Buenas a todxs!
Lo primero, ¡FELICES FIESTAS! Yo como regalo os traigo 2 capítulos seguidos!
Sé que llevo mucho sin poder actualizar así que en el fondo se los debía. Tras tanto tiempo sin publicar me replanteé ciertas cosas de la historia y al final terminé por ajustarme más o menos a una categoría de edad y le di algunos giros que en primera instancia no tenía pensados, pero que creo que les gustarán. ¡Y el resultado es esto!
Muchísimas gracias por todos vuestros comentarios, me animan muchísimo y me ayudan a seguir mejorando la historia. ¡Estoy muy contenta de saber que les gusta!
Pd: sin ánimo de hacer spoiler y sin sonar demasiado arrogante... desearán el próximo capítulo. ;P
Así que sin más preámbulos, DISFRUTEN!
CAPÍTULO 7
Astrid no pudo dormir en toda la noche. ¿Qué demonios había sido esa cosa que se escabulló por su ventana? No recordaba un día tan largo desde el día de la gran tormenta que destrozó el muelle de isla pesadilla. Estaba agotada y sin embargo no podía dormir, su corazón parecía que iba a salir disparado de su pecho de un momento a otro. ¿Qué clase de criatura podía desaparecer de aquella manera? Y encima no podía dejar de pensar en su encontronazo con Aren, y más aun sabiendo que estarían casados en menos de un día...
Tumbada en "su cama" oyó llegar unas horas más a Estoico en un estado de absoluta embriaguez, acompañado de dos hombres que por el ruido que hacían, parecían intentar subir al jefe escaleras arriba hasta su habitación.
Comenzaba a salir el sol cuando Astrid consiguió conciliar el sueño. Los ojos le pesaban y un leve dolor en la muñeca derecha le indicaba que se había pasado lanzando su hacha contra aquel pobre árbol. Sí... definitivamente era hora de descansar.
-¡Vamos arriba, arriba!
Un fuerte estruendo alarmó a Astrid. Alguien había vuelto a entrar en la casa. Agarró rápidamente su hacha y se incorporó de la cama casi de un salto, corriendo hacia la puerta de su habitación y abriéndola con la sorpresa de encontrarse dos tipos exactamente iguales tras ella.
-¡Oye baja esa cosa! -Gritó quien debía ser la chica de ambos.
-¡Pero quiénes son ustedes! ¡Qué hacen aquí! -Gritó más alto Astrid, todavía con el hacha en alto.
-Oye relájate preciosa-respondió esta vez el segundo acompañante. -Estoico nos avisó para que preparásemos a una novia, no para que nos mataran.
-Aunque eso ya lo pidió otras veces-añadió la chica.
Astrid se sentía muy confusa. ¿Quiénes eran ese par de gemelos? ¿Y con qué derecho irrumpían en la casa de Estoico? Ellos mismos se le adelantaron a sus preguntas.
-Somos Brutacio y Brutilda-dijo Brutilda.
-Servicio de preparación de enlaces de Berk-terminó la frase Brutacio.
-Nada se nos resiste-explicó Brutilda, -los clientes siempre quedan satisfechos.
-¿Pero de qué están hablando? -preguntó Astrid mientras bajaba el hacha y empezaba a entender que se hallaba ante una especie de "¿bufones?"
En aquel momento bajó las escaleras Estoico, totalmente despierto y sin signos de fatiga. Parecía metira que aquel fuera el mismo hombre al que hacía unas horas subían a rastras por las escaleras.
-Veo que ya os habéis conocido. -Dijo divertido. -Les he pedido que te muestren nuestras tradiciones antes de la ceremonia, imagino que sabes que a veces cambian según las islas, y así de paso te enseñan un poco de más de Berk, que estos bribones se la conocen mejor que nadie. -Expresó esto último mientras les dirigía una mirada amistosa a los gemelos.
Astrid suspiró mientras colocaba su hacha en su cinturón y se preparaba para salir. Quizás este sí que sería el día más largo de su vida.
Cuando estaba lista se dispuso a salir pero Estoico la frenó al colocar su ruda mano sobre el hombre de la chica.
-¿Puedo echarle un ojo?-Con esta frase Astrid oyó al Estoico más serio hasta entonces.
