Ninguno de los personajes en esta historia me pertenece.
Aviso: Incesto (aunque si están acá supongo que lo saben).
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Efecto mariposa
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El día del nombre de Arya no fue excepcional, sin embargo, Sansa lo vivió con un nudo en el estómago y la terrible sensación de que un par de ojos se posaban sobre su nuca. Pero, sin importar cuantas veces girase sobre sus pasos para examinar el recinto, nunca vio a nadie particularmente sospechoso o que demostrara un interés inusual en ella.
Estaba paranoica, reconoció, pero no lograba apartar el sentimiento de su pecho. Después de todo, lo que haría no se trataba de una tontería, pese a que Arya lo creía así. Ella no lo entendía, aunque Sansa tampoco esperaba que lo hiciera.
—Entonces… —dijo Arya con lentitud, como si repasara en voz alta un plan que le resultaba ridículo con el fin de lograr que quienes la oyeran terminaran pensando igual que ella—, cuando caiga la noche, ¿quieres que Bran finja estar enfermo y que yo llame al maestre para que lo revise?
—Así es. Te lo he dicho tres veces, Arya, no es tan complicado.
—¡Sé que no! Pero suena aburrido.
—No es un juego, esto es importante.
Arya realizó una mueca de incredulidad.
—Nah-ha, ¡es aburrido! ¿Y si mejor le jugamos una broma a Jayne? —Mostró una sonrisa traviesa.
—No, solo… ayúdame, ¿sí?
Tal vez fuera el tono de su voz o la expresión de su rostro, pero al oírla los hombros de Arya se relajaron y un gesto resignado se apoderó de sus facciones. Soltó un suave: «Está bien», que disimuló un suspiro y Sansa se relajó también.
—Gracias. ¿Puedes convencer a Bran de que lo haga? —Era una pregunta ridícula; claro que Arya podía hacerlo. La menor asintió vagamente, por lo que Sansa se apiadó de ella—. Vamos. Es el día de tu nombre, hoy haré todo lo que digas.
La sonrisa que Arya le dedicó valió cada minuto de lo que vino después. En retrospectiva, no era ninguna sorpresa, pero aunque Sansa se arrepintió en más de una ocasión lo cierto era que estaba dispuesta a soportarlo, por su hermana. ¿En qué se comparaban las tonterías de una niña de siete años frente a los tratos de brujas y manipuladores?
Incluso si su rostro ardía por la vergüenza cuando la servidumbre la observaba con atención, preguntándose por qué la princesa Stark vestía un yelmo y su vestido más feo, Sansa lo toleró, porque valía la pena cada vez que volteaba y veía a Arya reír. Al menos, se dijo, la expresión escandalizada de su madre fue excusa suficiente para terminar con ese desafío.
Tampoco importaba el gesto incrédulo de Jayne cuando Sansa cosió en su lienzo la frase: «Reina de los pedos», mientras Arya reprimía una carcajada boba a su espalda. Pero cuando la septa Mordane exclamó: «¡Sansa!», con voz aguda y ahogada, su cara completamente roja y los ojos abiertos de par en par, tuvo que admitir que era algo divertido.
—Come con las manos —le dijo Arya desde el otro lado de la mesa cuando almorzaban.
Sansa se detuvo para dedicarle una mirada incierta, esperando que bromease.
—No voy a hacerlo. Estamos a la mesa.
—¡Prometiste qué harías todo lo que dijera!
—¡Pero no ahora! Ya me torturaste toda la mañana, déjame descansar.
—¿De qué están hablando ustedes dos? —preguntó su padre.
Sansa sintió las mejillas calientes una vez más, avergonzada de que su familia estuviera allí para presenciarlo. Ese día tanto lord Stark como su esposa estaban a la mesa, lo que por común acuerdo significaba que el hijo bastardo de Eddard no podía almorzar con ellos. En consecuencia, Jon era el único que no estaba ahí para presenciar la escena, pero el resto de la familia lo vería todo.
—Sansa prometió hacer todo lo que le diga, ¡y no quiere hacerlo!
Afortunadamente, Eddard no mostró más que una sonrisa entretenida ante el arrebato de su hija menor.
—Solo te estoy pidiendo un respiro. ¡Dioses, Arya!
—Así que por eso has actuando de forma tan… peculiar esta mañana. —Observó la madre.
—¿Por qué no solo la ignoras? —comentó Robb tras dar un trago a su bebida—. ¿Qué puede hacerte esta chiquilla? —Sonrió cuando, como era de esperarse, Arya soltó una serie de quejas que fueron ignoradas.
