de ninguna forma sino porque la quiero y la considero como si fuera mi verdadera familia.
- Lo sé. Sé lo importante que es para ti – admitió Terry – Y no tengo intenciones escondidas, Albert. Quiero casarme con ella.
- ¿Por qué?
El rostro del duque no dejó nada a entrever.
- Porque quiero casarme con ella… - repitió simplemente, un poco a la defensiva - y porque ella quiere casarse conmigo.
Albert recordó entonces que la misma Candy no le había dado argumentos mucho mejores que ése.
- ¿Eso es todo?
- Son nuestras razones – insistió Terry, con un tono que indicaba que no ofrecería ninguna otra justificación.
La primera reacción de Albert fue molestarse ante una respuesta tan absurda, pero después de unos instantes reconoció que precisamente son las cosas del corazón las que no necesitan de razones. Es más, ocurren a pesar de que la misma razón dicte lo contrario. Y en este aspecto Terry se estaba comportando tan testarudo como Candy, porque ella tampoco aceptaba estar enamorada... aunque su protector la conocía tan bien que no era necesario que ella se lo confirmara.
Desalentado, Albert adivinó que ambos se negaban a exponer sus corazones para no correr el riesgo de salir lastimados nuevamente... porque él había sido testigo en primera fila y lo sabía mejor que nadie: el dolor que ambos habían sentido al separarse había sido tan intenso que no deseaban que se repitiera nunca, aunque otra vez allí estuvieran intentando acercarse de todos modos.
- Como tutor que eres de Candy - prosiguió diciéndole Terry, con toda seriedad - quiero pedirte formalmente que me concedas su mano en matrimonio, y también tu consentimiento para salir a solas con ella.
Albert se sorprendió por aquella formalidad tan repentina. A veces no comprendía porqué los ingleses eran personas tan tradicionales.
- ¿Quieres mi respuesta, como tutor de Candy? - le preguntó con ojos risueños, ligeramente divertido.
- Sí.
Él se dio cuenta de que Terry hablaba en serio, y adoptó la misma actitud. Tuvo que pensarlo un momento.
- Como su padre adoptivo, tienes mi consentimiento para casarte con ella – concedió finalmente Albert, un poco sorprendido de sí mismo al notar que también su respuesta sonaba demasiado formal. Hacía mucho tiempo que no pensaba en su relación con Candy de esa manera – Y también tienes mi consentimiento para que puedan salir a solas.
"Como si no lo fueran a hacer de todos modos, aunque yo me opusiera", casi sonrió entonces. Los conocía demasiado bien a los dos.
- Gracias, Albert… - empezó a decir Terry.
- Ahora bien, como hermano de ella y amigo tuyo – prosiguió diciendo el patriarca – Quiero saber por qué lo hacen. Nadie mejor que yo sabe cuánto se quisieron… pero también sé cuanto sufrieron por separarse. Yo mismo fui testigo de cuanto trabajo les costó a ambos salir adelante siguiendo por caminos divergentes.
Terry recordó la discusión que había tenido con Candy en Greenwich hacía unos días atrás. La evocación del día que se despidieron en Nueva York había sido demasiado dolorosa para él pero también muy reveladora, porque nunca imaginó que Candy hubiera sufrido tanto con aquella separación. Durante mucho tiempo, él había creído que había sido realmente fácil para ella seguir adelante… pero los reproches que Candy le hizo aquella tarde lo hacían dudar, y ahora las palabras de Albert también.
- Pero aparentemente, estamos en uno de esos caminos que se reencuentran – apuntó entonces el duque - Porque aquí está la vida, poniéndonos de nuevo frente a frente.
- ¿La amas, Terry?
Él no estaba seguro de la respuesta… no se atrevía a abandonar la coraza con la que buscaba guardar su corazón de quien sabía que podía dañarlo más que nadie. Negar su amor por ella era mera supervivencia, y eso había aprendido él en la guerra: a sobrevivir.
- No es tan sencillo, Albert – después de un momento, él respondió con total franqueza – Créeme que soy el primero que desearía que lo fuera.
- Entonces, ¿por qué no esperan a estar seguros?
La mandíbula de Terry se tensó, mientras el humo del cigarrillo salía con un áspero sonido de sus labios.
- Yo haré lo que ella me pida – declaró entonces, contundente.
Albert Ardlay suspiró, frustrado. Toda esta conversación para dar vuelta en círculos y toparse nuevamente con pared, porque en este asunto Candy se estaba portando tan testaruda como Terry e igualmente ella estaba decidida a llevar a cabo los planes del compromiso. El uno se escudaba en el otro, y ambos se justificaban entre ellos así que, ¿quién podía saber realmente lo que les pasaba? Albert estaba casi seguro de que era amor, pero recordó que en ocasiones el solo amor no era suficiente para asegurar un final feliz. No lo había sido en el pasado para ellos, y quién sabe si lo sería ahora.
- Lo primero que me viene a la cabeza es protegerla de que no le hagas daño – reveló entonces Albert de una forma totalmente sincera. Ante la cerrazón de ambos, lo mejor era hablar con la verdad – Pero también entiendo que en estos asuntos de quererse, ése es siempre el riesgo que se corre. Espero que sepan lo que hacen, Terry... están tan decididos a todo esto que yo sólo puedo aconsejarles que se hablen el uno al otro siempre, con la verdad. No des nada por sentado con ella.
Por un momento Albert pensó en decirle que Candy lo amaba para que fuera cuidadoso con ella, pero luego consideró que hacerlo sería la revelación de un secreto que no le pertenecía. El descubrimiento de sus sentimientos mutuos era un camino que ellos solos debían recorrer hasta encontrarse en algún punto de equilibrio para ambos. Porque en asuntos de pareja, nadie más que los dos involucrados saben de sus equilibrios y de sus complicidades.
- Cuídala, Terry – terminó por decir Albert, preocupado. Él había salvado a Candy de un león, pero sabía que no podía salvarla de algo que llevaba dentro de sí misma.
Terry lo miró a los ojos con total honestidad.
- Jamás le haría daño, Albert… al menos no conscientemente.
- Lo sé - admitió el patriarca de los Ardlay y luego agregó, más relajado - La parte inconsciente es la que me preocupa.
Terry podía haberse molestado por su comentario, pero reconoció que de cierta forma Albert tenía razón; porque para Terrence Grandchester mantener todo a distancia y escudar el corazón era uno de esos hábitos de vida de los que no era fácil desprenderse. El duque suspiró ásperamente y después de unos momentos también relajó los hombros, agradeciendo que al parecer ya hubieran terminado de hablar sobre este asunto sobre sus sentimientos, cosa que siempre lo hacía sentir muy incómodo. Se recargó en el asiento, suponiendo y agradeciendo que habría un cambio de tema.
- ¿Cuándo anunciarán el compromiso? - preguntó entonces Albert - ¿En América o aquí?
Tampoco es que el tema cambiara tanto, pensó el duque, pero al menos el ambiente entre ellos se volvía más ligero.
- Creo que tú lo sabes mejor que yo, Albert – Terry se encogió de hombros, de mejor humor - Será cuando y en donde ella lo decida.
Albert no pudo evitar una carcajada, en la que Terry no tardó en secundarlo. Efectivamente, el patriarca de los Ardlay recordó que en su propio compromiso él tuvo muy poco que opinar. Y eso le recordó que había todavía más detalles pendientes sobre el asunto: no sólo tenía que avisarle a la tía Elroy sobre el compromiso de Candy cuanto antes, sino también había otras cuestiones formales a considerar.
- Con respecto a la dote... - le empezó a decir Albert.
Pero Terry lo atajó.
- Sabes que eso ni me importa ni es necesario, en lo absoluto – señaló con un tono que evidenciaba lo irrelevante del asunto. Luego agregó - Por cierto, también quiero informarte que acabo de abrir una cuenta bancaria para que Candy la use de forma ilimitada.
Y aquí estaba, pensó Albert. La parte inconsciente que sí le preocupaba.
- ¿Y por qué harías algo así? – le preguntó entonces, con cierta suspicacia.
- Para que ella planee lo que quiera respecto a nuestro compromiso – empezó a explicar el duque, como si fuera lo más normal del mundo - Pero también para que atienda los asuntos más urgentes en la Casa de Trabajo que tanto le preocupa. Sólo le pediré que no intervenga hasta que todo quede arreglado desde el Parlamento.
Albert levantó las cejas, realmente sorprendido al escuchar el segundo punto en la explicación de Terry.
- ¿Intervenir en una Casa de Trabajo?
Al escuchar el tono de su voz, Terry se preguntó si no habría cometido una indiscreción. Aparentemente, Albert ignoraba el asunto.
- ¿No sabes nada de eso?
- No - respondió el empresario conciso, invitándolo a seguir.
- Hace algunas semanas, Candy visitó una Casa de Trabajo en compañía de una amiga - Terry trató de no revelar demasiado sobre aquello, por si acaso estaba metiendo a Candy en problemas con Albert - Ya sabes cómo es ella: está preocupada y quiere ayudar.
- Sí, esa es Candy... - suspiró Albert. Se preguntó quién sería la "amiga" mencionada y aunque inmediatamente pensó en Patty O'Brian, casi al mismo tiempo desechó esa sospecha. Era evidente que la chica de las gafas era demasiado cohibida para mezclarse en esas cuestiones.
- Ethan y yo nos estamos ocupando de ese asunto en el Parlamento – continuó explicando Terry, un poco aliviado de que Albert no se inquietara demasiado por las actividades de Candy – Aunque misteriosamente, no ha sido fácil hacerlo. Parece haber algo turbio alrededor de todo porque sólo hemos recibido excusas y demoras de la institución encargada.
- ¿Ethan y tú? - Albert arqueó las cejas. Conocía bien del peso de ambos aristócratas en el Parlamento y si de alguna forma su propósito estaba siendo bloqueado, evidentemente la obstrucción debía provenir desde un estrato de igual o mayor poder.
- Así es – confirmó Terry – No quiero que Candy se vea involucrada en esto hasta que todo se aclare, pero creo que a ella le gustaría ir planificando sus beneficencias favoritas.
