CAPITULO 6
No reaccionaba bien cuando me decían qué hacer. También era egoísta. Estas dos flechas apuntaban en la dirección de llamar a Peeta. Plantarme yo misma de frente y al centro en su vida era todo lo que podía hacer.
Pero no podía ignorar a los niños. Aquellos con los que pasaba los martes y jueves, el único descanso de mi vida superficial, la mirada que recibía de una sola, triste existencia de JSHA me iluminaba en pequeñas maneras. En aspectos importantes. La anciana tenía razón en una cosa. No había emociones unidas en este punto, no había razón por la que no pudiera simplemente alejarme del hombre. Irme y permitir que miles de niños tuvieran un poco de brillo en sus vidas este año. ¿Les quitaría eso solo por el despecho de Wiress Mellark?
Sí. Probablemente. Nunca pedí ser una santa. La manipulación nunca debe ganar. Además, qué perdería. Mi nuevo mantra era hacer lo que deseaba, no lo que la sociedad esperaba o quería. En ese sentido, estaba casi obligada a hacerle el proverbial dedo medio.
Serví una generosa cantidad de Kahlúa en mi café, me senté en mi sofá, y medité sobre mi decisión. Meditando sobre por qué Wiress estaba totalmente en contra de una posibilidad que ni siquiera se había convertido en una posibilidad todavía. ¿Era yo? ¿Algo de odio en una extraña que no conocía? ¿O era por cualquier mujer que pudiera interrumpir en el flujo de la vida de Peeta? ¿En cuántas cocinas se habría parado? ¿Cuántos cheques habría escrito? ¿A cuántas enemigas habría enfrentado?
Tres tazas de café más tarde, me dejé caer en el sofá, el cojín dejando marcado mi rostro con sus diseños caros, cuando sonó mi teléfono. Lo sacudí, moviendo mis manos y pies por un breve momento mientras encontraba mi camino para levantarme y recuperar mi orientación.
Me quedé allí por un breve momento, mis pies descalzos sobre el piso de bambú; parpadeé, y traté de encontrar la fuente de mi despertar.
El estridente sonido de mi tono me lo recordó, mis ojos legañosos encontraron el celular en el mostrador de la cocina, mis débiles piernas me acercaron.
Peeta se mostraba en la pantalla. Lo silencié, tropezando de nuevo al sofá, y me derrumbé boca abajo.
Piensa en los niños.
Mi segunda siesta terminó en algún momento después de la comida, el gruñido irritado de mi estómago perforando a través de cualquier sueño inducido por el alcohol. Atravesé la mitad de los escalones que me separaban de un sándwich de ensalada de pollo antes de acordarme de la llamada de Peeta, mis dedos con mayonesa fueron a mi teléfono y marcaron mi buzón de voz.
Un nuevo mensaje. Recibido a las 11:07 A.M.
—Katniss. Soy Peeta Mellark. Disfruté de anoche, lamento haberme ido sin decir adiós. Me gustaría invitarte a cenar esta noche para compensarlo. Avísame si estás libre.
Sin despedida. Solo finalizó la llamada; mi voz grabada me informó de mis opciones en lo que respectaba a su mensaje. Apreté el 4, guardar, poniéndole fin a la llamada, y arrojé el celular. Terminé de preparar mi sándwich, un ceño arrugando mis facciones.
Llamó dos veces más esa semana. Dejó dos mensajes de voz. La siguiente semana nada.
La siguiente nada.
La cuarta semana, envió un gran arreglo de orquídeas. La tarjeta simplemente decía: "Llámame".
En el día treinta y cuatro: Era la donación anual de BSX, cumpliendo nuestra petición, de ocho millones de dólares.
En el día treinta y cinco, lo llamé de regreso.
—Hola. —Silencio total en el fondo. Sin zumbido de maquinaria, sin la concurrida calle de San Francisco.
»Lo siento.
—Confía en mí, no te dejaré en la mitad de la noche otra vez. Aprendí la lección.
Me reí. Su tono irónico me hizo sonreír.
—No fue eso. En verdad. Solo tenía que ordenar algunas cosas antes de verte de nuevo.
Su siguiente frase fue un gruñido de palabras.
—¿Limpiando la banca?
Más como esperar un contrato.
—Algo así.
—Entonces… ¿tu banca está disponible? Me reí.
—Tan poco atractivo como suena, sí.
—Bien. Me gustaría invitarte a cenar esta noche. Sonreí.
—Recógeme a las siete.
Wiress debía tener una línea directa conectada al cerebro de este hombre. Llamó a las tres horas. Un número desconocido, le contesté mientras doblaba la ropa, hilos blancos descansando a través de mi sofá como banderas de rendición.