—No puedo, hice una promesa.
Sansa no dijo más, permitiendo que asumieran que las palabras surgían de la bondad de su corazón y no de la culpa de su mente.
—Me parece bien. Uno siempre debe cumplir con su palabra —dijo Eddard.
Ese fue el fin de la conversación. No porque Ned Stark ejerciera alguna clase de dominio sobre la familia que les obligaba a cesar las conversaciones bajo el peso de la intimidación, sino porque un sirviente ingresó en el comedor en ese preciso instante para anunciar la llegada de un visitante.
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No tenía un recuerdo exacto de Yosin, pero sabía que el hermano negro había ido al castillo a encontrarse con el señor de Invernalia en esas fechas. Antes. Era esa clase de recuerdos que surgen en el momento en que acontece un hecho que logra despertarlos, como si lo trajeran al frente de los pensamientos cuando la información ya no tenía utilidad, dejando atrás un vago: «ah, cierto que eso sucedió». Pero ya era tarde. No había recordado que la llegada de Yosin coincidía con el día del nombre de Arya.
Sansa se recogió la falta para evitar que la tela se manchara con el barro del camino cuando abandonó el edificio en favor de buscar a su hermana. Miraba al suelo con insistencia y un gesto amargo que generaba pequeñas arrugas en su entrecejo.
Acababa de hablar con su madre y no podía decir que la conversación hubiera servido algún objetivo. Lo habría hecho, tal vez, si su madre no fuera tan obstinada. En lugar de ver la razón y comprender que sería muy sencillo convencer a Eddard de hablar con el hermano Yosin en la noche para así disfrutar el día del nombre de Arya en familia, Catelyn había decidido respaldar la actitud del marido al descartar los argumentos de Sansa.
—Eres una niña, Sansa, hay cosas que aún no comprendes. Tu padre tiene asuntos importantes que tratar que no pueden ser desatendidos a la ligera.
Sansa lo comprendía. Vaya que comprendía. Pero en ese momento estaba dividida entre saber entender las responsabilidades y el feroz sentimiento de hacer feliz a su hermana.
Había olvidado lo que se sentía estar disgustada con sus padres, una sensación que hubiera preferido tardar en recordar. Idealmente no quería experimentar esos sentimientos hacia su familia nunca más, no de nuevo, no luego de descubrir lo que significaba la ausencia, pero lógicamente era de esperarse que esto sucediera tarde o temprano. Así, las razones de su madre para con ella la enfurecieron.
Sansa no era una niña, no realmente —aunque en realidad eso era lo que todos los niños pensaban, por lo tanto, ningún adulto aceptaría sus argumentos—.
Como fuere, Eddard había recibido a su visitante y se había quedado en la sala tratando los asuntos que le concernían con Yosin. Robb, como hijo mayor y joven con autoestima considerable, optó por acompañarle bajo la excusa de tener edad suficiente como para presenciar aquellas actividades y aprender con el ejemplo de su padre. Catelyn, como la señora, también iba a estar presente.
En los límites del bosque reconoció dos figuras: Jon, de pie mirando en dirección opuesta, y Bran, sentado contra un árbol moviendo un soldado de madera. El primero volteó a ver a Sansa cuando la sintió acercarse para luego regresar la mirada al bosque. Una vez a su lado, Sansa vio lo que captaba su atención: allí entre el follaje se encontraba Arya sentada en el suelo con los brazos cruzados y los hombros encogidos.
—Dice que quiere que la dejen sola —comentó Jon.
Sansa soltó un suspiro de decepción.
—Está enojada. Me dijo cosas feas… no quiero estar cerca de ella —habló entonces Bran.
Mantenía la vista fija en el soldado, pero eso no evitó que los otros dos notaran la angustia en sus ojos.
—Quería irse —susurró Jon para que el menor no lo oyera—, tuve que convencerlo para que se quedara.
—Bien. —Sansa asintió y Jon apartó la mirada—. Deberías hablar con Arya.
—No creo que sea buena idea.
—Claro que lo es. Eres al único al que va a escuchar. —Jon realizó una mueca dubitativa mas no objetó—. Dile que Bran y yo también estamos aquí. Dile… Trata de hacerle entender el porqué de la ausencia de nuestro padre.
—Pidió estar sola, solo voy a molestarla. ¿Y entonces qué?
—Trataremos de animarla. Es lo mínimo que podemos hacer por ella ahora.
