Nota de autor: Por fin, el capítulo completo. ¡Gracias a las personitas que recordaron el fanfic! Me emociona mucho que aún después de tanto tiempo tengan ganas de leerlo. Por los que leen en las sombras, los invito a comentar, siempre es un gusto leerlos a todos y respondo siempre que puedo. He visto que el fandom está un poco muerto ;( espero poder poner mi granito de arena para que reviva.

A Valee y Luisa, muchas gracias por comentar, les respondo por aquí dado que no les puedo enviar PM. ¡Espero que lo disfruten!

Hay una pequeña escenita que me moría por escribir, en verdad tengo la esperanza que ustedes también les guste. En este capítulo en adelante, les recomiendo escuchar música italiana de fondo, será muy importante para la historia.

En fin, gracias a todos y nos leemos pronto. :)


Capítulo 6: That's amore

Reborn duró varios minutos sumergido en un silencio absoluto. Justo cuando Haru y Gokudera comenzaron a sentirse incómodos, y el sol comenzaba a bajar, el antiguo arcobaleno los miró de una manera extraña, a la vez que se acariciaba una de sus patillas. Cuando sonrió, poco después, los dos sintieron un escalofrío recorrer sus espaldas.

Al oír su voz surgir del denso silencio, ambos no pudieron si no pensar lo peor. Reborn nunca había sido conocido por ser un entrenador ortodoxo. Sus técnicas eran tan extrañas, aunque efectivas; y en ocasiones causaban hasta miedo.

Haru tenía miedo.

Gokudera tenía miedo.

Reborn... él se estaba divirtiendo. No sabía en que se habían metido, los dos.

—Hoy inicia tu entrenamiento, Haru —dictó con seriedad. Haru lo miró sin aliento, con el corazón latiéndole a mil por hora, no pudiendo pensar en algo más que en su nerviosismo que nació en aquel instante, y comenzaba a crecer con increíble rapidez—. Tendrás una primera prueba, y será la siguiente: restaurarás este lugar, los aposentos de Daniela.

—¿Qué clase de entrenamiento es ése? —espetó con incredulidad Gokudera, con un dejo de burla en su voz—. Está claro que la mujer inútil es buena haciendo la limpieza, ¿qué carajo tiene que ver con la mafia saber limpiar?

Haru lo miró con indignación en el rostro y le dio un golpe en el antebrazo, para devolverle el insulto. De repente el nerviosismo se había ido y lo único que sentía era una furia gigantesca. Odiaba tanto a Gokudera, era tan patán. Aún no podía creer cómo él le había inspirado a aquello. Lo golpeó despacio, pese a quererlo estrangular, y él se quejó y así fue como iniciaron una conversación basada en insultos y bufidos, dejando a Reborn en un segundo plano. Reborn los miró con una sonrisa sardónica, para empezar a caminar hacia lo que era la Mansión Vongola sin decirles nada. Ellos callaron al verlo marcharse, después de unos minutos.

—Dices muchas tonterías, Hayato —empezó a decir, teniendo su atención— Si bien recuerdan la historia que les conté de Daniela, esto no se trata sobre hacer quehaceres del hogar —dijo, y paró su caminata. De espaldas alzó la voz para que ambos escucharan sus palabras: —Haru, este será tu hogar hoy en adelante. Te prohíbo, como tu nuevo maestro, dejar estos aposentos sin mi permiso. Las cosas de ambos están en dos habitaciones contiguas, y todo lo necesario para sobrevivir está a su alcance.

Antes de que dijera algo más, Haru repasó las palabras de Reborn en su mente, justo como parecía hacerlo Gokudera. Ambos se miraron al mismo tiempo, y sorprendidos, gritaron:

—¡¿Las cosas de ambos?!

Cuando Reborn dejó ver su perfil, con la luz del sol de la tarde, ambos jóvenes supieron que no debían agregar más a la conversación. Estaba decidido. Nadie, a esa altura, era tan estúpido como el Tsuna de quince años para desafiar al ex—arcobaleno Reborn. Menos cuando ya no era más un bebé. Y ni pensarlo cuando él dejaba oír el sonido que hacía sula pistola cuando se le quitaba el seguro. Por lo que, molestos, y muertos de miedo a la vez, asintieron.

