Pequeño (498 palabras)


-Luces preocupado –comentó Kanon.

Poseidón bajó la espada y lo miró con exasperación.

Tenía semanas intentando enseñarle esgrima, pero Kanon se distraía con facilidad y terminaba desconcentrándolo a él.

¿Acaso esa era su estrategia de esgrima?

-En un combate real no vas a entablar conversación con tu enemigo –le advirtió, irritado.

-Te sorprendería lo mucho que se puede conversar durante un duelo a muerte.

-Deja de hacerte el chistoso, estoy tratando de lograr que aprendas algo.

-Acabas de sonar como mi muy querido y nunca bien ponderado Maestro.

-¿A él también lo fastidiabas tanto?

-Solía decir que yo era el autor de cada una de sus canas –la sonrisa de Kanon se hizo más maliciosa que de costumbre-. Si soy tan buen alumno tuyo como de él… ¿cuántas canas llevamos ya?

Poseidón no respondió, sino que atacó. Con eso pudo comprobar que el parloteo incesante sí era parte de una estrategia, porque Kanon hizo una finta correctamente por primera vez desde que iniciaran las clases (tal y como había tratado de enseñarle), y además le propinó una zancadilla que envió al dios al suelo (eso era algo que él no le había enseñado). Acto seguido, la espada de Poseidón fue lanzada lejos de una patada y Kanon le dio un par de golpecitos en el centro de la espalda.

-Touché, mi apreciado instructor.

-Eso fue trampa.

-En un combate real, no puedes esperar juego limpio de tu enemigo. ¿Por qué mejor no me dices qué es lo que te preocupa?

Poseidón se sentó en el suelo.

-Hades. Los Olímpicos decidieron ofrecerle la regencia a Hécate y ella aceptó. Parece ser que logró encontrar a Thanatos e Hipnos y los tres están cuidando de Hades lo mejor que pueden, pero… no hay progreso. Temo que mi hermano no saldrá de esta.

-Lo siento –Kanon apartó la mirada-. ¿Estás seguro de que no hay esperanza?

-Te perdono el uso de esa palabra porque eres humano –replicó Poseidón, sombrío-. Para los dioses solo existe el Destino Insondable, que rara vez se nos permite ver y del que no podemos escapar.

-…Bueno, en ese caso, conservaré con vida la inútil esperanza en nombre tuyo.

Luego de unos segundos de desconcierto, Poseidón sonrió.

-Eso es amable de tu parte. Pero no te servirá de mucho.

-Ahí en el suelo y tras haber perdido la espada tan fácilmente, no pareces una gran amenaza.

-Te olvidas de un pequeño detalle, mi apreciado tramposo.

-¿Ah, sí? ¿De qué?

Otra vez la sonrisa burlona. Poseidón sonrió más abiertamente y, veloz como un rayo, lanzó un golpe a los tobillos de Kanon, que se encontró tendido de espaldas y sin su espada antes de saber qué había pasado.

Entonces descubrió dónde había ido a dar su espada, la empuñaba el dios, que le dio tres golpecitos con la punta justo sobre el corazón.

-Es hybris asumir que tu enemigo está derrotado por el simple hecho de que haya caído. Y el orgullo precede a la caída, aprendiz.

-Uh.

Notas:

Una de las principales diferencias entre la religión griega y las religiones del Libro (cristianismo, judaísmo e islam) es la cuestión del destino. Para los griegos, el Destino era algo que estaba escrito y que ni siquiera los dioses podían cambiar. Sus dioses eran falibles, tenían defectos y podían equivocarse, además de que caían sobre ellos las consecuencias de sus actos e inclusive podían ser víctimas de algún del que fueran inocentes.

Por lo anterior, religiones que pregonaban la idea de que las almas podían salvarse o condenarse por sus propios actos o por la misericordia de un Dios todopoderoso y lleno de bondad, resultaban completamente escandalosas y blasfemas para los griegos (también para los romanos). Era algo totalmente inconcebible. Y cuando el Destino no se puede evitar, la esperanza solo sirve para crear sufrimiento (esa es la razón de que estuviera en la Caja de Pandora, junto con todos los demás males que cayeron sobre la humanidad). Para los griegos, la esperanza (y no la ira ni el miedo) era lo que llevaba al Lado Oscuro.

La otra gran diferencia es el concepto de hybris, el orgullo desmedido que atrae la venganza de los dioses. Para nosotros, el pecado es alejarse de Dios y hacer daño a otros (o a nosotros mismos) por alguna de siete razones principales (pereza, gula, envidia, ira, lujuria, vanidad, avaricia), pero para los griegos hybris era el pecado más grave de todos, y llevaba consigo su propio castigo, porque todo aquel que caía en hybris terminaba pagando su falta cuando Némesis (la justicia retributiva) actuaba para restablecer el equilibrio cósmico.