—No esperaba que fueras una mujer que renegara de un acuerdo. — Sin palabras corteses de saludo, sin introducción antes de sumergirse en la carne del asunto. Reconocí su voz al instante, mi sonrisa ampliándose ya que obtuve el valor de un mes de placer con el sonido de irritación en su voz.
—Todo vale en la guerra y el amor, Wiress. Tenemos un año antes de la próxima donación de BSX a JSHA. Eso debería darnos a ambas tiempo suficiente para ordenar este asunto.
—No espero que recuerde tu nombre en un año. Le chasqueé mi lengua.
—¿Te doy un consejo, Wiress? No me presiones. Solo causarás que lo persiga más.
—¿Un consejo, cariño? —Soltó la última palabra con veneno, dibujándola de manera que hizo que arqueara mis cejas en admiración—. Debes darte cuenta cuando alguien está tratando de hacerte un favor.
No tenía una respuesta ingeniosa para eso. Realmente no entendía lo suficiente como para responder. Tragué, doblando la parte superior del top blanco dos veces en mis manos y añadiéndolo a la pila.
—No te preocupes por Peeta. No lo lastimaré.
—Eso no es realmente lo que me preocupa. —Vaciló; podía escucharla tomando una respiración profunda antes de que volviera a hablar—: Llámame cuando lo sepas.
No hablé con ella de nuevo durante nueve meses. La llamé la noche que descubrí su secreto.
CAPITULO 7
Los hombres ricos eran una raza que conocía bien; un hombre rico me crio, mis impresiones de él robadas de sus breves momentos de notabilidad durante mis primeros dieciocho años. Había salido con versiones más jóvenes, aquellos que habían nacido en el mundo de fondos fiduciarios, legados de Harvard, y clubes de campo. Sus sentidos de lo correcto siendo apoyados solo por sus inmerecidos egos. Entonces, me gradué de la universidad y me mudé al mundo de los hombres, a las versiones más grandes que me recordaban mucho a mi padre, los hombres que tomaban en lugar de pedir, y que esperaban la sumisión de cualquier persona con pechos.
Los hombres ricos tenían sus beneficios: limusinas, casas de vacaciones, jets privados, y regalos exorbitantes. También tenían sus deficiencias: arrogancia, infidelidad, un horario imposible, y, muy a menudo, una opinión de las mujeres que dejaba mucho que desear. Pero oye —esa era la cosa rara que había tenido en común con la mayoría de mis citas, la falta de respeto mutuo. Y probablemente la razón por la que nunca había tenido una relación que haya dado frutos.
Peeta era completamente diferente a cualquier otro hombre rico que había conocido en mi vida. Escuchaba cuando yo hablaba. Me miraba a los ojos y no a mis pechos. Preguntaba mis opiniones, valoraba mi intelecto. Acercaba nuestra nueva relación de la manera prudente que un gato se acercaba a la comida, empujándola delicadamente antes de conseguir el equilibrio, sus pasos igual de nuevos y exploratorios como los míos. Bailábamos alrededor del otro, nuestros movimientos volviéndose más fuertes, pies firmes con cada día que pasaba. Juntos, creamos y exploramos nuestros roles; sexo la única área de nuestra vida en la que no era necesaria nuestra práctica.
El hombre… era un animal. Tomé un sorbo de mi café y me moví en mi asiento, el dolor de mi cuerpo recordándome lo de unas pocas noches atrás, su hábil manipulación de mi cuerpo me había llevado al cuarto, quinto… después sexto orgasmo. Me retorcí un poco, viendo a Peeta mientras entraba en el café, sus ojos encontrándose con los míos mientras caminaba, rozando un beso en mis labios.
—¿Estuviste esperando mucho tiempo?
—Cinco minutos. Toma. —Empujé su café—. Negro puro, tú hombre aburrido.
Se acomodó en el asiento, recogiéndolo con el ceño fruncido.
—Es varonil. Hace crecer pelo en mi pecho. Me reí en mi taza.
—No quiero pelo en tu pecho. Lo prefiero como está, perfectamente cuidado por tu equipo de estilistas.
Eso me valió una mueca real.
—No tengo estilistas. Son… —Mi hombre elocuente pareció estar de repente sin palabras. Me reí, empujando suavemente su muñeca hasta que el café estuvo fuera de su alcance, luego me incliné sobre la mesa y le robé otro beso. Agarró la parte posterior de mi cuello, tirando de mi boca más duro contra la suya, afirmando su masculinidad en un momento aproximado de pasión. Me alejé, sonrojándome mientras me sentaba, una mujer que pasaba me miró como si acabara de follar en el piso de la cafetería.