Los ojos de Jon volvieron a encontrar los suyos. Parecieron buscar algo por unos segundos y luego se posaron en el suelo. Era como si aún no supiese como tratar a Sansa, como si no pudiera librarse de esa inocente sorpresa que le causaba descubrir que la pequeña dama de la casa de pronto lo reconocía como un hermano. Soltó un suspiro y enderezó la espalda.
—De acuerdo.
Jon avanzó hasta Arya y se detuvo justo detrás de la menor. Sansa solo pudo observar los leves movimientos de las túnicas que revelaban los gestos corporales que acompañaban a la conversación; en determinado punto Arya se apartó y dio la espalda a Jon con deliberado rechazo. Jon miró hacia donde Sansa se encontraba de pie antes de avanzar e inclinarse junto a su otra hermana. Le habló por unos segundos hasta que Arya se frotó la mejilla con la muñeca y asintió. Sansa comprendió que se estaba secando una lágrima pero no dijo nada al respecto, ni siquiera cuando los dos se acercaron y pudo notar los ojos vidriosos e hinchados de la menor.
—¿Ya vamos a jugar? —preguntó Bran acercándose también al ver a los tres reunidos—. No eres divertida cuando estás enojada.
—Cierra la boca —ordenó Arya de mala gana, aún a la defensiva.
—Suficiente, los dos.
Sansa nunca antes se había detenido a reparar en lo mucho que se parecía a su madre, pero oír su propia voz impregnada por ese tono de reproche similar al que usaba Catelyn la asombró. Se aclaró la garganta.
Hubo un momento de silencio incómodo.
—¿Y? ¿Qué vamos a hacer? —inquirió Arya cruzándose de brazos.
Sansa no supo qué responder pero afortunadamente Jon se adelantó.
—Es tu día, así que tú dinos que quieres —dijo apoyando una mano sobre el hombro de la menor.
Arya consideró sus palabras. En su rostro se dibujó una expresión de entusiasmo que desapareció tan rápido como había surgido. La reemplazó un gesto de amargura.
—Mi juego favorito es el de salvar a la doncella… pero ahora Robb se cree demasiado adulto para pasar tiempo conmigo.
—Aún podemos jugarlo, no hace falta que esté Robb siempre —dijo Bran.
—Sí, —Sansa se apresuró en añadir—: Jon puede ser el caballero.
El chico en cuestión disimuló una tos al oír aquello. Cuando Arya giró a mirarle con ilusión Jon le dedicó una sonrisa leve.
—Seguro.
—De acuerdo. ¡De acuerdo! Oh, oh, ¡necesitamos espadas!
Arya, Bran y Sansa miraron a Jon; él les devolvió la mirada uno por uno antes de volver a suspirar, esta vez resignado.
—Está bien, yo iré.
Mientras Jon se dirigía en busca de las armas, Arya y Bran comenzaron a planear sus estrategias. Sansa oyó lo que decían, divertida con la seriedad con la que abordaban el tema. Para cuando Jon regresó, Arya decía: «Jon no es como Robb, su cuerpo es más pequeño así que en lo que Robb usa la fuerza seguro Jon usará agilidad. Tenemos que encontrar la forma de acorralarlo contra un árbol».
—Aquí están —anunció él mostrando las tres espadas de madera que sostenía en manos.
Entregó las que correspondían a los niños mientras Sansa buscaba un lugar seco y limpio donde sentarse a mirar. Los niños se posicionaron ante Jon con poses inexpertas, aferrando las armas falsas con torpeza, mientras que el susodicho los enfrentó con la gracia de años de práctica reflejada en cada uno de sus músculos. Entonces comenzaron. Como era de esperarse, Arya atacó primero, ansiosa por la pelea, sin importar lo falsa que fuera. Bran la siguió, atacando con movimientos más lentos y débiles debido a que la espada era más larga que su cuerpo. Jon se encargó de detener sus ataques con destreza. Contrarrestó los golpes de las espadas con la suya y los esquivó cuando fue necesario; Sansa se encargó de soltar exclamaciones dramáticas para darle riqueza a la actuación, tal y como hacía cada vez que jugaban ese juego, aunque no demasiadas pues sabía que los otros tres debían estarle prestando cerca de poca atención.
Pronto los niños comenzaron a reír, completamente concentrados en el juego. Jon se tomó el trabajo de mostrar ciertos dotes actorales, golpeando la espada de Arya mientras daba un giro o saltando de forma exagerada para evitar los estoques de Bran. Pero el juego no podía durar para siempre; cuando se tornó tedioso, Jon decidió darle fin: falló el siguiente golpe y permitió que Bran le pegara en las costillas. Se aferró la zona con una ridícula exclamación de dolor, se tambaleó pretendiendo que iba a continuar atacando pero dejó que Arya le clavara la espada —sosteniéndola bajo la axila— antes de tirarse al suelo como si la vida le abandonara: primero de rodillas, aguardando unos segundos en dicha posición con la cabeza balanceándose para darle suspenso, y luego se desplomó quedando con los brazos estirados hacia ambos lados.