Siguiendo la dirección de su mirada se percató que se refería a su hacha. Afuera de la casa la esperaban los gemelos.
-Sí, claro. -Astrid retiró el hacha de su cinturón y se la entregó a Estoico.
El corazón de la chica latía muy deprisa... ¿Reconocería Estoico quién la fabricó?
-Preciosa... -susurró, ensombreciendo su rostro.
-¿De dónde la has sacado?
-La encontré en la herrería...
Estoico le lanzó una mirada un tanto desconcertante mientras admiraba aquella arma. Tras un momento de silencio total, Estoico carraspeó y se dirigió a la chica.
-Cuidala, es una buena arma.
Tras decir esto se la devolvió y con un aire un tanto extraño separeció escaleras arriba.
-Lo dicho, la mejor leche de yak te la venderán ahí.
Los gemelos habían estado toda la mañana contándole a Astrid todos los cuchicheos de los ganaderos y pescadores de Berk. Ya estaba informada de dónde comprar, qué comprar, cómo regatear y a quién debía reuir si no deseaba tomar leche de yak mezclaba con agua salada.
Se pasaron así gran parte de la mañana hasta que decidieron cambiar al tema por el cual Estoico les había avisado.
-Fuego -explicó Brutilda-, debes encerder con éste el bol.
-¿Qué bol?
Astrid no entendía demasiado bien la dinámica didáctica de los gemelos.
-¡El bol del fuego! -exclamó a modo de trovador Brutacio.
-¿Y que hago cuando esté encendido?
-Pues enciendes la hoguera mujer, sino para que ibas a indenciar el bol. -Sentenció Brutilda, llevándose las manos a las cabeza, en señal de queja ante su lenta aprendiz.
-Y cuando incendies la hoguera debes cerrar el círculo. -Añadió Brutacio.
-¿Un círculo de qué?
-¡De personas! -Gritó Brutilda, dirigiéndose luego a su hermano-. Qué lenta es la pobre.
-Oye que los estoy escuchando...
-Tranquila es muy fácil-la apremió Brutacio-. Solo tienes que recordar apartarte cuando Gothi os lance el martillo a la cabeza.
-¿Que nos lance qué? -Todo se estaba tornando más surealista para Astrid.
No obstante los gémelos ya no respondieron a su pregunta, pues se pusieron a discutir entre ellos.
-¡El martillo no se lanza a la cabeza sino a los pies idiota!
-¡Pero la cabeza está antes que los pies hermana!
Astrid dejó de escucharles cuando un sonido muy familiar la alcanzó. Los gemelos la habían estado llevandola de un sitio a otro todo el rato pero éste sin duda iba a ser su favorito.
-¡Chicos! -Exclamó para llamar su atención. -¿Qué es eso? -Con el dedo señaló a una gran construcción semiesférica que había unos metros más a abajo.
-Es el estadio y campo de entrenamiento de vikingos.
Ese era el amado sonido que había escuchado. Espadas y hachas chochando sus hojas, clavándose y desgarrando los escudos de madera y metal viejo. Por un momento parecía que volvía a estar en casa.
Brutacio y Brutilda tardaron un rato en reaccionar y dárse cuenta de que Astrid ya bajaba la colina y se dirigía hacia el estadio.
A Astrid le dio un vuelvo el corazón al entrar en semejante lugar. Armamento de todo tipo, techo al descubierto, recubierto de una hermosa reja de madera y caña, niños y adultos peleando, polvo en el aire, acero quebrado, sangre... era el paraiso, sin duda. Isla pesadilla nunca hubiera imaginado la grandeza de aquel lugar.
-¿Puede entrenar todo el mundo aquí? -preguntó Astrid a unos gemelos jadeantes cuyo único gesto fue asentir.
No necesitaba más. Agarró su hacha con fuerza y comenzó a retarse con distintos vikingos.
-¿No se supone que deberíamos cuidarla? Se casa esta noche y Estoico dijo que la quería de una pieza. -Inquirió Brutilda a su hermano.
De fondo observaban a una Astrid llena de energía que desarmaba a todos sus contrincantes.
-Me parece que sabe cuidarse sola, sino, no hay nada que un buen vaso de leche de yak no pueda curar.
