No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de S. M. y la historia es de Sarah Morgan. Yo solo me divierto un poco.
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Todos los días salían a explorar el desierto.
Con el talento de un buen profesor, Edward le enseñó a conducir por las dunas y luego le permitió tomar el volante.
—¿Te interesan los animales salvajes? —preguntó una mañana, en pleno desierto.
—¿Serpientes y escorpiones? —preguntó ella mientras conducía con la mirada fija en el camino.
—No, esta vez, tengo algo diferente para ti. ¡Mira! —dijo al tiempo que hacía un gesto para que Isabella apagara el motor. Luego, con un brazo sobre sus hombros, le indicó un montículo de arena. Estaba tan cerca, que ella sintió su aroma masculino y apenas pudo respirar—. ¿Qué ves?
—Oh, Edward... —murmuró con asombro. El animal se quedó inmóvil, con los inmensos ojos fijos, como si presintiera el peligro. Aunque estaban dentro del vehículo, Isabella comentó en un susurro—. Es maravilloso. ¿Qué es?
—Un tipo de gacela. Fueron víctimas de los cazadores hasta el punto de quedar en peligro de extinción. Ahora la zona está protegida y las gacelas se están recuperando, tenemos muchos más ejemplares.
Fascinada, Isabella contempló a la hermosa criatura.
—¿Una zona protegida? A mí me parece que estamos en el desierto, el paisaje no ha cambiado.
—Desde luego que es el desierto, sólo que en esta zona hemos restringido el paso de vehículos porque dañan la vegetación y son una amenaza para los animales. Tazkash cuenta con varias reservas como ésta.
Ella se volvió a mirarlo y contuvo el aliento. Inclinado para contemplar mejor al animal, la cabeza de Edward estaba junto a la de ella.
—Ignoraba tu interés por la conservación ambiental.
Él le lanzó una mirada ligeramente burlona.
—Como sueles decir, todavía nos quedan muchas cosas que descubrir el uno del otro —manifestó con la mirada fija en la boca de la joven—. Custodiar este país es mi responsabilidad. Parte de mi trabajo consiste en proteger nuestro patrimonio para las futuras generaciones, y eso incluye la protección de la fauna. Mi responsabilidad es impedir que el país progrese a costa de nuestra herencia. La preservación de nuestra cultura es muy importante y debo encontrar el modo de tender un puente entre el pasado y el futuro en favor de nuestro pueblo. El petróleo no será eternamente nuestra principal fuente presupuestaria, así que necesitamos encontrar caminos alternativos para generar nuevos ingresos.
—Verdaderamente te preocupas por tu pueblo —comentó la joven.
—Desde luego. Últimamente hemos estado haciendo exploraciones en busca de manantiales subterráneos con el propósito de desarrollar sistemas de irrigación.
Fascinada, Isabella escuchaba con atención mientras Edward enumeraba los diversos proyectos puestos en marcha a fin de facilitar la dura vida de los habitantes del país. Luego hizo muchas preguntas y añadió sus propios comentarios.
La conversación continuó durante los días siguientes. Se tornó más compleja y estimulante. A menudo se prolongaba hasta altas horas de la noche mientras cenaban a la luz y al calor de un buen fuego.
Edward le enseñó a conocer las estrellas tal como sus antepasados lo había hecho, y también a conocer las señales de cambios climáticos.
—Te gusta el desierto, ¿no es verdad? —comentó Isabella, con los ojos fijos en el apuesto rostro bronceado a la luz del fuego.
Edward asintió.
—En el desierto la vida es simple —comentó mientras lanzaba unas astillas que crujieron en contacto con las llamas—. Si me hubieran dado a elegir, habría optado por esta vida. Me gusta estar aquí.
Isabella ocultó su sorpresa. Siempre había creído que Edward disfrutaba de la lujosa pompa palaciega en Fallouk. No se le había ocurrido pensar que, al igual que ella, lo hiciera por cumplir con una obligación impuesta.
—Puedo comprenderlo —dijo suavemente al tiempo que se acomodaba en los cojines y alfombras en torno al fuego—. Me encanta la vida en el desierto, el contacto directo con la naturaleza.
—Aunque ya debes de estar aburrida. No tienes que fingir conmigo —observó con una mirada divertida—. Eres joven y muy hermosa. Seguro que empiezas a añorar tus fiestas. Aquí en el desierto no se presentan oportunidades para ataviarse como sueles hacerlo.