Después de todo eso era lo que finalmente los había llevado a todo este asunto del compromiso, recordó Terry.
A Albert no le agradaba regresar a las Highlands escocesas tan pronto y menos en medio de estas circunstancias, pero no tenía más remedio. Confiaría en el criterio de Candy y en la protección de Terry y en que todo estaría bien… a menos que se volvieran cómplices como alguna vez tuvieron por costumbre hacer, y entonces no habría forma de detenerlos. Al menos, pensó Albert con algo de consuelo, Jane sería una voz de cordura mientras él estaba lejos.
Después de un rato de seguir conversando, se les unió Ethan Stockwell. Los tres hombres se apreciaban sinceramente y pasaron una tarde muy agradable juntos, conversando de una gran variedad de temas. En algún punto de la conversación Terry recordó sus planes de hospedar a Candy en Graham Manor durante la ausencia de Albert y se los planteó a ambos. Ethan y Albert se miraron brevemente sopesando el asunto y disimulando su diversión ante la clara impaciencia del duque, pero fue Albert quien agradeció la oferta aunque no la aceptó, sabiendo que Candy no estaba lista ni se sentiría cómoda en esa situación.
Tanto Ethan como Albert, sin embargo, no se sorprendieron de que Terry quisiera ya correr antes de siquiera empezar a caminar. Sabían que su amigo no era un hombre especialmente paciente. Y entonces, durante un segundo, Albert se preguntó si incluso había hecho lo correcto al permitirles que se vieran a solas… confiaba plenamente en Candy y también lo hacía en él, pero no sabía si podía decir lo mismo de su sensatez y su compostura cuando estaban juntos.
Aunque de todas formas, pensó Albert, ¿puede alguien intentar siquiera contener el mar?
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El recuerdo de la conversación que Candy sostuvo con Terry durante el picnic en Greenwich la inquietaba demasiado. Ella ya sabía lo terriblemente mal que él había sobrellevado su separación en Nueva York – lo sabía sobre todo después de verlo en Rockstown – pero haberlo escuchado de sus propios labios le había dolido tanto como si le hubieran apuñalado el corazón. Desde aquel día se sentía con una amarga sensación de pesadumbre en las entrañas y llena de una gris melancolía, que ni el breve regreso de Albert había conseguido apaciguar.
Candy no podía olvidar cómo en aquel entonces ella había renunciado a Terry con la firme convicción de que con eso le estaba evitando un sufrimiento mayor, pero al parecer había sucedido todo lo contrario. Ella entonces se preguntó por qué sus mejores intenciones a veces resultaban ir tan mal… haber causado tanto dolor en Terry le aplastaba su propio corazón de una forma tan intensa como no lo había sentido desde aquella vez que lo vio caído y sin esperanza en aquel teatrucho de mala muerte.
"No puedo ver más a Terry" recordó que había pensado ella ese día, "Si lo veo querré hablarle… y que me abrace. Y que el mundo estalle mientras me aferro a él".
Y porque lo sabía – que cumplir ese deseo le haría tanto daño a Susanna -, era que Candy había seguido de largo aquella vez en Rockstown. Aunque luego recordó que Terry había mencionado algo sobre un desprecio más allá de eso, y Candy no podía imaginar a qué asunto se refería. La incertidumbre sobre ese detalle le empezaba a dar vueltas en la cabeza muy levemente al principio, aunque cada vez con mayor insistencia. Esa duda le empezaba a incomodar el ánimo tanto como la inquietud que tenía desde hace tiempo sobre los verdaderos sentimientos de Terry por alguna otra mujer. Aunque en particular ésto último no era ninguna leve incomodidad sino que se trataba de un verdadero temor que la atormentaba especialmente por las noches y no la dejaba dormir bien, ni tener un buen despertar por las mañanas.
Sin embargo, a pesar de lo accidentado que estaba resultando el camino, el compromiso pactado parecía seguir milagrosamente en pie. Nadie parecía entenderlo, excepto por ellos dos. Quien no se diera cuenta del verdadero anhelo que movía a aquellas dos almas buscando reconocerse otra vez - como inexplicablemente solían hacerlo antes - podría decir ahora que todo aquel disparate seguía adelante por pura terquedad.
Una de esas tardes en que estaban reunidas Candy, Patty y Jane hojeando catálogos de vestidos de novia, la joven rubia empezó a poner mayor atención en aquellos preciosos diseños que engalanaban cada página. En un segundo cayó en la cuenta de que ella también iba a casarse y de que pronto debería elegir un ajuar de novia propio… Emocionada, pasó su mano sobre una de las imágenes que siempre le habían llamado la atención. El que siempre pensó que sería el vestido de novia perfecto para ella misma.
Patty se dio cuenta de su gesto, y le dijo muy conmovida:
- Ese siempre te ha gustado, ¿verdad? – le sonrió entonces, y la brillante mirada de Candy le dio la respuesta.
Jane se les unió, también enternecida por el rubor de su amiga.
- Podemos mandar hacerlo para tí ahora mismo – le sugirió Jane – Te verás preciosa en él, Candy - y luego por un momento, su propio rostro se llenó de emoción - ¡Deberíamos hacer una boda doble!
Pero en cuanto lo dijo, se llevó la mano a la boca y murmuró: "Lo siento", disculpándose por proponer algo imposible: Aveline todavía estaba demasiado dolida como para pensar en algo así. Candy agradecía mucho el cariño y el apoyo de la futura esposa de Albert pero, evidentemente, entendía que para Jane cuidar los sentimientos de su hermanita era de vital importancia. De hecho, Jane últimamente no paraba de pensar en qué hacer para calmar los ánimos e juntar nuevamente al otrora ruidoso y agradable grupo de chicas que se reunía para hacer los preparativos de su boda… porque Aveline ya no bajaba de sus habitaciones cuando Candy estaba presente.
Tratando de aligerar el ambiente, Patty intervino:
- Por cierto, Candy. Le ofrecí a mi periódico escribir sobre tu compromiso. Espero que no te moleste.
- ¿A pesar de que todavía no sea oficial?
- Precisamente por eso – apuntó Patty, acomodándose las gafas con un solo gesto de sus dedos - Queremos tener la primicia. Además, al escribirlo yo será un anuncio lleno de cosas hermosas sobre ustedes. Te prometo que te gustará.
- Oh, sí – agregó Jane, abrazando a la entusiasta escritora por los hombros – Patty escribió sobre el compromiso de Albert y mío con un elegante anuncio de muy buen gusto. Nuestra amiguita aquí es toda una artista con las letras.
Patty se ruborizó tras las gafas, porque casi siempre consideraba que no merecía los elogios y esta no era la excepción. Sin embargo, poco a poco estaba aprendiendo a no rechazarlos.
- El anuncio en el periódico hizo que el compromiso ya fuera casi oficial, aunque la fiesta vino después… - siguió explicando Jane - En tu caso, Candy, cuando todo mundo se entere por la prensa lo considerarán ya un hecho, y estarán peleando por ser invitados al festejo… bueno, eso siempre y cuando decidan hacerlo aquí en Londres. Ojalá sea así, porque Graham Manor es espléndida.
Patty asintió.
- ¡Sí, Candy! He oído tanto de ese lugar que muero por conocerlo… - luego la reportera agregó, con una sonrisa traviesa – Todos hablan sobre lo magnífico que es el castillo ducal, pero últimamente se cuenta que ha aumentado en esplendor desde que "tu" Terry es el Duque de Grandchester.
Candy sabía que Patty bromeaba con ella, recordando ambas aquel día en que al salir de la Casa de Trabajo la chica rubia objetó diciendo que el duque no era "su" Terry. Sin embargo, desde el día en que Candy le contó sobre su inesperado compromiso y le reveló quien era el novio, una juguetona Patty O'Brian sacaba a colación el tema de la pertenencia de Terry de vez en cuando.
- ¿Y el reportaje de las Casas de Trabajo, Patty? – la chica rubia trató de cambiar el rumbo de la conversación al recordar que ni ella conocía Graham Manor, ni habían decidido donde se llevaría a cabo el anuncio del compromiso - No he visto tu artículo publicado.
- ¡Oh! De eso sólo tengo que afinar unos pequeños detalles. Esta misma semana quedará listo – musitó la reportera, y luego se encogió de hombros – Pero ya sabes, tengo que escribir algunos artículos de sociedad antes de que vuelvan a autorizarme hacer otro de los que tanto me gustan – y entonces Patty sonrió radiante ante la perspectiva de un nuevo trabajo - Ya tengo otra idea.
Candy se preguntó, animada, si su amiga le propondría que la acompañara otra vez, aunque luego pensó que no sabía dónde estaría ella misma para ese entonces.
Como fuera, - ya sea que la acompañara nuevamente o no - la experiencia vivida con Patty había sido muy significativa para Candy. No sólo la había sensibilizado aún más hacia el dolor ajeno sino que prácticamente había puesto en marcha un proceso parlamentario para mejorarlo todo. Ella jamás habría imaginado a la miedosa de Patty estar ansiosa por una aventura de esas. Candy se sorprendió, no sólo por darse cuenta de que esas incursiones de incógnito realmente emocionaban a la reportera, sino que también se dio cuenta de que su amiga disfrutaba el hecho de que algunas veces pudiera hacer una diferencia en el mundo, por pequeña que ésta fuera. Emulando a Stair, el hombre al que tanto amó, Patricia O'Brian estaba orgullosa y cada vez más convencida de que sus reportajes eran importantes.
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Algunos días después un enorme ramo de rosas rojas llegó a Stonehurst Hall con una nueva invitación para Candy, de parte del Duque de Grandchester. Él decidió probar suerte por segunda ocasión y nuevamente la invitaba a asistir a la representación teatral de "La tragedia de Macbeth" que triunfaba por todo lo alto con Robert Hathaway y Eleanor Baker interpretando los papeles de los trágicos reyes escoceses.