Astrid peleaba con ganas, el dolor de su muñeca derecha ya había desaparecido completamente para ella. A diferencia de Isla pesadilla, había un montón de niños en el estadio. ¿No eran muy jóvenes? Pensó Astrid en primera instancia. No lo meditó demasiado cuando descubrió que el instructor era Bocón, a quien corrió a saludar.
-¡Señorita Astrid! ¡Qué alegría verla!, ya me imaginaba que no tardaría mucho en descubrir este sitio.
-Es un lugar extraordinario. -Dijo llena de ilusión. -¿No sabía que también eras instructor?
-Soy un poco de todo-dijo sonriendo. -Estoy preparando a estos chicos para su prueba de iniciación.
-¿Prueba de iniciación? -preguntó desconcertada-¿Iniciación a qué? ¿Guerreros?
-Vikingos.
La voz de Bocón sonó muy fría y rotunda, tanto que a Astrid le dio miedo seguir preguntando. Bocón debió notarlo, por lo que ofreció mostrarle otra curiosidad de la isla.
-¿Quieres ver a los dragones?
-¿Dragones? -preguntó confusa.
-Claro, síguenos.
Astrid descubrió aquella tarde lo que más le maravillaba y asustaba al mismo tiempo de Berk. Los dragones. No solo eran los mejores matadragones de todo el archipielago, sino que además los capturaban y entrenaban con ellos. Al parecer se les instruía desde niños, a todos los vikingos, algo que en Isla pesadilla se restringuía exclusivamente a los guerreros. Astrid pasó la mayor parte de la tarde con ellos, con aquellos niños guerreros y su profesor Bocón. También intentó luchar frente a frente con un dragón y aunque sus resultados fueron muy positivos, todavía debía entrenar mucho más si quería estar al nivel de los guerreros de Berk. Todo podría resumirse en una tarde idílica sino fuera porque allí en el estadio también estaba Aren. Astrid no lo vio al entrar, pero tras unos instantes no pudo obviarlo. Su futuro marido la saludo en la lejanía con una sonrisa pícara mientras peleaba con una chica morena, cuyo dominio de la espada de doble filo era digno de espectáculo.
La joven vikinga preguntó todas sus dudas a sus consejeros matrimoniales una vez que pararon para comer, antes de la marcha a la casa de Gothi, para el baño y purificación que todo vikingo debe tener antes del casamiento.
-¿Quién era la joven que peleaba con Aren?
Brutacio y Brutilda engullían y hablaban al mismo tiempo, escupiéndo gran parte de la comida.
-Se llama Heather y es el ojito derecho de Ar... -Brutacio no pudo terminar la frase ya que su hermana le dio un fuerte codazo en el estómago.
-Pelea incréible... -dijo Astrid con admiración. -Se adelantaba siempre a los movimientos de sus contrincantes, como si supiera que es lo que van a hacer a continuación.
-Sí es muy buena... -afirmó Brutilda con cierto todo de envidia- fue la mejor de la prueba de iniciación.
Astrid recordó en un flash todas sus preguntas.
-¡Eso quería preguntarles! Sobre la prueba de iniciación... ¿En qué consiste?
-La prueba de iniciación es algo para lo que nos preparan desde pequeños-aclaró Brutilda-. Consiste en pelear a muerte contra un dragón, ganándote así un lugar en la tribu.
-¿Y que pasa si no superas la prueba?
-Tienes que superarla. -Sentenció Brutacio. -Tus únicas alternativas son morir con honor o ser expulsado de la tribu para siempre.
Ambos seguían comiendo tranquilamente, sin darle la menor importancia a lo que acaban de decir. La prueba de iniciación había entusiasmado a Astrid en un principio, pero esta última afirmación la había hecho sentir un tremendo escalofrío.
-Pero no lo entiendo -expuso Astrid-, ¿quiere decir entonces que no puedes negarte a participar?
Brutacio y Brutilda comenzaron a toser.
-Es obligatorio, por Odín que no puede negarte. -Intentó articular Brutacio mientras se daba palmadas en el pecho.
-¿Y dejáis a los niños morir?
-Igualmente los matarían los dragones, vivimos en una zona peligrosa, es raro la semana que no tenemos ataques de dragones. -Sentenció Brutilda, carraspeando entre frase y frase.
