Hola:)
En serio, si me tardo poco (o mucho) en actualizar es porque no tengo internet en mi casa. Espero que comprendad. Este capítulo es de Gilbert, pero los demás vuelven a Tina.
Sin más, Hetalia no me pertenece, sólo es de Himaruya-san.
Lo demás, la historia, es mia.
Capítulo VII.
Entrada Dos.
Verano de 1938. Königsberg, Prusia Oriental.
Era negra. Negra como solía ser el cabello de mi abuela. Y de hierro, básicamente. No quería tocarla. En efecto, cuando la recogí del suelo, lo hice de la cadena. No le tenía miedo. Pero sentía que la estática casi podía verse brotar de la Cruz. Pensé que si la tocaba, podría darme una descarga. Por eso no lo hice. Ni siquiera me la he puesto.
Parece que la prostituta me había dejado un regalo. Maldita perra. Primero me seduce y luego le ofrezco mi casa para un momento de diversión. Y cuando despierto, todo se vuelve distinto y veo que me ha dejado un regalo como si algo existiera entre ambos.
Era intimidante y grande. Muy grande. Tiene grabada una esvástica y por su aspecto, lo más probable es que esa tía se la haya robado, quizá pensó que si la vendía le darían un buen pago por ser de un Caballero de la Cruz de Hierro del Partido Nacionalsocialista. Lo que de seguro no tomó en cuenta es que las personas le tienen miedo a los del Partido.
Y ahora yo tenía que cargar con eso.
-¿Qué harás con ella?- La abuela se sentó en el borde de la cama y vió la Cruz que estaba puesta encima de la mesita de noche. –Si yo fuera tú, la entregaría a sus dueños.
-¿Y de quién coño es?-Me recargué en el umbral de la puerta y carraspeé.- Lo siento, abuela. Ya sé que no debo decir groserías enfrente tuyo. Pero, no quiero devolverla. Luego me acusarán de ladrón, y lo peor del caso es que…
-Lo sé. –Se puso de pie.- Los nazis no aceptan explicaciones. Pero no pierdes nada con intentarlo.
Eran tiempos fuertes aquellos. La guerra apunto de estallar, el Führer vuelto loco, la gente vuelta loca. Y lo peor, es que en mi país las cosas no iban a progresar. Había el rumor de que el estado se iba a disolver. Pero yo solo pensaba en que esa era la cosa más estúpida y ridícula que podrían hacer. ¡Por Fritz! ¡Era Prusia! Era un reino entero y querían dividirlo, que me aspen.
Aunque en sí, si le preguntabas a los prusianos, ya estaban acostumbrados a lo bélico. Teniendo a un vecino como lo era Alemania no era algo normal la paz. Alemania en cualquier momento iba a explotar, y más con Adolf Hitler a su mando. La que sabía de esto, era mi abuela, pero nunca quería hablar sobre el tema. A veces detestaba que me tratara como un crío. Aunque a veces lo pensaba, y quizá mi abuela tenía un secreto.
Un secreto para el cual yo, o nadie, estaba preparado.
-Está bien. Irémos hoy, entre más rápido me deshaga de ella, mejor. Pero tengo que…-El teléfono sonó y corrí hacía la cocina.
Era Ludwig. Llamaba para avisarme que comería con Felicia. Era italiana. Y era su novia. Era muy bonita y muy alegre a comparación de mi hermano. Pero ambos eran felices. Ella era enfermera y era feliz con lo que hacía. Era agradable tener una conversación con ella.
Le comenté lo ocurrido, y pude imaginarme su rostro serio al escucharlo. Sus ojos color azul escrutando la curiosidad. Pensé que quizá me diría que era un plan suicida o algo por el estilo. Pero solo se limitó a decirme unas palabras.
-Ten cuidado, Gil. Por favor.-Y dicho eso, terminó con la llamada.
Regresé a mi habitación y le di un vistazo a la Cruz. No quería cargarla. Me daba una sensación de recelo. La abuela había ido a la estancia para tomar sus cosas. Esa mañana me había llamado "ninfómano". Lars era inteligente. Sabía que esa palabra era para mujeres, pero aún así la usaba conmigo. De repente todo me empezó a parecer lejano por alguna razón.
Todo se tornó como un sueño diurno y melancólico.
La vi de nuevo pero esta vez la tomé por la cadena. Y no estuve seguro si había cometido un error al colgarmela al cuello. Como lo había pensado, sentí una descarga, algo que recorría todo mi cuerpo siendo el pecho el epicentro. Me mareé. Tuve que apoyarme en la mesita de noche antes de sentarme en la cama, porque lo que me había colgado en el cuello parecía hacerme daño.
De repente, sentí muchas cosas a la vez. Me sentía eufórico, como si toda la energía que ese pedazo de bisutería emanaba me hiciera sentir ilimitado. La sensación de la ansiedad se hizo presente junto con la de una incertidumbre que me dejaba con la emoción de que había una incógnita.
Parecia como si la misma Cruz tuviese vida propia.
Quise quitármela pero algo dentro de mi, decía que no era buena idea. La guardé debajo de mi ropa y tomé mi billetera por si acaso, luego, me puse mi saco y salí de mi habitación.
-¿Estás lista?- Pregunté ignorando la formalidad. A la abuela no le gustaba que le hablasen de usted.-Porque yo si.
-Ya sabes que yo siempre estoy lista, muchacho.
