Los profanadores del destino
Capítulo 7
El vestido azul de Rowena se agitaba bajo una brisa que no afectaba a las inamovibles hojas de los árboles. Su expresión era adusta y su mirada desafiante mientras la clavaba en los pequeños ojos de Helga. Una bruma negra se enredaba alrededor de sus zapatos y atravesaba el espacio entre ellas, uniéndolas con una especie de lazo inquietante. La magia chisporroteaba en el aire y provocaba reflejos de plata y oro en las dos armas que ambas sostenían con firmeza, erguidas al final de su mano derecha. Ninguna movió los labios, pero sus voces atravesaron sin esfuerzo el tenso momento.
- ¡Por el honor de mi casa defiendo a mi elegido! - gritó Rowena, blandiendo la daga.
Helga levantó aún más su brazo, haciendo que el colgante con forma de flecha en su mano reluciese entre la bruma que iba envolviendo su cuerpo. Su voz no fue más débil ni menos intimidadora.
- ¡Por el honor de mi casa lo reclamo!
Un estallido como un trueno resonó en el cielo y dos fuerzas chocaron en el aire, provocando algo muy cercano al caos. En el medio de aquel torbellino de poder se formó una imagen, la de un mago recién llegado a Hogwarts y esperando su turno en el Gran Comedor para ser seleccionado. Un mago que cuando se sentó en el taburete mostró sus manos a todos y a nadie, libres de cicatrices. El Sombrero Seleccionador sobre su cabeza gritó su decisión casi de inmediato.
¡Ravenclaw!
Y un caos sucedió a otro.
La oscuridad que antes rodeaba a Helga comenzó a devorarla. A sólo unos pasos, Rowena contemplaba su agonía con fría templanza. En sus manos, igual de frías que ella, descansaban el colgante y la daga. Y Helga gritaba, y gritaba...
- Señor Malfoy...
Gritaba...
- Señor Malfoy, despierte.
Draco abrió los ojos sobresaltado para encontrarse con la cara de una mujer que le miraba sonriente. Su atención se dirigió enseguida a la identificación que ella llevaba en su camisa y todo volvió a recolocarse en su mente. Estaba en la terminal de trasladores internacionales. Por algún motivo que ya no recordaba, el suyo aún no estaba listo y se había quedado dormido esperando a que le llamaran. Nada extraño después de una noche entera sin pegar ojo.
- Su traslador le espera, Embajador.
- Muchas gracias.
Draco agarró su maletín y se dirigió al traslador que le habían asignado, intentando sacudirse la mala sensación que le había dejado aquel sueño tan certero como engañoso. Su padre le había confesado que, con toda probabilidad, el arma de Hufflepuff había sido destruida por uno de los profanadores de Ravenclaw, debido a una disputa por el destino de un mago. Según él, eso explicaba la fama que siempre había tenido Hufflepuff de acoger a todos los que las otras casas no querían. Lo que no explicaba era que Draco hubiese imaginado en su sueño a las dos Fundadoras y no a sus profanadores, o que todavía pudiese sentir el olor de aquel bosque o los ecos de los gritos de Helga. El nivel de detalle del sueño eran abrumador, algo extraño cuando ni siquiera su padre tenía conocimiento de lo que sucedería si reclamaba a un mago para Slytherin. Jamás lo había hecho.
Restregándose los ojos, Draco subió a la plataforma y agarró el traslador. Esperaba que con descanso y con volver a Inglaterra esas extrañas sensaciones se le pasasen. No quería admitirlo pero, desde que había dejado la casa de sus padres, sentía que le faltaba algo.
Llegó a Malfoy Manor diez minutos más tarde, con los primeras luces del amanecer sobre Wiltshire. Aún tenía tiempo para darse una ducha e invitar a Harry a desayunar juntos. Salía del baño aplicándose un hechizo para secarse el pelo, cuando vio a una lechuza picotear en la ventana con insistencia. Draco le abrió y percibió enseguida que no tenía a ese ave de su parte, de hecho no hubiese sido necesario el picotazo que le dio en el dedo.
- Vale, vale... ¿No te enviará Ronald Weasley?
Para su suerte, la nota era de Harry.
¿Has llegado ya? ¿Dónde estás?
Harry.