A lo lejos, pudieron escuchar un comentario más.

—Posiblemente así mejoren su relación de mierda.

Cuando Reborn había dicho que ahí encontrarían todo para poder sobrevivir, los pensamientos de Haru habían viajado hasta los extremos. Pero no era nada de eso. Los aposentos de Daniela eran muy lindos, y al fondo, todo estaba reluciente, como si estuviera casi nuevo. Sin embargo, todo se veía antiguo y rústico, tan acogedor que pronto ella logró sentirse como en casa. Haru pensó que probablemente el señor Reborn había mandado a limpiar todo aquella mañana, porque Haru aún podía oler, muy disipado, los detergentes y desinfectantes que se habían utilizado, además de que nada tenía ni la más mínima porción de polvo posible cuando algo está sin usar por mucho tiempo.

Lo primero que se veía era una sala muy sencila: sillones de terciopelo rojo, muy cómodos a la vista; una chimenea y libreros que llegaban hasta el techo, que fácilmente podía medir cuatro veces Gokudera. Tenía libros con pastas gruesas, todos apilados cuidadosamente; y los adornos, que eran pequeños relojes, estatuillas y fotografías de la familia Vongola parecían siempre haber estado ahí. También, para sorpresa de los dos, había un piano y varios instrumentos musicales más apilados en sus estuches en una esquina vacía, a un lado de la chimenea apagada. El piano tenía una nota que Gokudera tomó y no dejó que ella la leyese, luego de haberle pedido hacerlo más de tres veces. Ignorando su actitud, Haru caminó a través de la sala alfombrada y después de una pequeña barra, muy parecida a un mini bar, dado que tenía copas en la superficie colgando y varias bebidas alcohólicas, sus pies tocaron piso de cerámica. Frente a ella había una pequeña cocina con un desayunador, un refrigerador con comida para una semana, observó cuando lo abrió, y, lo que le sorprendió mucho a ambos, una radio antigua.

Estuvo a punto de llamar a Gokudera para mostrársela, pero cuando se giró él ya estaba ahí observando el aparato antiguo con suspicacia.

—Mira, Gokudera. ¿No es bonita? —dijo ella.

Ciertamente, la radio era muy curiosa, de un color amarillo claro y con adornos metálicos, reluciente como si fuera nueva. En esas épocas era difícil encontrar cosas como esas, por lo que Gokudera no pensó en insultarla por su tono soñador al decirlo. Pese a que Italia fuese un país que no olvidaba las tradiciones antiguas, era raro que cosas aún así se usaran, dado que ellos vivían en la era donde la tecnología era muy superior, y una de las prioridades actuales. La tocó con sumo cuidado, miró si estaba enchufada, y al ver que efectivamente lo estaba, buscó el botón de encender. En cuanto Gokudera lo aplastó, comenzó un sonido distorsionado, como estática. Haru entrecerró los ojos por molestia a sus oídos, y se alejó un poco.

—Creo que debemos de encontrar una estación —sugirió Haru, y él asintió—, y quisiera ayudarte, pero no uso uno de estos desde que vivía en Japón... a los diez años —dicho eso, ella se sonrojó un poco, y se rió de sí misma quedadamente, no por considerar lo que había dicho gracioso, sino por vergüenza.

—Esto funciona —le dijo él, mientras movía la antena. El sonido comenzaba a estresarlo— pero sinceramente no recuerdo ninguna estación italiana.