La tomé del brazo como solía ser la costumbre y caminamos hacia la salida, pero antes de abrirle la puerta, sentí calor. Mucho calor. Como cuando se enciende la llama de la estufa y se pasa la mano por encima. Era un calor palpable que quemaba.
-¿No tienes calor? –Le pregunté a la abuela antes de tocar la manija de la puerta. Ella negó.-Porque yo si.
Abrí la puerta y mi abuela pasó por el umbral, la cerré y cuando solté la manija, me quedé asombrado. Estaba al rojo vivo y si mi imaginación no me engañaba, estaba hirviendo. Pero no sentía el cambio de la temperatura. No dije nada y me limité a seguir caminando, como si no hubiera pasado nada, pero ahí estaba, y empecé a dudar de mi cordura.
-Quizá fue el tocino. Se supone que no debes comerlo en la mañana, Gilbert.-Me dije a mi mismo ignorando las extrañas cosas que comenzaban a pasar a mi alrededor.
-o-
Llegamos a las oficinas de la SS en Prusia. Había brazos rojos por doquier. Los soldados, con su uniforme color café oliva y su esvástica en el costado intimidaban de cierta manera. No podría acostumbrarme a ese estilo de vida extraño en el que si querías sobrevivir, tenías que ser una máquina andante.
La abuela caminó hasta llegar con los guardias, a quiénes les preguntó sobre la administración. Cuando les dijo la dirección, yo solo asentí y caminé detrás de ella, y ella no me soltaba el brazo. Como si ella se aferrara a mi. Como si algo le diera miedo.
Llegamos a la oficina de administración. Había una mujer de unos treinta años con una máquina de escribir. Tenia el cabello rubio recogido en un moño sin dejar un solo pelo salir, y unos anteojos con el armazón negro. Sus ojos eran color verde pasto, -Nunca había visto unos ojos tan bonitos como esos- y su tez era blanca como la mía. Una mujer guapísima a la que después, invitaría a salir.
Su uniforme constaba de una camiseta color vino y una falda negra. Sus piernas estaban muy bien torneadas. Pero me desilusioné cuando vi el anillo plateado en su dedo anular. Una de dos, casada o comprometida. Pero a como se sentaba y actuaba, quizá ya se había casado.
-Buenos días. Este es el Edificio Administrativo de la Shutzstaffel ¿En qué puedo ayudarles?- Su voz era músical.
-Adelante.-La abuela murmuró y me dio un leve empujón para acercarme al escritorio.
-Bueno, señorita…-Tratando de averiguar al menos uno de sus nombres.
-Heimilch.-La mujer tecléo unas cosas y me volvió a mirar. Me sonrió.
-Señorita Heimilch, hay veces que uno va por la calle casualmente y de repente, cuando cree que el día será de lo mejor, comienzan a pasarle cosas no precisamente, buenas. –Yo empecé a sonreir también. Como si se tratara de un chiste.- Ya sabe, hay veces que uno se tropieza y se levanta y encuentra experiencia, cosas así. La mala y la buena suerte son tropiezos, señorita Heimilch.
Ni siquiera creía en la suerte. Pero me vi en la necesidad de inventarme algo, no iba a decirle que tuve una noche de sudor y locura con una mujer que muy apenas conocía. La sonrisa de Heimilch se ensanchó, falsa. Como si riera por algo tan ridículo, para después llamar a los guardias a correr a un ojirojizo porque interrumpió su tiempo en contarle una rídicula hazaña.
-Pero existen veces en uno de esos tropiezos, uno como persona se encuentra con esto.-Alcé la Cruz.
La sonrisa se le borró. Murmuró algo y se puso el teléfono en el oido. A como yo veía el teléfono parecía nuevo.
-Hay un muchacho que tiene una de las Cruces, Señor Hess. Dice que la encontró. - ¿Hess? ¿Rudolf Hess? Mierda, estoy perdido; la mujer asentía y sacó un bolígrafo y un cuaderno.- Si, no se preocupe, enseguida lo envío hacia allá.
Colgó y arrancó una hoja del cuaderno. Se puso de pie y se acercó a mi.
-Al fondo hay una puerta con una Rosa de los Vientos, entre ahí. El secretario Hess le está esperando. Y si yo fuera usted, iba de inmediato.-Le señaló el papel.- Entregue esto.
El papel tenía escrito un nombre que no me molesté en ver, pero claramente no era el nombre de la mujer que tenía enfrente. Cuando escruté en sus ojos, pude ver que no era precisamente cansancio o prisa lo que tenía en ellos.
Era algo parecido al pánico.
Mi abuela se quedó afuera mientras yo caminaba por el enorme recinto color gris con la bandera de la esvástica colgada cada dos metros. Había muchas puertas y en algunas podía escuchar los golpes de las máquinas de escribir. Unas puertas estaban abiertas y otras cerradas. Había soldados en todas partes. Más que oficinas parecía un cuartel. O al menos así me lo imaginaba.
Llegué a la puerta. Era enorme, inmensa. Parecía estar hecha de caoba y tenía decoraciones en todas partes. Había una placa encima, pero por mi vista, no alcancé a verla. En medio, estaba la Rosa de los Vientos con un circulo donde se encontraba la entrada de una llave. Me guardé la Cruz en la ropa y antes de que llamara a la puerta, esta ya se había abierto.