Draco sonrió y contestó todo lo rápido que la lechuza se dejó atar la nota.
Sí, ya estoy en casa. ¿Desayunamos juntos? Elige un sitio y estoy en diez minutos.
Draco.
Un cuarto de hora después, Draco no tenía respuesta. Se preparaba ya para ir al encuentro de Harry, cuando vio a lo lejos acercarse a la misma lechuza huraña que había llegado antes. El ave traspasó la ventana y estiró la pata, olvidándose en esa ocasión de picotazos. El contenido de la nota sí hizo a Draco sentir un pinchazo muy distinto en su pecho.
En la verja exterior de tu casa. Ahora.
Sin dudarlo ni un segundo, Draco se apareció en los escalones de piedra de la entrada.
Distinguir a Draco al fondo del camino de acceso no ayudó a que Harry calmase sus nervios, sino que le añadió un remolino de excitación en la boca del estómago. Había dudado muchísimo en tomar esa decisión que se le había ocurrido antes de dormirse. Era evidente que Draco estaba dando lo mejor de sí en eso que había entre ellos y él pensaba hacer justo lo mismo. No iba permitir que un miedo del pasado le arruinase los planes. Y Harry nunca había sabido hacer las cosas paso a paso, si había diez obstáculos prefería superarlos todos de un solo salto.
La serpientes de la verja comenzaron a retorcerse y a desenroscarse unas de otras, liberando las múltiples cerraduras que protegían la casa. Sin embargo, Harry no las miraba a ellas. Toda su atención estaba centrada en Draco, que avanzaba a través de los jardines como algo casi irreal bajo los primeros rayos de sol de la mañana. Harry sólo esperaba vivir muchos años para recuperar el tiempo perdido, porque había tardado demasiado en darse cuenta de lo mucho que le gustaba. Y que ojalá Draco también quisiera recuperarlo.
Él llegó a la puerta justo cuando la última serpiente se retiraba y la verja se abría con un ligero chirrido. Harry se quedó fuera, ocultando tras su sonrisa la inquietud de adentrarse más allá y toda aquella historia de la cicatriz a la que no paraba de darle vueltas. No iba a decirle a Draco nada del recuerdo todavía, no cuando no sabía hasta dónde iba a llegar para conseguirlo. Siendo Embajador, cierta información le podía meter en problemas. Además, ese momento era sólo de los dos y no iba a dejar que Dumbledore y sus sombras lo arruinasen. Ya le sobraban cosas que superar para tenerlo. Aunque los brazos de Draco rodeándole y aquel beso eran un gran comienzo.
- Hola.
- Hola... Ha sido toda una sorpresa, no sé muy bien qué decir.
- ¿Qué tal si me invitas a entrar?
- Sabes que siempre eres bienvenido. Pero, ¿estás seguro?
Era una buena pregunta. No, no estaba seguro, pero sí quería hacerlo. Harry acarició el pelo de Draco y le susurró exactamente eso.
- Quiero hacerlo, Draco. Me dijiste que éste era tu hogar. ¿Me ayudas a verlo?
Draco sonrió de tal forma que consiguió eclipsar la mitad de los miedos de Harry. Después le tendió la mano y ambos entrelazaron sus dedos.
- ¿Qué te ha pasado en la mano?
- Una barrera mágica. Creí que la había anulado, pero no fue así.
- ¿Pero estás bien?
- Si, no son quemaduras graves, sólo molestas.
Draco frunció el ceño pero pareció conformarse con la respuesta.
- Vamos, entonces.
En cuanto cruzó la puerta de entrada, Harry se tensó como una ballesta. La última vez que había pisado ese vestíbulo veía el mundo a través de una rendija de sus párpados hinchados. Todo había sido oscuro esa vez: la casa, las ropas, el instinto asesino de quienes lo habían arrastrado y su propio destino. Por suerte, Draco pareció notarlo, porque apretó su mano y le apartó del pasillo que él había creído reconocer, llevándole hacia la escalinata.
- Nos olvidaremos de esa zona de la casa. Hay algún salón que no me gusta ni a mí.
- ¿Cuántos tienes?
- Diecisiete.
Harry rió de forma nerviosa.
- ¿Estás de broma?
- La verdad es que no.