Haru lo miró con decepción al momento en que Gokudera apagó el antiguo aparato. Había mirado todo el lugar, excepto las habitaciones; y en ninguna parte había algo con qué pasar el tiempo. Aquel lugar era como regresar al siglo diecinueve, sólo que con el benefinicio de electricidad; y estaba casi segura de que si ninguno encontraba algo con lo que poder hacer más agradable su estadía ahí, acabarían matándose antes de que ella pudiese cumplir la tarea que el señor Reborn le había encomendado. Además de eso, a su celular no le quedaba mucha batería y pese a que lo conectara para cargarlo, ya había visto que no había ningún tipo de señal. A Gokudera probablemente le pasaría lo mismo, si es que no le había pasado ya. Aquella radio era el único medio con el que podrían tener información del exterior, porque aunque sonara feo, y horripilante, tal vez; estaban atrapados.

Gokudera, por su parte, mentía. Conocía una estación de radio italiana, y muy bien. De pequeño siempre la escuchaba, y en ocasiones, hacía algunos años, también lo había hecho. Pero eso era parte del problema. Tal y como lo era aquel piano y la nota que el señor Reborn le había dejado.

"Tal y como Haru tiene la misión de restaurar este jardín, Gokudera... tu tienes la misión de poder superar tu pasado y restaurarte a ti mismo. Diviérete con este piano."

Después de dejar la pequeña radio apagada, Gokudera fue a explorar lo que quedaba del lugar: su habitación. Cruzando la sala, justo a la altura del mini bar (que le había encantado, sobretodo porque tenía una dotación de cajetillas de cigarros) había un camino que daba a un pasillo angosto y oscuro, iluminado por un par de velas que estaban cada una en un extremo de un espejo que reflejaba desde su rostro hasta sus hombros. De ahí, el pasillo desaparecía, dejando ver dos puertas. Tomó la de la izquierda, la cual, efectivamente, tenía todas sus cosas.

Gokudera se tiró en la cama, que era casi tan cómoda como la de su habitación antigua, y se pasó ambas manos por la cara, para suspirar sonoramente. Estaba enojado con el señor Reborn, con Tsuna, pese a que nunca sería capaz de admitirlo, por haberlo dejado en aquella situación; pero más consigo mismo, porque, de cierta manera, él se estaba comportando como un chiquillo malcriado.

Cuando viajaron diez años al futuro, aún siendo adolescentes, había llegado a un punto parecido al que se encontraba en ese momento. Recuerdos de su niñez. Recuerdos dolorosos de su niñez. Ya no era un trauma estúpido como el de su hermana y su comida envenenada, no, era algo más profundo, un odio, una tristeza estúpida que, aunque la ignorara la mayoría del tiempo, Gokudera no podía dejar atrás. Se había resignado a ser el guardaespaldas de la mujer estúpida, aún cuando su maestro era el señor Reborn, y no se le había pasado por la mente que ella no sería su única aprendiz en aquel panorama. Tsuna nunca fue el único en el pasado, si no él, Yamamoto, Ryohei y todos los demás también lo fueron. Y tal y como había escuchado la historia de Daniela, Gokudera no podía dejar de pensar en lo que el señor Reborn estaba tramando para él: esto ya no se trataba de fuerza física, Daniela era algo espiritual; y Gokudera presentía que el señor Reborn comparaba a la Octava con Haru, y que, lejos de usar fuerza bruta con ella, sería un entrenamiento a costa de emociones. Uno en el que él estaba obligado a participar.

Uno del que Gokudera ya no podía escapar.

Se quitó los zapatos y la corbata lleno de frustración. Todo estaba planeado. Aquella radio era idéntica a la que pertenecía a su madre. De pequeño, Gokudera recordaba oír la estación de música italiana con ella por las tardes, cuando no tocaban el piano. El piano, por supuesto, era algo más que obvia su razón de estar ahí. Gokudera tenía años que no tocaba el piano, lo había hecho de adolescente, pero sólo un par de veces y a solas, completamente, dado que hacerlo le traía recuerdos gratos, pero a la vez dolorosos; y tenerlo ahí, tan cerca, no podía resistirlo. Sin embargo, como sabía el señor Reborn, él no lo tocaría con aquella mujer presente, por lo que, su reto era principalmente ése: tocar el piano con Haru cerca.