Dudé por un momento, pero Heimilch me había dicho que me apresurara. De repente todo comenzó a parecer una historia de Allan Poe. En el que todo está bien y de repente salen los asesinos o en el que uno se vuelve loco.
El lugar en el que acababa de entrar era igual de inmenso que la puerta. Parecía una biblioteca, pero lo extraño es que no tenía libros. Los únicos libros que había estaban en un estante casi pegados a las enormes ventanas al fondo.
No había muchos muebles. Solo unos divanes color café oscuro y una mesita con un florero que tenía flores que desconocia. En los costados, había dos banderas nazi. Rojas, igual que la sangre derramada en los últimos años. Y en el centro, pegado a las ventanas, un escritorio con una placa y el grabado de "Stell. Rudolf Hess".
El secretario general Hess estaba sentado en una silla más parecida a un sofá. Tenía el cabello castaño casi negro. Sus ojos inspiraban cierta intimidación. Sus cejas, igual de negras, eran grandes y si fuersen un poco más grandes, se unirían. Vestía, al contrario de los soldados, un uniforme negro. La esvástica del fondo rojo estaba en su brazo. Eso parecía la cereza que culmina un helado.
-Siéntate.-Su voz, a pesar de que era grave e impotente, tenía un deje de confianza. Y de repente, empecé a sentir frío.- Bueno. Dígame su nombre, muchacho.
-Bielschmidt. Gilbert Bielschmidt, Capitán.- Respondí despues de un momento. Después de un silencio incómodo. Entrelazé mis dedos. Sentí más frío.
-Bielschmidt. Me gusta su apellido, muchacho.-Imitó mi gesto con las manos.-La señorita Heimilch, me ha pasado el mensaje. Dice que…que tienes una de las Cruces.
-¿Una de las Cruces?- Murmuré en mis adentros. El frío era cada vez mayor. Carraspée.-Quiero decir, si, tengo una Cruz. Me la he encontrado en-
-Sr. Bielschmidt, -Me cortó, ignorando mi comentario. Comenzó a golpear el escritorio con cada uno de sus dedos.-¿No tiene la sensación de que hace frío?
Por un momento, pude ver que elegía sus palabras lentamente. Saboreaba cada una como cuando un niño saborea un caramelo, antes de sacarselo. Tenía la sensación, la singular sensación de que me leía la mente. Me miré las manos de reojo y vi que había un pequeño rastro azul. Luego lo miré a él.
-Un poco. Pero, aquí es normal, ¿No?- Traté actuar normal, pero la situación era de lo más anómala.
-No.-Dejó de golpear.- Dígame, ¿Le ha pasado algo extraño o fuera de lo común desde que la encontró?
No contesté, sólo sonreí. No sabía que contestar. Estaba enfrente de Rudolf Hess, la mano negra de Hitler. Pero a pesar de eso, se veía diferente. Tenía algo que los demás soldados, no tenían. Había algo raro y bueno en sus ojos.
No podía titubear, no podía hacer nada más. Y el frío aumentaba. La mano casi la tenía azul, algo muy inexplicable estaba pasando, y Hess estaba dándose cuenta de eso.
-Ya veo. –Se puso de pie y sonrió por primera vez. Me sentí mejor al ver su sonrisa.- Prostituta, ¿Eh? Parece que alguien quiso divertirse un rato. Bien,no tengo idea de dónde conisguió ella esta Cruz, pero usted tiene varias teorías, Sr. Bielschmidt.
-Pero, ¿Qué…-Quise preguntar, pero me interrumpió.
-Esa Cruz, es algo muy importante, muchacho. Y veo, que ella ya se acostumbró a usted. Eso explica la manija hirviendo y el frío que está dejando en la silla.
Miré de reojo. Se había formado una pequeña capa de hielo, finísima, pero era hielo de todas formas.
-Escuche, señor Hess, no sé que está pasando. Y no sé como sabe eso de la manija, pero –Alcé el dedo, al ver que quería hablar, dejando la mano en la silla. No quería que viera mi mano azulada.- no, no me conteste, señor, el punto es que algo raro ocurre con esta Cruz.
-Escuche, como se lo he dicho, ella ya se acostumbró a usted. Y por eso no le queda más remedio que alistarse en la-
-No. Todo menos eso.- Lo corté pero no me importaba si era el Secretario, el Cápitan, Teniente o si fuera el mismisimo Führer. Me quité la Cruz y las manos volvieron a su tono normal. La fina capa de hielo desapareció.- Tome. Perdón por interrumpirlo, señor Hess. La Cruz es de uno de sus soldados. Regrésela, por favor.
-El sueldo está bien. Ludwig y tú podrían vivir bien de él.
-No gracias. Nací en la guerra y no quiero morir en ella, señor. Así que con su permiso, que tenga un buen día. Y perdone por las faltas de cortesía, pero tengo una emergencia.- Me olvidé del hecho de que Hess conociera a mi hermano, y me puse de pie, dispuesto a irme.
-En todo caso, Sr. Bielschmidt.- Se le borró la sonrisa.- La Cruz estará aquí esperándolo.
Me giré, tenía que irme. Ya no soportaba estar ahí. Algo me estaba apresando. El hombre sabía demasiado, y algo sin explicación estaba ocurriendo. El calor había vuelto a mi de repente, pero también un escalofrío de que algo estaba mal. Muy mal.
-Una cosa más, Sr. Bielschmidt.- Hess se sentó de nuevo en su silla sofá.- No se está volviendo loco, y no se preocupe. No lo espiamos. Pero su mente es fácil de leer. Hasta luego.