La planta alta era gigantesca. Draco hizo todo un recorrido por las galerías, las salas de estar, varios salones de estilo clásico, un par de baños y una biblioteca en la que hubiese cabido entero el apartamento de Harry. Todo era elegante y lujoso, pero a la vez surgían espacios que resultaban acogedores y especialmente cálidos con la luz que se reflejaba en los enormes ventanales. El jardín trasero de la mansión también era grandioso con toda esa explosión de flores y de fuentes. Harry se quedó mirándolo desde la galería del primer piso un buen rato.
- Tendrías que haberlo visto antes, cuando teníamos pavos.
- ¿Qué les pasó?
- Murieron en la guerra. Digamos que entretuvieron con creces a los ocupantes de la casa.
Harry miró a Draco y trató de encontrar el dolor detrás de la ironía. Sin embargo, su semblante al observar los jardines era sereno e incluso esbozó una sonrisa cuando le devolvió la mirada. Draco decidió callar el hecho de que su padre estaba criando ya una nueva bandada de pavos en Bretaña. Tenía miedo a que cualquier alusión a Lucius echase a perder el momento.
- ¿Te enseño ahora mi hogar?
- Me encantaría.
Primero entraron en una habitación llena de color blanco y claridad, con una cama enorme y dos cunas. Draco le explicó que allí había nacido él y también Scorpius. Harry, que había pasado todos los partos de Ginny en San Mungo, sabía que lo de nacer en la propia casa era una costumbre que algunos sangrepuras aún conservaban. Acarició con suavidad la madera de la antigua cuna de Draco, grabada con su nombre, y sintió cómo recibía la misma caricia en su otra mano.
Después visitaron una bonita habitación de mujer, donde destacaba un tocador enorme con dos taburetes de terciopelo a sus pies. Draco le explicó que solía sentarse allí al lado de su madre y que, en sus malos momentos, seguía refugiándose en aquel taburete para aclarar sus ideas. Cuando pasaron de largo por la puerta contigua, Harry dedujo que aquel era el dormitorio de Lucius y agradeció no tener que visitarlo. Tres puertas más allá estaba el de Astoria; Draco lo nombró carente de toda emoción, sin abrir la puerta. Harry esperó no ir muy lejos ahondando en el tema.
- ¿Aún lo conservas?
- Cuando viene a ver a Scorpius, se queda aquí.
- ¿No va él a verla?
- La verdad es que nunca me lo ha pedido.
- ¿Pero el Wizengamot no te obliga a compartir la custodia?
- Nuestro caso no se ha regido por la ley del Ministerio. Astoria y yo firmamos un acuerdo de unión ante la magia que es ley absoluta. Siempre supimos que al desenlazarnos Scorpius se quedaría conmigo porque es mi heredero.
- Pero si ella protestase ante el Tribunal podría revocar eso.
- ¿Y por qué iba Astoria a supeditar las reglas de la magia a las reglas de los hombres? No me habría enlazado con alguien así.
Harry no supo qué decir. Probablemente era difícil encontrar a alguien más apegado a la tradición mágica que Draco, lo cual era irónico llevando de la mano a un mago que había vivido once años como muggle. Comenzaba a entrar en una peligrosa espiral de diferencias entre ambos cuando Draco le rescató de ella con una nueva puerta y una sonrisa.
- Atención a ésta.
La habitación era verde de arriba abajo y Harry pensó que no podría haber sido de otra forma. Pero no eran escudos de Slytherin los que colgaban de sus paredes, techos y adornaban las alfombras del suelo, eran banderas de la selección de Quidditch de Irlanda. Había una especie de antesala con una chimenea, dos sillones, una estantería repleta de libros y un escritorio, y al fondo se distinguía una cama con doseles al estilo Hogwarts, aunque el doble de amplia. Era tan exuberante como el resto de estancias, pero tenía cierto toque infantil que la hacía acogedora.
- ¿Era tu habitación?
- Sí. Mi madre se empeñó en reconstruirla. Aseguraba que mi futuro heredero la ocuparía algún día. Cinco años después, llegó Scorpius. Y estuvo en ella hasta el año pasado.
- No me lo digas, le parecía demasiado infantil. Albus también quiso cambiar la suya.
- Crecen demasiado rápido.
