Compresiones torácicas. Bastante simple, ¿no? Y aun así Holmes era incapaz de hacerlo, paralizado ante la figura inerte de su amigo. Su corazón había dejado de latir. A Holmes no se le había pasado por alto el tono del doctor Anstruther al decirle que había que actuar sin demora. La desesperación teñía su voz. No había esperanza en sus palabras. Y Holmes supo que Anstruther y el otro médico habían empezado a rendirse.
En todo caso, fue eso lo que le impulsó a actuar. Sin más dilación, se subió a la mesa de piedra, colocó las manos sobre el corazón de Watson y comenzó a presionar, intentando devolver la vida a aquel cuerpo inmóvil. Uno, dos, tres. Holmes iba contando mentalmente el número de compresiones, y, al cabo de cinco minutos de trabajo ininterrumpido, empezó a preocuparse.
Sesenta y ocho.
—Vamos —murmuró.
Sesenta y nueve.
—Vamos —repitió.
Setenta.
—¡Vamos! —gritó.
No hubo respuesta.
Clarky, el doctor Anstruther y el otro médico (un joven que Holmes había averiguado que se llamaba Collins) habían dejado de trabajar y lo miraban con tristeza.
La desesperación de Holmes se convirtió en furia mientras presionaba con más fuerza el pecho de Watson.
—¡Despierte! ¡¿Me oye?! ¡Despierte!
Nada.
Holmes continuó gritando, presionando.
—John… Hamish… Watson... Le ordeno... que despierte... ¡YA!
Los ojos de Watson permanecieron cerrados. En su rostro casi se leía una disculpa, y en los ojos de Holmes volvieron a brillar unas lágrimas contenidas. Rezó mentalmente pidiendo un milagro, consciente de que lo más probable era que esa noche no se saldase como él quería.
—¡John!
Holmes golpeó frenéticamente su pecho una y otra vez, hasta que un par de fuertes manos sujetaron sus brazos y tiraron de él. Se le doblaron las rodillas, y Clarky lo dejó en el suelo con cuidado. Lágrimas silenciosas recorrieron su rostro mientras veía al doctor Collins adelantarse a toda prisa y coger la muñeca de Watson buscando su pulso, aun sabiendo que era inútil.
Y entonces el médico alzó las cejas, boquiabierto.
—Por todos los santos —dijo el joven con un suave acento irlandés, con voz tan queda que los demás tuvieron que esforzarse para oírlo.
En cuanto el doctor Anstruther captó el mensaje, alzó bruscamente la cabeza y corrió hacia Watson. Esta vez buscó el pulso en su cuello. Una amplia sonrisa se dibujó lentamente en su rostro y dejó escapar una breve carcajada. Se volvió hacia Holmes, que lo miraba incrédulo al otro lado de la mesa, como aguardando la confirmación de lo imposible.
—Es un luchador —dijo Anstruther—. No se irá a ninguna parte, de momento.
Esto no era estrictamente cierto, pues Anstruther sabía que la infección seguía al acecho y aún podía reclamar a su presa, pero, por Dios bendito, aquel hombre acababa de volver de entre los muertos.
Holmes permaneció inmóvil, casi sin atreverse a creer lo que ocurría, pero cuando Clarky le dio una palmada en el hombro y se adelantó para estrechar las manos de los médicos, se incorporó lentamente y echó a andar hacia Watson. Vio como su pecho subía y bajaba suavemente, y tocó con dulzura el rostro pálido e inusualmente cálido de su amigo. Estaba claro que Watson había cogido fiebre. Aun así, Holmes no pudo evitar que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro cuando los ojos de Watson se agitaron bajo sus párpados.
—¿Watson? ¿Puede oírme, viejo amigo?
Lentamente, los párpados se abrieron y aquellos ojos verdes que Holmes tanto había anhelado ver durante las últimas horas lo miraron soñolientos. Holmes tomó su mano y su sonrisa se amplió cuando Watson giró lentamente la cabeza para mirar en derredor. Enseguida volvió a posar su mirada en Holmes, evaluándolo.
—Tiene un aspecto horrible —susurró.
Holmes rió.
—Lo mismo puedo decir de usted, amigo mío.
Watson se aclaró la garganta.
—Yo tengo una excusa.
—Ya lo creo —respondió Holmes con sinceridad.
—¿Dónde estoy? —preguntó Watson, arrastrando las palabras.
—En una iglesia, querido amigo.
A Watson pareció satisfacerle la respuesta, pues ni siquiera preguntó por qué estaban allí. En lugar de ello, intentó sentarse. Cuando dejó escapar un siseo de dolor, Holmes lo ayudó a incorporarse con cuidado y se sentó a su lado, permitiéndole girarse poco a poco hasta que sus piernas colgaron de la mesa y se apoyó en él, jadeando por el esfuerzo.
—¿Holmes? —dijo Watson con voz débil.
—¿Mmm?
—¿Es grave? —susurró.