—¡Dioses! ¡Robb nunca nos deja ganar este juego! —chilló Arya con los ojos bien abiertos, con una expresión que parecía delirante de emoción.
Festejando su victoria, Arya y Bran comenzaron a saltar alrededor de Jon.
—¡Doncella! —dijo Arya apuntando a Sansa con la espada—. Despídete de tu caballero, di tus últimas palabras, pues seguirás pronto un destino similar.
Sansa obedeció con movimientos deliberadamente lentos, fingiendo aflicción por la muerte de su héroe. Se arrodilló junto a Jon y apartó unos mechones del cabello castaño de su frente. Deslizó la mano hasta dejarla descansando contra la mejilla del muchacho.
—Oh, mi noble caballero. Fuiste tan valiente. Descansa ahora, que pronto estaré contigo; aunque no lo sepas, yo también daría mi vida por ti, mi hermoso héroe.
Fue hipnótico ver cómo las mejillas de Jon se ruborizaban. Tal vez se debiera al modo en que el color carmesí resaltaba contra la palidez de su rostro, o al hecho de que nunca antes lo había visto así, pero fuera cual fuese el motivo, Sansa lo admiró con la curiosidad que se presta a un acto tan inusual. Jon abrió los ojos y su mirada gris se centró en Sansa; la contempló un momento antes de sentarse con un carraspeo.
—Ey, no puedes levantarte, ¡estás muerto! —le recordó Arya.
—Ya no importa, el juego terminó —dijo Jon con sencillez, poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo de la ropa. Tras dudar solo un segundo, tendió una mano a Sansa para ayudarla a ponerse también en pie.
—Vayamos a escalar —propuso Bran.
—¡No! Vamos a la cocina a robar pastelitos —interrumpió Arya sonriendo con picardía.
No pudieron agregar más, pues unos pasos se acercaron con prisa y antes de que ninguno pudiera voltear a mirar, unos brazos apresaron a Jon por el cuello causando que perdiera en equilibrio.
—¡Espadas! ¿Qué significa esto? —Robb sostuvo con fuerza a Jon, que forcejeaba para liberarse—. ¿Han estado luchando sin mí? ¡La ofensa! ¡La traición!
Jon logró soltarse y estuvo a punto de darle un empujón, pero su mirada captó la presencia de los señores de la casa y solo bastó una mirada a la expresión desdeñosa de Catelyn Stark para que retrocediera, agachando a penas la cabeza en un gesto sumiso y retraído que los años de ser apartado por la madre de sus hermanos le habían otorgado. Ajeno a la situación de su bastardo —o tal vez acostumbrado a ignorarlo— Ned sonrió a sus hijos situándose junto a Sansa.
—Papá, viniste —dijo ella, asombrada.
—Bueno, tu madre dio unos argumentos razonables.
Sansa buscó la mirada de su madre, que le dedicó una sonrisa discreta. La mujer se acercaba más lento que su esposo e hijo mayor, caminando con calma mientras mantenía las manos sobre su abultado vientre.
—¿Y qué hay de tu invitado? —preguntó Arya con recelo.
—El hermano Yosin encontrará algo para hacer en el norte mientras tanto. Más tarde podremos continuar nuestras charla, pero ahora… me parece que es un día importante para mi hija —dijo acariciando los cabellos de Arya—. Entonces, ¿qué dices de ir a cabalgar con tu familia?
Una sonrisa torcida, pero llena de emoción, se dibujó en la boca de la menor. Luego se encogió de hombros con desinterés.
—De todos modos me daba igual no festejar mi día del nombre —mintió.
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Esa noche Sansa no se sintió realmente nerviosa hasta que estuvo frente a la jaula de los cuervos. Por algún motivo, tener a todos esos pares de ojos fijos en ella logró desplomar su confianza.
Fiel a su palabra, Arya se había encargado de distraer al maestre Luwin con ayuda de Bran. Sansa no tenía idea del método que los niños habían utilizado para captar la atención del hombre el tiempo suficiente, después de todo, una enfermedad falsa no iba a distraerlo demasiado. Solo esperaba que lo que fuera que estuviesen improvisando no los metiera en problemas.