Harry no podía estar más de acuerdo. Albus estaba a punto de cumplir catorce años y él aún podía recordar como si fuera ayer las noches en vela mientras lloriqueaba en sus brazos. Draco también parecía perdido en sus propios recuerdos paternos, así que se acercó a él antes de que le atrapase la nostalgia y le dio un beso en el cuello.
- ¿Irlanda, Malfoy? Nunca te creí un traidor a la patria.
- Eso es de Scorpius. Mi habitación era verde, pero estaba llena de...
- ¿Serpientes?
- No, de dragones.
- ¿En serio? ¿Seguro que no tenías ningún escudo de Slytherin por aquí?
- Bueno, la verdad es que sí.
Draco le llevó hasta los pies de la cama y le señaló la parte interior más alta del dosel. Allí, en el mismo centro, bordado en verde y plata relucía el escudo de Slytherin. Harry suspiró sonriendo, la verdad era que no había esperado nada menos. Pero la sonrisa que le devolvió Draco decía mucho más; se había convertido en la mayor delatora de secretos de la historia.
- Quiero enseñarte una cosa.
- ¿Otra?
- Sí, y eres un privilegiado porque ésta es altamente secreta.
- Lo tendré en cuenta.
Draco sacó su varita y, por primera vez desde que habían entrado en la casa, soltó la mano de Harry. Éste sintió el frío en la suya y de repente temió que la sensación de inquietud que podía desembocar en mucho más se adueñase de él. Hasta ahora todo había ido bien, pero sabía que se había pegado a Draco mucho más de lo necesario y que éste le había facilitado las cosas con constantes gestos de cariño. Sin embargo, no sucedió nada. Se sentía bien en aquella habitación, compartiendo algo importante con Draco y sintiéndose feliz por hacerlo. La casa que había visto hoy poco tenía que ver con aquella mansión del horror que recordaba. Quería acostumbrarse a ella y estar tan cómodo allí como Draco parecía estarlo ya en su apartamento.
El hechizo de luz azulada dio contra la pared y descubrió un hueco secreto del cual Draco sacó una caja extra grande de Ranas de Chocolate. Harry pensó que si Ron hubiese conocido alguna vez la existencia de ese tamaño habría sido el niño más feliz del universo, aunque estaba seguro de que Draco no escondía precisamente chocolate. Sin embargo, cuando levantó la tapa, Harry no dejó de llevarse una sorpresa. Allí estaban, entre otros recuerdos del colegio, la insignia de Prefecto, el brazalete de capitán de Quidditch o la corbata de Slytherin. Aunque su atención se dirigió de inmediato a a la snitch dorada que vio a la derecha de la caja.
- ¿Puedo?
- Adelante, coge lo que quieras.
Harry cogió la snitch y leyó las palabras grabadas.
Ravenclaw- Slytherin, mayo de 1993.
- Cuando no jugaba contra ti, solía atraparlas todas.
- Me lo creo, nadie me puso nunca tan difícil ganar como tú.
- Y nadie sufrió nunca tanto al perder contra ti.
Ambos sonrieron con la mitad de sí mismos en las duras persecuciones a través de los postes de las gradas del campo, con la ambición dorada dibujada en los ojos y el corazón en la boca.
- No. No puede ser que aún tengas... ¡esto!
De la caja salió algo oxidada pero aún funcionando la insignia que Draco había hecho en cuarto año.
- Bueno... fue toda una obra maestra.
- ¡Draco! Me machacaron con esta insignia durante semanas.
- De eso se trataba.
Harry observó cómo su cara en la chapa se deshacía hasta convertirse en un montón de masa verde bajo el lema potter apesta y la volvió a dejar en la caja antes de que apareciese Cedric siendo el mejor de Hogwarts.
- Pero verde y apestando, aquí estoy, colándome en tu caja secreta.
Su tono había sido gracioso y su intención también, pero la mirada de Draco era tan intensa que Harry dejó de sonreír y se dejó absorber por ella. Había tantas cosas en aquel gris, tantas cosas, que por un momento sintió que la emoción le cerraba la garganta.
- Siempre has formado parte de mi vida, Harry, de una forma u otra. Gracias por estar aquí.