En esta ocasión, Terry le explicó a Candy que en verdad le gustaría mucho que lo acompañara a saludar a la señorita Baker. Evidentemente la chica rubia sabía de la relación entre ellos y esta vez, llena de nerviosismo, envió una nota aceptando la invitación dispuesta a afrontar cualquier revelación que viniera.
El día de la función, Jane la ayudó a escoger un vestido y unas joyas apropiadas para la ocasión diciéndole a Candy que esa noche debía estar radiante, ya que prácticamente sería su presentación oficial como la prometida del Duque de Grandchester. Un par de días atrás, Patty ya había hecho el anuncio en el periódico y la noticia había corrido como reguero de pólvora no sólo en la ciudad sino en el país entero, y todos deseaban conocer a la mujer que había capturado el corazón de uno de los más esquivos nobles ingleses.
Jane le aconsejó a Candy que no se tomara muy en serio la gran cantidad de murmuraciones que se levantarían a su alrededor, e incluso que ignorara las críticas insidiosas que seguramente recibiría. Muchas serían por envidia, apuntó Jane y luego le hizo una serie de advertencias que le serían muy útiles si se sentía abrumada por tanta atención sobre ella. Al escucharla, Candy se dio cuenta de que Jane era una gran observadora a la vez que una implacable crítica de los complicados protocolos sociales de Inglaterra, entre los había nacido inmersa y de los que, por lo mismo, había aprendido a sortear y a desechar los más absurdos con verdadera elegancia. Al oírla hablar sobre lo que le parecía importante y lo que no, Candy comprendió una vez más las razones por las que Albert se había enamorado de ella.
La tarde acordada Terry llegó por Candy en un auto de doble cabina que era diferente al habitual, esta vez conducido por un chófer. Crawford estaba cada día más y más sorprendido por los cambios del Duque, pero nadie lo adivinaría jamás a través de su gesto siempre grave y eficiente. Ese día Terry, terriblemente elegante vestido de frac, salió de Stonehurst Hall llevando del brazo a una Candy radiante, enfundada en un espectacular vestido rojo carmesí de corte recto tan a la moda, bordado con preciosos detalles en dorado que hacían juego con la hermosa cascada de cabello rubio que se había recogido a medias de forma por demás elegante. Ambos lucían como una pareja de ensueño: él terriblemente apuesto y ella resplandecientemente hermosa.
Abordaron el auto sentándose uno al lado del otro en la cabina de atrás, más privada. Este era el auto que habitualmente usaba la Duquesa Sophia viuda de Grandchester y lo había adaptado a sus preferencias, aislando completamente la cabina de pasajeros del asiento del chófer y cerrando casi todas las ventanas con algunos cortinajes puesto que siempre solía ser en extremo celosa de su privacidad cuando viajaba, cosa que acostumbraba hacer desde que se conducía en carruajes.
Una vez dentro del auto, el chófer inició su camino rumbo al centro de Londres dirigiéndose hasta el imponente "Teatro de Su Majestad". Terry había decidido llevar esta tarde un chófer para tener más oportunidad de hablar con Candy, tratando de aprovechar cada segundo que estuvieran juntos… sobre todo porque después de la agitada conversación que habían tenido en Greenwich sentía que todavía quedaban mil cosas por hablar. Desde ese día Terry se había quedado con un gran peso en el corazón, lamentando haberle hecho todos esos reclamos a Candy y, peor aún, por la forma en que se los había hecho. No era esa la forma en que quería estar con ella, ni ese el camino para conocer sus motivaciones.
Por su parte, Candy tampoco estaba precisamente orgullosa por haber perdido la compostura aquella tarde aunque, sin embargo, los reproches y los sentimientos que había liberado ese día habían estado durante mucho tiempo arañándole el alma y por eso habían salido con tanta desesperación. Sabía que no había sido la mejor forma de decirlos, pero ya los había sacado de su pecho y poco a poco podía sentir que el espacio que habían liberado podía irse llenando con otras emociones nuevas… mejores y nuevas.
En la relativa privacidad de la cabina trasera del auto ambos pasaron la primera parte del trayecto en silencio, acomodando sus pensamientos y ensayando en su mente las palabras a decirse. Ambos sabían que para construir algo nuevo y duradero sobre cimientos antiguos era necesario pasar antes por el trago amargo de quitar todo lo podrido, como ya habían hecho. Había tantas cosas revueltas en su interior y, con las revelaciones de aquel día, recién empezaban a ponerlas en su sitio.
- ¿Estás bien, Candy? – se aventuró a preguntar él, después de un rato.
Ella tardó unos instantes en contestar.
- Estoy mejor, gracias – e intentó sonreír. Por el momento no quería volver a hablar de lo sucedido en Greenwich, así que pretendió entender otra cosa – Tal vez estoy un poco nerviosa.
- ¿Nerviosa? No lo estés – él trató de tranquilizarla, adivinando que se refería a la primera salida en público que harían juntos – No es nada diferente a lo que hayas hecho antes al salir a otros eventos, y tenemos un palco para nosotros dos solos. Si es por la gente, no te preocupes, ellos siempre hablarán... en un sentido o en otro. Ya te acostumbrarás.
Candy pensó que seguramente él estaba acostumbrado a eso desde su época de actor. Y eso le recordó el otro de los principales motivos de su nerviosismo.
- Veremos a tu madre, ¿no es así? – eso la inquietaba particularmente porque, aunque recordaba que Eleanor siempre la trató dulcemente y de forma muy amable, Candy no podía evitar preguntarse si todavía ella le caería bien después de lo de Rockstown… y además porque después declinó una invitación suya para ir a Broadway.
- Sólo pasaremos a saludarla, ella tiene un evento después – le explicó Terry mientras tomaba su mano para serenarla, pero ese gesto tuvo precisamente el efecto contrario en ella. Su sólo contacto la perturbaba más que el temor de enfrentarse a una multitud que sólo esperaba criticarla, o a la posible censura de quien sería su suegra. Él continuó diciéndole – Me gustaría que otro día pudiéramos cenar con ella para conversar mejor. Puedes invitarla a Graham Manor.
Candy abrió mucho los ojos, asombrada.
- ¿Yo… invitarla a Graham Manor? ¿Yo?
- Considérala tu casa desde ahora.
- Pero ni siquiera he estado allí…
- Eso lo arreglaremos esta semana – respondió él guiñándole un ojo, sugestivamente. En respuesta ella le sonrió y Terry se dio cuenta de que una sonrisa suya era como encender un lucero precioso que le iluminaba el día.
Esta tarde, Candy empezaba a sentirse muy bien a su lado. Haber sacado aquel día tantas emociones que les enfermaban el alma le había dejado el corazón ligero. Fue entonces cuando Candy se armó de valor y se atrevió a preguntar lo que le parecía más importante que ninguna otra cosa hasta ahora. Aclaró la garganta un poco antes, visiblemente nerviosa.
- Terry… ¿Karen y tú…ella y tú...? – no pudo terminar completamente la pregunta, pero era más que obvio a lo que se refería.
Él vaciló unos momentos en responderle, preguntándose por qué Candy querría saberlo. ¿Acaso por curiosidad, por guardar las apariencias… por cariño? Cuando se dio cuenta de que podía ser por cualquier cosa excepto por esto último, por un segundo sintió la necesidad de mantenerla con la duda como una especie de absurda venganza. Pero entonces vio la dulzura de su expectante mirada y recordó la forma en que ella le sonrió, y simplemente no pudo hacerlo. Jamás antes imaginó que volvería a sentir esa necesidad de cuidarla a ella antes que cuidarse él mismo.
- No, Candy – le respondió Terry finalmente, con sinceridad - No me comprometería con una mujer si amara a otra. Esa es también es una lección que ya aprendí.
Al oír aquellas palabras, el corazón de Candy se aligeró de un peso que lo tenía oprimido desde aquel día de la fiesta de Albert y Jane, y cuya carga no había querido compartir con nadie. Ahora, poco a poco, sentía que podía respirar mejor que en cualquier otro de los últimos días.
No todo estaba perdido.
Se volvió a verlo para decirle algo… que se alegraba mucho, o algo así. No de la lección que él decía aprendida… sino de que lo de él y Karen realmente sólo fueran rumores. Abrió la boca, pero después no dijo nada porque no quería que él la malinterpretara… luego se mordió los labios, sin saber qué hacer o decir. No quería romper el momento diciendo algo que lo estropeara todo, como era su costumbre.
Terry observó sus titubeos y sus gestos cambiantes pensando en cuanto la extrañaba, aun cuando ahora estuvieran frente a frente. Cuando eran dos adolescentes a él le encantaba ver la forma en que su rostro se movía – su cara y sus pecas – al vertiginoso ritmo de sus pensamientos. Por eso le encantaba incordiarla: amaba todos y cada uno de sus aspavientos… y porque a pesar de toda la furia aparente que Candy reflejaba su mirada, él jamás vio ni un solo rastro de verdadero odio en sus pupilas.
Sin embargo, ahora que eran algo mayores, verla morderse los labios de esa forma tan descuidada despertaba en Terry pensamientos impropios de un caballero… pero perfectamente entendibles en un hombre.
Continuaron un rato más en silencio, pero de forma misteriosa no era incómodo en lo absoluto. Al contrario. A Candy le recordó mucho a la época en que entendía bien el corazón de Terry… cuando sentía que no era necesario explicarle las cosas y que ambos se entendían sin palabras. Porque sus momentos de silencio nunca fueron pesados ni incómodos, sencillamente eran una forma diferente de comunicarse y, poco a poco, Candy podía darse cuenta como esas sensaciones volvían estando a su lado. También, conforme el auto avanzaba, ella se daba cuenta de que el ambiente ahora se sentía diferente… de pronto todo el aire entre ellos se iba llenando de una tensión casi eléctrica, como de anticipación. Ella no podía olvidar ni por un segundo que Terry seguía tomando su mano entre la suya, tan fuerte y cálida. Casi sin darse cuenta cómo, con aquel contacto que de pronto le parecía tan íntimo, la respiración de ella empezó a acelerarse un poco, traicioneramente. Por todos los cielos, se alarmó Candy, sólo esperaba que él no lo notara... y para lograrlo ella necesitaba hablar, decir cualquier cosa para que el sonido de su voz encubriera lo terco de su respiración. Se volvió hacia él.
