La alarma de las seis de la mañana irrumpió el único momento de descanso de Kyouya, quien tardó uno o dos minutos asimilar que otro día comenzaba. Se levantó con un brusco movimiento, sabiendo que, con lo que le costaba dejar su cama, perdería la fuerza de voluntad si dejaba pasar más tiempo, dejó corriendo el agua en la ducha mientras se desvestía y repetía mentalmente sus objetivos para ese día. Había dormido con suerte dos horas, pero sabía que no podía darse el lujo de descansar un rato más: si lo hacía, no tendría el suficiente tiempo para dedicarse a su aspecto físico, lo cual era importantísimo para alguien que pertenecía al Host Club, tampoco podía saltarse el desayuno pues no contaría con la energía necesaria para todo lo que debía rendir durante el día y, aún más importante, le daría una pésima impresión a su padre, con quien desayunaba todos los días puntualmente.
Al ocupar su lugar en la mesa, su padre y hermanos ya se encontraban sentados, el primero leyendo el periódico y sus sucesores discutiendo la caída en la bolsa de Nueva York.
-"Buenos días."- dijo Kyouya tras una leve reverencia y tomando asiento.
-"Buen día."- respondió su padre, el único en devolver el saludo.- "¿Cómo se han dado las cosas con la alumna nueva?"
Kyouya se detuvo en seco. Estaba acostumbrado a las preguntas directas de su padre, sin embargo, no sabía que él tuviera especial interés en la salvaje.
-"No hemos interactuado demasiado."- respondió acomodándose en el respaldo de la silla.- "No estamos en el mismo curso, sin embargo ha acudido al Host Club al menos dos veces."
-"¿Investigaste lo suficiente, Kyouya?"
Al oír esto, los hijos mayores cesaron su conversación y fijaron la vista en su hermano más pequeño. Estaban tan acostumbrados a competir, que su cerebro siempre captaba situaciones en que el otro estaba siendo menospreciado ante los ojos de su padre. Kyouya no permitió que se notara la más mínima duda en su voz cuando continuó.
-"Vivió trece años en África, específicamente en Sudáfrica. El área de negocios de su familia se centra en cadenas de hoteles a nivel internacional, por lo cual tienen una gran cantidad de terrenos propios a lo largo del mundo, demostrando una clara preferencia por el ambiente libre sudafricano. Valentín y Amanda asistieron a escuelas comunes junto con los nativos, sin embargo, el primero tomaba clases particulares en la mansión. Se mudaron a España, donde comenzaron a asistir a institutos privados de calidad. Los conocimos personalmente en Francia, durante una reunión de negocios. Sus padres fallecieron en un accidente y toda la administración pasó a manos de Valentín, quien ha demostrado ser un aliado eficiente que no toma riesgos cuando se trata de dinero. Amanda fue transferida hace un par de semanas a Ouran y vive con la hermana de su fallecido padre. Sus calificaciones son mediocres y no tiene acceso a los asuntos financieros de su familia, pues no es la heredera directa, por lo tanto no le he tomado demasiada importancia."
El padre de Kyouya dejó el periódico a un lado.
-"¿Recuerdas el caso de la mina de diamantes en Libia?"- preguntó mirando a su hijo a través de los cristales de sus gafas.
-"Creí que era un rumor."
-"Muchas veces los rumores tienen algo de cierto. Y como prueba, se le ha pedido cooperación a la policía privada de nuestra familia."
-"¿Con respecto a la investigación?"
-"Más bien…protección. Pero el asunto fue tratado directamente con el heredero, por lo que te agradecería que no hables demás frente a la hija menor, sin embargo, un poco de vigilancia extra no le haría mal a nadie."
-"Sí, padre."- respondió Kyouya ocultando su sorpresa. Asimilar aquella información sin haber descansado lo suficiente le había mareado un poco. Se dispuso a tomar su café de siempre, pero en lugar de su habitual líquido oscuro se encontraba un té con un ligero aroma a miel. Levantó la vista y se encontró con varios criados mirándolo de reojo. Se sintió avergonzado: había tosido toda la noche sin poder conciliar el sueño y, al parecer, los criados lo habían notado. Les sonrió disimuladamente para darles las gracias y bebió el té, que sorprendentemente le calmó el ardor de garganta.
Aquel día no había comenzado como cualquier otro. Todo ese asunto de los rumores le había recordado a aquel que lo catalogaba como un verdadero casanova, cosa que durante un tiempo fue completamente cierto. La presión sobre el tercer hijo de los Ootori era mucha y él había encontrado una manera de liberar el estrés. Se tomaba el tiempo necesario para investigar blancos fáciles y de un nivel social no demasiado alto, las seducía y las convencía de mantener la boca cerrada, cosa que no era complicada pues el daba un nombre falso y, al no ser mujeres que se manejen en el mundo de los ricos, eran incapaces de identificarlo como miembro de una poderosa familia. Pero algo falló; alguien habló y costó mucho mantener esos comentarios fuera del alcance de su padre. Kyouya decidió que lo más inteligente era mantener un bajo perfil y despedirse de sus encuentros pasionales por un buen tiempo y fue así como actualmente llevaba más de un año en completa abstinencia.
Todos estos pensamientos se vieron interrumpidos cuando se sintió arrastrado al piso y en un abrir y cerrar de ojos se encontraba sobre Amanda, en la exacta posición que solía utilizar para tomar el control total en un momento sexual. Su cuerpo le exigió placer de inmediato al volver a sentir el calor de otro cuerpo tan cerca pero su cerebro le recordó frente a quién se encontraba. La miró, ella parecía no reaccionar aún; sus ojos, abiertos de par en par, eran claros, su boca ligeramente abierta demostraba sorpresa, sus mejillas estaban ligeramente manchadas con pecas debido al fuerte sol que enfrentó por trece años, su cabello estaba perfectamente recogido en una larga trenza y su mano sujetaba con una fuerza impresionante la corbata de Kyouya.
Una vez de pie y cuando creía tener sus hormonas bajo control, su mirada se sintió atrapada por una pequeña parte de la ropa interior de Amanda, visible tras la caída. Le tomó unos segundos más ordenarle a su cuerpo que mantenga la disciplina, utilizando como argumento que la mujer frente a él era salvaje, poco elegante, mediocre, grosera, manipuladora-
La voz en su cabeza se detuvo para observar como Amanda caía una vez más al suelo luego de intentar levantarse. La manera en que sostenía su pie lastimado, se mordía los labios para evitar cualquier sonido de debilidad y se sonrojaba por la humillación representaba una escena maravillosa. Kyouya por primera vez se sentía poderoso frente a ella. Era como una pantera disfrutando la vista antes de devorar a una gacela herida. Esto le produjo un extraño placer: quizás humillar a alguien que parecía conocer su pasado oscuro sería su nuevo método para liberar estrés y, de paso, cumplía con la orden de su padre.