Parte de ella quería confesarle la verdad. Confesar que odiaba las constantes recepciones sociales, vacías de contenido. Pero un hombre como él esperaba que una mujer cumpliera ese cometido. Él necesitaba a alguien como su madre. ¿Se arriesgaría a dejarle ver lo que había bajo el brillo de los oropeles? ¿Se atrevería a confiarle sus más recónditos secretos?
No.
Una confesión como ésa la haría demasiado vulnerable.
—El desierto tiene muchos encantos —declaró, finalmente—. Y no toda la vida consiste en asistir a fiestas, aunque echo de menos a mis amistades, desde luego. Tengo unos cuantos amigos de la infancia y sólo confío en ellos. He aprendido a desconfiar de los extraños. ¿Y tú? ¿Hay alguien en quien confíes verdaderamente, Edward? —preguntó volviéndose hacia él.
No se le escapó la tensión de sus amplios hombros. Cuando finalmente respondió, lo hizo en calma:
—No. Pero ése es el precio que tengo que pagar debido a mi posición.
Ella no podía imaginar la vida sin amigos.
—Es un precio muy alto.
—No para mí. Nunca he tenido necesidad de confiar en la gente.
—Todos necesitamos a alguien —rebatió con suavidad—. Lo mejor que puede sucedernos en la vida es que nos quieran por lo que realmente somos. Es lo único que importa. El resto no es auténtico, como por ejemplo el dinero y un estilo de vida refinado.
Ella lo sabía mejor que nadie. Había sido testigo de la destrucción de su madre, seducida por el vacío del glamur.
—Pensé que te encantaban los oropeles y las luces brillantes.
La joven se dio cuenta al instante de lo mucho que se había traicionado.
—Sí —repuso apresuradamente—, pero también hay otras cosas importantes... — Isabella dejó de hablar y Edward alzó una ceja interrogativa.
—Por tanto... —empezó en un tono bajo y persuasivo, los ojos brillantes al resplandor del fuego—. ¿Qué más te interesa, Isabella Swan?
Durante unos segundos, ella pensó en los niños con los que trabajaba, en su empleo en la escuela de equitación y en el hecho de que nadie sabía quién era en realidad. En ese ambiente, su identidad y su dinero no importaban para nada. Pero esa otra vida era su última defensa.
Tenía que mantenerla oculta de él.
—Bueno, yo... Sí, las obras benéficas, esa clase de cosas —dijo con intencionada vaguedad. Los ojos de Edward la escrutaron unos segundos.
—En Tazkash también puedes dedicarte a las obras de caridad, si es lo que deseas. De hecho, es lo que se espera de ti si te conviertes en mi esposa.
El corazón le dio un salto. Durante esas dos semanas su cercanía había sido una deliciosa tortura. Sin embargo, él no la había tocado. Ni una sola vez. Ésa era la primera vez que mencionaba la palabra matrimonio desde su intento de escapar de Nazaar.
—¿Tu esposa? —murmuró estremecida, con los ojos cerrados.
A pesar de sus mejores intenciones y de todo lo que había sucedido en el pasado, había vuelto a enamorarse de él. Lo había dejado entrar en su corazón. Isabella abrió los ojos y lo miró.
Entonces se dio cuenta de que no estaba enamorada del sultán, ni de su posición social. Como Nadia, se había enamorado del hombre que se revelaba como era sólo en el desierto.
—Acordamos no hablar de ello en estas dos semanas. El plazo se acaba mañana. Hasta entonces se prohíbe tocar el tema.
Ella lo observó con cierta inseguridad. ¿Volvería a proponerle matrimonio? ¿Todavía la deseaba? ¿O esas dos semanas habían terminado de convencerlo de que no era la esposa adecuada para él?
Repentinamente sintió la necesidad de cambiar de tema.
—¿Tus padres solían traerte aquí cuando eras pequeño?
Edward se puso tenso.
—No. Mi madre amaba la vida de palacio. Habría preferido morir antes de pasar un tiempo en el desierto. Necesitaba la civilización como el aire para respirar.
Era la primera vez que mencionaba a su madre y que hablaba de algo personal. Tal vez se debía a la oscuridad de la noche o tal vez a la intimidad de la conversación, pero de improviso, y por primera vez, ella se sintió muy próxima a él.
—¿Y tu padre?
—Mi padre estaba ocupado en los asuntos de Estado.
—Pero tú no eras más que un niño. Debió haberte dedicado algo de su tiempo.