Caminé, salí y me quedé pegado a la puerta. Estaba transpirando, ese hombre me daba mala espina, y no entendí sus últimas palabras. ¿Cómo sabía de la prostituta? ¿Y cómo sabía el nombre de mi hermano? Había algo ahí muy extraño, y yo iba a ir al fondo de todo esto.
Después de que me calmara.
Berlín, Alemania. Noviembre de 1938.
Ludwig y yo habíamos decidido salir un poco después de varios meses, a despejarnos un rato la mente. Aunque Berlín no era un buen lugar después de todo, el asunto de la Cruz me había traido como un loco en el verano, no obstante, logré olvidarlo un poco. Y por eso, Ludwig me ofreció ir a Alemania con él. Además, iba a anunciar su compromiso con Felicia.
Había llevado sólo una pequeña maleta, nos quedaríamos en la semana. Ya era invierno y el invierno en Alemania era duro, y más con la guerra que estaba apunto de estallar. La nieve estaba por todas partes, cubriendo las calles como si fuera un manto gigante. Me gustaba mucho. Me recordaba a la infancia junto a mis padres. Pero, ya casi no los extrañaba, muy apenas recordaba sus
En la estación en la que nos habíamos detenido había mucha gente, pero eso era lo que me esperaba de una ciudad como Berlín. Esperaríamos a la abuela afuera para después ir a su casa que estaba ahí en la ciudad. Me gustaba mucho ir a su casa. Solíamos hacerlo cuando salíamos de vacaciones del colegio. Y luego fue cuando crecimos y regresamos a Prusia.
Felicia también nos esperaria, sólo que ella lo haría en la estación. Me imaginé claramente que la encontraríamos fácilmente. Después de todo, ella siempre vestía de color. Y no sería difícil buscar un punto colorido en ese mar de cafés y olivas.
-¿La has visto?- Preguntó mi hermano de repente. A veces me preguntaba que tenía Felicia que lo cambiaba de pies a cabeza.
-No. No la he visto.-Miré de reojo a Ludwig.- Tranquilo, en un momento la encontraremos.
No había terminado de decirlo cuando alguien se lanzó a los brazos de mi hermano menor. Él le devolvió el abrazo y no pude evitar sentir algo dentro de mi al ver como se abrazaban. Me gustaba que Ludwig fuera feliz con alguien.
-¡Te he extrañado mucho, Lud!- Felicia seguía sin soltarlo del cuello, aunque eso implicara que se apoyara en sus puntas.
-Yo también, Feli. Yo también.- Se separaron y mi hermano le depositó un beso en la frente.
La vi. Había pasado un año de que yo no la veía y parecía haber cambiado mucho. Su cabello castaño rojizo que si antes había sido corto, ahora era largo y se lo había sujetado en una coleta alta. Y ahí donde terminaba su flequillo estaba su rulo. Le daba un toque cómico. Quizá era uno de esos cabellos que no salen bien, o ella se lo hacía. Nunca le pregunté.
Llevaba puesto un vestido color azúl con lunares en la falda y unos zapatos de suelo, a pesar de que ella siempre llevaba tacones. Además de un abrigo negro que le llegaba arriba del vestido. No, no había asistido con algo colorido. Pero ese vestido azúl si resaltaba un poco. También tenía una bufanda guinda que contrastaba con su cabello. Era muy bonita. Y me alegré de que ella fuera la indicada para mi hermano.
Él y ella se complementaban mucho.
-¡Gilbert!- Felicia se giró hacía mi y me pasó un brazo por el cuello también. -¡Tiempo sin verte!
-Lo sé. –Correspondí al abrazo y me separé de ella.- Te queda el cabello largo, Feli.
-Gracias.- Sonrió como siempre.-¿Y ya te conseguiste una novia o algo por el estilo? Te vas a quedar viejo, hombre.
-Esos estilos no son para mi. No aún.- Sus ojos me decían que no me creía. Solté un bufido.- Es sólo que no, no ha llegado alguien que cambie mi perspectiva.
-Ya veo.- Felicia le cogió el brazo a mi hermano. –Escucha, te lo robaré un momento. Irémos a ver ciertas cosas para la fiesta de compromiso y luego te alcanzamos a casa de la señora Lars.
Asentí mientras tomaba la maleta de Ludwig, era igual que la mía, así que no hice mucho esfuerzo. De repente Felicia y él desaparecieron entre la multitud y yo me le quedé viendo al gentío. Antes de que pudiera avanzar, un joven me golpeó con el codo en mi costilla.
-¡Oye!- Grité, pero el se giró.
-Lo lamento, chico. Hay demasiada gente.- Tenía los ojos verdes pero no lo vi bien porque se giró de nuevo. –Vamos, Liz, hay que irnos.
-¡Julchen, espera!- Una chica detrás de él gritó con un acento húngaro. Me le quedé viendo y ella se giró a mi.- ¿Qué coño ves?
-Nada.- Respondí un poco pasmado por el tono.
-Más te vale.- Luego vio a donde se fue el joven.-¡Julchen!
El comportamiento de la chica me dejó un poco anonadado. Parecía ser más pequeña que mi hermano. Ignoré el accidente y caminé hacia la salida, donde el reflejo de la luz del sol- que salía pocas veces de la nubes que estaban en el cielo.- me pegó en la cara. Seguí caminando cuando enfrente de la estación vi a mi abuela del otro lado de la calle. Había un chico dando periódicos. Anunciaba algo relacionado con el asesinato del Secretario Ernst Vom Rath, en París. No le hice mucho caso porque un grito me hizo ver hacia donde estaba mi abuela.