Armándose de valor, recordando que unos tontos cuervos no significaban peligro alguno, abrió la jaula para tomar al más cercano. Las aves, nerviosas por la intrusión nocturna y por la ausencia del maestre, agitaron las alas y comenzaron a graznar.
—¡Carta! ¡Carta! ¡Carta! —chilló uno.
Sansa lo agarró y lo sacó con un suave: «shh», que el animal aceptó como orden suficiente para guardar silencio. Colocó la carta dentro del tubo que el cuervo llevaba atado a la pata, miró hacia la escalera —temiendo que el maestre estuviera regresando justo en ese instante— y, al comprobar que el hombre no se veía ni oía cerca, levantó los brazos para soltar al cuervo.
Pero no lo hizo. Por un minuto se mantuvo inmóvil, como petrificada.
El cuervo la miró ansioso, analizando con curiosidad la extraña actitud de ese humano colorido que no era el viejo gris Luwin. Dentro de Sansa se libraba una batalla, pues ahora que estaba allí a punto de lograr su objetivo, los pensamientos comenzaron a presentarse con un rumbo diferente al original. La fría puñalada de la duda apareció. ¿Y qué si…? ¿Qué si las cosas no salían como ella pensaba? ¿Qué si todo empeoraba por su culpa? ¿Cómo iba a reaccionar Arryn? ¿Cómo podía estar segura de que sería él quien recibiera el papel y no alguien más? Alguien como…
Una exclamación la apartó de sus contemplaciones. Volteó a ver pero la voz había surgido por el hueco de la escalera como un eco distante. No sabía de quién era y si había sido causada por sus hermanos, pero fue suficiente para quebrar su parálisis. No tenía tiempo que perder. Inspiró hondo… y abrió las manos.
Libre, el cuervo voló hacia con velocidad, impulsado por el placer de extender las alas y sentir el viento mientras avanzaba sobre la tierra, imparable. Sansa lo vio alejarse hasta perderlo de vista entre la oscuridad de la noche. Silenció sus dudas asegurándose que no importaba el rumbo que la vida fuera a tomar ahora que había intervenido; para bien o para mal, había hecho algo. Y si las cosas empeoraban iba a continuar luchando por arreglarlas.
Podía hacerlo.
Dio media vuelta y bajó las escaleras. Avanzó con cautela por el pasillo, deteniéndose solo un momento en una de las esquinas cuando oyó la voz del maestre. El hombre hablaba con uno de los guardias y por su tono no debía estar nada contento. Sansa aguardó a que se marcharan (lo que por desgracia requirió más de diez minutos de espera) y luego siguió su camino de regreso al punto de encuentro que había pactado con sus hermanos. La habitación de Bran.
Arya estaba de pie junto a la puerta abierta con los brazos cruzados y una mala cara. Al ver que Sansa se acercaba bramó:
—¡Por tu culpa estoy castigada! Habrá oscurecido, ¡pero aún es el día de mi nombre!
Sansa abrió la boca para responder pero entonces su madre salió de la habitación de Bran, sin duda atraída por la voz de Arya, que, al parecer, no tenía permitido moverse ni decir nada. Al verla, Catelyn se mostró incrédula, tardó un segundo en encontrar las palabras, y luego ella también levantó la voz con enojo.
—¡Sansa Stark! ¿Qué haces a esta hora fuera de tu cama? ¿¡Y deambulando por el castillo!?
La chica comenzó a planear una excusa creíble que dar a su madre, mientras en la distancia el cuervo continuaba su viaje hacia Desembarco del Rey. En aquel entonces no existía el concepto de que el aleteo de unas alas podía alterar el flujo del tiempo, pero si lo hiciera, creerían que había iniciado con las alas de un cuervo.
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María: No podía responderte porque comentaste como guest, así que lo hago ahora. Para empezar: ¡muchas gracias por tu comentario! Y si bien me halagas muchísimo y de verdad te agradezco que preguntaras, lamento decirte que no. Sé que otros dan en adopción sus fics, pero en lo personal nunca lo haría. Aunque los abandone (cosa que trato de no hacer, por mucho que tarde en actualizarlos) no soy de las que simplemente regala sus historias… En cuanto a lo que dijiste de no saber qué hacer: siempre puedes comenzar escribiendo cosas cortas, haciendo borradores, o lluvia de ideas. Los drabbles son buenos para empezar y de a poco ir formando una idea más amplia. ¡Saludos!
¡Gracias a todos los que comentaron y esperaron todo este tiempo! ¡Aprecio cada review que me dejaron!