La expresión de Edward era impenetrable.
—Criar un niño no formaba parte de sus deberes.
—¿Y jugar contigo? ¿Leerte un cuento? —preguntó mientras pensaba en la cantidad de horas que se había divertido junto a su padre cuando era una niña—. Seguro que habréis compartido algunos momentos.
—Mi padre dedicaba unas horas semanales a prepararme para asumir el gobierno del país en el futuro.
—Eso suena a una infancia muy solitaria, ¿no es así? —comentó con simpatía pensando en lo que se había perdido.
—Al contrario —rebatió con una risa amarga—. La soledad habría sido una bendición. Desde que nací, he estado rodeado de gente. Tuve tres niñeras, varios tutores y un equipo de guardaespaldas que vigilaban hasta el menor de mis movimientos. Estar solo nunca fue más que un sueño para mí.
—Aun rodeado de gente uno puede sentirse solo —observó Isabella, con calma—. Si las personas que nos rodean no nos quieren ni nos comprenden, uno puede estar muy solo.
—¿Hablas por experiencia?
Isabella se mordió un labio pensando en la forma de enmendar su error.
—No, mi padre trabajaba mucho, desde luego, pero mi madre siempre estaba cerca de mí —dijo, finalmente.
—¿Estás muy unida a tu padre?
—Es mi héroe —respondió con sencillez al tiempo que acercaba las manos al fuego—. A pesar de los errores de mi madre, él la adoraba y nunca encontró otra mujer que significara lo mismo para él. Me educó en la creencia de que existía el gran amor y que nunca debía conformarme con algo de menor calidad.
—Un punto de vista muy romántico —comentó inexpresivamente.
—Sí, mis padres vivieron ese gran amor —convino la joven con calma—. Cuéntame cómo llegaste hasta el desierto. Si tus padres no lo hicieron, ¿quién te trajo hasta aquí?
Él alzó la vista y la contempló un largo instante.
—Cuando tenía siete años, uno de mis tutores decidió que necesitaba ampliar mi educación, conocer a fondo mis raíces y a mi pueblo. Y me trajo a Nazaar.
—Y te encantó.
—Claro que sí —convino al tiempo que le llenaba la copa—. Voy a utilizar una de tus expresiones más románticas para decir que fue un amor a primera vista.
Ella alzó una ceja.
—Una sensiblería, ¿no?
—Tal vez —dijo con una sonrisa tan encantadora que ella sintió mariposas en el estómago—. Culpemos a las estrellas. Ambos elevaron la vista al cielo. Las estrellas titilaban como pequeños puntos brillantes en la inmensa bóveda oscura.
—¿Tus padres se querían? ¿Eran felices juntos?
Él vaciló un instante.
—Temo que mi respuesta destrozará tus románticas ilusiones. Fueron extremadamente infelices. Por eso no se veían casi nunca. El suyo fue un matrimonio pactado por conveniencias políticas.
—Entonces no me extraña que no creas en el amor.
—¿Cómo sabes que no creo en el amor?
—Nadia y el Sultán. Cuando hablamos de ellos estuviste en completo desacuerdo. Eres un hombre práctico, y ahora entiendo por qué.
—Puede que no crea que el matrimonio sea la única forma de expresar una pasión verdadera.
—Volvemos al tema del sexo —comentó sonriendo con ironía.
—Lo separas tajantemente del amor romántico. ¿No sabes que el sexo puede ser una auténtica expresión de amor?
Sí que lo sabía. Aunque no se hubieran tocado en esas dos semanas, la pasión siempre estaba entre ellos. Nunca pensó que fuera posible desear a un hombre como lo deseaba a él. De pronto supo que si la tocaba no podría oponer resistencia.
Él era el elegido. El hombre que siempre amaría. Y algo había cambiado en esas dos semanas. Edward gradualmente se abría a ella. Empezaba a confiarle aspectos de sí mismo que había mantenido cuidadosamente ocultos.
¿Lo haría si no sintiera nada por ella? ¿Si todo lo que le importara fuera el aspecto sexual de la relación?
—¿Dónde iremos mañana?
—A las Cuevas de Zatua —respondió sin vacilar, con la mirada fija en su rostro.
¿Era coincidencia que hubiera elegido ese lugar para el último día de aquellas dos semanas?
Isabella ya no sabía qué deseaba. Su resolución de alejarse de él se había debilitado por la creciente intimidad y la pasión insatisfecha que aumentaba según pasaban los días.