- Terry… - empezó a decir, con las palabras entrecortándosele – Con tanto cortinaje hace algo de calor, ¿no? – lo dijo con total ingenuidad pero, inexplicablemente, a Terry esas palabras tan descuidadas le sonaron algo subidas de tono.
Él también se volvió a mirarla, y para Candy fue evidente que la estrategia para ocultar su nerviosismo estaba fracasando estrepitosamente porque en cuanto la vio, Terry dibujó aquella endiablada sonrisa torcida en sus labios.
- ¿Tienes calor? Es cierto, te veo muy sonrojada - él disfrutó al ver como las mejillas se le encendían todavía más.
- ¡Claro que no! Es sólo… que… estoy ansiosa... ¡impaciente!… - al oír su trastabilleo él levantó una ceja, divertido, y ella odió la forma en que la respuesta sonaba cada vez peor - … estoy impaciente por llegar.
¡Dios!, pensó él al oírla: ella era tan única… impredecible e inabarcable. Tan niña antes, tan mujer ahora. Tan suya alguna vez.
Sin poderlo evitar él se acercó aún más a ella susurrándole sugestivamente, muy cerca de su oído.
- Candy, yo también estoy impaciente…
Y ya no pudo resistirse más. La tomó de la barbilla y levantó su rostro hasta que sus miradas se encontraron. Candy podría haber jurado que sintió como sus labios empezaron a temblar, pero realmente nunca llegaría a recordarlo porque después sólo fue consciente de que los labios de Terry descendieron sobre su boca muy suavemente al principio, pero al mismo tiempo contagiándolos de su firmeza. Ella cerró los ojos mientras él la besaba…
una vez…
…dos veces…
jugueteando traviesamente con distintas posiciones e intensidades sobre sus labios, con el suave sonido de sus besos siendo una nueva y maravillosa música en los oídos de ella. La punta de la lengua de él hizo una arriesgada incursión dentro de su boca para saborearla lentamente, delineando con deleite la punta de sus dientes, y en ese momento Candy no supo por qué ni de qué forma sus manos cobraron vida propia y se enterraron en el suave cabello de Terry, para reunirse ardorosas detrás de su nuca. Su boca se abrió como fruta madura y su propia lengua, traicionera, aceptó la invitación que le estaba haciendo la de él. Tímidamente al principio, ella rozó su lengua con la suya mientras que desde lo más profundo de su garganta brotaba apenas un suave gemido de satisfacción que Candy jamás imaginó que ella fuera capaz de exhalar, y que amenazó seriamente con acabar con cualquier rastro de caballerosidad y cordura de Terry.
Él había empezado todo con la intención de incordiarla pero, si no se detenía cuanto antes, todo esto terminaría por salírsele de las manos. Las manos… Pero Terry sólo podía pensar en las manos de ella por fin colgadas de su cuello, y que éste era el primer beso que su pecosa le correspondía totalmente.
Con su mano libre, Terry rodeó la breve cintura de Candy atrayéndola todavía más hacia él. Sólo el cielo sabía cómo era que se había controlado para no alzarla hasta su regazo. Su lengua invadió entonces la boca de ella con descaro, bebiendo deliciosamente de su interior aterciopelado como si fuera un agradecido huésped recorriendo maravillado cada rincón del que sabe que será su hogar definitivo para siempre.
…tres besos…
Candy se hundió en una ensoñación que nunca antes había sentido. Si alguna vez había temido que nunca aprendería cómo reaccionar ante un beso, se dio cuenta de que no sólo era capaz de sentir el pecho a punto de estallarle de emoción sino que, de la forma más inesperada y natural posible, ella también se había vuelto una audaz exploradora de la boca de él, dándose cuenta de que nunca quería dejar de aprender a paladear su sabor. Perdió el sentido de la orientación y del tiempo, mientras su cuerpo entero se encendía entre los brazos de Terry como estaba descubiendo que le pasaba siempre que él la tocaba. ¡Dios! sólo deseaba que no se terminara nunca…
Y entonces, fue el auto el que se detuvo.
Ella abrió los ojos, no cuando llegaron sino cuando sintió que él se separaba de ella, anticipando que el chófer bajaría a abrirles la puerta. Terry suspiró prácticamente de forma imperceptible recuperando la compostura, no tan rápido como hubiera querido pero sí lo suficiente para que Candy no se diera cuenta de cuan afectado estaba, porque ella tenía sus propias emociones que calmar antes de fijarse en las de él. Cuando el chófer finalmente les abrió la puerta Terry ya estaba nuevamente en completo dominio de sí mismo… tanto que incluso le sonrió a Candy de lado, con un brillo endiabladamente travieso en los ojos:
-…yo también estoy impaciente por llegar – completó él su frase - Pero al menos encontramos una forma para que el tiempo se nos pasara más rápido, ¿no? – le guiñó él y acto seguido bajó del auto primero para darle tiempo a ella de que se recuperara antes de salir, cosa que Candy realmente le agradeció.
Cuando salió del auto, Candy ya había recuperado casi totalmente la entereza, pero no podía apartar ni por un segundo de su mente los besos de Terry dentro del auto. Rezó por que la obra fuera realmente tan buena para que la hiciera pensar en otra cosa. Por su parte, él sabía que no había obra en el mundo que le borrara la sensación que lo invadió cuando ella le correspondió, apretada junto a su cuerpo.
Él le ofreció su brazo, y Candy lo tomó sin atreverse a mirarlo a la cara. Estaba segura que él la miraría de una forma que la haría sonrojar nuevamente, así que mejor tomó una bocanada de aire y miró hacia adelante, resuelta a mantenerse bajo control por el resto de la noche.
Sin embargo, no podía evitar sentir una cálida dicha dentro del pecho que amenazaba con anidarse permanentemente allí, como una golondrina al iniciar la primavera.
Desde que Candy empezó a caminar del brazo de Terry por el magnífico pórtico del teatro y luego de subir por la escalinata, ella casi pudo sentir sobre su piel las decenas de miradas que la recorrían de arriba a abajo de forma crítica. Inglaterra era la cuna del rígido sistema de clases británico donde desde la parte más alta dominaba la más rancia aristocracia, casi siempre formada por estirpes de antiquísimo abolengo cuya riqueza hacía que la gran mayoría de ellos vivieran desconectados de la realidad del hombre común. El sistema social era jerárquico e inflexible, con una muy cerrada movilidad de un estrato a otro, donde a veces la única oportunidad de subir en la escala social era por medio de un matrimonio ventajoso. Para esto, cada año se organizaban una gran cantidad de actividades sociales durante la llamada "Temporada", con el fin de que los jóvenes aristócratas debutaran y se adentraran en el complicado entramado social para conseguir los enlaces más convenientes y, todavía mejor, asegurarse el más brillante de los matrimonios posibles. Que la boda viniera aderezada con amor era deseable para algunos cuantos, pero realmente para muchos de ellos no era un requisito necesario en lo absoluto.
Al inicio de la temporada de este año, una de las principales fuentes de cotilleos fue el prestigioso compromiso matrimonial de Lady Jane Stockwell, hermana del Conde de Stonehurst, con el multimillonario magnate americano William A. Ardlay. Metafóricamente hablando, al enterarse del futuro enlace muchas damas rompieron sus quinielas y, desilusionadas, tacharon de sus listas al codiciado visitante soltero reconociendo que habían perdido en buena lid frente a una igual.
Pero ahora era diferente, porque un par de días atrás había estallado una nueva noticia que en esta ocasión no había calado muy bien en el ánimo general: ahora era la protegida de William Ardlay quien se había comprometido en matrimonio, y nada menos que con el Duque de Grandchester. Hasta antes de eso, había sido divertido recibir a la joven rubia y departir con ella cuando no era más que la pintoresca protegida de un magnate americano, pero el asunto dejaba de ser divertido cuando resultó que había venido al país a pretender robarse a un duque. Porque un duque soltero – y guapísimo, por si fuera poco - era considerado prácticamente patrimonio nacional, y no era muy bien visto que una jovencita extranjera de nebulosos orígenes viniera a desposarlo. El rango de él daba para alianzas más provechosas, aunque los propios orígenes de este Duque de Grandchester también fueran imprecisos... sin embargo desde que oficialmente era Duque, la aristocracia inglesa había corrido un tupido velo de discreción sobre aquel espinoso asunto de su nacimiento, como habitualmente solía hacerse entre pares.
Terry, presintiendo que Candy empezaba a abrumarse con la cantidad de cuchicheos que se levantaban a su paso, la trató de la forma más gentil posible para hacerla sentir mejor. Una vez dentro del teatro sólo le presentó a las personas más amables que conocía, y en ningún momento se separó de su lado. Cuando por fin alcanzaron el palco y se quedaron a solas, Candy sintió que podía respirar nuevamente… en todo momento Terry se había ocupado en hacerla sentir bien, pero a ella este ambiente tan ceremonioso y el llamar tanto la atención no le terminaba de gustar. En medio de la vorágine de sus pensamientos realmente agradeció que, después de un momento, Terry nuevamente la tomara de la mano.
- Nadie podría haberlo hecho mejor, Candy… - casi le sonrió él, animándola.
Candy, más concentrada en el contacto de la mano de Terry que en ninguna otra cosa, comentó con él sobre el magnífico interior del teatro con su decoración en rojo, negro y dorado… los candelabros brillantes, el techo ricamente decorado y los tapices magníficos. Era un lugar impresionante, que servía de marco perfecto para el imponente escenario que lo presidía todo.
Cuando finalmente comenzó la obra y se abrió el telón, aparecieron en el escenario las tres incómodas brujas de Macbeth, llenando la escena con su interpretación de las fatídicas sirvientas del destino. Una de ellas era Karen Klaise, y Candy no pudo evitar mirar de reojo a Terry con el fin de observar su reacción al verla. Sin embargo, no había pasado ni un segundo cuando se regañó: ¿desde cuándo se portaba así? Así que volvió a concentrar su atención en el escenario. Terry no había dejado traslucir emoción alguna, más allá de la profunda concentración mostraba ante lo que ocurría en cada acto.