—Lamento lo de ayer. —La jovialidad había desaparecido de la voz de Peeta.
Me encogí de hombros.
—No fue gran cosa. Fui de compras. Hice algunas diligencias mientras estuve en el centro.
—He estado luchando con una fecha límite con el ajuste de este wireframe… a veces me meto en la zona de trabajo y pierdo la noción del tiempo.
—Está bien. Simplemente estaba preocupada. No estoy furiosa, odié molestar a Wiress al respecto. —Odiar molestar a Wiress era una manera suave de decirlo. Peeta5 y yo habíamos hecho planes para cenar a las 6 de la tarde en Alexander. Había esperado en nuestra mesa durante media hora antes de irme, mis llamadas a Peeta quedando sin respuesta. Había recibido un texto de Wiress, mis dedos finalmente moviéndose por la pantalla puramente por la preocupación en caso de que algo hubiera sucedido, en caso de que él hubiera desaparecido. Medio esperaba una respuesta sarcástica, algo que hiciera referencia a la forma poco importante que yo debía de ser para él. Pero había respondido con rapidez y profesionalidad.
Está aquí en la oficina. Probablemente trabajará hasta tarde. Sin duda perdió la noción del tiempo. Lo siento.
El hecho de que ella hubiera sido amable en su respuesta solo me irritó más, inclinando la balanza un poco a su favor, estableciendo la precedencia de un acto de amabilidad similar de mi parte. Rompí un trozo de mi muffin.
—Quiero compensártelo.
Lo observé mientras masticaba, los arándanos mezclándose con el azúcar y la harina para hacer una deliciosa combinación en mi boca.
—Adelante —murmuré.
—Hoy, saldré del trabajo. Seré todo tuyo. Tragué mi bocado.
—Pero estás en tu plazo. Has estado trabajando durante tres semanas para hacer…
—No me importa. —Se acercó a la mesa y agarró mi mano—. Tú eres más importante, y aparté un día lleno de servilismo para compensarte por lo de anoche.
Levanté una ceja.
—¿Un día completo? Eso es un compromiso fuerte, señor Mellark. Se encontró con mis ojos.
—Uno que estoy dispuesto a hacer. Me incliné, bajando la voz.
—¿Y qué es lo que planeas en este día lleno de servilismo? Tiró de mi mano hasta sus labios.
—Pensé que te gustaría empezar yendo a mi condominio. Tengo unas cuantas ideas de maneras para hacerlo, pero depende de ti.
—¿Maneras sexys? —susurré juguetonamente.
Se inclinó hacia delante, una mano suavemente tirando de la parte posterior de mi cuello hasta que su boca estaba en mi oído.
—Maneras que harán que tus piernas tiemblen alrededor de mi cuello. Maneras que me tendrán tan duro y listo que puede que no llegue a terminar todo el camino. Maneras que te tendrán gritando mi nombre y…
—Vamos. —Me levanté, las patas de mi silla chirriando mientras se deslizaban por el suelo.
Tirando de su mano, fui hacia la puerta.
CAPITULO 8
El condominio de Peeta era su guarida de sexo, el lugar donde las prostitutas de clase alta habían entretenido a mi hombre y satisfecho todos sus deseos carnales que había tenido en las últimas dos décadas. Sí, yo estaba ahora de pie en una sala donde otras mujeres habían gemido su nombre, atendido su pene. Me importaba poco. Debido a que el hombre de pie delante de mí, con sus ojos azules, su cuerpo tenso, sus dedos arrancando la ropa de mi cuerpo… podía ver en su alma. Él no tenía ojos para nadie más en el mundo. No estaba pensando, imaginando, deseando, nada menos de lo que yo tenía para ofrecer. Me levantó, acomodándome en la barra superior, sus manos deslizándose por los shorts en mis piernas, quitándome mis sandalias, acariciando mi piel mientras sus manos viajaban de regreso.
Se arrodilló en el suelo, miró mis ojos, y se empujó en el interior de mis rodillas, extendiendo mis piernas hasta que estuvieron abiertas, sus ojos cayeron, la nueva altura de él a un nivel perfecto.
—Peeta —gemí, exponiendo demasiado, la postura abierta hacía que el aire me golpeara lugares que normalmente estaban ocultos.