-¡Gilbo!
-¡Hola!- Siempre me alegraba ver a esa mujer. Le di un abrazo mientras dejaba las maletas en el suelo lleno de nieve.
-Tienes que contarme unas cosas, muchacho.
La sonrisa se me borró y supe a qué se refería.
-o-
Ya era de tarde y mi abuela y yo habíamos visto mucho movimiento del ejército. Quizá sólo practicaban o algo por el estilo. Le había contado todo de cuando fui a visitar al Capitán Hess porque ese día no quería hablar de nada. Y no le dije nada. Siempre que quería que le dijera, yo le sacaba otra conversación. Pero al final obtuvo lo que quería.
Al principio pensé que me creía loco. En efecto, comencé a ver las posibilidades de entrar a un psiquiátrico. Pero la abuela cambió su gesto y supe que me había creido. No dijo nada. Nunca había escuchado hablar de algo así. Pero me había quedado mucho tiempo hablando de eso cuando nos dimos cuenta de que, pues, ya era de tarde.
Nos estabamos quedando muy aburridos cuando mi abuela sugirió salir a comprar algo para Felicia y Ludwig. La fiesta sería mañana y la abuela pensó en regalarles algo, antes de que regresaran. Si, había mucho soldado afuera. No le presté mucha atención. Fuimos a una pequeña tienda de regalos. Yo no sabía que comprar. Ludwig era muy extraño con sus gustos. Pensé en regalarle un reloj como el del pollito, pero no. Algo que fuera para él y para Felicia.
-¿Es todo, señora?
Vi a mi abuela ir con el hombre que estaba en el aparador. Tenía un aspecto muy singular, y todo. Muy sonriente. Pero todo cambió cuando vi su brazo.
Nunca fui racista y nunca tuve nada en contra de los judíos. En efecto, no se me hacía correcto terminar con una persona solamente por sus costumbres, o religiones. Carecía de un argumento válido. Pero cuando vi la Estrella de David en su brazo todo empezó a moverse más lento de lo normal.
Un disparo se escuchó en la tienda y el grito de mi abuela junto con otros me hizo soltar la vasija de vidrio que tenía en las manos. Escuché el golpe del vidrio quebrarse.
Una bala había perforado el cráneo del hombre del aparador. Miré hacia la entrada y la tienda comenzaba a ser invadida por soldados. Luego vi afuera y vi que era de noche. Tomé a mi abuela por el brazo y la agaché. Todas las personas estaban llenas de pánico y corrian a todas partes. Era igual que un filme de terror. Nunca sabes cuando empieza la matanza.
-¿Qué está ocurriendo? –Le pregunté mientras los soldados iban a por la gente. Se oian disparos en todas partes.
-Ha de ser por lo que pasó con Von Rath. Fue un judío el que lo mató. –Se quitó su pequeño sombrero.-Hitler cree que matando judíos se compensa. Hay que salir de aquí.
Nos pusimos de pie y vi que la entrada estaba llena de soldados. Mi abuela y yo no éramos judíos, pero, los nazis no aceptaban explicaciones. La metí en un estante triangular y le puse unas cajas para que no se viera. Otros estantes comenzaban a caerse por el pánico de la gente. Se oían vidrios quebrarse y gritos ahogados. Incluso escuché a un bebé, pero no quise imaginar cuando dejé de escuchar su llanto.
No sabía a donde correr y me metí en el aparador, empecé a escuchar gritos afuera del pequeño edificio. No habían ido para matar a unos judíos en una tienda. Habían ido a exterminarlos. Era una purga y nadie iba a salir vivo. Había una caja de carga y me metí en ella. Tenía paja artificial y me tapé con ella. Comencé a temer por mi abuela. No sabía nada. Seguí escuchando los gritos y los disparos. Unos golpes y unos quejidos me dieron a entender que estaban golpeando a las personas.
-¡¿Es que el mundo se ha vuelto loco, joder?!- Escuché que alguien decía afuera, pero era callado con un disparo.
No. El mundo ya estaba loco, sólo que apenas se estaban dando cuenta de eso.
Entre todo ese pánico, y la sangre y las personas, de repente sólo escuché silencio. No quise salir hasta asegurarme de que no había nadie. Si el tiempo no me fallaba, había pasado si acaso una o dos horas metido ahí. Había una abertura en la caja y me di cuenta de que las luces estaban apagadas. Abrí la caja y vi el escenario. La paja se me caía del pelo.
Había vidrios rotos por todas partes. Polvo y balas. Ya no había cuerpos, parecía que los nazis se habían encargado de sacarlos. Sólo había sangre y uno que otro diente de las refriegas. Los estantes caídos con vasijas rotas y otras cosas. Luego vi el estante de la abuela. No la quise llamar, de hecho, ni siquiera me había puesto de pie, quizá había alguien ahí. Caminé pero no vi el estante bien, solo movi la caja y vi oscuridad. No se veía nada.
-¿Abuela?- Caminé lentamente, y no obtuve ninguna respuesta. -¿Abuela Lars?
Sentí un brazo en la pierna y vi la cara de mi abuela llena de polvo con los ojos entreabiertos.