Gokudera quiso cerrar los ojos para dormir, pese a que apenas estaba oscureciendo, pero se sobresaltó al escuchar un chillido de emoción desde la sala.

Y luego una voz hablando, o más bien cantando, en un melodioso y romántico italiano. Lo reconoció enseguida: Achille Togliani.

Maldijo en italiano las veces que pudo hasta que se le acabó el aire. La mujer estúpida había podido encontrar una estación de la radio. Y había encontrado precisamente la favorita de su madre. Clásicos italianos.

—Carajo.

ooOo

Por otra parte, Reborn se encontraba tomando café en el jardín junto con Bianchi en la Mansión Vongola, frente a la fuente del león. Ambos hitman estaban sentados en una banca, mirando en dirección a la luna, que contemplaban en silencio. Bianchi estaba recargada en el hombro de Reborn, duro como el de un hombre mayor, y éste posaba su brazo detrás de la cabeza que ella. Sirvientes, miembros inferiores de la Vongola y visitantes que pasaban por los pasillos los veían y murmuraban.

Reborn carcajeó grave y suavemente. Bianchi volteó a mirarlo.

—¿Qué pasa, amore mio?

—No pasa nada, Bianchi, sólo pienso que debe sorprenderles a todos mirarme con esta apariencia. Algunos parecen fascinados —empezó a decir, pero no quiso agregar más al respecto: lo que conocía de Bianchi bastaba para decir que era alguien muy celosa, y por la manera en la que lo miraba, no quería provocarle ira o fastidio, no en aquel momento, ni la muerte a nadie—, otros me miran con temor.

Esta vez fue turno de ella para reírse un poco.

—Eres muy atractivo, Reborn —le dijo, y sonrió como mil soles. La mujer estaba radiante a su lado. Reborn podría haberlo apreciado aunque estuviese ciego—. Eres hermoso, y tan peligroso, todos lo saben. Todos te temían como arcobaleno, luciendo como un bebé, y ahora que te ves como... deberías ser, lo que eres en verdad, eso genera aún más temor.

El hombre asintió.

—Me gusta esta forma —soltó—. Aunque cuando era un bebé tenía mi encanto. Y caminaba menos.

El escorpión venenoso soltó, en esta ocasión, una larga carcajada. Cuando dejó de reírse, se pegó más a él, y lo rodeó con ambos brazos. Lo miró fijamente a los ojos, con su nariz muy cerca de la suya.

—Oh, Reborn, no dudes que amaba llevarte en mis brazos, pero nunca sabrás cuánto he anhelado que tú me lleves en los tuyos.

Reborn sonrió con una sombra en sus ojos, hizo su cabeza hacia atrás para que cayera su sombrero, y correspondiendo el abrazo de Bianchi, la inclinó hacia el respaldo de la banca.

—No se diga más, bella.

Bianchi sintió como se le iba al aire al tener los labios de Reborn sobre los tuyos, en un roce tan delicado que, antes de desmayarse, los lamió con su lengua para encontrar un sabor amargo a expresso cortado.

La oscuridad que se apoderó de ella a continuación no la había experimentado nunca, una oscuridad dulce y tranquilizadora, que, luego de muchos años, la hitman se permitió bajar la guardia. Ella sabía no podía estar más segura de lo que se encontraba en aquel momento: en los brazos de uno de los asesinos más poderosos del mundo, en la calidez de su hogar, por fin, con toda la famgilia reunida.

La Mansión Vongola siempre era un lugar muy ajetreado: Tsuna lo sabía, dado que él era uno de los principales individuos que lloraba por un poco de tiempo libre, todos los días, todas las horas. Por eso mismo, él y sus compañeros, apreciaban el rito que era la cena. Bueno, quizá no todos, pensó Tsuna: a Hibari poco le importaba y usualmente era el que siempre faltaba. Sin embargo, aquella noche no fue el único. En el cabezal, Tsuna no pudo evitar apreciar la ausencia de Gokudera y Haru, que nunca llegaban tarde a la cena.