Astrid recordó entonces lo que vio en el interior de aquella habitación en la herrería. Aquellos dibujos... no era información... sino admiración... Necesitaba volver a verlos.
El sol empezaba a caer cuando Astrid salia de la casa de Gothi, tras el baño tradicional vikingo, para dirigirse a su boda. Su festarmál* había sido establecido en la tercera luna de invierno y ésta ya podía verse asomándose por el cada vez más oscurecido cielo. Como deseaba Astrid tener a su madre consigo. Por primera vez desde que llegó realmente se sentía una extranjera en tierra hostil, una mercancía que había sido vendida y entregada a un joven a quien despreciaba. Y sentía miedo. Mucho miedo.
La ceremonia se celebró según las costumbres vikingas de isla Berk y tras esto se dio paso a un gran festín donde toda la isla comió y bebió al son de la música y los buenos deseos. Como es tradicional, el novio y la novia deben sentarse en dos grandes sillas de madera en la parte más alta del salón, desde donde deben observar el baile.
-Aquí es donde viviremos. -Soltó Aren de repente, mientras ambos observaban la vivienda a rebosar de gente.
Era la primera palabra que cruzaban en toda la noche. Astrid no respondió. No podía dejar de pensar que todas aquellas gentes escondían un lado oscuro, tan oscuro como para dejar morir a sus propios hijos en un absurdo juego de guerra.
-No peleas mal. -Volvió a intentar Aren.
Astrid seguía sin escuchar. ¿Puede ser que el hijo de Estoico muriera en esa prueba? Tendría sentido... Quizás un jefe no puede soportar la vergüenza de tener un hijo débil... ¿Tanto como prohibir hablar del tema? ¿Qué podría provocarle más vergüenza que la muerte?
-Me alegra haberte visto pelear hoy, aunque cuando tengamos hijos quiero que lo dejes, la esposa del jefe debe ser una mujer senera no un animal...
En este momento Astrid despertó y se giró para mirarle.
-¿Cómo?
¿Había oído hijos? De nuevo aquel miedo atroz la poseyó.
-Soy una guerrera, no puedo renunciar al pelear. -Se defendió indignada.
-Eres mi esposa, y harás lo que te diga.
-¡Yo no soy de nadie!
Nadie prestaba demasiada atención a la pareja, ya que la música el alcohol difuminaban todo.
-Yo soy el jefe querida, no sé por qué mi tío te da ese trato especial, pero quiero que sepas que muchas cosas van a cambiar a partir de ahora, no pienso ser un jefe débil.
Astrid no pudo responderle a etso puesto que antes de terminar la frase Aren se levantó del asiento de madera y se perdió entre la multitud.
Se había quedado sola. Allí. En una isla extranjera, casada con un idiota, en un salón repleto de gente, sentada en una fría silla de madera, a la vista de todos. Su unica diversión era mirar a la gente e inventar sus vidas. Lástima que su último descubrimiento nublara su visión y lo único que podía ver en aquellas gentes era a asesinos. Al final de la instancia divisó a Bocón que entraba muy alterado por la puerta principal. Hablaba con Estoico. Quizás debía levantarse y pedirle aquellos dibujos...
Aquel pensamiento se interrumpió con el primer estruendo. Tras esto vinieron dos más. Y con el tercero llegó el fuego.
*Festarmál: térmico nórdico que significa "fecha de boda".
CAPITULO 8
-¡Rápido, vayan a apagar el granero!
Lo que hacia apenas unas horas atrás era un lugar idílico y festival ahora podría ser el mismísimo infierno. La mayor parte de las casas ardían, los animales corrían en todas direcciones despavoridos, los muros se derrumban, la gente gritaba y pedía auxilio...
Toda isla Berk ardía. Ardía como Astrid nunca había visto arder una isla, y eso que no era la primera vez que veía un ataque de dragones. Quizás ahora entendía por qué Berk tenía los mejores guerreros, también sus ataques eran peores.
-¡Qué haces aquí niña!
Le gritó Bocón cuando la vio aparecer con su hacha tras el muro de sacos de arena que habían cosntruido para los ataques.
-Vengo a ayudar.