-¡Abuela! –La abracé y la acerqué a mi mientras me sentaba de piernas cruzadas.- ¡Me diste un susto de muerte, pensé que-
No terminé porque lo que vi no era nada bueno. Si, estaba su cuerpo. Entero. Pero ahí donde está su estómago tenía todo lleno de ese líquido rojo que se llamaba sangre. Comencé a temblar. No sabía que hacer. ¿Y si salía y los alemanes me confundían con un judío? No, no sabía que hacer. Tomé la cabeza de mi abuela y la puse en mi regazo. Comencé a llorar.
-Conseguiré ayuda, no pasa nada.- Le acaricié los cabellos grises.
-No, Gil- Gilbert, no.- Apenas había hablado cuando un torrente de sangre comenzó a brotarle por la boca.- Sal de aquí.
-¡No! –Me aferré a su cabeza mientras llenaba de lágrimas su frente.- No vas a morir, abuela. No. Quiero que te quedes aquí, conmigo y con Lud, por favor.
Tomaba su cabeza como si con ello me aferrase a su vida. Como si su vida residiera en su cabeza. La tomé por el estómago y vi como mi mano se llenaba de sangre. Alcé la blusa y vi que había dos hoyos de los cuales brotaba la sangre como si de un grifo de agua se tratara. Temblé más mientras sentía la sangre volverse charco en el suelo.
-¡Ayúdenme!- Comencé a gritar, no me importaba si me decían judío o no.- ¡Ayúdenme por favor!
Me estaba ahogando en mis propias lágrimas mientras mi abuela comenzaba a cerrar los ojos. Yo le daba pequeñas bofetadas para que siguiera despierta y no muriese aún, cuando escuché que alguien entró y vi el haz de una linterna. Las botas golpeaban el piso y aunque sentí miedo no solté a mi abuela.
-¡Ayúdenme! ¡En el estante!
Alguien movió la caja y vi que era uno de los soldados. Tenía el cabello rubio y los ojos azules. Se parecía mucho a Ludwig que incluso pensé en llamarlo por su nombre. Pero luego me vio y pensé que iba a matarme cuando puso su mano en la pistola.
-¡No! No soy judío. Por favor, mi abuela.- La señalé.- Tiene disparos en el estómago. Ayúdame, por favor.
El hombre gritó unas cosas después de verme con recelo y unos soldados llegaron con una camilla en la que llevaron a mi abuela. Los seguí hasta salir, ignorando el pánico y las personas que corrían por las calles. Cuando vi la herida en la luz, me arrepentí de hacerlo. El estómago de mi abuela parecía haberse convertido en dos cráteres. Tenía miedo y por más pesimista que sonara, sabía que de ahí no iba a salir viva.
-¿Qué hacías ahí, muchacho? El soldado me ha dicho que no eres judío. - Un hombre de edad avanzada se acercó a mi, mientras otro me había ofrecido agua. No quería contestar.- Ya veo. Tu abuela está muy mal. La llevaremos al hospital, pero necesito que me digas tu nombre.
-Bielschmidt. Gilbert Bielschmidt. –Le di un trago a la botella.- No. No la lleven al hospital. Si va a salir de ahí, no lo hará caminando. Quiero el cuerpo de Lars. Ya.
-Es que ella está muy mal, la estamos estabiliza…- Se interrumpió al ver como lo estaba viendo. Se sacó un boligrafo del costado y me tomó de la mano mientras escribia algo. –Ahí. Que tengas suerte.
-La suerte no existe.-Contesté.- Si existiera, mi abuela no estaría en donde está ahora.
Y sin más que decirle caminé hacia donde me habia dicho.
Las personas corrían, los disparos se intensificaban. Y el ruido de una noche de cristales rotos se hacía presente.
Danzig, Prusia Occidental. 1939.
Por algunas razones fuera de lo que yo conocía, el secretario Hess ordenó que yo me quedara en Danzig en la vigilancia del cuartel. Mi hermano se había ido a atacar en Polonia. La última vez que lo había visto fue en ese día en el que inaguraron los Campos. En aquel bar. La Segunda Guerra había empezado ya. No era mucho lo que yo hacía en el cuartel. Había veces en las que me ponía a jugar un rato con la Cruz. No salía mucho y recordaba a mi abuela. Su muerte en aquel ataque me afectó demasiado.
Dejé de ser el mismo.
Los soldados hacían lo que quisieran. Eso era abuso de poder. Si querían violar a una chica, lo hacían. Si querían golpear a alguien lo hacía. No es que todos fuesen así, pero al menos así era la mayoría. Era tétrico. Era algo que estaba escrito en los libros y que de repente salía a cobrar vida en la Alemania Nazi.
Yo, ya no tuve sexo ocasional. Y puedo decir que me volví frío como Ludwig. Si acaso mis ojos tenían una pizca de brillo, ahora eso ya no existía. La guerra cambia a las personas. A unas, solamente les deja una pequeña marca que se borra con el tiempo, pero yo sabía que eso no se iba a borrar tan fácilmente. No era lo mismo cargar con una Cruz. Claro que eso nadie lo sabía.
Estaba levitando un lápiz para clavarlo en la pared como si fuera un dardo, cuando comencé a escuchar que alguien gritaba afuera. Era la voz de una chica. Supuse que quizá era una de las secretarias armando algo, pero el acento me decía otra cosa. Abri la puerta sólo para escuchar.
