Invierno.

Eriol no podía quedarse quieto. Tampoco podía moverse. Su cerebro estaba paralizado, no sabía qué hacer. Era de noche y la fiebre de Tomoyo continuaba sin bajar y él se sentía completamente impotente. Ya no podía quitar una simple fiebre como lo hacía antes, ya no tenía el poder de hacerlo. Incluso se planteó si era bueno haber desechado sus poderes.

Se levantó, no podía quedarse sentado. Recorrió la habitación hasta la puerta y volvió de nuevo hacia donde estaba el sofá. Se dio la vuelta hacia la ventana y se detuvo frente a ella. Apoyó la frente sobre el vidrio helado, tratando de calmar su mente. Afuera había comenzado a nevar. Miró la nieve, pensando en si ella podría aliviar la fiebre de la chica recostada en la otra habitación. De repente, le vino a la mente una imagen de la noche en que Clow murió. Esa noche también había nevado suavemente.

Era una noche de invierno y afuera había comenzado a nevar. Clow estaba sentado en el asiento alto predilecto incluso de él mismo. A su lado estaban Kerberos y Yue. Acababa de decirles que ese día iba a morir y estaban sorprendidos, aún pensaban que era una broma más de ese mago bromista. Cuando notaron que no cambiaba sus palabras, sus rostros comenzaron a mostrar miedo y, por último, desesperación. Kerberos pedía una explicación a todo eso tan repentino y Yue rogaba que no dijera más esas cosas. Sí, ambos estaban asustados. Pero Yue lo estaba aún más. El había amado a Clow demasiado, no podía soportar el pensar en separarse de él. No volver a verlo nunca más era impensable. Clow tomó a Yue por el rostro. El rostro de Yue estaba retorcido por la angustia. Rogaba a Clow que no lo abandonara, que no se fuera. Era doloroso mirar en ese rostro tan lleno de amor y miedo por él. Lo embargaba la angustia por tener que abandonarlos, pero debía hacerlo. Algún día lo entenderían. Kerberos se había dado por vencido al fin, viendo que no conseguiría nada aunque estuviera insistiendo durante horas, pero Yue seguía mirándolo con el rostro lleno de un dolor y una desesperación indescriptibles, aún rogándole que no lo hiciera. Algún día lo entenderían. Eso era lo que creía.

¿Por qué había recordado aquello justo en ese momento? ¿Qué era lo que le había hecho recordar? Estaba mirando la nieve y pensando en Tomoyo. Y de pronto se dio cuenta de lo que había sido. Sobre el vidrio, iluminado desde la habitación, se reflejaba su propio rostro. Tenía la misma expresión de angustia y dolor que había visto aquel día en el rostro de Yue al decirle que iba a morir. Aquél inimaginable dolor y la desesperación por perder al ser que más amaba se encontraban ahora en su propio reflejo. Ahora podía comprender bien los sentimientos de Yue. Podía también comprender el daño que le había causado y que no podría remediar jamás. Ya no era Clow, y lo que él había sido debía de quedar en el pasado junto con él.

Sonó un débil golpe en la puerta y luego Spinel entró en la habitación. Eriol no se dio la vuelta para mirarlo.

-La fiebre parece estar bajando ya. En este momento está despierta si quieres ir a verla. -Le dijo y salió de la habitación dejando la puerta abierta. Eriol lo siguió enseguida que compuso su rostro.

-Gracias por avisarme. -Le dijo a Spinel cuando lo encontró esperándolo en la puerta de la habitación de Tomoyo.

Eriol entró y se encaminó hacia la figura recostada en la cama. Nakuru se levantó de su puesto al lado de la cama que no había abandonado mientras la fiebre duró, le sonrió a Eriol y salió de la habitación cerrando la puerta despacio. Eriol se sentó en el asiento que había dejado Nakuru. Tomoyo lo miró y sonrió débilmente. Tenía los ojos pesados aún y estaba muy débil. Eriol le tomó la mano.

-¿Cómo te sientes? -Le preguntó.

-Como si hubiera nadado en un lago helado con la ropa puesta. -Contestó con voz débil, intentando sonreír para que no se preocupara. -Agotada pero bien.

-Descansa, no te esfuerces. Tuviste una fiebre muy alta, ahora debes descansar.

Ella asintió y cerró los ojos. Eriol la miró hasta que se durmió. Notó que estaba conteniendo el aire y lo soltó en un suspiro de alivio. Estaba bien. Esta vez no había sucedido nada, pero de haber sucedido, ¿qué hubiera pasado con él? Ya no tenía el mismo poder para proteger de los accidentes a quien amaba.

Debería de tener más cuidado en adelante. Y la próxima vez que viera a Yue, se disculparía por cómo lo había tratado aquella noche de invierno.