—No es nada. Sólo un arañazo —respondió Holmes, repitiendo suavemente las palabras de su amigo. Pero era consciente de que la infección le estaba pasando factura.
—Tal como pensaba... Sabía que no era nada —musitó Watson.
—No me cabe duda —dijo Holmes con aire ausente, concentrado en otra cosa—. ¿Watson?
—¿Mmm?
—¿Cómo tratamos la infección? —preguntó Holmes, preocupado.
—¿Es que no trajo a un médico? ¿Qué le pasa? ¿Se encuentra bien? —inquirió Watson, alarmado ante la idea de que Holmes no hubiera recibido atención médica. Técnicamente hablando, así era (aunque la sangre que manaba de la brecha que Holmes tenía en la cabeza se había coagulado hacía tiempo), y se maldijo porque eso significaba que estaban los dos solos.
—No, no, Watson. Aquí hay médicos, y yo estoy perfectamente. Es sólo que… algo me dice que no están muy seguros de cómo tratarla. ¿Conoce al doctor Anstruther? —Watson asintió—. Está aquí, pero me ha dicho que necesita su ayuda. ¿Qué necesitan?
Watson pensó un momento. Su mente trabajaba despacio, pues los efectos del cloroformo no se habían disipado del todo.
—Des…infectante —dijo al fin.
Holmes reprimió un suspiro.
—Ya lo sé, pero el desinfectante ya no haría efecto en su her… arañazo. Necesitamos algo más fuerte.
En esos momentos, Clarky y los dos médicos ya habían dejado de hablar entre sí y escuchaban la conversación entre Holmes y Watson. Era cierto; Anstruther no estaba seguro de qué podía combatir la infección (después de todo, sólo era un médico de cabecera, más acostumbrado a los catarros y los resfriados), así que escuchó atentamente lo que Watson decía.
—Gusanos —dijo Watson con voz queda.
—¿Perdón? —preguntó Holmes, sin saber si había oído bien.
—Gusanos —repitió Watson, esta vez un poco más alto.
Anstruther se dio una palmada en el muslo.
—¡Por supuesto! —exclamó.
Clarky, Collins y Holmes le dirigieron una mirada inquisitiva. Él se apresuró a explicarse.
—Durante la guerra, en la India, se usaban gusanos para limpiar las heridas infectadas. Se comían la piel necrosada y dejaban la herida limpia. ¿Estoy en lo cierto, doctor?
Watson asintió y sonrió ante su entusiasmo.
—Pero… ¿no pondrán huevos? —preguntó Clarky.
Watson meneó la cabeza.
—No… Son larvas. Sólo limpian la herida.
—Ah —dijo Clarky—. ¿Y dónde se supone que vamos a encontrar gusanos?
—Larvas —corrigió Holmes—. Y puede encontrarlas en una talabartería. Estamos cerca de los muelles, así que no debería ser difícil obtener algunas.
—De acuerdo. ¿A alguien le importaría acompañarme? —preguntó Clarky, nervioso. Lo cierto era que no conocía los muelles tan bien como debería; sus patrullas siempre se habían limitado a las calles principales de Londres, y nunca había tenido motivos para aventurarse más allá.
Anstruther y Collins murmuraron su asentimiento, declarando que no había nada más que pudieran hacer por Watson en aquel momento, así que se fueron con el agente. Clarky salió con ellos por una puerta lateral situada en la pared izquierda. Al igual que Holmes, Clarky sospechaba que había habido juego sucio en la explosión del almacén, y no quería toparse con algún criminal que intentase atar cabos sueltos.
La puerta se cerró con gran estruendo a pesar de su tamaño, y Holmes y Watson se quedaron solos.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Holmes.
—He tenido días mejores —respondió Watson.
Los efectos de la droga ya se habían disipado por completo, y Watson descubrió que podía pensar con mucha mayor claridad y que moverse ya no le dolía tanto.
—Entonces… —dijo Holmes—, ¿ha tratado a mucha gente con gusanos?
Watson sonrió.
—Larvas. Y no, no es mi método principal, pero era necesario cuando estaba en la India. Salvaron muchas vidas. —Watson estudió su frente con ojo crítico—. ¿Qué tal su cabeza?
—Bien.
—¿Quiere dejar de decir eso? No me sorprendería que tuviera una conmoción. Déjeme ver.
Watson bajó de un salto de la mesa de piedra, pero sus piernas protestaron al tener que soportar aquel peso inesperado, y se tambaleó. Holmes bajó también y lo sostuvo por un brazo.
—Oh, esta noche no se le ocurren más que buenas ideas en lo referente a su salud, ¿eh, doctor Watson? —dijo Holmes, destilando sarcasmo.
Por primera vez en esa noche, Watson lanzó una abierta carcajada, y Holmes no tardó en imitarle. Ninguno se dio cuenta de que las puertas principales se abrían y cerraban en silencio.
—Quédense donde están. Muévanse y les volaré los sesos.