-¡Quiero que me digan qué pasó con mi hermano!- Una joven gritaba desde una de las oficinas. Parecía que los oficiales le decían algo, pero ella se negaba. –No me interesa, ¡¿Dónde coños está mi hermano?! ¡¿Qué mierda le hicieron?!
Salí y cerré la puerta. Algo raro pasaba ahí. Caminé rápidamente para ver qué ocurría. Quizá sólo era una discusión entre ella y uno de los oficiales sin una explicación que dar.
-A ver, ¡No quiero nada! –Sus gritos se oían cada vez más intensos.-¡¿Qué le hicieron a mi hermano?!
-Eso no es de su incumbencia, señorita. Además, usted no tiene derechos.- Me detuve antes de entrar. Su voz tenía un deje de burla.- Es judía después de todo.
-Sigo siendo una persona, con una mierda. Así que en este momento, tarado de primera, me dice qué ocurrió con mi herma-
La chica no terminó de hablar porque fue silenciada por una bofetada. El hombre tenía la mano alzada de nuevo. Entré al pequeño cuarto que servía como oficina. Una silla estaba tirada en el suelo y otra estaba movida. El soldado que estaba ahí regresó su mano con una mirada de terror, y me recibió con el saludo tradicional, cuando vi a la chica tirada en el suelo. No le vi la cara porque una cortina de cabellos castaños le tapaba y su mano que se bajaba el dolor de la bofetada.
-¿Me podría dejar a solas con la señorita, oficial?- Caminé hasta el centro, mientras ellos miraban enfrente.
-¡Si, Capitán!- Se giró sobre sus talones y salió de la oficina. Cerré la puerta y corrí hacia ella. -¿Está bi-
No terminé de decir palabra porque un puñetazo en el rostro me calló. La chica se puso de pie mientras me veía con rencor. Como si yo fuese el culpable de- ¡Por Fritz! Si la primera vez que había ido a las oficinas había visto unos ojos verdes bonitos, esos eran dos esmeraldas preciosas. No se veía mayor de veinte años, pero era una mujer muy hermosa. Nunca había visto a alguien así.
¿Acaso se sentía así sentir esa atracción a alguien? Nunca había sentido eso. Quizá solo sería otra de las chicas que terminaban en la cama conmigo, pero de todos modos, yo ya no estaba para sexo ocasional. No. No era eso. A ella no la podía ver con ese morbo, ella tenía algo que las demás no. Era diferente. Era hermosa.
Su cabello castaño largo le llegaba a la cintura y golpeaba su espalda como si de caricias se trataran. Su figura esbelta, y sus brazos fuertes eran solo dos cosas que culminaban con su apariencia. Pero de todo eso, sabía que la había visto en alguna parte.
-¡Ven conmigo, hermano!- La muchacha regresó en los recuerdos del hombre húngaro. No dije nada, el golpe del pasado y del hombre que asesiné me hirió más que el golpe que la joven me había atestado.
-¡No me ponga la mano encima! –Se puso enfrente de mi con las manos en la cintura. Tenía puesto un vestido color verde oscuro que la hacía ver aún más hermosa. Encima tenía puesto un abrigo color crema y ella vestía una bufanda color salmón.
-No…no se preocupe.- Hice una mueca mientras me seguía estabilizando con la Cruz.- No quiero hacerle daño. Sólo quiero saber qué quiere. Sus gritos se escuchaban hasta mi oficina. ¿Por qué no se sienta? Así, podemos hablar con más calma, ¿No cree?
Lo dije con un tono que la dejó pasmada. Se sentó en una de las sillas y yo hice lo mismo, sólo que me senté enfrente y la seguí escrutando.
-Primero, ¿Cuál es su nombre, señorita?
-Hedérvary. Elizaveta Hedérvary.- Que bonito nombre, pensé. Movía la rodilla como si estuviera nerviosa.
-¡Húngara! –Sonreí para mis adentros. –Mi nombre es Gilbert Bielschmidt para servirle. Bien, señorita Hedérvary, ¿En qué puedo ayudarle?
-Quiero saber qué pasó con mi hermano. Julchen Hedérvary. Se lo llevaron pero ya no supe qué pasó con él.-Dijo un poco más calmada.- Ya pasó casi un año de eso. Quiero saber que le pasó.
-Señorita, ¿Usted es judía?- Le dije después de un silencio largo.
Asintió con la cabeza.
-Verá que usted no puede estar aquí.- Miré afuera de la pequeña ventana que estaba ahí y decidí darle una explicación.- Pero le diré qué pasó con su hermano, o al menos dónde está.
"Pues, verá señorita. Estoy atado a una Cruz y ahora sirvo en el ejército, tuve que matar a su hermano porque fue un sujeto de prueba en los experimientos del Führer. Ya sabe, necesidad." No podía decirle eso, así que me inventé algo.
-No, no me gusta ser portador de malas noticias, señorita Hedérvary, pero su hermano Julchen murió hace menos de un año. Lo recuerdo muy bien. –Eso más lo dije para mi mismo. Ella no me escuchó.
No dijo nada. Pero empecé a sentir el dolor de ella en mi.
Vi como las lágrimas no se habían molestado en quedarse dentro de la joven, que se quebraba enfrente de mi. Quería decirle algo, consolarla. Pero la ironía del dolor es que quien puede consolarte, es quien más lastimó.
-¿Lo mataron, cierto?- Sus ojos enrojecidos colisionaron con mis rubíes.- ¡¿Lo mataron?!