-No eres de ayuda si te matan. -Le contestó Aren con desgana, con todas su ropas nupciales rasgadas y un corte de zarpa en el brazo. -Quédate aquí.
Tras esto salió del escondite y se lanzó a destripar un Mortifero Nadder que estaba a punto de atacar a unos guerreros por la espalda.
-Astrid se que quieres y puedes ayudar, te he visto pelear y eres una guerrera formidable, pero necesito que me hagas un favor aun mayor. -Astrid nunca había imaginado una mirada tan seria como aquella, así que asintió. -¿Recuerdas la habitación que te enseñé? Necesito que escondas y protejas algo muy importante que ahí allí dentro, normalmente lo escondo antes de cada ataque... pero hoy...
Su voz se interrumpió cuando una bola de fuego cochó contra los sacos de arena y les prendió fuego. Astrid y Bocón rodaron por el suelo hasta enconderse tras los cimientos quemados de una casa.
-Date prisa, está escondido en un cofre pequeño, bajo la mesa de los dibujos.
En aquel momento la cabeza de un cremallerus los encontró y Bocón se lanzó sobre él para darle caza.
-¡Rápido!
Astrid echó a correr lo más rápido que pudo, salteándo el fuego y esquivando todos los dragones que encontraba a su paso. Al llegar a la herrería pudo ver cómo un enorme gronckle estaba destrozándo con su cola la fachada. Se dispuso a vérselas con él cuando algo la atacó por la espalda y la arrojó al suelo. Desarmada intentó darse la vuelta pero unas garras se le echaron encima. Era un pesadilla monstruosa que rugió tan cerca de su oído que por un momento se quedó sorda. Intentaba safarse del animal pero este no hacía más que apretarla, y entonces fue cuando realmente llegó el dolor. Todo el cuerpo de aquel monstruo se prendió en fuego y Astrid comenzó a quemarse. Gritó de dolor cuando comenzó a sentir que sus ropas ardían, sentía como todo aquel vestido de lino blanco se le adhería al cuerpo. Entre el dolor consiguió agarrar una piedra y comenzó a golpear con fuerza las garras del monstruo. En ese momento paró el fuego y la intensidad con la que la bestía apretaba a Astrid, lo cual aprovechó para conseguir escapar.
-¿Estas bien?
El corazón del dragón había sido atravesado por una larga daga de metal por uno de los guerreros de la tribu.
-Necesito entrar en la herrería, cúbreme. -Fue la única respuesta de Astrid, quien se mostraba todavía en el suelo, ahora algo más incorporada pero todavía desorientada y aturdida por el dolor.
-Tienes que protegerte, estas herida, te llevaré al refugio. -Respondió haciendo amago de tomarla en brazos.
-¡No! No por favor, necesito entrar en la herrería. -El chico no parecía muy convencido. -Mi hermano me matará sino te pongo a salvo y encima te ayudo a cometer otra locura.
-¿Quién eres?
Astrid se sentía tremendamente mareada y confundida. El rostro de aquel muchacho no le resultaba nada familiar.
-Creo que no es el mejor momento para presentaciones familiares, pero soy Patán Jorgenson, el hermano pequeño de Aren, aunque a él no le guste reconocerlo.
Con cuidado Patán ayudó a Astrid a levantarse.
-Si te consuela a mi tampoco me cae muy bien tu hermano, ¡Ah! -Gritó ante el dolor que le produjo levantarse.
-Tengo que llevarte al refugio. -Afirmó Patán al ver su estado.
Con cuidado la sujetó por la cintura y tomó su espada del suelo.
-No. -Dijo rotúndamente.-Por favor ayudame, solo tengo que entrar a por algo y luego te prometo ir a donde digas, pero tengo que entrar.
Patán dudo un momento, pero finalmente cedió. Eran vikingo, la seguridad siempre podía esperar.
-Está bien, pero no tardes.