Miró con interés a Reborn, que estaba en silencio comiendo su spaguetti y hablando casualmente con Yamamoto, a un lado de Bianchi. Tsuna esperaba que alguien mencionara la ausencia de su guardián y amiga, pero todos parecían comer normalmente sin ninguna preocupación aparente. Lambo, quien estaba muy encariñado con Haru, su casi segunda madre, tampoco había mencionado nada y aquello lo extrañaba. Por lo que, cansado de no formar parte de la noticia, Tsuna alzó la voz desde el cabezal:

—¿Alguien ha visto a Haru y Gokudera? —soltó. Su prometida, a su lado, lo miró con extrañeza—. ¿Kyoko?

Kyoko bebió un trago de su copa con agua, pero no dijo nada.

—¿Kyoko? —volvió a decir Tsuna, presionándola. Por la mirada de ella, Tsuna sospechaba que sabía algo que él no. Cuando miró hacia lo largo de la mesa, se dio cuenta que ella no era la única. Así que fue hacia lo que él creía la fuente principal de todo, que, como siempre, era su antiguo maestro.

—¿Dónde están, Reborn? —espetó, esta vez con seriedad—. Si mandaste a ambos a una misión suicida, créeme... —comenzó a amenazar.

Reborn dejó su comida para mirarlo con una sonrisa sardónica.

—¿Me crees capaz? —dijo con desafío, sin embargo también con diversión. Bianchi le puso una mano sobre su hombro, y murmuró algo que Tsuna no fue capaz de escuchar—. No, Tsunayoshi. No los mandé a una misión suicida, sin embargo, sí, están en una misión. Estarán ausentes... por tiempo indefinido.

—¿Qué? —dijo con gravedad Tsuna—. ¿Tiempo indefinido? ¿Por qué no fui comunicado de eso? —preguntó. Miró a su ahora mano derecha, Yamamoto—. Yamamoto, ¿tú sabías algo?

El guardián de la Lluvia sonrió avergonzado y se rascó la nuca, riéndose.

—Sí, Tsuna, pero como pensé que tenías confianza total en Gokudera como guardaespaldas de Haru, no había por qué informar. Reborn me lo dijo antes de la cena y dijo que están en un lugar seguro. Sinceramente, lo olvidé.

Tsuna suspiró con resignación mientras se masajeaba las sienes. Yamamoto no se tomaba muy en serio el asunto, pudo darse cuenta de inmediato, y comenzó a extrañar la pasión arrebatadora y ridícula de su guardián de la Tormenta con la que se tomaba su cargo. Con Gokudera, a Tsuna no se le pasaba ni el más mínimo detalle de lo que pasaba en la Mansión Vongola. Tal vez, pensó, se había equivocado a relevarlo del cargo y poner a Yamamoto en su lugar, pero se dijo después que ya no había marcha atrás.

Fijó su vista en Reborn. A penas tenía dos días en su Mansión, y ya estaba haciendo un caos. Era tan típico de él.

—¿Están en un lugar seguro, en verdad? —dijo, resignado.

Reborn le sonrió y bebió de su copa de vino tinto.

—Están más cerca de lo que crees, Tsunayoshi. ¿Y seguros? ¿Acaso no recuerdas que fui tu maestro alguna vez? —dijo con sorna—. Nunca te puse en peligro.

Tsuna tuvo ganas de meterse el puño entero a la boca para no gritarle que sí, gracias a él siempre había estado en peligro, y peligro de muerte. No en ocasiones, si no siempre. Todos los días.

Al jefe de la Vongola, de repente, se le habían quitado las ganas de comer.

Ooo

Quien iba a preparar la cena estaba dicho antes de mencionarlo: Haru. Era bien sabido por todos sus amigos que Gokudera era muy bueno en combate, en materias como Física y Química, ¡en todo lo que fuera ciencias! Pero que, a la hora de cocinar, era sólo un snob. Haru pensaba que si tan bueno era en química, pudiera cocinar perfectamente, haciendo al pie de la letra cada una de las instrucciones de los libros de cocina, pero este ya lo había intentado en el Cuartel cuando fueron al futuro, y había fracasado estrepitosamente, casi quemando la cocina. Por lo que, cuando su estómago comenzó a rugir, Haru se dirigió hacia la cocina para preparar un poco de comida.