La obra fue magnífica y las actuaciones de Robert Hathaway como Macbeth y de Eleanor Baker como su reina, fueron brillantes. Al final, la puesta en escena tuvo una ovación apoteósica, con los rostros radiantes de los actores saludando bajo las luces. A pesar de que el protocolo marcaba otra cosa, Candy aplaudió a rabiar, seguida por Terry. Sin embargo, en algún momento Candy lamentó ver en la mirada de su prometido una sombra apenas velada de poderosa nostalgia. Y ella supo que él extrañaba terriblemente el teatro.
Después de la función, Terry llevó a Candy hasta la zona de camerinos. Allí el ambiente era más relajado y Candy lo disfrutó mucho más. En algún momento ella tuvo la oportunidad de saludar a Karen Klaise y, contrariamente a lo esperado, ambas se reencontraron con grata sorpresa y una agradable sensación de camaradería, aunque después de que Candy se fuera Karen se le quedó mirando con algo de suspicacia. Luego Candy conoció a Robert Hathaway, quien estuvo realmente encantado de conocer a la prometida de su otrora mejor actor, un hombre al que además de eso apreciaba tanto como a un hijo. Después se les unió Eleanor Baker – luciendo magnífica y elegante – y, en algún momento en el que los caballeros se pusieron a hablar sobre la posibilidad de abrir una escuela teatral en Startford-upon-Avon, la famosa actriz tomó a Candy del brazo y la llevó un poco aparte, con una franca sonrisa de complicidad femenina en los labios.
- ¡Candy! Me alegro tanto por ustedes. Apenas si podía creerlo cuando Terry me lo contó - le dijo Eleanor, muy cálidamente – Es maravilloso que estén comprometidos, aunque las circunstancias no sean las ideales…
- Gracias, señorita Baker. Espero que algún día lo sean.
- Sé que no han definido nada – continuó diciendo la actriz - pero no sé si me será posible estar en su fiesta de compromiso… Espero que para entonces las cosas estén mejor entre ustedes, casi estoy segura de que así será – y cuando Eleanor se dio cuenta del suspiro de Candy, trató de desviarse un poco del tema que la incomodaba – Por cierto, he estado pensando en un regalo precioso para ustedes…
Ella agradeció la gentileza y la dulzura de la madre de Terry. No parecía molesta en lo absoluto con ella, y en base a esa sensación de cariño de madre, Candy se vio impulsada como por una fuerza extraña a hacerle una revelación que nadie más conocía.
- No es necesario ningún regalo, señorita Baker. Ya lo he recibido, y soy yo quien tiene que agradecerle.
Eleanor la miró, confundida por sus palabras.
-Gracias. Por él - le explicó Candy. Sus ojos brillaban de emoción - Por Terry.
Eleanor suspiró, y poco a poco su alivio se fue transformando en una sonrisa que floreció en sus labios. Su mirada se volvió cálida al comprender lo que ella quería decirle.
- Candy... tú... realmente lo amas...
- Sí, señorita Baker. No hay nadie en el mundo a quien ame más que a él.
- A veces es un hombre difícil, tú lo sabes mejor que nadie.
- Y también yo mejor que nadie sé lo dulce que puede ser. Conozco su luz, que es fácil de amar, pero también conozco sus sombras - Candy se encogió de hombros, todavía sonriendo - E incluso a esas las amo, como a todo él.
Eleanor la abrazó fuertemente, realmente feliz de escuchar esa revelación de los labios de la joven prometida. Terry podía ser tremendamente necio y obstinado, pero la actriz sabía que dentro de su corazón él también amaba irremediablemente a Candy. Sólo que era un testarudo. Hasta sería divertido ver como después tendría que tragarse las palabras con las que ahora negaba sus sentimientos.
- Soy la primera mujer del mundo que debió amarlo, y le fallé – le dijo de pronto Eleanor con la voz ligeramente mortificada – Eso no justifica su actitud, pero la explica. Sé que no tengo derecho a pedirte esto ni es justo para ti, pero desde hace tiempo él parece terriblemente molesto por algo que jamás me ha querido decir…
Candy también empezaba a tener la misma sensación, especialmente después de la conversación en Greenwich.
- Sí, algo así me ha parecido – mencionó Candy – Trataré de saber.
Y se sonrieron, cómplices.
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Al volver al vestíbulo del teatro, todo el buen sabor de boca que la noche estaba dejando en Candy y Terry se esfumó en un instante. Allí, bajo uno de los elegantes candelabros de mil luces cristalinas que iluminaban el lugar, se toparon de frente con las muy elegantes Aveline y Blaire… pero ésta última caminaba orgullosa del brazo de Sir Bradley Wharton. Terry se tensó en cuanto los vio y Candy pudo ver que aquel hombre susurraba unas palabras al oído de Blaire, convenciéndola de algo de lo que la joven hermana del duque no parecía estar muy segura. Inmediatamente, Candy tuvo una muy buena idea de lo que había sido porque acto seguido los tres se acercaron a la pareja de la noche con un propósito muy evidente.
- Buenas noches, su Excelencia. Señorita Ardlay… - saludó Wharton, aunque su tono no presagiaba buenas intenciones en absoluto. Tenía el mismo reflejo avieso en los ojos de siempre - Me atrevo a decir que éste ha sido el encuentro más agradable de la noche.
Candy le respondió apenas con un asentimiento, pero Terry lo ignoró completamente y centró su atención en las damas.
- Hola, Blaire. Lady Aveline - hizo una ligera reverencia hacia ellas.
Las damas también se saludaron, por mera cortesía. El resentimiento de Aveline todavía era por demás evidente así que el ambiente inmediatamente se volvió pesado y tenso.
- De haber sabido que querían ver "Macbeth", yo las hubiera traído en otra ocasión –se ofreció Terry, incómodo de verlas al lado de la sabandija.
Por el contrario, el hombre parecía disfrutar enormemente con la situación.
- Pero en estos momentos Lady Aveline prefiere nuestra compañía, ¿no es así, querida Blaire? – fue Wharton el que respondió, con una falsa amabilidad. Su intención real era aguijonear a Terry y dejarle en claro que no sólo se atrevía a hablar por sus acompañantes, sino que podía revelar sutilmente el sentir de Aveline y además tratar a su hermana de aquella forma tan familiar, indicando que su relación con ella estaba más allá de una simple amistad.
Terry tomó nota de su impertinencia, y su primera reacción fue apretar los puños. La segunda habría sido sujetarlo de las solapas o directamente romperle la cara, pero Candy se adelantó y lo tomó del antebrazo evitando que cometiera una tontería en ese lugar. Era lo que este hombre horrible esperaba.
La impetuosa furia de Terry se sosegó un poco, bajo el contacto de ella.
-Ya tendrán tiempo y seguramente ambas preferirán otra compañía… - se adelantó a decir entonces la chica rubia, con impostada candidez – Ellas son personas de muy buen gusto.
Terry se volvió a verla, agradeciendo sus palabras con una mirada cómplice.
En cambio, Wharton miró a Candy con una sombra de desprecio por que se atreviera a responderle así, y aún más, a entrometerse en una conversación entre caballeros. Sin embargo, se repuso fácilmente y nuevamente adoptó un calculado gesto de conciliación.
- Ha sido una obra excelente, ¿no lo creen ustedes así? – prosiguió diciendo Wharton con un tono ligeramente insolente, pero sin evidenciar que su verdadera intención era seguir incomodando a los presentes - Robert Hathaway es un magnífico actor… pero la que brilló realmente esta noche fue la gran Eleanor Baker.
La presión de la mano de Candy sobre Terry aumentó, presintiendo que lo que venía no sería bueno.
- Es terrible que su enorme talento se vea opacado por esos vulgares rumores de que esconde un hijo bastardo – mencionó Wharton fingiendo un comentario casual, pero a la vez dejando claro que escogía cuidadosamente las palabras una a una - Una mujer tan bella y elegante... es imposible que sea una mujerzuela indecente.
Terry lo miró atónito, apretando los dientes. ¿Cómo era que este idiota se había enterado de eso? Inmediatamente, él recordó que se lo había contado a Blaire y entonces miró a su hermana con un gesto receloso, decepcionado e inquisitivo. La primera reacción de Blaire fue bajar la vista, avergonzada, pero sólo fué durante unos segundos y luego le ganó la rebeldía. Volvió a mirar a Terry alzando la barbilla, en una irreverente confrontación. Con esto iba a dejarle muy en claro que él no tenía ningún poder sobre ella, y que no eran amigos.
Al ver su desafiante mirada, una sombra casi imperceptible de desilusión se adivinó en los ojos de él, comprendiendo que era ella quien se lo había revelado. Pero la culpa había sido toda suya, se acusó Terry, por haber creído que podía confiar en su hermana y habérselo contado.
- ¡Qué vergüenza! ¿no les parece? - prosiguió diciendo Wharton, ligeramente complacido al observar las reacciones que producían sus palabras - Que una carrera tan brillante como la de la señorita Baker acabe por un rumor semejante.
-… un rumor cobarde… - gruñó Terry, con fiereza.
- Afortunadamente, un rumor hasta ahora conocido sólo por... cinco personas, creo. Sería terrible que llegara más allá - concluyó el hombre, dejando la amenaza implícita en el aire. Mostraba una sonrisa complacida, de insolente advertencia.
Terry ya no podía oírlo. La cabeza le bullía con una furia ensordecedora que hubiera desahogado de forma física si Candy no estuviera presionando su brazo para contenerlo. Ella sabía que provocar un escándalo de gran magnitud en el vestíbulo del teatro daría lugar a muchas habladurías y que podía tener consecuencias que podrían llevar a que se revelara lo que precisamente trataban de mantener en secreto.