Harry no sabía si ese aquí era su casa, su vida, o algo más, pero sí supo que la única forma de volver a respirar era robar el aire directamente de su boca, así que se lanzó a por ella hambriento como pocas veces antes. Draco abrió sus labios, movió su lengua y le dio mucho más que aire.
Teddy volvió de Albania algo más delgado pero con un ánimo envidiable. El domingo Harry se encontró con él en las Tres Escobas, antes de ir a comer con Andrómeda. Se habían acostumbrado a verse allí desde que Teddy había discutido con su abuela por el tema de su trabajo y de Victoire. De esa forma podían hablar de cualquier cosa y mantener la conversación en terreno seguro durante la comida familiar.
- ¿Y esa mano, Padrino? Ya te dije que no era bueno estar tanto tiempo solo.
Harry miró sus dedos enrojecidos. Ya no le dolían ni necesitaba llevar la venda, pero tenían un aspecto irritado y encallecido. Por mucho que trató de evitarlo, un ligero rubor se dibujó en sus mejillas. Eso era algo que no parecía cambiar por mucho que fuese camino de los cuarenta años.
- No tiene nada que ver con eso, sinvergüenza. Y te recuerdo que estoy bien servido, gracias.
Harry le había dicho a Teddy que estaba con Draco poco después de contárselo a Ron y Hermione. Su ahijado se lo había tomado con tanta naturalidad que se había dedicado a bromear un buen rato con la equivocada idea de que eso les convertía en primos.
- Me alegra que el Embajador haga bien su trabajo.
- No tengo queja.
No tener queja era una paupérrima definición para todo lo que Harry podría decirle, pero ya estaba suficientemente rojo, gracias.
- Entonces, ¿qué te ha pasado?
- Una barrera mágica.
- ¿Qué clase de barrera?
- Una muy difícil.
- En serio, padrino. ¿Cómo era?
Teddy sonaba preocupado y Harry intentó contestarle sin descubrirle demasiado.
- No la podía ver. Protegía un cristal que pude romper, pero al acercar la mano apareció de pronto.
- ¿De qué color era?
- Dorada, después de varios hechizos conseguí verla.
- ¿Sentiste que quemaba?
- Sí, ésa fue la principal sensación, que estaba tocando fuego.
La preocupación de Teddy se iba convirtiendo poco a poco en indignación. Hasta el color azul de su pelo comenzaba a oscilar hacia el rojo fuego.
- No me puedo creer que también se use en Inglaterra.
- Teddy, ¿de qué estás hablando?
- Conozco esa barrera, Harry. Nos la encontramos en algunas jaulas para licántropos en Centroeuropa.
- ¿Estás seguro?
- Tus heridas son muy parecidas a las que veíamos en los enjaulados después de la transformación. Denunciamos varias veces el uso de esa barrera, incluso conseguimos encerrarnos en una de las jaulas tratando de encontrar un hechizo que la revirtiera.
- ¿Conseguisteis qué? ¿Te das cuenta de lo peligroso que es eso?
- ¿Te das cuenta de lo duro que es para ellos? Se abalanzan contra los barrotes en busca de libertad y se queman sin tan siquiera darse cuenta. No pueden ni ver la magia que les daña.
- ¿Y pudisteis anularla?
- No, sólo la atenuamos cinco segundos. Suficiente para no quemarte, pero inútil para un licántropo transformado y sin varita. Estoy seguro de que hay mil métodos mejores que ése para evitar que se escapen, pero les importa muy poco si otro hombre lobo se muere. Es un asco.
Harry entendía los motivos de Teddy y, por mucho que le preocupaba su temeridad, admiraba su coraje. Sin embargo ya no podía dejar de pensar en ese hechizo que atenuaba la barrera cinco segundos. Cinco largos y valiosos segundos.
- Oye, Teddy, ¿recuerdas ese hechizo?
- Claro, ¿quieres que te lo enseñe?
- Sí, por favor.