Tras esto le devolvió el Hacha a Astrid y se dirigió con cierta torpeza hacia el Gronckle, para distraerlo. Astrid consiguió llegar a la parte trasera de la herrería. Le dolía muchísimo la pierna y el hombro que había arañado y quemado las zarpas de aquella bestia. Con cierta torpeza intentó abrir la puerta trasera, terminando finalmente por partir la cerradura de un hachazo. Al entrar una nube de polvo y humo le escupió en la cara, dejándola ciega. Tosiendo se agachó y arrancanto los bajos de sus vestido intentó taparse la nariz y la boca para no tragar más humo. No fue muy difícil llegar hasta la puerta de la habitación, sin embargo estaba cerrada con llave y su acabado de metal la hacía casi impenetable. Intentó buscar alguna llave o herramienta que le permitiera abrirla, pero con el humo no veía prácticamente nada. Fue entonces cuando un estruendo la hizo retroceder y apartarse, pues el techo comenzó a caerse. Lo único bueno de aquello es partió la puerta, lo mano, que debía darse prisa en salir de allí.
Por extraño que pareciera allí dentro casi nada se había quemado. La puerta de metal había cumplido bastante bien su función. Rapidamente se acercó a la mesa de trabajo, seguía igual a como la había visto el día anterior. Aquel había sido el espacio de Hipo y todos los dibujos que colgaban de las paredes eran planos de inventos suyos. Lo que más captó la atención de Astrid fueron los dibujos de dragones. Había dibujos colgados por toda la habitación, muchos de ellos con indicaciones un tanto extrañas... ahí estaba, el cofre que le había dicho Bocón. Lo extrajo rápidamente, no pesaba demasiado. Iba a salir corriendo de allí pero algo la hizo retroceder y comenzar a recopilar los dibujos y planos que había en la habitación. La casa empezó a crujir, así que agarró con fuerza todo lo que había conseguido salvar y salió corriendo.
Afuera la esperaba Patán.
-¡Vamos! -Le gritó.
Patán se acercó a sujetarla y juntos echaron a correr hacia el refugio. Astrid corría sin ser muy consciente de nada. Corría por inercia pero ya no sentía demasiado su cuerpo.
-Espero que sea importante, pensé que no regresarías.
Astrid asintió, apenas podía hablar. Patán le señaló el refugio, estaban muy cerca. El refugio estaba en un semivalle entre las dos colinas más altas de la isla y se trataba de una especie de cueva o perforación en la roca. Ya podían ver la entrada. La gente podía verse dentro de aquella especie de cueva, todos animándolos y gritándoles para que se dieran prisa. Astrid sintió como la esperanza de llegar a un lugar a salvo le daba la energía que necesitaba para seguir corriendo pues sino fuera por ello hacía rato que hubiese desfallecido.
Lo que ocurrió entonces fue alto tan rápido que apenas pudieron reaccionar. Astrid fue la primera en verlo. Desde lo alto de la montaña caía en picado un dragón enorme, con el cuerpo lleno de fuego y espinas, que se dirigía hacia la entrada de la cueva desde arriba, en busca de presas. No les daría tiempo a llegar a la entrada. Astrid reaccionó de la mejor manera que pudo. Con sus últimas fuerzas lanzó el cofre y los pergaminos hacia el interior de la cueva y en el último aliento empujó a Patán, tirándolo al suelo para protegerlo mientras que aquella enorme bestia la atrapaba entre sus garras y se la llevaba volando de allí.
El cielo nocturno estaba muy oscuro para ser una noche de luna llena. El amanecer parecía haberse retirado. Astrid sintió pena, le hubiese gustado ver el sol una vez más antes de morir. En cualquiero otro momento hubiese puesto resistencia, pero estaba exhausta y realmente ya no tenía sentido seguir luchando. Aunque consiguiera zafarse de las garras de aquel animal la caída la mataría. Lo curioso es que apenas sentía su cuerpo, quizás así su final no fuera tan espantoso. Sintió pena por sus padres cuando les dieran la noticia y por Estoico, no había sido malo con ella. Ahora pensaba si realmente valía la pena haber muerto por recuperar un cofre de casi un desconocido. Y los dibujos de Hipo...
La fuerza del viento y el zarandeo de aquel animal empezaron a aturdirla, sentía mucho frío. Los párpapdos empezaron a pesarle y la vista se le nubló. Incluso imaginó volver a oír aquel extraño ruido que oyó la noche anterior en la ventana, ese zumbido extraño.
Lo último que Astrid pudo recordar de aquella noche fue el sonido de un fuerte zumbido y tras esto una explosión de color violeta. Preciosa, pensó mientras su cuerpo caía al vacío.