Sin embargo, tenía que decidirse, porque un hombre como él no estaba preparado para esperar demasiado tiempo. Cuando Isabella se hubo retirado a su tienda, Edward se quedó junto al fuego. ¿Qué le ocurría?
Desde la infancia le habían enseñado a contener y ocultar sus emociones. Entonces, ¿por qué había pasado una larga velada contando a Isabella cosas que ignoraban hasta sus más íntimos consejeros? Incluso había hablado de su madre, algo que nunca había hecho en su vida. Y tampoco la había tocado en esos días pese a no estar acostumbrado al celibato.
Sin embargo, lo más extraño de todo era que había disfrutado de su compañía. Isabella había demostrado ser una mujer sorprendentemente inteligente y bien informada.
Aunque tuvo que reconocer que, dadas las circunstancias, estaba claro que ella volvería a su frívola vida de siempre.
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Al día siguiente partieron en dirección a las Cuevas de Zatua a la hora de almuerzo.
Durante el trayecto Isabella guardó silencio largo rato, penosamente consciente de la tensión entre ellos. ¿Por qué no podía dejar de pensar en el sexo cada vez que lo miraba? Tenía muchos amigos varones, pero nunca lo hacía cuando estaba con ellos. La atracción que sentía hacia él se estaba convirtiendo en algo intolerable. Deseaba deslizar las manos a través de esos brillantes cabellos oscuros, acariciarle el mentón y hundir los dientes en el hombro musculoso.
Deseaba quitarle la ropa y verlo desnudo. Y ése era el último día. ¿Cuándo iba a pedir su respuesta? ¿Y cuál iba a ser su decisión?
Mientras se aproximaban a las cuevas, Isabella pensó en Nadia.
Antes de entrar, Edward le tomó la mano con firmeza.
—Vamos —ordenó. Y ella lo siguió a la entrada del laberinto de cuevas.
Decenas de velas iluminaban la primera caverna y el suelo estaba cubierto de alfombras. Edward miró a su alrededor con satisfacción. Todo se había hecho exactamente según sus instrucciones.
Al oír la exclamación mezcla de deleite y confusión que Isabella dejó escapar, supo que su esfuerzo producía la respuesta deseada.
—¡Qué hermoso! ¿Quién ha hecho esto?
—Yo. Intento demostrarte que también soy capaz de un gesto romántico —dijo como si se burlara de sí mismo—. Siempre te han gustado estas cavernas. Significan mucho para ti, por eso decidí traerte aquí para hacerte la pregunta que ha rondado nuestras mentes durante las dos últimas semanas. Cásate conmigo, Isabella.
—Más parece una orden que una petición —observó ella, casi sin aliento al tiempo que le ponía una mano en el pecho.
—Quiero que seas mi esposa. He tenido paciencia todos estos días. Y ahora necesito oír tu respuesta. Si es afirmativa, te casarás conmigo aquí mismo.
—¿Una boda en las Cuevas de Zatua? ¿Ahora? —preguntó, consternada.
—¿Qué mejor lugar que éste donde Nadia y su sultán descubrieron su amor y donde nosotros descubrimos lo que sentíamos el uno por el otro?
El silencio reflexivo que siguió a sus palabras no fue lo que esperaba y, sorprendentemente, Edward sintió algo parecido al pánico. Entonces le rodeó la cintura con un brazo y la atrajo hacia su cuerpo.
—Di que sí. Y dilo rápido, porque mi paciencia se agota —ordenó.
—¿Qué clase de paciencia es ésa? Pienso que cada vez que quieres algo te limitas a dar una orden y tus deseos se cumplen de inmediato.
—Porque sé lo que quiero e intento conseguirlo. ¿Qué tiene de malo? —declaró alzando la cabeza con arrogancia—. Te quiero en mi cama y en mi vida. He demostrado una gran paciencia. Ninguna mujer me ha hecho esperar, así como tú lo has hecho.
Ella alzó una ceja.
—Tal vez el hecho de aprender a esperar ha sido bueno para tu desarrollo emocional.
—Mis emociones gozan de excelente salud, gracias —gruñó al tiempo que le besaba el cuello. Olía de maravilla—. Te agradecería que me dieras una respuesta cuando estés en disposición de hacerlo. Y asegúrate de que sea en menos de tres segundos.
—Me siento como si estuviera en la cima de una duna de arena. No sé si retroceder o seguir adelante, a riesgo de una caída —confesó con suavidad.