No dije nada. No quería hacerlo. Yo había sido el verdugo de su hermano. Pero sólo quería consolarla y decirle que no había sido la única que había salido perdiendo en esa guerra. Quería abrazarla. Y no soltarla. Llorar con ella, por Lars, por mis padres. Por toda esa infancia perdida. Por esa vida perdida. Quizá era una extraña, pero era lo que quería hacer.
Quizá sólo quería buscar a alguien que sintiese lo mismo que yo.
Terminé explicarle todo y logré calmarla. Salimos de la oficina. Firmó unos papeles y decidí acompañarla afuera. No quería que nadie se le acercara. Era judía –aunque por alguna razón no tenía la estrella en el brazo- y era un riesgo que ella estuviese ahí.
Ella seguía derramando lágrimas, pero no tenía la mueca de tristeza ni desesperación. Sólo veía el piso como punto fijo pero avanzaba como si supiese hacerlo. Varias veces la tomé para que no chocara contra uno de los pilares o contra una persona. Todos miraban eso como si se tratara de la peor injuria cometida por una persona. Lo entendía. ¿Qué hacía el Capitán que tenía la esvástica en el brazo con una judía?
Decidí acompañarla a su casa y se lo hice saber. No era correcto del todo, pero lo hice. No quería, que le pasara algo. De repente surgió ese instinto protector hacia ella. Y la Cruz lo sentía. Surgía una carga eléctrica, pero no dañina cuando me le acercaba.
Llegamos a su casa sin haber dicho palabara alguna. Era una casa pequeña y muy bonita. Pero el lugar, es decir, la calle, estaba llena de un sentimiento de soledad. Supuse que vivía sola pero eso cambió cuando escuché el grito de felicidad de un niño cuando se abrió la puerta.
-¡Liz!- El niño la abrazo y ella se agachó para devolverle el abrazo. Luego me miró a mi y regresó corriendo a su casa. Parecía que sus padres estaban ahí, porque el niño corrió gritando sus nombres.
-Es mi hermanito…se, se llama Tristan.-Caminó hacia donde empezaba su casa.- Gracias, Capitán.
-No me llame así.- La miré y la seguí.- Sólo llaméme Gilbert.
-Quiero preguntarle algo, Gilbert.- Puso su mano en el pomo de la puerta.-¿Por qué no me ha matado? Su jefe da orden de asesinar a los judíos.
No supe que contestar, pero ella esperaba una respuesta. Vi sus ojos que tenían ausencia de brillo, como si la pérdida de su hermano le afectara. Y entonces, me di cuenta de que la respuesta estaba ahí.
-Escuche, hace un año, perdí a mi abuela. Antes de enlistarme en el ejército.- Le quería tocar el hombro, pero no lo hice por temor a que me dijera algo.- Tiene muy bonitos ojos, señorita Hedérvary, pero no la he matado y no lo haré, porque cuando vi sus ojos, me vi a mi mismo cuando perdí a mi abuela.
Se sonrojó ante mi comentario pero parecía reflexionar sobre mi reciente confesión. La puerta se abrió y una mujer salió de la casita. Su mirada se inundó de terror al verme, cogió a Elizaveta del brazo.
-¿Qué hace este hombre aquí?- Me señalo.
-Mamá, me ha venido a acompañar. No tienes porque…
-¡Es un soldado! No, -Me miró de nuevo.Y Elizaveta se soltó de su agarre.- ¡Ha de ser teniente! ¡O quizá…
-Lamento interrumpirla, señora. Pero soy Capitán. –Me puse las manos detrás de la espalda.-He venido a acompañar a la señorita Hedérvary. No estaba segura en el cuartel. Ha sido un placer conocerla.- Luego me dirigí a Elizaveta, mientras saqué un bolígrafo y escribí algo en un papel suelto que llevaba en el uniforme.- También va para usted, señorita. Ha sido un placer, en serio. Nunca vi a alguien que fuera así al cuartel a pedir una explicación. Si necesita algo, puede ir aquí. Pero no vaya de nuevo al cuartel. Está en riesgo.
No dijo nada y miró el papel. Yo me giré y caminé hacia la calle. Luego escuché que habían cerrado la puerta. Seguí caminando.
-¡Capitán!- Escuché la voz de Elizaveta mezclada con el sonido de sus pasos.- ¡Quiero decir, Gilbert! Sé que no es correcto, pero quiero darle las gracias. No lo conozco, pero siento que puedo confiar en usted. Gracias, en serio.
-No tiene que agradecerme, señorita Hedérvary.
-Por favor, sólo llaméme Elizaveta.- Y me sonrió.
Y fue cuando me dije a mi mismo que tenía que seguir viendo esa sonrisa de dientes imperfectos que la hacían ver única.
Notas:
-Rudolf Hess fue el secretario general de Hitler en la Alemania Nazi. Fue un personaje muy importante, y en lo personal, un personaje que me gusta mucho. Se dice que Hess fue el lado amable de los nazis. Pero no todos los nazis eran malos después de todo.
-Si, Elizaveta ha aparecido. En efecto, me acabo de dar cuenta de que todos tienen un papel súper importante.
Hoy no dejé muchos capítulos, pero ya tenía este y dije "WHY THE FUCK NOT?" Así que espero que les haya gustado.
Cualquier sugerencia o comentario, dejen un review(:
Nos leemos.