- Bueno, debemos retirarnos… realmente ha sido un placer, Su Excelencia – después de disfrutar unos segundos de la amenaza velada que había dejado caer ante Terry y su bella acompañante, el hombre hizo una ligera inclinación con su cabeza. Luego, tendió la mano para intentar tomar una de las de Candy con la intención de despedirse, pero en ese momento Terry abruptamente se interpuso entre ambos con un gesto tan fiero que evidenciaba que si él se atrevía a tocarla no habría poder humano suficiente para ahora sí impedirle el gusto de partirle la cara.
Sir Bradley se dio cuenta de su intención y se replegó, apenas. Cautelosamente dio un paso hacia atrás, pero decidió que no perdería la oportunidad de dar una estocada más.
- Señorita Ardlay... Fue un placer verla. - siguió diciendo entonces, haciendo como si nada hubiera pasado - A propósito, nuestro amigo mutuo también le envía saludos. Saludos y felicitaciones… a ambos.
Ese "amigo mutuo" era la rata de Niel Leagan, adivinó Terry. Entre esos dos formaban una plaga completa. Si esto seguía así, el duque sabía que el contacto de Candy no iba a ser suficiente para contenerlo y que no habría persona capaz de contar los miles de pedazos en los que le iba a romper los huesos a ese mequetrefe.
Antes de irse, las dos damas que acompañaban a Wharton hicieron una ligera inclinación de despedida pero, contrariamente a lo esperado, sus miradas ya no mostraban ningún signo de confrontación. Sin embargo la actitud de Wharton sí y, antes de retirarse envanecido por lo que creía una contundente humillación, se volvió otra vez hacia la pareja que estaba dejando atrás y dijo en voz alta, con la intención de que la gente que estaba más cerca los oyera:
- Por cierto, Su Excelencia. Desde hace tiempo es mi intención pertenecer al Club Hípico, pero sólo seré admitido con la recomendación de un socio activo - señaló, queriendo darse importancia - Le agradeceré mucho su apoyo para poder ingresar.
Y guardó silencio, esperando la satisfacción de escuchar al Duque de Grandchester poniéndose a sus órdenes delante de toda esta gente.
Para entonces, Terry ya había tenido tiempo de recuperar algo del ánimo que le arrebató lo intempestivo de aquella situación. Miró a Bradley Wharton sopesando todas las posibilidades, y luego le respondió con un tono taimado.
- Apenas lamento no poder ayudarlo, Sir Bradley – la entonación de su voz profunda era el complemento perfecto para su mirada sardónica - Me temo que hay un problema de alimañas en el Club... imagine usted la tragedia si le tocara de encontrarse con los exterminadores. Le sugiero que se busque otro lugar.
Al escuchar aquella respuesta Candy miró a Terry, atónita. Aunque lo entendía perfectamente no podía ser que él hubiera dicho ese insulto velado... no cuando ese hombre horrible tenía aquella delicada información en sus manos. Pero Terry no parecía preocupado en absoluto y luego se volvió hacia ella, tomó su brazo sonriéndole galantemente y ambos salieron de allí dejando tras de ellos a un hombre enfurecido, con distintos tonos de granate cambiándole en el rostro.
Una vez que abordaron el auto Terry le dijo a Candy que había planeado llevarla a cenar, pero en vez de eso le pidió disculpas por tener que cancelar esa salida. Apenas podía hablar de la frustración que sentía. Ante lo que recién había ocurrido, siguió explicándole, tenía que hablar con Ethan y con su propia madre lo antes posible. Candy entendió perfectamente sus razones, y entonces el chófer recibió la orden de regresar a Stonehurst Hall.
Durante el trayecto de regreso, y contrario a lo que sucedió al inicio de la tarde, Terry viajaba ensimismado en la furia que le rugía en las entrañas. Recordando que Wharton le había pedido apoyo para ingresar como socio al Club Hípico, Terry supo que por el momento su intención no era divulgar la información sobre su madre sino que seguramente pretendía usarla para hacerle un chantaje importante a él o a la propia actriz... y que evidentemente este mequetrefe – el duque se regañó por subestimarlo antes - no iba a desperdiciar una información de tal magnitud usándola sólo para ingresar en un club social, por más prestigioso que éste fuera. Fue por eso que Terry se atrevió a enfrentarlo, porque sabía que Sir Bradley no revelaría una información tan valiosa para lograr una simple membresía y que, hace unos minutos atrás, aquel monigote sólo presumía de un poder que creía tener.
No, no que creía tener, se regañó nuevamente Terry. No debía cometer nuevamente el error de subestimar a Wharton, y menos ahora que lo había humillado en público. Él tenía que cuidar a su madre del poder que ese idiota sí tenía...
Terry no podía olvidar que prácticamente nadie sabía del pasado de Eleanor Baker, ni siquiera su manager. Para el resto del mundo, la hermosa artista era una talentosísima actriz soltera de carrera brillante y proceder intachable, que jamás se atrevería a algo tan deshonroso como tener un hijo fuera del matrimonio. Aunque, a decir verdad, Terry recordó que él realmente no había nacido fuera del matrimonio porque de ser así nunca hubiera podido llegar a ser duque... más bien lo que Eleanor siempre había ocultado era que había sido una mujer enamorada, que luego fue engañada y repudiada por el hombre con el que había engendrado un hijo. Un hombre que después de desposarla la había desechado, alegando un matrimonio desigual y anulando aquel enlace con la ayuda de la Corona inglesa. ¿Cómo podían culpar y juzgar indigna a una mujer por haber sido abandonada estando así de vulnerable, rompiéndole de paso el corazón? Terry no lo entendía, pero sí le quedaba perfectamente claro que la sociedad en la que vivían era rápida para condenar y que su madre sería señalada con escarnio, y que la reprobarían... la lapidarían usando palabras y miradas de desprecio. El escándalo acabaría con su carrera. Terry no podía permitir que eso pasara.
Cerrando los ojos, él recordó entonces a su padre. Terry había vivido mucho tiempo peleado con la verdad de su padre, con su mundo y con su herencia - la emocional y la aristocrática - pero al final había logrado reconciliarse de cierta forma con aquel hombre al que realmente nunca supo entender aunque al final sí pudo perdonar… porque a pesar de todo él era su padre: la fuente de sus raíces y la mitad de su mundo, aunque él mismo se resistiera a aceptarlo. Pero pese a todo, lo que Terry jamás había podido comprender era qué es lo que había llevado a Richard Grandchester a tratar de una forma tan indigna a Eleanor. Y aún seguía atormentándose al pensar si al final él mismo no se había equivocado igual...
De pronto, en medio de esos caóticos pensamientos, Terry sintió la presencia de Candy a su lado. Ella lo miraba, preocupada.
- Todo va a estar bien, Terry – le dijo ella entonces, alargando su mano para acariciar el dorso de la de él, casi sin pensarlo – Verás que vamos a arreglarlo.
Él miró su mano sobre la suya, sorprendido por la caricia. Candy pudo sentir cómo su cuerpo se tensaba bajo su contacto y por un momento pensó que él se apartaría, pero en lugar de eso después de unos momentos él tomó su mano entre las dos suyas y la llevó hasta su pecho mientras cerraba los ojos otra vez. Para Candy era obvio que él todavía estaba furioso, pero su respiración poco a poco fue adquiriendo otro ritmo más sereno y ella pudo sentir cómo lentamente se sosegaban los hostiles latidos de su corazón.
Terry no podía evitar darse cuenta de la forma en que Candy lo confortaba y en la intención de sus palabras: "vamos a arreglarlo", le había dicho ella. Vamos. De una forma nueva, él sintió que por fin tenía a alguien que estaba dispuesto a arreglar las cosas ya no contra él, sino al lado de él.
El duque exhaló, pesadamente. Su cabeza todavía estaba habitada por los demonios del resentimiento y la duda, y aún había tormenta en su corazón, pero cada minuto que pasaba se daba cuenta de que al lado de Candy toda su furia se serenaba. ¿No sería precisamente de esto de lo que sentía miedo y de lo que se protegía? ¿No era que en realidad tenía temor de dejar de sentir esa vieja sensación tan conocida que, aunque asfixiante, ya le era tan cercana como si siempre hubiera sido su única familia? ¿Qué había más allá de sentir siempre ese desespero rugiente taladrándole el espíritu? ¿La nada? ¿La vulnerabilidad?
Sabía que sólo al lado de Candy terminaría por descubrirlo... si él se lo permitía.
-Terry, cuéntame sobre tus padres… - le pidió entonces su novia, como si de alguna forma Candy pudiera leerle los pensamientos y supiera adivinar algunos de los demonios que lo atormentaban, usando esa forma inexplicable con que al parecer sus almas podían todavía reconocerse.
Él abrió los ojos nuevamente y recargó su cabeza hacia atrás sobre el respaldo, haciendo acopio de valor. Estando con ella, hablar de las cosas que le rezumaban del alma de pronto volvía a ser asombrosamente fácil. Entonces, empezó a contarle todo de una forma lenta, detallada, con esa narrativa fluida que él era capaz de desarrollar de forma innata… y Candy no lo interrumpió, porque por primera vez él hablaba y hablaba, vaciando su corazón con respecto a la relación con sus padres y de paso enseñándole a ella cada uno de los rincones de esa parte de su vida. Cuando llegaron a Stonehurst Hall, Candy ya tenía una muy buena idea de todo lo que había pasado en este tiempo con Terry, con sus padres y con el ducado y él se sentía con el ánimo más ligero... no porque le hubiera pasado el peso de sus problemas a ella, sino porque descubría que las penas compartidas se transformaban en medias penas.
Se despidieron en el vestíbulo de Stonehurst Hall, prometiéndose que pronto se verían nuevamente. Antes de que ella subiera a su habitación, Terry se le acercó y le besó la frente y los cabellos… el mar de sus ojos estaba calmo y el corazón de Candy apacible, porque ella entendía su sentir. Después de despedirlo, la chica rubia subió las escaleras ruborizada, sintiéndose cómplice y amiga de él por primera vez desde hacía mucho tiempo.