Encontró muchas especias, ingredientes que pocas veces había visto, y soñaba con usar, y muchas, muchas, botellas de vino. Lo primero que hizo fue ir por una de las copas del mini bar, quitarle el corcho a un vino tinto que parecía muy, muy antiguo, y servirlo, para luego ponerse un mandil de flores que encontró en una de las alacenas de la cocina.

Se sentía como en casa, pese a la música italiana, que nunca había oído, pero que encontraba agradable. Era lenta, sensual y romántica. Mientras cocinaba, no pudo evitar bailar un poco. En la última fiesta de la Mansión Vongola no había podido soltarse completamente: era pura burguesía, y, siendo sincera, a Haru le incomodaba aquello. Las fiestas con los Varia, la familia de Uni y los demás, siempre habían sido acogedoras, pero la fiesta por el compromiso de Kyoko había sido una muy frívola, pese a ser una ocasión muy especial. Y no se quejaba. Sabía que anunciar el compromiso del Décimo Vongola debía de llevar un protocolo, y hacer una fiesta donde familias aliadas no fuesen invitadas sólo por no ser sus amigos, ofendería a muchos. Por lo que, aquella noche, en los aposentos de Daniela, Haru se sentía un poco liberada.

Mientras revolvía la cacerola donde hacía estofado, que tenía muchas ganas de comer, dado que en esas épocas ya comenzaba a refrescar y comer algo caliente era algo agradable, a los oídos de Haru comenzó otra canción. Se dio cuenta que, el hombre que cantaba, lo hacía en inglés, por lo que pudo rápidamente comprender lo que decía sin necesidad de irse a lo más recóndito de sus recuerdos de clases de italiano.

El mensaje era muy bonito. Haru, cuando vivía en Japón, creía que en Italia todo era amor. Casi como París. Y ciertamente, era algo parecido. Había conocido a muchos italianos, todos muy románticos y caballerosos. Aquellas canciones no parecían simplemente una ilusión, todo aquel país era romántico por naturaleza.

O eso pensó hasta que llegó Gokudera vocifereando.

—¡Mujer estúpida! ¿Puedes callarte o apagar ese maldito aparato? —Gokudera llegó a la cocina sin la corbata, el cabello desaliñado, sin su característica coleta, y en calcetines. Parecía muy enfadado—. Ya es suficiente con oír al marica de Dean Martin para estar escuchando tu chillona voz, carajo...

Haru rodó los ojos con decepción y acabó con la que ya sería su tercera copa de vino.

—¿Vas a cenar? —preguntó desapasionadamente. Gokudera resopló pero asintió con la cabeza y se sentó en la mesa que había en el centro de la cocina—. ¿Vino? —dijo ella y él volvió a asentir.

Haru, sirviendo su plato, recordó que Gokudera tenía sangre italiana. Pero con aquel ceño fruncido, el cigarro en su boca y esa apariencia desaliñada, no lo parecía en lo absoluto. Probablemente se le había caído en alguna de las batallas que habían tenido. Porque era todo lo contrario al romanticismo y caballerismo que ella conocía. Era un idiota.

—Ahora que me arruinaste la canción... ¿puedes decirme su nombre? —le preguntó mientras se sentaba enfrente de él. La canción seguía sonando, pero muy bajo, dado que Haru había reducido el volumen.

Gokudera carraspeó, apagó el cigarro en un cenicero que Haru había puesto en el centro de la mesa y dijo

—That's amore.

Haru sonrió en silencio. Aquella canción era muy bonita, eso era seguro.

En Napolés, donde el amor es el rey, cuando chico conoce a chica, esto es lo que dicen: cuando la luna golpea el ojo, como una gran pizza, eso es amor.