Blaise accedió al atrio del Ministerio y arrojó a la fuente un par de galeones, esperando que en realidad sí se enviaran a San Mungo y no sirviesen para comprarle un nuevo sombrero a Shackelbolt. En medio de toda la gente que colapsaba los pasillos, consiguió llegar a un ascensor para dirigirse a la segunda planta. Draco había sido tan críptico y misterioso como en los peores momentos de guerra, pero él le había prometido que estaría ahí cuando lo necesitase y ahora parecía ser así. O al menos, necesitaba saber si también él podía ver la que ya se estaba convirtiendo en la segunda cicatriz más famosa de Harry Potter. ¿Por qué? Blaise no tenía ni idea, pero estaba claro que Draco no podía contárselo. Ya llegaría el momento en que pudiera hacerlo. Por ahora, él iba a cumplir su parte del trato.
Tras cruzar la enorme puerta de roble del Ala de Seguridad Mágica, Blaise llegó a la Oficina de Aurores. Consultó su reloj y comprobó que su puntualidad era intachable, llegaba un minuto antes de la hora acordada. Justo cuando un auror se le acercaba para preguntarle si podía ayudarle, Harry salió de su despacho a buscar unos papeles y vio que ya estaba allí.
- Zabini, puedes pasar.
- Gracias, Potter.
Blaise entró en la pequeña oficina, mucho más ordenada de lo que había imaginado, y tomó asiento frente a la mesa, mientras observaba cómo Potter hacía lo mismo en su silla.
- Bueno, tú dirás. ¿En qué puedo ayudarte?
- Verás, hace dos meses me hicieron una propuesta de negocio muy interesante desde Rusia. Ellos decían que sería un loco si la rechazase, pero ya llevo muchos años en esto y yo creí que sería un inconsciente si no me aseguraba antes de que esa mercancía no tenía origen ilegal. Los precios eran demasiado bajos.
- Entiendo.
- Efectivamente, eran pociones robadas y adulteradas. Rechacé la propuesta alegando que el cupo de inversiones estaba agotado, pero hace unos días me he enterado de que alguien ha aceptado establecer el negocio aquí, en suelo británico.
- ¿Sabes de quién se trata?
- Sí. Y sé que la mercancía llega a puerto dentro de dos días a las cuatro de la mañana.
- Zabini... esa información es muy valiosa. ¿Por qué haces esto?
- Porque soy un buen ciudadano, Potter.
- ¿Draco no te habrá pedido...?
- Seamos claros, Potter, Draco es mi mejor amigo y sé que ahora estás con él. Pero esto no tiene nada que ver. Creo que es lo que debo hacer, nada más. Él está al margen.
- Bien.
- Ahora sólo espero que los aurores actuéis en consecuencia.
- No te preocupes por eso. Haremos todo lo que esté en nuestras manos.
- Perfecto. Me voy ya, entonces. Gracias por recibirme, Potter.
Blaise le tendió la mano y Harry se la estrechó sin dudar.
- Gracias a ti por la información.
- ¿Qué te ha pasado en la mano?
Harry hizo amago de retirarla, pero Blaise afianzó su agarre sobre la muñeca. Girarla hasta ver la palma, fingiendo interés en sus dedos, fue más que sencillo.
- Sólo es una quemadura.
- Vaya que os jugáis el tipo los aurores, no se salva ni el jefe.
Blaise dejó ir la mano con una sonrisa. Harry, sin embargo, parecía incómodo y eso lo animó aún más a marcharse. Al fin y al cabo ya tenía lo que quería. Su principal rival en el sector de las pociones había dado un paso en falso y en dos días tendría a todo un escuadrón de aurores sobre su mercancía; y había conseguido la información para Draco. Así pues. Blaise abandonó la oficina y se dirigió a su casa. Nada más llegar allí, conectó su chimenea con la del despacho del Embajador. No habían querido encontrarse en el propio Ministerio para evitar la menor sospecha sobre su visita. La cara del rubio apareció enseguida entre las llamas verdes, parecía realmente ansioso.
- Cuéntame.
- La he visto, en su mano derecha. Tal y como me la habías descrito.
Draco cerró los ojos y suspiró. Cuánto más sabía de todo aquello, más atrapado se encontraba. Fue ligeramente consciente de que Blaise le llamaba, y sólo alcanzó a darle las gracias y decirle que hablarían más tarde antes de cerrar la conexión. Necesitaba estar solo, tenía que asimilar muchas cosas. Sobre todo una.
Que Harry, el Gryffindor por antonomasia, era en realidad un Slytherin.
CONTINUARÄ...