Cuando Candy llegó a su habitación se tendió sobre la cama cuan larga era, dispuesta a repasar todos los eventos de esa tarde. Con una sonrisa ensoñadora acarició perezosamente la cubierta de seda de su cama recordando los besos de Terry en el auto… ella podía decir que al principio su caricia había sido incluso más suave que esta tela, pero las sensaciones que después él había despertado en ella eran prácticamente imposibles de describir porque Candy nunca las había sentido antes. Un poco escandalizada, pero bastante más ilusionada de lo que se atrevía a reconocer, ella se preguntó si estaba mal que estuviera deseando que sus besos se repitieran una, y otra, y otra vez más.
Luego pensó en lo maravilloso de la obra de teatro, en la gentileza de Terry y en lo satisfecho que parecía él al llevarla del brazo; pensó en la dulzura de su encuentro con la señorita Baker… era una pena que la noche hubiera terminado con un suceso tan desagradable, pensó ella. Candy odió ver a Terry acorralado, todavía aún más de lo que odió a aquel hombre aborrecible. Aunque sin embargo, terminó por recordar Candy, lo único rescatable de aquel nefasto enfrentamiento era que Terry se había abierto un poco más con ella, y que tuvieron aquella conversación de regreso…
Todavía pensaba en Terry cuando se oyeron en su puerta unos toquidos discretos. Era una de las mucamas, avisándole que tenía una llamada telefónica… Candy se incorporó un poco inquieta pensando sobre qué se trataría. No creía que se tratara de Albert, porque ya había hablado con él en la mañana.
- ¿Sí? – dijo Candy respondiendo la llamada en el despacho de Ethan, que era el lugar donde se encontraba el aparato telefónico.
- Señorita Ardlay, soy Claire – era la doncella de Patricia O'Brian.
- ¿Pasa algo con Patty, Claire? – preguntó Candy al escucharla, empezando a preocuparse un poco. No era normal que fuera la doncella la que llamara.
- Señorita Ardlay, la señorita Patricia salió hoy por la mañana… - la voz del otro lado de la línea se oía muy temerosa y vacilante – Salió vestida como usted ya sabe, y fue a ese lugar a donde van ustedes… Me dijo que volvería a las siete de la tarde, pero ya casi son las diez de la noche y ella no ha regresado.
Candy apretó los labios, sospechando que Patty se había ido sola esta vez. Se preguntó cuál sería la razón.
- No sé si deba avisarles a los señores O'Brian, aunque la señorita Patricia me lo prohibió… - continuó diciendo Claire, con la voz llena de temor.
La chica rubia suspiró, preocupada. No era normal que Patty no hubiera regresado ya para estas horas y se preguntó si no habría tenido problemas dentro de la Casa de Trabajo, con alguien de allí dentro o con el odioso Sr. Crabb, que le impidieran salir. Como hubiera sido, era obvio que Patty estaba en aprietos e inmediatamente Candy decidió que iría a buscarla.
- No, Claire - le dijo entonces la joven, sabiendo lo importante que era toda su investigación para Patty – No les digas nada todavía. Si te lo preguntan, diles que está conmigo. Yo la traeré de vuelta sana y salva, no te preocupes.
Claire no sonó muy segura, pero al final sólo asintió.
- Dios la bendiga, Señorita Ardlay…
Afortunadamente, Candy había conservado las ropas que habían usado aquel día en su incursión en la Casa de Trabajo. Decidida a salir a buscar a Patty, se vistió con ellas dispuesta a regresar a aquel lugar para averiguar qué era lo que había ocurrido, pensando que ojalá pudiera ayudar a su amiga si estaba en problemas. Antes de causar un alboroto y preocupar a todos, Candy decidió que antes debía cerciorarse de que no se tratara de algo que ella misma podía arreglar.
-o-
Candy salió de Stonehurst Hall a hurtadillas, bajo el amparo de las sombras de la noche, aunque del cielo colgaba una indiscreta luna llena que la hizo tomar precauciones adicionales. El castillo condal estaba lejos de cualquier camino y Candy sabía que no podía salir a tomar un coche de alquiler, así que se dirigió hacia el garaje dispuesta a apelar a la discreción y generosidad del chófer de los Stockwell para que la llevara hasta su destino.
Sin embargo, en cuanto entró a la cochera no sólo se encontró con el chófer de los Stockwell sino también con el de Terry, que todavía estaba allí. Ambos conductores jugaban a los naipes animadamente, acompañados de sendas tazas de café, pero en cuanto la vieron entrar a la cochera inmediatamente dejaron los naipes a un lado y se pusieron de pie, con postura firme.
- Buenas noches, señorita Ardlay… - se apresuraron a saludarla, al unísono.
Candy no esperaba encontrarse con ambos, pero no le quedaba más remedio que continuar adelante.
- Buenas noches – los saludó a ambos por su nombre – Me pregunto si puede ser posible que me lleven a cierto lugar…
Ambos hombres se miraron con recelo, realmente asombrados de las ropas que vestía la prometida del Duque de Grandchester. Ella era una de las señoritas de la casa y debían obedecerla, pero por el tipo de ropas que usaba ambos sospecharon que el viaje solicitado no contaba con el conocimiento de Lord Stonehurst.
- Si nos dice usted a dónde desea que la lleve - se adelantó a decir el chófer de Ethan, indeciso de todas formas. Dudaba por si acaso estaba en riesgo de perder un trabajo que tanto le gustaba.
- ¿A dónde vas así, Candy? – una cuarta voz, grave y profunda, resonó a sus espaldas y Candy no tuvo que volverse para reconocer de quién era.
Indudablemente, se trataba de Terry.
Ella se volvió hacia él – al igual que los dos chóferes, sin perder la postura – pero empezó a juguetear nerviosamente con sus dedos.
- ¡Terry! ¿Qué haces todavía aquí? – le preguntó ella a él.
- Me quedé conversando con Ethan para advertirle sobre Aveline y Wharton – le empezó a explicar él, con un poco de recelo – Cuando de pronto, a través de la ventana veo pasar a una maraña de alocados rizos dorados brillando bajo la luz de la luna, colándose por los jardines y dirigiéndose hasta acá – terminando su explicación, él no quitó el dedo del renglón - ¿A dónde vas vestida así, Candy?
Candy suspiró. Tendría que contarle todo, porque no había tiempo que perder.
- Voy a la Casa de Trabajo. Seguramente Patty está allí dentro.
Terry abrió los ojos como platos. Los chóferes también.
- ¿Que vas a dónde? – preguntó únicamente el duque, pero es lo que hubieran querido preguntar los otros dos hombres de haber podido.
- A la Casa de Trabajo, la que está en el sur de la ciudad – le explicó Candy, ya más decidida - Patty O'Brian seguramente está allí dentro, y tengo que ir a buscarla.
- ¿Por qué dices que Patricia está allí dentro? – él no salía de su asombro.
- Porque la vez anterior ella y yo entramos así como estoy ahora: disfrazadas. Patty escribe un reportaje y quería ver cómo es que vive realmente la gente allí dentro… sin que nos lo adornaran si pedíamos una visita oficial – Candy sentía que estaba perdiendo un tiempo valioso - Parece que ella volvió a entrar hoy, pero creo que no pudo salir. Voy a buscarla.
Terry arqueó una ceja. Cuando él se enteró de que Candy había ido a una Casa de Trabajo creyó que lo había hecho de una forma normal… jamás cruzó por su mente que hubiera entrado de incógnito. Aunque ahora que lo pensaba, parecía lógico. Lo que no era lógico de ninguna manera era que ahora Candy pensara regresar nuevamente a escondidas a ese lugar… a estas horas de la noche, y con Patricia O'Brian seguramente en problemas.
- Entiendo tu preocupación – le dijo entonces él – Podemos ir a la policía, y explicarles el asunto, ellos se encargarán. O yo iré contigo a ese lugar y te aseguro que nos dejarán entrar sin problema para buscarla.
- ¡No! – ella respingó, preocupada – Nadie debe saber nada sobre esto. Es el reportaje de Patty… es muy importante para ella que todo sea lo más discreto posible hasta que el artículo sea publicado.
- Candy, es una locura… puede ser muy peligroso. Esto no es un juego.
- Lo sé. Pero tengo que ayudarla. No es la primera vez que salgo a saltarme bardas por alguien que me importa…
Y entonces Terry recordó aquella noche, hace muchos años atrás en el Colegio San Pablo, en que Albert lo había ayudado y después llevado malherido tras una pelea en un bar, y sin querer ambos se habían confundido de edificio. Esa noche, Terry había terminado sangrando dentro de la alcoba de la pecosa Candy White. Ella lo había ayudado, a pesar de que él alegaba una y otra vez no necesitar su ayuda. Mintiendo, por puro orgullo. Y en aquella ocasión, ella había saltado bardas por él.
Él miró el brillo de sus ojos. Y supo que, al igual que en aquella ocasión, ella estaba completamente decidida.
Entonces Terry se volvió hacia los chóferes, que observaban totalmente intrigados todo aquel intercambio de palabras entre los novios.
- Lamento no haber saludado antes, señores – empezó a explicarles él, con un tono sereno que evidenciaba también su decisión - Pero como podrán ver, tenemos una situación un poco complicada aquí – luego se dirigió al chófer de Ethan – Fairchild, sé que no es apropiado lo que voy a pedirle, pero por cuestión del tiempo no tengo otra opción. Le agradecería mucho si pudiera prestarme algo de ropa… que sea bastante menos llamativa que ésta – dijo él, señalando el propio frac que vestía.
Fairchild, y también el propio chófer de Terry, lo miraron asombrados.
- ¿Disculpe, Su Excelencia?
- Y si puede indicarme dónde cambiarme de ropas – agregó el duque.
Al igual que los dos chóferes, Candy no creía lo que estaba oyendo. Se acercó a él, y lo cuestionó con un discreto susurro.
- ¿Qué crees que vas a hacer, Terry?