—Cállate, nena. —Deslizó sus manos hasta mis muslos, mis manos encontrando su camino hasta su cabello al mismo tiempo que su mano derecha me rozaba. Aspiré, abriendo mis piernas aún más, y gimió ligeramente cuando pasó un dedo sobre los labios de mi sexo, rozando los pliegues con un suave toque, jugando con la caricia, haciendo que mi cuerpo reaccionara, gritando por él de la única manera que sabía, mi humedad se reunió, mi aliento silbando mientras él empujaba un dedo parcialmente. Miró hacia arriba, su cabeza moviéndose debajo de mi mano, sus ojos bloqueándose en los míos, manteniendo el contacto visual mientras sacaba su dedo y probaba mis jugos, cerrando sus ojos brevemente.
—Dios, sabes tan dulce. Quiero enterrar mi cara en ti, Kat. — Restableció el contacto visual, su dedo regresó, tentándome, suaves trazos destrozándome mientras acariciaba cada parte de mí, la yema de sus dedos explorando, probando, dando vueltas y empujando. Arqueé mi espalda, mi boca abierta mientras lo miraba, incapaz de sacar mis ojos de la escena de su toque.
Jalé su cabeza cuando no pude soportarlo más, colocando su boca en mi sexo, mi cuerpo temblando cuando el toque caliente me envolvió, su lengua inmersa dentro de mí antes de cubrir mi clítoris y comenzar una succión húmeda de estimulación que me hizo jadear por aire, mis manos frenéticas en su cabeza, mis ojos capturando el tenue reflejo de nosotros en la ventana, la imagen mostraba una desesperada necesidad. Agarré el mostrador y empujé su cabeza, incapaz de… me resistí debajo de su boca.
—Peeta… Yo… —Entonces grité, incapaz de detenerme, mis caderas moviéndose a un ritmo frenético contra su boca, sus manos agarrando mis caderas, fijándome en mi sitio, sosteniéndome mientras me rompía en pedazos.
Relajó su boca mientras me venía, su lengua manteniendo el movimiento pero ablandándolo, mi orgasmo extendiéndose debajo de su lengua, mi respiración dura, y mis brazos cedieron. Colapsé en la barra, mis piernas quedaron laxas, sus manos finalmente dejando que mis piernas se cerraran. Abrí los ojos cuando me levantó.
Me llevó al dormitorio, mis miembros luchando por volver a despertar, me depósito suavemente en la cama, sus manos moviéndose por mis brazos y piernas en su lugar, dejando caer sus pantalones y revelando cuán listo estaba.
—Wow. —Mis brazos se movieron lo suficiente como para sostenerme, mis ojos dirigiéndose desde su excitación hasta sus ojos, capturando la media sonrisa que tiraba de la comisura de sus labios.
—Eres tan hermosa en este momento —dijo, abriendo un condón y deslizándolo sobre su eje, envainando su tentador pene. El nivel de su erección me hizo agua la boca. Incliné mis rodillas y abrí mis piernas, dándole la vista carnal que sabía que él quería. Una maldición baja salió de su boca mientras se ponía de rodillas en la cama, pasando sus manos a lo largo de mis piernas antes de prepararse para entrar—. Dime si te lastimo—murmuró. Moviéndose hacia adelante, su punta se empujó dentro, la circunferencia causó que un suspiro se deslizara de mis labios, mis ojos cayendo para beber la hermosa vista de los labios de mi vagina envueltos alrededor de su pene.
Era grueso. Duro. Preparado. Hermoso. Empujó un poco, luego salió, varios centímetros más quedaron, el condón humedeciéndose con mi excitación, el pelo ralo de mi vagina estaba mojado y enmarañado, enmarcando su pene mientras se tomaba su tiempo, dejando que me ajustara, el lento arrastrar de él tan… todo. Perdí cualquier pensamiento inteligente, rompiendo mi vista de nosotros y la levanté hacia él, sus ojos en
los míos, y la expresión de su rostro tan vulnerable, tan primitivo. Me miró como si yo fuera su mundo, como si nuestro noviazgo de un mes fuera mucho más, como si ya tuviera su corazón y él tuviera el mío. Adoró mi rostro con su mirada, y el único movimiento fue el ascenso y caída de su cara cuando se empujaba y entraba en mí. El momento en que se introdujo totalmente, cuando pasó de lo dulce y se volvió doloroso, fue el momento en que mi cuerpo se ajustó totalmente a su longitud y grosor, la necesidad tan grande como la satisfacción… Y lo vi. Lo dijimos con nuestros ojos, las palabras innecesarias, nuestro vínculo completándose mientras bajaba su boca a la mía y robaba un pedazo de mi alma.
Me estaba enamorando de él.
HOLA! COMO PODRAN HABER LEÍDO LES HE DEJADO TRES CAPITULO DE ESTA BELLA HISTORIA. ESPERO QUE LES GUSTE Y DEJEN SUS OPINIONES. BESOS. ¡ES UNA ADAPTACIÓN!