—El peligro es lo que convierte a la vida en un precioso milagro, Bella.
—Antes de responder, necesito hacerte una pregunta, Edward. Y necesito una respuesta sincera.
—Te escucho —dijo, a la defensiva.
—¿Por qué quieres casarte conmigo? Edward se relajó al instante.
—La respuesta es muy sencilla. Eres hermosa y una buena compañía. Disfruto conversando contigo y me diviertes. Incluso me gusta tu modo de hablar sin restricciones.
—Acabas de describir una buena amistad, Edward. Tiene que haber algo más que amistad entre nosotros.
—Sí, existe una asombrosa atracción entre nosotros —dijo al tiempo que deslizaba las manos hasta los redondos glúteos de la joven.
Con las manos sobre su pecho, lo empujó suavemente para mantenerlo a distancia.
—Eso es sexo, Edward. Hasta aquí has mencionado la amistad y el sexo. No son razones para contraer matrimonio. Falta el ingrediente más importante.
Edward sintió que sonaban las alarmas en su mente y el pánico se apoderó de él. Estaba claro que ella quería oírle decir: «Te amo». Dos palabras que había evitado toda su vida.
Tras aspirar una gran bocanada de aire, se mordió el labio.
—Yo... —murmuró al tiempo que se pasaba la mano por la nuca.
Isabella le rodeó el cuello con los brazos y rió suavemente.
—Sólo dos palabras, Edward. ¿Tan difícil es para ti? —preguntó. Al notar su rigidez, se puso de puntillas y le besó la mejilla—. Nunca antes has dicho esas palabras, ¿no es así, Edward? —inquirió. El negó con la cabeza. Pero la joven sonreía. ¿Por qué? —. Sé que me amas, aunque voy a necesitar oírlas con frecuencia. Así que tendrás que empezar a practicar. Sí, me casaré contigo.
¿Isabella sabía que la amaba? Pero, ¿cómo podía saberlo? Tan ocupado estaba preguntándose qué le había hecho pensar que estaba enamorado de ella, que tardó un instante en caer en la cuenta de que le había dado la respuesta que esperaba.
—¿Te casarás conmigo? ¿Has dicho que sí? —preguntó, finalmente.
El placer que experimentó le causó sorpresa e inquietud. Y de pronto recordó que el matrimonio era la conclusión de un negocio importante para él.
Desde luego que tenía razones para sentirse complacido. Sería el dueño de la empresa del padre y al fin se podría realizar el proyecto del oleoducto. El futuro de Tazkash estaba asegurado.
—He dicho que sí porque veo que al fin me comprendes — respondió suavemente, con una expresión soñadora—. No has organizado una boda fastuosa con cientos de aburridos invitados. Has hecho esto —añadió al tiempo que indicaba la cueva iluminada—. Y es lo más romántico que pudiste haber hecho. Se trata de nosotros y de nadie más. Algo entre tú y yo solamente. Por eso sé que me amas.
—Isabella...
Edward sonrió, ligeramente asombrado de su interpretación sobre lo que él consideraba un elaborado plan estratégico y nada más.
—Y como te conozco —lo interrumpió—, sé que en este momento tus servidores esperan una llamada tuya.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque nada escapa a tu control y sé que no lo habrías hecho sin antes haber organizado hasta el último detalle.
Edward encontró vagamente desconcertante que alguien lo conociera tan bien. Isabella resultaba ser una mujer inquietantemente penetrante.
—Tienes razón.
—¿Has pensado en un vestido especial o he de casarme con este pantalón vaquero?
—Rosalie te ha traído un vestido.
—Muy bien —dijo antes de besarlo—. Entonces, adelante.
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Mmmmm… no lo sé… no lo sé… ¿qué opinan? Estoy un poco inconforme con la decisión de Isabella… siento que se lo puso muy fácil, ¿no creen?
Pero bueno aún quedan algunos capítulos… veremos qué pasa a continuación.
Mil gracias por su paciencia esperando por mis capítulos.
Haré lo posible por actualizar un poco más rápido… pero ya casi vienen los exámenes finales y tengo que prepararme mucho y con todo eso del trabajo me queda menos tiempo todavía… pero sé que lo entienden por lo que me quedo más tranquila… todo será paz y tranquilidad cuando al fin salga de vacaciones jajaja
Los amo chicos3 mil gracias por todo.
¡Nos leemos pronto!