- La pregunta es qué es lo que vas a hacer tú. Porque yo iré contigo, a donde quiera que vayas – le respondió él con un tono que no admitía réplica en esa cuestión. De pronto, hasta había un brillo divertido en sus ojos – No es la primera vez que me disfrazo para solucionar un problema. De hecho, alguna vez de eso vivía.
- Pero yo voy a entrar saltando una barda.
- Entonces, saltaremos juntos.
Fairchild se dio cuenta de que el asunto iba en serio y se disculpó un momento para buscar algo de ropa. Aunque era casi tan alto como el duque, el chófer de los Stockwell era un hombre con sobrepeso por lo que pensó que su ropa iba a quedar demasiado holgada en el cuerpo del aristócrata. Con eso en mente, escogió lo que podía ser más apropiado y volvió rápidamente a la cochera, donde Candy ya le estaba dando instrucciones al otro chófer de hacia donde debería llevarlos.
- Puede vestirse allí, Su Excelencia… – le indicó Fairchild al duque mientras le daba la ropa, señalando uno de los anexos privados de la cochera.
Terry le agradeció su apoyo y se ocultó para cambiar su vestimenta. Candy terminó de explicar hacia donde debían dirigirse, y luego se volvió hacia el anexo para esperar a que Terry saliera vestido y listo para partir. Sentía que estaba transcurriendo un tiempo valiosísimo y que debían irse cuanto antes.
En algún momento, acuciada por la impaciencia, Candy se acercó demasiado a la entrada del anexo. En los claroscuros de la habitación iluminada por el quinqué, Candy pudo observar a contraluz la silueta de Terry cambiándose de ropas. Se quedó como congelada, con un leve temblor recorriéndole la espina dorsal. Estaba segura de qué si caminaba un par de pasos más allá, sería capaz de ver mucho más… y tan sonrojada como curiosa, pensó ¿podía ella utilizar la misma excusa aquella de "te vi, pero no te miré"?
Escandalizada y ruborizada por el rumbo de sus pensamientos, se regañó dándose un coscorrón en la cabeza y se alejó, volviendo al lado de los chóferes. Patty estaba seguramente en peligro, y ella divagando en semejantes barbaridades.
Cuando Terry se les unió, un par de minutos después, lucía muy diferente a como Candy lo hubiera visto en los últimos meses. Le sentaba muy bien la vestimenta de calle, casi tanto como la formal, aunque Candy pensó que lo prefería así como lucía ahora. Como no podía ser de otra forma y, aunque evidentemente esta ropa era una o dos tallas más grande que la apropiada, él se veía guapísimo porque además traía una sonrisa totalmente emocionada en los labios, suficiente para derretir a cualquiera.
- ¿Nos vamos? – preguntó él después de un momento porque Candy, de alguna forma milagrosa, parecía haberse quedado sin palabras. Si no hubiera habido otras personas enfrente, él no se habría cansado de bromear sobre sus mejillas encendidas.
-Sí, claro… Gracias, Fairchild… - musitó Candy volviendo a la realidad, y entonces subieron al auto de Terry para salir rumbo a la Casa de Trabajo. Durante el trayecto, que esta vez fue mucho más corto que el de la tarde, Candy le explicó a Terry cómo era el lugar a dónde iban y le describió la disposición de los galerones dentro de las bardas tan bien como lo recordaba.
- Sólo entraremos y sacamos a Patricia, nada más – le advirtió Terry.
Ella aceptó, rezando para que con eso fuera suficiente.
Al llegar, el chófer de Terry se estacionó un poco alejado del lugar para pasar inadvertidos. Antes de ir a la Casa de Trabajo, Candy le pidió si tenía alguna cuerda que ella pudiera usar… y Terry se preguntó por qué no se sorprendía demasiado con aquella solicitud.
Después Candy y Terry caminaron unos minutos por las laberínticas calles de ese sector de la ciudad y por fin llegaron frente al imponente lugar de piedra, una fortaleza rodeada por una enorme barda de forma hexagonal. Escogieron uno de los lados que no tenía entrada para subir al muro por allí, con la intención de no ser vistos.
- Aquí viene una de esas prácticas habilidades que tengo justo por no ser una dama… - le guiño Candy, traviesa, y sin mucha dificultad enlazó uno de los extremos de la cuerda en uno de los salientes de la barda, cerciorándose de que quedara lo suficientemente firme. Bastante satisfecha de su trabajo, se volvió hacia Terry que la observaba con verdadera sorpresa.
- Nada mal, ¿eh?
- Nada mal – admitió Terry, divertido. No tenía que serlo, porque el asunto era muy arriesgado, pero extrañamente la noche había tomado un cariz bastante aventurero que él hacía mucho que no vivía – Ni el lazo, ni la vaquera – le guiñó él.
Candy también le sonrió y acto seguido puso sus pies sobre algunos salientes de piedra para subir hasta arriba del muro, lo cual hizo sin apenas dificultad. Terry, que se había acercado para que se apoyara en él, sólo alcanzó a ver admirado cómo aquella chica temeraria no parecía necesitarlo para trepar hasta lo alto de la tapia.
"Dios, es incluso más tarzán que el mismo Tarzán" se encontró diciendo nuevamente él, como hace muchos años atrás lo había pensado tras haberla descubierto visitando a los Cornwell. Y ahora descubría otra cosa: que aquella noche del compromiso, él no había mentido. Jamás habría podido olvidar a aquella niña intrépida – convertida ahora en una preciosa mujer – que solía saltar por la vida con la misma facilidad con la que caminaba.
Desde lo alto de la barda, Candy le hizo una señal y él subió tras ella, no con tanta habilidad como hubiera deseado pero defendiéndose bastante bien. Sus asiduas cabalgatas le dejaban muy buenos reflejos, y una inmejorable condición física.
Antes de por fin entrar, desde lo alto ambos estudiaron el lugar por unos minutos, notando que el patio de abajo aparentemente estaba vacío y despoblado, y luego descendieron. Candy ya le había dicho a Terry que ella tenía una muy buena idea de dónde podrían encontrar a Patty.
Una vez adentro, Candy le señaló a Terry hacia dónde ir. Pero antes de que dieran un paso más, él la tomó del brazo y la jaló hasta colocarla frente a él.
- Pecosa… – le dijo él sin apenas darse cuenta de cómo la estaba llamando. La tomó por los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos – Voy tras de ti, pero quiero que me prometas que si algo me pasa no te vas a meter en más problemas, y que vas a salir de aquí inmediatamente sin arriesgarte más. Prométeme que vas a ir directo a la policía de Scotland Yard si algo ocurre – le insistió.
Ella vio su rostro realmente preocupado, pensando en lo horrible que sería que algo le pasara. Luego asintió pensando que nada raro tenía que pasar, ella ya había estado aquí.
- Te lo prometo, Terry – le respondió seriamente. Sin embargo, luego no pudo evitar bromear un poco para aligerar la tensión que estaba empezando a formarse en el ambiente. Le guiñó un ojo y trató de sonreírle de forma tranquilizadora – Te lo juro por mis pecas…
Con esa simple frase, inevitablemente ambos recordaron aquel juramento absurdo que un día ella se atrevió a cantarle a la distancia de forma terriblemente desafinada, mientras él la observaba encaramado sobre un árbol. Sin poderlo evitar, con el recuerdo ambos rieron fuertemente. Entonces se miraron a los ojos escuchándose mutuamente, con aquella abierta carcajada estallando todavía en sus labios mientras ambos pensaban: "¡Dios! Su risa es el mejor sonido del mundo..."
Sin embargo, fue una pena que no pudieran disfrutar mucho del momento, porque de pronto una voz grave de hombre restalló contra las paredes de piedra, llena de agresividad.
- ¿Quién demonios anda allí?
.-&-.
¡Mil gracias por leerme, es todo un honor que hayan llegado hasta aquí!
De nueva cuenta agradezco enormemente los reviews de Anna María, Celia, Gcfavela, María, Sol Grandchester, Skarllet Northman, Rubi, Ara, Candicita, Stromaw, Naty, Dianley, Clauseri, Gladys, Lizethr, Flormnll, Iris Adriana, Liz García, Sol (¡mil gracias hasta Venezuela! :), Esme05, Ale Mia, Gatita, Dalia, Becky Grandchester, Pecas, Gissa Alvarez, Nidiyare, Nataly Alejos, Mimispatico e Invitadas, por todas y cada una de sus amables palabras. Lo leo todo y no he tenido tiempo de responderles, les pido un poco de paciencia para hacerlo en el transcurso de esta semana. Me encanta que me escriban, aprendo mucho de lo que me dicen y me hacen plantearme nuevos puntos de vista que he pasado por alto en esta historia tan preciosa. Mil gracias, de todo corazón. Si mi historia les gusta, es apenas un pago ínfimo por lo que yo recibo de ustedes. Igualmente, a quienes me siguen vía fanfiction y me agregan a sus favoritos, gracias y espero no fallarles.
Agradezco también a Erika y Nidiyare por haber leído mi otra historia, si siguen por aquí se enterarán que me causó mucha emoción.
Como verán, este capítulo es el más largo de todo el fic. ¡Imagínense cómo estaba unido al anterior! Espero que les guste y me escriban, y si no les gusta, pues también que me lo digan para aprender más. Esta semana tengo mucho trabajo así que no escribiré prácticamente nada de la historia, por lo que estaré publicando el siguiente capítulo en tres (¡o cuatro!) semanas más. Nuevamente, les agradezco infinitamente su paciencia.
En especial, este capítulo se lo dedico a mi amiga Anna María Pruneda que me pidió que no lo dejara en este punto. La dedicatoria es una ofrenda de paz, por no haberle hecho caso.
En poco más de tres semanas publicaré el Capítulo 8: "Pecosa".
Ya prácticamente estamos a punto de que la historia revele lo que realmente pasó con aquella carta.
¡Nuevamente, mil gracias por leer!
Como ya es costumbre, agradezco enormemente a mi amiga Anna María Pruneda por leer mis letras y mejorarlas como tan atinadamente sabe hacerlo. Soy una privilegiada por contar con su apoyo, y aún más, con su amistad.
¡Muchas gracias, Anna María!
